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EL ARTE OSCURO

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lunes, 14 de enero de 2013

Isaac Asimov - Cleon el emperador




Isaac Asimov
Cleon el emperador





Cleon I - ...Aunque a menudo fue objeto de panegíricos por ser el Ultimo Emperador bajo el cual el Primer Imperio Galáctico se encontró razonablemente unido y razonablemente próspero, el reinado de un cuarto de siglo de Cleon I fue de continua decadencia. No puede ello considerarse su responsabilidad directa, ya que la Decadencia del Imperio se basó en factores políticos y económicos que eran demasiado potentes y que superaban las capacidades de cualquier individuo en aquellos tiempos. El Emperador tuvo suerte en contar con sus Primeros Ministros Eto Demerzel y, más tarde, Hari Seldon, en cuyo desarrollo de la Psicohistoria el Emperador jamás perdió la confianza. Cleon y Seldon, como objetos de la conspiración joranumita final, con su extravagante clímax...
Enciclopedia Galáctica
(Todas las citas de la Enciclopedia Galáctica que aquí se reproducen han sido tomadas de la quinta edición, publicada en 1020 F.E. por la Compañía Editora de la Enciclopedia Galáctica, Terminus, con la autorización de los editores.)


1.

Mandell Gruber era un hombre feliz. Así le parecía a Hari Seldon, por cierto. Seldon detuvo su caminata matinal para observarlo.
Gruber, tal vez cerca de cincuenta años, un poco más joven que Seldon, estaba algo avejentado debido a su continuo trabajo en los jardines del Palacio Imperial, pero tenía un rostro alegre y perfectamente afeitado que terminaba en un cráneo rosado no muy oculto por su cabello fino y arenoso. Silbaba suavemente mientras inspeccionaba las hojas de los arbustos, buscando señales de insectos que infestaran las plantas más que lo usual.
No era el Jefe Jardinero, por supuesto. El Jefe Jardinero de los Parques del Palacio Imperial era un alto funcionario que disponía de una oficina palaciega en uno de los edificios del enorme complejo Imperial, con un ejército de hombres y mujeres bajo su mando. No visitaba los parques más que una o dos veces por año.
Gruber pertenecía al ejército. Su título, sabía Seldon, era Jardinero de Primera Clase, y se lo había ganado en buena ley, luego de casi treinta años de leales servicios.
Seldon lo llamó al tiempo que hacía una pausa sobre el sendero de pedregullo perfectamente nivelado. —Otro día maravilloso, Gruber.
Gruber levantó la vista y pestañeó. —Sí, así es, Primer Ministro, y siento lástima por esas habitaciones como gallineros.
—Quieres decir, en donde yo estoy a punto de entrar.
—En usted, Primer Ministro, no hay mucho que inspire tristeza en la gente, pero si va a desaparecer dentro de esos edificios en un día como este, no es más que tristeza lo que podemos sentir los pocos afortunados como yo.
—Agradezco tu compasión, Gruber, pero sabes que tenemos cuarenta mil millones de trantorianos bajo el domo. ¿Sientes lástima por todos ellos?
—Por cierto que sí. Doy gracias por no ser de extracción trantoriana y por ello haber podido calificar para jardinero. En este mundo hay muy pocos que trabajan al aire libre, pero aquí estoy, uno de los escasos afortunados.
—El clima no siempre es tan ideal.
—Es verdad. Y he estado aquí afuera bajo lluvias torrenciales y vientos aullantes. Pero siempre que uno esté vestido adecuadamente... Mire —y Gruber abrió los brazos, tanto como su sonrisa, como para abrazar la vasta extensión de los parques del Palacio—. Tengo a mis amigos, los árboles, la hierba y todas las formas de vida animal para hacerme compañía, y tengo brotes que debo recortar en formas geométricas, incluso en invierno. ¿Alguna vez ha visto usted la geometría de los parques, Primer Ministro?
—Ahora mismo la estoy viendo, ¿no es cierto?
—Quiero decir que los planos son muy extensos como para que uno pueda realmente apreciarlos, y son maravillosos también. Todo fue planificado por Tapper Savand, hace más de trescientos años, y desde ese momento muy poco ha cambiado. Tapper era un gran horticultor, el más grande... y era de mi planeta.
—Era de Anacreon, ¿verdad?
—Así es. Un mundo lejano, cerca del borde de la galaxia, donde todavía hay tierra virgen y la vida puede ser dulce. Vine aquí cuando aún era un muchachito, cuando el actual Jefe Jardinero asumió el cargo, bajo el Emperador anterior. Por supuesto, ahora se está hablando de rediseñar los parques. —Gruber suspiró profundamente y meneó la cabeza—. Eso sería un error. Así como están, están muy bien, correctamente proporcionados, bien equilibrados, agradables a la vista y al espíritu. Pero es cierto que los parques, a lo largo de la historia, han sido modificados ocasionalmente. Los Emperadores se cansan de lo viejo y siempre están en busca de lo nuevo, como si lo nuevo fuese de algún modo lo mejor. Nuestro actual Emperador, larga vida a él, ha estado planeando el rediseño con el Jefe Jardinero. Por lo menos ése es el rumor que circula entre los jardineros. —Esto último lo dijo rápido, como si se avergonzara de estar repitiendo los chismes del Palacio.
—Puede que no suceda pronto.
—Espero que no, Primer Ministro. Por favor, si usted tiene oportunidad de distraer un poco de su tiempo dedicado a las labores críticas de las que debe estar ocupándose, estudie el diseño de los parques. Es de una belleza poco común y, en mi opinión, no debería cambiarse de lugar ni una sola hoja, ni una flor, ni un conejo, en ningún sitio de todos estos cientos de kilómetros cuadrados.
Seldon sonrió. —Eres un hombre dedicado, Gruber. No me sorprendería que algún día fueses el Jefe Jardinero.
—Que el Destino me proteja de eso. El Jefe Jardinero no respira aire fresco, no ve paisajes naturales, y olvida todo lo que ha aprendido de la naturaleza. Vive allí —Gruber señaló, desdeñosamente-y creo que ya no sabe diferenciar un arbusto de un arroyo a menos que un subordinado lo guíe afuera y lo haga colocar su mano sobre uno o introducirla en el otro.
Por un momento, pareció como si Gruber fuera a escupir su desprecio pero no encontrara un lugar en donde pudiera permitirse hacerlo.
Seldon rió en silencio.
—Gruber, es bueno hablar contigo. Cuando he finalizado mis tareas del día, es placentero tomarme unos momentos para escuchar tu filosofía de vida.
—Ah, Primer Ministro, no soy ningún filósofo. Mi educación fue muy rudimentaria.
—No se necesita educación para ser filósofo. Tan solo una mente activa y experiencia vital. Cuídate, Gruber. Siento la tentación de darte un ascenso.
—Si me deja usted como estoy, Primer Ministro, tendrá mi absoluta gratitud.
Seldon sonrió mientras reanudaba su marcha, pero la sonrisa se esfumó cuando su mente volvió una vez más a los problemas actuales. Diez años como Primer Ministro... y si Gruber supiese cuán profundamente harto se encontraba de su cargo, su compasión hubiera aumentado enormemente. ¿Podría Gruber comprender que los progresos de Seldon en las técnicas de la Psicohistoria le auguraban la posibilidad de tener que enfrentarse con un dilema insoportable?

2.

El paseo reflexivo por los parques era el epítome de la paz. Era difícil de creer, aquí en medio de los dominios inmediatos del Emperador, que estaba en un mundo que, a excepción de esta área, estaba totalmente encerrado bajo un domo. Aquí, en este sitio, podría encontrarse en su mundo natal, Helicon, o en el mundo de Gruber, Anacreon.
Desde luego, la sensación de paz era una ilusión. Los parques estaban vigilados... repletos de personal de seguridad.
Una vez, hacía mil años, los parques del Palacio Imperial, mucho menos palaciegos, mucho menos diferenciados de un mundo que recién comenzaba a construir domos sobre regiones individuales, habían estado abiertos a todos los ciudadanos, y hasta el propio Emperador caminaba por los senderos, sin guardias, saludando con la cabeza a sus súbditos.
Ya no. Ahora se había instalado la seguridad y nadie de Trantor tenía la mínima posibilidad de invadir los parques. Eso no eliminaba el peligro, sin embargo, porque éste, cuando surgía, surgía de funcionarios imperiales descontentos y de soldados corruptos y sobornados. Era dentro de los parques donde el Emperador y sus ministros corrían el mayor riesgo. ¿Qué habría sucedido si en aquella ocasión, hacía casi diez años, Seldon no hubiera estado acompañado por Dors Venabili?
Había ocurrido el primer año como Primer Ministro, y era natural, supuso él (después del hecho), que su inesperada designación para el cargo generara disconformidades. Muchos otros, mucho mejor calificados por su  experiencia, años de servicio y, sobre todo, por su autoestima, podían sentirse furiosos por el nombramiento. No sabían de la Psicohistoria ni de la importancia que el Emperador le daba a ésta, y el modo más fácil de corregir la situación era corromper a uno de los protectores del Primer Ministro.
Venabili debía de haber sospechado más que el propio Seldon. Con la desaparición de Demerzel, había reforzado la guardia de Seldon. Lo cierto era que, durante los primeros años de su Ministerio, ella había estado más de su lado que en su contra.
Y al atardecer de un día cálido y soleado, Venabili advirtió el reflejo del sol del ocaso, un sol nunca visto bajo el domo de Trantor, en el metal de un explosor.
—¡Al suelo, Hari! —gritó de pronto, devorando el césped con sus piernas mientras corría hacia el sargento—. Deme ese explosor, sargento —dijo secamente.
El supuesto asesino, momentáneamente inmovilizado por la inesperada visión de una mujer corriendo hacia él, ahora reaccionó rápidamente, levantando el explosor que empuñaba.
Pero ella ya estaba sobre él, su mano rodeándole la muñeca derecha con dedos de acero y obligándolo a levantar el brazo.
—Arrójelo —dijo ella con los dientes apretados.
El sargento retorció la cara al intentar soltarse de un tirón.
—No lo intente, sargento —dijo Venabili—. Mi rodilla está a tres centímetros de su entrepierna, y si pestañea su equipo genital pasará a la historia. Así que quédese quieto. Muy bien. Ahora abra la mano. Si no arroja ese explosor ahora mismo le romperé el brazo.
Seldon ya había llegado. —Yo me haré cargo, Dors.
—No lo harás. Métete entre esos árboles y llévate el explosor. Puede haber más gente en esto, y preparada.
Venabili no había soltado al sargento. Le dijo: —Ahora, sargento, quiero el nombre de quien sea que lo haya convencido de atentar contra la vida del Primer Ministro, y el nombre de todos los que estén con usted.
El sargento se quedó callado.
—No sea tonto —dijo Venabili—. ¡Hable! —Le retorció el brazo y el hombre cayó de rodillas. Ella le puso un pie en el cuello—. Si piensa que el silencio es agradable, puedo destrozarle la laringe y dejarlo en silencio para siempre. Y antes de eso voy a hacerle mucho daño... no dejaré un solo hueso sin romper. Será mejor que hable.
El sargento habló.
Más tarde, Seldon le dijo: —¿Cómo pudiste hacer eso, Dors? Nunca te creí capaz de tanta, tanta... violencia.
Venabili dijo, tranquila: —En realidad no lo lastimé mucho, Hari. Con las amenazas fue suficiente. De cualquier modo, tu seguridad era prioritaria.
—Tendrías que haber dejado que me encargara de él.
—¿Para qué? ¿Para salvaguardar tu orgullo masculino? Por empezar, no habrías sido lo bastante rápido, no a los cincuenta años. En segundo lugar, sin importar lo que hubieras logrado hacer, eras hombre y era lo que se esperaba de ti. Yo soy mujer y las mujeres, según la creencia popular, no se consideran tan feroces como los hombres y la mayoría de ellas, en general, no tiene la fuerza necesaria para hacer lo que yo hice. La historia crecerá al ser contada y todo el mundo me tendrá terror. Nadie se atreverá a lastimarte, por miedo a mí.
—Por miedo a ti y por miedo a la ejecución. Van a dar muerte al sargento y su cohorte, como sabes.
Al oír esto, una expresión de angustia enturbió el semblante normalmente compuesto de Dors, como si no soportara la idea de la ejecución del sargento traidor, a pesar de que éste habría cortado en dos a su adorado Hari sin pensarlo dos veces.
—Pero —exclamó-no hay necesidad de ejecutar a los conspiradores. Con el exilio será suficiente.
—No, no lo será —dijo Seldon—. Es demasiado tarde. Cleon no quiere nada salvo ejecuciones. Puedo repetir sus palabras, si lo deseas.
—¿Quieres decir que ya lo ha decidido?
—En el acto. Le dije que el exilio o el encarcelamiento bastaban, pero él dijo "No". Dijo "Cada vez que trato de resolver un problema por medio de acciones directas de fuerza, primero Demerzel, y luego tú hablan de despotismo y tiranía. Pero este es mi palacio. Estos son mis parques. Estos son mis guardias. Mi seguridad depende de la seguridad de este sitio y de la lealtad de mi gente. ¿Piensas que la más mínima desviación de la lealtad absoluta merece otra cosa que la muerte instantánea? ¿De qué otro modo estarías a salvo? ¿De qué otro modo estaría yo a salvo?". Le dije que tendría que haber un juicio. "Por supuesto", dijo él, "un breve juicio militar, y espero que no haya un solo voto por nada que no sea la ejecución. Eso quedará en claro".
Venabili se veía consternada. —Lo tomas con mucha tranquilidad. ¿Estás de acuerdo con el Emperador?
De mala gana, Seldon asintió. —Sí.
—Porque fue un atentado contra tu vida. ¿Abandonas tus principios por venganza?
—Vamos, Dors. No soy una persona vengativa. Sin embargo, no fui yo solo el que corrió peligro, menos todavía el Emperador... si hay algo que nos demuestra la historia reciente del Imperio, es que los Emperadores van y vienen. Es la Psicohistoria lo que debemos proteger. Sin duda, aunque algo me pasara, la Psicohistoria sería desarrollada algún día, pero el Imperio está cayendo rápidamente y no podemos esperar, y yo soy el único que ha avanzado lo bastante lejos para obtener las técnicas necesarias a tiempo.
—Tal vez deberías enseñar lo que sabes a otros, entonces —dijo Venabili gravemente.
—Eso estoy haciendo. Yugo Amaryl podría ser un sucesor razonable, y he reunido un grupo de técnicos que algún día serán útiles, pero... ellos no serán tan... —hizo una pausa.
—¿Ellos no serán tan buenos como tú, tan sabios, tan capaces? ¿De veras?
—Sucede que eso es lo que pienso —dijo Seldon—. Y sucede que soy humano. La Psicohistoria es mía y quiero todo el crédito, si tengo la posibilidad de lograrlo.
—Humano —suspiró Venabili, meneando la cabeza, casi tristemente.
Se llevaron a cabo las ejecuciones. No se veía semejante purga desde hacía un siglo. Encontraron la muerte dos Consejeros, cinco oficiales de bajo rango, cuatro soldados, incluyendo al desventurado sargento. Los guardias que no superaron la más rigurosa investigación fueron relevados de su cargo y enviados a destinos en los Mundos Exteriores.
Desde aquel entonces no había habido más murmuraciones de deslealtad y tan notorio se había vuelto el cuidado con que era protegido el Primer Ministro, para no mencionar a la aterradora mujer que lo vigilaba, que ya no fue necesario que Dors lo acompañara a todos lados. Su presencia invisible era un escudo adecuado, y el Emperador Cleon había disfrutado de casi diez años de tranquilidad y de seguridad absoluta.
Ahora, sin embargo, la Psicohistoria finalmente estaba llegando al punto en que se podía hacer alguna clase de predicción y, mientras atravesaba los parques desde su oficina (Primer Ministro) rumbo a su laboratorio (Psicohistoriador), Seldon se sentía incómodamente consciente de la probabilidad de que esa época de paz llegara a su fin.

3.

Aun así, Hari Seldon no pudo reprimir el estallido de satisfacción que sintió al entrar en el laboratorio.
¡Cómo habían cambiado las cosas!
Todo había comenzado hacía dieciocho años, con los garabatos en su computadora heliconiana de segunda. Fue entonces cuando tuvo el primer borroso atisbo de lo que iba a convertirse en las matemáticas paracaóticas.
Después vinieron los años en la Universidad de Streeling, cuando él y Yugo Amaryl, trabajando juntos, intentaron renormalizar las ecuaciones, librarse de las infinitudes inconvenientes, y hacer un rodeo para esquivar el peor de los efectos caóticos. Progresaron muy poco, por cierto.
Pero ahora, después de diez años como Primer Ministro, tenía todo un piso de computadoras último modelo y todo un grupo de gente trabajando en una gran variedad de problemas.
Como era de esperar, nadie del personal, a excepción de Yugo y de el mismo Seldon, por supuesto, conocía realmente mucho más que el problema inmediato con que estaban trabajando. Cada cual trabajaba solamente con una pequeña hondonada o con un promontorio de la gigantesca cordillera de la Psicohistoria que sólo Seldon y Amaryl veían como cordillera... e incluso ellos la veían con poca claridad, con los picos ocultos por las nubes, las laderas escondidas en la bruma.
Dors Venabili tenía razón, desde luego. Tendría que comenzar a iniciar a su gente en el misterio completo. La técnica estaba yéndose mucho más allá de lo que podían manejar dos hombres solos. Y Seldon estaba envejeciendo. Aunque pudiera esperar vivir algunas décadas más, los años de sus aciertos más fructíferos ya habían pasado.
Amaryl cumpliría treinta y nueve en un mes, y aunque eso era ser joven todavía, quizás no era ser demasiado joven para un matemático, y había estado trabajando en el problema casi tanto tiempo como el propio Seldon. Su capacidad para el pensamiento nuevo y tangencial podría estar mermando también.
Amaryl lo había visto entrar y ahora se aproximaba. Seldon lo miró con cariño. Amaryl era tan dahlita como el hijo adoptivo de Seldon, Raych, y sin embargo Amaryl no parecía dahlita en absoluto. Carecía de bigote, carecía de acento, carecía, según parecía, de cualquier tipo de conciencia dahlita. Incluso había sido impermeable a la atracción de Jo-Jo Joranum, que había agradado tanto al pueblo de Dahl.
Era como si Amaryl no reconociera patriotismos sectoriales, patriotismos planetarios, ni siquiera el patriotismo imperial. Pertenecía, completa y enteramente, a la Psicohistoria.
Seldon sintió un escozor de ineptitud. El mismo permanecía consciente de sus primeras tres décadas en Helicon, y no había forma de que pudiera dejar de considerarse heliconiano. Se preguntó si esa conciencia no lo traicionaría, haciéndolo desviar su idea de la Psicohistoria. Idealmente, para utilizar la Psicohistoria como correspondía, uno debía estar por encima de sectores y mundos y tratar solamente con la humanidad como ente abstracto y sin rostro, y esto era lo que hacía Amaryl.
Y Seldon no, admitió, suspirando silenciosamente.
Amaryl dijo: —Estamos progresando, Hari, supongo.
—¿Supones, Yugo? ¿Tan sólo supones?
—No quiero saltar al espacio exterior sin traje. —Lo dijo con bastante seriedad (Seldon sabía que no tenía mucho sentido del humor), y luego se trasladaron a su oficina privada. Era pequeña, pero también con un buen escudo.
Amaryl se sentó y cruzó las piernas. Dijo: —Tu último esquema para esquivar el caos puede estar resultando en parte... a expensas de la precisión, desde luego.
—Desde luego. Lo que ganamos tomando la vía directa lo perdemos al dar un rodeo. Así funciona el universo. Lo único que debemos hacer es engañarlo de algún modo.
—Lo hemos engañado un poco. Es como mirar a través de un cristal empañado.
—Pero es mejor que los años que pasamos tratando de ver a través del plomo.
Amaryl masculló algo para sus adentros y luego dijo: —Podemos vislumbrar centelleos de luz y oscuridad.
—¡Explícate!
—No puedo, pero tengo el Radiante Primordial, con el que he estado trabajando como un... un...
—Un lamec. Es un animal, una bestia de carga, que tenemos en Helicon. No existe en Trantor.
—Si el lamec trabaja mucho, entonces así es como yo he trabajado en el Radiante Primordial.
Amaryl presionó la cerradura de seguridad de su escritorio y un cajón se destrabó y deslizó hacia afuera sin hacer ruido.
Tomó un cilindro oscuro y opaco que Seldon escudriñó con interés. El propio Seldon había descifrado el circuito del Radiante Primordial, pero Amaryl lo había armado: era hábil con las manos.
La habitación se oscureció y las ecuaciones y relaciones refulgieron en el aire. Bajo ellas se extendían los números, flotando justo por encima de la superficie del escritorio, como suspendidos por invisibles titiriteros.
Seldon dijo: —Maravilloso. Algún día, si vivimos lo suficiente, haremos que el Radiante Primordial produzca un río de simbolismo matemático que abarcará la historia pasada y futura. En él encontraremos corrientes y oleajes, y descubriremos formas de alterarlos a fin de que obedezcan a otras corrientes y oleajes de nuestra preferencia.
—Sí —dijo Amaryl secamente—, si logramos seguir viviendo con el conocimiento de que las acciones que llevemos a cabo, que para nosotros serán para bien, puedan resultar para mal.
—Créeme, Yugo, nunca me voy a dormir por las noches sin que ese pensamiento en particular me atormente. Sin embargo, aún no hemos llegado a ese punto. No tenemos más que esto, que, como tú dices, no es más que ver luces y sombras borrosas a través de un cristal empañado.
—Es cierto.
—¿Y qué piensas que ves, Yugo? —Seldon observaba atentamente a Amaryl, algo ceñudo. Estaba engordando, poniéndose un poco rechoncho. Pasaba demasiado tiempo inclinado sobre las computadoras (y ahora sobre el Radiante Primordial) y no tenía suficiente actividad física. Y, aunque Seldon sabía que veía mujeres de vez en cuando, nunca se había casado. ¡Error! Hasta un adicto al trabajo se ve forzado a tomarse un tiempo libre para satisfacer a su pareja, para ocuparse de las necesidades de los hijos.
Seldon pensó en su propia figura, aún esbelta, y en la manera en que Dors se esforzaba por mantenerlo así.
Amaryl dijo: —¿Qué veo? El Imperio está en problemas.
—El Imperio siempre está en problemas.
—Sí, pero esto es más específico. Hay una posibilidad de que tengamos problemas en el centro.
—¿En Trantor?
—Eso presumo. O en la Periferia. Habrá una mala situación aquí, tal vez una guerra civil, o bien las provincias exteriores comenzarán a separarse.
—De seguro no necesitamos la Psicohistoria para señalar esas posibilidades.
—Lo interesante es que parece haber una exclusividad mutua. Una o la otra. La probabilidad de que ambas cosas sucedan juntas es muy reducida. ¡Aquí! ¡Mira! Son tus propias matemáticas. ¡Observa!
Se quedaron inclinados sobre la imagen del Radiante Primordial por largo tiempo.
Finalmente, Seldon dijo: —No logro ver por qué las dos posibilidades se excluyen mutuamente.
—Tampoco yo, Hari, ¿pero cuál sería el valor de la Psicohistoria si nos mostrara sólo lo que podríamos ver de cualquier modo? Nos está mostrando algo que nosotros no veríamos. Lo que no nos muestra es, primero, cuál es la mejor alternativa, y segundo, qué hay que hacer para que ocurra la mejor y para disminuir la posibilidad de que suceda la peor.
Seldon arrugó los labios y luego dijo lentamente: —Yo puedo decirte cuál alternativa es preferible. Perder la Periferia y conservar Trantor.
—¿De veras?
—Sin dudas. Debemos mantener estable a Trantor, aunque sea por el hecho de que aquí es donde estamos nosotros.
—Tu comodidad personal no es un punto decisivo, por cierto.
—No, pero la Psicohistoria sí. ¿De qué serviría dejar intacta la Periferia si las condiciones de Trantor nos forzaran a interrumpir nuestro trabajo con la Psicohistoria? No digo que vayan a matarnos, pero puede que nos veamos impedidos de trabajar. Nuestro destino dependerá del desarrollo de la Psicohistoria. Y en cuanto al Imperio, si la Periferia inicia una secesión dará comienzo una desintegración que puede tardar mucho en llegar al núcleo.
—Aunque tengas razón, Hari, ¿qué hacemos para mantener la estabilidad en Trantor?
—Por empezar, tenemos que pensarlo.
Un silencio se instaló entre ellos, y luego Seldon dijo:
—Pensarlo no me hace feliz. ¿Y si el Imperio todo está en la senda equivocada, si lo ha estado durante toda su historia? Pienso en eso cada vez que hablo con Gruber.
—¿Quién es Gruber?
—Mandell Gruber. Un jardinero.
—Ah. El que vino corriendo con el rastrillo para rescatarte del intento de asesinato.
—Sí. Siempre me he sentido agradecido por eso. Lo único que tenía para defenderse contra unos conspiradores que posiblemente llevaban explosores era ese rastrillo. Eso es lealtad. Como te decía, hablar con él es como un soplo de aire fresco. No puedo pasarme la vida hablando con oficiales de la corte y con psicohistoriadores.
—Gracias.
—¡Vamos! Sabes lo que quiero decir. A Gruber le gustan los espacios abiertos. Quiere viento, lluvia, frío penetrante y todo lo que conlleva el clima en estado salvaje. A veces hasta yo mismo los echo de menos.
—Yo no. Me resultaría indiferente no volver a salir jamás.
—Tú te criaste bajo el domo... pero supon que el Imperio consistiera de simples mundos no industrializados, que vivieran de la ganadería y la agricultura, con baja población y espacios vacíos. ¿No estaríamos todos mucho mejor?
—Suena espantoso.
—Me hice tiempo para verificarlo lo mejor que pude. Me parece que es un caso de equilibrio inestable. Un mundo de baja población del tipo que te describo, o bien se vuelve moribundo y empobrecido, cayendo a un nivel de incultura casi animal, o bien se industrializa. Está en el filo de una navaja y cae hacia alguno de los dos lados, y los hechos demuestran que casi todos los mundos de la galaxia cayeron del lado de la industrialización.
—Porque es mejor.
—Tal vez. Pero eso no puede continuar para siempre. Ahora estamos viendo los resultados de esa elección. El Imperio no puede seguir existiendo mucho más porque se ha... se ha recalentado. No se me ocurre otra expresión. No sabemos qué vendrá después. Si, por medio de la Psicohistoria, podemos evitar la caída, o, más probablemente, podemos forzar la recuperación después de la caída ¿será simplemente para asegurar otro período de recalentamiento? ¿Es ése el único futuro que tiene la humanidad, el de empujar la roca, como Sísifo, hasta la cima de la colina, para terminar viendo cómo vuelve a caer?
—¿Quién es Sísifo?
—Un personaje de un mito primitivo. Amaryl, tienes que leer más.
Amaryl se encogió de hombros. —¿Para aprender sobre Sísifo? No es importante. Quizás la Psicohistoria nos muestre el camino para llegar a una sociedad enteramente nueva, completamente diferente de cualquier cosa que hemos visto, estable y deseable.
—Eso espero —suspiró Seldon—. Eso espero, pero todavía no hay señales de que suceda. En cuanto al futuro cercano, tendremos que esforzarnos para dejar que la Periferia se separe. Eso marcará el comienzo de la Caída del Imperio Galáctico.

4.

—Y eso dije —dijo Hari Seldon—. Eso marcará el comienzo de la Caída del Imperio Galáctico. Y así será, Dors.
Dors escuchaba con los labios apretados. Aceptaba el primer ministerio de Seldon como aceptaba todo: con calma. Su única misión era protegerlo, a él y a su Psicohistoria, pero esa tarea, lo sabía bien, se hacía más difícil debido a su cargo. La mejor seguridad era la que pasaba inadvertida y mientras el sol del puesto gubernamental brillara sobre Seldon ninguna barrera física de la existencia le resultaría satisfactoria o suficiente.
El lujo en el que vivían ahora, la cuidadosa protección contra el espionaje y contra las interferencias físicas, las ventajas de poder hacer uso de fondos ilimitados para sus propias investigaciones históricas, no la satisfacían. Habría cambiado todo eso gustosamente por sus viejas habitaciones en la Universidad de Streeling. O mejor, por un departamento sin nombre en un sector sin nombre donde nadie los conociera.
—Todo eso está muy bien, querido Hari —dijo ella—, pero no es bastante.
—¿Qué no es bastante?
—La información que estás dándome. Dices que podríamos perder la Periferia. ¿Cómo? ¿Por qué?
Seldon sonrió levemente.
—¡Qué hermoso sería saberlo, Dors! Pero la Psicohistoria todavía no llegó a la etapa en que podríamos enterarnos.
—¿En tu opinión, entonces, algunos lejanos gobernadores locales ambicionan declararse independientes?
—se es un factor, por cierto. Ha sucedido en la historia pasada, como ya sabes mejor que yo, pero nunca por mucho tiempo. Quizás esta vez sea permanente.
—¿Porque el Imperio está debilitado?
—Sí, porque el comercio circula menos libremente de lo que circuló una vez, porque las comunicaciones están más tensas de lo que estuvieron una vez, porque los gobernadores de la Periferia están, de hecho, más cerca de la independencia de lo que jamás han estado. Si uno de ellos surge con sus ambiciones particulares...
—¿Puedes decir cuál de ellos lo haría?
—Ni remotamente. Lo único que podemos sonsacarle a la Psicohistoria en este momento es el conocimiento definitivo de que si surge un gobernador con habilidades y ambiciones fuera de lo común, encontrará que las condiciones son más favorables para sus propósitos que en el pasado. Podría ser otra cosa, también: algún desastre natural o una repentina guerra civil entre dos distantes coaliciones mundiales. Por ahora no se puede predecir con precisión nada de eso, pero sí podemos afirmar que cualquier cosa por el estilo tendrá consecuencias más graves de lo que las hubiera tenido hace un siglo.
—Pero si no sabes con un poco más de exactitud qué sucederá en la Periferia, ¿cómo puedes encaminar las acciones para asegurarte de que la Periferia se separe, y no Trantor?
—Vigilando a ambos muy de cerca y tratando de estabilizar a Trantor, y no tratando de estabilizar la Periferia. No podemos pretender que la Psicohistoria ordene los acontecimientos automáticamente sin conocer demasiado cómo funciona, por lo tanto tenemos que hacer uso constante de los controles manuales, por así decirlo. En el futuro, la técnica estará refinada y decrecerá la necesidad del control manual.
—Pero eso —dijo Dors-será en el futuro. ¿Cierto?
—Cierto. E incluso es sólo una esperanza.
—¿Y exactamente qué clase de inestabilidades amenazan Trantor si conservamos la Periferia?
—Las mismas posibilidades: factores económicos y sociales, desastres naturales, rivalidades ambiciosas entre altos funcionarios. Y algo más. He descrito el Imperio a Yugo como recalentado... y Trantor es la porción más recalentada de todas. Parece estar quebrándose. La infraestructura, la red de suministro de agua, los sistemas de calefacción, la eliminación de residuos, las cañerías de combustible, todo, parece estar teniendo problemas anormales, y eso es algo que últimamente ha estado llamándome la atención cada vez más.
—¿Y qué hay de la muerte del Emperador?
Seldon abrió los brazos.
—Eso no se puede evitar, pero Cleon goza de buena salud. Tiene mi misma edad, que ojalá fuera menor pero no es demasiado mayor. Sus dos hijos son totalmente inadecuados para la sucesión, pero habrá bastantes pretendientes. Los suficientes para causar problemas y hacer que su muerte sea penosa pero no una completa catástrofe... en sentido histórico.
—Entonces digamos su asesinato, mejor.
Seldon levantó la vista, nervioso. —No digas eso. Aunque estemos escudados, no uses esa palabra.
—Hari, no seas tonto. Es una eventualidad que debemos considerar. Hubo una época en que los joranumitas pudieron haber tomado el poder y, si lo hubiesen hecho, el Emperador, de una forma u otra...
—Probablemente no. Hubiese sido más útil como figurón. Y en todo caso, olvídalo. Joranum murió el año pasado en Nishaya... un personaje bastante patético.
—Tenía seguidores.
—Por supuesto. Todo el mundo tiene seguidores. ¿Alguna vez te topaste con el Partido Globalista de mi mundo natal, Helicon, durante tus estudios de historia antigua del Imperio y del Reino de Trantor?
—No. No quiero herirte, Hari, pero no recuerdo haberme topado con ninguna porción de la historia en que Helicon jugara parte.
—No me hieres, Dors. Feliz del mundo que no tiene historia, digo siempre. Como sea, hace alrededor de dos mil cuatrocientos años surgió en Helicon un grupo de gente que estaba bastante convencida de que Helicon era el único mundo habitado del universo. Helicon era el universo, y más allá de él sólo había una esfera sólida de cielo salpicada de diminutas estrellas.
—¿Cómo podían creer eso? —dijo Dors—. Pertenecían al Imperio, presumo.
—Sí, pero los globalistas insistían en que todas las evidencias que probaban la existencia del Imperio eran o bien ilusiones o bien un engaño intencional, que los emisarios y funcionarios imperiales eran heliconianos representando, por alguna razón, ese papel. Eran absolutamente inmunes al razonamiento.
—¿Y qué sucedió?
—Supongo que siempre es agradable pensar que tu mundo en particular es el mundo. En su cenit, los globalistas pudieron haber convencido a un diez por ciento de la población, pero fueron una minoría vehemente que ahogó a la indiferente mayoría y amenazó con tomar el control.
—Pero no lo hicieron, ¿verdad?
—No. Lo que pasó fue que el globalismo causó una disminución en el comercio imperial y que la economía heliconiana se volvió inactiva. Cuando la creencia comenzó a afectar el bolsillo de la población, perdió popularidad rápidamente. Su surgimiento y ocaso sorprendieron a muchos en aquel entonces, pero la Psicohistoria, estoy seguro, habría demostrado que eran inevitables y habría hecho innecesario dedicarles reflexión alguna.
—Ya veo. Pero, Hari... ¿cuál es el objeto de esta historia? Presumo que hay alguna relación con lo que estábamos discutiendo.
—La relación es que tales movimientos nunca mueren por completo, sin importar cuán ridículos puedan parecer sus dogmas a la gente sensata. Ahora mismo, en Helicon, ahora mismo, aún existen globalistas. No muchos, pero de vez en cuando setenta u ochenta de ellos se reúnen en lo que ellos llaman un Congreso Global y se regodean hablando del globalismo... Bueno, han pasado sólo diez años desde que el movimiento joranumita dejara de parecer una terrible amenaza para este mundo, y no sería sorprendente que todavía quedaran resabios de él. Puede que todavía haya algunos resabios dentro de mil años.
—¿No es posible que un resabio resulte peligroso?
—Lo dudo. Lo que lo hacía peligroso era el carisma de JoJo, y él está muerto. Ni siquiera tuvo una muerte heroica o notable: sólo se marchitó y murió en el exilio... un hombre quebrado.
Dors se puso de pie y atravesó la habitación rápidamente, con los brazos balanceándose a los costados y los puños cerrados. Volvió y se detuvo ante Seldon, que permanecía sentado.
—Hari —dijo—, déjame decir lo que pienso. Si la Psicohistoria señala la posibilidad de graves perturbaciones en Trantor, y si todavía quedan joranumitas, éstos pueden estar aún con la mira puesta en la muerte del Emperador.
Seldon rió nerviosamente. —Te asustas de las sombras, Dors. Tranquilízate.
Pero descubrió que no podía descartar tan fácilmente lo que ella había dicho.

5.

El sector Wye era un tradicional opositor a la Dinastía Entun de Cleon I que había gobernado el Imperio durante dos siglos. La oposición databa de los tiempos cuando la línea de los Alcaldes de Wye había contribuido con miembros que sirvieran al Emperador. La dinastía Wye no había durado mucho ni tenido un éxito conspicuo, pero al pueblo y los gobernantes de Wye les resultaba difícil olvidar que alguna vez habían sido, aunque imperfecta y transitoriamente, supremos. El breve período en que Rashelle, como Alcaldesa de Wye, había desafiado al Emperador, hacía dieciocho años, había sumado tanto orgullo como frustraciones para Wye.
Todo ello hacía razonable que la pequeña banda de conspiradores se sintiera en Wye tan a salvo como en cualquier lugar de Trantor.
Había cinco de ellos sentados a la mesa, en una habitación de un barrio bajo del sector. La habitación estaba escasamente amueblada pero bien escudada.
En una silla que era marginalmente de superior calidad que las demás se encontraba el hombre que, a juzgar por ese detalle, podía ser considerado el líder. Tenía un rostro delgado, un cutis cetrino, una boca ancha de labios tan pálidos que eran casi invisibles. En su cabellera había toques de gris, pero sus ojos ardían con una furia inextinguible.
Contemplaba al hombre que estaba sentado exactamente frente a él, evidentemente más viejo y más suave, con cabellos casi blancos, con mejillas regordetas que tendían a sacudirse cuando hablaba.
Con aspereza, el líder dijo: —¿Y bien? Es bastante aparente que no has hecho nada. ¡Explícate!
El viejo intentó una bravuconada. Dijo: —Soy un joranumita anciano, Namarti. ¿Por qué tengo que explicar mis actos?
Gambol Deen Namarti, quien alguna vez había sido la mano derecha de Laskin "Jo-Jo" Joranum, dijo: —Hay muchos joranumitas ancianos. Algunos son incompetentes, algunos son blandos, algunos han olvidado. Ser un joranumita anciano puede significar nada más que ser un viejo tonto.
El viejo se reclinó en la silla. —¿Estás llamándome viejo tonto? ¿A mí? Soy Kaspal Kaspalov... Estaba con Jo-Jo cuando tú aún no habías aparecido, cuando eras un don nadie harapiento que buscaba una causa.
—No estoy llamándote tonto —dijo Namarti secamente—. Lo único que digo es que algunos joranumitas ancianos son tontos. Ahora tienes la oportunidad de demostrarme que no eres uno de ellos.
—Mi asociación con Jo-Jo...
—Olvida eso. ¡l está muerto!
—Yo pienso que su espíritu sigue viviendo.
—Si esa idea nos ayuda en nuestra lucha, pues que su espíritu siga viviendo. Pero para otros, no para nosotros. Sabemos que cometió errores.
—Eso lo rechazo.
—No insistas en hacer un héroe de un simple hombre que cometió errores. l pensaba que podía mover el mundo únicamente con la fuerza de la oratoria, con palabras...
—La historia nos demuestra que en el pasado las palabras han movido montañas.
—No las palabras de Joranum, obviamente, porque cometió errores. Ocultó sus orígenes mycogenianos y lo hizo con desprolijidad. Peor aún, se dejó engañar y acusó al viejo Primer Ministro de ser un robot. Le advertí acerca de esa acusación, pero no quiso escucharme... y eso lo destruyó. Ahora empecemos de nuevo, ¿está bien? Sea cual sea el uso que le demos al recuerdo de Joranum en el mundo exterior, no nos dejemos penetrar por él.
Kaspalov se quedó en silencio. Los otros tres desplazaron la mirada de Namarti a Kaspalov y de vuelta a Namarti, satisfechos de que éste llevara las riendas de la discusión.
—Con el exilio de Joranum en Nishaya, el movimiento joranumita se desmembró y pareció desvanecerse —dijo Namarti con crudeza—. Se hubiera desvanecido sin mí, por cierto. Pedazo a pedazo, fragmento a fragmento, yo lo reconstruí hasta convertirlo en una red que se extiende en todo Trantor. Lo sabes, supongo.
—Lo sé, Jefe —masculló Kaspalov. El uso del título dejaba en claro que estaba buscando una reconciliación.
Namarti sonrió tensamente. No insistía con el título, pero siempre disfrutaba al oir que lo utilizaban. Dijo: —Eres parte de esta red y tienes tus obligaciones.
Kaspalov se inquietó. Resultó claro que estaba debatiéndose internamente hasta que, finalmente, dijo con lentitud: —Me dices, Jefe, que aconsejaste a Joranum en contra de acusar al Primer Ministro. Dices que no te escuchó, pero por lo menos diste tu opinión. ¿Puedo tener el mismo privilegio de señalar lo que yo pienso que es un error y que me escuches como Joranum te escuchó a ti, aunque tú, como él, no aceptes el consejo?
—Desde luego que puedes hablar de tu parecer, Kaspalov. Estás aquí a fin de que puedas hacerlo. ¿Cuál es tu punto de vista?
—Estas nuevas tácticas nuestras, Jefe, son equivocadas. Ocasionan disrupción y causan daño.
—¡Por supuesto! Están diseñadas para eso. —Namarti se revolvió en el asiento, haciendo un esfuerzo por controlar su furia—. Joranum intentó la persuasión. No sirvió. Nosotros venceremos a Trantor con la acción.
—¿Por cuánto tiempo? ¿Y a qué costo?
—Por el tiempo que sea necesario, y a muy bajo costo, en realidad. Un corte de energía aquí, un corte de agua allá, un bloqueo del servicio cloacal, una interrupción del aire acondicionado. Inconvenientes e incomodidades, eso es todo.
Kaspalov meneó la cabeza. —Estas cosas son acumulativas.
—Por supuesto, Kaspalov, y queremos que la desesperación y el resentimiento públicos también sean acumulativos. Escucha, Kaspalov. El Imperio está decayendo. La tecnología terminará fallando en todas partes aunque no hagamos nada. Sólo estamos contribuyendo un poco.
—Es peligroso, Jefe. La infraestructura de Trantor es increiblemente complicada. Un empujón descuidado podría convertirla en ruinas. Tiremos del hilo equivocado y Trantor se derrumbará como un castillo de naipes.
—No ha sucedido hasta ahora.
—Puede suceder en el futuro. ¿Y si el pueblo descubre que somos nosotros los que estamos detrás de todo esto? Nos destrozarían. No habría necesidad de llamar a la policía o a las fuerzas armadas. El populacho nos destruiría.
—¿Cómo podrían descubrir lo suficiente para culparnos? El destinatario natural del resentimiento del pueblo será el gobierno... los consejeros del Emperador. Jamás verán más allá de eso.
—¿Y cómo viviremos con nosotros mismos, sabiendo lo que hemos hecho?
El viejo preguntó esto último con un susurro, claramente conmovido por una fuerte emoción. Con expresión suplicante, sus ojos miraban al líder, el hombre al que le había jurado obediencia. Había jurado creyendo que Namarti realmente continuaría llevando el estandarte de libertad que le había legado Laskin Joranum; ahora, Kaspalov se preguntaba si era ésta la forma en que Jo-Jo hubiera deseado que se hicieran cargo de su sueño.
Namarti chasqueó la lengua, de modo muy parecido al de un padre reprobatorio al confrontar a un hijo errático.
—Kaspalov, no puede ser cierto que te nos estés poniendo sentimental, ¿verdad? Una vez en el poder, recogeremos las piezas y reconstruiremos todo. Reuniremos gente con toda esa vieja cháchara de Joranum acerca de la participación popular en el gobierno, con más representatividad, y cuando estemos firmemente instalados en el poder estableceremos un gobierno más eficiente y coercitivo. Tendremos entonces un Trantor mejor y un Imperio más fuerte. Estableceremos alguna clase de sistema deliberativo en donde los representantes de las regiones mundiales podrán hablar entre ellos hasta el aturdimiento, pero gobernaremos nosotros.
Kaspalov permanecía sentado, irresoluto.
Namarti sonrió sin alegría. —¿No estás seguro? No podemos perder. Hasta ahora ha marchado perfectamente, y continuará marchando perfectamente. El Emperador no sabe qué está sucediendo. No tiene la más leve noción. Y su Primer Ministro es un matemático. Arruinó a Joranum, es cierto, pero desde entonces no ha hecho nada.
—Tiene algo llamado... llamado...
—Olvídalo. Joranum le daba gran importancia, pero eso se debía a que era mycrogeniano, como su manía con los robots. Este matemático no tiene nada ...
—Psicoanálisis histórico, o algo así. Una vez oí decir a Joranum que...
—Olvídalo . Sólo cumple con tu parte. Manejas la ventilación del sector Anemoria, ¿no? Muy bien, entonces. Haz que funcione mal de la manera que prefieras. Córtala para que se eleve la humedad, o que produzca un olor peculiar, o cualquier otra cosa. Nada de esto matará a nadie, así que no entres en una fiebre de culpa virtuosa. Simplemente, haz que la gente se sienta incómoda y haz subir el nivel general de inconformismo y fastidio. ¿Podemos confiar en ti?
—Pero lo que para los jóvenes y sanos puede ser tan solo incomodidad y fastidio, para los niños, los ancianos y enfermos puede ser más que eso.
—¿Vas a seguir insistiendo en que absolutamente nadie resulte perjudicado?
Kaspalov masculló algo.
Namarti dijo: —Es imposible hacer cualquier cosa con la garantía de que nadie resultará perjudicado. Sencillamente, haz tu trabajo. Hazlo de modo que perjudiques a la menor cantidad posible, si tu conciencia insiste, pero hazlo.
Kaspalov dijo: —¡Mira! Tengo una cosa más que decir, Jefe.
—Entonces dilo —dijo Namarti desganadamente.
—Podemos pasarnos años hurgoneando en la infraestructura. Llegará el momento en que te aproveches de la creciente insatisfacción para apoderarte del gobierno. ¿Cómo piensas hacerlo?
—¿Quieres saber cómo lo haremos exactamente?
—Sí. Cuanto más rápido demos el golpe, más limitados serán los daños, más eficiente la cirugía.
Namarti dijo lentamente:
—Aún no tengo decidido cuál será la naturaleza de esa cirugía. Pero llegará. Hasta entonces, ¿cumplirás con tu papel?
Kasparov asintió con resignación. —Sí, Jefe.
—Bien, entonces ve —dijo Namarti con un duro gesto de despedida.
Kaspalov se levantó, giró y se marchó, dejando a Namarti solo en la habitación. Namarti encendió los refulgentes paneles murales, dejando solamente un cuadrado abierto en el cielorraso para que entrara la luz que le impediría quedar totalmente a oscuras.
Pensó: Todas las cadenas tienen eslabones débiles que deben eliminarse. Hemos tenido que hacerlo antes y el resultado es que disponemos de una organización que es intocable.
Y, en la penumbra, sonrió, retorciendo su rostro en una especie de alegría animal. Después de todo, la red se extendía incluso hasta el mismísimo Palacio... no muy firmemente, no del todo confiable, pero allí estaba. Y sería reforzada.


6.

En la zona sin domo de los parques del Palacio Imperial se mantenía el buen clima: cálido y soleado.
No sucedía a menudo. Hari recordó que Dors una vez le había contado por qué se había elegido emplazarlo en esta zona en particular, con sus fríos inviernos y lluvias frecuentes.
—En realidad no se eligió —había dicho ella—. Era una propiedad familiar de la familia Morovian en los días en que no existía más que el Reino de Trantor. Cuando el Reino se transformó en Imperio, hubo numerosos sitios en donde el Emperador podía vivir: centros de veraneo, alojamientos invernales, hosterías deportivas, propiedades en las playas. Y, mientras el planeta iba quedando lentamente bajo los domos, a un Emperador gobernante que vivía aquí le gustó este lugar y éste permaneció fuera del domo. Y por la sencilla razón de que era la única zona que se dejó fuera de los domos, se transformó en algo especial, en un lugar distinto, y esa originalidad le agradó al siguiente Emperador, y al siguiente, y al siguiente... y de esa manera nació una tradición.
Y, como siempre que oía algo así, Seldon había pensado: ¿Y cómo haría la Psicohistoria para manejarlo? ¿Auguraría que un área iba a permanecer fuera del domo, pero sería absolutamente incapaz de decir cuál sería el área? ¿Podría llegar tan lejos? ¿Podría predecir que varias áreas quedarían fuera del domo, o ninguna, y equivocarse? ¿Cómo podría tener en cuenta los gustos y disgustos de un Emperador que por casualidad se hallara en el trono en el momento crucial y tomara la decisión en un momento de capricho y nada más? Así se planteaba el caos... y la locura.
Cleon I estaba, obviamente, disfrutando del buen clima.
—Me estoy poniendo viejo —dijo—. No hace falta que te lo diga. Somos de la misma edad, tú y yo. Una señal segura de vejez es que no sienta el impulso de jugar al tenis, o de ir a pescar, aunque acaban de repoblar el lago, pero sí tenga voluntad de caminar lentamente por los senderos.
Mientras hablaba comía frutas secas, unas que se parecían a las que en el mundo natal de Seldon, Helicon, hubieran llamado semillas de zapallo, que eran más grandes y de un sabor un poco menos delicado. Cleon las partía delicadamente con los dientes, les quitaba la delgada cáscara y se introducía el contenido en la boca.
A Seldon no le gustaba particularmente su sabor pero, por supuesto, cuando el Emperador le ofreció algunas las aceptó y se las comió.
El Emperador tenía una cantidad de cáscaras en la mano y miraba a su alrededor vagamente, buscando alguna clase de recipiente que pudiera usar para arrojarlas. No vio ninguno, pero descubrió a un jardinero que se encontraba a poca distancia, en posición de firme, como debía ser ante la presencia Imperial, y con la cabeza respetuosamente inclinada.
Cleon llamó: —¡Jardinero!
El jardinero se aproximó rápidamente. —¡Majestad!
—Deshazte de esto —y le puso las cáscaras en la mano.
—Sí, Majestad.
Seldon dijo: —Yo también tengo algunas, Gruber.
Gruber estiró la mano y dijo, casi con timidez: —Sí, Primer Ministro.
Se alejó velozmente, y el Emperador lo siguió con la mirada, lleno de curiosidad. —¿Conoces a ese sujeto, Seldon?
—Sí, por cierto, Majestad. Es un viejo amigo.
—¿El jardinero es un viejo amigo? ¿Qué es él? ¿Un colega matemático caído en desgracia?
—No, Majestad. Tal vez recuerdes la historia. Fue cuando —se aclaró la garganta, buscando la manera más cortés de recordar el incidente-el sargento atentó contra mi vida, poco después de ser asignado a mi cargo actual gracias a tu bondad.
—El intento de asesinato. —Cleon elevó la vista al cielo, como si buscara paciencia—. No sé por qué todos tienen tanto miedo de esa palabra.
—Tal vez —dijo Seldon con suavidad, despreciándose ligeramente por la facilidad con que se había acostumbrado a la adulación-es porque el resto de nosotros estamos más perturbados por la posibilidad de que algo desgraciado le suceda a nuestro Emperador de lo que tú mismo lo estás.
Cleon sonrió irónicamente. —Vaya. ¿Y qué tiene esto que ver con Gruber? ¿Así se llama?
—Sí, Majestad. Mandell Gruber. Estoy seguro de que recordarás, si vuelves atrás, que hubo un jardinero que se acercó corriendo con un rastrillo para defenderme contra el sargento armado.
—Ah, sí. ¿l fue el jardinero que lo hizo?
—l fue, Majestad. Desde entonces lo he considerado un amigo, y me lo encuentro casi siempre que estoy en los parques. Creo que él me cuida, siente que le pertenezco. Y, por supuesto, yo tengo buenos sentimientos hacia él.
—No te culpo. Y ya que estamos en el tema, ¿cómo está tu formidable dama, la señora Venabili? No la veo a menudo.
—Es historiadora, Majestad. Perdida en el pasado.
—¿No te asusta ella? A mí me asustaba. Me dijeron cómo trató a ese sargento. Hasta casi podía sentirse pena por él.
—Se pone salvaje al defenderme, Majestad, pero últimamente no ha tenido ocasión de hacerlo. Todo ha estado muy tranquilo.
El Emperador seguía al jardinero con la mirada. —¿Alguna vez hemos recompensado a ese hombre?
—Yo sí, Majestad. Tiene esposa y dos hijas, y he dispuesto que cada una de las hijas reciba una suma de dinero reservada para la educación de todos los hijos que tengan.
—Muy bien. Pero él necesita un ascenso, creo. ¿Es buen jardinero?
—Excelente, Majestad.
—El Jefe Jardinero, Malcomber, no estoy seguro de recordar su nombre, aún continúa en funciones y no es, quizás, ya apto para trabajar. Está por cumplir ochenta. ¿Crees que este Gruber sea capaz de hacerse cargo?
—Por cierto que sí, Majestad, pero le gusta su empleo actual. Le permite estar al aire libre en toda clase de climas.
—Peculiar recomendación para un empleo. Estoy seguro de que puede acostumbrarse a la administración, y realmente necesito a alguien para algún tipo de renovación de los parques. Hmmm. Debo pensarlo. Tu amigo Gruber puede ser justo el hombre que necesito... A propósito, Seldon, ¿qué quisiste decir con eso de que todo ha estado muy tranquilo?
—Simplemente quise decir, Majestad, que no ha habido señales de discordia en la Corte Imperial. La inevitable tendencia a la intriga parece estar tan cerca del nivel mínimo como puede aspirarse.
—No opinarías lo mismo si fueras Emperador, Seldon, y tuvieras que tratar con todos esos funcionarios y con sus quejas.
—Deberían presentarme sus quejas a mí, Majestad.
—Conocen mi corazón blando, Seldon, y evitan tu aspereza.
—¡Majestad!
—Era una broma. Sin embargo, no es eso lo que quiero decir. ¿Cómo puedes opinar que todo está tranquilo cuando semana por medio me llegan informes sobre algún desperfecto grave desde distintos lugares de Trantor?
—Esas cosas siempre pasan.
—No recuerdo que pasaran con tanta frecuencia en años anteriores.
—Tal vez porque no sucedían, Majestad. Con el tiempo, la infraestructura envejece. Hacer las reparaciones necesarias adecuadamente requeriría tiempo, trabajo y enormes gastos. Un aumento en los impuestos no será visto favorablemente en estos tiempos.
—En ningún tiempo. Entiendo que el pueblo está experimentando una grave insatisfacción debido a esos desperfectos. Deben eliminarse y tú debes encargarte de ello, Seldon. ¿Qué dice la Psicohistoria?
—Dice lo que dice el sentido común: que todo está envejeciendo.
—Bueno, esto está arruinando mi hermoso día. Lo dejo en tus manos, Seldon.
—Sí, Majestad —dijo Seldon con sumisión.
El Emperador se alejó a paso lento y Seldon pensó que esto también estaba echando a perder su propio hermoso día. Los desperfectos del centro eran la alternativa que él no deseaba. ¿Pero cómo hacer para evitarla y desviar la crisis a la Periferia?
La Psicohistoria no lo explicaba.


7.

Raych Seldon se sentía extraordinariamente feliz, ya que era la primera cena en famille que había tenido en meses, con las dos personas a las que consideraba su padre y madre. Sabía muy bien que no eran sus padres bajo ningún aspecto biológico, pero no importaba. Se limitaba a sonreírles en completa adoración.
El ambiente no era tan cálido como en Streeling, en los viejos días, cuando su hogar era pequeño e íntimo, instalado, como una joya, en el predio de la universidad. Ahora, lamentablemente, nada podía ocultar la magnificencia de una suite en Palacio.
Raych a veces se contemplaba en el espejo y se preguntaba cómo podía ser. No era alto, apenas 163 centímetros de altura, evidentemente más bajo que sus dos padres. Era bastante fornido, pero musculoso y no gordo, con cabellera negra y el típico bigote dahlita, al que conservaba tan oscuro y espeso como le era posible.
En el espejo aún podía ver al erizo callejero que había sido alguna vez, antes de que la más casual de las casualidades hubiera dictado su encuentro con Seldon y Venabili. Seldon era mucho más joven entonces, y su apariencia actual evidenciaba que el propio Raych era ahora casi de la misma edad que tenía Seldon al conocerlo.
Sorprendentemente, su madre, Dors, apenas había cambiado. Era tan diestra y ágil como el día en que ella y Hari habían sido acosados por el joven Raych y sus compañeros de la pandilla Billibotton. Y él, Raych, nacido en la pobreza y la miseria, era ahora miembro del servicio gubernamental, un pequeño engranaje del Ministerio de Poblaciones.
Seldon dijo: —¿Cómo anda todo en el Ministerio, Raych? ¿Algún progreso?
—Un poco, papá. Se pasan leyes. Se toman decisiones en la corte. Se pronuncian discursos. Aun así, es difícil conmover a la gente. Puedes pregonar la hermandad cuanto quieras, pero nadie se siente hermano de nadie. Lo que me parece es que los dahlitas son tan malos como cualquiera de los demás. Quieren ser tratados como iguales, dicen, y así lo hacen, pero si les das la oportunidad no sentirán deseos de tratar a los demás como iguales.
Venabili dijo: —Es imposible cambiar las mentes y los corazones de la gente, Raych. Es suficiente con intentarlo y tal vez eliminar las peores injusticias.
—El asunto es —dijo Seldon-que en la mayor parte de la historia no hubo nadie que trabajara sobre ese problema. A los seres humanos se les ha permitido regodearse en el delicioso juego del Yo-soy-mejor-quetú, y limpiar todo ese desorden no es fácil. Si dejamos que las cosas sigan su curso y empeoren durante mil años, no podemos quejarnos si demoramos, digamos, cien años en lograr una mejoría.
—A veces, papá —dijo Raych—, pienso que me diste este trabajo para castigarme.
Seldon arqueó las cejas.
—¿Qué motivación podría tener yo para castigarte?
—Por sentirme atraído por el programa de Joranum: igualdad de sectores y mayor representación popular en el gobierno.
—No te culpo. Son sugerencias atractivas, pero sabes que Joranum y su pandilla estaban usándolas solamente como herramienta para lograr el poder. Después...
—Pero me obligaste a tenderle una trampa a pesar de que me atraían sus puntos de vista.
Seldon dijo: —No fue fácil para mí pedírtelo.
—Y ahora me tienes trabajando en la implementación del programa de Joranum, sólo para demostrarme qué difícil es la tarea en realidad.
Seldon le dijo a Venabili: —¿Qué te parece, Dors? El muchacho me atribuye una especie de hipocresía clandestina que sencillamente no forma parte de mi carácter.
—Seguramente —dijo Venabili, con el fantasma de una sonrisa jugando en sus labios-que no estás atribuyendo a tu padre semejante cosa.
—Por cierto que no. En el transcurso de la vida diaria, no hay nadie más recto que tú, papá. Pero si te ves obligado, sabes que puedes volver a mezclar los naipes. ¿No es eso lo que esperas hacer con la Psicohistoria?
Seldon dijo con tristeza:
—Hasta ahora, he hecho muy poco con la Psicohistoria.
—Qué pena. No dejo de pensar que existe alguna clase de solución psicohistórica al problema de la intolerancia humana.
—Tal vez la haya, pero, si es así, no la he encontrado.
Cuando terminaron de cenar, Seldon dijo: —Tú y yo, Raych, vamos a tener ahora una pequeña charla.
—¿En serio? —dijo Venabili—. Presumo que no estoy invitada.
—Asuntos ministeriales, Dors.
—Tonterías ministeriales, Hari. Vas a pedirle al pobre muchacho que haga algo que yo no querría que hiciera.
Firmemente, Seldon dijo:
—Definitivamente, no voy a pedirle que haga algo que él no quiera hacer.
Raych dijo: —Está bien, mamá. Deja que papá y yo charlemos. Prometo que después te contaré todo.
Venabili miró hacia arriba. —Ustedes dos alegarán que son "secretos de estado", lo sé.
—A decir verdad —dijo Seldon con firmeza—, eso es exactamente lo que debo discutir. Y son de primera magnitud. Hablo en serio, Dors.
Venabili se puso de pie, apretando los labios. Abandonó la habitación con un mandamiento final:
—No arrojes al muchacho a los lobos, Hari.
Cuando se hubo marchado, Seldon dijo en voz baja: —Me temo que lo que tendré que hacer será precisamente arrojarte a los lobos, Raych.


8.

Estaban frente a frente en el despacho ministerial privado de Seldon, su "lugar para pensar", como él lo llamaba. Allí había pasado incontables horas tratando de reflexionar sobre cómo superar y dejar atrás las complejidades del gobierno trantoriano e imperial.
Dijo: —¿Has leído mucho acerca de los desperfectos que hemos tenido recientemente en los servicios planetarios, Raych?
—Sí —dijo Raych—, pero ya sabes, papá, que tenemos un planeta viejo. Lo que debemos hacer es sacar a todos de aquí, excavar toda la superficie, reemplazar todo, agregar las más modernas computadoras, y luego traer a la gente de vuelta, o al menos a la mitad de la gente. Trantor estaría mucho mejor con sólo veinte mil millones de personas.
—¿Cuáles veinte mil millones? —preguntó Seldon, sonriendo.
—Ojalá lo supiera —dijo Raych sombríamente—. El problema es que no podemos rehacer el planeta, así que no nos queda más que seguir emparchándolo.
—Eso temo, Raych, pero hay algo peculiar en todo esto. Ahora quiero que me evalúes. Tengo algunas ideas sobre el tema.
Sacó del bolsillo una pequeña esfera.
—¿Qué es eso? —preguntó Raych.
—Es un mapa de Trantor, cuidadosamente programado. Raych, hazme el favor de despejar esta mesa.
Seldon colocó la esfera más o menos en el centro de la mesa y puso la mano en una botonera que estaba en un brazo de su sillón. Usó el pulgar para cerrar un contacto y se apagaron las luces de la habitación, al tiempo que la mesa se iluminaba suavemente con una suave luz color marfil que parecía tener un centímetro de profundidad. La esfera se había achatado y expandido hacia los bordes de la mesa.
Poco a poco, la luz se oscureció en ciertos puntos, dibujando un patrón. Después de unos treinta segundos, Raych dijo, sorprendido:
—Es un mapa de Trantor.
—Por supuesto. Te lo dije. Pero no puedes comprar algo así en el mercado del sector. Este es uno de esos aparatos con que juegan las fuerzas armadas. Podría presentar a Trantor como esfera, pero la proyección plana muestra con más claridad lo que yo quiero mostrarte.
—¿Y qué es lo que quieres mostrarme, papá?
—Bueno, en los últimos dos años ha habido desperfectos. Como tú dices, este es un planeta viejo y los desperfectos son previsibles, pero están apareciendo con más frecuencia, y todos parecerían deberse, casi uniformemente, a errores humanos.
—¿No es eso razonable?
—Sí, desde luego. Dentro de ciertos límites. Lo cual se confirma hasta cuando se producen terremotos.
—¿Terremotos? ¿En Trantor?
—Admito que Trantor es un planeta no muy sísmico, por suerte, porque resultaría bastante poco práctico encerrar a un mundo bajo un domo cuando ese mundo va a sacudirse como loco y a hacer añicos alguna sección del domo varias veces por año. Tu madre dice que una de las razones por las que Trantor, y no algún otro mundo, se convirtió en la capital imperial es que se encuentra geológicamente moribundo... ésa es su descortés expresión. Aun así, aunque esté moribundo, no está muerto. Ocasionalmente hay terremotos menores, tres de ellos en los últimos dos años.
—No me había dado cuenta, papá.
—Casi nadie lo ha hecho. El domo no es un objeto único. Tiene cientos de secciones, cada una de las cuales pueden levantarse y colocarse entreabiertas para aliviar tensiones y compresiones en caso de terremoto. Ya que los terremotos, cuando ocurren, duran sólo de diez segundos a un minuto, la apertura es breve. Llega y se va tan pronto que los trantorianos bajo el domo ni siquiera lo notan. Están más pendientes del ligero temblor o del tintinear de la vajilla que de la apertura y cierre del domo que tienen sobre sus cabezas o de la intrusión del clima exterior, sea cual sea.
—Qué bueno, ¿verdad?
—Creo que sí. Está computarizado, por supuesto. La aproximación de un terremoto dispara los controles que abren y cierran esa sección del domo, de modo que se abra justo antes de que la vibración se torne lo bastante fuerte como para causar daños.
—Sigue siendo bueno.
—Pero en ocasión de los tres terremotos menores ocurridos en los últimos dos años, los controles del domo fallaron las tres veces. El domo no se abrió y en las tres oportunidades fue necesario efectuar reparaciones. Tomó tiempo y dinero, y durante un período considerable los controles climáticos funcionaron a un nivel menor que el óptimo. Ahora, Raych, ¿cuáles son las probabilidades de que el equipo falle en los tres casos?
—¿No muy altas?
—Para nada. Menos de una en cien. Se podría suponer que alguien toqueteó los controles con anticipación al terremoto. Ahora bien: una vez por siglo tenemos pérdida de magma, que es mucho más difícil de controlar, y no me gustaría tener que pensar en los resultados de algo así en caso de que resultara inadvertido hasta que fuera demasiado tarde. Por suerte no ha sucedido, y no es probable que suceda, pero considéralo... Aquí en este mapa encontrarás la localización de los desperfectos que nos han invadido durante los últimos dos años y que parecen atribuibles a fallas humanas, aunque no hemos podido determinar ni una sola vez a quién atribuírselos.
—Porque todo el mundo se protege las espaldas.
—Temo que tienes razón. Eso es característico de cualquier burocracia, y la de Trantor es la más extensa de la historia. ¿Pero qué piensas de la localización?
El mapa se había iluminado con brillantes marcas rojas que parecían pequeñas pústulas cubriendo la superficie de Trantor.
—Bueno —dijo Raych con cautela—. Parecen estar distribuidas uniformemente.
—Exacto, y eso es muy interesante. Se podría esperar que las secciones más viejas de Trantor, las secciones que fueron cubiertas con el domo hace más tiempo, tuvieran la infraestructura más arruinada y fueran más proclives a los acontecimientos en que se necesitan decisiones humanas rápidas, preparando el terreno para las posibles fallas humanas... Superpondré las secciones antiguas de Trantor coloreadas en azul, y verás que los desperfectos no parecen ser más frecuentes en el azul que en el blanco.
—¿Y?
—Y que yo creo que esto significa, Raych, que los desperfectos no tienen un origen natural, sino que están siendo causados deliberadamente, y distribuidos de esta manera, para afectar a la mayor cantidad posible de gente, creando la mayor insatisfacción posible.
—No parece probable.
—¿No? Entonces veamos cómo se distribuyen los desperfectos en el tiempo, en vez de en el espacio.
Desaparecieron las zonas azules y los puntos rojos y, por un momento, el mapa de Trantor quedó en blanco. Luego comenzaron a aparecer y desaparecer marcas, una a la vez, aquí y allá.
—Fíjate —dijo Seldon-en que tampoco aparecen condensados en el tiempo. Aparece uno, luego otro, luego otro, y así sucesivamente, casi al ritmo constante de un metrónomo.
—¿Crees que eso también es intencional?
—Debe serlo. Quienquiera que esté provocándolo, desea ocasionar cuanta disrupción sea posible con el menor esfuerzo posible, por lo que es inútil hacerlo de a dos a la vez, ya que uno anularía parcialmente al otro en los noticieros y en la conciencia pública. Cada incidente debe ser advertido con completa irritación.
El mapa se apagó, se encendieron las luces. Seldon volvió a colocar la esfera, ya encogida a su tamaño original, en su bolsillo.
Raych dijo: —¿Quién podría estar haciéndolo?
Seldon dijo, pensativo: —Hace unos días recibí el informe de un asesinato en el sector Wye.
—No es extraño —dijo Raych—. Aunque Wye no es uno de tus sectores realmente marginales, allí debe haber muchos asesinatos por día.
—Cientos —dijo Seldon, meneando la cabeza—. Hemos tenido días malos en que el número de muertes violentas en la totalidad de Trantor se acerca al millón diario. Generalmente no hay muchas posibilidades de encontrar a todos los delincuentes, a todos los asesinos. La muerte se registra en los libros como estadísticas anónimas.
»Esta, sin embargo, fue extraña. El hombre había sido apuñalado, pero sin pericia. Aún estaba vivo cuando lo encontraron, apenas vivo. Tuvo tiempo de exhalar una palabra antes de morir, y esa palabra fue "Jefe".
»Eso provocó cierta curiosidad y más tarde lo identificaron. Trabajaba en Anemoria y no sabemos qué estaba haciendo en Wye. Pero después un dedicado oficial logró descubrir que era un antiguo joranumita. Se llamaba Kaspal Kaspalov, y es bien sabido que fue uno de los íntimos de Laskin Joranum. Y ahora ha muerto, apuñalado.
Raych frunció el ceño.
—¿Sospechas una conspiración joranumita? Ya no hay más joranumitas.
—No hace mucho tu madre me preguntó si yo creía que todavía existían joranumitas en actividad, y le contesté que cualquier creencia extravagante siempre retenía cierta dirigencia, a veces durante siglos. Usualmente no son muy importantes, sino más bien grupúsculos que sencillamente no cuentan. Sin embargo... ¿qué pasaría si los joranumitas hubieran mantenido una organización, si hubieran conservado cierta fuerza, si fueran capaces de matar a alguien a quien consideraran un traidor y si estuvieran produciendo esos desperfectos como paso preliminar a tomar el poder?
—Son demasiados "si", papá.
—Lo sé. Y puedo estar totalmente equivocado. El asesinato ocurrió en Wye y da la casualidad de que no ha habido desperfectos de infraestructura en Wye.
—¿Qué se demuestra con eso?
—Tal vez que el epicentro de la conspiración está en Wye y que los conspiradores no quieren vivir incómodos como el resto de Trantor. También podría significar que no son los joranumitas, sino la antigua casa gobernante de Wye, que aún sueña con el Imperio.
—Oh, vamos, papá. Haces un gran escándalo por poca cosa.
—Lo sé. Ahora supon que es una conspiración joranumita. Joranum tenía, como mano derecha, a Gambol Deen Namarti. No hay registros de su muerte, ni de que haya abandonado Trantor, ni de su vida en los últimos nueve años. No es para sorprenderse demasiado. Después de todo, es fácil perderse entre cuarenta mil millones de personas. Hubo una época en que traté de hacer exactamente eso. Desde luego, podría estar muerto. Sería la explicación más fácil. Pero puede no estarlo.
—¿Qué hacemos?
Seldon suspiró. —Lo lógico sería recurrir a la policía, al aparato de seguridad, pero no puedo. No tengo la presencia de Demerzel. l podía arrear a la gente; yo no. l tenía una personalidad enérgica; yo soy sólo un... matemático. No debería estar en el puesto de Primer Ministro, no me va. Y no lo estaría si el Emperador no tuviera esa fijación con la Psicohistoria que va mucho más allá de lo que la Psicohistoria merece.
—Pareciera que te estás autocastigando, ¿verdad, papá?
—Supongo, pero me imagino yendo a las fuerzas de seguridad, por ejemplo, con lo que acabo de mostrarte en el mapa —señaló la mesa, ahora vacía-y explicándoles que estamos en grave peligro de conspiración de consecuencias y naturaleza desconocidas. Ellos me escuchan solemnemente y, cuando me voy, se ríen de mí, bromean sobre "el matemático" y no hacen nada.
—¿Entonces qué hacemos? —dijo Raych, volviendo al tema.
—Qué harás, Raych. Necesito más evidencia y quiero que la encuentres. Enviaría a tu madre, pero ella no se apartará de mi lado bajo ninguna circunstancia. Yo no puedo dejar el Palacio en este momento. Es en ti en quien más confío, después de Dors y de mí mismo. En realidad, más que en Dors y en mí mismo. Todavía eres joven, eres fuerte, eres mejor torcedor heliconiano de lo que yo fui alguna vez, y eres inteligente.
—Vaya, papá. ¡Ojalá lo pusieras por escrito!
—Ahora escucha: no quiero que arriesgues tu vida. No quiero heroísmos ni estupideces. No podría mirar a tu madre a la cara si algo te ocurriera. Sólo averigua lo que puedas. Tal vez descubras que Namarti está vivo y operando... o muerto. Tal vez descubras que los joranumitas son un grupo en actividad... o moribundo. Tal vez descubras que la familia gobernante de Wye está activa... o no. Cualquiera de las posibilidades será interesante, pero no vital. Lo que sí quiero que averigües es si los desperfectos en la infraestructura son obra de la mano del hombre, como yo pienso, y, mucho más importante, si son causados deliberadamente, qué otra cosa planean hacer los conspiradores. Me parece que deben tener planes para un copamiento de mayor envergadura y, si es así, debo saber cuál será.
Raych dijo, con cautela:
—¿Tienes algún plan para que comience a investigar?
—Si, por cierto, Raych. Quiero que vayas a Wye, al lugar donde asesinaron a Kaspalov. Si puedes, averigua si era joranumita activo, y luego fíjate si puedes ingresar a una célula joranumita.
—Tal vez sea posible. Puedo simular perfectamente ser joranumita. Era sólo un niño cuando Jo-Jo estaba en la palestra, pero quedé muy impresionado con sus ideas. En cierto modo, hasta sería sincero.
—Bueno, sí, pero hay un inconveniente importante. Podrían reconocerte. Después de todo, eres el hijo del Primer Ministro. Has aparecido en holovisión alguna que otra vez, has sido una atracción para los programas de noticias, te han hecho entrevistas acerca de tu opinión sobre la igualdad de sectores.
—Claro, pero...
—Sin peros, Raych. Te pondrás zapatos elevados para agregarte tres centímetros, y haremos que alguien te enseñe a alterar la forma de tus cejas, a que tu rostro parezca más regordete y a cambiar el timbre de la voz.
Raych se encogió de hombros.
—Demasiadas molestias para nada.
—Y además —dijo Seldon, con un evidente temblor en la voz — te afeitarás el bigote.
Raych abrió los ojos y por un momento permaneció sentado, silenciosamente apabullado. Por fin dijo, con un susurro ronco:
—¿Afeitarme el bigote?
—Por completo. Sin él nadie te reconocerá.
—Pero no puedo. Sería como cortarme los... como castrarme.
Seldon meneó la cabeza.
—Es sólo una curiosidad cultural. Yugo es tan dahlita como tú y no usa bigote.
—Yugo es un chiflado. Dudo que esté vivo, a no ser por sus matemáticas.
—Es un gran matemático, y la ausencia de bigote no altera ese hecho. Además, no es una castración. Tu bigote volverá a crecer en dos semanas.
—¡Dos semanas! Demorará dos años en volver a estar tan... tan...
Levantó la mano, como para cubrirlo y protegerlo.
Seldon dijo, inexorable:
—Raych, tienes que hacerlo. Es un sacrificio que debes hacer. Si actúas como espía mío con bigote podrías... resultar herido. No puedo arriesgarme.
—Preferiría morir —dijo Raych violentamente.
—No seas melodramático —dijo Seldon con severidad—. No preferirías morir, esto es algo que debes hacer. Sin embargo —y aquí dudó—, no le digas nada a tu madre. Yo me encargaré.
Raych contempló a su padre con frustración y luego dijo, con voz baja y desesperada:
—Está bien, papá.
Seldon dijo: —Conseguiré a alguien que supervise tu disfraz y luego partirás a Wye por aire. Arriba el ánimo, Raych, que no es el fin del mundo.
Raych sonrió sin convicción y Seldon lo observó al marcharse, con una expresión profundamente atormentada. Un bigote podía volver a crecer, pero un hijo no. Seldon era perfectamente consciente de que estaba enviando a Raych a una situación de peligro.   


9.

Todos tenemos nuestras pequeñas ilusiones, y Cleon I, Emperador de la Galaxia, Rey de Trantor, y una extensa colección de otros títulos que en contadas ocasiones eran proclamados con un largo y sonoro discurso, estaba convencido de que era una persona de espíritu democrático.
Siempre lo enfurecían las advertencias de Demerzel, y más tarde las de Seldon, en contra de algún curso de acción, indicándole que ese proceder sería considerado tiránico o despótico.
No era un tirano ni un déspota por naturaleza, de eso estaba seguro; sólo pretendía accionar con firmeza y decisión.
Muchas veces hablaba, con nostálgica aprobación, de los días cuando el Emperador podía mezclarse libremente con sus súbditos, pero ahora debía asilarse del mundo, ya que los copamientos y asesinatos, reales o frustrados, se habían convertido en un aborrecible hecho de todos los días.
Es dudoso que Cleon, que jamás en su vida había estado con nadie a no ser que contara con las condiciones de seguridad más restrictivas, se hubiese sentido a gusto en algún encuentro casual con extraños, pero siempre imaginaba que lo habría disfrutado. Agradecía, por lo tanto, las escasas oportunidades en que podía hablar con alguno de sus subordinados en los parques, sonreír y esquivar las trampas del gobierno imperial durante unos minutos. Lo hacía sentirse democrático.
Por ejemplo, ese jardinero del que le había hablado Seldon. Sería adecuado, quizás placentero, recompensarlo tardíamente por su lealtad y valentía, y hacerlo personalmente en vez de delegarlo en algún funcionario.
En consecuencia, hizo arreglos para encontrárselo en el espacioso jardín de rosas que, en esta época, estaba en flor. Sería lo apropiado, pensaba Cleon, pero, por supuesto, primero tendrían que traer al jardinero allí. Era impensable hacer esperar al Emperador. Una cosa es ser democrático, y otra es ser incomodado.
El jardinero estaba esperándolo entre las rosas, con los ojos bien abiertos y los labios trémulos. Se le ocurrió a Cleon que tal vez nadie le había comunicado al sujeto la razón del encuentro. Bueno, lo tranquilizaría amablemente... aunque, ahora que lo pensaba, no recordaba su nombre.
Miró a uno de los oficiales que tenía al lado y dijo:
—¿Cómo se llama el jardinero?
—Majestad, es Mandell Gruber. Hace veintidós años que es jardinero aquí.
El Emperador asintió y dijo: —Ah, Gruber. Qué contento estoy de conocer a un eficiente y dedicado jardinero.
—Majestad —masculló Gruber, castañeteando los dientes—. No soy hombre de muchos talentos, pero siempre trato de dar lo mejor de mí en beneficio de Su Graciosa Majestad.
—Claro, claro —dijo el Emperador, preguntándose si el jardinero sospechaba algún sarcasmo de su parte. Estos hombres de clase baja carecían de los sentimientos depurados consecuencia del refinamiento y los buenos modales. Eso era lo que siempre dificultaba cualquier intento de actitud democrática.
Cleon dijo: —Me he enterado por mi Primer Ministro de la lealtad con que una vez le prestaste auxilio, y de tu habilidad en el cuidado de los parques. El Primer Ministro me dice que él y tú son bastante amigos.
—Majestad, el Primer Ministro es muy amable conmigo, pero yo conozco mi lugar. Nunca le dirijo la palabra a menos que él me hable primero.
—Bien, Gruber. Eso demuestra tus buenos sentimientos, pero el Primer Ministro, al igual que yo, es un hombre de impulsos democráticos, y confío en sus juicios sobre la gente.
Gruber hizo una profunda reverencia.
El Emperador dijo: —Como sabes, Gruber, el Jefe Jardinero, Malcomber, es bastante anciano y está deseando retirarse. Las responsabilidades se están volviendo mucho mayores de las que puede manejar.
—Majestad, el Jefe Jardinero es muy respetado por todos los jardineros. Ojalá siga viviendo muchos años, para que todos nosotros podamos recurrir a él en beneficio de la sabiduría y el buen juicio.
—Bien dicho, Gruber —dijo el Emperador sin contemplaciones—, pero sabes muy bien que eso no es más que palabrería. No seguirá viviendo muchos años, al menos no con la fuerza y la lucidez necesarias para el puesto. l mismo está pidiendo retirarse en el lapso de un año, y yo se lo he concedido. Sólo resta encontrar un reemplazante.
—Oh, Majestad, en este grandioso lugar existen cincuenta hombres y mujeres que podrían ser Jefes Jardineros.
—Seguro que sí —dijo el Emperador—. Pero mi elección ha recaído sobre ti. —El Emperador sonrió graciosamente. Este era el momento que había estado esperando. Ahora Gruber, suponía, caería de rodillas en un éxtasis de gratitud.
No fue así, y el Emperador frunció el entrecejo.
Gruber dijo: —Majestad, es un honor demasiado grande para mí, por completo.
—Tonterías —dijo Cleon, ofendido de que su decisión se cuestionara—. Es hora de reconocer tus virtudes. Ya no tendrás que estar expuesto a los rigores de todo tipo de clima en toda época del año. Tendrás la oficina del Jefe Jardinero, un magnífico lugar, que haré redecorar para ti, y donde puedes traer a tu familia... Tienes familia, ¿verdad, Gruber?
—Sí, Majestad. Esposa y dos hijas. Y yerno.
—Muy bien. Estarás muy cómodo y disfrutarás de tu nueva vida, Gruber. Estarás adentro, Gruber, y apartado de la intemperie, como un verdadero trantoriano.
—Majestad, considere que me crié como anacreónico...
—Lo he considerado, Gruber. Para el Emperador todos los mundos son iguales. Está decidido. El nuevo puesto es lo que mereces.
Asintió y se alejó. Cleon se sintió satisfecho con esa última muestra de benevolencia. Desde luego, le habría gustado un poco más de gratitud por parte del sujeto, un poco más de aprecio, pero al menos lo había hecho.
Y era mucho más fácil hacer esto que solucionar el asunto de las fallas en la infraestructura.
En un momento de mal humor, Cleon había declarado que cuando un desperfecto se atribuyera a un error humano, el ser humano en cuestión debía ser ejecutado inmediatamente.
—Algunas ejecuciones —había dicho-y todos se volverán notablemente más cuidadosos.
—Me temo, Majestad —había dicho Seldon-que esa conducta sería considerada despótica y no conseguirías lo que deseas. Probablemente obligaría a los trabajadores a ir a la huelga, y si los forzaras a volver al trabajo habría una insurrección, y si trataras de reemplazarlos con soldados descubrirías que éstos no saben manejar la maquinaria, de modo que ocurrirían desperfectos con mucha más frecuencia.
No era sorprendente que Cleon, aliviado, se hubiera dedicado al asunto de designar un Jefe Jardinero.
En cuanto a Gruber, contemplaba con helado terror al Emperador mientras éste se alejaba. Iban a apartarlo de la libertad del exterior y a condenarlo a estar constreñido entre cuatro paredes.
¿Pero cómo podía uno decirle que no al Emperador?   


10.

Raych se miró, con expresión sombría, en el espejo de la habitación del hotel en Wye (era una habitación bastante ruinosa, pero se suponía que no tenía mucho dinero). No le gustó lo que vio. El bigote había desaparecido; le habían acortado las patillas; el pelo estaba rapado en los costados y en la nuca.
Se miró... haciendo de tripas corazón.
Peor todavía. El resultado de la alteración de sus contornos faciales era que tenía un rostro de bebé.
Era repulsivo.
Y tampoco tenía ninguna pista. Seldon le había entregado los informes policiales de la muerte de Kaspal Kaspalov, y los había estudiado. No había mucho allí. Sólo que Kaspalov había sido asesinado y que la policía local no había descubierto nada de importancia que tuviera conexión con ese crimen. Parecía bastante claro que la policía le daba poca o ninguna importancia.
No era sorprendente. En el último siglo, el porcentaje de crímenes había aumentado marcadamente en la mayoría de los mundos, especialmente en el enormemente complejo mundo de Trantor, y la policía local no hacía nada útil al respecto en ningún sitio. En realidad, la policía había menguado en número y en eficiencia en todas partes y (aunque era difícil de probar) se había vuelto más corrupta. Era inevitable que así fuera, puesto que los sueldos no seguían el ritmo del costo de vida. Para hacer que los empleados públicos mantengan su honestidad hay que pagarles. Si no es así, seguramente ellos se las ingeniarán para conseguir salarios más adecuados de otra manera.
Seldon había estado predicando esa doctrina durante varios años, pero de nada servía. No había forma de aumentar los sueldos sin aumentar los impuestos, y la población no se quedaría quieta si le aumentaban los impuestos. Parecía que preferían perder diez veces más dinero en sobornos.
Todo era parte (había dicho Seldon) del deterioro general de la sociedad imperial que venía aconteciendo desde hacía dos siglos.
Bueno, ¿y qué tenía que hacer Raych? Aquí estaba, en el hotel donde había vivido Kaspalov durante los días inmediatamente previos a su asesinato. En alguna parte del hotel podía haber alguien que tuviera algo que ver con el hecho, o que conociera a algún involucrado.
A Raych le parecía que debía hacerse ver. Debía demostrar interés en la muerte de Kaspalov y entonces alguien se interesaría en él e iría a buscarlo. Era peligroso, pero si podía aparentar ser lo bastante inofensivo tal vez no lo atacaran inmediatamente.
Bien...
Raych miró el horario. En el bar habría personas disfrutando de los aperitivos previos a la cena. Bien podía reunírseles y ver qué pasaba... si es que algo pasaba.   


11.

En cierto aspecto, Wye podía ser bastante puritano. (Lo cual se comprobaba en todas las secciones, aunque la rigidez de un sector pudiera ser completamente diferente de la rigidez del otro). Aquí, las bebidas no eran alcohólicas, pero estaban sintéticamente diseñadas para estimular de otra manera. A Raych no le agradó su sabor, ya que estaba totalmente desacostumbrado a él, pero eso significaba que podía beber lentamente y tener más tiempo para mirar a su alrededor.
Encontró la mirada de una joven que estaba a varias mesas de distancia, y por un momento le resultó difícil apartar la vista. Era atractiva, y estaba claro que las costumbres de Wye no eran puritanas para todo.
Se miraron y, pasado un momento, la joven sonrió ligeramente y se puso de pie. Se acercó a la mesa de Raych, mientras Raych la miraba especulativamente. Era inaceptable (pensó con marcado resentimiento) tener una aventura justamente ahora.
Ella se detuvo un minuto al llegar a Raych, y luego se dejó caer suavemente en la silla adyacente.
—Hola —dijo ella—. No pareces cliente de aquí.
Raych sonrió. —No lo soy. ¿Conoces a todos los clientes?
—Casi todos —dijo ella, sin sentirse abochornada—. Me llamo Manella. ¿Y tú?
Raych estaba más agradecido que nunca. Ella era alta, más alta que él sin los tacos —cosa que él siempre encontraba atractiva—, tenía un cutis lechoso, y cabellos largos y suavemente ondeados que tenían reflejos rojos. Sus ropas no eran demasiado ostentosas y, si lo hubiera intentado, podría haberse hecho pasar como una mujer respetable de una clase no muy trabajadora.
Raych dijo: —Mi nombre no importa. No tengo mucho dinero.
—Oh, qué lástima. —Manella hizo un mohín—. ¿Puedes conseguir un poco?
—Me gustaría. Necesito trabajo. ¿Sabes de alguno?
—¿Qué tipo de trabajo?
Raych se encogió de hombros. —No tengo experiencia en nada especial, pero no soy pretencioso.
Ella lo miró, pensativa.
—Mira, sin nombre. A veces no se necesita tanto dinero.
Raych quedó paralizado en el acto. Había tenido éxito con las mujeres, pero con bigote... con bigote. ¿Qué veía ella en ese rostro carilindo?
Dijo: —Mira. Tenía un amigo que estuvo viviendo aquí hasta hace un par de semanas, pero no puedo encontrarlo. Ya que conoces a todos los clientes, tal vez lo conozcas a él. Se llama Kaspalov. Kaspal Kaspalov. —Levantó ligeramente la voz.
Ella se lo quedó mirando inexpresivamente y meneó la cabeza. —No conozco a nadie con ese nombre.
—Lástima. Era joranumita, igual que yo. —Otra vez la mirada inexpresiva—. ¿Sabes lo que es un joranumita?
Ella negó con la cabeza.
—N-no. Escuché esa palabra, pero no sé lo que significa. ¿Es un trabajo?
Raych estaba decepcionado.
Dijo: —Tardaría demasiado en explicártelo.
Sonó a despedida y, pasado un momento de incertidumbre, ella se levantó y se alejó sin sonreír. Raych estaba algo sorprendido de que ella se hubiera quedado tanto después de haberse establecido que él no podía pagarle.
(Bueno, Seldon siempre insistía en que Raych tenía la capacidad de inspirar afecto, pero seguramente no con una mujer de negocios. Para ellas, el objetivo era el pago. Por supuesto, eso significaba que no tenían en cuenta la baja estatura de un hombre, aunque a muchas mujeres comunes y agradables tampoco parecía importarles).
Automáticamente, sus ojos siguieron a Manella mientras ésta se detenía en otra mesa, donde había un hombre solo. Era de mediana edad, con cabellera de color manteca engominada hacia atrás. Estaba muy bien afeitado, pero a Raych le pareció que le habría quedado bien la barba, ya que tenía un mentón prominente y algo asimétrico.
Aparentemente, ella no tuvo mejor suerte con el afeitado. Intercambiaron algunas palabras y ella se marchó. Lástima, pero era imposible que ella fallara con mucha frecuencia, sin duda. Era incuestionablemente deseable. De seguro era sólo una cuestión de arreglo financiero.
Se sorprendió pensando, contra su voluntad, en qué resultaría si él, después de todo, pudiera... y entonces se dio cuenta de que alguien se había sentado a su lado. Esta vez era un hombre. Era, para ser exactos, el hombre con quien Manella acababa de hablar.
Quedó perplejo de que sus preocupaciones hubieran permitido esa aproximación que, en efecto, lo había tomado por sorpresa. No podía afrontar muy bien esa clase de cosas.
El hombre lo miraba con un dejo de curiosidad en los ojos.
—Recién estuvo hablando con una amiga mía.
Raych no pudo evitar una amplia sonrisa. —Es muy simpática.
—Sí, lo es. Y es una buena amiga mía. No pude evitar oír lo que usted le dijo.
—No fue nada malo, creo.
—En absoluto. Pero usted se declaró joranumita.
El corazón de Raych pegó un salto. Su comentario a Manella había dado en el blanco, después de todo. No significaba nada para ella, pero parecía significar algo para su "amigo".
¿Quería decir eso que ya estaba en la pista? ¿O simplemente que estaba en problemas?   

12.

Raych hizo lo mejor que pudo para evaluar a su nuevo compañero sin que su rostro perdiera la suave expresión de ingenuidad. El tipo tenía ojos duros, y su mano derecha cerrada en un puño descansaba, casi amenazadoramente, sobre la mesa.
Lo miró con ojos de lechuza y esperó.
El hombre dijo, nuevamente:
—Entiendo que usted se declara joranumita.
Raych se esforzó por parecer nervioso. No le resultó difícil.
Dijo: —¿Por qué lo pregunta, señor?
—Porque no creo que tenga edad suficiente.
—Tengo edad suficiente. Solía escuchar los discursos de Jo-Jo Joranum.
—¿Puede citarlos?
Raych se encogió de hombros.
—No, pero recuerdo la idea.
—Demuestra ser un joven valiente al decir abiertamente que es joranumita. A algunas personas no les agrada eso.
—Me dicen que en Wye hay muchos joranumitas.
—Es posible. ¿Es por eso que vino aquí?
—Busco trabajo. Tal vez otro joranumita me ayude.
—En Dahl también hay joranumitas. ¿De dónde es usted?
Era indudable que había reconocido el acento de Raych. No podía disfrazarse.
Dijo: —Nací en Millimaru, pero me crié principalmente en Dahl.
—¿Haciendo qué?
—No mucho. Yendo a la escuela.
—¿Y por qué es usted joranumita?
Raych se permitió perder la paciencia. Era imposible haber vivido en el oprimido y discriminado Dahl sin tener razones obvias para convertirse en joranumita.
Dijo: —Porque pienso que en el Imperio tendría que haber un gobierno más representativo, más participación popular y más igualdad entre los sectores y entre los mundos. ¿Acaso no es lo que piensa cualquiera que tenga cerebro y corazón?
—¿Y desea usted la abolición del Emperador?
Raych hizo una pausa. Uno podía salir bastante bien parado en la defensa de reclamos subversivos, pero cualquier argumento que fuera excesivamente anti-Emperador quedaba descolocado.
Dijo: —No estoy diciendo eso. Creo en el Emperador, pero gobernar todo un imperio es demasiado para un solo hombre.
—No es un solo hombre. Hay toda una burocracia imperial. ¿Qué piensa de Hari Seldon, el Primer Ministro?
—No pienso nada. No sé nada de él.
—Lo único que usted sabe es que el pueblo debería estar más representado en los asuntos gubernamentales. ¿Es así?
Raych aparentó estar confundido. —Es lo que solía decir Jo-Jo Joranum. No sé cómo lo llamará usted. Una vez oí que alguien lo llamaba "democracia", pero no sé lo que eso significa.
—La democracia es algo que hay en algunos mundos, algo que ellos denominan "democracia". No sé si esos mundos están gobernados mejor que otros. O sea que usted es un demócrata.
—¿Así se dice? —Raych bajó la cabeza, como si estuviera cavilando—. Me siento más cómodo como joranumita.
—Por supuesto, como dahlita...
—Viví allí solamente un tiempo.
—... está usted a favor de la igualdad de los pueblos y esas cosas. Los dahlitas, al ser un grupo oprimido, naturalmente tienden a pensar de ese modo.
—Tengo entendido que en Wye los ideales joranumitas son bastante fuertes. Y aquí no hay opresión.
—Es por otra razón. Los viejos Alcaldes de Wye siempre quisieron ser Emperadores. ¿Lo sabía?
Raych meneó la cabeza.
—Hace dieciocho años —dijo el hombre—, la Alcaldesa Rashelle casi llega a producir un golpe de estado con ese objetivo. Los de Wye son rebeldes, no tanto joranumitas sino más bien anti-Cleon.
Raych dijo: —No sé nada de eso. Yo no estoy en contra del Emperador.
—Pero está a favor de la representación popular, ¿verdad? ¿Cree usted que alguna asamblea electa podría gobernar el Imperio sin empantanarse en la política y en los altercados partidistas? ¿Sin parálisis?
Raych dijo: —¿Cómo? No entiendo.
—¿Cree que una gran cantidad de gente podría tomar decisiones rápidas en tiempo de emergencia? ¿O que sólo se quedarían sentados y se la pasarían discutiendo?
—No sé, pero no me parece correcto que un puñado de personas tome todas las decisiones para todos los mundos.
—¿Está usted dispuesto a pelear por sus creencias? ¿O sólo le gusta hablar de ellas?
—Nadie me ha pedido que pelee —dijo Raych.
—Suponga que alguien lo hiciera. ¿Qué tan importante piensa que son para usted sus ideales de democracia, o la filosofía joranumita?
—Pelearía por ellos... si pensara que es para bien.
—Muchacho valiente. Así que ha venido a Wye para luchar por sus ideales.
—No —dijo Raych con incomodidad—. No podría decir eso. Vine a buscar trabajo, señor. No es fácil encontrar empleo en estos días... y no tengo dinero. Hay que vivir.
—De acuerdo. ¿Cómo se llama?
La pregunta surgió de improviso, pero Raych estaba preparado.
—Planchet, señor.
—¿Nombre o apellido?
—Es mi único nombre, por lo que sé.
—No dispone de dinero y, entiendo, recibió muy poca educación.
—Temo que sí.
—¿Sin experiencia en trabajos especializados?
—No he trabajado mucho, pero soy voluntarioso.
—Bien. Te diré qué hacer, Planchet —Había sacado de su bolsillo un triángulo pequeño y blanco, que entonces presionó de modo de producir un mensaje escrito en él. Luego lo frotó con el pulgar y el mensaje quedó fijado—. Te diré dónde ir. Llévate esto, y tal vez consigas un empleo.
Raych tomó la tarjeta y le echó un vistazo. Los signos parecían fluorescer, pero Raych no sabía leerlos. Miró al hombre por el rabillo del ojo.
—¿Y si alguien piensa que lo robé?
—No puede robarse. Tiene mi signo, y tu nombre.
—¿Y si me preguntan su nombre?
—No lo harán. Diles que quieres trabajar. Es tu oportunidad. No te lo garantizo, pero es tu oportunidad. —Le entregó otra tarjeta—. Aquí es donde debes ir.
Esta vez Raych sí sabía leerla. —Gracias —masculló.
El hombre hizo un mínimo gesto de despedida con la mano.
Raych se levantó, se alejó... y se preguntó dónde estaría metiéndose.   


13.

De aquí para allá. De aquí para allá. De aquí para allá.
Gleb Andorin observaba a Gambol Deen Namarti paseándose de aquí para allá. Obviamente, Namarti era incapaz de quedarse sentado bajo la apabullante violencia de su pasión.
Andorin pensó: No es el hombre más brillante del Imperio, ni siquiera del movimiento, ni el más malicioso, y por cierto no el más apto para el pensamiento racional. Hay que ponerle límites constantemente... pero es arrollador como ninguno de nosotros. Nosotros abandonaríamos, aflojaríamos, pero él no. Empuja, jala, aguijonea, patea... Bueno, tal vez necesitamos de alguien así. Debemos tener a alguien así o jamás pasará nada.
Namarti se detuvo, como si sintiera los ojos de Andorin horadándole la espalda. Se dio vuelta y dijo: —Si vas a volver a sermonearme sobre lo de Kaspalov, no te molestes.
Andorin alzó levemente los hombros. —¿Por qué molestarme en sermonearte? Lo hecho, hecho está. El daño, si es que hubo alguno, ya pasó.
—¿Qué daño, Andorin? ¿Qué daño? Si no lo hubiese hecho, sí que hubiéramos sufrido daño. El tipo estaba a punto de ser un traidor. En el lapso de un mes habría ido corriendo...
—Lo sé. Estuve allí. Oí lo que dijo.
—Entonces entiendes que no había opción. Ninguna opción. No creerás que me agradó hacer matar a un viejo camarada, ¿verdad? No tuve opción.
—Está bien. No tuviste opción.
Namarti volvió a caminar a grandes trancos, para luego volver a mirarlo.
—Andorin, ¿crees en los dioses?
Andorin se lo quedó mirando.
—¿En qué?
—En los dioses.
—Jamás escuché esa palabra. ¿Qué significa?
Namarti dijo: —No es del Galáctico Estándar. Influencias sobrenaturales, creo que se dice.
—Ah, influencias sobrenaturales. ¿Por qué no lo dijiste antes? No, no creo en este tipo de cosas. Por definición, algo es sobrenatural si existe fuera de las leyes de la naturaleza, y nada existe fuera de las leyes de la naturaleza. ¿Te estás volviendo místico? —Andorin se lo preguntó como si estuviera bromeando, pero sus ojos se angostaron con repentino interés.
Namarti le clavó la vista. Esos ojos ardientes podían mirar fijo a cualquiera. —No seas tonto. Estuve leyendo sobre el tema. Hay trillones de personas que creen en las influencias sobrenaturales.
—Ya lo sé —dijo Andorin—. Siempre ha sido así.
—Siempre ha sido así, desde los albores de la historia. La palabra "dioses" es de origen desconocido. Es, aparentemente, un vestigio de algún idioma primitivo del cual ya no existen rastros, a excepción de esa palabra... ¿Sabes cuántas variedades diferentes de creencias en diversas clases de dioses existen?
—Aproximadamente la misma cantidad que de tontos en la población galáctica, diría.
Namarti ignoró eso. —Algunos piensan que la palabra data de los tiempos cuando la humanidad existía en un solo mundo.
—Hasta eso es un concepto mitológico. La idea es tan delirante como la noción de las influencias sobrenaturales. Jamás hubo un mundo humano original.
—Tiene que haberlo habido, Andorin —dijo Namarti, fastidiado—. Los seres humanos no pueden haber evolucionado en mundos diferentes para terminar siendo de una única especie.
—Aun así, no hay un mundo humano efectivo. No se puede localizar, no se puede definir, por lo tanto no se puede hablar de él con sensatez, por lo tanto efectivamente no existe.
—Se supone —dijo Namarti, continuando con su propia línea de pensamiento-que estos dioses protegen a la humanidad y la mantienen a salvo, o por lo menos que cuidan a esa porción de la humanidad que sabe cómo hacer uso de los dioses. En los tiempos en que había un solo mundo humano, es lógico suponer que esos dioses tuvieran especial interés en cuidar de ese mundito con poca gente. Que cuidaran de ese mundo como si fueran hermanos mayores, o padres.
—Qué amable de su parte. Me gustaría verlos tratando de arreglárselas con todo el Imperio.
—¿Y si pudieran? ¿Si fueran infinitos?
—¿Y si el sol se congelara? ¿De qué sirven los "si"?
—Sólo estoy especulando. Pensando, nada más. ¿Jamás has dejado que tu mente divague libremente? ¿Siempre tratas de tener todo bajo tu control?
—Imagino que ése es el modo más seguro: tenerlo bajo control. ¿Qué te dice tu mente divagante, Jefe?
Los ojos de Namarti lo miraron furiosamente, como si sospechara algún sarcasmo, pero el rostro de Andorin permaneció inocente e inexpresivo.
Namarti dijo: —Lo que mi mente me dice es esto: que si hay dioses, deben estar de nuestra parte.
—Maravilloso, si es cierto. ¿Dónde está la evidencia?
—¿Evidencia? Sin los dioses, sólo sería una coincidencia, supongo, pero una coincidencia muy útil. —De pronto, Namarti bostezó y tomó asiento; parecía agotado.
Bien, pensó Andorin. Su mente viajera finalmente se ha aquietado y ahora puede ser que su conversación tenga sentido.
—Este asunto de los desperfectos internos de la infraestructura... —dijo Namarti, bajando ostensiblemente la voz.
Andorin lo interrumpió.
—Sabes, Jefe, que Kaspalov no estaba totalmente equivocado al respecto. Cuanto más continuemos con esto, mayor será la posibilidad de que las fuerzas imperiales descubran su causa. El programa, tarde o temprano, nos explotará en la cara.
—Todavía no. Hasta ahora, todo está explotando en la cara imperial. Puedo percibir la inquietud de Trantor. —Levantó las manos y se las frotó—. Lo percibo. Y ya casi terminamos. Estamos listos para el siguiente paso.
Andorin sonrió sin humor.
—No quiero conocer los detalles, Jefe. Kaspalov los conocía, y lo hiciste eliminar. No soy Kaspalov.
—Es precisamente porque no eres Kaspalov que puedo contártelo. Y porque ahora sé algo que antes no sabía.
—Presumo —dijo Andorin, casi sin creer en lo que estaba diciendo-que intentas un golpe en el mismísimo Palacio Imperial.
Namarti levantó la vista.
—Por supuesto. ¿Qué otra cosa se puede hacer? El problema, sin embargo, es cómo penetrar efectivamente. Tengo mis informantes allí, pero no son más que espías. Necesito ubicar hombres de acción.
—Ubicar hombres de acción en la región más vigilada de toda la galaxia no será fácil.
—Desde luego que no. Es lo que me ha estado provocando un insoportable dolor de cabeza hasta ahora... hasta que intervinieron los dioses.
Andorin dijo amablemente (estaba poniendo todos sus esfuerzos en evitar demostrar su disgusto): —Creo que no necesitamos de una discusión metafísica. ¿Qué ha sucedido... dejando de lado a los dioses?
—Mi información es que Su Graciosa Majestad y Venerado Emperador Cleon I, ha decidido nombrar a un nuevo Jefe Jardinero. Es el primer nombramiento nuevo en casi un cuarto de siglo.
—¿Y con eso?
—¿No ves lo que significa?
Andorin pensó un poco.
—No soy favorito de tus dioses. No le encuentro significación.
—Si tienes un nuevo Jefe Jardinero, Andorin, la situación es la misma que al tener un nuevo administrador de otro tipo, la misma que si tuvieras un nuevo Primer Ministro, o un nuevo Emperador. El nuevo Jefe Jardinero seguramente querrá tener su propio equipo. Obligará a retirarse a los que considere madera seca y empleará cientos de jardineros más jóvenes.
—Es posible.
—Es más que posible. Es seguro. Exactamente lo mismo que sucedió cuando nombraron al actual Jefe Jardinero, y lo mismo que pasó cuando nombraron a su predecesor, y así sucesivamente. Cientos de extraños venidos de los Mundos Exteriores...
—¿Por qué de los Mundos Exteriores?
—Usa el cerebro, si es que lo tienes, Andorin. ¿Qué saben de jardines los trantorianos, que han vivido bajo domos toda su vida, con plantas en macetas, zoológicos y plantaciones de grano y frutales cuidadosamente distribuidas? ¿Qué saben de la vida en estado salvaje?
—Ahhh. Ahora lo entiendo.
—O sea que los parques se inundarán de extraños. Presumo que serán perfectamente investigados, pero no los investigarán tan intensamente como a los trantorianos. Y eso quiere decir, de seguro, que podremos enviar alguna de nuestra gente con identificación falsa y hacerlos entrar. Aunque algunos sean descalificados, algunos podrían ingresar... van a ingresar. Nuestra gente entrará a pesar de la súper estricta seguridad en vigencia desde el golpe fallido, en los primeros días del ministerio de Seldon. —Virtualmente escupió el nombre "Seldon", como siempre lo hacía—. Por fin tendremos nuestra oportunidad.
Ahora era Andorin quien se sentía mareado, como si hubiese caído en un vórtice. —Me parece extraño decir esto, Jefe, pero después de todo hay algo de cierto en ese asunto de los dioses, porque estaba esperando el momento para decirte algo que, según compruebo ahora, encaja a la perfección.
Namarti lo miró son sospecha y luego recorrió la habitación con la vista como si de pronto temiera una brecha en la seguridad. Pero ese miedo no tenía razón de ser. La habitación estaba ubicada en el interior de un anticuado complejo residencial, y estaba bien escudada. Nadie podía oirlos y nadie, aunque siguiera indicaciones detalladas, podría encontrarlos fácilmente, ni atravesar las capas protectoras formadas por leales miembros de la organización.
Namarti dijo: —¿De qué hablas?
—He encontrado un hombre para ti. Un joven... muy ingenuo. Un sujeto bastante simpático, la clase de tipo en el que uno siente que puede confiar ni bien lo conoce. Tiene una expresión sincera, ojos grandes; ha vivido en Dahl y es un entusiasta de la igualdad; piensa que Joranum es lo más grande desde los dulces mycogénicos; y estoy seguro que podemos convencerlo fácilmente de hacer cualquier cosa por la causa.
—¿Por la causa? —dijo Namarti, cuyas sospechas no se habían aliviado en lo más mínimo—. ¿Es de los nuestros?
—A decir verdad, no es de nadie. Tiene en la cabeza una vaga noción de que Joranum quería la Igualdad de Sectores.
—Ese era su anzuelo. Claro.
—También es el nuestro, pero el muchacho se lo cree. Habla de igualdad, de participación popular en el gobierno. Hasta mencionó a la democracia.
Namarti rió con desprecio.
—En veinte mil años, jamás se ha usado la democracia por mucho tiempo sin que ocurriera un desastre.
—Sí, pero eso no es asunto nuestro. Es lo que impulsa al joven y te digo, Jefe, que supe que en él tendríamos una herramienta apenas lo vi, pero no sabía cómo podíamos llegar a utilizarlo. Ahora sí lo sé. Podemos hacerlo entrar en el Palacio Imperial como jardinero.
—¿Cómo? ¿Sabe algo de jardinería?
—No, estoy seguro que no. Jamás trabajó en nada salvo en empleos no especializados. Ahora opera un camión de carga, y creo que habrán tenido que enseñarle a hacerlo. Sin embargo, si podemos hacerlo entrar como ayudante de jardinero, si sabe simplemente sostener las tijeras de podar, lo tenemos.
—¿Tenemos qué?
—Tenemos a alguien que puede acercarse a cualquiera que queramos sin despertar la mínima sospecha, y que podrá acercarse lo bastante como para dar el golpe. Como te he dicho, el sujeto exuda una especie de estupidez honorable, una especie de virtud tonta, que inspira confianza.
—¿Y hará lo que le digamos?
—Absolutamente.
—¿Cómo conociste a esta persona?
—No fui yo. Fue Manella quien realmente lo detectó.
—¿Quién?
—Manella. Manella Dubanqua.
—Ah. Esa amiga tuya. —La expresión de Namarti se retorció en un gesto de remilgada desaprobación.
—Es amiga de mucha gente —dijo Andorin con tolerancia—. Es una de las razones por las que es tan útil. Puede evaluar rápidamente a un hombre, y con muy pocos elementos. Le habló al tipo, porque él la atrajo, y te aseguro que Manella no es de las que se sienten atraídas por lo que es de baja estofa, así que como verás este hombre es bastante poco común. Ella le habló —a propósito, se llama Planchet-luego me dijo "Tengo un avispado para ti, Gleb". Confío en ella cuando habla de un avispado.
Namarti dijo, socarrón: —¿Y qué crees que hará esta maravillosa herramienta tuya una vez que esté en los parques, eh, Andorin?
Andorin respiró profundamente. —¿Qué otra cosa? Si hacemos todo bien, eliminará por nosotros a nuestro querido Emperador, Cleon el Primero.
El rostro de Namarti se encendió de furia. —¿Qué? ¿Estás loco? ¿Por qué matar a Cleon? Es nuestro sostén en el gobierno. Es la fachada detrás de la cual podemos gobernar. Es nuestro pasaporte a la legitimidad. ¿Dónde tienes el cerebro? Lo necesitamos como figurón. No interferirá con nosotros y nosotros seremos más fuertes por su existencia.
El rostro blanco de Andorin se llenó de manchas rojas, y su mal humor finalmente explotó. —¿Qué tienes en mente, entonces? ¿Qué estás planeando? Me estoy cansando de tener que adivinar.
Namarti levantó la mano.
—Está bien. Está bien. Cálmate. No fue con mala intención. Pero piensa un poco, ¿quieres? ¿Quién destruyó a Joranum? ¿Quién destruyó nuestras esperanzas hace diez años? Fue ese matemático. Y es él quien gobierna el Imperio ahora, con esas ideas idiotas de la Psicohistoria. Cleon no es nadie. Es Hari Seldon al que debemos destruir. Es Hari Seldon a quien he convertido en objeto del ridículo con estos constantes desperfectos. Las miserias que originan se depositan en su puerta. Todos lo interpretan como ineficiencia de parte suya, incapacidad suya. —Había saliva en las comisuras de la boca de Namarti—. Cuando lo eliminemos habrá en el Imperio una algarabía que ahogará cualquier informe de holovisión durante horas. Ni siquiera importará que se enteren de quién lo hizo. —Levantó la mano y la dejó caer, como si estuviera clavando un puñal en el corazón de alguien—. Hasta nos considerarán héroes del Imperio, salvadores. ¿Eh? ¿Eh? ¿Crees que ese joven podrá liquidar a Hari Seldon?
Andorin había recuperado la ecuanimidad, al menos por fuera.
—Seguro que sí —dijo con forzada ligereza—. Por Cleon puede tener algún respeto. Como tú sabes, el Emperador tiene una cierta aura mística. —Acentuó el "tú" vagamente, y Namarti frunció el ceño—. No sentirá nada por Seldon.
Por dentro, sin embargo, Andorin estaba furioso. No era esto lo que él quería. Lo estaban traicionando.   


14.

Manella se apartó el pelo de los ojos y sonrió a Raych.
—Te dije que no necesariamente costaría mucho dinero.
Raych pestañeó y se rascó el hombro desnudo.
—En realidad no me costó nada... a menos que me pidas algo ahora.
Ella se encogió de hombros y sonrió con expresión algo traviesa.
—¿Por qué habría de hacerlo?
—¿Por qué no?
—Porque a veces puedo hacerlo por placer.
—¿Conmigo?
—No hay otro.
Hubo una larga pausa y luego Manella dijo con dulzura: —Además, no tienes mucho dinero. ¿Qué tal el trabajo?
Raych dijo: —No es mucho, pero es mejor que nada. Mucho mejor. ¿Le dijiste a ese tipo que me consiguiera empleo?
Manella meneó la cabeza lentamente.
—¿Te refieres a Gleb Andorin? No le dije que hiciera nada. Sólo le dije que tú podrías interesarle.
—¿Se va a enojar porque tú y yo...?
—¿Por qué? No es asunto suyo, ni es asunto tuyo si se enoja.
—¿Qué hace? Quiero decir, ¿en qué trabaja?
—No creo que trabaje en nada. Tiene dinero. Es pariente de los viejos Alcaldes.
—¿De Wye?
—Exacto. No le gusta el gobierno. Como a ninguno de esos viejos Alcaldes. Dice que Cleon debería... —Se detuvo repentinamente, diciendo—: Estoy hablando demasiado. No repitas nada de lo que digo.
—¿Yo? No te oí decir nada. Y no voy a oirte.
—Está bien.
—Pero siguiendo con ese sujeto, Andorin. ¿Tiene un puesto alto entre los joranumitas? ¿Es importante entre ellos?
—No sé.
—¿Nunca habla de esas cosas?
—No conmigo.
—Ah —dijo Raych, tratando de no parecer contrariado.
Ella lo miró, curiosa. —¿Por qué te interesa tanto?
—Quiero unirme a ellos. Supongo que de esa forma progresaré más. Mejor trabajo. Más dinero. Ya sabes.
—Tal vez Andorin te ayude. Le gustas. Es todo lo que sé.
—¿Podrías hacer que yo le gustara más?
—Puedo intentarlo. No veo razón para que no suceda. A mí me gustas. Me gustas más de lo que me gusta él.
—Gracias, Manella. Tú me gustas también... Mucho. —Raych le acarició el costado del cuerpo, deseando ardientemente ser capaz de concentrarse más en ella y menos en su misión.   


15.

—Gleb Andorin —dijo Hari Seldon con agotamiento, frotándose los ojos.
—¿Y quién es? —preguntó Dors Venabili, con el estado de ánimo tan negro como lo había sido desde la partida de Raych.
—Hasta hace unos pocos días, jamás había escuchado de él —dijo Seldon—. Ese es el problema de gobernar un mundo con cuarenta mil millones de personas. Jamás conoces a nadie, salvo a los pocos que se hacen notar ante ti. Con toda la información computarizada del mundo, Trantor sigue siendo un planeta de anonimatos. Podemos catalogar a la gente con sus números de serie y sus estadísticas, pero ¿a quién catalogamos? Agrega veinticinco millones de Mundos Exteriores, y te resultará prodigioso que el Imperio Galáctico haya continuado siendo un fenómeno efectivo durante todos estos milenios. Francamente, pienso que ha seguido existiendo por el único motivo de que en su mayor parte se gobierna solo. Y ahora finalmente está quedando sin fuerzas.
—Demasiada filosofía, Hari —dijo Venabili—. ¿Quién es ese Andorin?
—Alguien de quien admito debería haber sabido antes. Me las ingenié para lisonjear a la Guardia Imperial y lograr que estrechen filas a su alrededor. Es miembro de la familia gobernante de Wye; a decir verdad, es el miembro más prominente, tan prominente que la G.I. cree que tiene ambiciones, pero que es demasiado disoluto para hacer algo al respecto.
—¿Y está relacionado con los joranumitas?
Seldon hizo un gesto de incertidumbre. —Tengo la impresión de que la G.I. no sabe nada de los joranumitas. Lo cual significa que los joranumitas no existen o que, si existen, no tienen importancia. También puede significar que a la G.I. sencillamente no le interesan. Ni hay modo de que pueda obligarlos a que les interesen. Sólo puedo estar agradecido de que me brinden alguna información. Y eso que soy el Primer Ministro.
—¿Es posible que no seas un muy buen Primer Ministro? —dijo Venabili secamente.
—Es más que posible. No ha habido nadie menos adecuado para el puesto que yo en generaciones. Pero eso no tiene nada que ver con la Guardia Imperial. A pesar de su nombre, son un arma totalmente independiente del gobierno. Dudo que el propio Cleon sepa mucho sobre ellos, aunque, en teoría, se supone que deben reportar directamente al Emperador. Créeme, si conociéramos más a la G.I. ya estaríamos tratando de incluirla en nuestras ecuaciones psicohistóricas.
—¿Están de nuestro lado, al menos?
—Eso creo, pero no podría jurarlo.
—¿Y por qué estás tan interesado en este como-se-llame?
—Gleb Andorin. Porque recibí un mensaje de Raych.
Los ojos de Venabili brillaron. —No me lo habías dicho. ¿Está bien?
—Por lo que sé, sí, pero espero que no intente enviar más mensajes. Si lo atrapan comunicándose no estará bien. Como sea, ha hecho contacto con Andorin.
—¿Y también con los joranumitas?
—No creo. Parecería improbable, puesto que esa relación no tendría sentido. El movimiento joranumita predomina en las clases bajas; es un movimiento proletario, por decirlo así. Y Andorin es un aristócrata de aristócratas. ¿Qué podría estar haciendo con los joranumitas?
—Si es miembro de la familia gobernante de Wye podría aspirar al trono imperial, ¿verdad?
—Hace generaciones que aspiran a él. Supongo que recuerdas a Rashelle. Era su tía.
—Entonces podría estar utilizando a los joranumitas como punto de apoyo, ¿no crees?
—Si existen. Y si es así, y si lo que quiere Andorin es un punto de apoyo, creo que se encontrará jugando un juego peligroso. Los joranumitas, si existen, deben tener sus propios planes y un hombre como Andorin puede descubrir que lo único que logrará es montar un greti...
—¿Qué es un greti?
—Un animal extinto, muy feroz, creo. Es un proverbio de Helicon. Si montas un greti, después no puedes apearte, porque si lo haces te come. —Seldon hizo una pausa—. Otra cosa. Raych parece haber entablado relación con una mujer que conoce a Andorin, a través de la cual piensa conseguir datos importantes. Te lo digo ahora, para que después no me acuses de ocultarte información.
Venabili frunció el entrecejo. —¿Una mujer?
—Una mujer, entiendo, que conoce a gran cantidad de hombres que hablan con ella a tontas y a locas, a veces en circunstancias íntimas.
—Una de ésas. —Arrugó aún más el ceño—. No me gusta la idea de que Raych...
—Vamos, vamos. Raych tiene treinta años y, sin duda, mucha experiencia. Puedes estar segura de que el buen sentido de Raych manejará a esta mujer, o a cualquier mujer, creo. —Miró a Venabili con una expresión agotada, gastada, mientras decía—: ¿Crees que a mí me agrada? ¿Crees que me agrada todo esto?
Y Venabili no pudo decir nada.   


16.

Gambol Deen Namarti no se destacaba, ni siquiera en el mejor de sus humores, por ser cortés y suave, y el cercano clímax de una década de planificación lo tenía en una actitud más amarga.
Se levantó de la silla algo agitado, diciendo: —Has demorado en llegar, Andorin.
Andorin se encogió de hombros. —Pero ya estoy aquí.
—Y ese joven tuyo... esa notable herramienta que dices que tienes en observación? ¿Dónde está?
—Vendrá en algún momento.
—¿Por qué no ahora?
La cabeza elegante de Andorin pareció hundirse un poco, como si, por un instante, estuviera perdido en sus pensamientos o tomando una decisión, y luego dijo abruptamente:
—No quiero traerlo hasta saber dónde estoy parado.
—¿Qué significa eso?
—Son simples palabras en Galáctico Estándar. ¿Cuánto hace que tu objetivo es acabar con Hari Seldon?
—¡Desde siempre! ¡Siempre! ¿Es tan difícil de entender? Merecemos venganza por lo que le hizo a Jo-Jo. Y aunque no lo hubiera hecho, tenemos que sacarlo del medio, puesto que es el Primer Ministro.
—Pero es Cleon, Cleon, el que debe ser derrocado. Si no él solo, por lo menos junto con Seldon.
—¿Por qué te preocupa un figurón?
—No naciste ayer. Nunca he tenido que explicar mi participación en todo esto porque no eres un tonto tan ignorante como para no saberlo. ¿Qué diablos pueden importarme tus planes si no incluyen un reemplazo en el trono?
Namarti rió. —Por supuesto. Hace mucho que sé que me consideras tu tabla de pique, tu escalera para trepar al trono imperial.
—¿Esperarías otra cosa?
—En absoluto. Yo planeo, me arriesgo y después, cuando todo está hecho, tú recoges la recompensa. Tiene sentido, ¿verdad?
—Sí, sí que tiene sentido, ya que la recompensa también será tuya. ¿No te convertirás en Primer Ministro? ¿No contarás con el apoyo total de un nuevo Emperador, que estará lleno de gratitud? ¿No sería yo —y aquí retorció el rostro con una expresión de ironía, mientras escupía—: el nuevo "figurón"?
—¿Eso es lo que planeas ser? ¿Un figurón?
—Planeo ser Emperador. Yo te proporcioné dinero cuando tú no tenías. Te proporcioné dirigentes cuando no tenías. Te proporcioné la respetabilidad que necesitabas para armar una gran organización en Wye. Todavía tengo tiempo de llevarme todo lo que te traje.
—No lo creo.
—¿Quieres arriesgarte? Y no creas que puedes tratarme como trataste a Kaspalov. Si algo me sucede, Wye se volverá inhabitable para ti y los tuyos, y no hallarás ningún otro sector que te proporcione lo necesario.
Namarti suspiró. —Entonces insistes en que asesinemos al Emperador.
—No dije "asesinar". Dije derrocar. Los detalles te los dejo a ti. —Esto último vino acompañado de un movimiento de mano casi imperativo, un sacudón de la muñeca, como si ya estuviese sentado en el trono imperial.
—Y entonces tú serás Emperador.
—Sí.
—No, no lo serás. Estarás muerto, y no por obra mía. Andorin, deja que te dé unas lecciones sobre las realidades de la vida. Si Cleon es asesinado, aparecerá la cuestión de la sucesión, y para evitar la guerra civil, la Guardia Imperial matará en el acto a todos los miembros de la familia de Alcaldes de Wye que puedan encontrar, tú el primero de todos. Por otro lado, si sólo asesinamos al Primer Ministro estarás a salvo.
—¿Por qué?
—Un Primer Ministro es sólo un Primer Ministro. Ellos van y vienen. Es posible que el propio Cleon pueda estar cansado de él y ordene el asesinato. Por cierto, nos encargaremos de esparcir rumores en este sentido. La G.I. dudaría y nos daría oportunidad de instalar el nuevo gobierno. Es por cierto bastante posible que hasta ellos mismos agradezcan la eliminación de Seldon.
—¿Y con el nuevo gobierno instalado, qué es lo que yo voy a hacer? ¿Seguir esperando? ¿Para siempre?
—No. Una vez que yo sea Primer Ministro, siempre habrá modos de encargarnos de Cleon. Hasta puedo ser capaz de hacer algo con la Guardia Imperial, y usarla como instrumento mío. Después me las ingeniaría para encontrar un modo seguro de librarnos de Cleon, y de ponerte en su lugar.
Andorin explotó: —¿Y por qué habrías de hacerlo?
Namarti dijo: —¿Qué quieres decir?
—Tienes una inquina personal contra Seldon. Una vez que él desaparezca, ¿por qué habrías de correr riesgos innecesarios a un nivel más alto? Harás las paces con Cleon y yo tendré que retirarme a mis ruinosas propiedades con mis sueños imposibles. Y, tal vez, para mayor seguridad, me harás matar.
Namarti dijo: —¡No! Cleon nació para el trono. Viene de varias generaciones de Emperadores... la orgullosa dinastía Entun. Sería muy difícil de manejar, una plaga. Tú, por el contrario, llegarías al trono como miembro de una nueva dinastía, sin fuertes lazos con la tradición, ya que los anteriores Emperadores de Wyan pasaron, como convendrás, totalmente desapercibidos. Estarás sentado en un trono inseguro y necesitarás que alguien que te apoye: yo. Y yo necesitaré de alguien que dependa de mí y que por lo tanto yo pueda manejar: tú. Vamos, Andorin, el nuestro no es un matrimonio por amor que se deshace al cabo de un año, es un matrimonio por conveniencia que puede durar toda la vida. Confiemos uno en el otro.
—Júrame que seré Emperador.
—¿De qué serviría mi juramento si tú no confiaras en mi palabra? Digamos que yo te consideraré un Emperador extraordinariamente útil, y que querré ponerte en lugar de Cleon ni bien logre arreglármelas para hacerlo sin correr riesgos. Ahora preséntame a ese hombre que según tú es la herramienta perfecta para nuestros fines.
—Muy bien. Y recuerda qué es lo que lo hace diferente. Lo he estudiado. Es un idealista no muy brillante. Hará lo que se le diga, sin importarle el peligro, sin importarle reflexionarlo. Y exuda una especie de confiabilidad tal que su víctima confiaría en él aunque tuviera un explosor en la mano.
—Me parece difícil de creer.
—Espera a que lo conozcas —dijo Andorin.   


17.

Raych mantenía la vista baja. Había echado un rápido vistazo a Namarti y era todo lo que hacía falta. Lo había conocido hacía diez años, cuando Raych había sido enviado a Jo-Jo Joranum como la carnada que lo llevaría a la destrucción, y un vistazo era más que suficiente.
Poco había cambiado Namarti en diez años. La furia y el odio todavía eran las características dominantes que en él podían apreciarse —o que podía apreciar Raych, al menos, pues no era un testigo imparcial—, las que parecían haberlo penetrado con curtida permanencia. Su rostro era una pizca más delgado, tenía el pelo manchado de gris, pero su boca de labios finos dibujaba la misma línea severa, y sus ojos oscuros eran tan brillantes y peligrosos como siempre.
Era suficiente, y Raych mantenía la vista apartada. Namarti, percibía Raych, no era de los que soportan que alguien los mire cara a cara.
Namarti parecía devorar a Raych con la mirada, pero conservando el leve gesto despectivo que su expresión siempre parecía tener.
Miró a Andorin, que estaba a un costado, inquieto, y dijo, como si el tema de conversación no estuviese allí:
—Este es el hombre, entonces.
Andorin asintió y sus labios se movieron para pronunciar un silencioso "Sí, Jefe".
Abruptamente, Namarti le dijo a Raych: —Tu nombre.
—Planchet, señor.
—¿Crees en nuestra causa?
—Sí, señor. —Habló cuidadosamente, siguiendo las instrucciones de Andorin—. Soy demócrata y deseo mayor participación del pueblo en el proceso gubernamental.
Los ojos de Namarti brillaron, dirigiéndose a Andorin.
—Le gustan los discursos.
Volvió a mirar a Raych.
—¿Estás dispuesto a correr riesgos por la causa?
—Cualquier riesgo, señor.
—¿Harás lo que te manden? ¿Sin preguntas? ¿Sin arrepentimientos?
—Cumpliré las órdenes.
—¿Sabes algo de jardinería?
Raych dudó. —No, señor.
—¿Eres trantoriano, entonces? ¿Nacido bajo el domo?
—Nací en Millimaru, señor, y me crié en Dahl.
—Muy bien —dijo Namarti. Y luego, dirigiéndose a Andorin—: Llévatelo afuera y entrégalo temporalmente a los hombres que esperan allí. Lo cuidarán bien. Después regresa, Andorin. Quiero hablarte.
Cuando Andorin regresó, Namarti había experimentado un profundo cambio. Sus ojos centelleaban y su boca se torcía en una sonrisa feroz.
—Andorin —dijo—, los dioses de los que hablábamos el otro día están de nuestro lado a tal extremo que nunca me lo hubiera imaginado.
—Te dije que el tipo era adecuado para nuestros propósitos.
—Mucho más adecuado de lo que piensas. Tú conoces, desde luego, la historia de cómo Hari Seldon, nuestro reverenciado Primer Ministro, envió a su hijo, o hijo adoptivo mejor dicho, a ver a Joranum y a preparar una trampa en la que Joranum cayó, a pesar de mis consejos.
—Sí —dijo Andorin, asintiendo con cansancio—. Conozco la historia. —Lo dijo con el aire de alguien que conocía la historia completa demasiado bien.
—Vi al muchacho sólo una vez, pero su rostro quedó marcado a fuego en mi cerebro. ¿Supones que los diez años más, los tacos falsos y el bigote afeitado podrían engañarme? Ese Planchet tuyo es Raych, el hijo adoptivo de Hari Seldon.
Andorin empalideció y, por un momento, contuvo el aliento. Dijo: —¿Estás seguro de eso, Jefe?
—Tan seguro como que tú estás parado delante de mí, después de haber introducido al enemigo entre nosotros.
—No tenía idea...
—No te pongas nervioso —dijo Namarti—. Lo considero la mejor acción que jamás has llevado a cabo en tu aristocrática y frívola vida. Has jugado el papel que los dioses te marcaron. Si yo no hubiera sabido quién era, el muchacho podría haber cumplido con la función que indudablemente le han encomendado: ser un espía entre nosotros y un informante de nuestros planes más secretos. Pero como yo sé quién es, ya no sucederá así. En lugar de eso, ahora nosotros tenemos todo. —Namarti se frotó las manos con deleite y, con vacilación, como dándose cuenta de lo extraño que era en él, sonrió... y rió.     


18.

Manella dijo, pensativa:
—Creo que ya no te veré más, Planchet.
Raych estaba secándose después de la ducha. —¿Por qué?
—Gleb Andorin no quiere.
—¿Por qué?
Manella alzó sus suaves hombros. —Dice que tienes trabajo importante que hacer y que ya no tienes tiempo de hacer pavadas. Tal vez quiere decir que conseguirás un mejor empleo.
Raych se envaró. —¿Qué clase de trabajo? ¿Mencionó algo en particular?
—No, pero dijo que se iría al sector Imperial.
—¿De veras? ¿Siempre te dice cosas así?
—Sabes cómo es, Planchet. Cuando un tipo está contigo en la cama, habla mucho.
—Lo sé —dijo Raych, que en lo personal siempre tenía cuidado de no hacer lo mismo—. ¿Qué más dice?
—¿Por qué preguntas? —Ella frunció el ceño—. l siempre me pregunta sobre ti, también. He advertido eso en los hombres. Sienten curiosidad unos de otros. ¿Por qué supones que es?
—¿Qué le dices de mí?
—No mucho. Sólo que eres un chico agradable y muy decente. Naturalmente, no le digo que tú me gustas más que él. Eso heriría sus sentimientos... y podría herirme a mí también.
Raych se estaba vistiendo.
—Entonces debemos despedirnos.
—Por un tiempo, supongo. Puede que Gleb cambie de opinión. Por supuesto, me gustaría ir al sector Imperial, si él me llevara. Jamás he estado allí.
Raych casi se cae, pero lo disimuló tosiendo, y luego dijo:
—Yo tampoco.
—Tiene los edificios más grandes, los lugares más lindos y los restaurantes más elegantes, y es donde viven los ricos. Me gustaría conocer algún rico.
Raych dijo: —Supongo que no puedes obtener mucho de alguien como yo.
—Eres bueno. No se puede pensar todo el tiempo en el dinero, pero, a la vez, hay que pensar en él de vez en cuando. Especialmente desde que creo que Gleb se está cansando de mí.
Raych se sintió compelido a decir: —Nadie podría cansarse de ti —y luego descubrió, algo confundido, que lo decía sinceramente.
Manella dijo: —Es lo que siempre dicen los hombres, pero podrías llevarte una sorpresa. En todo caso, lo nuestro estuvo bien, Planchet. Cuídate y, quién sabe, quizás volvamos a vernos.
Raych asintió y se encontró sin palabras. No había forma de decir o hacer algo que expresara sus sentimientos.
De un tirón, se obligó a desviar su mente hacia otra dirección. Tenía que averiguar lo que estaba planeando la gente de Namarti. Si lo estaban separando de Manella era porque la crisis debía estar aproximándose rápidamente. Lo único que tenía para continuar con su misión era esa extraña pregunta sobre la jardinería.
Tampoco podía enviar más información a Seldon. Había estado bajo estricta vigilancia desde su encuentro con Namarti, y todas las vías de comunicación estaban cortadas, lo cual era otra indicación segura de la proximidad de la crisis.
Pero si averiguaba lo que estaba sucediendo después de que hubiera sucedido, y si comunicaba las novedades después de que dejaran de ser novedades, habría fracasado.   


19.

Hari Seldon no estaba teniendo un buen día. No tenía noticias de Raych desde su primera comunicación; no tenía idea de lo que estaba sucediendo.
Aparte de su natural preocupación por la seguridad de Raych (si algo realmente grave le hubiera pasado, por cierto se habría enterado), estaba esa inquietud acerca de lo que podría planearse.
Tendría que ser sutil. Un ataque directo al Palacio mismo quedaba totalmente fuera de consideración. La seguridad era demasiado estricta. Pero aun así, ¿qué otra cosa podría planearse que fuera lo bastante efectiva?
Todo el asunto le quitaba el sueño por las noches y lo distraía durante el día.
Titiló la luz de la alarma.
—Primer Ministro. Su cita de las dos, señor...
—¿Qué cita de las dos?
—El jardinero, Mandell Gruber. Dispone de la certificación necesaria.
Seldon lo recordó. —Sí. Hágalo pasar.
No era momento de ver a Gruber, pero había aceptado la entrevista en un instante de debilidad: el sujeto parecía un demente. Un Primer Ministro no debía tener momentos de debilidad, pero Seldon era Seldon desde mucho antes de convertirse en Primer Ministro.
—Pasa, Gruber —dijo amablemente.
Gruber se detuvo ante él, inclinando la cabeza mecánicamente, moviendo los ojos de un lado a otro. Seldon estaba completamente seguro de que el jardinero jamás había estado en una habitación tan magnífica como esa, y sintió el apremio de decir "¿Te gusta? Por favor, quédate con ella. Yo no la quiero".
Pero sólo dijo: —¿Qué pasa, Gruber? ¿Por qué eres tan infeliz?
No hubo respuesta inmediata; Gruber se limitó a sonreír con expresión ausente.
Seldon dijo:
—Siéntate. Aquí, en esta silla.
—Oh, no, Primer Ministro. No quedaría bien. Puedo ensuciarla.
—Si la ensucias será fácil limpiarla. Haz lo que te digo... ¡Bien! Ahora quédate allí uno o dos minutos y organiza tus ideas. Después, cuando estés listo, dime qué te pasa.
Gruber se quedó sentado en silencio por unos instantes, y luego dejó salir las palabras en un aluvión jadeante.
—Primer Ministro. Voy a ser Jefe Jardinero. El bendito Emperador en persona me lo dijo.
—Sí, me he enterado, pero seguramente no es eso lo que te atormenta. Tu nuevo cargo es objeto de felicitación, y por cierto, te felicito. Tal vez hasta haya contribuido, Gruber. Jamás he olvidado tu valentía de aquella vez en que trataron de matarme, y puedes estar seguro de que hice mención de ello a Su Majestad Imperial. Es una recompensa apropiada, Gruber, y de todos modos mereces la promoción, pues en tu ficha está muy claro que estás perfectamente calificado para el puesto. Así que ahora que hemos eliminado eso, dime qué es lo que te atormenta.
—Primer Ministro, es el propio puesto y la promoción lo que me atormenta. Es algo que no puedo manejar, porque no estoy calificado.
—Estamos convencidos de que sí.
Gruber comenzó a agitarse.
—¿Y tendré que sentarme en una oficina? No puedo estar sentado en una oficina. No voy a poder salir al aire libre a trabajar con los animales y las plantas. Estaré en una prisión, Primer Ministro.
Seldon abrió grandes los ojos.
—No es así, Gruber. No hace falta que te quedes en la oficina más tiempo del que debes. Podrás caminar libremente por los parques, supervisando todo. Tendrás todo el aire libre que quieras, pero te salvarás del trabajo pesado.
—Deseo el trabajo pesado, Primer Ministro, y no hay forma de que me dejen salir de la oficina. He observado al Jefe Jardinero actual. Jamás puede dejar la oficina, aunque siempre quiso hacerlo. Hay mucho de administración, de llevar libros. Seguro, si quiere saber qué está pasando, debemos ir a su oficina a contárselo. Observa todo por holovisión —dijo con infinita compasión—, como si uno pudiera dar alguna opinión sobre cosas vivientes en crecimiento basándose en una imagen. No es para mí, Primer Ministro.
—Vamos, Gruber, compórtate como un hombre. No es tan malo. Te acostumbrarás. Lentamente irás superándolo.
Gruber meneó la cabeza.
—Primero, primero de todo, tendré que tratar con los nuevos jardineros. Estaré como enterrado. —Luego, con repentina energía, agregó—: Es un trabajo que no quiero y no debo tener, Primer Ministro.
—Tal vez, Gruber, no quieras el empleo ahora, pero no eres el único. Te diré que en este momento yo desearía no ser Primer Ministro. Este cargo es demasiado para mí. Hasta tengo la idea de que a veces incluso el propio Emperador se cansa de su investidura imperial. Todos nosotros estamos en esta galaxia para hacer nuestro trabajo, y el trabajo no siempre es agradable.
—Lo entiendo, Primer Ministro, pero el Emperador debe ser Emperador, ya que nació para serlo. Y usted debe ser Primer Ministro, ya que no hay ningún otro que pueda ocupar su puesto. Pero en mi caso, sólo se trata del Jefe Jardinero. En este lugar hay cincuenta jardineros que podrían hacerlo tan bien como yo, y a quienes no les molestaría el nombramiento. Dice usted que habló con el Emperador sobre cómo traté de ayudarlo. ¿No puede volver a hablarle, y explicarle que si quiere recompensarme por lo que hice me deje donde estoy?
Seldon se recostó en la silla y dijo solemnemente: —Gruber, si pudiera lo haría, pero tengo que explicarte algo y deseo que puedas entenderlo. El Emperador, en teoría, es el gobernante absoluto del Imperio. En la realidad, él puede hacer muy poco. Yo gobierno el Imperio. Yo gobierno el Imperio ahora mucho más que él, y tampoco puedo hacer mucho. Hay millones y billones de personas en todos los niveles del gobierno, todos toman decisiones, todos se equivocan, algunos actúan con sabiduría y heroísmo, algunos actúan como tontos y ladrones. No hay forma de controlarlos. ¿Entiendes, Gruber?
—Sí, ¿pero qué tiene que ver con mi caso?
—Porque tu caso pertenece al único lugar donde el Emperador es realmente el gobernante absoluto, es decir, los parques imperiales. Aquí su palabra es ley, y los funcionarios subordinados a él son lo bastante escasos como para que él pueda manejarlos. Para él, la solicitud de que rescinda una decisión que ha tomado en relación con los parques del Palacio Imperial sería como invadir la única zona que él considera inviolable. Si yo le dijera "Revierta su decisión sobre Gruber, Su Majestad Imperial", muy probablemente preferiría relevarme del cargo antes que echarse atrás. Eso podría ser beneficioso para mí, pero no te ayudaría en absoluto.
Gruber dijo: —¿Eso significa que no hay modo de alterar la situación?
—Exactamente. Pero no te preocupes, Gruber. Te ayudaré todo lo que pueda. Lo lamento. Pero realmente te he dispensado todo el tiempo que puedo dispensarte.
Gruber se puso de pie. Con sus manos retorcía la verde gorra de jardinero. Había más que un vestigio de lágrimas en sus ojos.
—Gracias, Primer Ministro. Sé que le gustaría ayudarme. Es usted... es usted un buen hombre, Primer Ministro.
Se dio vuelta y salió, sollozando.
Seldon lo siguió con la mirada, pensativo, y meneó la cabeza. Multiplicando los lamentos de Gruber por un cuatrillón, se obtendrían los lamentos de toda la población de los veinticinco millones de mundos del Imperio, ¿y cómo él, Seldon, iba a lograr la salvación de todos ellos, cuando era incapaz de solucionar el problema de un solo hombre que había recurrido a él en busca de auxilio?
La Psicohistoria no podía salvar a un solo hombre. ¿Podría salvar a un cuatrillón?
Volvió a menear la cabeza, y verificó la naturaleza y horario de su siguiente cita, y entonces, repentinamente, quedó paralizado. Gritó al aparato de comunicación con salvaje desesperación, en forma bastante diferente de su habitual y estricto autocontrol:
—Traigan de vuelta a ese jardinero. Tráiganlo en el acto.   


20.

—¿Cómo es eso de los nuevos jardineros? —exclamó Seldon. Esta vez, no le ofreció a Gruber una silla.
Los ojos de Gruber pestañearon rápidamente. Había entrado en pánico al ser llamado tan inesperadamente.
—¿Nuevos jardineros? —tartamudeó.
—Dijiste "todos los nuevos jardineros". sas fueron tus palabras. ¿Qué nuevos jardineros?
Gruber estaba atónito.
—Claro, si hay un nuevo Jefe Jardinero, habrá nuevos jardineros. Es la costumbre.
—Jamás supe de ella.
—La última vez que tuvimos un cambio de Jefes Jardineros usted no era Primer Ministro. Es posible que ni siquiera estuviera en Trantor.
—¿Pero de qué se trata todo esto?
—Bueno, los jardineros nunca son despedidos. Algunos mueren. Algunos envejecen demasiado y se los reemplaza dándoles una pensión. No obstante, para cuando un nuevo Jefe Jardinero está listo para asumir, por lo menos la mitad del personal ya es anciano y ha superado los mejores años de su vida. Todos ellos son jubilados, con pensiones generosas, y se traen nuevos jardineros.
—Por su juventud.
—En parte, y en parte porque en ese momento normalmente hay plantas nuevas para los jardines, y debemos disponer de nuevas ideas y nuevos esquemas. Hay casi quinientos kilómetros cuadrados de parques y jardines, y generalmente toma unos años organizarlos, y soy yo quien tendrá que supervisar todo. Por favor, Primer Ministro. —Gruber estaba jadeando—. Seguro que un hombre inteligente como usted puede encontrar el modo de hacer que nuestro bendito Emperador cambie de opinión.
Seldon no prestó atención. Su frente estaba agrietada de concentración.
—¿De dónde vienen los nuevos jardineros?
—Hay exámenes en todos los mundos... siempre hay gente esperando para servir de reemplazo. Llegarán de a cientos en una docena de tandas. Demoraré un año, como mínimo...
—¿De dónde vienen? ¿De dónde?
—De cualquiera de un millón de mundos. Queremos que haya variedad de conocimientos en horticultura. Cualquier ciudadano del Imperio puede ser apto.
—¿También de Trantor?
—No, de Trantor no. En los jardines no hay nadie de Trantor. —Su voz se volvió desdeñosa—. No se pueden conseguir jardineros en Trantor. Los parques que tienen bajo los domos no son jardines. Son plantas en macetas, y los animales están enjaulados. Los trantorianos, pobres especímenes, nada saben del aire libre, del agua libre, del verdadero equilibrio de la naturaleza.
—Está bien, Gruber. Ahora te daré un trabajo. Serás responsable de conseguirme los nombres de todos los nuevos jardineros que lleguen en las próximas semanas. Todos los datos referentes a ellos. Nombre. Mundo. Número de identificación. Educación. Experiencia. Todo. Lo quiero arriba de mi escritorio lo más pronto posible. Voy a enviarte gente para que te ayude. Gente con máquinas. ¿Qué clase de computadora usas?
—Una sencilla, para llevar el registro de lo que se planta y de las especies, cosas así.
—Bien. La gente que voy a enviarte podrá hacer todo lo que tú no puedas. No puedo decirte qué importante es todo esto.
—Si yo lo hiciera...
—Gruber, no es momento de regatear. Si me fallas, no serás Jefe Jardinero, sino que te despediremos sin darte pensión.
Cuando estuvo otra vez solo, Seldon ladró al intercomunicador: —Cancele todas las citas de esta tarde.
Luego dejó caer su cuerpo en la silla, sintiendo todos y cada uno de sus cincuenta años de edad, y peor, sintiendo aumentar su dolor de cabeza. Durante años, décadas, se había montado el aparato de seguridad de los parques del Palacio Imperial cada vez más estricto, más sólido, más impenetrable a medida que se le iba agregando otra capa, otro aparato.
Pero una vez cada tanto se permitía la entrada a hordas de extraños. Probablemente sin hacer ninguna pregunta, salvo una: "¿Sabe jardinería?"
La estupidez de todo el asunto era demasiado colosal para detectarla.
Y él a duras penas había logrado detectarla a tiempo. ¿O no? ¿Incluso ahora era ya demasiado tarde?   


21.

Gleb Andorin miró a Namarti con los ojos entornados. Nunca le había gustado este hombre, pero había veces en que le gustaba menos que nunca, y ésta era una de esas veces. ¿Por qué tenía Andorin, Wyano de cuna real, que trabajar con este advenedizo, con este paranoide cuasipsicótico?
Andorin sabía por qué, y tenía que soportarlo, aun cuando Namarti se aprestaba una vez más a contarle la historia de cómo había formado el Partido durante un período de diez años, hasta llevarlo a su actual cima de perfección. ¿Se la contaba a todo el mundo, una y otra vez? ¿O sólo era Andorin el recipiente que Namarti elegía para contenerla?
El rostro de Namarti parecía brillar de gozo conforme decía, con una extraña cadencia, como si fuera algo recitado de memoria:
—... así que año tras año, trabajé en esos lineamientos, superando la desesperanza y la inutilidad, construyendo una organización, socavando la confianza en el gobierno, creando e intensificando la insatisfacción. Cuando la crisis bancaria y la semana de la moratoria, yo... —De repente, hizo una pausa—. Te he contado esto muchas veces y estás harto de oírlo, ¿no es cierto?
Los labios de Andorin se torcieron en una breve y seca sonrisa. Namarti no era tan idiota como para no darse cuenta de lo aburrido que era; no podía evitarlo. Andorin le dijo:
—Me has contado esto muchas veces.
Dejó que el resto de la frase quedara en el aire, sin respuesta. Después de todo, la contestación era obviamente afirmativa. No hacía falta decírselo en la cara.
Un ligero rubor cruzó el rostro cetrino de Namarti. Dijo: —Pero pudo haber continuado para siempre, construir, socavar, sin llegar nunca a ningún sitio, de no haber tenido la herramienta apropiada en las manos. Y sin esfuerzo alguno de mi parte, la herramienta vino a mí.
—Los dioses te trajeron a Planchet —dijo Andorin con tono neutro.
—Tienes razón. Habrá un grupo de jardineros que muy pronto entrarán en los parques del Palacio. —Hizo una pausa y pareció saborear la idea—. Hombres y mujeres. Suficientes para servir de pantalla al puñado de agentes nuestros que los acompañarán. Entre ellos estarás tú... y Planchet. Y lo que los hará poco comunes será que llevarán explosores.
—Seguramente —dijo Andorin, con deliberada malicia detrás de su expresión cortés-nos detendrán en las puertas y nos demorarán con un interrogatorio. Ingresar explosores ilícitamente al Palacio...
—No los detendrán —dijo Namarti, ignorando la malicia—. No los revisarán. Está todo arreglado. Serán todos saludados por algún funcionario del Palacio. No sé quién se encargará habitualmente de esa tarea, tal vez el Tercer Asistente del Chambelán a Cargo del Césped y las Hojas, no lo sé, pero en este caso, se encargará Seldon en persona. El gran matemático saldrá rápidamente a saludar a los nuevos jardineros y a darles la bienvenida.
—Estás muy seguro de eso, supongo.
—Claro que sí. Está todo arreglado. Se enterará, más o menos a último momento, de que su hijo está entre esos nuevos jardineros incorporados, y le resultará imposible contenerse de salir a verlo. Y cuando aparezca Seldon, Planchet levantará el explosor. Nuestra gente comenzará a gritar "Traición". En la confusión y alboroto, Planchet matará a Seldon y tú matarás a Planchet. Luego arrojarás el explosor y huirás. Habrá quien te ayude a hacerlo. Está arreglado.
—¿Es absolutamente necesario matar a Planchet?
Namarti frunció el ceño.
—¿Por qué? ¿Tienes objeciones para un asesinato y no para otro? ¿Deseas que Planchet les diga a las autoridades todo lo que sabe de nosotros cuando se recupere? Además, estamos eliminando un feudo familiar. No olvides que Planchet es, en realidad, Raych Seldon. Parecerá como si ambos se hubieran disparado simultáneamente, o como si Seldon hubiera dado órdenes de que si su hijo hacía cualquier movimiento hostil se disparara contra él. Nos encargaremos de que haya mucha publicidad sobre problemas familiares. Será una reminiscencia de los viejos días del Sangriento Emperador Manowell. El pueblo de Trantor, seguramente, sentirá repulsión por la consumada vileza del acto. Eso, sumado a las ineficiencias y los desperfectos que han estado atestiguando y viviendo, los hará bramar por un nuevo gobierno, y nadie podrá negárselos, menos todavía el Emperador. Y es ahí cuando entramos nosotros.
—¿Así como así?
—No, así como así no. No vivo en un mundo de sueños. Es posible que haya algún gobierno interino, pero fracasará. Nos encargaremos de que fracase, y luego apareceremos abiertamente y resucitaremos los viejos argumentos joranumitas que los trantorianos jamás han olvidado. Y cuando corresponda, en no mucho tiempo, seré Primer Ministro.
—¿Y yo?
—En algún momento serás Emperador.
Andorin dijo: —Las probabilidades de que todo esto marche bien son pocas. Esto está arreglado. Aquello está arreglado. Y aquello otro también. Todo tiene que armarse y ensamblar perfectamente, o fracasará. En algún lado, habrá alguien que hará las cosas mal. Es un riesgo inaceptable.
—¿Inaceptable? ¿Para quién? ¿Para ti?
—Por cierto. Esperas que me asegure de que Planchet asesine a su padre, y esperas que luego yo lo asesine a él. ¿Por qué yo? ¿No hay otras herramientas que valgan menos que yo y que puedan correr el riesgo con más facilidad?
—Sí, pero si eligiéramos a cualquier otro el fracaso sería seguro. ¿Quién sino tú arriesga tanto en esta misión como para asegurar que no habrá un ataque de arrepentimiento a último momento?
—El riesgo es enorme.
—¿No crees que vale la pena? Te estás jugando por el trono Imperial.
—¿Y cuál es el riesgo que corres tú, Jefe? Permanecerás aquí, muy cómodo, esperando las novedades.
Namarti frunció el labio.
—¡Qué tonto eres, Andorin! ¡Vaya Emperador serás! ¿Supones que yo no correré riesgos al quedarme aquí? Si el gambito fracasa, si el complot se frustra, si apresan a nuestra gente, ¿crees que no dirán todo lo que saben? ¿Si te atraparan, enfrentarías el tierno tratamiento de la Guardia Imperial sin contarles sobre mí? Y con un intento fallido de asesinato, ¿no supones que registrarán Trantor palmo a palmo para encontrarme? ¿Supones que no lograrán encontrarme? Y cuando me encuentren ¿qué supones que tendré que enfrentar en sus manos? ¿Un riesgo? Yo corro un riesgo peor que cualquiera de ustedes, sentado aquí sin hacer nada. Todo se reduce a esto, Andorin: ¿quieres o no quieres ser Emperador?
Andorin dijo en voz baja:
—Quiero ser Emperador.
Por lo tanto, las cosas se pusieron en movimiento.   


22.

Raych se daba cuenta sin dificultad de que lo estaban tratando con cuidados especiales. Todo el grupo de futuros jardineros estaba ahora alojado en uno de los hoteles del sector Imperial, aunque no en un hotel de primera, por supuesto.
Constituían un grupo extraño, de cincuenta mundos diferentes, pero Raych tenía pocas ocasiones de hablar con ellos. Andorin, tratando de no ser muy obvio, lo mantenía apartado de ellos.
Raych se preguntaba por qué. Lo deprimía. A decir verdad, se sentía algo deprimido desde que dejara Wye. Esa depresión interfería con sus pensamientos y trataba de luchar contra ella, pero no con completo éxito.
Andorin vestía ropas rústicas e intentaba parecerse a un obrero. Iba a representar el rol de jardinero para ayudar a montar el espectáculo... fuese cual fuese.
Raych se sentía avergonzado de no haber tenido ni una oportunidad de poner sobre aviso a su padre. Tal vez hacían lo mismo con todos los trantorianos que habían sido introducidos en el grupo; por lo que sabía, era sólo para extremar las precauciones. Raych estimaba que debía de haber una docena de trantorianos en el grupo, todos ellos gente de Namarti, por supuesto, tanto hombres como mujeres.
Lo que lo sorprendía era que Andorin lo trataba casi con afecto. Lo monopolizaba, insistía en tenerlo junto a él en las comidas, lo trataba en forma totalmente distinta del modo en que trataba a los demás.
¿Sería porque habían compartido a Manella? Raych no sabía lo bastante sobre los moros del sector Wye como para determinar si habría un toque de poliandria en su sociedad. ¿Si dos hombres compartían una mujer, de algún modo quedaban ligados fraternalmente? ¿Se creaba un vínculo?
Raych jamás había sabido de algo así, pero era muy astuto como para suponer que podía comprender siquiera una mínima fracción de las infinitas sutilezas de las sociedades galácticas, o de las sociedades de Trantor.
Pero ahora que su mente había evocado a Manella, se quedó con ella por un rato. La extrañaba terriblemente, y se le ocurrió que ésa podía ser la causa de su depresión, aunque, a decir verdad, lo que ahora estaba sintiendo, mientras terminaba de almorzar con Andorin, era casi desesperación... aunque no encontraba la causa de ésta.
¡Manella!
Ella le había dicho que quería visitar el sector Imperial y, presumiblemente, podría engatusar a Andorin a su gusto. Estaba lo bastante desesperado para hacer una pregunta estúpida:
—Señor Andorin, no dejo de preguntarme si tal vez usted ha traído al sector Imperial a la señorita Dubanqua.
Andorin pareció totalmente perplejo. Luego rió suavemente.
—¿Manella? ¿Te la imaginas trabajando en jardinería? ¿O siquiera aparentándolo? No, no. Manella es una de esas mujeres que han sido inventadas para nuestros momentos de tranquilidad. No tiene ninguna otra función, aparte de esa. —Y luego—: ¿Por qué lo preguntas, Planchet?
Raych se encogió de hombros.
—No sé. Aquí es todo un poco aburrido. Estaba pensando... —Su voz se apagó.
Andorin lo observó con cuidado. Finalmente, dijo:
—¿Seguramente no opinarás que importa demasiado con cuál mujer te acuestas, verdad? Te aseguro que a ella no le interesa con qué hombre se acuesta. Una vez que esto termine, habrá otras mujeres. Muchas.
—¿Cuándo terminará?
—Pronto. Y tú vas a ser una parte muy importante. —Andorin observaba a Raych detenidamente.
Raych dijo: —¿Qué tan importante? ¿No voy a ser solamente... un jardinero? —Su voz sonaba hueca, y le resultó imposible imprimirle alguna expresión.
—Serás más que eso, Planchet. Vas a entrar con un explosor.
—¿Con un qué?
—Un explosor.
—Nunca tuve un explosor en mis manos. Nunca en mi vida.
—No pasa nada. Lo levantas. Lo apuntas. Cierras el contacto, y alguien muere.
—No puedo matar a nadie.
—Pensé que eras uno de los nuestros, que harías cualquier cosa por la causa.
—No quise decir... matar. —Raych no podía organizar sus pensamientos. ¿Por qué debía matar? ¿Qué era lo que realmente tenían planeado para él? ¿Y cómo podría alertar a los guardias de Palacio antes de consumar el asesinato?
De pronto, el gesto de Andorin se endureció: una instantánea conversión de interés amistoso a firme decisión. Dijo:
—Debes matar.
Raych se armó de todas sus fuerzas. —No. No voy a matar a nadie. Es definitivo.
Andorin dijo: —Planchet, harás lo que te ordenen.
—Asesinar no.
—Asesinar también.
—¿Cómo va a obligarme?
—Simplemente te ordenaré que lo hagas.
Raych estaba confundido. ¿Por qué Andorin estaba tan seguro?
Meneó la cabeza. —No.
Andorin dijo: —Hemos estado dándote de comer, Planchet, desde que partiste de Wye. Me cercioré de que comieras conmigo. Supervisé tu dieta. Especialmente lo que acabas de comer.
Raych sintió que en su interior crecía el terror. De pronto, entendió.
—¡Desaliento!
—Exactamente —dijo Andorin—. Eres muy astuto, Planchet.
—Es ilegal.
—Por supuesto. Igual que el asesinato.
Raych sabía del desaliento. Era una modificación química de un tranquilizante perfectamente inofensivo. La forma modificada, sin embargo, no producía tranquilidad, sino desesperación. Había sido declarado ilegal debido a que era usado para controlar mentes, aunque había persistentes rumores de que la Guardia Imperial lo utilizaba.
Andorin dijo, como si no le fuera difícil leer la mente de Raych: —Se llama desaliento porque es una antigua palabra que significa "desesperanza". Pienso que estás desesperanzado.
—Nunca —murmuró Raych.
—Eres muy decidido, pero no puedes luchar contra un producto químico. Y cuanto más desesperanzado te sientas, más efectiva será la droga.
—De ninguna manera.
—Piénsalo, Planchet. Namarti te reconoció de inmediato, incluso sin el bigote. Sabe que eres Raych Seldon y, bajo mi dirección, vas a matar a tu padre.
Raych masculló: —No antes de matarte a ti.
Se levantó de la silla. No habría problemas. Andorin podía ser más alto, pero era delgado y para nada un atleta. Raych lo partiría en dos con un solo brazo... pero al levantarse se tambaleó. Agitó la cabeza, pero no pudo despabilarse.
Andorin también se levantó y retrocedió. Sacó la mano derecha de la manga izquierda, donde la tenía escondida. Tenía un arma.
Dijo, con tono agradable: —Vine preparado. Me han informado de tus proezas como torcedor heliconiano, así que no habrá combate cuerpo a cuerpo. —Bajó la vista, mirando el arma—. Esto no es un explosor —dijo—. No puedo darme el lujo de que te maten antes de que cumplas con tu tarea. Es un látigo neurónico. En cierto modo, mucho peor. Apuntaré a tu hombro izquierdo y, créeme, el dolor será tan agudo que el mayor estoico del mundo no podría soportarlo.
Raych, que había estado avanzando en forma lenta y torpe, se detuvo abruptamente. Tenía doce años de edad cuando probó por primera vez, por un breve instante, los efectos del látigo neurónico. Después de la primera vez uno jamás olvidaba el dolor, sin importar cuán larga fuera tu vida, cuán plena de incidentes.
Andorin dijo: —Además, lo usaré a máxima potencia para que se estimulen los nervios de la parte superior del brazo, primero causando un dolor inaguantable, y después quedando inutilizados para siempre. Jamás volverás a usar el brazo izquierdo. No te lastimaré el derecho para que puedas empuñar el explosor... Ahora, si te sientas y aceptas la situación, como debe ser, tal vez conserves los dos brazos. Por supuesto, debes volver a comer, a fin de que suba tu nivel de desaliento. Tu situación empeorará.
Raych sintió que la desesperación inducida por la droga se apoderaba de él, y la desesperación servía, por sí sola, para profundizar el efecto. Estaba comenzando a ver doble, y no se le ocurría nada que decir.
Sólo sabía que tendría que hacer lo que Andorin le ordenara. Había jugado el juego, y había perdido.   


23.

—¡No! —Hari Seldon fue casi violento—. No te quiero allí afuera, Dors.
Venabili se lo quedó mirando, con una expresión tan firme como la de él. —Entonces tampoco te dejaré ir a ti, Hari.
—Debo ir.
—No es tu lugar. Es el Primer Jardinero quien debe recibir a esa gente nueva.
—También. Pero Gruber no puede hacerlo. Está destruido.
—Debe tener alguna clase de representante, un asistente. Que vaya el viejo Jefe Jardinero. Conservará el cargo hasta fin de año.
—El viejo Jefe Jardinero está muy enfermo. Además —Seldon dudó-entre los jardineros hay infiltrados. Trantorianos. Están aquí por algo. Tengo los nombres de todos ellos.
—Ponles custodia, entonces. A todos ellos. Es simple. ¿Por qué lo haces tan complicado?
—Porque no sabemos por qué están aquí. Algo pasa. No me imagino qué podrán hacer doce jardineros, pero... No, déjame decirlo de otra forma. Puedo imaginarme una docena de cosas que pueden llegar a hacer, pero no sé cuál de todas esas cosas es la que planean. Por cierto que los tendremos bajo custodia, pero debo saber más de todo antes de actuar. Tenemos que saber lo suficiente como para atrapar a todos y cada uno de los integrantes de la conspiración, del primero al último, y debemos saber lo suficiente sobre lo que están haciendo para poder establecer el castigo apropiado. No quiero atrapar a doce hombres y mujeres con una acusación de cometer básicamente un delito menor. Alegarán haber estado desesperados, o su necesidad de conseguir trabajo. Se quejarán de que no es justo excluir a los trantorianos. Muchos se solidarizarán con ellos y quedaremos como unos tontos. Debemos darles la oportunidad de condenarse más. Además...
Hubo una larga pausa y Venabili dijo, furiosa: —Bueno, ¿cuál es el nuevo "además"?
Seldon bajó la voz. —Uno de esos doce es Raych, usando el alias de Planchet.
—¿Qué?
—¿Por qué te sorprendes? Lo envié a Wye a infiltrarse en el movimiento joranumita y ha tenido éxito en infiltrarse en algo. Tengo toda mi fe puesta en él. Si está allí, sabe por qué está allí, y debe tener alguna clase de plan para entorpecerlos. Pero yo también quiero estar allí. Quiero verlo. Quiero estar en posición de ayudarlo si puedo.
—Si quieres ayudarlo, pon cincuenta Guardias de Palacio uno al lado del otro, hombro con hombro, rodeando a los jardineros.
—No. Otra vez, no conseguiríamos nada. Seguridad estará en su lugar, pero no será evidente. Los jardineros en cuestión deben pensar que tienen la vía libre para realizar lo que sea que planean realizar. Antes de que puedan hacerlo, pero después de que sus intenciones hayan quedado en evidencia, los apresaremos.
—Es arriesgado. Es arriesgado para Raych.
—Los riesgos son algo que tenemos que aceptar. Lo que está en peligro es mucho más que las vidas de los individuos.
—Muy insensible de tu parte.
—¿Piensas que no tengo sentimientos? Aunque mis sentimientos quedaran destruidos, mi preocupación tendría que ser la Psico...
—No lo digas. —Se dio vuelta, como si sintiera dolor.
—Entiendo —dijo Seldon—, pero tú no debes ir. Tu presencia sería tan inapropiada que los conspiradores sospecharían que sabemos demasiado y abortarían el plan. No quiero que aborten el plan.
Hizo una pausa, y luego dijo con suavidad: —Dors, dices que tu trabajo es protegerme. Eso se antepone a proteger a Raych y lo sabes. No insistiría en el tema, pero protegerme es proteger a la Psicohistoria y a toda la especie humana. Eso es prioritario. Lo que descubrí con la Psicohistoria me dice que yo, a mi vez, debo proteger el centro a cualquier costo, y es lo que estoy tratando de hacer. ¿Me entiendes?
Venabili dijo: —Te entiendo —y se apartó de él.
Seldon pensó "Ojalá esté en lo cierto".
Si no lo estaba, ella jamás iba a perdonarlo. Mucho peor, jamás se perdonaría a sí mismo, con o sin Psicohistoria.   


24.

Estaban ubicados en hermosas hileras, con los pies separados, las manos detrás de la espalda, todos con el impecable uniforme verde, holgado y de amplios bolsillos. Había muy poca diferenciación de sexo, y sólo se podía suponer que los de estatura más baja eran mujeres. Las gorras cubrían sus cabellos, pero de todos modos los jardineros debían cortárselos bien cortos, fuera cual fuera su sexo, y tampoco debían tener vello facial.
Por qué debían hacerlo, no se sabía. La palabra "tradición" lo explicaba todo, como explicaba tantas otras cosas, algunas útiles, otras estúpidas.
Frente a ellos se encontraba Mandell Gruber, flanqueado a ambos lados por un delegado. Gruber temblaba y sus ojos bien abiertos estaban vidriosos.
Hari Seldon apretó los labios. Si Gruber lograba decir "Los Jardineros del Emperador los saludan", sería suficiente. El propio Seldon se haría cargo luego.
Sus ojos recorrieron el nuevo contingente y localizaron a Raych.
Su corazón pegó un ligero brinco. Allí estaba Raych, sin bigotes, en la fila delantera, más rígidamente parado que el resto, mirando hacia adelante. Sus ojos no se movieron para mirar a Seldon, ni evidenció ninguna señal de reconocimiento, siquiera sutil.
Bien, pensó Seldon. Se supone que no debe hacerlo. No está delatándose.
Gruber masculló una débil bienvenida y Seldon entró en acción.
Avanzó con paso despreocupado, colocándose inmediatamente delante de Gruber y dijo:
—Gracias, Primer Jardinero a cargo. Hombres y mujeres, Jardineros del Emperador, van ustedes a encarar una importante tarea. Serán responsables de la belleza y la salud del único terreno a cielo abierto de nuestro gran mundo Trantor, capital del Imperio Galáctico. Serán responsables de que, aunque no tengamos los paisajes interminables de los mundos abiertos, sin domo, tengamos una pequeña joya que opacará cualquier otra cosa del Imperio.
»Todos ustedes responderán a Mandell Gruber, quien en breve se convertirá en Primer Jardinero. l reportará a mí, cuando sea necesario, y yo reportaré al Emperador. Esto significa, como podrán ver, que ustedes estarán a sólo tres niveles de distancia de la Imperial presencia, y que siempre se encontrarán bajo su benigna vigilancia. Estoy seguro de que en este mismo momento se encuentra inspeccionándonos desde el Palacete, su hogar particular, que es el edificio que ven a la derecha, el que tiene la cúpula de ópalo, y se complace con lo que está viendo.
»Antes de que comiencen a trabajar, por supuesto, todos ustedes tomarán un curso de entrenamiento que los familiarizará con los parques y sus necesidades. Ustedes...
Para entonces, Seldon se había ido desplazando, casi subrepticiamente, hasta un punto directamente delante de Raych, que aún permanecía inmóvil, sin pestañear.
Seldon trató de no parecer anormalmente benigno, pero entonces frunció ligeramente el ceño. La persona que estaba detrás de Raych le parecía conocida. Podría haber pasado desapercibida si Seldon no hubiera estudiado su holograma. ¿No era Gleb Andorin de Wye? ¿El protector de Raych en Wye, en realidad? ¿Qué estaba haciendo aquí?
Andorin debió haber notado el repentino interés de Seldon, puesto que murmuró algo abriendo apenas los labios, y el brazo derecho de Raych, apareciendo desde atrás de su espalda, extrajo un explosor del ancho bolsillo de su jubón verde. Lo mismo hizo Andorin.
Seldon se sintió a punto de desmayarse. ¿Cómo era posible que hubieran ingresado explosores en los parques? Confundido, apenas oyó los gritos de "Traición" y el repentino ruido de las corridas y los alaridos.
Lo único que ocupaba la mente de Seldon era el explosor de Raych apuntando directamente hacia él, y Raych mirándolo sin dar señales de reconocerlo. Su mente se llenó de horror al advertir que su hijo iba a dispararle y que se encontraba a pocos segundos de la muerte.


25.

 Un explosor, a pesar de su nombre, no hace explotar algo en el sentido estricto del término. Vaporiza y funde un interior y, en todo caso, causa una implosión. Emite un sonido suave, como un susurro, dejando luego lo que parece ser un objeto que ha hecho "explosión".
Hari Seldon no esperaba oir ese sonido. Sólo esperaba la muerte. Fue, entonces, una sorpresa que oyera el distintivo susurro suave. Pestañeó rápidamente mientras se miraba, con la boca abierta.
¿Estaba vivo? (Lo pensó como una pregunta, no como una afirmación.)
Raych todavía estaba ahí parado, apuntando el explosor hacia adelante, con los ojos vidriosos. Absolutamente inmóvil, como si el poder que lo motivaba hubiera cesado.
Detrás de él estaba el cuerpo contraído de Andorin, tendido en un charco de sangre, y junto a éste, explosor en mano, había un jardinero. Se le había caído la gorra: el jardinero era obviamente una mujer de pelo recién cortado.
La mujer miró a Seldon y dijo: —Su hijo me conoce como Manella Dubanqua. Soy Guardia Imperial. ¿Quiere mi identificación, Primer Ministro?
—No —dijo Seldon con un hilo de voz. El personal de Seguridad se había aproximado a la escena—. ¡Mi hijo! ¿Qué le pasa a mi hijo?
—Desaliento, creo —dijo Manella—. Se desintoxicará con el tiempo. —Estiró la mano para retirar el explosor de la mano de Raych—. Lamento no haber actuado antes. Tuve que esperar hasta que actuaran abiertamente y, cuando lo hicieron, casi me toman por sorpresa.
—Tuve el mismo problema. Debemos llevar a Raych al hospital de Palacio.
De pronto, un ruido confuso surgió del Palacete. Se le ocurrió a Seldon que el Emperador estaba observando los acontecimientos y que si así era estaría por cierto enormemente furioso.
—Encárguese de mi hijo, señorita Dubanqua —dijo Seldon—. Debo ver al Emperador.
Emprendió una indigna carrera a través del caos de los Grandes Parques y se precipitó al interior del Palacete sin mayores ceremonias. Cleon no enfurecería mucho más por eso.
Y allí, con un agobiado grupo que lo miraba con estupor... allí, en la escalinata semicircular, estaba el cuerpo de Su Majestad Imperial, Cleon I, deshecho más allá de toda identificación. Sus ricos ropajes imperiales servían ahora de mortaja. Arrinconado contra la pared, mirando estúpidamente los rostros horrorizados que lo rodeaban, estaba Mandell Gruber.
Seldon sintió que ya no podía soportar más. Tomó el explosor que yacía a los pies de Gruber. Era el de Andorin, estaba seguro. Preguntó suavemente:
—¿Qué has hecho, Gruber?
Gruber, mirándolo fijo, balbuceó: —Todos gritaban y chillaban. Pensé ¿quién se dará cuenta? Van a pensar que algún otro mató al Emperador. Pero después no pude correr.
—Pero Gruber... ¿por qué?
—Para no tener que ser Primer Jardinero. —Y se desmayó.
Seldon miró, atónito, al inconsciente Gruber.
Todo había funcionado con el más ajustado margen. l estaba vivo. Raych estaba vivo. Andorin estaba muerto y la conspiración joranumita sería ahora eliminada hasta su último miembro.
El centro se habría salvado, como lo había dictado la Psicohistoria.
Y entonces un hombre, por una razón tan trivial que desafiaba todo análisis, había asesinado al Emperador.
Y ahora, pensó Seldon con desesperación, ¿qué hacemos? ¿Qué sucederá?  
FIN


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