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EL ARTE OSCURO

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sábado, 18 de mayo de 2013

RELATOS DE DUENDES



RELATOS DE DUENDES


Varios autores


Tres cuentos de duendes

Los duendes son criaturas inteligentes que pueden encontrarse en todas partes. Los hay malos y buenos, acostumbran a mostrarse muy caprichosos y sienten una cierta preferencia a prestar su ayuda a una sola persona. Como su materia es más aérea que sólida, tienden a ser invisibles. La literatura nos los muestra habitualmente bajo formas grotescas, pequeños de tamaño y saltarines y bulliciosos, igual que si su actividad debiera presentar una cierta tendencia al juego, a la broma y al engaño.
Como los duendes nacieron con el ser humano, al menos se tiene referencia de ellos, o de geniecillos similares, desde culturas antiguas, como la china o la mesopotámica, los cuentos, relatos, leyendas e historias que los tienen como protagonistas han sido tantos, que han llegado a nosotros sin autores conocidos. Lamentablemente, hemos de llamarlos anónimos, como se hace con el soldado desconocido para conmemorar a todos los héroes caídos en los campos de batalla.
Aunque pueda resultar inapropiado nuestro último ejemplo, fueron las grandes culturas dominantes, las impuestas por los ejércitos vencedores, las que se encargaron de sepultar a los duendes, junto a los otros mitos. En realidad lo hicieron las religiones que los consideraban diablillos paganos. Sin embargo, continuaron viviendo en las historias que se contaban al amor de la lumbre. Los guardaron los druidas, junto a otros sacerdotes-magos de las civilizaciones derrotadas. Luego se encargarían de divulgarlos los bardos, los juglares y los trovadores. Sin embargo, fue en el siglo xvii cuando resucitaron poderosamente, para quedarse con nosotros... ¡Para divertirnos, estremecernos y, sobre todo, proponernos no mantener quieta nuestra imaginación!

Hace muchos años hubo un rey que tuvo cuatro hijos. Los tres mayores crecieron hasta hacerse altos, bellos y fornidos. Sin embargo, el cuarto se quedó pequeño, feo y bastante cargado de espaldas, con lo que se le llamada «el jorobadito».
Un día los tres primeros hermanos visitaron a su padre para comunicarle lo que deseaban:
–Majestad, ya hemos llegado a la mayoría de edad. Queremos que nos concedáis la autorización para recorrer el mundo, pues necesitamos conocer otras naciones y diferentes gentes y, al mismo tiempo, conseguir fortuna por nuestros propios medios. Además, estamos convencidos de que realizaremos tantas proezas, ¡que no habrá monarca en la tierra que deje de admirarnos!
Al comprobar la seguridad que mostraban los jóvenes ante su futuro, el rey les concedió su autorización. También ordenó que se les entregara una bolsa de monedas de oro a cada uno de ellos, a la vez que los mejores caballos de las cuadras reales.
–¡En todos los lugares se debe reconocer que sois los hijos de un soberano generoso! –dijo el monarca, conteniendo una lágrima, porque quienes llevan corona no pueden mostrar un gran pesar aunque el dolor muerda sus corazones al temer llegar a perder a los jóvenes que más se ama.
Los príncipes iniciaron el viaje hacia lo desconocido. En seguida llegaron a una ciudad, donde buscaron un alojamiento en el que pudieran vivir cómodamente. Sin embargo, como se hallaban acostumbrados a una existencia regalada, vaciaron sus bolsas en banquetes, fiestas y en encargar que los sastres les realizaran los trajes más vistosos.
En vista de que los meses iban transcurriendo sin recibir noticia del destino de sus hijos, el rey comenzó a entristecerse. Perdió el apetito y no pudo dormir, ya que cuando cerraba los ojos le atormentaban las pesadillas, en las que veía a los jóvenes sufriendo las peores calamidades.
Como el monarca había caído realmente enfermo, sobre todo en lo mental, sus colaboradores más próximos temieron que pudiera morir de pena.
Esta misma preocupación fue compartida por el hijo pequeño. Y un día, a pesar de su timidez, se decidió a hablar directamente del asunto. Llegó a la sala del trono, agachó la cabeza para no mirar directamente al rey, como hacían los súbditos de inferior categoría, y dijo con un tono firme:
–Padre querido, reconozco que nunca he podido compararme a mis hermanos, pues me superan en todo... Por favor, dejadme que vaya a buscarlos. Si me acompaña la suerte, y pudiera localizarlos, me sentiría muy feliz. Mientras que vos, de eso estoy convencido, al volver a verlos recuperaríais plenamente vuestra salud.
El rey y sus ministros, junto a los otros componentes de la corte, no pudieron creer que donde, al parecer, habían fracasado los tres hermanos llegase a correr mejor suerte el más pequeño. Sin embargo, el príncipe se mostró muy obstinado, al mismo tiempo que hacía gala de unas palabras tan seguras, que terminó recibiendo la autorización de abandonar el castillo para ir al encuentro de sus hermanos mayores. También se le proporcionó una bolsa llena de monedas de oro y un espléndido caballo, con el propósito de que en todas partes se conociera que era el hijo de un soberano poderoso.
El joven siguió la misma ruta que los otros príncipes, hasta que dio con ellos en las afueras de la ciudad. Vivían en una cabaña, en medio de la miseria y vestidos con harapos, al haber derrochado todo el oro recibido.
–Debéis regresar al castillo junto a nuestro padre –aconsejó a los infelices–. Al carecer de noticias sobre vuestra suerte se ha puesto tan triste que corre el peligro de morir.
–¿No te das cuenta de que hemos fracasado? Todo se reirían de nosotros, con lo que nuestro padre cambiaría la tristeza por la vergüenza.
–Creo que tenéis razón. Lo más acertado será que vayamos juntos a buscar fortuna –se le ocurrió al más pequeño–. Regresaremos en el momento que hayamos triunfado.
–¿Es posible que estés convencido que yendo con nosotros lo conseguiremos? –se burlaron los hermanos mayores.
Pero ya no tenían nada que perder. Al final decidieron aceptar la idea. Al menos podrían vestir buenas ropas, comer y vivir en lugares más habitables, ya que la bolsa llena de oro del menor se lo iba a permitir. Nada más equiparse bien, llegaron a un bosque.
Cuando llevaban unas horas caminando, se detuvieron para dar cuenta de los alimentos y la bebida que llevaban en sus alforjas. En seguida se dieron cuenta de que cerca había un hormiguero; y al hermano mayor se le ocurrió:
–Voy a destruirlo para observar cómo las hormigas escapan llenas de miedo. Las veremos intentando salvar los huevos y las larvas.
–¿Qué ganarás con esa muestra de crueldad? –preguntó el pequeño–. Malgastarás tus fuerzas inútilmente. Deja que vivan tranquilamente. Su actividad no causa ningún daño... ¡Te advierto que no permitiré que por un simple capricho termines haciendo daño a unas criaturas vivientes!
Sin entregarse a ninguna discusión, decidieron seguir su camino. Hasta que llegaron a las orillas de una laguna, donde nadaban varias bandadas de patos. El hermano segundo propuso:
–Vamos a matar a dos de éstos, los más gordos, así comeremos un buen asado.
–No lo necesitamos –intervino el más pequeño–. Llevamos suficientes provisiones. Otra cosa distinta sería si de verdad nos faltara comida. Es mejor que no molestemos a unos seres vivos.
Los hermanos se echaron a dormir allí mismo. Nada más despuntar el sol, reanudaron el camino. En su siguiente etapa se detuvieron junto a un grueso árbol, donde habían construido sus panales varios enjambres de abejas.
Al hermano tercero se le ocurrió:
–Encenderé una fogata debajo de las colmenas. Como el humo originará que las abejas se den a la fuga, entonces nosotros podremos recoger la miel para el desayuno.
–Ni lo intentes –intervino el pequeño–. Hemos comido bien esta mañana, y dentro de una hora volveremos a hacerlo. No permitiré que asustes a unos insectos que ningún daño nos han causado.
Prosiguieron el viaje durante varias jornadas más. Nunca les faltó comida y bebida en las alforjas. Y al superar una encrucijada de caminos, se dieron de cara con la silueta de un castillo impresionante. Animados porque suponían que allí encontrarían a unas gentes con las que poder hablar, atravesaron la puerta abierta. Algo que les dejó muy intrigados, ya que lo normal es que hubiera unos vigilantes armados.
También hallaron vacíos el parque y los jardines. Y al llegar a las caballerizas, se quedaron asombrados al encontrase con los más hermosos equinos. Pero todos eran de mármol. Poco después, cuando entraron en un patio, se toparon con un grupo de caballeros vestidos con sus mejores galas, aunque cada uno de ellos sólo era una fría estatua de piedra.
No descubrieron ninguna muestra de vida humana dentro del castillo. Hasta que se enfrentaron con una puerta gigantesca, que disponía de tres cerraduras. Intentaron abrirla y no lo consiguieron. Entonces se les ocurrió mirar por el ojo de una de las cerraduras. Esto les permitió contemplar a un hombrecillo gris, que se encontraba sentado en una banqueta frente a una chimenea encendida.
El mayor voceó con una gran exigencia:
–¡Óyeme, tú, abre la puerta ahora mismo!
El hombrecillo gris ni se inmuto, ya que siguió calentándose las temblorosas manos ante las llamas que enrojecían la formidable chimenea.
Y el segundo príncipe exclamó:
–¡No te hagas el sordo, duende maldito, y abre esta puerta de inmediato!
No obstante, el hombrecillo gris continuó sin dar muestras de haber oído, ya que no dejaba de frotarse las manos acercándolas a los leños encendidos.
El tercer hermano golpeó sus puños en la madera y chilló:
–¡Déjanos entrar, infeliz, o conocerás lo que se merece aquel que no obedece a un príncipe!
El hombrecillo gris continuó mirando el resplandeciente fuego.
Entonces el hermano pequeño habló por el orificio de la llave:
–Te lo suplico, bondadoso anciano, dejamos pasar, ya que sólo queremos que contestes a algunas de nuestras preguntas.
El duende abandonó la banqueta, abrió la puerta con tres llaves y les permitió la entrada.
El hermano pequeño siguió hablando:
–¿Cómo te llamas? ¿Quién es el dueño de este castillo? ¿Por qué hay caballos de mármol en los establos? ¿Podemos saber a quiénes pertenecen las estatuas de piedra que llenan el patio?
El duende gris no contestó, pero sí indicó con sus gestos a los cuatro príncipes que le acompañaran. Les condujo a una gran sala, en la que vieron una enorme mesa alargada. Y en ésta aparecían las mejores viandas que se pueden gustar: asados de todas las clases, verduras recién cortadas, cazuelas llenas de salsas, empanadas de carne y de pescado, frutas del tiempo, pasteles, tartas e infinidad de bebidas. El duende hizo una seña para indicarles que podían dar cuenta de todo lo que allí había y, acto seguido, les enseñó cuatro camas bien acondicionadas para acoger el sueño de gente de gran alcurnia, como ellos.
Los cuatro hermanos pudieron cenar hasta saciarse. Poco más tarde, se acostaron y en seguida se quedaron dormidos, ya que estaban muy cansados. Se despertaron al día siguiente.
Nada más levantarse se acercaron a la mesa alargada, en la que habían cenado; sin embargo, allí había desaparecido toda la comida y la bebida, cuando ellos recordaban que sólo dieron cuenta de una décima parte de las copiosas existencias. Lo que sí encontraron fueron tres tablas de madera, en las que se habían escrito unos textos.
Al comenzar a leer la primera tabla, pudieron enterarse de la historia de aquel castillo. Supieron que allí vivió un poderoso noble, cuya soberbia llegó a tales extremos de enfrentarse al Rey de los duendes. A pesar de intentar combatir con su ejército, todos fueron destruidos. Sólo pudo salvarse la hija pequeña, la cual se hallaba dormida, pero sometida a un encantamiento en una de las torres del castillo, siempre bajo la estrecha vigilancia del duende gris.
En la segunda tabla se decía que la joven dormida únicamente podría ser salvada por un muchacho valiente, desconocedor del egoísmo y que realizase la misión sin pensar en recibir cualquier tipo de recompensa.
Los tres príncipes mayores se dijeron que ellos cumplían todos esos requisitos. Con esta seguridad empezaron a leer la tercera tabla, que era la que mayor texto contenía.
En la misma se contaba que el posible salvador de la muchacha debía superar tres pruebas. La primera consistía en llegar a la orilla norte del lago, donde encontraría una pequeña pradera cubierta de musgo. En ésta se hallaban esparcidas las mil perlas pertenecientes al collar de la hija del Rey de los duendes. Aquél estaba obligado a recogerlas antes de la caída del sol. En el caso de que no lo consiguiera, se transformaría en estatua de piedra nada más que los últimos rayos solares se escondieran detrás de la cima de las colinas.
Como el hermano mayor era el más voluntarioso, aunque siempre había demostrado ser un imprudente, se fue en busca de las perlas. Estaba convencido de que iba a triunfar. No tardó en dar con la pradera cubierta de musgo. En seguida se dedicó a recoger las perlas. Pero se dio cuenta de que eran demasiadas y, además, estaban ocultas en los lugares más inverosímiles. Como al anochecer sólo había logrado reunir un poco más de cien, cuando volvió al castillo quedó transformado en una estatua de piedra.
Al día siguiente, el hermano pequeño se dirigió a la zona norte del lago, dispuesto a realizar la labor que su hermano mayor no había conseguido. Sin embargo, con el simple hecho de arrodillarse para iniciar la faena, pareció como si hubiera hecho sonar una trompeta: allí aparecieron varias columnas de hormigas al mando de su rey.
Igual que si hubieran ensayado el trabajo, comenzaron a recoger las perlas. Y al cabo de una hora lo habían finalizado, con lo que el joven príncipe pudo reunir las mil perlas en un gran pañuelo. Lo ató con una fuerte lazada y regresó al castillo, donde entregó al duende gris tan valiosa carga.
Los tres príncipes marcharon a comer al gran salón. Por la tarde pasearon por los jardines hasta la hora de la cena. Y después de alimentarse frugalmente, ya que el recuerdo del hermano mayor convertido en estatua les había quitado el apetito, procuraron dormir.
A los pocos minutos de desayunar, fueron a leer en la tabla la segunda prueba que debía afrontar quien se propusiera despertar a la prisionera:
«En el fondo del Lago Negro fue arrojada la llave de la torre, donde se encerró a la hija del noble orgulloso. Todo aquel que pretenda despertarla, deberá extraer la llave cuando la luz del sol esté iluminando la superficie del lago. De no lograrlo antes de que ese resplandor desaparezca se convertirá en una estatua de piedra.»
El segundo de los hermanos marchó a las orillas del Lago Negro, donde comprobó que las aguas eran muy oscuras, profundas y se hallaban cubiertas de grandes plantas acuáticas, cuyas ramas se entrelazaban dando forma a una tupida red, la cual oscilaba en la superficie de una forma amenazadora.
En el mismo instante que los rayos del sol iluminaron el centro del lago, el príncipe descalzó su pie derecho y lo introdujo en el agua. Pero lo sacó en seguida al sentir un frío insoportable. Además tuvo que cogerse la nariz con dos dedos para soportar el hedor que emanaba del lugar. Sin poder resistir el frío y el asco, regresó al castillo. Como ya el resplandor solar había desaparecido de la superficie del Lago Negro, quedó convertido en una estatua de piedra sobre las losas del patio.
Los dos príncipes supervivientes lamentaron el destino de sus hermanos mayores. Poco después intentaron comer un poco, dieron unos lentos paseos por los jardines, cenaron y se metieron en las camas. Consiguieron dormir a pesar de la pena que sentían.
Al amanecer, luego de desayunar, el hermano pequeño llegó a las orillas del Lago Negro. Al momento comenzó a pensar en el mejor recurso para extraer la llave cuando el sol dejase caer sus rayos sobre la superficie del agua.
De pronto, vio aparecer una pareja de patos. En seguida se posaron en el centro del lago. Y como la claridad solar los iluminó nítidamente, el príncipe pudo reconocer a las aves que viera en la laguna del bosque. Dos ejemplares tan buenos nadadores, que en un santiamén se sumergieron como unas balas y, a los pocos segundos, ya habían aparecido llevando uno de ellos la llave en su pico. En seguida llegaron donde se encontraba el príncipe y se la entregaron. Era de oro.
El joven que amaba a los animales regresó al castillo, para dar la llave al duende gris. Y éste no pronunció ni una sola palabra.
Al día siguiente, los dos hermanos pudieron leer la tercera tabla, en la que se había escrito la tercera prueba:
«El salvador de la doncella deberá entrar en su dormitorio y descubrir qué postre eligió la misma noche en que se quedó dormida «para siempre» bajo los efectos del encantamiento del Rey de los duendes. Pero si fracasa quedará convertido en una estatua de piedra.»
Los príncipes fueron llevados por el duende gris hasta la torre en la que se encontraba prisionera la joven. Con la llave de oro extraída del fondo del Lago Negro abrió la puerta. Entonces los dos hermanos pudieron ver a una muchacha dormida en un lujoso lecho, cubierto con baldaquino, y cuyo edredón tenía una funda de seda color escarlata.
Encima de una mesa se habían colocado dulces de distintas clases: roscos de azúcar, mermelada de cerezas, jarabe de arce y tortitas de miel.
El tercero de los hermanos contempló a la joven dormida y, luego, examinó los postres que tenía delante. Como creyó que a uno de los roscos le faltaba un trocito, decidió:
–La doncella comió roscos de azúcar.
Entonces se transformó en una estatua de piedra. El menor de los príncipes prefirió tomarse un tiempo prudencial. Llegó hasta la ventana, la abrió y, de una forma involuntaria, permitió la entrada a la reina de las abejas. Ésta voló hasta la cabeza de la dormida, se posó en su boca y, acto seguido, revoloteó dos veces alrededor de quien iba a decidir y, por último, se detuvo en una de las tortitas de miel.
–La doncella eligió las tortitas de miel –dijo muy convencida.
De repente, el duende gris profirió un alarido y se transformó en una nubecilla de humo, que llegó a cubrir por completo la cabeza del príncipe «jorobadito». Y éste fue convertido en un guapo y fuerte muchacho. Seguidamente, la misma nube quedó disuelta en la estancia.
La joven dormida abrió los ojos, se incorporó ligeramente y dedicó una sonrisa a su salvador.
Los tres hermanos del príncipe, lo mismo que la totalidad de los caballeros que habían sido transformados en estatuas de piedra, recuperaron sus formas humanas. Comenzaron a respirar y a moverse, hasta comportarse igual que si hubieran despertado de una larga pesadilla. También les sucedió algo similar a los caballos de las cuadras, al dejar de ser de mármol. Pronto se los escuchó piafar de alegría.
La doncella pidió al joven príncipe que actuara como el señor del castillo, ya que le pertenecía por derecho propio al haberlo desencantado. Semanas después, los dos contrajeron matrimonio, y se quedaron a vivir en aquel lugar. Sabemos que fueron muy felices, aunque la información sobre si tuvieron muchos hijos no la han recogido los historiadores.
Los tres hermanos mayores regresaron a la corte, donde el rey, su padre, dejó de sentirse triste al verlos. Y mayor fue su entusiasmó al conocer el triunfo del menor de sus hijos, a pesar de que dudaba de que pudiera reconocerlo si es que era tan guapo, alto y fuerte como le contaban. Para que empezara a acostumbrarse al nuevo aspecto le mostraron un retrato: el mismo que un gran artista había pintado después de la boda, luego también aparecía la ex doncella dormida. Una pareja que era la máxima representación de la dicha.
              

En uno de esos países extraordinarios que componen el Reino de las hadas, donde todo puede suceder, hasta lo más increíble, vivía la muy grandiosa Dánamo. Esta era una de las hadas más sabias que han existido, aunque no hacía ascos a la crueldad en muchas de sus actividades y tenía a honor, debido a que también poseía un orgullo exagerado, de ser una de las descendientes de la famosa Calipso.
Tan poderosa soberana había tenido una hija, a la que dio el nombre de Azira. Sorprendentemente, a pesar de lo fea que era la joven, su madre la consideraba muy bella al querer observar en ella otros méritos que, al parecer, todavía se hallaban muy ocultos, y acaso nunca apareciesen.
Sin embargo, su ceguera maternal no llegaba a los extremos de negarse a reconocer que había otras muchachas más hermosas que Azira. Y entre las privilegiadas por su físico destacaba Irolita, una sobrina de la reina, a la que se mantenía encarcelada en el castillo para que no hiciera sombra a su prima.
La razón de tal castigo obedecía a que Dánamo se hallaba dispuesta a casar a su hija con el joven y guapo príncipe Parcinet. En sus intenciones se encontraba poder unir al suyo dos importantes reinos, debido a que el futuro marido de Azira era el único heredero de los mismos.
Claro que el destino en ciertas ocasiones puede llegar a jugar en contra de las hadas, aunque sean reinas. Por eso el príncipe Parcinet conoció a Irolita, cuando la bella paseaba por los jardines de palacio, al haberle permitido unas horas de libertad sus carceleros, acaso apiadados de ella pues no protestaba por nada y hasta barría y fregaba las estancias de su celda. Los dos jóvenes se enamoraron nada más verse; y ya no dejaron de hacerlo, aunque debieran buscar mil recursos para superar las barreras impuestas por la tirana.
Uno de estos recursos lo protagonizaba el príncipe en el momento que caía la noche. Sin importarle atravesar a nado el caudaloso río que separaba el castillo de tierra firme, iba a escalar las paredes hasta llegar a una de las ventanas de la espaciosa prisión de Irolita.
Pronto el hada descubrió esos amores prohibidos, y llegó a la conclusión de que debía librarse de su sobrina. Como una solución, ofreció la mano de ésta al príncipe Ormond, imponiéndole la condición de que debían casarse en un plazo mínimo de dos semanas. El elegido se hallaba de visita, ya que vivía a muchos miles de millas de allí. Una condición ideal para alejar a su sobrina de Parcinet.
Una vez quedó urdido el maligno plan, la reina Dánamo organizó una importante fiesta, con la idea de anunciar el próximo matrimonio del príncipe Ormond con Irolita. Y el enamorado fue uno de los invitados que se encontraban en el inmenso salón del castillo, en compañía de varios centenares de nobles, damas y gentilhombres. Pero ninguno de ellos conocía el verdadero motivo de los festejos.
Cuando el príncipe Parcinet vio a Irolita entrar allí, comprendió en seguida lo que iba a suceder, pues no había otra explicación que justificase el hecho de que la hubieran dejado salir de la prisión. Sin embargo, por más que intentaron acercarse para hablar, en todo momento vieron cerrado el camino por las gentes, los soldados o los servidores. Esto les llevó a imaginar que los obstáculos obedecían a un maleficio impuesto por Dánamo.
Precisamente, la reina de las hadas apareció en compañía de todo su séquito. Y, singularmente, se acercó a Parcinet junto a un escudero, el cual llevaba en sus manos un gran cojín de terciopelo rojo, sobre el cual aparecía una espada resplandeciente.
–Recíbela como obsequio, querido amigo –dijo la soberana, al mismo tiempo que cogía el arma con las dos manos y se la entregaba al anonadado príncipe–. Como verás en el puño hay un diamante de gran valor: ¡digno de un corazón tan generoso como el tuyo! ¡Además, he mandado grabar en el acero esta leyenda: «La digna compañera de un vencedor.»!
Antes de que el sorprendido pudiera dar las gracias, la cruel hada proclamó dirigiéndose a todos los presentes:
–¡Ahora vais a saber el motivo por el que os he invitado a esta fiesta! ¡Mi bella sobrina Irolita va a casarse dentro de dos semanas con el príncipe Ormond! ¡Para mí será un honor que asistáis a la ceremonia!
Entonces el infeliz Parcinet se dio cuenta de la terrible burla: el regalo de la espada había pretendido ser una especie de «concesión» de aquella tirana... ¡Y lágrimas de rabia estuvieron a punto de brotar de los ojos del ofendido! Sin embargo, como no quería llorar delante de su enemiga, prefirió abandonar la sala de la fiesta.
El príncipe siempre había sido muy decidido y valiente. Tardó muy poco en reaccionar. Así escribió a una de sus tías, que era el hada Favorable y tenía tantos poderes como Dánamo, para que le ayudase de la forma que creyese más conveniente.
Uno de sus más fieles servidores se encargó de llevar el mensaje. A los pocos días regresó trayendo una carta del hada Favorable, en el interior de la cual venía un anillo compuesto de cuatro capas de metales distintos: oro, plata, hierro y cobre. Esto significaba que el anillo podía brindarle protección frente a los ataques de la cruel Dánamo, pero sólo en cuatro ocasiones. Por eso se recomendaba al príncipe que lo utilizase con gran prudencia y únicamente en los momentos más peligrosos.
Parcinet se llenó de entusiasmo al disponer de esta protección. En seguida quiso hablar con su amada. Como no podía hacerlo directamente, se sirvió de Mana, la bondadosa nodriza que había criado a la joven desde su nacimiento; pero no logró sus propósitos. Esto se debió a que aquella misma noche Dánamo celebró otra fiesta en honor de Irolita, ya que iba a marcharse del castillo al día siguiente.
Pocas horas más tarde, los dos enamorados se encontraron muy cerca; sin embargo, en ningún momento pudieron hablar a solas. De nuevo se tropezaron con infinidad de obstáculos humanos, porque seguía pesando el encantamiento del hada tiránica.
Y cuando estaba a punto de finalizar el baile, el príncipe Parcinet decidió manifestar su protesta. Antes de que los invitados empezaran a marcharse, se encaró con la reina Dánamo, delante de toda la corte, y la increpó de esta manera:
–¡Lleváis varios días impidiendo con vuestras brujerías que yo hable con Irolita! ¡Ya habéis colmado mi paciencia! ¡Os aseguro que ni vos, ni vuestra odiosa hija Azira, impediréis que el mundo se entere de que amo a Irolita! ¡Como la boda que pretendéis va en contra de los deseos de vuestra sobrina, tened la seguridad de que yo lucharé hasta la muerte, si fuera preciso, por impedirla!
Estos insultos y amenazas originaron tal escándalo, que Dánamo abandonó la gran sala, en compañía de Azira y el encolerizado Ormond. Los tres se hallaban dispuestos a castigar la afrenta y, al mismo tiempo, seguir con todos sus malévolos planes.
No hay duda de que Parcinet conocía el alcance de su desafío, pues sería asesinado si continuaba en el castillo. Y aprovechando aquel momento de indecisión general, pudo hablar con Irolita deseando organizar la fuga. Sin embargo, para que ésta fuera un éxito el príncipe debió recurrir al anillo mágico. Hizo girar la parte superior del mismo y, al instante, solicitó al hada Favorable que le protegiera de los planes maliciosos que estuvieran urdiendo sus enemigos.
Entonces vio entrar en la sala de baile a Dánamo, Azira y Ormond. Venían discutiendo, sin ponerse de acuerdo sobre la forma de detener a quien los acababa de insultar. Y lo hacían de una forma tan acalorada que parecían estar dispuestos a golpearse por defender sus opiniones. Un caos muy propicio para las intenciones del príncipe. Y éste se dio cuenta de que se lo debía al anillo, una de cuyas capas, la de hierro, acababa de fundirse sobre las otras tres.
A la mañana siguiente, antes de la salida del sol, Brigante, el fiel servidor, dispuso cuatro caballos, con las provisiones y el armamento imprescindible, en los que iba a escapar del castillo acompañando al príncipe Parcinet, a la princesa Irolita y a la nodriza Mana. Y aún estaban empalideciendo las estrellas en el cielo cuando nuestros héroes iniciaron la fuga.
Hasta el mediodía no se dio cuenta la reina tiránica de la desaparición de su sobrina y de sus tres aliados. Sumida en un arrebato de cólera, mandó que fueran apresadas todas las damas y pajes de los evadidos, al merecer los peores castigos por haber sido cómplices de un delito contra el reino.
En seguida se organizó la persecución con más de un centenar de sanguinarios nobles y soldados armados, que se pusieron al mando de Ormond. Y al contar con la ayuda del hada más vengativa, pudieron ganar fácilmente la ventaja que les sacaban los fugitivos. Esto lo consiguieron al ir disponiendo de caballos de refresco cada dos horas, mientras Parcinet y los suyos ya iban al trote de sus monturas para no agotarlas.
A media tarde, en los extremos de un bosque, los dos grupos tan desiguales pudieron contemplarse. La primera reacción del valeroso príncipe fue retroceder, para ir a cruzar su espada con su malvado rival. Y a punto estuvo de hacerlo, ya que tiró de las riendas de su montura. Sin embargo, Irolita le previno:
–¡Amor mío, no te dejes llevar por la furia! ¡Ormond se negará a pelear como un caballero aceptando un duelo de honor entre príncipes! ¡Mandará a sus esbirros que te maten, porque es un cobarde!
Estas palabras consiguieron que Parcinet entrase en razón. Acto seguido, pidió que su amada se viera libre de sus enemigos... ¡Y no acababa de formular este deseo, cuando ante ellos apareció un duende de larga barba blanca!
–¡Rápido, rápido! ¡Seguidme sin más demora, que yo os llevaré a un lugar donde estaréis a salvo! –ordenó la mágica criatura.
En aquel momento se abrió una parte del suelo ante ellos, pero como si fuera una gigantesca trampilla formada con la hierba y la tierra. Allí había una cómoda pendiente, por la que pudieron descender con facilidad los cuatro caballos guiados por sus jinetes. Y una vez estuvieron dentro, el suelo recobró su aspecto normal.
Este prodigio desconcertó a Ormond y a sus esbirros, hasta el punto de que comprendieron que habían sido burlados por algún tipo de encantamiento. De ahí que abandonasen la persecución, para volver al castillo en busca de la ayuda de la reina Dánamo.
Al mismo tiempo, los enamorados y sus acompañantes estaban siguiendo al duende por un oscuro pasadizo. Al final llegaron a una luminosa explanada subterránea, en el centro de la cual se alzaba un palacio construido totalmente de oro. Allí se encontraba el rey de los duendes del Subsuelo.
Pronto se vieron ante este personaje, que se cubría con un manto tejido con hilos de plata y piedras preciosas, a la vez que llevaba una corona tallada con un gigantesco diamante. Sonriendo abandonó su trono y, luego de abrazar a los cuatro visitantes, les dijo:
–¡Los protegidos del hada Favorable son mis amigos! Se me ha pedido que os ofrezca protección durante una semana. ¡Y en este tiempo yo me cuidaré personalmente de que olvidéis todos los sinsabores de la dura persecución a la que os habéis visto sometidos!
Parcinet, Irolita, Mana y Brigante pudieron asearse, cambiar sus ropas por otras nuevas, que les ajustaban a la perfección, gracias a que los duendes son los más rápidos y mejores sastres del mundo. Y con un aspecto tan espléndido asistieron a un banquete, en el que no faltaron los mejores vegetales, entre los que destacaban los tubérculos. Y mientras la princesa daba cuenta de su menú no pudo callar un comentario elogioso:
–¡Jamás pude imaginar que estuvieran tan ricas las zanahorias y los rábanos cocinados con una salsa de champiñones! ¿Y qué puede decirse de esta tarta de espárragos y boniatos?
Durante el tiempo que permanecieron en las entrañas de la tierra, fueron obsequiados con unas expediciones a las cuevas más impresionantes: verdaderas catedrales esculpidas por el agua, la cal y el tiempo, donde las estalactitas y estalagmitas adquirían unas formas inverosímiles. También contemplaron las más extensas vetas de oro, diamantes y otras piedras preciosas. Y se pudieron bañar en ríos subterráneos, cuyas aguas rejuvenecían la piel, provocaban un gran entusiasmo o encendían el amor más sosegado. Lo ideal para las dos parejas de seres humanos.
Sin embargo, como sucede con todo lo más hermoso, los siete días en el mundo del rey duende del Subsuelo llegaron a su fin muy deprisa. Esto no impidió que los príncipes demostraran su agradecimiento. Para verse en el mismo lugar donde apareció la «trampilla» en el suelo.
Y al mirar Parcinet su anillo mágico se dio cuenta de que había desaparecido la capa de oro, pues se había fundido con la de plata y cobre. Las únicas protecciones que le quedaban.
Prosiguieron su camino en dirección al castillo del hada Favorable, donde sabían que estarían a salvo de cualquier peligro. No obstante, en el momento que habían llegado a un valle de tranquilo aspecto, escucharon el estrépito que formaba un ejército armado lanzado al ataque. Volvía a estar mandado por Ormond, el cual marchaba en cabeza llevando la espada en posición de combate.
Y a pesar de que Parcinet sintiera el deseo de enfrentarse al enemigo, en seguida comprendió que sólo le quedaba el recurso de utilizar el anillo mágico. Giró su parte superior y pidió ayuda para verse libre de la amenaza... ¡Súbitamente, una tromba de agua surgió de la nada, igual que si un dique se hubiera reventado, para formar un río infranqueable entre los cincuenta enemigos armados hasta los dientes y nuestros cuatro amigos!
En seguida apareció una embarcación bellísima, forjada en plata con la forma de las rosas de los pantanos. Y en lo más alto de la cubierta se hallaba una ninfa de aspecto celestial, a la que acompañaban varios duendes. Estos se encargaron de ayudar a sus protegidos para que saltaran, sin abandonar los caballos. En el acto, todos se sumergieron en las aguas, al mismo tiempo que el rabioso príncipe Ormond y sus esbirros estaban disparando inútilmente flechas y lanzas.
Poco después, los cuatro fugitivos llegaron a un palacio construido con cascadas de agua solidificada: enormes masas de hielo que no daban frío, pero que mostraban la belleza natural de las cataratas al recibir directamente los rayos del sol, con esos arcos iris que parecen brotar de la espuma. Y el aspecto de la fachada se repetía en el interior, con unas salas que reducían las composiciones y, al mismo tiempo, mostraban distintas variantes en la luminosidad y los colores.
Los jardines se hallaban repletos de estanques, surtidores y piscinas, en las cuales nadaban sirenas y tritones. Y en la estancia real, toda ella rodeada de corales, la soberana de las Aguas les ofreció unos magníficos lechos de musgo para que descansaran bajo la custodia de una corte de grandes barbos y nutrias de río, pues en aquel reino no eran enemigos al contar con otros tipos de alimentos.
A la mañana siguiente, cuando Irolita llevaba los más delicados vestidos de las ninfas, fueron muchos los tritones que acudieron a admirar su celestial belleza. Pero sabiendo que su corazón ya tenía un dueño.
A lo largo de los cinco días que permanecieron allí, fueron regalados con las melodías de las arpas y los órganos acuáticos, que las sirenas de río tocaban como los ángeles. Y en las comidas les fueron servidos los más exquisitos platos de pescado.
Hasta que, finalmente, en la misma embarcación que los había salvado fueron llevados a la orilla en compañía de sus caballos. Se despidieron de la hermosa ninfa y reanudaron el viaje. Mientras tanto, el príncipe Parcinet se daba cuenta de que el anillo prodigioso había perdido la tercera capa de plata, luego únicamente le quedaba la de cobre.
–Por fortuna nos encontramos muy cerca del castillo del hada Favorable –comentó sin demasiada seguridad.
Pareció recuperar la tranquilidad al comprobar que durante tres días no se habían visto bajo ninguna amenaza. Hasta que al amanecer del cuarto, casi con el despuntar de los primeros rayos solares, vieron las amenazadoras siluetas de un grupo de soldados en lo alto de una colina. No necesitaron efectuar más comprobaciones para saber que eran Ormond y sus sanguinarios compinches.
En esta ocasión habían recibido la orden de atacar de inmediato. Y esto fue lo que hizo el cruel príncipe, queriendo entablar combate con Parcinet. Sin embargo, al comprobar que se aceptaba su desafío, se echó a temblar imaginando que no tardaría en ser derrotado.
Acudió en su ayuda Irolita, aunque de una forma involuntaria, al pedir a su amado que no luchara. Como estaba llorando al odiar tanto la violencia, consiguió que el duelo quedara sin celebrarse. Y de nuevo la salvación fue solicitada al anillo prodigioso.
Nada más que el príncipe expresó sus deseos, brotó de la tierra una cortina de llamas que llegó hasta las nubes. De esta manera los dos bandos quedaron separados, hasta el punto de que los malvados debieron retroceder ante la lluvia de chispas y de un calor que materialmente fundía sus armas y a ellos los sometía a unos sudores agobiantes.
Nuestros cuatro amigos fueron salvados por los duendes del Fuego. Montados en una impresionante salamandra llegaron a un palacio hecho de llamas que no quemaban, pero que se agitaban como si brotaran de una fabulosa hoguera que nunca se apagaba. Allí se encontraban millares de duendecillos y duendecillas vestidos con ropajes rojos.
Durante los ocho días que los fugitivos permanecieron en aquel universo del Fuego, asistieron a los más fantásticos trabajos que requieren la utilización del calor surgido de las llamas. La fundición del metal para convertirlo en los objetos más hermosos, el soplado del vidrio y tantas otras cosas sorprendentes, como ver a los duendecillos bañarse en ríos de lava de volcán sin que se quemaran.
Al terminar la nueva etapa de diversión, los cuatro fueron traslados a un prado espléndido. Y al examinar Parcinet su anillo, pudo comprobar que sólo le quedaba el soporte al haber desaparecido las cuatro capas de diferentes metales que lo formaban. En su lugar pudo leer este mensaje:
Esta especie de reproche dejó claro que el príncipe había sido bastante imprudente, pues en algunos casos pudo solucionar los problemas con otros medios. Pero como nada se conseguía lamentándose, prefirió pensar que se encontraban muy cerca del castillo del hada Favorable.
Lo peor es que también se hallaban muy cerca Ormond y su ejército. Como no se habían alejado del lugar donde apareció la barrera de fuego, siguiendo los consejos de Dánamo, se lanzó al ataque dispuesto a reducir a los fugitivos.
Al escuchar el estruendo de los cascos de los caballos, los cuatro amigos se dieron cuenta del peligro que corrían. Y a Parcinet no le quedó más remedio que emplear su espada. Sin embargo, se disculpó ante su amada:
–Ya sé que tu odias la violencia, amor mío... Debes comprenderlo, demostraría ser un cobarde si no luchara por defender vuestras vidas y la mía. ¡Perdóname!
Tras estas palabras, atacó con gran heroísmo a los primeros enemigos que pretendieron derribarle del caballo. En seguida los hizo morder el polvo. Sin embargo, al arremeter contra Ormond, el arma se partió en dos...
¡Y en aquel momento recordó que se la había regalado la reina Dánamo, luego estaba encantada para romperse en el momento que se utilizara contra uno de sus protegidos más directos! ¡Vaya sarcasmo recordar el lema grabada en aquella espada: «La digna compañera de un vencedor»!
Esto supuso que fuera hecho prisionero en seguida, a pesar de que intentó combatir con los puños y algunas ramas que encontró en el suelo. Lo peor para tan noble príncipe fue comprobar que eran apresados Irolita y sus dos fieles servidores. Y con lágrimas de ira en los ojos y el alma desgarrada por el dolor, clamó sin importarle que le oyeran los sanguinarios:
–¡Acude en nuestra ayuda, hada Favorable! ¡Qué mi sola persona baste para calmar la sed de venganza de Dánamo... Pero deja que se salven mis tres inocentes acompañantes! ¡No puedes negarme tu protección por haber sido imprudente al usar el anillo prodigioso!
Como respuesta a su demanda apareció en el cielo una joven de asombrosa hermosura, la cual le dijo:
–Debiste usar más tu astucia y valor, en lugar de malgastar los poderes del anillo. Porque te fue entregado para momentos tan dramáticos como éste. ¡No obstante, confía en todos los reyes que has ido conociendo, los cuales son amigos del Imperio de los Silfos, donde gobierna el hada Favorable, pues ni ésta ni ellos abandonan del todo a las gentes de buen corazón como vosotros!
Y al finalizar su mensaje se desvaneció entre las nubes.
Como Ormond y sus compinches confiaban más en los encantamientos de la reina Dánamo, de lo único que se preocuparon fue de conducir a los prisioneros hasta el castillo. Lo hicieron obligándoles a caminar durante el día; y cuando desfallecían, sobre todo la nodriza, emplearon el látigo. Esto obligó a que Parcinet y su servidor Brigante debieran turnarse para ayudarla. También los dejaron a pan y agua.
Al verse ante la tiránica reina, fueron objeto de toda clase de amenazas. Mientras tanto, Ariza intervenía para apoyar cada una de las palabras de su madre:
–¡Tendréis que aceptar las condiciones que se os imponen: tú, Parcinet, te casarás conmigo, mientras la ingrata Irolita lo hará con el aguerrido Ormond!
–¡¡¡¡Jamás!!!! –replicaron los dos príncipes.
Como no hubo forma de que cambiasen de opinión, fueron recluidos en las prisiones del castillo en compañía de sus servidores. Todos los días eran llevados a las cámaras de los tormentos, donde se les sometía al potro y a otras máquinas similares para que consintieran las bodas. Sin embargo, ninguno de ellos cedía aunque estuvieran a punto de descoyuntarles los huesos. Sólo eran rendidos por el dolor y el cansancio físico, hasta que terminaban perdiendo el sentido.
Una mañana Ariza presenció unos minutos como Parcinet era sometido a tortura. Y quedó tan impresionada, que llorando corrió a suplicar a su madre que le perdonara, pues ella no se iba a oponer al matrimonio de los dos inocentes.
–¡Cierra tu débil boca, desgraciada! –gritó Dánamo, a punto de saltar sobre su hija para abofetearla–. ¡Tú no puedes perdonar a quien te ha rechazado! ¿Es que no te alimenté con la suficiente hiel de odio y venganza cuando eras una cría? ¡Vete lejos de mis ojos, y deja de herir mis oídos con esas blandenguerías o te partiré la cara, estúpida! ¡Ese obstinado terminará cediendo a todos mis deseos... Porque nadie es tan loco como para morir por amor!
Sin embargo, tal derroche de crueldades terminó por colmar la paciencia del hada Favorable. Por eso decidió intervenir llegando al castillo de Dánamo. A pesar de ser un hada, al haber empleado tanto tiempo sus poderes en hacer el mal había quedado debilitada...
¡Esto supuso que debiera reconocerse inferior frente a Favorable! Así quedaron libres los príncipes y sus dos servidores. Por cierto, cuando los cuatro llegaron a la sala del trono presentaban el aspecto sano y jovial de sus mejores tiempos, gracias a la mágica voluntad de su maravillosa protectora.
La reina tiránica se mostró tan encolerizada al ver malogrados sus planes que se negó a permanecer ni un segundo más allí donde se estaba materializando la inmensa dicha de los dos enamorados. Y en el mismo instante que Irolita y Parcinet se estrechaban las manos llenos de felicidad, la malvada se arrojaba desde las almenas más altas al foso del castillo formado por el río caudaloso, donde murió ahogada.
Unas semanas después se celebró la boda de los príncipes enamorados. Todo el pueblo participó en las fiestas. Y cuentan que desde entonces vivieron muy felices, en compañía de su fiel servidor Brigante y de la nodriza Mana. Por cierto, éstos terminaron casándose, para ir a finalizar sus días en una granja que contaba con todas las ventajas, para que no debieran preocuparse de los alimentos y de la diversión. Como formaban una pareja a la que no les asustaba el trabajo fueron dichosos.
También ha llegado a nuestros oídos que Irolita y Parcinet vivieron más de cien años. Tuvieron tantos hijos y nietos que los contables del reino perdieron la cuenta, sobre todo cuando empezaron a multiplicarse los biznietos, tataranietos, etc.

Hace algunos años vivió un muchacho llamado Gilberto que estaba empleado en una granja. Como residía en el pueblo, todas las mañanas debía marchar al trabajo; y al atardecer regresaba a su casa.
Su tarea laboral consistía en mantener limpios los establos, atender a los caballos, cortar el heno y almacenar el grano en los silos. El dueño de la granja le vigilaba estrechamente para que sacara el mayor provecho de su tiempo y le concedía pocos descansos. En descargo de tan exigente personaje diremos que pagaba bien, lo que conseguía que Gilberto se sintiera bastante contento, a pesar de que le hubiera gustado disponer de un mayor tiempo libre, ya que, seamos sinceros, mostraba una cierta inclinación a la pereza cuando no se le marcaba de cerca.
El camino que separaba la granja del pueblo era de los que acostumbran a denominarse «propio de carretas». Las gentes acostumbraban a utilizarlo por ser el más lógico, a pesar de que hacía un pequeño arco. Podía elegirse otro, más bien un atajo, aunque atravesaba unas tierras cenagosas. Esto entrañaba cierto peligro, especialmente en los días lluviosos o de niebla espesa. Las gentes contaban que en aquellos terrenos moraban unas criaturas malignas y sanguinarias, de esas que prefieren los parajes húmedos, malolientes, oscuros y aislados.
Gilberto siempre elegía el atajo de las ciénagas; pero sólo las mañanas que se le habían pegado las sábanas. Como le permitía ganar un tiempo precioso, así podía llegar a la granja a la hora convenida. Al conocer esta peligrosa costumbre, sus padres y amigos le aconsejaron que no corriese tantos riesgos, debido a que podía tropezarse con alguna experiencia bastante desagradable. Sin embargo, el muchacho desoía todo lo que no fueran sus propias ideas sobre lo que más le convenía. Se limitaba a decir bromeando:
–Todos sois una pandilla de cobardicas y fantasiosos. Dejad a un lado esas historias cargadas de mentiras que se cuentan sobre las tierras cenagosas. Yo las he atravesado en miles de ocasiones y nunca he sufrido ningún tropiezo maligno... ¡Vaya, excepto una vez que metí un pie en un charco fangoso!
Una mañana otoñal en la que se había quedado en la cama más de la cuenta, se lanzó a la carrera por el atajo de las ciénagas. Iba más de prisa que nunca, porque debía ganar unos veinte minutos. Avanzaba a grandes zancadas, sin perder el rumbo, cuando un ruido muy singular le obligó a pararse. Lo venía escuchando desde hacía un rato, pero al incrementarse quiso comprobar a qué obedecía. No tardó en deducir que se trataba del lamento de una bestia herida o quizá el llanto de un recién nacido.
El ruido se estaba intensificando en la tranquilidad de la mañana; sin embargo, de pronto, dejó de oírse. Gilberto acabó por decirse que acaso hubiera sido el silbido del viento al atravesar los juncales o la llamada de algún ave desconocida. Prosiguió la carrera, hasta que el ruido volvió a producirse, en esta ocasión con mayor insistencia.
Parecía un lamento más prolongado y lastimoso, como de alguien que estuviera sufriendo mucho. Gilberto se detuvo con el corazón sobrecogido por una combinación de pánico y de angustia. En seguida intentó averiguar de dónde surgía aquella especie de llamada.
–Es posible que cerca haya una bestia herida, que ha sido atrapada por uno de los cepos de los furtivos, o algún niño que se ha perdido.
Terminó creyendo que los gemidos surgían de una masa de árboles que crecía en las orillas de la ciénaga mayor. Se encaminó en esa dirección. Sin embargo, no encontró nada, aunque se cuidó de mirar en cada uno de los matorrales, así como examinó bien las raíces salientes y el ramaje caído. Cuando el ruido continuaba llegando a sus oídos, con un tono que se iba haciendo más angustioso y estremecedor.
–¿Dónde estás? ¿Qué te sucede? ¿Puedes darme una pista para que te encuentre? –chillaba sus preguntas el joven, impaciente al no recibir ninguna respuesta.
También buscó en otros lugares, mirando entre los juncos y la maleza, y hasta en la ciénaga, aunque sin pisarla por miedo a las arenas movedizas... Mientras tanto, los pájaros escapaban al ser sobresaltados por los gritos del joven, los lagartos correteaban temiendo ser pisados y las ranas brincaban entre las piedras.
Pasada una media hora, Gilberto se quedó inmóvil junto a una gran charca de aguas verdosas. No sabía qué decisión tomar. Hasta que se fijó en una enorme piedra redondeada, que se hallaba medio sepultada por el limo y semioculta entre la maleza acuática. Se diría que no correspondía a aquel lugar. Se acarició la barbilla pensativo...
Súbitamente, el gemido adquirió tonos escalofriantes, se hizo más nítido y localizable... ¡Provenía del centro de la charca! Y las palabras que lo componían se podían entender, aunque estuvieran mezcladas con sollozos y prolongados suspiros:
–¡Ay de mí... Qué desgracia... Ay, ay, no lo soporto... Alguien... tiene que... retirar esta piedra... Ay, ay...!
Los gemidos resultaban tan angustiosos que Gilberto se decidió a entrar en la charca, venciendo la repugnancia que siempre le causaba el fango y, sobre todo, el hedor nauseabundo que brotaba del agua al ser removida. Se le ensuciaron los pantalones hasta más arriba de las rodillas y sus pies se enredaron en algunas ramas de las plantas acuáticas. Pero superando todos estos obstáculos llegó junto a la gran piedra.
Parecía de pedernal, tenía una forma plana y redondeada. El muchacho comprendió, sin saber cómo, que se hallaba delante de unas de esas Lastras Encantadas, sobre las cuales se juntan a bailar los duendes y las otras criaturas mágicas del bosque, especialmente en las noches de plenilunio.
Recordó que esas piedras nunca podían ser tocadas por los seres humanos. Lo aconsejable era huir de ellas nada más contemplarlas para, luego, intentar olvidar de inmediato el sitio donde habían sido localizadas. Ir en contra de estas reglas de precaución era castigado con la peor mala suerte.
Sin embargo, la voz no dejaba de escucharse, suplicando que la Lastra Encantada fuese levantada. Y agobiado por la sollozante demanda, el joven tomó la decisión de obedecerla.
Sujetó la piedra con las dos manos e intentó levantarla realizando un esfuerzo sobrehumano; no obstante, los dedos se le escurrían sobre el musgo y la humedad que cubría los bordes de la piedra. Tuvo que quitarse la chaqueta roja para envolver la parte superior de la lastra. En seguida, haciendo acopio de todas sus energías, logró alzarla lentamente, hasta dejarla caer a su derecha.
Entonces lo contempló delante de él, echado tendido bajo el agua verdusca. No era mayor que un bebé, llevaba una barba y unos pelos verdosos, tan exageradamente largos que le cubrían la totalidad del cuerpo. Ofrecía el aspecto de un anciano de cien años, con la piel arrugadísima. Además parecía estar formado de musgo.
Dos ojillos vivarachos asomaban entre la abundante pelambrera, dejando claro que ofrecían una mirada abrasadora y maliciosa. Y el escaso cuerpo que mostraba presentaba el aspecto de la tierra recién arada: el tono pardo más intenso que se puede conseguir.
Aquella rara y pequeña criatura se levantó con dificultad y asomó la cabeza por la superficie del agua. Se sacudió las hierbas que tenía pegadas en la cabeza y en los hombros y miró a Gilberto. Sus párpados temblaban permanentemente, acaso al ser heridos por la claridad del día que estaba amaneciendo.
Pasados unos segundos logró incorporarse del todo y fijó en el muchacho sus ojillos penetrantes.
–Debo reconocer que eres un chico bondadoso –comentó casi en forma de risa.
El tono de su voz era suave y ligeramente estridente, igual que si imitara con torpeza el trino de las aves. Gilberto se hallaba tan asombrado que se quedó sin saliva, luego le fue imposible formular una sola palabra. Lo único que pudo hacer fue contemplar al singular personajillo, sin advertir que había quedado hundido en el cieno hasta las rodillas, al mismo tiempo que su chaqueta continuaba envolviendo la parte superior de la Lastra Encantada.
–¡Relámpagos! ¡Deja de sentir pánico ante mí, chiquillo! ¡Acabas de salvarme la vida, lo que me obliga a recompensarte! –exclamó el duendecillo.
El muchacho continuaba sin poder hablar, aunque sí pensaba de una forma muy inquieta:
«¡Madrecita mía! ¡Me encuentro delante de un duende! ¡Debe ser el duende de las Ciénagas!»
–¡Te equivocas! No me considero un duende. Claro que me costaría bastante explicarte lo que soy en realidad... ¡Pero estoy muy lejos de considerarme un duende de las ciénagas! –gritó el personajillo al mismo tiempo que daba un brinco para situarse en el centro de la Lastra Encantada.
Gilberto notó que se le paralizaba hasta el interior de los huesos... ¿Qué otro ser demoníaco podía leerle el pensamiento que no fuera un duende?
Superados unos instantes de indecisión, consiguió recuperar la seguridad al comprender que el duende, o lo que fuera, le acababa de hablar con amabilidad. También parecía dispuesto a favorecerle. Con esta idea se decidió a preguntar, sin poder evitar un cierto tartamudeo al tener la lengua un poco menos reseca:
–¿Puedo conocer... tu nombre...?
–Vaya... En lo que se refiere a mi nombre... Si quieres saber mi auténtico nombre –contestó la singular criatura tocándose las barbas–. Considero que será mejor que lo desconozcas... Puedes llamarme, si te apetece... Creo que es lo mejor, dame el nombre de Verde Musgoso... No me llamo así, aunque queda bien descrita mi identidad. ¿Verdad? De todas las maneras, ¿qué importancia puede tener un nombre? Sólo te interesa saber que Verde Musgoso es tu aliado, chico, el mejor que puedes encontrar.
–Te lo agradezco, amigo Verde Musgoso –dijo Gilberto casi balbuceando.
–Será mejor que nos centremos en la recompensa que te debo por el favor que me has hecho. Como he de marcharme de aquí lo antes posible, dime: ¿qué desearías conseguir de mí? ¿Acaso una esposa? Me resultaría sencillo traerte a la chiquilla más bonita y trabajadora de la comarca. ¿Prefieres un tesoro? Sólo debes pedírmelo, y yo te proporcionaré todo el oro que seas capaz de cargar con tus brazos... ¿Necesitas que colabore contigo en el trabajo? Te aconsejaré cómo puedes mejorarlo...
Gilberto no cesaba de acariciarse el cogote. Terminó pensando en voz alta:
–No sé, no sé... Has dicho una esposa... Soy demasiado joven para necesitarla... La responsabilidad de la familia me asusta... En lo que se refiere al oro... Nunca me vendría mal; pero...
Continuó dudando al hablar. La verdad es que se hallaba muy inseguro de que el duende pudiera darle lo que le había prometido. Si se hallaba desnudo... ¿De dónde podía obtener ese tesoro?
Sin embargo, al final tomó una decisión:
–Prefiero tu tercera oferta. Me gusta poco trabajar... Mejor diría que me disgusta que abusen de mis fuerzas, como puedes comprender. Si me ayudaras en mis obligaciones laborales, me sentiría de lo más agradecido, hasta recordarlo toda la vida...
–¡Deja de hablar! –le interrumpió Verde Musgoso con la velocidad del rayo–. Puedo facilitarte el trabajo más de lo que imaginas; sin embargo, como vuelvas a darme las gracias, te aseguro que dejaremos de ser amigos. Nunca lo olvides: ¡jamás me des las gracias! ¡Detesto esa palabra y sus derivadas! ¡Te prohíbo decirlas!
El duendecillo pataleaba sobre la Lastra Encantada mientras protestaba. Pasados unos instantes, se tranquilizó un tanto y siguió:
–Ten la seguridad de que contarás con mi colaboración. Cada vez que me necesites, sólo tendrás que llamarme de esta manera. «¡Verde Musgoso, abandona la ciénaga que te estoy llamando!». Yo llegaré a tu lado al momento.
Nada más terminar de hablar, arrancó una flor de cardo, acaso la única reseca que había en la ciénaga, y la dio un soplido para que las semillas se esparcieran sobre la cara de Gilberto. En el momento que éste pudo abrir los ojos, al haberlos cerrado temiendo que le dejara ciego, pudo comprobar que el duende ya no se encontraba allí.
Lo ocurrido había pasado tan velozmente, junto a su singularidad, que de no hallarse la piedra removida y la chaqueta empapada, junto a sus piernas hundidas en el cieno, el muchacho hubiese creído que acababa de sufrir una alucinación.
Salió en seguida de la charca, cogió su chaqueta y se dirigió lo más deprisa posible hasta la granja. Como ya era muy tarde supuso que el dueño estaría enfadado...
Sin embargo, al llegar al establo pudo comprobar que todo el trabajo había sido realizado: los caballos disponían del pienso necesario, estaban lavados y cepillados, en los pesebres se acababa de renovar la paja, los excrementos aparecían amontonados... Al comprobar todo esto, el muchacho se quedó sorprendido, hasta que se dijo que aquello correspondía a la ayuda que le estaba proporcionando el duende.
Por este motivo se metió las manos en los bolsillos y comenzó a pasearse silbando. Le divertía observar cómo faenaban sus compañeros, a la vez que él ya lo tenía todo hecho.
Lo mismo fue ocurriendo a lo largo de la semana. Cuando Gilberto llegaba a la granja, comprobaba que sus labores habían sido realizadas, y siempre con mayor eficacia que al efectuarlas él mismo. Y si el patrón le ordenaba otras tareas, no tenía necesidad de abandonar su asiento bajo el sol, ya que quedaban resueltas al momento con toda perfección: segar el heno, afilar las guadañas y las azadas, herrar a los caballos, cargar sacos de avena desde los silos a los corrales o coser los arneses... Cada uno de los trabajos aparecía bien realizado, sin que el muchacho tuviera necesidad de mover un solo dedo...
Como el duende no hacía acto de presencia, parecía como si todos los trabajos los efectuaran seres invisibles que se movían con una gran velocidad. Sólo algunas mañanas o al atardecer, se diría que Verde Musgoso se encontraba por allí dando brinquitos a la manera de un saltamontes.
Durante las primeras semanas a Gilberto la vida no pudo irle mejor. Como si llegara a la granja a pasar unas vacaciones; y encima recibía un buen salario todos los sábados. Sin embargo, lentamente, la situación se fue complicando. El trabajo que a él le correspondía quedaba resuelto, a la vez que el de los otros mozos nunca terminaba de completarse por mucho esfuerzo que desarrollaran. Y si los abrevaderos correspondientes al muchacho jamás dejaban de estar llenos, no sucedía lo mismo con los otros, ya que se vaciaban en seguida por muchos cubos que se echaran en ellos. Lo mismo sucedía en las cuadras a cargo de Gilberto, pues sus caballos se encontraban limpios y bien alimentados, lo que no ocurría en los correspondientes a los otros servidores. También la guadaña del protegido del duende no dejaba de contar con el mejor filo y el resplandor del acero bien cuidado, a la vez que se guardaba en el lugar conveniente; sin embargo, las de los demás aparecían melladas, cubiertas de óxido o abandonadas en los sitios más imprevisibles. Y algo similar se producía en todos los utensilios y faenas.
Y como el suceso no dejaba de repetirse, los compañeros de Gilberto empezaron a murmurar entre ellos. Varios comentaban que habían visto corretear a un duende por la granja, moviéndose con la celeridad de un rayo. Y a esta presencia se fue reprochando que el trabajo de Gilberto se realizara solo, mientras que el de los otros nunca se podía completar y, lo peor, en la mayoría de los casos quedaba malogrado.
Esto se fue trasluciendo en que al muchacho se le negara la palabra, y hasta se le rehuyera cada vez que se aproximaba a un grupo. Con el paso de los días, algunos se atrevieron a criticarle abiertamente. Hasta recurrieron al dueño para exigirle explicaciones...
Las cosas empeoraron para Gilberto, impidiéndole vivir en paz. Terminó maldiciendo la ayuda del duende al considerarla un maleficio. Decidió volver a trabajar como antes, ya que de esta manera conseguiría que Verde Musgoso entendiese que ya no era necesario, con lo que desaparecería de la granja y le dejaría en paz.
No obstante, desde el primer momento que pretendió barrer, la escoba se le escapó de las manos; las asas de los cubos de agua no se dejaron coger; la guadaña pareció empezar a bailar al irla a utilizar; y los capachos de grano salieron volando al intentar removerlos.
La desesperación de Gilberto llegó a tales extremos, que volvió a quedarse inmóvil para que sus trabajos se realizaran solos. A costa de que sus compañeros le mirasen con malas caras o le dedicasen sus insultos. Finalmente, el dueño le despidió de la granja. Acaso fuera la mejor solución, porque los demás estaban dispuestos a lincharle, pues le consideraban el culpable de todo.
Al muchacho le dolió muchísimo el despido, debido a que el salario era excelente; además, acababa de perder a unos amigos que antes de conocer al duende habían sido de lo más noble. Se notó tan dominado por la furia, que levantó los puños al aire y gritó al cielo:
–¡Verde Musgoso, abandona la ciénaga que te estoy llamando!
Nada más que pronunció estas palabras, advirtió que le pellizcaban una pierna por detrás. Dio un salto hacia delante asombrado y, al volverse, lo descubrió. Allí mismo se encontraba, con su pelambrera y su cuerpo de color terroso, el duendecillo de la ciénaga.
–Amigo Verde Musgoso, quiero que desde ahora te apartes de mi camino y me dejes tranquilo. Te agradezco lo que me has ayudado; sin embargo, preferiría...
–¡Ji, ji, ji! –rompió en carcajadas el personajillo con los ojos resplandecientes de malicia y con la risa cargada de crueldad–. ¡Me lo has «agradecido», cuando yo te advertí que nunca lo hicieras...!
No dejaba de carcajearse de una forma enloquecida. Tanto lo hizo, que debió ponerse una mano en el costado. Hasta que con uno de sus brazos peludos señaló al muchacho, que se hallaba paralizado por el pánico.
Verde Musgoso prosiguió:
–Ya no te prestaré mi colaboración. ¡Tampoco permitiré que trabajes como deseas! Y eso de que me aparte de tu camino, ¡ni lo sueñes! Me encontraré a tu lado permanentemente... ¡Nunca te dejaré tranquilo por mucho que lo desees! Te diré que antes, cuando me hallaba retenido por la Lastra Encantada yo resultaba inofensivo; sin embargo, cuando tú me dejaste libre... ¡Los duendes como yo nos divertimos causando daño! ¡Y lo seguiré haciendo, porque nadie volverá a encerrarme en la ciénaga! Te has comportado como un idiota al no saber obtener el mejor provecho de tu oportunidad. ¡A partir de hoy sufrirás el destino de los imbéciles!
Comenzó a dar brincos alrededor de Gilberto, hasta que se entregó a bailar y a dar piruetas enloquecidamente. Esto consiguió que el joven se sintiera tan desesperado que, tumbándose en el suelo, se tapó el rostro con las dos manos. Al volver a mirar, pudo advertir que el duende había desaparecido.
Logró ponerse de pie unos minutos más tarde. Decidió regresar a su casa, intentando olvidar la mala experiencia que había sufrido con Verde Musgoso; sin embargo, le fue imposible. Todo lo que intentó realizar a partir de entonces se malogró al sentir la presencia del duende malvado: si intentaba arar, los surcos se convertían en unos gigantescos ochos de líneas quebradas; las bestias a las que pretendió alimentar rechazaron la comida, con lo que enflaquecieron; los sacos se rompieron al intentar acarrearlos; la huerta se secó cuando él la regó...
No le quedó más remedio que resignarse a un destino tan adverso. Y ni siquiera durmió, intentando encontrar la manera de romper el maleficio que pesaba sobre él. Quizá si consiguiera llevar a Verde Musgoso a la ciénaga, donde le volvería a dejar apresado bajo la Lastra Encantada... ¡Pero esto nunca lo consiguió!
Confiamos en que lo que acabamos de contar os sirva de ejemplo: si alguna vez encontráis una Lastra Encantada, de la cual surjan los gemidos de un bebé o de un ser parecido; ¡jamás se os ocurra ni tocarla!

El Príncipe Duende

Madame D’Aulnoy se llamó realmente María Catalina Jumel. Nació en Berneville, un pequeño señorío de Eure, en 1650. Su madre se casó en segundas nupcias con el marqués de Gudannes.
María Catalina contrajo matrimonio a los dieciséis años y tuvo cuatro hijos, aunque dos no fueron reconocidos por el padre. Vivió una existencia muy agitada, con frecuentes visitas a España, ya que tuvo residencia propia en Madrid.
Escribió varias novelas sobre nuestro país, en las que introdujo algunos elementos fantásticos, como que «era frecuente ver en la Plaza de Oriente a las mujeres disfrazadas de hombres».
Y en lo que se refiere a los Relatos de duendes, dio forma a algunos de los más hermosos de la literatura francesa. En realidad los dirigió a la nobleza de París, muy aficionada a este tipo de lectura. Si al final se publicaron para los niños, hemos de considerarlo una decisión interesada de los editores, al comprobar el éxito que estaban obteniendo los cuentos de Perrault.
Madame D’Aulnoy falleció el 14 de enero de 1705. Contaba cincuenta y cuatro años. Puede afirmarse que es una de las autoras más admiradas de Francia, aunque en muchas ocasiones por la vida atormentada que mantuvo y menos por sus escritos. Sin embargo, éstos han sido elogiados por grandes críticos, como el filósofo Jean-Paul Sartre.

Hace muchos años vivieron un rey y una reina que únicamente tuvieron un hijo al que adoraban apasionadamente. Pero este príncipe, que encima recibió el nombre de Iracundo, nació deforme de cuerpo, feo y tan grotesco en sus gestos que a todos resultaba repulsivo, excepto a sus padres.
Al llegar esa edad en la que los monarcas antiguos se sentían viejos para seguir rigiendo los destinos de su país, mandó el rey llamar a un príncipe sobre el que recaían los más antiguos derechos para recibir la corona. Este afortunado tenía un hijo llamado Leandro, de los mismos años que Iracundo; sin embargo, por su físico resultaba todo lo opuesto que aquél, y lo mismo le sucedía en el carácter y en el rostro.
Una mañana que se hallaban los dos jóvenes paseando por una galería ajardinada del palacio, llegaron allí unos embajadores para entrevistarse con el monarca. En seguida consideraron que Leandro era el príncipe heredero, por eso le rindieron homenaje. Sin embargo, a Iracundo le concedieron el mismo trato que a un bufón o al servidor más humilde.
En seguida Leandro procuró corregir a los extranjeros, al decirles que él no era el hijo del rey, pues este honor recaía en el muchacho que le acompañaba. Pero no fue comprendido debido a que los que le escuchaban no conocían el idioma del país y, además, el intérprete acababa de salir a recoger unos documentos.
En vista de que los embajadores comenzaron a burlarse del joven al que creían un bufón, Iracundo se sintió dominado por la cólera. Desenvainó una daga que colgaba de su cintura y, con toda seguridad la hubiera descargado sobre los extranjeros, de no haber aparecido en aquel momento el soberano. Como es lógico, éste quedó desagradablemente sorprendido ante la conducta tan violenta de su hijo.
Al conocer el idioma de los embajadores, se cuidó de presentarles las correspondientes disculpas; sin embargo, los dos afirmaron que no hacían ningún reproche al bufón, pues comprendían que estaba de mal humor por alguna causa que ellos desconocían.
Ante tal contestación el rey quedó muy triste. Como le sucede a cualquier padre, le causaba un profundo dolor que el horrible aspecto de su hijo, unido a sus arrebatos de cólera, le hiciese tan repelente ante los ojos de los extraños.
A las pocas horas de que los embajadores se hubieran marchado, Iracundo se arrojó sobre Leandro y le arrancó varios puñados de pelo. Y creemos que le hubiese llegado a estrangular de habérselo permitido el agredido. Claro que éste se limitó a defenderse; pero como era el más fuerte, pudo evitar otros daños sin causarle él ninguno a su rival.
–¡No te lo perdonaré jamás, engreído! –vociferó el injusto monstruo de fealdad–. ¡Desde ahora te prohíbo terminantemente que te cruces en mi camino! ¡Vivirás en la parte baja del palacio, allí donde yo nunca te pueda ver!
Al enterarse el padre de Leandro del trato que éste había recibido, no dudó en mandarle a un castillo que poseía a varias millas de allí. Y gracias a que este joven poseía una gran imaginación, capaz de divertirse estando solo, no tardó en hallar infinidad de maneras de entretenerse, entre las que destacaba la pintura y la música. Además, pudo practicar unas actividades físicas que le mantuvieron en forma: la pesca y la caza.
Cierta mañana que el guapo y voluntarioso Leandro recorría los campos cercanos, quedó sorprendido al descubrir el paso de una pequeña serpiente, la cual en lugar de reptar parecía correr con toda la potencia que le permitía su cuerpo falto de patas. Pronto comprobó la causa: la perseguían unos labradores provistos de azadas y rastrillos, dispuestos a partirla en dos.
El príncipe dio un brinco, cogió al reptil por la cabeza y, al ir a matarlo, el resto del cuerpo se le anillo en el brazo. Además, pudo ver aquellos ojos mirándole con una angustia propia de quien suplica la gracia de la vida.
Y en aquel preciso instante uno de los violentos labradores se aproximó lo suficiente a su señor para decirle:
–¡No la soltéis, excelencia! ¡Llevamos más de una hora persiguiéndola para matarla! ¡Es nuestra peor enemiga, ya que destroza los sembrados y envenena al ganado!
Leandro estuvo a punto de hacer caso a su siervo. Pero no dejaba de ver los ojos de la serpiente, los cuales encerraban todos los colores del arco iris y muchos más, a la vez que no realizaba ningún movimiento defensivo. Y esto le llevó a perdonarle la vida, aunque ignorase cómo había tomado tan extraña decisión.
Nada más llegar a palacio, dejó al reptil en una pequeña estancia, cuyas puertas y ventanas carecían de las rendijas necesarias para que la prisionera se escapara. Bueno, no era del todo una prisionera, ya que el príncipe se cuidó de llevarle personalmente grandes cantidades de leche y otros alimentos, al haber entendido que tenía un gran apetito. Claro que no confío a nadie la llave de aquella estancia, ante el temor de que cualquiera de sus servidores, por mucho que le jurase no hacerlo, al final terminase matando a la serpiente.
Singularmente, el reptil mostraba su agradecimiento a Leandro enderezando su cuerpo sobre la cola, para iniciar una especie de danza ondulante. También daba saltos o se convertía en una especie de aro, sin dejar de rodar por el suelo y las zonas más bajas de las paredes. Y al príncipe le agradaban tanto estas exhibiciones, que no dudaba en pagarlas con dulces y alguna que otra chuchería, siempre que la leche formara parte de sus ingredientes.
Al cabo de unas semanas, en la corte casi todo el mundo lamentaba la ausencia de Leandro, cuyos juegos, bromas y pinturas tanto gustaban. Se diría que en su ausencia la repulsión que se sentía al ver a Iracundo se había incrementado, igual que si la presencia del otro hubiera actuado como una especie de compensación: al ver la bondad y la belleza masculina, resultaba menos hiriente encontrarse frente a la fealdad y el odio del monstruo.
Cuando éste se dio cuenta de que se le rehuía, hasta el punto de que encontraba los pasillos, las salas y las escaleras vacías, porque todos las abandonaban al oírle venir, llegó a la conclusión de que Leandro era el culpable.
Y como era malo a rabiar, corrió a las estancias de su madre y, después de arrodillarse, exclamó:
–¡Mamá, estoy dispuesto a quitarme la vida para dejar de ser tan desgraciado!
–¿Pero qué estás diciendo, querido niño mío? –preguntó la reina, sin entender quién podía haber hecho daño al ser que adoraba con una «ceguera maternal».
–¡La culpa la tiene Leandro que ha hechizado a la corte con sus malas artes! ¡Tenéis que darle muerte, mamá!
–Si ese es tu deseo, cariño mío, ¡qué se cumpla a partir de hoy! ¡Selecciona a los soldados que necesites y ve en busca de tu enemigo! ¡Ojalá que su muerte te proporcione a ti la felicidad que tanto deseas!
En seguida tramaron la forma de acabar con su rival. Y al día siguiente, Iracundo salió de caza en compañía de cuatro de los soldados más desalmados, todos los cuales iban disfrazados de monteros. Llevaban una jauría de perros, ballestas, espadas y lanzas. Horas más tarde se encontraban cerca del palacio de su inocente víctima.
Cuando Leandro escuchó el ladrido de los perros y el sonido de los cuernos de caza, en seguida quiso conocer a los que llegaban. Montó en su caballo Crines Grises, salió en dirección al bosque y, al ver a los primeros canes, descabalgó listo para dar la bienvenida a los cazadores. Una idea que no le desapareció al comprobar que se hallaba delante de Iracundo. Como nunca había conocido el rencor, tendió la mano y le fue aceptada.
En el plan tramado entre la reina y el príncipe contrahecho se incluían las muestras de amabilidad, con el propósito de confiar al rival. Había que llevarle a un calvero de un bosque, donde esperaban los cuatro soldados listos para saltar sobre él y darle muerte.
Sin embargo, lo que fue a surgir, inesperadamente, de entre la espesura fue un lobo gigantesco, que saltó sobre Iracundo. Las fauces de la fiera se hallaban provistas de tales colmillos, al mismo tiempo rugía como si estuviera tronando, que el cuarteto de asesinos escapó de allí como gatos escaldados.
Únicamente Leandro se mantuvo en pie. Desenvainó la espada y, esquivando hábilmente las dentelladas de la bestia salvaje, la hundió en el corpachón peludo, con tanta fuerza y habilidad que le partió el corazón. De esta manera el príncipe contrahecho salvó la vida.
La verdad es que éste no pudo darse cuenta de lo que acababa de suceder, ya que había perdido el sentido. Pero, al abrir los ojos y encontrarse al lado del cadáver del lobo, pudo comprenderlo todo. Mientras se ponía en pie, viendo la espada ensangrentada de Leandro, no sintió ningún deseo de mostrarse agradecido.
–Puedes montar en mi caballo, ya que el tuyo escapó al aparecer el lobo –ofreció el generoso.
–¡No necesito nada de ti! –escupió el malvado.
En seguida fue en busca de los cuatro falsos monteros, los cuales habían vencido el miedo pensando en la bolsa de oro que se iban a repartir si obedecían al monstruo de fealdad. De ahí que aceptaran la orden de atacar a Leandro.
Enseguida le rodearon. Sin embargo, éste era tan ágil como buen espadachín. Con la eficaz defensa que le proporcionaba un grueso tronco de árbol, al protegerle la espalda, hizo frente a los cuatro enemigos. Pasados unos minutos dio muerte a dos, hirió a un tercero y perdonó la vida al cuarto, gracias a que se arrodilló suplicándole que le dejase vivo.
Como Iracundo se había mantenido alejado, convencido de que pronto le traerían el cadáver de su enemigo, al comprobar los resultados decidió aceptar el caballo que antes se le había ofrecido. Pero, antes de huir de allí, dejó oír sus amenazas:
–¡Cuídate de volver a mi castillo, pues lanzaré sobre ti a todos los hombres! ¡Y allí acabarían tus días!
Leandro regresó a su palacio contrariado por la injusticia. Sin saber porqué le vino a la memoria la serpiente encerrada. Abrió la puerta de la pequeña estancia y, sorprendentemente, se fue a encontrar con una dama bellísima en lugar de la serpiente. Y la deslumbrante aparición avanzó hacia él diciéndole:
–Amigo príncipe, no busques a la culebra porque no la encontrarás. Las hadas vivimos unos cien años sin envejecer, sufrir enfermedades ni conocer la tristeza. No obstante, al superar esa edad nos transformamos en unas serpientes muy voraces, con un apetito insaciable que nos convierte en enemigas de las gentes a las que matamos su ganado o destrozamos sus cultivos. Un período lleno de peligros, que en ocasiones nos lleva a la muerte. Esta suerte pudo ser la mía, de no haber decidido tú salvarme. Al superar este corto, aunque peligroso, período de tiempo, volvemos a recuperar nuestro aspecto normal, ya totalmente regeneradas y dispuestas a vivir otros cien años más. Yo soy el hada Gentil, porque hago gala de una gran simpatía y de un superior sentido de la gentileza. Como puedes entender, he quedado en deuda contigo. Lo apropiado es que te recompense con lo que desees. Intenta pensar en el favor que puedo ofrecerte, ya que te lo brindaré de inmediato.
El joven se hallaba muy satisfecho con lo que tenía, de ahí que le costase imaginar lo que podía necesitar. Y obedeciendo a su innata modestia, terminó por contestar:
–Gran señora, me conformo con haber tenido el honor de ayudaros. Considero que nunca podré obtener una gracia superior.
–No puedo marcharme sin brindarte un favor que realmente necesites. Te lo ruego, hazlo por mí. Puedo convertirte en rey, conseguir que vivas doscientos años, ser dueño de unas minas de diamantes, transformar en oro todo lo que toques, hacerte un músico excepcional o que llegues a ser el pintor más famoso del mundo... Lo que desees, hasta darte los poderes de un duende.
Esta última oferta provocó el interés del príncipe.
–¿Ha dicho usted duende, señora? ¿Qué ganaría yo siendo un duende?
–Muchísimo, debido a que realizarías cosas muy útiles y, a la vez, bastante agradables para ti y para las personas a las que desees beneficiar –contestó el hada–. Te harías invisible cuando se te antojara, cruzarías con una velocidad superior a la de los vientos la inmensa superficie de los océanos, volarías sin necesitar las alas, descenderías hasta el corazón de la tierra sin sentir el roce de las rocas y de los otros obstáculos sólidos por duros que sean, recorrerías los ríos y los lagos sin mojarte y atravesarías las paredes de todas las casas y palacios aunque hubieran sido construidas con la anchura de un brazo... ¡Y siempre que lo deseases volverías a recuperar tu figura normal!
–¡Cuántas divertidas posibilidades me reportaría ser un duende! –exclamó el príncipe muy animado–. De acuerdo a todas las ventajas que me acabáis de exponer, dejaría de ser un gran curioso si rechazará convertirme en un duende. Me parece que me voy a divertir muchísimo.
–Tus deseos serán complacidos de inmediato –prometió el hada Gentil, al mismo tiempo que pasaba tres veces su mano derecha por encima de los ojos y el rostro del afortunado–. Desde ahora serás un duende amable.
Nada más terminar de hablar le abrazó y, después de entregarle un sombrero rojo adornado con unas plumas de papagayo, le indicó:
–Cada vez que te cubras la cabeza con este sombrero te volverás invisible; pero, al quitártelo, serás visible.
No vamos a escribir que Leandro dudase de las palabras del hada, ni mucho menos; sin embargo, su curiosidad le llevó a querer comprobar la efectividad de aquel obsequio. Se puso el sombrero y, a la vez, dijo que deseaba encontrarse en el campo. En efecto, al momento se vio transportado a una pradera cubierta de flores, en la que se encontraban infinidad de aves y mariposas, ninguna de las cuales se asustó al no verle.
Arrancó unas margaritas y se las ofreció al hada, ante la que no era invisible, para mostrarle su agradecimiento. Entonces ella seleccionó dos, a las que dotó de poderes.
–Guárdalas en un lugar seguro, porque vas a necesitarlas. La que tiene mayor número de pétalos te proporcionará todo el oro que necesites, mientras que la otra te servirá, con el simple hecho de aproximarla al cuello de tu amada, para saber si te ha sido fiel.
Nada más terminar de hablar desapareció.
Al contar con tantos poderes, Leandro se propuso dar un escarmiento a Iracundo. Pero, antes de partir, como era muy prudente, se encargó de que las cosas en su palacio quedaran en orden, para que a toda la gente que se hallaba a su cargo no le faltara de nada en su ausencia.
Y con esta tranquilidad, montado en el mejor de sus caballos partió en compañía de sus más fieles servidores. Pero se cuidó de que éstos llevasen las libreas de gala, con la idea de que se conociera su llegada a la corte.
Para entonces Iracundo ya estaba en el castillo, donde había contado la peor mentira que se le ocurrió: Leandro había asesinado a los cuatro soldados, pero no pudo hacer lo mismo con él porque supo plantarle cara con gran valor.
–¡Sobre la cabeza de ese criminal debe caer el peso de la Justicia! –exigió al finalizar su engañosa versión.
Como la reina creía a su hijo, hasta el punto de dar por bueno que era de noche aunque el sol le estuviera quemando la piel, logró convencer a su augusto esposo para que firmase la orden de detener a Leandro «vivo o muerto». Sin embargo, en el momento que iban a salir la patrulla de soldados para cumplir esta misión, se supo que el «asesino» se aproximaba al castillo.
Entonces Iracundo se ocultó en sus habitaciones, ante el temor de que quien llegaba contase la verdad de lo sucedido. Sin embargo, al ver entrar a su madre, le suplicó que le librase de la amenaza de ese «loco homicida que seguramente venía a rematar la faena que había dejado pendiente en el bosque».
La reina marchó a solicitar la ayuda de su marido. Y mientras estaban dialogando, el contrahecho hijo, se aproximó a la puerta de la estancia real. Pegó una oreja a la madera e intentó escuchar. Hasta levantó sus largos y raídos cabellos para que no le estorbaran.
Cuando Leandro ya se encontraba allí; pero bajo la forma de un duende invisible al llevar puesto el sombrero rojo. Nada más descubrir a su rival, cogió una afilada punta y un martillo; y antes de que el «espía» pudiera darse cuenta de lo que estaba sucediendo, se encontró con la oreja clavada en la misma puerta.
Iracundo sintió tanto dolor que comenzó a gritar y a aporrear la madera. Esto provocó que la reina abriese la puerta de una forma violenta, al sentirse tan desesperada, con lo que arrancó la oreja de su hijo.
Al mismo tiempo que los dos malvados rabiaban al no comprender lo que había sucedido, Leandro entró en el jardín. Se quitó el sombrero para perder la invisibilidad. Comenzó a arrancar frutas de los árboles y rosas del jardín, cuando se hallaba terminantemente prohibido hacerlo, debido a que todo lo que se encontraba allí se consideraba tan selecto que sólo podía servir a la reina. Y la más leve infracción se condenaba con la muerte.
Cuando los jardineros vieron al agresor, corrieron aterrorizados en busca de su soberana. Al contarle lo que Leandro estaba haciendo, a ella le asaltó un ataque de rabia. Olvidando el dolor que estaba padeciendo su hijo, le dio esta orden tajante:
–¡Pide ayuda a los mosqueteros, a los guardias, a los soldados y a los servidores... Pero tráeme su cabeza! ¡¡¡La profanación que está realizando en mi jardín privado merece el mayor de los castigos!!!
Impulsado por los aullidos de su madre. Iracundo entró en el jardín en compañía de dos centenares de hombres armados hasta los dientes. En seguida vio a su rival sentado al pie de un árbol. Corrió a por él, para encontrarse con una lluvia de piedras y de manzanas. Porque los brazos de Leandro parecían un molino arrojando ese tipo de arietes.
Sin embargo, eran demasiados enemigos, lo que supuso que la primera línea de agredidos fuera sustituida por otra más feroz. Claro que cuando estaban convencidos de tener al alcance de sus aceros al invasor, fueron a descubrir que no se hallaba en ninguna parte... ¡Acababa de ponerse el sombrero rojo, y ya era de nuevo invisible!
Mientras todos le buscaban hasta debajo de las piedras, el duende se había situado detrás de Iracundo, el cual seguía lamentándose de la pérdida de la oreja. Y pasándole una cuerda por entre las piernas, dio un fuerte tirón y le hizo caer de bruces. Se dio tal golpe que lloraba como un cerdo en día de matanza. Sin dejar de hacerlo ni al ser llevado a la cama.
Al estimar Leandro que ya había dado suficiente escarmiento al malvado, abandonó el castillo y llegó donde estaban sus servidores. Acababa de quitarse el sombrero rojo, luego ya era visible. Los entregó una bolsa de monedas de oro, diciéndoles que regresaran al palacio ya que no los necesitaba. En realidad deseaba encontrarse solo, para que nadie conociera sus poderes de duende.
Por último, sin tener una idea muy clara de la dirección que iba a seguir, dejo que Crines Grises, su caballo, le llevase donde se le antojara.
Realizó un largo viaje, que le permitió atravesar bosques, extensas llanuras, montes y valles sin que nada llamara su atención. Descansaba en cualquier parte, y siempre encontraba comida y bebida al alcance de la mano. Por algo era un Príncipe duende. Una mañana llegó a un bosque muy confortable, donde buscó la sombra de un árbol.
Llevaba unos momentos sentado, mordisqueando una hierba seca, cuando oyó unos hondos suspiros y gemidos prolongados. Llevó la vista a su derecha, y vio aparecer a un sujeto que corría o se paraba, profería grandes gritos o se arrancaba los cabellos sin dejar de sollozar. También se daba golpes con los puños cerrados.
Leandro creyó que se encontraba delante de un loco, ya que el comportamiento así parecía revelarlo. Además llevaba las ropas destrozadas de los muchos tirones que se daba.
–¿Qué le sucede, buen hombre? –preguntó al fin, dejándose llevar por la compasión.
–¡Ay de mí, señor! –replicó el angustiado joven–. ¡Mi mal no tiene remedio! ¡La mujer a la que amo va a ser obligada a casarse con un viejo avaro, tan celoso que nunca podrá hacerla feliz, por mucho dinero que posea, ya que la tendrá encerrada todo el día!
Leandro se ofreció a ayudarle. Pero antes necesitó saber dónde se hallaba la muchacha. Y al contestarle el desesperado que en un castillo cercano, partió hasta allí. Pero cuando se vio solo, procuró ponerse el sombrero rojo.
Mientras se acercaba al monumental edificio escuchó música de violines y de otros instrumentos de cuerda. En seguida pudo ver en una sala, que se encontraba repleta de familiares y amigos del viejo avaro y de la infeliz enamorada. Está mostraba la palidez de la muerte y se la veía conteniendo las lágrimas. Parecía dispuesta a someterse a la voluntad de sus padres, a pesar de no desearlo, porque la boda supondría para los suyos la riqueza.
Poco le costó a Leandro identificar a los padres de la desdichada muchacha. En aquel momento la regañaban por no saber fingir.
El Príncipe Duende comprendió que había llegado la hora de intervenir, para obtener el mayor provecho de su invisibilidad. Llegó al lado del padre y, después, al de la madre, a los que dijo al oído las mismas palabras:
–Debo arrepentirme de lo que he hecho... ¿Acaso crié una flor tan bonita para entregársela a un vejestorio amasador de dinero, que al final la encerrará en una jaula, donde ni siquiera la permitirá recibir los rayos del sol? Si consintiera esta infamia, ¿no merecería ir de cabeza al infierno? ¡¡¡Qué miserable soy!!!
Los dos creyeron que acababan de escuchar a su propia conciencia, por este motivo comenzaron a temblar igual que unas hojas azotadas por el viento. Mientras tanto, Leandro estaba hablando a la oreja del viejo carcamal:
–¿Tanto dinero poseo para comprar a una niña que podía ser mi nieta? ¿Se han construido paredes capaces de encerrar a una enamorada cuando está deseando escapar? ¿Qué satisfacción voy a obtener comprando a quien nunca va a entregarme su amor? ¡Lo mío puede considerarse un secuestro!
Por medio de estas frases, junto a otras más, Leandro consiguió que el avaro y los padres de la joven se enzarzaran en una tremenda discusión. Hasta que decidieron romper el trato establecido. Un buen momento para ir en busca del enamorado, el cual llegó al castillo. Y en la iglesia mayor, dos días más tarde, pudo contraer matrimonio con su amada. Como podemos comprender, Leandro ocupó el banco de los invitados más importantes, ya que los dichosos esposos reconocieron que sin su ayuda hubieran sido unas desgraciados.
El Príncipe duende prosiguió su viaje tres días después. Y como en la primera ciudad donde se detuvo le sorprendió que todas sus gentes fueran tan hermosas, quiso conocer la causa. De momento, observó que el oficio más practicado era el amor. Y puede decirse que quien no contaba con una pareja se veía señalado por los demás, al considerarlo una persona ridícula.
Dado que Leandro ya era visible, decidió cortejar a una dama bellísima llamada Rubilinda. No obstante, por más que hablaba con ella y la obsequiaba con pequeños objetos, no pudo lograr que venciera un extraño ensimismamiento, ni conseguir otra cosa que unas quejas cargadas de enojo y frialdad.
Al imaginar a qué obedecían aquellas reacciones, mientras la joven parecía estar siguiendo el vuelo de unas golondrinas, le colocó una de las margaritas sobre la piel del cuello. Y la flor perdió, de pronto, todo su esplendor, quedando mustia y sin color. Esto dejó claro que Rubilinda amaba a otro hombre.
En seguida sintió curiosidad por saber quién sería el afortunado. Se puso el sombrero rojo y, siendo invisible, se quedó en el balcón del dormitorio de la bella. A eso de la medianoche, pudo observar cómo se detenía en la calle un músico extravagante, cuya catadura era la propia de un delincuente.
Este individuo entonó varias canciones, la mayoría dedicadas a la hermosa. Sin embargo, todas ellas resultaban horribles. Una opinión que no debía compartir Rubilinda, si tenemos en cuenta su aire de arrobamiento.
Sospechó Leandro que allí estaba sucediendo algo raro, pues su rival le parecía una insignificancia en todos los conceptos, especialmente al compararlo con ella. Y como el mal músico se hallaba sentado a horcajadas en la balaustrada, sólo debió propinarle un ligero golpe para arrojarlo al jardín. Al no haber mucha altura, sufrió pocos daños, excepto que perdió todos los escasos dientes que le quedaban.
Superado este contratiempo, el Príncipe duende abandonó la ciudad, no queriendo saber nada más de una bella que parecía majareta, al estar enamorada de un adefesio, cuando todas sus paisanas los elegían más perfectos y hábiles.
Afortunadamente, la siguiente aventura fue a resultar la más grata de todas.
Leandro acababa de entrar en un bosque, cuando se vio sorprendido por los gritos desesperados de alguien que, al parecer, estaba siendo víctima de una agresión. Buscó por las cercanías, hasta que pudo ver a cuatro gigantones bien armados, que estaban llevándose a la fuerza a una chiquilla que no tendría más de catorce años.
Sin encomendarse ni a Dios ni al diablo, nuestro héroe espoleó su caballo y se lanzó en medio del grupo.
–¿Qué mal os ha podido causar esta joven para que la estéis dando el trato que merecería una esclava rebelde? –gritó en el momento que los tuvo a ambos lados de su montura.
–¡Vete al infierno, entrometido! –replicó el que parecía ser el jefe de la banda–. ¿Cómo te atreves a meterte en un asunto que no conoces? ¡Lárgate de aquí!
–¡Os conmino a que la soltéis ahora mismo! –ordenó el Príncipe duende.
–¡De acuerdo! ¡Estábamos aguardando que tú aparecieses para mostrarnos piadosos! –ironizó otro de los hombrones, al mismo tiempo que soltaba unas estruendosas carcajadas de acompañamiento.
Leandro se sintió tan enojado que descabalgó de un brinco. Pero ya se había puesto el sombrero rojo. Y dado que era invisible, continuó estando en medio de los gigantones, los cuales se mostraban desconcertados al haberse quedado sin ver al entrometido. Cuya desaparición no comprendían.
–Estaba tan asustado que ha debido escapar con la velocidad de un relámpago –intentó explicar otro de los sorprendidos–. Dejemos de preocupamos de lo que ha sucedido ante nuestros ojos. Nos ha entregado su cabalgadura, por la que nos pagarán un buen montón de monedas.
Tres de ellos se cuidaron del caballo, mientras el cuarto se encargaba de atar a la chiquilla. Sin embargo, Crines Grises era un animal muy inteligente, por eso no se dejó apresar fácilmente. Además, volvió medio locos a sus perseguidores al galopar en zigzag, en círculos o yendo de un lado a otro, siempre ocultándose detrás de los árboles como si estuviera jugando al escondite.
La mejor ocasión para que Leandro pudiese atacar al vigilante de la jovencita. Lo hizo con tanta rapidez, que el anonadado enemigo se vio atado a un tronco en un periquete. Y creemos que aún continúa preguntándose cómo sucedió, al no haber podido ver en ningún momento a su agresor.
Pero como no se mantuvo callado, ya que al superar la sorpresa comenzó a gritar como un loco, apareció otro de los secuestradores. Y éste comenzó a insultarle por haberse dejado vencer, en lugar de desatarle. Estamos convencidos de que hubiese terminado golpeándole, de no haberse cuidado el Príncipe duende de atarle a otro árbol.
Al verse libre, la chiquilla echó a correr. Seguro que pensaba en la asombrosa ayuda recibida, debido a que había visto moverse las cuerdas solas y caer a sus dos enemigos sin poder comprender cómo estaban siendo reducidos.
Leandro la siguió de inmediato, después de haber silbado tres veces para que acudiera Crines Grises. Y éste llegó a su lado, no sin antes haber propinado varias coces a sus perseguidores. Los resultados de tan eficaz agresión fueron una cabeza magullada y tres costillas partidas.
El Príncipe duende ayudó a la jovencita cogiéndola en carrera. Y como pesaba poco, la sentó con él en la silla de montar. Claro que ella se quedó estupefacta, al haber sentido la sujeción de un brazo fuerte, pero sin poder ver al dueño del mismo, así como tampoco logró contemplar al jinete invisible, cuyo cuerpo estaba notando pegado al suyo.
El problema se resolvió en el momento que Leandro se quitó el sombrero rojo, ya que se hizo visible. Y la chiquilla, que se llamaba Frutina, dijo que antes debía contar su historia, ya que seguramente interesaría mucho a su salvador.
* * *
Hace años un hada tuvo la ocurrencia de casarse con un príncipe fascinante, dejándose llevar por un amor carnal que le llevó a olvidar que le estaba prohibido unirse a un ser humano. Sin embargo, cuando intentó cumplir el papel de esposa, se fue a encontrar con que su marido era demasiado cruel. Intentó corregirle con sus consejos, al no poder servirse de sus poderes mágicos.
Cuando se convenció de su gran error, pues era imposible cambiar el comportamiento de su esposo, decidió recluirse en una isla, a la que ella misma dio el nombre de los Goces. No obstante, prohibió que allí pudieran habitar los hombres. Un ejército de mujeres amazonas se encargó de que se respetara esta orden.
Olvidaba contaros que del matrimonio entre el hada y el príncipe había nacido una niña. Ésta fue educada de una forma normal, excepto que se la convenció de que la felicidad sólo se podía obtener evitando hablar con un hombre. En el momento que la hija llegó a los doce años, fue dejada en la Isla de los Goces para que la gobernase como una princesa, mientras su madre regresaba al reino de las hadas.
Durante dos años la vida allí transcurrió normalmente, hasta que se produjo un gran error, tan imprevisto como muchos otros. La princesa se había acostumbrado a bañarse en los límites de la isla, confiada porque nunca había visto ningún hombre al otro lado del gran lago. Sin embargo, una mañana llegó demasiado cerca de la orilla peligrosa, donde se encontraba un ser horrible: el príncipe Iracundo.
Este se enamoró tan locamente de la nadadora, que al llegar a su castillo ordenó a cuatro de sus más crueles sicarios que marcharan a aquella orilla, frente a la Isla de los Gozos, donde debían secuestrarla. Los canallas pretendieron cumplir el mandato al pie de la regla; sin embargo, no pudieron conseguirlo al ser rechazados por las amazonas que defendían la isla.
Lo peor sucedió cuando yo, que me llamo Frutina y estaba al cuidado de los pájaros de la princesa, dejé que se escapara un lorito. Como todas lo querían mucho, corrí detrás de él temiendo que me regañasen. Pero mi persecución fue tan alocada, que no sólo abandoné la isla, sino que me lancé al agua y llegué a la orilla peligrosa. Allí me apresaron los cuatro gigantones, de los que vos acabáis de salvarme.
* * *
–Nunca me ha gustado abusar de las personas a las que socorro –dijo Leandro–; pero desearía que me ayudases a visitar la Isla de los Goces.
–¡Es imposible! –exclamó Frutina–. Si todos los hombres fueran como vos, yo sería la primera en solicitar que se rompiera la prohibición, aunque sólo fuera por una única vez. Pero de los cinco hombres que he conocido, sólo uno de ellos ha resultado bondadoso. Son más los malos. Creo que no se debe romper la tradición.
Como mientras hablaban habían llegado a la orilla del lago, ella se cuidó de abandonar el caballo saltando graciosamente al suelo.
–Adiós, caballero –se despidió, a la vez que efectuaba una reverencia–. Deseo tanta felicidad para vos que toda la tierra que piséis sea como la Isla de los Goces. Ahora conviene que os marchéis. Temo que las amazonas disparen sus flechas contra vos en el caso de que siguierais por aquí.
Leandro aparentó que había sido convencido. Se despidió de Frutina y, en seguida, llevando de las bridas a Crines Grises lo dejó en un bosque próximo. Pero lo ató de tal manera que pudiera pacer en el mayor espacio de terreno.
Al momento se colocó el sombrero rojo. Y al volverse invisible, le fue suficiente con desear encontrarse en la isla, para aparecer en el corazón de la misma. Pronto comprobó que era el lugar más hermoso del mundo. El palacio había sido construido de oro puro, lo rodeaban infinidad de estatuas de cristal y piedras preciosas, las cuales representaban todas las conquistas de las ciencias y las artes, junto a los océanos, los peces, la tierra y su fauna...
«Frutina no exageró al hablar de los prodigios que aquí se guardan», susurró el Príncipe duende.
Entró en aquella impresionante mansión. Si por fuera había resultado bellísima, en su interior apareció superior en todos los sentidos. A cada paso que daba iba encontrando motivos fascinantes, que le dejaban paralizado por el asombro que siempre origina lo sublime. Esto supuso que le costara ir avanzando.
Atravesó diferentes salas, todas ellas adornadas lujosamente con un gusto exquisito. En cada una encontró un numeroso grupo de chiquillas a cual más bonita. Sin embargo, ninguna de ellas podía compararse en lo físico, y acaso en lo espiritual, con la princesa. Al verla Leandro se sintió hechizado de amor.
Ella se encontraba sentada en un trono labrado en una gigantesca perla, cuyo respaldo lo componía una concha colosal de gran esplendor. Rodeaban el trono unas deslumbrantes guirnaldas compuestas de piedras preciosas.
Al mismo tiempo que Leandro estaba contemplando a la princesa, ésta se interesaba por Frutina, a la que llevaba muchas horas sin ver. Sus damas le contestaron que la habían buscado por todas partes, sin encontrarla.
El Príncipe duende no quiso desaprovechar la ocasión que se le ofrecía. Como era invisible, imitó la vocecilla de uno de los loritos para hablar de esta manera:
–Deliciosa princesa, vuestra servidora Frutina tardará poco en regresar. Ha sufrido el peligro de ser raptada, pero la salvó un valeroso príncipe.
La soberana de la isla y sus acompañantes quedaron asombradas ante lo que acababan de escuchar. Sobre todo por la oportuna intervención del ave parlanchina. Así lo puso de manifiesto la princesa; y, acto seguido, Leandro continuó imitando al lorito para decir que era capaz de estar hablando todo el día, especialmente si recibía el agradecimiento de su soberana.
En aquel preciso momento apareció Frutina. Se arrodilló a los pies de su joven señora. En esta postura contó la aventura que acababa de vivir, sin olvidarse de incluir la intervención de Leandro, del cual realizó una descripción muy favorable en todos los sentidos.
Aunque le estuviera prohibido, la princesa fue incapaz de evitar una serie de preguntas sobre el desconocido que había salvado a una de sus servidoras. Bien es cierto que intentó no mostrarse demasiado interesada, aunque sus ojos estuvieran diciendo todo lo contrario.
Esto llenó de satisfacción al Príncipe duende. Y bastante envanecido, no dejó de seguir a su amada por todos los lugares, con la intención de escuchar las preguntas que formulaba sobre el misterioso salvador y las respuestas apasionadas de Frutina.
Muy dichoso al estar consiguiendo vivir bajo el mismo techo que la princesa, el invisible héroe llegó a comer en la misma mesa que ella. Claro que lo hizo junto al garito predilecto, al que se permitía compartir plato y mantel con las damas de honor. Como se le servía el mismo menú, sólo debió cuidarse de vaciar el plato mientras el minino era abrazado por alguna de las mujeres. Después alguien se cuidaba de llenarlo, sin preguntarse cómo aquel día el animal tenía un apetito cuatro veces superior al habitual.
Leandro terminó convirtiéndose en la sombra de la princesa, gracias a su poder de hacerse invisible. De esta manera pudo satisfacer cada uno de los caprichos que oía. Por ejemplo, cuando ella quiso conocer unos monitos que Frutina había podido ver en la orilla peligrosa, mientras era llevada por los cuatro raptores, él se cuidó de complacerla.
Sin importarle dejar la Isla de los Goces, buscó por las copas de los árboles, hasta dar caza a tres micos. En seguida los llevó al palacio de la princesa, sin dejarse ver. También dejó otros regalos. Como se puede entender, ella quedó sorprendida al ver satisfechos sus deseos. Pero al ser hija de un hada creía en las casualidades y en la posibilidad de que las cosas sucedieran caprichosamente.
Al final, Leandro quiso que su amada le conociera, aunque sólo fuera por medio de una pintura. Ya sabemos que era un maestro en el arte del óleo, la acuarela y las otras técnicas. Con el simple hecho de sentarse frente a un espejo, pudo realizar su retrato.
Más complicado fue pintar a la princesa, ya que debió esconderse detrás de una gran cortina, con el riesgo de que se descubriera el movimiento continuo de ésta al tener que asomar la cabeza para ir captando los detalles del vestido y de los adornos. No ocurrió lo mismo con el rostro, ya que lo tenía tan dentro de su mente que pudo reproducirlo sin observarlo de nuevo.
Completó el cuadro colocándose él de rodillas, mientras mostraba en su mano derecha un óvalo con el rostro de la princesa, a la vez que en la izquierda llevaba un pergamino en el que se podía leer:
Cuando la princesa entró en su dormitorio y vio el extraordinario cuadro se quedó sin habla... «¿De dónde ha podido surgir esta pintura en la que aparezco yo junto a un hombre desconocido?», se dijo algo asustada. Al no tener una respuesta lógica, se dejó llevar por las cavilaciones más descabelladas.
Nada más sobreponerse, había llegado a la conclusión de que allí no estaba sucediendo nada asombroso, debido a que tenía ante ella un regalo de Frutina. Lo más posible era que ésta hubiese traído la pintura cuando volvió de la orilla peligrosa.
En seguida pidió que le trajeran a la servidora. Pero con ésta entró el invisible Leandro, ya que no quería perderse ni un solo detalle de lo que iba a suceder.
–Fíjate bien en este cuadro, amiga mía –aconsejó la soberana de la Isla de los Goces–, porque creo que tus raptores te hicieron perder la memoria... ¿Cómo pudiste olvidar que lo traías contigo y, después, para darme una sorpresa lo has dejado en mi alcoba?
–¡Oh, mi señora! –gritó la asombrada Frutina–. ¡Es la más exacta imagen de mi salvador! ¡Le recuerdo perfectamente! ¿Pero cómo aparecéis vos en la pintura? ¡Ay..., que ahora caigo que estáis creída de que he sido yo quien la ha traído aquí! ¡No, no es cierto! ¡Es la primera vez que la veo... Os lo juro, mi amada señora!
–Te creo, te creo... Entonces, ¿cómo ha podido llegar a mis aposentos?
–No lo sé... Su excelencia sabe que soy una negada para el dibujo... Además aquí nunca ha habido un hombre... ¡Pero mi salvador aparece junto a vos! ¡Algo que considero increíble!
–Debo reconocer que comienzo a sentirme muy asustada, amiga. Se diría que un demonio lo hubiese traído.
–¿Permitís que os dé un consejo, mi señora? –preguntó la aterrorizada Frutina–. ¡Todo lo endemoniado debe ser pasto de las llamas! ¡El fuego liberará a la isla del maleficio!
–Si hiciera caso de tus consejos perderíamos una pintura excepcional –se lamentó la princesa–. ¡Hubiese quedado tan bien en la pared central de mi gabinete!
Pero la impulsiva servidora mantuvo la misma idea, al estar convencida de que debía quemarse una obra diabólica como aquella. Y al contar con la autorización de la princesa corrió hasta el jardín, donde encendió una gran fogata.
Como hemos de entender, Leandro no se hallaba dispuesto a quemar su obra. Aprovechando que su amada se hallaba en el balcón, mirando hacia las primeras llamas, procuró llevarse el cuadro, para ocultarlo en un lugar seguro.
La sorpresa que se llevaron las dos jóvenes al comprobar la desaparición de la pintura fue morrocotuda. Y ante un desenlace tan inusitado, su miedo se incrementó al máximo.
Claro que se encontraban en la Isla de los Goces, donde los malos pensamientos terminaban por desaparecer mucho antes que en otras partes.
Mientras tanto, el Príncipe duende se sentía tan orgulloso por lo conseguido con el cuadro, al haber introducido su imagen en la mente de la princesa, que se dispuso a regalarla con algo muy importante. En seguida se le presentó la oportunidad al escucharla que le encantaría poder saber cómo vestían las damas de todos los reinos del mundo.
Esto sirvió para que Leandro se pusiera en acción. Como era un duende, el recorrido por los principales palacios de tres continentes le resultó tan sencillo como trasladarse de una habitación a otra dentro de una misma casa. Así entró en los vestuarios de unos palacios situados en China, Japón, Bagdad, Estambul, Viena, Estocolmo y otros más. De esta manera consiguió reunir las prendas más exóticas, deslumbrantes y valiosas, cada una de ellas digna de la princesa más exigente.
Y como no era un ladrón, dejó en cada uno de los lugares visitados unas monedas de oro como pago, ya que al utilizar una de las margaritas que le entregase el hada Gentil pudo obtener este dinero.
Al ser un duende tampoco le pesaba la carga, ni aunque hubiese llevado una montaña encima. De esta manera a su regreso al palacio de la Isla de los Goces, llenó la habitación con los baúles en los que se guardaban los vestidos.
Muy sencillo resulta suponer el estupor de la princesa al encontrarse ante aquel tesoro. Empujada por la curiosidad, contempló las fastuosas prendas que allí le habían traído. Inmersa en una sensación de agobio, al no poder explicarse aquel misterioso regalo, comentó mirando a Frutina, que estaba a su lado:
–Desde hace algún tiempo me vienen ocurriendo las cosas más extraordinarias. Sólo necesito formular un deseo, para que a las pocas horas se haga realidad... A esto debo añadir que uno de mis loritos no repite las frases que ha oído, sino que habla como si razonara inteligentemente... Ayer mismo encontré un retrato mágico en mi dormitorio, en el que aparecía el hombre que te salvó de los secuestradores... ¡Y ahora tengo delante de mí los vestidos más lindos que haya podido ver en toda mi vida! ¿Acaso es un hada o un Demonio el que se esfuerza tanto al prestarme tan gratos servicios?
Al escuchar estas palabras, Leandro se encargó de escribir en una hojita de papel unas cuantas palabras. Después dejó caer el mensaje a los pies de la bella princesa. Y ésta leyó lo siguiente:
La soberana de la Isla de los Goces quedó tan enormemente asombrada con la nota, que terminó por obtener una falsa conclusión:
–Estoy convencida de que este ser invisible debe ser monstruoso, ya que muestra tanto miedo a dejarse ver.
–Me han contado, mi señora –recordó Frutina–, que los duendes están compuestos de aire y fuego, lo que les impide disponer de un cuerpo entero. Se mueven gracias a la inteligencia y al deseo.
–Creo que me quedaría más tranquila si las cosas fueran como tú dices, amiga –comentó la princesa–. Un admirador de esas características alteraría poco el sosiego de mi vida.
A Leandro le estaba haciendo muy feliz, todo lo que escuchaba, sin que se decidiera a quitarse el sombrero rojo para hacerse visible.
En aquellos momentos estaba sucediendo algo mucho más dramático. Dado que Iracundo seguía enamorado de la princesa de la Isla de los Goces, no dejaba de pensar en la historia que le había contado uno de sus esbirros, respecto a la forma como fueron reducidos por una fuerza misteriosa.
Al no asustarle demasiado los encantamientos, a pesar de que uno de ellos le había costado la pérdida de una oreja, se preocupó del ejército de amazonas. Esta era la barrera que debía superar, cuando se hallaba en las mejores condiciones para intentarlo. Acababan de fallecer sus padres, luego suyo era el trono. Por lo tanto podía reclutar a todos los hombres que necesitara. Así formó un ejército de dos mil guerreros, y se dispuso a conquistar por la fuerza a la princesa.
Días más tarde, al descubrir las amazonas la primera línea de las fuerzas enemigas, corrieron a informar a su soberana. Y a esta no le quedó más opción que recurrir a su madre, para lo cual mandó a Frutina como su emisaria.
Sin embargo, el hada se sentía demasiado enojada al saber que había un hombre en la Isla de los Goces. Ella había podido ver al Príncipe duende, debido a que ante sus poderes nadie resultaba invisible. Por este motivo despidió a Frutina con unos gritos:
–¡No recibirá ningún tipo de ayuda por mi parte! ¡Ella se ha metido en este problema, y deberá resolverlo por sus propios medios! ¡Ahora vete de mi vista, porque tú eres la responsable de que se haya roto la prohibición que yo impuse!
La servidora regresó al lado de su señora portando tan desagradables noticias. Y esto supuso que todas las jóvenes que habitaban la isla se sintieran desoladas. Porque se veían bajo el dominio de los jefes de ese poderoso ejército.
Claro que junto a ellas se encontraba el Príncipe duende, siempre invisible. Y al escuchar las palabras de Frutina, decidió actuar a su manera. Ya contaba con un plan, al conocer la inmensa codicia de Iracundo.
Gracias a su condición mágica, se transformó en una amazona. Y como desconocía el miedo, se atrevió a presentarse ante los guerreros, a los cuales dijo:
–Soy la embajadora de la princesa de la Isla de los Goces. Vengo a parlamentar con vuestro rey Iracundo.
En seguida se encontró delante del contrahecho, al que de buena gana le hubiese borrado la sonrisa de triunfo de un puñetazo. Sin embargo, prefirió comunicar lo que sigue:
–A mi señora le horroriza la guerra. Por eso se halla dispuesta a pagar todo lo que se le pida para firmar la paz. ¡Pero si su oferta fuera rechazada, estamos dispuestas a luchar hasta la muerte, si ello fuese necesario!
–Una proposición muy interesante –contestó el repulsivo monarca–. Tampoco a mí me gusta la violencia, aunque pretendía conquistar la isla para ofrecer mi protección a la princesa... ¡No obstante, si se me entregaran treinta carros llenos de monedas de oro, es posible que cambiara de idea!
Leandro no formuló la menor protesta, a pesar de parecerle desorbitado la oferta. Se limitó a pedir que se le entregaran los carros, ya que se cuidaría de llenarlos. Una vez se los proporcionaron, se cuidó de realizar la maniobra de carga en un lugar donde no pudiera ser visto. Gracias a una de las margaritas que le entregase el hada Gentil, obtuvo en pocos minutos todo lo que necesitaba.
La codicia de Iracundo se puso de manifiesto al subir a uno de los carros, para coger las monedas de oro y echárselas encima. Pero, desconfiado, se pasó todo el día comprobando si los carros estaban llenos de la misma mercancía, siempre en busca de alguna moneda falsa o de un metal diferente.
Porque al considerarse poseedor de una fortuna tan inmensa, no dejaba de pensar en la manera de romper su promesa. Y al no encontrar dónde agarrarse, descubrió sus verdaderas intenciones:
–Estoy pensando que no hay un tesoro en el mundo que se pueda equiparar a tu princesa. Invadiré vuestra isla mañana mismo. –De repente, se volvió hacia los guerreros que se hallaban cerca, y gritó con la mayor crueldad–. ¡Matad a esta amazona porque todas las monedas son falsas!
Sin embargo, cuando los armados pretendieron saltar sobre Leandro, éste ya se había puesto el sombrero rojo. Y sin ningún tipo de compasión, como quien aplasta a una cucaracha, alcanzó una afilada espada, agarró por los pelos a Iracundo y le decapitó. Justo castigo a tanta perversión.
A los pocos minutos dejó la cabeza a los pies de la asustada princesa, cuando ésta se hallaba paseando por los jardines del palacio creyendo que el ataque del ejército enemigo se produciría de un momento a otro. Y a la vez que contemplaba el horrible trofeo, escuchó una voz que le decía:
–Ya no debéis tener miedo, dulce soberana del paraíso. ¡Desde hoy tenéis mi promesa de que no habrá hombre malvado que se atreva a inquietar vuestros sueños!
–¡Es la voz de mi salvador! –exclamó Frutina, atónita–. ¡Mis oídos nunca la olvidarán!
–Si fuera cierto, he de entender que ese Príncipe duende que nos protege y el hombre que te salvó de los secuestradores son la misma persona –dedujo la soberana de la Isla de los Goces–. Si estáis cerca, caballero, ¡os suplico que me permitáis veros para mostraros mi gratitud!
Pero Leandro consideró que no era el momento más adecuado. Se limitó a decir:
–Debo realizar algunas cosas más antes de merecer ese honor, señora de mis sueños. Tened paciencia.
Al momento se alejó de los jardines, para volver al campamento. Pero lo hizo quitándose el sombrero rojo, luego ya era visible. Allí todos conocían la muerte de Iracundo. Por haberse producido de una forma tan misteriosa, al haber visto el cuchillo que lo decapitó pero no al verdugo, se pensó que había sido un castigo divino.
Ante la presencia de Leandro las gentes comenzaron a gritar:
–¡¡¡Viva nuestro nuevo rey!!!
Horas más tarde los nobles se reunieron para nombrarle su soberano en una ceremonia oficial. La primera decisión de Leandro fue la de repartir los treinta carros de monedas de oro entre las gentes que formaban el ejército. Esto despertó el entusiasmo general. Y la segunda consistió en ordenar que todos se alejaran de la orilla, hasta quedar a dos millas de distancia.
Nada más que fue obedecido, regresó a la Isla de los Goces. Ya era de noche y la princesa estaba acostada. No obstante, al recordar la voz del Príncipe duende le costaba conciliar el sueño. Esto le forzó a levantarse antes de que empezaran a clarear las primeras luces del amanecer.
Mientras recorría uno de los corredores del palacio, descubrió a un hombre tumbado en un diván. Era Leandro. La princesa le reconoció en seguida por el retrato y, luego, se dedicó a examinarlo... ¿Podía ser el mismo que tanto se había esforzado por complacerla en todos sus caprichos y, al final, había salvado la isla de la invasión?
Comenzó a sonreír, al empezar a sentirse atraída por su salvador. Y ya lo único que deseó fue que abriese los ojos, para mostrarle su agradecimiento... ¡y mucho más!
Súbitamente, surgió allí el hada, encolerizada al estar comprobando que su hija se había enamorado de un hombre:
–¡Te lo prohibí y me has desobedecido! ¡Mereces un castigo ejemplar!
–¿Cuál será, gran señora? ¿Acaso la muerte? ¡Porque sólo ésta borraría de mi cabeza y de mi corazón un sentimiento alimentado por la bondad de este hombre excepcional! ¿Es que vuestro rencor os ha dejado ciega para no ver que tenéis ante vos a quien le debo la vida..., lo mismo que se la deben mis damas y las amazonas? –exclamó la princesa, enfrentándose a su madre por vez primera.
–¡De acuerdo, muéstrale tu agradecimiento y que se vaya de aquí! ¡Pero borra ahora mismo de tu mente el deseo de casarte con él... Porque esa boda nunca se celebrará mientras yo esté viva!
Entonces apareció allí el hada Gentil, la protectora de Leandro. De su figura brotaban rayos tan deslumbrantes como el sol en agosto. Al momento abrazó a su hermana, la furiosa hada, y le dijo:
–Tu hija tiene razón, porque a Leandro, este hombre que permanece dormido en el diván, le conozco desde que me salvó cuando yo me había convertido en una serpiente al cumplir mis primeros cien años. Le debo la vida. Yo le proporcioné el poder de hacerse invisible y otros dones mágicos, a los que él ha dado la mejor utilidad... Por otra parte, no olvides que te ayudé a crear la Isla de los Goces, donde tu hija ha podido vivir en paz. Debes consentir la boda...
Tanto habló el hada Gentil, sin dejar de usar las palabras más convincentes, que la otra terminó por cambiar de opinión:
–De acuerdo... Reconozco que siempre se dan excepciones, y este hombre forma parte de una de ellas. Sería injusto que pagase mi viejo fracaso... ¡Autorizaré la boda, aunque yo he de ser una de las madrinas!
La ceremonia nupcial se celebró dos semanas más tarde. Resultó esplendorosa, digna de un rey y de una princesa. Las dos hadas fueron las madrinas. Asistió una representación de la nobleza y del pueblo. Los festejos duraron más de diez días, y todo se desarrolló con esa felicidad que es tan normal en el desenlace de un relato de duendes: no faltaron los golpes de magia y comicidad.

Guleesh

Relato celta de duendes
El título original de este relato es Guleesh na ghus du (Guleesh de los pies negros), debido a que el personaje central no se los lavaba nunca. Un defecto que el doctor Douglas Hyde prefirió eliminar, con acierto, al estimar que desvirtuaba la esencia argumental, al introducir un elemento demasiado chocante. Como la historia se la había oído a un guardabosques de Frenchpark, llamado Shamus O’Hart, que a su vez se la había escuchado a sus abuelos, dedujo que al pasar de una boca a otra se habían añadido detalles que en otras épocas pudieron resultar graciosos.
Nosotros hemos pretendido ir más lejos, al respetar la base del relato, permitiéndonos redondear algunos aspectos que considerábamos débiles. En realidad nos encontramos ante una de esas historias «eternas», que han sido imitadas por muchos otros autores. Lo estimable es que Guleesh pertenece a la antigua tradición celta, la más rica en cuentos, relatos y leyendas. Se calcula que llegaron a contarse más de 22.000 diferentes desde el siglo ii a.C. hasta el xvii de nuestra era. Únicamente se han podido rescatar varios millares, algunos de las cuales con tanta fuerza mágica, que han dado pie a personajes de la entidad de «Conan» y, sobre todo, a la saga de «El señor de los anillos».
Fue en Irlanda donde primero surgió la necesidad de recopilar las narraciones populares, como nos cuenta Manuel Yáñez Solana en su libro Los celtas (págs. 161 y 162 de la colección «Enigmas de la Historia» publicada por nuestra editorial). Una excelente iniciativa que nos permite regalarnos con relatos de la categoría del que hemos seleccionado...

Hace unos cuantos años vivió un joven voluntarioso en el Condado de Mayo. Se llamaba Guleesh. A escasa distancia de la valla frontal de la casa de sus padres se encontraba un fuerte impresionante rodeado por una loma cubierta de césped, donde el joven acostumbraba a sentarse en sus horas libres. Una noche se hallaba contemplando el cielo, apoyado en la valla. Pasadas unas horas, en las que había dedicado una gran parte de su atención a la luna blanca, pensó desilusionado:
«¡Cómo me entristece no haberme marchado de aquí! Me gustaría estar en cualquier otro sitio... ¡Oh, qué fortuna tienes, luna, ya que giras sin parar, en la dirección que puedas desear, sin que nadie te obligue a regresar! Me encantaría moverme, como tú, sin una dirección impuesta...»
No acababa de concluir la última frase, cuando escuchó un gran barullo, que parecía formado por un grupo de gentes corriendo todas juntas. Charlaban, reían y se gastaban bromas. Pronto el sonido se deslizó muy cerca de él, similar a como lo haría una ventolera y, al momento, se introdujo en el fuerte.
«¿Qué estará sucediendo aquí?», se preguntó muy intrigado. «Esa pandilla de extraños se muestra demasiado alegre. Será mejor que los siga.»
El muchacho acababa de tener uno de esos golpes de intuición que cambian el destino de algunos seres humanos. Porque se fue detrás de unos duendes. La verdad es que él ignoraba la identidad de los rientes. Sin embargo, al oír sonidos como fulparnee o ray-lay-hoota, combinados con un roolya-boolya, comprendió que únicamente podían ser esos personajillos tan imprevisibles. También le llegaron estos gritos:
–¡Ensilla mi caballo, sujeta bien las bridas y pon la silla! ¡Ensilla mi caballo, sujeta bien las bridas y pon la silla!»
–¡Por mi salud! –exclamó Guleesh, muy animado–. ¡Chico, esto tiene un aspecto estupendo! ¡Me uno a vosotros! –Como no sentía ningún miedo, hasta repitió los gritos de los duendes–: ¡Ensilla mi caballo, sujeta bien las bridas y pon la silla! ¡Ensilla mi caballo, sujeta bien las bridas y pon la silla!
De pronto, surgió ante él un espléndido equino, que llevaba puestas unas bridas de oro y una silla de montar forjada en plata. No dudó en montarlo. Y nada más que se encontró bien asentado, advirtió que el interior del fuerte se hallaba llenito de personajillos sobre unos caballos tan magníficos como el suyo.
–¿Te atreves a acompañarnos esta noche de luna llena, Guleesh? –le preguntó uno de los duendes.
–¡Claro que sí! ¡Me encuentro aquí dispuesto a todo! –replicó el muchacho.
–¡Pues únete al grupo! –exclamó el hombrecito.
Al momento empezaron a cabalgar por el aire, volando sin que sus monturas dejaran de mover las patas con la velocidad del viento, consiguiendo una velocidad mayor a todo lo conocido por Guleesh, infinitamente superior a como corre el zorro al verse perseguido por la jauría de los cazadores.
Atravesaron las frías nubes del invierno sin congelarse, ya que iban tan de prisa que los cristales de nieve ni siquiera podían tocarlos. Tampoco se impusieron ninguna parada hasta llegar a las playas, donde el mar era una enorme mancha verdosa llena de ondulaciones. En aquel instante la pandilla de hombrecillos se unió en unos gritos idénticos:
–¡Sube, caballo! ¡Sube, caballo!
Y al momento se elevaron por encima de las nubes, a mayor velocidad que en el desplazamiento anterior. Esto supuso que antes de que Guleesh pudiera preguntar dónde iban, ya se encontraran descendiendo a una tierra firme. Pero no dejaron de avanzar con la rapidez de un viento huracanado. Finalmente, detuvieron las monturas, y el que parecía de mayor edad dijo al muchacho:
–¿Tienes alguna idea de dónde hemos llegado, inquieto jovencito?
–Pues no. Jamás me he alejado de mi casa más de diez millas –contestó Guleesh.
–Nos encontramos en Francia –dijo el duende–. Esta misma noche se celebra la boda de la hija del soberano de este país. Es la muchacha más bonita que los rayos del sol hayan acariciado nunca. Nuestra obligación es raptarla de la forma que sea. Creemos que la cosa resultará sencilla, porque tú vienes con nosotros. Como eres de carne y hueso, podrás llevarla en la grupa de tu caballo. Ella se sujetará a ti, sin caerse. Un «servicio» que nosotros nunca podríamos haberle ofrecido. ¿Te sientes contento de venir con nosotros, jovencito? ¿Nos ayudarás en nuestros planes?
–Claro que sí. Todo lo que me pidáis, lo haré sin dudar –respondió Guleesh–. ¡Y no pongáis en duda que me sienta contento, porque me estoy divirtiendo de lo lindo!
Descabalgaron en silencio, hasta que uno de los hombrecillos pronunció unas frases que el muchacho no comprendió. Al momento comenzaron a volar hasta llegar a un castillo. Y remontando las almenas, entraron por un gran ventanal que estaba abierto. Para llegar a la sala en el momento que había dado comienzo la fiesta nupcial.
Allí estaba presente toda la nobleza del reino: los hombres de oro y plata, y las mujeres de seda y satén. Y el resplandor del día más soleado parecía iluminar toda la gran sala, a pesar de que fuese de noche.
Guleesh debió cerrar los ojos al sentirse deslumbrado. Al abrirlos de nuevo contempló lo que le rodeaba, diciéndose que jamás había visto un espectáculo tan deslumbrante como aquel. Allí debía haber más de cien mesas, todas ellas cubiertas de grandes bandejas llenas de comida; además, se veían botellas, jarras y otros recipientes con las más variadas bebidas e infinidad de dulces, pasteles y tartas muy diferentes. Una orquesta de unos cincuenta maestros tocaba en un extremo, con lo que el ambiente se hallaba impregnado de una dulce melodía de las que estremecen el alma. En el centro, varias parejas de jóvenes de ambos sexos, muy elegantes y hermosos, bailaban dando vueltas con una exquisita elegancia. En ocasiones giraban a tanta velocidad que el muchacho irlandés se sintió mareado al intentar seguirlos con la mirada.
También había grupos de nobles que se entrecruzaban bromas, reían o se lo pasaban bien. Hemos de tener en cuenta que hacía más de veinte años que no se organizaba una fiesta tan importante. La causa era que el rey no había tenido más descendientes que una hija, a la que iba a casar con el hijo de otro monarca. Todos se hallaban en el tercer día de las celebraciones; y aquella misma noche iba a tener lugar la boda. Un acontecimiento que los duendes, y Guleesh de una forma indirecta, se hallaban dispuestos a impedir.
El grupo de los que planeaban el rapto se encontraban en un extremo de la sala, justo detrás de un altar espléndido. Al otro lado de éste aguardaban dos obispos sentados en unos sillones tapizados con terciopelo granate. Ninguno de los invitados, servidores y músicos podían ver a los duendes, debido a que éstos se habían cuidado de pronunciar las frases mágicas que los convertían en invisibles. Tampoco se escuchaban sus voces ni el ruido de sus movimientos.
–¿Cómo reconoceré a la princesa? –preguntó el muchacho, cuando ya se había familiarizado más con el ruido y el esplendor de la fiesta.
–Es la joven que está allí delante –respondió el hombrecillo que se encontraba más cerca de Guleesh.
Y éste llevó su mirada en la dirección que le indicaba el dedo del duende... ¡Para quedarse sin aliento, debido a que jamás pudo suponer que existiera una mujer tan bella! Las rosas y los lirios se habían combinado en aquel rostro, sin poder decidir si era más perfecta la boca, la naricita, los ojos o cualquier otro componente del mismo. La piel de sus brazos, manos y hombros ofrecían la blancura de la nieve, sus pies eran tan diminutos y ligeros que parecían ir a empezar a flotar en el aire. Su cuerpo resultaba de una esbeltez fascinadora; y el cabello le caía desde la cabeza a la espalda en bucles de oro puro. Su vestido debía haber sido tejido con hilos de oro y plata; y la piedra preciosa que se hallaba engarzada a su anillo brillaba con el resplandor del sol.
Guleesh volvió a quedar deslumbrado ante el compendio de belleza que la joven suponía. Sin embargo, al superar un poco su asombro, pudo descubrir que ella estaba llorando. Pues lo que limpiaba con un pañuelo de seda eran lágrimas.
–Es imposible –comentó–. ¿Qué dolor puede sufrir en el día más importante de su vida? ¿Cómo no se une a la alegría general?
–Su tristeza tiene una causa –respondió el duende–: Van a casarla contra su voluntad. No ama al marido que le está destinado. Su padre, el rey, pretendió celebrar esta boda hace seis años; pero la princesa le suplicó que esperase ya que era muy joven. Entonces se le concedió un plazo de tres años, que al vencer ella consiguió que se prolongara hasta estas fechas. Ya cuenta dieciocho años, una edad crítica... ¡La boda no puede demorarse ni una semana más! Bueno, digamos que todos han aguardado para nada... –Se burló el hombrecillo–. ¡Nosotros vamos a cuidarnos de que la princesa no se case con nadie!
Guleesh se sintió muy apenado al mirar de nuevo a la hermosa dama. Porque no le cabía en la cabeza que alguien fuera obligado a casarse contra su voluntad, y hasta con una persona que le desagradaba... Pero, ¿no estarían pensando los duendes en casarla con uno de ellos?
Esta idea hirió la mente del muchacho; no obstante, procuró mantenerse callado. Lo que no pudo dejar en silencio fue su mente, ya que no cesaba de maldecir continuamente al verse obligado a colaborar con quienes se hallaban dispuestos a raptar a tan hermosa muchacha. La acción suponía arrancarla de su ambiente habitual: su hogar, sus padres, sus amigos...
Movido por ese impulso de los jóvenes que han recuperado la razón, al darse cuenta de que están embarcados en un juego muy peligroso, creyó que podía socorrerla. Pero le faltaban medios y planes.
«¡Cómo me encantaría tranquilizarla y, después, ponerla a salvo de los duendes!», se decía cada vez más preocupado. «¡Daría mi propia vida porque ella no sufriera más! ¿Conseguiría llegar a su lado si pretendiera avisarle de la amenaza...?»
No había dejado en ningún momento de seguir los movimientos de la princesa. Por eso vio como el rey llegaba al lado de ella y le solicitaba un beso; pero la bellísima giró la cara dando idea de que le consideraba culpable de lo que le estaba ocurriendo. Guleesh se notó sacudido por varios escalofríos de pena, ante lo que acababa de presenciar y, además, al ver que ella era sacada a bailar por un jovencito. En seguida comenzaron a dar unos giros, al compás de la música, hasta llegar cerca de Guleesh. Así éste pudo observar que la bellísima no dejaba de llorar.
Nada más que la danza finalizó, el monarca y su esposa dijeron a la princesa que había llegado el momento de la boda. Los obispos se hallaban dispuestos, y no se retrasaría ni un minuto más la ceremonia en la que se le pondría el anillo para entregarla a su marido.
Los reyes cogieron a su joven hija por ambas manos y caminaron hasta el altar. La estancia había quedado sumida en el silencio más absoluto. Los invitados procuraron colocarse en varias filas, ocupando el lugar correspondiente a su categoría social y militar.
Cuando los monarcas se habían situado cerca del altar, no quedando ni veinte pulgadas para pisar los dos escalones que permitían acceder al mismo, uno de los duendes dio un brinco y alargó su pie derecho. Y la princesa al ser zancadilleada cayó al suelo... ¡En aquel momento se le echó encima algo misterioso y, al mismo tiempo, se oyeron unas frases mágicas! ¡¡¡Súbitamente, ella desapareció de la sala, sin que nadie pudiera saber por dónde se había ido!!!
Sólo Guleesh tuvo una respuesta para este misterio, ya que un duende le echó encima de la espalda a la princesa... ¡Cuando toda la pandilla de hombrecitos, junto a su obligado colaborador y la raptada, ya estaban escapando por el ventanal que seguía abierto y volaban por encima de las almenas del castillo!
Todo sucedió en un tiempo más corto del que se tarda en contarlo. Mientras tanto, ¡Dios mío!, en la sala donde ya no se celebraría ninguna boda, los gritos de terror de los hombres, el llanto desgarrador de las mujeres y el caos general daba idea del inmenso asombro... ¡Una tragedia capaz de volver locos a los más cuerdos!
Algo muy distinto les sucedía a los raptores, ya que estaban gritando la llamada repetida:
–¡Ensilla mi caballo, sujeta bien las bridas y pon la silla! ¡Ensilla mi caballo, sujeta bien las bridas y pon la silla!
Al momento aparecieron los caballos, perfectamente enjaezados y listos para beberse el viento.
–¡Sube en tu montura, Guleesh! –ordenó uno de los duendes–. ¡Sienta a la princesa detrás de ti, para que ella te agarre con fuerza! ¡Partimos en seguida, pues el amanecer está a punto de asomar sus primeras luces!
Así lo hizo el muchacho, sintiendo una emoción muy especial al notar que los brazos de ella le rodeaban la cintura.
–¡Elevaros, caballos! –gritó el duende jefe.
Todas las monturas cabalgaron por el cielo, atravesando las nubes, para que la luna llena los iluminara. De esta manera sobrevolaron el mar, sin detenerse hasta llegar a Erin.
Pero no se quedaron allí, debido a que siguieron por tierra en busca del fuerte y la casa de Guleesh. Y al encontrarse en este lugar, el muchacho reaccionó de una forma inusitada, pues sin esperar a que se lo ordenaran, se dio la vuelta, cogió a la princesa y descabalgó.
–¡Proclamo ante Dios y ante los hombres que eres mía! –exclamó dejándose llevar por un golpe de inspiración–. ¡Desde ahora mismo hemos quedado consagrados como pareja!
Con la última de sus palabras el caballo desapareció, lo mismo que los duendes y sus monturas. Y el muchacho se vio junto a un arado, que recordaba lejanamente las formas de un equino. Levantó la mirada hacia el cielo, y allí vio a los duendes montados en una vieja escoba, en unos palos medios rotos o en simples tallos de cicuta o de caña.
Sin embargo, desde la lejanía dejaron llegar su amenaza, la cual salió de todas las gargantas rezumando odio:
–¡Nos la has jugado, palurdo, canalla... Maldito seas! ¿Cómo te pudimos considerar un borrico sin voluntad propia..., si eras capaz de insidiarnos con esta jugarreta?
En aquel momento los duendes no podían atacar al muchacho, debido a que empezaban a insinuarse las primeras luces del alba. Además, la invocación realizada por aquél era materialmente invencible.
–¡Ay, Guleesh, cómo lo lamentarás! –siguieron chillando los rabiosos hombrecillos–. ¡Nosotros te invitamos a una fiesta, y así nos lo has pagado! ¿Quién ha obtenido beneficio de nuestro viaje a Francia? Pero no hay tiempo para las lamentaciones... ¡Nos cobraremos tu traición, gañán! ¡Vas a arrepentirte!
–¡Tampoco sacarás provecho de esta chiquilla con la que te has quedado! –chilló el jefe de los duendes, al mismo tiempo que volvía para dar una pasada sobre la princesa, a la que propinó un capón en la cabeza–. ¡Te quedaste sin palabras, tontina! ¿Crees que te servirá de algo una muda, harapiento revientaterrones? Ya no podemos continuar aquí... ¡Jamás podrás olvidarnos, porque seremos tu pesadilla! ¡¡¡Ji, ji, ji!!!
No se había silenciado el eco de sus estridentes carcajadas, cuando todos los duendes se desvanecieron en el fuerte. Sólo había sido necesario que su jefe extendiera los brazos... ¡De esta manera Guleesh se quedó con la protesta en los labios!
–Al fin se han marchado... ¡Demos gracias a Dios! –dijo mirando a la princesa–. ¿No es mejor que estéis conmigo a vivir con ellos? –Pero ella no respondió–. Comprendo que os sentís tan apenada que ni ganas tenéis de hablar... Vaya, lo aconsejable sería que pasarais esta noche en la casa de mis padres, señora... Si necesitáis algo, sólo debéis pedírmelo, porque soy vuestro más fiel servidor.
La bonita joven continuó en silencio. Sólo revelaban sus sentimientos las lágrimas que brotaban de sus ojos. Además, su hermosa cara iba pasando del blanco al rojo, dando idea de que estaba realizando grandes esfuerzos para contestar.
–Señora, indicadme lo que desearíais ahora mismo. Yo no soy un duende. Los he acompañado creyendo que era un juego; pero al conocer sus verdaderas intenciones, me propuse enfrentarme a ellos... Si los he vencido, momentáneamente, ha sido de una forma casual... En realidad mi familia es granjera. Cuando pueda llevaros con vuestro padre, lo haré. Tenéis mi palabra. Ahora me encantaría serviros en lo que necesitéis...
Entonces se interrumpió, al comprender que los esfuerzos de la princesa respondían a su imposibilidad de hablar: movía la boca desesperadamente, sin que le salieran las palabras.
–¡Qué desgracia! –se lamentó el muchacho–. Creí que el encantamiento del duende no se cumpliría... ¡Ahora veo que os ha dejado muda! Yo contemplé cómo hablabais con el hijo del rey que iba ser vuestro esposo... ¡Pero el capón que os propinó en la cabeza ese maldito os ha dejado sin habla!
La bellísima alzó su blanca y delicada mano derecha, para colocar un dedo sobre su lengua. De esta manera indicó claramente que era muda. Y las lágrimas fluyeron con más abundancia de sus ojos. Esto provocó que Guleesh la acompañase en el llanto, pues a pesar de su humilde condición poseía un corazón emocionable, y fue incapaz de mantenerse impasible ante la angustia de la princesa.
Una vez se sobrepuso, comenzó a pensar en los pasos que debía seguir a partir de aquel momento. Le desagradaba la idea de que sus padres vieran a la princesa, ya que estaba convencido de que no le creerían al contarles todo lo ocurrido con los duendes; y muchos menos que había ido a Francia, donde vio como se malograba una boda, y luego regresó a su casa... ¡Todo en una sola noche! Al considerarle loco, lo más probable es que se burlaran de la dama confundiéndola con una perdida.
Al mismo tiempo que daba vueltas a su cabeza, le vino a la memoria la figura del sacerdote. Y ya dejó de dudar, al pensar lo siguiente:
«¡Bendito sea Dios! Ahora sí que conozco el camino a seguir: ¡la princesa será recogida por el señor cura, porque él no se negará a darle amparo!»
Se volvió para mirar a la bellísima y, en seguida, le expuso sus planes, sin olvidar el miedo a que él no fuera creído por sus padres. Terminó pidiéndola que si tenía una idea mejor, o le gustase la que acababa de oír, lo indicase con un gesto.
Ella agachó ligeramente la cabeza afirmativamente y, al mismo tiempo, formó una sonrisa. Estaba dejando claro que le concedía toda su confianza.
–Conforme, marcharemos a la casa del señor cura. Le he cuidado tantas veces gratis el jardín, que nos prestará su ayuda aunque sólo sea por agradecimiento.
De esta manera siguieron el camino que llevaba a la iglesia. En aquellos momentos el sol ya había salido del todo. A pesar de lo temprano de la hora, el sacerdote abrió la puerta de su casa al escuchar la llamada. Se llevó una gran sorpresa nada más ver a Guleesh con una bella jovencita. Como era una persona muy práctica, supuso que venían a lo que muchas otras parejas:
–Amiguito mío, ¿por qué no has contenido un poco tu impaciencia para aguardar a las diez o las doce, en lugar de presentarte a estas horas, junto a tu novia, para que os case? Deberías saber que no puedo celebrar esa ceremonia tan pronto... De todas las maneras, es imposible una boda sin ciertos papeles... –De pronto, se fijó bien en la belleza de la muchacha–. ¡Dios del cielo! ¿Quién te acompaña? ¿De dónde viene que yo no la conozco? ¿Quieres explicarte, Guleesh?
–Padre, si lo deseáis podéis celebrar mi boda o la de cualquier otro; sin embargo, no me encuentro aquí por ese motivo. Lo único que deseo es que, si os parece bien, aceptéis a esta joven en vuestra casa.
El cura se quedó mirando al muchacho como si de pronto le hubieran salido diez cabezas. Pero, sin formular ninguna otra pregunta, les invitó a entrar y, en seguida, cerró la puerta. Les condujo a la estancia principal, una sala muy discreta, y les dijo que tomaran asiento.
–De acuerdo, Guleesh –aceptó con un tono resignado–. Ahora quiero saber quién es esta dama, si has perdido el juicio o si pretendes gastarme una broma de muy mal gusto.
–He venido aquí con la verdad, aunque cuando os la cuente pueda pareceros fantástica. Tampoco nos encontramos, esta joven y yo, en situación de bromear –dijo el muchacho labriego–. Acabo de colaborar para que esta dama fuera raptada de un castillo de Francia, ya que es la hija del rey de este país.
Seguidamente, narró toda la historia con pelos y señales. Como se puede deducir, el cura se mostró tan asombrado, que fue acompañando la narración con un buen número de exclamaciones o de palmadas de sorpresa.
Al referirse Guleesh que, según su impresión por lo que había podido ver, la princesa rechazaba la boda que iba a celebrarse en el castillo, el llanto de ésta adquirió un tono rojizo, a la vez que sus pómulos se cubrían de rubor. Esto vino a demostrar que prefería su situación actual, aunque no fuera demasiado buena, a la anterior, ya que le obligaba a convertirse en la esposa de un hombre al que odiaba.
Al insistir el muchacho en que estaría muy agradecido si el sacerdote si aceptaba a la dama en su casa, obtuvo la respuesta que esperaba:
–La tendré conmigo todo el tiempo que tú consideres necesario, Guleesh. Pero, ¿no sería mejor que la condujéramos a su casa para aliviar la angustia de sus padres?
–Yo he pensado lo mismo; pero no conozco el camino a seguir. Además me faltan recursos para conseguirlo. Creo que lo más acertado es aguardar a que se nos presente una oportunidad favorable. –El muchacho se puso más serio, ya que iba a proponer una mentira–. ¿Qué le parece si contara usted que esta muchacha es una sobrina suya que viene de un condado muy lejano? Respecto al hecho de que sea muda, convendría añadir que no le gusta tratar con la gente pues se asusta con facilidad.
–Veo que eres un chiquillo muy astuto, Guleesh –dijo el sacerdote–. Me parece bien todo lo que has urdido. Y como viene de ti, la mentira en mis labios nada más que será un pecado venial. Ahora conviene hablar con la dama.
La tensión se había aliviado en parte. Y cuando explicaron sus intenciones a la bellísima, ésta fue proporcionando sus respuestas afirmativas por medio del movimiento de los ojos y de la cabeza.
Una vez resuelto un asunto tan complicado, el muchacho volvió a su granja. Y al preguntarle sus padres cómo había tardado tanto, se limitó a responder que se quedó dormido en una acequia seca, donde estaba tan calentito que no le importó pasar toda la noche.
Lógicamente en el pueblo se produjo una especie de conmoción al saber los vecinos que el cura había recibido la visita inesperada de una sobrina, de la que él nunca les había hablado. Muchas fueron las conjeturas que se entrecruzaron, pocas de ellas perversas. Pero se respetó el hecho de tratar poco con la muchacha, acaso porque una muda siempre impresiona a las gentes.
Tampoco paso desapercibido el cambio tan radical de Guleesh, debido a que realizaba todos sus trabajos con una gran rapidez y eficacia, para así disponer de unas horas al día que le permitieran llegarse a la casa del cura. Cuando antes pocas veces se le había visto por la iglesia.
En efecto, era esto lo que ocurría. Porque Guleesh anhelaba poder mantener una charla con la bellísima, de ahí que rezase por verla recuperada del encantamiento que le había dejado sin habla. Cada tarde llegaba allí pidiendo que se hubiera producido el milagro, para descubrir que ella seguía muda... ¿Acaso nunca se podría recuperar?
Dado que no contaban con la forma más sencilla de comunicarse, empezaron a servirse de los gestos: moviendo las manos, guiñando los ojos, abriendo y cerrando las bocas, riendo o sonriendo, tocándose en los hombros o en los brazos y con infinidad de otros signos. Y al cabo de unas semanas podría decirse que se entendían con la mayor facilidad. Siempre en la intimidad, pues comprendieron que si los demás, excepto el cura, les veían podían considerarlos unos locos.
Dado que Guleesh cada vez estaba más enamorado de la princesa, la idea de llevarla a Francia le atormentaba. Comprendía que era su obligación, al haber participado en el secuestro. Sin embargo, necesitaba un guía, caballos, provisiones y, lo más importante, poder cruzar el mar en un barco. Esto suponía mucho dinero. Una cuestión en la que tampoco podía contar con el sacerdote, al ser éste pobre.
Lo que sí hicieron fue escribir tres o cuatro cartas al rey de Francia. Sin embargo, al entregárselas a unos mercaderes de paso, en los que confiaban, terminaron por perderse, pues no decidieron ninguno de ellos cruzar el mar por irles bien los negocios en su país.
De esta manera fueron transcurriendo los meses. Y Guleesh ya no podía vivir sin ver a la princesa, mientras el sacerdote había podido comprobar que ella no dejaba de mirar por la ventana, impaciente, cuando se acercaba la hora de que el muchacho llegara a la casa.
Finalmente, el joven labriego sintió temor de perderla si aparecía el rey de Francia. Hemos de tener en cuenta que él ignoraba que las cartas no llegaban a su destino; y como había pasado mucho tiempo, lo lógico era que esa presencia se produjera de un momento a otro. Comportándose de una forma egoísta, pidió al cura que no escribiera más mensajes, pues lo aconsejable era dejar la solución del problema en los designios de Dios.
Sin apenas darse cuenta, acaso porque el tiempo lo había gozado intensamente, se cumplió un año desde el secuestro de la princesa. Al atardecer Guleesh se encontraba solo, tumbado en la hierba. Era él último día del final del otoño, tiempo en el que acostumbraban a aparecerse los duendes. Por este motivo se dijo:
«Esta noche llegarán aquí. Debo encontrarme en el mismo lugar que el año pasado, para comprobar si mi presentimiento es acertado. Quizá contemple o escuche algo que me sirva para devolverle la voz a María –éste es el nombre que el cura y él daban a la princesa al desconocer el verdadero–.»
Dado que su empresa iba a ser muy arriesgada, procuró consultar con el sacerdote, el cual le dio su apoyo. Sin dejar de aconsejarle que se comportara con mucha prudencia.
Ya había oscurecido cuando el muchacho entró en el fuerte. Allí se quedo, sin notar el peso del miedo. En esa postura tranquila del limpio de corazón: con el codo apoyado en una antigua losa grisácea, aguardando a la medianoche. Vio como la luna llena terminaba por ocupar la zona más alta del cielo. Se hallaba a su espalda, igual que un disco de fuego empeñado en alumbrarle. De pronto, comenzó a formarse una blanca neblina, brotando de los prados cubiertos de una alta hierba y de todos los parajes húmedos debido al frescor nocturno que había venido a sustituir al calor del día.
La atmósfera no podía encontrarse más tranquila, similar a la superficie de un lago al no pasar sobre ella el viento. Sólo se escuchaba el sonido de los insectos, la mejor señal de que no sucedía nada anormal. De vez en cuando brotaban los graznidos de los gansos salvajes buscando nuevas aguas. Algunos pasaron a inedia milla sobre la cabeza del muchacho. También se pudo oír el penetrante silbido del chorlito dorado y verde, subiendo y bajando continuamente, como acostumbra durante las noches en calma. En el firmamento resplandecían un millón de estrellas; y comenzaba a formarse la escarcha, sembrando de tonos blanquecinos el suelo, hasta donde él se encontraba.
Permaneció a la espera casi una hora larga, que se triplicó sin que le llegara el desánimo. Conocía tanto el lugar que las sombras, junto a los sonidos que no dejaba de percibir, le servían de reloj. No había llegado la medianoche. Al moverse la escarcha crujía bajo su calzado. Por último, temió que los duendes no se presentaran, lo que hacía más aconsejable que volviese en busca del calor de su casa...
De pronto, creyó percibir un ruido muy peculiar que venía hasta donde él se encontraba. Al momento pudo reconocerlo. El ruido se incrementó: si al principio se asemejaba al golpeteo de las olas contra una pared rocosa, luego se convirtió en el bramido de una gigantesca catarata y, al final, en el estruendo de una tormenta que parecía dispuesta a reventar las copas de los árboles más frondosos... ¡Hasta que el torbellino invadió el fuerte con toda su violencia! ¡¡¡Y allí aparecieron los duendes!!!
Las cosas ocurrieron tan de prisa, que Guleesh se quedó sin aliento; no obstante, tardó muy poco en recuperar la tranquilidad necesaria. Como estaba bien escondido, intentó escuchar lo que hablaban.
Pero lo que brotaba de las gargantas de los hombrecillos eran gritos, aullidos y una algarabía de sonidos ininteligibles. Hasta que, a los pocos minutos, unieron sus voces en unos chillidos muy conocidos:
–¡Ensilla mi caballo, sujeta bien las bridas y pon la silla! ¡Ensilla mi caballo, sujeta bien las bridas y pon la silla!
Guleesh no vaciló al imitarlos, a pesar de que con ello se descubría:
–¡Ensilla mi caballo, sujeta bien las bridas y pon la silla! ¡Ensilla mi caballo, sujeta bien las bridas y pon la silla!
Sin embargo, no había terminado de pronunciar la segunda repetición de la llamada, cuando el jefe de los duendes gritó:
–¡Vaya, si estás ahí, chico! ¿Acaso te has convencido de que te irá mejor siendo nuestro aliado? ¿Cómo te han marchado las cosas con tu esposa? ¡Te prevengo que esta noche tu montura no aparecerá! ¡Hemos dejado el asunto para que no vuelvas a vencernos con otra jugarreta! ¿Verdad que el año pasado te portaste muy mal con nosotros?
–¡Se portó como un cerdo! –intervino otro de los hombrecitos–. ¡Pero jamás volverá a repetirlo!
–¿Verdad que es un patán digno de elogio? –se burló un tercero–. ¡Ha tomado como compañera a una damita que es incapaz de decirle «buenos días», con la que lleva viviendo todo un año!
–Es posible que se conforme con verla –añadió un cuarto.
–Si este imbécil conociera que en la misma puerta de su casa crece una hierba, que al hervirla le proporcionaría una medicina para curar a la princesa... –ironizó un quinto–. ¿Pero que va a saber un gañán?
–Tienes razón.
–¡Es un ignorante!
–¡Dejémosles que se muera de tristeza junto a la muda!
–¡Esa será nuestra verdadera venganza!
Y al momento se elevaron por el aire, para marcharse con uno de sus alaridos característicos: roolya-boolya. Así dejaron al angustiado Guleesh en el mismo lugar, con los ojos desencajados queriendo seguirlos a pesar de la semipenumbra de la noche, cuando ya se habían desvanecido en los resplandores de la luna llena.
Tardó poco tiempo en recuperarse. Al momento se puso a analizar lo que acababa de ver y escuchar. Terminó por preguntarse si realmente había una hierba en la puerta de su casa que pudiese curar a la princesa.

Así pudo ver que estaba formada por un tallo del que salían siete ramas, en cada una de las cuales había el mismo número de hojas...

«Es imposible que hayan querido ayudarme», pensó, angustiado. «Si esa hierba fuera realmente una medicina eficaz no la hubiesen mencionado... Claro que ese duende que la citó quizá sea un hablador... ¿Y si me han tendido una trampa? No lo sé... Lo aconsejable es que examiné bien el suelo, delante de mi casa, para comprobar si hay algo más que cardos y malas hierbas...»
En seguida corrió a la granja de sus padres. Tanta era su intranquilidad, que ni el cansancio le permitió coger el sueño. Cuando vio que ya había amanecido, sus primeros pasos le llevaron a examinar el terreno situado delante de la puerta. Debía localizar una planta que no le resultara familiar.
A los pocos minutos, quedó sobrecogido al descubrir una hierba de gran tamaño, muy singular, que había crecido junto a una de las paredes. La contempló tendido en el suelo. Así pudo ver que estaba formada por un tallo del que salían siete ramas, en cada una de las cuales había el mismo número de hojas. Y en una de éstas surgía una savia blanca.
«¿Es posible que no me haya fijado antes en esta planta tan peculiar?», pensó muy asombrado. «Creo que ha brotado estos días. Como he estado tan preocupado por María, no la he visto... Pero al ser tan rara, quizá ofrezca alguna virtud que merece la pena comprobar.»
Con un cuchillo cortó la hierba por la parte más baja del tallo y la llevó a la cocina de su casa. Retiró las hojas y partió el tallo en pedacitos. En seguida pudo comprobar que brotaba un zumillo denso y blanquecino, similar al que sale de otras plantas, pero más aceitoso.
Lo echó en un cacito, añadió un poco de agua y lo dejó a hervir. Después fue en busca de una taza, la llenó hasta la mitad con el líquido del cacito, esperó a que se enfriara un poco y se lo acercó a los labios... Entonces le asaltó el temor de que pudiera ser un veneno, que los duendes habían hecho crecer en el patio de su casa para matarle, o quitar la vida a la dama si llegaba a beberlo.
Prefirió retirar la taza, mojó la punta de un dedo y se llevó a la lengua dos gotitas. No le supieron amargas, ya que hasta resultaban dulces e invitadoras. Esto le llevó a beber lo que puede caber en un dedal; y como la experiencia le pareció gratificante, acabó por terminarse la media taza.
En seguida se fue a la cama, para dormir hasta que se hizo de noche. Al despertar notó que estaba hambriento y sentía mucha sed.
Comprendió que debía aguardar hasta el amanecer. Se hallaba decidido a servir el resto de la bebida a la princesa. Lo haría en el mismo instante que se levantara.

El muchacho y el cura habían permanecido junto a la cama, relevándose, con el fin de advertir cualquier contratiempo...

Esto fue lo primero que hizo nada más amanecer. Llevaba la bebida en las manos cuando llegó a la casa del cura. Se notaba de lo más animoso, capaz de enfrentarse a los mayores peligros, por grandes que fueran, y a correr con mayor velocidad que un gamo. Pero se contuvo, al tener la seguridad de que todas sus fuerzas se las debía a esa misteriosa bebida.
El cura y la dama le preguntaron cómo llevaba dos días sin aparecer. Y Guleesh se limitó a contarles lo ocurrido, con el menor gasto de palabras al haber aprendido, de pronto, el don de comunicarse. Así convenció a sus aliados de la bondad de la bebida. En seguida quiso que la tomase María, sin dejar de jurar que no pretendía causarle ningún daño.
Le ofreció la taza y ella bebió su contenido confiadamente. En seguida se tumbó en la cama y se sumió en un sueño intenso, como rendida por el cansancio. No despertó hasta el mediodía siguiente.
El muchacho y el cura habían permanecido junto a la cama, relevándose, con el fin de advertir cualquier contratiempo. Durante estas largas horas fueron de la esperanza a la desesperanza, de la confianza de salvarla al terror de causarle un daño mucho peor.
Al final abrió los ojos cuando ya el sol había avanzado la mitad de su recorrido en el cielo. Se quedó sentada en el lecho y miró a su alrededor igual que si no supiera dónde se encontraba. Estaba muy asombrada, especialmente al descubrir la presencia de Guleesh y del cura. Hubo un momento que pareció estar ordenando sus ideas.
Los dos aliados se hallaban llenos de ansiedad, confiando y temiendo si iba hablar o seguiría muda. Después de mantenerse en silencio unos angustiosos minutos, el sacerdote preguntó:
–¿Has descansado bien, María?
Y ella respondió con la mayor facilidad:
–Sí, padre, gracias.
Nada más que Guleesh la escuchó hablar, soltó una exclamación de felicidad y se arrodilló junto a los pies femeninos, diciendo:
–¡Alabado sea Dios, que os ha devuelto la voz! ¡Habladme otra vez, señora de mi corazón!
La dama dijo que nunca olvidaría que él había preparado la bebida que acababa de curarla. Y juró que se lo agradecería durante toda su vida, porque nunca había conocido a un hombre tan generoso, tan pendiente de ella, como Guleesh. Por eso deseaba seguir en Irlanda, cuyas tierras quería porque en ellas había nacido su amor.
El joven labriego estuvo al borde de morir de felicidad. Pero convenía pensar en cosas más materiales, por eso prepararon la comida. María demostró tener buen apetito. Cuando se levantó se la vio alegre y dichosa, sin parar de charlar con el cura, pues deseaba conocer todo lo que sucedía en aquellas tierras.
Después de tantos acontecimientos felices, Guleesh volvió a su casa, donde se metió en la cama. Durmió todo el día y la noche, debido a que los efectos de la hierba no habían finalizado. Nada más que se despertó, procuró marchar junto a María. La encontró durmiendo, al hallarse bajo los mismos efectos que acababa de superar el muchacho.
Llegó a la alcoba de la joven en compañía del sacerdote, y los dos se quedaron vigilando hasta que la vieron incorporarse. Pronto comprobaron que no había perdido el habla, lo que les llenó de felicidad. Los tres comieron juntos, y ya no se separaron durante mucho tiempo.
La amistad entre la pareja creció hasta convertirse en una necesidad de compartirlo todo. Así llegaron al matrimonio. A la boda fueron invitados los habitantes de la parroquia. Tengo idea de que el banquete fue de los que hacen época. Yo lo puedo asegurar, porque fui de los que me di un gran atracón de cosas muy buenas, que nunca más he vuelto a probar.
Cuando me marché de allí, algunos pajarillos me trajeron informaciones muy oportunas. Por eso sé que Guleesh y María no sufrieron más preocupaciones, ni se vieron aquejados por enfermedad alguna, tampoco conocieron la tristeza, ni esos contratiempos que ponen zancadillas a la vida... ¡Ojalá que me suceda a mí lo mismo, y a todos los que hayáis leído este relato de duendes!

Paddy O’Kelly y la comadreja

Relato celta de duendes
Joseph Jacobs fue un famoso folklorista, que se encargó de recopilar infinidad de relatos y cuentos celtas, siguiendo la estela de T. Crofton Croker. A éste se le considera el pionero al haber recogido treinta y ocho anécdotas de los campesinos irlandeses, todos los cuales creían en la existencia de las hadas, los duendes, los gnomos y las demás criaturas fantásticas. Su libro se tituló Fairy Legends and Traditions of the South of Ireland, y lo publicó en 1825.
El verdadero impulsor de la recopilación de los relatos y cuentos celtas fue Patrick Kennedy, un librero de Dublín, el cual en menos de cinco años (de 1866 a 1871) editó más de cien historias heroicas de hadas y duendes en sus Legendary Fictions of the Irish Celts, Fireside Stories of Ireland y Bardies Stories of Ireland.
Gracias a estos investigadores sabemos que los bardos (trovadores de origen celta) podían memorizar, con la mayor facilidad, un relato distinto cada día del año. El historiador William Temple dejó escrito que trató con un caballero del norte de Irlanda, el cual se dormía escuchando un relato de hadas y duendes nuevo, todas las noches. Y el bardo que se lo contaba estuvo sirviéndole durante más de diez años, luego debió manejar millares de argumentos distintos. He aquí la clave: el boca a boca que ha mantenido la tradición, porque los abuelos de todo el mundo, también muchos adultos de menor edad, se cuidaron de contar los relatos al calor de la lumbre... ¿Podía haber una diversión mejor?

En épocas muy lejanas vivió un personaje llamado Paddy O’Kelly, el cual residía en las proximidades de Tuan, que pertenecía al condado de Galway. Una mañana poco distinta a las otras dejó la cama antes de lo acostumbrado. Desconocía la hora, debido a que los campos seguían bañados por la claridad lunar. Se proponía llegar a la feria de Cauher-namart, para vender un asno que llevaba algunos años en su cuadra.
Se puso de camino. Sólo llevaría unas tres millas avanzando por la carretera, cuando se hizo una oscuridad tremenda y, al poco rato, comenzó a caer una espesa lluvia. Cuando se hallaba a punto de sentirse ahogado de lo empapado que estaba, descubrió una casa en medio de un grupo de árboles. Según sus cálculos, debía encontrarse a unas quinientas yardas en un lateral de la ruta que él había seguido. Como no tenía otra salida, echó a correr hasta aquel refugio. Confiaba en que le dejarían permanecer allí a la espera de que escampara. Al llegar, comprobó que la puerta se encontraba abierta. No dudó en entrar sin llamar. Se encontró con una enorme estancia situada a su izquierda, en la que le atrajo el gratificante fuego de una chimenea. Eligió una de las banquetas de las que se alineaban junto a una pared, y se sentó a calentarse.
Y empezaba a dar las primeras cabezadas de un grato sopor, cuando descubrió a una comadreja de excepcional tamaño avanzando hacia las llamas, que no parecían asustarla. Llevaba un objeto brillante en la boca, que descargó sobre las piedras del hogar. Y, de repente, se fue como había venido, es decir, se esfumó.
Sin embargo, al poco rato se la escuchó trajinar en la oscuridad, hasta que apareció trayendo otra cosa similar entre los dientes. En esta ocasión Paddy consiguió distinguir una guinea de oro. La bestia la dejó caer sobre las piedras, a escasas pulgadas del fuego, y volvió a salir de la zona de claridad. De esta manera realizó varios viajes.
Y cuando se detuvo, al fin, había reunido un buen montón de guineas delante de las llamas. Tardó un poco más en alejarse. Entonces el espectador decidió levantarse, se metió todo aquel dinero, que eran monedas de oro, en los bolsillos y escapó de la casa igual que lo hubiese hecho un ladrón.
Sólo había podido avanzar una o dos yardas, cuando oyó claramente que la comadreja le estaba persiguiendo. Chillaba tan fuerte como la más potente de las gaitas. Pasó delante de Paddy, se detuvo en el camino y, en una acción casi simultánea con las anteriores, se dedicó a balancearse de un lado a otro, como si intentara coger un gran impulso. Se entendía claramente que sus intenciones eran saltar a por la garganta del ratero.
Sin embargo, éste disponía de un formidable bastón de roble, y lo blandió listo para defenderse. Con esta actitud consiguió amedrentar al animal, hasta el punto de que no fue atacado. Además, llegaron al lugar dos hombres que también marchaban a la feria. Uno de ellos iba acompañado de un gran perrazo, el cual se lanzó tras la comadreja, obedeciendo a su instinto de cazador. Pero no pudo darla alcance, pues la astuta logró meterse por el agujero de una vieja pared, donde quedó a salvo.
Esto permitió que Paddy continuara su viaje hasta la feria. Pero su situación había cambiado radicalmente al contar con el buen montón de guineas de oro. Además de vender el asno, que era su primera idea, decidió comprar un caballo. Y le vio tan dócil, que lo utilizó como montura en su regreso.
A la altura del sitio donde el perro echó a correr detrás de la comadreja, ésta apareció de repente y adoptó una postura de ataque. Y tanta era su furia, que de un salto impresionante mordió al caballo en la garganta. Así provocó que se desbocara, sin que Paddy consiguiera detenerlo.
Creemos que se hubiera roto la crisma, de no saltar a una ancha zanja repleta de agua y fango negruzco. Se encontraba en una situación muy apurada, medio ahogado y sin aire en los pulmones, cuando unos campesinos que regresaban de Galway le vieron. Se encargaron de hacer huir a la comadreja y, después, le sacaron de la zanja.
Es posible que Paddy diera las gracias a sus salvadores. De lo que estamos seguros es que cogió al caballo por las riendas, lo condujo a su casa, y lo guardo en el establo, junto a las vacas, y se fue a la cama.
Al día siguiente, con los primeros rayos del sol, procuró madrugar. Cogió paja y avena para el caballo; sin embargo, al encontrarse delante del establo, vio escapar de allí a la comadreja... ¡Cuyas fauces estaban manchadas de sangre!
–¡Qué las diez mil maldiciones del infierno abrasen tu asqueroso cuerpo! –chilló desesperado–. ¡Ay, que estoy temiendo que te has vengado de la peor manera!
En efecto, nada más atravesar la puerta pudo contemplar al caballo, a dos vacas lecheras y a un par de terneras tendidas en el suelo... ¡Estaban muertos! Salió corriendo de allí, buscó a su perro, que se encontraba en la parte de atrás de la casa y lo lanzó tras el rastro de la comadreja.
Pronto los dos animales se vieron, se enzarzaron en una pelea terrible y quedaron bien enganchados. Sin embargo, el perro fue el primero en ceder, aunque a su enemiga no parecían haberle quedado muchas ganas de seguir peleando, ya que prefirió escapar.
Paddy la vio meterse en una pequeña cabaña que se encontraba en la orilla norte del lago. Procuró ir tras de ella. Al llegar ante la puerta, hostigó al perro para que se animara a proseguir la cacería. El noble animal venció sus primeras muestras de recelo y entró. En seguida se le escuchó ladrar rabiosamente. Esto hizo que su amo fuese a comprobar lo que estaba sucediendo...
¡Para encontrarse delante de una bruja, que se hallaba sentada en un rincón!
Después de superar la sorpresa inicial, le preguntó por la comadreja; y obtuvo esta respuesta:
–Yo sólo he visto entrar aquí a tu perro... Oye, más vale que te marches, pues yo he sido atacada por el mal de la peste. Si continúas cerca de mí, tú la cogerás también. ¡Te lo he prevenido!
Al mismo tiempo que los dos hablaban, el perro no había dejado de moverse muy inquieto. Súbitamente, dio un salto y atrapó a la bruja por el cuello. Y ésta vociferó aterrada:
–¡Paddy O’Kelly, libérame de esta fiera y te haré un hombre muy rico!
El campesino ordenó al animal que se retirara y, al momento, preguntó:
–¿Quién eres, vieja? ¿Por qué desangraste a mi caballo, a mis vacas y a mis terneras?
–¡Con el mismo derecho que tú te llevaste el oro que yo conseguí reunir en quinientos años, después de rastrearlo por las cuevas y los escondrijos de medio mundo! –contestó la bruja.
–Pensé que se lo quitaba a una simple comadreja –se disculpó–. Te aseguro que de otra manera nunca lo hubiese tocado. Y si ya llevas quinientos años en este mundo, ¿no crees que va siendo hora de que lo abandones para concederte un descanso?
–He debido pagar un terrible crimen que cometí siendo muy joven –expuso la malvada–. La única manera de quedar libre de mi pena sería que tú entregases veinte libras a un cura para que celebrase misas en mi memoria durante más de mil años.
–Eso costaría mucho dinero. ¿Dónde lo guardas?
–Lo encontrarás debajo de un árbol que crece al borde de un pequeño pozo, en el extremo de aquel campo de ahí delante. Darás con una olla llena de monedas de oro. Coge veinte libras para las misas, y tú puedes quedarte con lo demás. Te advierto que al retirar la losa que cubre la olla, saldrá un gran perro negruzco. No te asustes, porque es mi hijo. Cuando dispongas del oro, adquiere la casa donde me viste por vez primera. Te la venderán muy barata, debido a que pesa sobre ella la mala fama de que la habita un espectro. Mi hijo se quedará a vivir en el sótano. Jamás te molestará; al contrario, puede resultarte un buen aliado cuando le necesites. Yo voy a morir dentro de un mes exacto. En el momento que suceda, echa una buena cantidad de carbón debajo de esta cabaña para incendiarla. Pero todo lo que vas a realizar, siguiendo mis indicaciones, no se lo contarás a nadie; y mucho menos la suerte que yo voy a correr.
–¿Cómo te llamas? –preguntó Paddy.
–Mary Kerwan –contestó la bruja.
El campesino volvió a su casa y, nada más que la noche oscura cubrió con su manto toda la comarca, buscó un azadón y fue a donde se encontraba el árbol. En un extremo del campo empezó a cavar. A los pocos minutos, sin haber sudado demasiado, dio con la olla. Retiró la losa que la cubría y, de repente, un enorme perro negro saltó de allí. Pero escapó a la mayor velocidad, acaso porque era perseguido por el can de Paddy.
El campesino llevó el tesoro a su casa, donde lo ocultó en el establo. Pasado un mes, efectuó un nuevo viaje a la feria de Galway, para comprar un par de vacas, un caballo y una docena de ovejas. Como es normal, sus vecinos comenzaron a preguntarse dónde había encontrado tanto dinero. Los más listos imaginaron que mantenía negocios secretos con la bondadosa gente (los duendes).
A los pocos días, Paddy fue a entrevistarse con el caballero que era propietario de la casa, donde vio a la comadreja por primera vez. Le solicitó que se la vendiera, junto a los terrenos que la rodeaban.
–Por mí puedes quedártela gratis. Pero te advierto que allí hay un espectro. Es mi obligación avisarte del peligro, al menos para no sentir remordimiento. Aunque los terrenos no están malditos, lo que me obliga a pedirte unas doscientas libras por ellos.
–Es posible que consiga esa fuerte suma –dijo Paddy–. Mañana vendré a visitarle, si ya tiene los documentos preparados.
–Se hallarán a tu disposición –prometió el caballero.
El campesino volvió a su casa y contó a su mujer que era propietario de una casa, sin haber pagado ni un chelín, y de unas buenas tierras, que le costarían unas doscientas libras.
–¿Dónde has conseguido tanto dinero? –preguntó ella muy preocupada.
–¿Qué te importa a ti eso? Piensa en lo que tenemos y, sin más, procura disfrutarlo –aconsejó Paddy, tan confiado.
Al día siguiente, se encontró con el caballero, le entregó la cantidad convenida y recogió las escrituras de la casa y de los terrenos. Además, recibió el obsequio de los muebles y de todo lo demás que había dentro del edificio.
Paddy decidió quedarse aquella misma noche en su nueva propiedad. Nada más que oscureció, descendió al sótano. Y allí se encontró con un hombrecito minúsculo, que tenía las dos piernas sumergidas en el vino de una cuba.
–¡Qué Dios te proteja, amigo! –saludó el extraño.
–Lo mismo digo –replicó el campesino.
–Ya veo que no te asusto –prosiguió el hombrecillo–. Prometo ser tu mejor aliado, siempre que demuestres que eres capaz de un guardar un secreto que te voy a confiar.
–Me considero un hombre de una sola palabra. Lo mismo que guardé el secreto de tu madre, mantendré el tuyo para que sólo lo conozca quien tú me autorices.
–¿Tienes ahora mucha sed?
–Nunca consigo librarme de ella, especialmente si te refieres a lo que estoy pisando. El aroma que despide es de lo más invitador.
El pequeñajo se sacó de la pechera una copa de oro. Se la entregó a Paddy, y le ofreció:
–Puedes coger vino de esta cuba en la que me encuentro.
El campesino llenó la copa a rebosar, y se la entregó al hombrecillo.
–Será mejor que tú bebas el primero, como lo dicta la buena educación.
Paddy así lo hizo y, luego, llenó otra copa, se la dio al extraño y esperó a que se tomara su contenido.
–Llénala de nuevo y no te cortes a la hora de beber. Debemos gozar de tan excelente caldo –ofreció el hombrecillo–. Esta noche me siento dispuesto a gozar de la mayor alegría.
Los dos tomaron asiento, para compartir la copa, hasta que cogieron casi una melopea. De repente, el hombrecillo saltó al suelo, a la vez que preguntaba a Paddy:
– ¿Te gusta la música?
– ¡Muchísimo! –replicó el campesino, bastante achispado–. ¡Si he nacido para bailar!
–Ve a retirar la piedra que hay allí delante, en el rincón del sótano. Debajo encontrarás una gaita.
El campesino hizo todo lo que se le había aconsejado, sacó la gaita y se la entregó al hombrecillo. Al momento, éste apretó la bolsa, que sorprendentemente estaba llena de aire, y empezó a tocar una melodía muy pegadiza. Paddy no pudo resistir el impulso de sus piernas de danzar alocadamente. Ya no se detuvo hasta quedar muy agotado. Seguidamente, los dos bebieron otro trago de vino; y el diminuto gaitero le prometió:
–Sigue las peticiones de mi madre y yo te proporcionaré un tesoro. Debes hacer que tu mujer venga a vivir aquí contigo; pero jamás le cuentes que yo me encuentro en el sótano. Ella no me verá aunque baje aquí. En el momento que te falte la cerveza o el vino, ven a esta cuba y podrás coger toda la que quieras porque nunca se agotará. Ahora será mejor que nos despidamos. Vete a la cama; y procura volver a visitarme mañana a esta misma hora.
Paddy se fue a dormir; pero tardó en coger el sueño.
Al amanecer, regresó a su antigua casa, para convencer a su esposa y a sus hijos de que debían mudarse a la nueva vivienda. Esto fue lo que hicieron durante todo el día. Con un poco de limpieza, las habitaciones quedaron muy vistosas y confortables. Y al llegar la noche, Paddy descendió al sótano, donde el hombrecillo le saludó y, al instante, le preguntó si deseaba bailar.
–Antes preferiría echar un trago –pidió el campesino.
–Puedes hacerlo hasta que te hartes –bromeó el hijo de la bruja–. Ya sabes que esta cuba nunca quedará vacía mientras tú vivas: lo mismo tendrá vino que cerveza, sin que se mezclen los sabores, y estando ahí la bebida que desees.
Paddy bebió una copa a rebosar y, al momento, ofreció otra al hombrecillo. Y éste le comunicó lo siguiente:
–Dentro de un rato debo ir al fuerte de los duendes, para tocar la gaita en honor de la bondadosa gente. Si te atreves a acompañarme, podrás conocer la más espléndida diversión. Cabalgarás en un caballo excepcional, con el cual llegarás a un lugar donde se celebra un espectáculo que tú ni imaginas.
– ¡Cuenta conmigo; y que feliz me haces con tu ofrecimiento! –exclamó Paddy muy alegre–. ¿Pero que puedo contarle a mi esposa para que no se asuste?
–Yo te sacaré de la casa sin que ella se entere. Lo haré en el momento que los dos estéis en la cama, y tu mujer se haya dormido. Luego te devolveré antes de que se despierte –aseguró el hijo de la bruja-comadreja.
–Seré de lo más obediente –prometió el campesino–. Bebamos otra copa antes de separarnos.
Se tomó varias, con lo que se sintió medio borracho. Esto no le impidió irse a la cama con su esposa.
Pero abrió los ojos sin que el hombrecillo hubiera tenido que despertarle... ¡Ya que se encontró montado en una escoba, con el aire de la noche dándole en la cara y teniendo debajo la región de Doon-na-shee! ¡Y el hijo de la bruja-comadreja iba a su lado encima de una montura similar!
Cuando se vieron sobre la verde colina del Doon, el pequeño gaitero profirió unas frases que el campesino no pudo comprender. Entonces pareció como si el suelo se abriera... ¡Y los dos entraron en la tierra, para llegar a una elegante estancia!
Paddy nunca se había encontrado en un sitio como aquel. Allí toda la gente era minúscula, lo mismo los hombres como las mujeres, los jóvenes o los viejos. Ninguno de ellos dejó de saludar al gaitero Donal –éste era el nombre del acompañante de Paddy– y al campesino. En seguida el Rey y la Reina de los duendes se acercaron a los recién llegados y les anunciaron:
–Ahora mismo iremos todos a Cnoc Matha, porque es la fecha de visitar a los grandes Monarcas de toda nuestra bondadosa gente.
Se pusieron de pie y abandonaron la espléndida estancia. Al momento se pudo comprobar que cada uno de ellos contaba con un fantástico caballo; sin embargo, los soberanos disponían de una carroza lujosísima. Todos montaron; y podemos aseguraros que Paddy no se quedó rezagado. Donal, el gaitero, iba delante, tocando su instrumento musical y cabalgando, porque su caballo era de los que no necesitaban ser guiado con bridas o con espuelas. A las pocas horas se encontraron en Cnoc Matha. La cima de la colina se transformó en un gran portón, y por el mismo pasó todo el grupo de duendes.
Los estaban aguardando Finvara y Nuala, los grandes Monarcas de la raza de los duendes de Connacht. También había millares de personajillos. Finvara dejó su trono y anunció solemnemente:
–Esta noche es la más indicada para jugar el famoso partido de los bastones contra la banda de los Munster. ¡Tened bien presente que si no consiguiéramos vencerlos, nuestro prestigio quedaría arruinado eternamente! La competición se celebrará en Moytura, debajo de Slieve Balgadaun.
La numerosa banda de Connacht chilló muy animosa:
– ¡Nos encontramos dispuestos, y estamos convencidos de que será nuestra la victoria!
– ¡Pues adelante, hijos míos! –Exclamó el Rey–. ¡Los miembros de la colina de Nephin llegarán allí antes que nosotros!
En seguida partieron todos. Ante la proximidad del gran acontecimiento, Donal se vio acompañado de otros doce gaiteros. Esta orquesta de viento tocaba unas mágicas melodías. Cuando se hallaron en Moytura, pudieron comprobar que los duendecillos de la colina de Nephin ya habían llegado.
Ahora creemos imprescindible exponer que era necesario para las bandas de los hombrecillos contar con dos seres humanos como testigos, especialmente cuando iban a luchar o competir en un partido de bastones. Y aquí nos encontramos con la verdadera razón por la que Donal había llevado allí a Paddy O’Kelly. También un hombre iba con la banda de Munster, al que denominaban «el Stongirya (el músico irlandés) amarillo» y provenía de Ennis, un pueblecito del condado de Clare.
Poco tardaron las dos bandas en colocarse en el campo de juego, con los contendientes situados en los lugares convenientes. La pelota fue echada a lo alto en el centro del terreno de acción; y así dio comienzo la competición. Nadie se lo tomó a broma. Todos golpearon la pelota, lanzándola de un lado a otro, hasta que Paddy observó que la banda de Munster estaba obteniendo una gran ventaja.
Por eso decidió ayudar a la banda de Connacht. Esto provocó que el otro ser humano se lanzara sobre él, dispuesto a tumbarle de un tortazo. Pero fue suya la derrota al morder el polvo.
Dado que la pelea entre los humanos había sido tan «divertida», las dos bandas se olvidaron del juego a la pelota, para organizar una batalla campal. Podéis crearlo: ¡se sacudieron de lo lindo!
Como la situación estaba tomando un cariz muy peligroso, los miembros de la banda de Munster se transformaron en unos escarabajos voladores. En seguida huyeron de allí, sin dejar de morder todo el césped que hallaban en su recorrido. Estaban tan furiosos que asolaron la totalidad del campo hasta que llegaron a Cong.
En aquel instante, surgieron millares de palomas de un gigantesco orificio. Con tanto apetito que se engulleron a los escarabajos. Por este motivo, a ese orificio se le dio el nombre, a partir de aquel momento, de Pul-na-gullan (el orificio de las palomas).
Como la banda de los hombrecitos de Connacht había ganado el juego, volvieron a Cnoc Matha riendo de felicidad. El rey Finvara entregó a Paddy O’Kelly un saco de monedas de oro, que el diminuto gaitero cargó para llevarlo de regreso a la casa. Después, el campesino se metió en la cama, junto a su mujer dormida, y procuró coger el sueño.
Un mes más tarde de toda aquella diversión, sin que ocurriera algo digno de escribir, una noche Paddy bajó al sótano. El hombrecito le dijo nada más verle:
–Mi madre acaba de fallecer. Corre a poner carbones bajo la casa, enciéndelos y espera hasta que se queme todo.
–Recuerdo que eso fue lo que ella me pidió. Ha vivido los días que me dijo. Supongo que habrá ido a un mundo mejor.
En la mañana del día siguiente el campesino llegó a la mísera casa, donde encontró el cadáver de la bruja-comadreja. En seguida prendió fuego a todo aquello. Después regresó a su hogar, y le contó al hombrecillo lo que acababa de realizar. Esto le hizo merecedor de otra bolsa de monedas de oro y de estas palabras:
–La bolsa que acabo de entregarte jamás estará vacía mientras tú vivas. Es nuestra recompensa por haber cumplido con tu palabra. A partir de hoy no me volverás a ver. Confío en que te quede un cariñoso recuerdo de la comadreja. Gracias a ella dio comienzo tu riqueza, ¡y ya jamás te abandonará!
Al momento se marchó; y el campesino afortunado jamás le volvió a tener delante.
Paddy O’Kelly y su esposa vivieron muchos años, el triple de lo habitual en aquellos tiempos. Nunca les faltó dinero para gastar, hasta en los tiempos de sequía o de pedrisco. Pero no dejaron la casa del espectro, que, por cierto, jamás se les apareció, acaso porque estaban protegidos al haber ayudado a la bruja-comadreja.
Y cuando fallecieron, dejaron una gran herencia a sus numerosos descendientes. Hubo para todos, que sumaban más de quinientos, y ninguno dejó de considerarse rico. Sin embargo, se cuidaron de no hacer ostentación de su dinero, porque Paddy O’Kelly les había educado muy bien.
Hasta aquí llega esta historia, que os la dedico a vosotros y a vosotras. He procurado narrarla con las mismas palabras de mi amada abuela. (Bueno, me he cuidado de no intercalar sus carraspeos, ni sus pausas para beber un sorbito de té con miel, mientras sus nietos le apremiábamos con los ojos para que la interrupción fuese lo más breve posible.)

A través del fuego

Relato inglés de duendes
Mary de Morgan fue hija del profesor de matemáticas Augustus Morgan, muy famoso en la Inglaterra victoriana, y hermana del artista y escritor William de Morgan, al que se le recuerda por unos azulejos que llevan su nombre.
Mary tenía muchos sobrinos a los que contaba unos relatos preciosos de hadas y duendes. Entre los afortunados que la escucharon se encontraban Margaret Brune-Jones, las hijas de William Morris y Rudyard Kipling, el futuro premio Nobel de Literatura. Lo que deja claro que no existe mejor dedicación que la de sembrar la fantasía en la mente de los niños y las niñas, ya que se obtienen los frutos más provechosos.
De esta autora se han publicado tres espléndidas colecciones de relatos de hadas, duendes y otras criaturas mágicas: On a Pincushion (1877), The Necklace of Princess Fiorimonde (1880) y The Windfairies (1990). El relato A través del fuego pertenece a la primera de las colecciones.

El pequeño Jack se hallaba sentado delante de la chimenea encendida y miraba a las llamas con una expresión triste. Había cumplido los siete años, aunque sólo aparentaba cinco. Su rostro era blanquecino y flacucho; además, había padecido una parálisis infantil de la que le quedaban algunas secuelas. Allí le faltaban hermanos con los que hablar, y se encontraba solo casi todo el día, debido a que su madre, al ser viuda, debía ir a trabajar como profesora de música o tocando el piano en celebraciones de cumpleaños. Esto significaba que la mayor parte del tiempo estaba fuera. La casa se localizaba en el tercer piso de un humilde edificio situado en una antigua y oscura calleja de Londres. Allí pasaba Jack demasiadas horas aislado en el cuarto de estar, sin otro acompañante que las llamas de la chimenea.
Aquella noche la tristeza le pesaba más que en otras ocasiones, debido a que era Nochebuena. Sabía que su madre había ido a la mansión de una familia rica, donde los niños celebraban una gran fiesta, en la que se necesitaba a alguien que tocase el piano. Minutos antes de irse, ella le había prometido, aunque no lo aseguró del todo, que iban a tener un árbol de Navidad, en cuyas ramas colgarían regalos y varios juguetes.
A Jack le parecía injusto que aquellos niños y niñas desconocidos, además de contar con todas las cosas para disfrutar más que él, le estuvieran privando de la compañía de su madre. Si ésta pudiera encontrarse en la casa, ya se hallaría sentada en la alfombra, permitiéndole descansar la cabeza en su regazo, mientras le narraba, sin parar, esos inolvidables relatos de hadas y duendes.
No vamos a decir que a Jack le molestara que su madre fuera a esas fiestas, ya que al volver le traía comida y obsequios, siempre cogidos de las sobras. A pesar de que no era demasiado, unas galletitas, un caramelo o un muñeco de madera, sabía que lo iba a encontrar debajo de la almohada cuando despertase a la mañana siguiente. En ciertas ocasiones los dulces o los frutos secos eran unos regalos de la dueña de la casa o de algunos de los niños, debido a que su madre había contado que tenía un hijo que la esperaba solo en su piso.
Sin embargo, lo que estaba echando en falta, en aquellos instantes, era a su madre. Para nada le hubiese importado que apareciese con las manos vacías, siempre que la tuviera cerca.
Permaneció sentado ante la chimenea, sin impedir que las lágrimas inundasen sus ojos. No tardó en comenzar a gemir quedamente:
– ¡Qué tristeza! ¡Siempre tan solo! ¡Ya no aguanto más! Alcanzó el atizador y comenzó a remover los leños con fuerza.
– ¡Deja de jugar a lo tonto, niño! –protestó una vocecita que surgía entre el fuego–. ¡Terminarás por destrozarme!
A Jack se le secaron las lágrimas al momento y miró atentamente a las llamas. De esta manera pudo contemplar a un personajillo muy extraño, el más llamativo de los que había tenido delante en su corta vida. Se estaba columpiando con gran habilidad encima de un pedazo de carbón ardiendo. Era un ser diminuto, que no llegaría a las tres pulgadas de altura, vestido totalmente de un tono rojizo anaranjado similar al de las llamas. Cubría su cabeza con un sombrero puntiagudo del mismo color.
– ¿Quién... eres? –preguntó el niño con la respiración sostenida.
– ¿Nadie te ha enseñado que es de maleducados hacer preguntas a los desconocidos? –Replicó aquel muñequito guiñando un ojo–. A pesar de lo dicho, ya que tienes tanta curiosidad, te voy a decir que soy el duende del Fuego.
– ¡Un duende del Fuego! –repitió Jack, con la voz vacilante y sin separar los ojos de aquella figurita.
–En efecto. ¿Tan extraño te resulta?
–Yo... Es que nunca he creído en las hadas y en los seres mágicos... –musitó Jack, sin poder alejar su mirada de tan misteriosa y pequeña aparición.
El hombrecito soltó una carcajada.
–Lo que tú opines me trae de lado –dijo algo enfadado–. Quizá no creas en hadas de viento o de agua. Pero lo mío es diferente, yo pertenezco a una familia de la que depende el fuego. Nos cuidamos de encenderlo y, después, lo alimentamos para que no se apague. Te diré una cosa: si yo decidiera marcharme, tu chimenea se apagaría al momento. Por mucho que soplaras y removieras los leños y el carbón, estarías trabajando inútilmente. Hasta que no apareciese yo o uno de los míos el fuego jamás te calentaría.
–Si fuera cierto lo que me cuentas, ¿cómo te las apañas para no quemarte? –preguntó el niño.
– ¿Quemarse un duende del Fuego? –Replicó el hombrecito como si se las viera ante un bobo–. ¿No te has dado cuenta de que yo estoy entre las llamas porque formo parte de las mismas? De no encontrarme dentro del fuego desaparecería.
– ¿Desaparecer? ¿Eso qué significa? ¿Acaso como si te murieses?
– ¡Calla, nunca hables de la muerte ante mí! –Protestó el duende–. Todos los que no se cuidan, hasta tú mismo, terminan por desaparecer. Oye, ¿por qué no buscamos unos temas más divertidos?
– ¿Puedes vivir siempre? –inquirió Jack.
–Yendo de un fuego a otro conseguiría llegar a los trescientos años de edad, sin esforzarme demasiado –contestó el diminuto, al mismo tiempo que se acomodaba entre varios carbones al rojo vivo–. Pero antes de ser centenario, debo enfrentarme a muchos enemigos. Por ejemplo, una simple corriente de aire, aunque no tenga mucha fuerza, puede causarme grandes problemas.
– ¿Dónde vives y de qué lugar provienes?
–Digamos que nací, como mis hermanos, en el centro de la tierra, allí donde se cuenta con un fuego eterno, que nos permite renacer. Sin embargo, cada vez que vosotros encendéis una chimenea, como ésta tuya, nos vemos forzados a subir para ayudaros.
– ¿También os preocupáis de las lámparas y las velas? –Insistió el niño, cuya curiosidad no tenía límites–. Cuentan con una llamita de fuego.
–Esa es una tarea de aprendices –contestó el duende, sin contener unos bostezos–. Lo mío es mantener activo un gran fuego. Todo lo demás no me interesa.
Jack se quedó en silencio unos segundos; después, comentó:
–Me asombra no haberte visto hasta ahora.
–Nunca he dejado de andar por aquí. Seguro que eres un poco despistado y te cuesta fijarte en lo que tienes delante.
–Me gustaría acompañarte dentro del fuego –decidió el niño, convencido–. Debe ser algo muy interesante.
–Tendrías que contar con el traje adecuado –advirtió el hombrecito–. A pesar de eso, me parece que te molestaría tanto calor.
–Yo soporto muy bien el calor –afirmó Jack–. Escucha, en la casa donde tú vives, ¿todo es tan rojo y resplandeciendo como el interior de una hoguera?
– ¿Pero qué estás diciendo? ¡Bastante superior! ¡Algo digno de ser contemplado! –Exclamó el duende, sujeto a un carbón llameante, sin dejar de balancearse al ritmo de unos chisporroteos–. En los alrededores del palacio de nuestro rey sólo hay llamas. Allí todo es fuego, y hasta las ventanas de la Princesa se asoman a un jardín cubierto de lava volcánica. Sin embargo, como sucede en otras partes, nadie termina por conformarse con lo que posee o se le ha proporcionado. Creo que no hay nadie en el mundo que merezca tanto la felicidad como la Princesa Pyra.
– ¿Quieres decir que no es feliz? –preguntó el niño.
– ¡Eres un preguntón incansable! Bueno, te diré que podría conseguirlo, aunque lo tendría que desear.
– ¿Qué se lo impide?
–Los culpables son quienes la enviaron al colegio –afirmó el duende con un tono agudo–. Nunca debió salir del palacio de su padre, porque así jamás hubiese tratado al otro... Vaya, creo que no te he contado que nuestros Reyes únicamente tienen una hija, la Princesa Pyra. Para ellos no existe otra persona más importante, como es normal. Le dan todo lo que pide, y hasta mucho más. Un día el Príncipe del Fuego, cuyo reino hace frontera con el nuestro, nada más verla le pidió que fuera su esposa. A los padres la propuesta les pareció muy acertada; sin embargo, decidieron aplazarla hasta que la joven recibiera la educación conveniente. De ahí que la enviaran un año a una escuela, que se encuentra situada en una montaña volcánica siempre en erupción. Allí debía aprender lo que es el mundo, porque lo necesitaba antes de quedar encerrada entre las cuatro paredes del castillo de su esposo. Como ya te he dicho anteriormente, se cometió un error imperdonable, debido a que un mal día al Príncipe Fluvius, hijo del Rey de las Aguas, mientras sobrevolaba aquellas montañas se le ocurrió mirar hacia abajo y contempló a nuestra Princesa. Cuando se aproximó a ella, los dos se enamoraron ciegamente... ¡Desde entonces Pyra dejó de ser feliz!
– ¿Qué les impide casarse?
El hombrecito reaccionó con unas carcajadas tan fuertes que se debió sujetar la barriguita.
– ¿Cómo podrían hacerlo, cacho tonto? ¡Es materialmente imposible! En primer caso porque no pueden estar juntos, excepto si él se seca o ella se apaga. Por otra parte, nuestro monarca se niega a hablar ni una sola palabra del tema, debido a que el Rey de las Aguas es su peor enemigo... Te diré que desde que los jóvenes se conocieron, cada tarde Pyra llegaba a la cima de la montaña, y Fluvius venía a sentarse lo más cerca posible de ella. Claro que el Rey no sabía nada de esta amistad. Un día que los vio, sufrió tal arrebato de cólera que recluyó a su hija en el castillo. Entonces decidió casarla con el Príncipe del Fuego. Sin embargo, ella comenzó a enfermar tanto que los médicos temieron que muriese, por lo que diagnosticaron que no se le dieran más disgustos... Resulta lamentable que se encuentre así por una bobada.
– ¿La princesa es guapa? –preguntó Jack.
–Guapa no es la palabra que mejor la define –dijo el hombrecito–. Porque su hermosura es deslumbrante, totalmente subyugadora. La joven más celestial del País del Fuego. También dispone de una inteligencia privilegiada.
–Amigo duende –pidió Jack con una voz mimosa–. ¿Por qué no me invitas a visitar tu casa? Venga, que no se lo contaré a nadie. ¡Aquí hay tan pocas cosas con las que divertirse! Permite que vaya contigo, te lo ruego.
–No imagino cómo podría resolver el problema –dijo el duende–. Estoy seguro de que sentirías mucho miedo.
– ¡Jamás, nunca he sentido miedo, te lo aseguro!–afirmó el niño–. Sólo tienes que comprobarlo para convencerte.
–De acuerdo... Aguarda unos instantes.
Al momento el diminuto se marchó por la parte más brillante de la hoguera. Regresó pocos segundos más tarde. Llevaba en las manos un sombrero rojo, un traje y unas botas. Todo minúsculo, como él.
–Vístete con esto –ordenó, al mismo tiempo que echaba las prendas a Jack.
–No van a caberme... ¡Son más pequeñas que mi brazo!
Sin embargo, nada más cogerlas, fue él quien comenzó a empequeñecer. Ya no dejó de hacerlo hasta quedar a la misma proporción que la ropa, el gorrito y el calzado. Así consiguió ponérselas con la mayor facilidad.
–También debes llevar esto –dijo el hombrecito.
Y echó al niño una resplandeciente y fina careta de cristal. Cuando éste se la puso, comprobó satisfecho que le ajustaba a la perfección, sin dejar ni una ranura Ubre.
–Ya has quedado equipado –reconoció el duende del Fuego–. Llegó el momento de que saltes a la fogata. Ven sobre estos carbones encendidos. Veamos lo que opinas.
Jack superó el guardafuegos y, sirviéndose del atizador subió hasta uno de los morrillos. El duende vino a echarle una mano... ¡Qué dedos más calientes sujetaron los suyos! Abrasaban como una llama. Sintió deseos de soltarlos; sin embargo, se aguantó el dolor para no ser maleducado. Lo resolvió apretando los dientes para tragarse los gritos, hasta que de un brinco cayó en el centro de la hoguera.
Cuando miró a su alrededor, se dio cuenta de que se hallaba en un universo distinto a todo lo que había conocido. Le rodeaban majestuosas montañas de un rojo resplandeciente, de las que surgían cataratas de llamas. De repente, brotaba un monte negruzco, que soltaba humo y silbaba amenazante... ¡Lo peor era el calor tan intenso! En los primeros momentos a Jack le costó poder respirar, y hasta temió que fuera a desmayarse.
–Veamos –pidió el hombrecito, que ya era del mismo tamaño que el niño–, dime cómo te sientes ahora.
–Tengo mucho calor –susurró Jack.
–Mal te va a ir en el País del Fuego si no eres capaz de soportar esto. Será mejor que abandones.
–Nunca, nunca... Ya me encuentro mejor –mintió el niño, a pesar de estar sudando por todos los poros de su cuerpo–. Sé que tardaré poco en acostumbrarme... ¿Cómo iremos al País del Fuego?
–Pronto lo comprobarás –dijo el duende, al mismo tiempo que extraía una vara de uno de sus bolsillos.
La sujetó con sus dos manos y, después, realizó un orificio entre los carbones de la zona baja de la chimenea. El orificio comenzó a agrandarse, hasta permitir el paso de tres canicas, que el hombrecito fue tirando dentro. A medida que iban penetrando en el mismo lo agigantaban más y más, hasta convertirlo en una enorme y oscura sima. Seguidamente, el duende se sentó en uno de sus bordes, dejando las piernas colgando.
–Acércate a mí –pidió a Jack–. Tienes que sentarte en mis hombros, apretar las piernas alrededor de mi cuello y darme las manos. Así no te caerás. Por nada del mundo se te ocurra gritar, ni decir una sola palabra, ya que si te oyera no dudaría en soltarte.
El niño obedeció sin rechistar. Lo que no pudo evitar fue un sobresalto cuando su guía se arrojó al interior del agujero, para deslizarse a una velocidad de vértigo. Sin cesar de descender. Ganas le entraron al niño de suplicar que se detuvieran; pero no lo hizo al recordar la amenaza. Al final, divisó una rojiza claridad en aumento.
–Nos estamos aproximando al País del Fuego –anunció el duende, parándose unos segundos–. No tardaremos en llegar.
Prosiguieron la caída, con mayor rapidez en dirección a un punto de claridad deslumbrante. Jack debió cerrar los ojos para no quedarse ciego.
– ¡Lo conseguimos! –dijo el hombrecito.
En seguida dejó al niño en el suelo. Y cuando éste se hubo sobrepuesto del susto y del mareo, contempló lo que le rodeaba. Las cosas le parecieron más asombrosas que en el centro de la hoguera. Descubrió infinidad de montañas, entrecruzadas por una variada gama de sombras en rojo y naranja. En las laderas hervían lagos y ríos de fuego. El cielo estaba formado por masas de llamas y en algunas cimas surgían columnas de humo.
–¿Qué dices ahora? –preguntó el duende.
–Todo es tan raro –contestó Jack, sin atreverse a decir la verdad para no pecar de incorrecto–. Aquí no veo ninguna casa... ¿Dónde vives tú?
–Las ciudades se encuentran más adelante. Si deseas visitarlas, tendrás que subirte de nuevo a mis hombros.
De esta manera reemprendieron el viaje, tan velozmente que Jack no consiguió distinguir las formas del país que estaban recorriendo. Por último, sobrevolaron una gran ciudad, provista de elevadas cúpulas y puentes. Su mayor edificio era un palacio formado de hierro candente y de diamantes y rubíes que reverberaban bajo el resplandor de las llamas.
–Ahí reside nuestro Rey –dijo el duende del Fuego–. Será el primer lugar que visitemos.
–¿Veré a la Princesa? –preguntó el niño muy interesado.
–Quizá se encuentre en los jardines.
Llegaron ante una gigantesca verja, la cual daba acceso a un escenario de lo más singular. Jack se dio cuenta de que lo que le habían parecido piedras preciosas eran llamaradas de tonos distintos, que surgían de la fachada. Las había rojas, azules, verdes y amarillas. Tampoco vio flores en el jardín, ya que se sustituían con fuegos artificiales que daban forma a unas breves y gigantescas floraciones de chispas multicolores.
Jack corrió sin saber dónde llevar la vista, ya que todo lo que le rodeaba le parecía fantástico; pero eran millares los focos de interés. No obstante, su acompañante le detuvo al tirarle de la manga:
–Viene la Princesa –anunció en voz baja.
Estaba señalando a un grupo de damas que avanzaban muy despacio. La más bonita de todas debía ser la Princesa. Los cabellos largos y resplandecientes le llegaban hasta los pies, igual que una cascada de oro. Su rostro aparecía muy pálido, dando idea de una inmensa tristeza. Llevaba el corpiño de su vestido bordado con orquídeas de blanco fuego, y el mismo adorno aparecía en su cabeza en forma de corona.
Sus damas también vestían maravillosamente, pero ninguna superaba en esplendor a su señora. A la que hablaban, sin recibir respuesta.
– ¡Ay, infeliz princesita! ¡Qué tristeza siento al verte! –exclamó Jack no pudiendo contenerse.
Entonces ella levantó la cabeza y miró hacia donde había salido la voz. Sus ojos resplandecieron igual que las estrellas, con tanto fulgor que el niño debió girar la cabeza para no quedar deslumbrado.
– ¿Quién de vosotros se ha atrevido a dejarme oír ese comentario? –preguntó la Princesa. Y al ver que sus damas no le contestaban, insistió–: Lo he oído perfectamente... No pienso castigar a quien lo haya dicho.
En seguida comenzó a llorar; sin embargo, sus lágrimas eran destellos de luz. Sus acompañantes la aconsejaron que se tranquilizara; pero ella insistió en descubrir a quien había hablado con una voz compasiva.
– ¡He sido yo, con la autorización de Vuestra Excelencia!
– ¿Y quién eres tú? –preguntó ella amablemente.
–Me llamo Jack. Soy un niño.
– ¿Quién te ha traído aquí?
–Lo ha hecho éste –contestó señalando al duende del Fuego–. Por favor, no te enojes con él, pues yo le convencí para que me trajera.
–No estoy enojada con ninguno de los dos. Sólo deseo saber por qué sientes tristeza al verme.
– ¡Me parecéis tan infortunada! Y lo comprendo, porque nadie debería vivir lejos de la persona que ama –dijo el niño.
Al escuchar esto, las damas le rodearon, intentando evitar que continuara hablando. Pero la Princesa no compartía esa decisión.
– ¡Separaros de él! No me hieren sus palabras, por lo que me niego a que le calléis. Te agradezco, querido niño, tus palabras. Y en lo que se refiere a mí –añadió mirando al duende–, debes saber que no me disgusta que hayas hablado demasiado. Sólo pido que mi padre nada sepa de esto.
En el mismo instante que acababa de decir esas palabras, llegó una nube de humo que provenía de las montañas.
– ¡Es el Rey! –gritaron las damas a coro.
– ¡Por favor, vete! –suplicó la Princesa, mirando a Jack.
Al momento el duende de Fuego le montó sobre sus hombros y le sacó de allí. Escaparon con la velocidad de las flechas. Y se encontraban a bastante distancia del palacio, cuando el niño logró recuperar el aliento.
– ¡En vaya lío que me has metido por hablador! –Protestó el hombrecito–. ¡Nunca más te traeré a mi país! ¡Ni me atrevo a imaginar lo que hubiese ocurrido si el Rey te llega a oír hablando con la Princesa de algo que esta terminantemente prohibido!
Jack ni replicó, al comprender el enfado de su guía. Volvieron a emprender el vuelo, hasta llegar a la estrecha sima, por la que ascendieron. Una vez llegaron a una zona de claridad, el duende tiró al niño muy lejos. Con tanta rabia que le dejó dormido, aunque sin causarle ningún daño.
Cuando Jack abrió los ojos, se encontró sobre la alfombra de su casa, frente a la chimenea. Al principio pensó que había superado una pesadilla, aunque en seguida se dijo que no. La chimenea se había apagado, y la única luz provenía de los faroles de la calle. Se incorporó de prisa, y procuró buscar algún testimonio dejado por el duende; pero no encontró ninguno. Llego a la chimenea y lo llamó, sin recibir respuesta. Finalmente, al tener mucho frío, se metió en la cama temblando. Dormido soñó con la Princesa, y con ese maravilloso país del centro de la Tierra, del que lo desconocemos todo.
Al día siguiente fue despertado por un beso de su madre. En seguida supo que tenía un paquete entre las manos. Lo desató, y fue a descubrir galletas, caramelos y un soldado de madera descolgado del árbol de Navidad. Porque había uno en la salita de estar. Se pasó la mañana jugando bastante entretenido, sin olvidarse del País del Fuego y de la pálida Princesa. Ni remotamente se le pasó por la cabeza contarle a su madre la aventura que había vivido hacía unas horas. Se mantuvo callado para no enfadar más al duende del Fuego. Llegada la tarde, al encontrarse de nuevo solo, se quedó mirando a la chimenea, esperando con la mayor ansiedad. Sin embargo, no recibió ninguna visita, ni escuchó llamada alguna. Muy desanimado se aproximó a la ventana, porque la intensa lluvia le llevó a pensar en el Príncipe de las Aguas y en el hada de los Aires.
Como no perdió la esperanza, cada tarde siguió aguardando que de la chimenea brotase alguno de los habitantes del fuego. Se sentaba ante las llamas nada más que su madre le dejaba solo. Y ante la falta de respuesta, llegó a pensar que la experiencia jamás se repetiría.
Al llegar la Nochevieja Jack volvió a ver salir a su madre, ya que iba a tocar el piano en una fiesta donde habría otros niños. La noche era terrible. Diluviaba y el viento gemía sobre los cristales de las ventanas. Jack se quedó contemplando las nubes que se deslizaban por el cielo. Ya le aburría mirar el fuego de la chimenea, al haber perdido la fe en volver a encontrarse con el duende. Entregado a sus meditaciones, se preguntó qué ocurriría el año siguiente:
«Quizá crezca un poco más», se dijo. «Todos piensan que soy muy pequeño para mi edad.»
– ¡Jack, ven aquí! ¡Ayúdame, querido Jack! –le llamó una vocecita salida del fuego.
Se acercó de un brinco en busca de una respuesta. La chimenea estaba a medio apagar. Únicamente quedaba un ligero brillo rojizo por encima de las brasas cubiertas de ceniza. Precisamente agachada sobre éstas, aparecía la Princesa Pyra, intentando sujetarse a los hierros. Estaba más pálida, casi transparente, pues como un cristal dejaba ver al otro lado de su cuerpo trozos de carbón apagado.
– ¡Enciende la chimenea, te lo suplico! –rogó sin dejar de tiritar–. No hay suficientes llamas para calentarme. Si tardas mucho en avivar el fuego, yo me apagaré.
El niño procuró atender la petición lo más de prisa posible. Después se sentó en la alfombra contemplando la transformación que iba acusando la Princesa, hasta que recuperó completamente su esplendor. Su pelo largo y abundante se extendió sobre los hierros protectores, aunque no le desapareció la palidez, pero si recuperaron sus ojos el resplandor diamantino.
– ¡Qué bella eres! –exclamó el niño extasiado.
– ¿Me lo dices de verdad? –suspiró ella–. Mi Príncipe también lo dice al verme... ¡Ay, si te contara los muchos obstáculos que he debido superar para llegar aquí! No he dejado de pensar en ti desde que me hablaste.
– ¿A qué debo ese honor?
–Tú mostraste tu compasión sincera, mientras que mis damas me trataban fríamente... –La Princesa hizo una pausa y se puso muy seria–. ¿Me harías un favor, querido Jack?
– ¡Todos los que me pida, señora!
–Conseguir que el Príncipe del Agua entre en tu casa, porque deseo hablar con él.
– ¿Y eso cómo se hace?
–Yo te enseñaré. ¿Verdad que esta noche llueve intensamente?
– ¡Llueve a mares!
–Estoy de suerte. Seguro que son muchos los duendes del Agua que andan trabajando sobre tu ciudad. Lo único que debes realizar es dejar bien abierta una ventana y quedarte a la espera.
–Pero la lluvia inundará la sala de estar –se quejó el niño.
–No entrará ni una sola gota. Pero si te llegaras a mojar, lo que dudo, tú nunca te apagarías... Vamos, sé complaciente conmigo.
Jack abrió completamente las ventanas, y una ráfaga de viento le golpeó en la cara. Sin embargo, las gotas de lluvia no entraron. El fuego de la chimenea se avivó con fuerza, aunque comenzó a reducirse. Por este motivo, ella le pidió que hiciera de parapeto, para impedir que el aire húmedo llegara al fuego.
De repente, la Princesa comenzó a cantar en un tono bajo, hasta que fue subiendo el sonido. Pero terminó quedándose callada para solicitar:
–Examina el alféizar de la ventana y dime lo que estás viendo, mi querido Jack.
El niño obedeció, y se fue a encontrar con un hombrecito delgado y minúsculo en medio de un charquito de agua. Llevaba el pelo largo y despeinado, estaba chorreando por completo y tenía una mirada desconfiada.
– ¿Para qué me has llamado? –preguntó con una voz de pocos amigos.
–Pídele –musitó la Princesa– que haga venir aquí al Príncipe Fluvius.
Jack se encargó de trasmitir el recado, para encontrarse con esta réplica:
– ¿Quién eres tú para atreverte a tanto? ¿Acaso piensas que nuestro Príncipe va a atender la tonta petición de un mísero humano?
Al escuchar aquellos reproches, la Princesa volvió a cantar una dulce melodía, en unos tonos ascendentes, hasta que el duende del Agua se incorporó como si le hubiera movido un resorte y prometió que iría en busca del Príncipe o le complacería en lo que le pidiera, siempre que silenciara la canción, ya que le originaba un calor insufrible que estaba a punto de secarle.
Mientras el hombrecito acuoso se alejaba, ella se tendió sobre las brasas, impaciente. Jack procuró mantenerse alerta. La lluvia seguía pareciendo un diluvio y la habitación se iba oscureciendo paulatinamente. Entonces la Princesa dio un salto y exclamó:
– ¡Ya viene! ¡Nunca olvidaré su forma de presentarse!
Al instante se rodeó de unas estelas resplandecientes, que incrementaron su belleza. Poco tardó en llegar a la ventana una nuble blanca, que se detuvo en el alféizar. Cuando se abrió fue para dejar salir a un joven vestido maravillosamente de grises y platas. Debía tener un tamaño aproximado al de la Princesa, y el niño consideró que era el hombre más guapo que había visto. El pelo oscuro lo peinaba largo y liso y en su rostro pálido destacaban unos ojos azules del color del mar en agosto. Al descubrir a su amada se sobresaltó; y no hay duda de que hubiera saltado a la chimenea, de no haberle gritado ella que se detuviera, porque el calor le secaría.
– ¡Qué feliz me haces, amor mío! –Exclamó él, sin abandonar el húmedo alféizar–. Cuando yo suponía que jamás te volvería a ver... Te lo ruego, permite que te abrace... ¡Lo deseo tanto!
– ¡Jamás lo hagas! –Gritó la Princesa–. ¡Significaría la muerte de los dos!
–Al menos acabaríamos juntos –susurró el Príncipe Fluvius.
–Vivir juntos es más bello.
– ¡Ah, si eso no fuera imposible para nosotros dos!
–Hay una posibilidad –dijo ella–. He consultado muchos libros desde la última vez que nos vimos. Tendríamos que visitar al Anciano del Polo Norte. Es el mayor sabio del mundo. Con solicitar su ayuda, encontraríamos la solución.
– ¿Cómo podríamos llegar hasta donde él se encuentra? –Preguntó el Príncipe–. Si lo intentaras tú, el agua de los océanos te apagaría por el camino; y si lo hiciera yo, al llegar allí me convertiría en hielo. Quedaría en la nieve como una estatua muerta, con lo que jamás volvería a estar contigo. Quizá nos ayudasen las hadas del Aire, pues recorren todo el planeta en las mil direcciones de la rosa de los vientos. Sin embargo, son tan alocadas que siempre olvidan los encargos que se les hacen, por importantes que sean.
– ¡Disponemos de Jack! –Exclamó la Princesa, mirando al niño–. Podría llegar al Polo Norte como nuestro embajador. ¿Verdad que lo harías?
– ¿Yo? –inquirió el aludido, atónito–. ¿Y cómo me las apañaría si sólo tengo siete años, soy muy bajito y mi cuerpo no funciona muy bien porque tuve una parálisis siendo un bebé?
–Eso carece de importancia. Te llevará uno de los duendes del Aire. Bastará con que el Príncipe se lo ordene. Podrías ir esta misma noche. ¿A que no nos negarás este favor, querido Jack? Te estaríamos tan agradecidos...
El niño fue incapaz de decir que no. Antes contempló al Príncipe Fluvius, que se encontraba en el alféizar de la ventana, mirándole con esos ojos cargados de melancolía. Seguidamente, se fijó en la Princesa, arrodillada sobre los carbones encendidos, implorándole su colaboración contemplándole con unas pupilas resplandecientes, de las que brotaban chispazos de estrellas. Una pareja tan hermosa que era imposible contrariarla. Se quedó callado. Ella se dio cuenta de la indecisión, y decidió sonriendo:
–Saldrás de viaje en nuestro nombre. Conviene que prestes mucha atención a lo que voy a decirte, porque las instrucciones debes seguirlas al pie de la letra. Nunca olvides que el Anciano del Polo Norte es malicioso y desconfiado, y le encanta confundir a los desconocidos con líos. Debes mantenerte alerta. Otra de las precauciones que has de tomar es no formularle nada más que una pregunta, porque tiene la obligación de responderla correctamente. Sin embargo, a partir de la segunda te llegaría a enterrar bajo la nieve. Intentará por todos los medios que cometas el error de seguirle preguntando. ¡No aceptes su juego tramposo! También conviene que le cuentes sobre mí lo que voy a indicarte, sin olvidar ni una sola palabra.
–¿Qué debo contarle? –preguntó Jack no queriendo preocuparse.
–Le dirás lo siguiente: «Soy el embajador de la Princesa Pyra, que se ha enamorado del Príncipe Fluvius, y desea conocer el medio para poder casarse.» A partir de este momento has de mantenerte callado por mucho que él se empeñe en hacerte hablar. Nada más que llegues al País del Hielo, sentirás un frío intensísimo, que aliviarás con una bola de fuego que voy a entregarte. ¡Ojo, no te detengas a charlar con quien encuentres allí, porque te congelarías en el acto y morirías!
– ¿Cómo llegaré a ese lugar?
–Ve a la ventana. Pronto llegará el duende del Aire, que te servirá de transporte y de guía.
El niño pudo contemplar, en seguida, a otra criatura diminuta vestida con unas ropas flotantes de tonos negros, tan sueltas que casi no le rozaban el cuerpo. Su rostro era alegre, aunque inexpresivo. Y con cada uno de sus movimientos generaba una ligera racha de viento.
– ¿Estás preparado? –preguntó el Príncipe Fluvius amistosamente mirando a Jack.
–Creo que sí –respondió el niño, sin ocultar su miedo.
–Olvídate de cualquier temor, compañero –dijo el soberano del agua–. Sólo debes subirte a sus hombros; y él te llevará rápidamente a tu destino.
Y con estas palabras le colocó una mano en la cabeza. Al momento Jack comenzó a empequeñecerse. Y lo continuó haciendo hasta adquirir el mismo tamaño que los príncipes.
– ¡Vámonos de aquí! –ordenó el duende del Aire con un tono que parecía el susurro del viento otoñal.
El niño se subió en sus hombros, como días antes lo había hecho sobre los del duende de Fuego, y se hallaron listos para salir de viaje.
–Suerte, querido Jack –exclamó la Princesa desde el fuego–. Cuando tú te encuentres en un apuro, seremos nosotros los que estaremos a tu lado lealmente.
–Adiós, compañero –añadió Fluvius–. Ten bien presente las recomendaciones. ¡Y por nada del mundo le formules al anciano una segunda pregunta!
– ¡Adiós! –se despidió el niño.
La lluvia le estaba golpeando en la cara, y le aturdía la velocidad de desplazamiento; sin embargo, se cuidó de no quejarse. Lo suyo era apretar bien las piernas alrededor del cuello del duende. Detrás iban quedando tejados y chimeneas, hasta que llegaron al campo y sobrevolaron valles, montañas y caminos. Lentamente las nubes se fueron haciendo más ligeras, dejando ver la luna. Jack pudo contemplar el suelo sobre el que pasaban, porque no sufría de vértigo y había olvidado el miedo inicial. Mientras, volaban sobre unos pueblos que parecían tan pequeños como si sus casas e iglesias fueran de juguete. Por último, llegaron al mar, y el niño no pudo continuar callado:
–¡Supongo que no se te ocurrirá volar por ahí!
–Es la ruta mejor –contestó el guía con un soplido, ya que al hablar soltaba unas ráfagas de aire–. Me gusta que hayas hablado, ya que me has dado la oportunidad de hacerlo a mí. Confío en que vayas a gusto.
–Sí, eres una montura bastante cómoda. Pero a mí me asusta volar sobre el mar. ¿Qué pasará si nos caemos?
– ¡Eso no ocurrirá jamás! –Replicó el duende–. Vas bien sujeto. Deja de preocuparte. Me agrada sobrevolar el mar y el hielo, ya que son unas experiencias únicas.
– ¿Es que no sientes el frío?
–Lo puedo aguantar –respondió el guía con tono despreocupado–. En los parajes helados será distinto. Entonces utilizaremos la bola de fuego que nos entregó la Princesa, y así dispondremos del calor necesario. Oye, tengo curiosidad por la pregunta que le vas a formular al anciano. ¿Por qué no me la repites?
–Debo estar callado. Vamos a encontrarnos con alguien muy sabio, ¿te enteras?
–He oído hablar de ese personaje. ¡Lo conoce todo! Despejará todas tus dudas, siempre que sepas plantearlas en tu primera y única pregunta. Ya estamos, ¡vamos a sobrevolar el mar!
Las tierras quedaron atrás, y Jack se divirtió con el recorrido. Porque el susto se le había ido antes de lo que esperaba. La superficie marítima espumeaba, a la vez que la luna reflejaba unas estelas plateadas en las crines de las olas. También vieron algunos barcos veleros, empujados por la brisa. El niño se dijo que el viaje estaba siendo extraordinario, a pesar de que sólo hubiera agua durante miles de millas. Llegó a reír de satisfacción, hasta que algo empezó a inquietarle. Intentó espantarlo frotándose la frente: pero no lo logró. Sus pensamientos iban por estos rumbos:
« ¿Y si le pidiera al Anciano una cosa para mí en lugar de para la Princesa? ¿Alguien se enteraría? ¡Lo feliz que sería mamá si al volver a casa comprobara que su hijo ya no es un tullido! Resultaría tan sencillo contarle un cuento a la Princesa, para disimular la verdad de lo sucedido.»
Entonces se dio cuenta de que no era bueno alimentar estas ideas, y de que los compromisos se establecen para cumplirlos. Le vino a la memoria el rostro pálido de la Princesa y la voz melancólica del Príncipe. Sin embargo, también recordaba a su madre y la casa miserable en la que vivían. Le supuso un gran esfuerzo no empezar a llorar.
– ¿Oyes eso? –Preguntó el guía–. ¿No parece un canto?
Jack afinó el oído y percibió, en efecto, una dulce y a la vez amarga voz entonando una melodía. Le pareció lo más subyugador que había escuchado en toda su vida.
–Es una sirena –dijo el duende del Aire–. Canta a los barcos que pasan. Lo seguirá haciendo para conseguir que el piloto quede hechizado y siga el rumbo que ella le indique. Terminará arrastrándolo a un paraje de remolinos, donde la embarcación naufragará. Y los infelices tripulantes jamás volverán a estar al lado de sus esposas y sus hijos. Soplaré muy fuerte para llevar el barco en sentido contrario, hasta un lugar donde no pueda escuchar el malvado canto de la sirena. ¡Ay, Jack, cuando los marineros maldicen las tormentas, no saben que muchas veces debemos provocarlas para salvarlos de peligros mayores!
– ¡Me gustaría ver a una sirena de cerca! –dijo el niño, asombrado–. Sólo he leído cosas de ellas. ¿Cómo son?
–Nada más que resuelva el asunto del barco te llevaré a que contemples a una de ellas –prometió el guía.
Descendieron hasta situarse junto a la zona de estribor de la embarcación, que estaba dejándose arrastrar por el canto. Sus tripulantes parecían muy tranquilos, juntos en la cubierta. De pronto, el duende del Aire empezó a soplar con fuerza e incansablemente. El mar pareció encolerizarse, con unas olas altísimas que zarandearon el barco. Su capitán debió gritar que se arriaran las velas. Todos se mostraban muy asustados. Mientras tanto, estaban cambiando de rumbo. Y así continuaron durante muchas millas, lejos de la acción del canto traicionero.
–Ya podemos ir a echar un vistazo a la sirena –ofreció el guía.
Regresaron al lugar donde encontraron la embarcación. Precisamente allí, sentada en la cresta de una ola, Jack contempló a una hermosa sirena. Sus ojos eran verdes, del mismo color que su pelo. Al acercarse mucho más, el niño pudo comprobar que en lugar de piernas tenía una larga cola cubierta de escamas resplandecientes. Esto no le restaba hermosura. No dejaba de cantar con un tono triste y adormecedor. Por eso Jack sintió deseos de saltar al mar, para encontrarse al lado de la hechicera. Se vio dominado por una obsesión tan fuerte, que estuvo en un tris de seguir sus impulsos. Pero el duende le sujetó por las piernas. Y antes de que protestara, echó a volar con la mayor rapidez.
– ¡Cómo me alegra haberos salvado al barco y a ti, niño! –Dijo el guía–. ¡La sirena ha quedado bien chasqueada!
A Jack terminó por contagiársele el optimismo del duende, con lo que todos sus malos pensamientos le desaparecieron.
–Si un duendecillo tan alocado como éste se siente feliz con sus buenas acciones –comentó en voz baja–, más lo debía estar yo al brindar ayuda a los demás en lugar de tratar de resolver mis propios intereses.
Y se comprometió que, sin que importara lo que fuera a suceder, respetaría la promesa hecha a la Princesa Pyra. Iba a seguir sus consejos con la mayor fidelidad.
Mientras tanto, continuaban avanzando, hasta que el frío comenzó a sentirse. Debajo de ellos estaban apareciendo grandes masas de hielo flotantes, entre las cuales asomaban sus cabezas infinidad de monstruos marinos.
–Vamos a detenernos en este punto para echar a rodar la bola de fuego que te entregó la Princesa –dijo el duende.
Descendieron en uno de los icebergs, donde Jack fue descargado suavemente. El lugar se hallaba ocupado por un grupo de focas, que se mostraron asustadas ante aquella inusitada presencia.
– ¿Acaso no están ustedes enterados de que es de muy mala educación asaltar una propiedad privada sin antes solicitar permiso? –protestó la foca de más edad muy enfadada.
–Le pido mil disculpas, señora –susurró el niño.
–Debes perdonárselo –intervino una foca más joven–. ¡Es tan bonito! ¿Deseas comer algún pescadito? Tienes el aspecto de estar hambriento, y para mí es de lo más sencillo pescar. Sólo tardaré unos segundos.
Jack no dispuso de tiempo para responder al ofrecimiento, debido a que ya tenía cerca a otra foca de largos y blancos bigotes.
–Yo ando falta de servicio y suelo pagar muy bien –ofreció–. Me pareces un chico dispuesto y simpático. No me importaría tenerte a prueba una o dos semanas. Pero, té lo advierto, soy muy escrupulosa con la limpieza. Tendrás que dejar todas las mañanas el hielo de mi casa resplandeciente y de lo más transparente todo el agua que me sirve de baño.
Las focas ya estaban rodeando al niño. Sin embargo, apareció el duende del Aire, y con un soplido las arrojó al mar.
–¡Observa bien lo que va delante de nosotros! –Avisó el hombrecito, a la vez que se subía a Jack en los hombros–. Ya he echado a rodar la bola de fuego. ¿La ves ahí? Nos abrirá el camino y, sobre todo, nos quitará el frío.
Según iban avanzando, pudieron observar que eran precedidos por una enorme esfera resplandeciente, sobre la que el duende iba soplando para mantenerla en movimiento. En efecto, brotaba de la misma un calorcillo muy gratificante.
– ¿Cómo te las has ingeniado para cargar con ella además de llevarme a mí encima? –preguntó el niño.
–Ten en cuenta que entre nosotros las cosas se achican o se agrandan con que lo deseemos. La bola era muy pequeña, casi una chispa de claridad, cuando nos la entregó la Princesa Pyra. Yo voy aumentando su tamaño a medida que la soplo. Confío en que mantenga el fuego hasta que nos encontremos en el Polo Norte para que tú no te congeles. Nuestro regreso será de lo más sencillo. ¡Precisamente ya hemos llegado al País del Hielo!
Jack pudo comprobar que las montañas de hielo se iban incrementando en todos los sentidos, hasta que empezaron a desaparecer las zonas cubiertas de agua. Al final nada más que vieron un suelo cubierto de nieve, donde la luna originaba relampagueantes destellos, a la vez que unas imágenes casi transparentes. Todas ellas pertenecían a unos hombres y mujeres de ojos helados y brillantes, con una blancura agónica en sus caras. No hablaban, se limitaban a deslizarse en silencio como si no se atrevieran a pisar el lugar por donde pasaban. Su única reacción más activa fue la de correr detrás de la bola de fuego nada más descubrirla y, poco después, al ver a Jack le pidieron con gestos que se detuviera.
– ¿Quiénes son éstos? –preguntó el niño.
–Las gentes del País del Hielo. Viven aquí sin necesitar las palabras. Se limitan a deslizarse en silencio.
–De acuerdo. ¿Por qué no nos detenemos a observarlos más de cerca?
El duende no contestó. Prefirió señalar con su mano hacia un lugar del horizonte, en el que aparecían unas siluetas oscuras e inmóviles, que parecían unas grandes piedras plantadas sobre el transparente suelo.
– ¿Sabes qué es eso? –preguntó muy serio–. Tienes delante de ti los cuerpos de quienes se pararon para observar a las gentes del País del Hielo. Cuando algún barco queda apresado entre los icebergs, estas malvadas gentes se cuidan de congelarlos. Cuídate de ellas, ya que son tan perversas como las sirenas. Si hubiera permitido que te detuvieras, un solo minuto hubiera servido para convertirte en un témpano de hielo. Vaya, estamos muy cerca del Polo Norte. ¡El momento crucial!
Jack intentó ver entre los grandes bloques de hielo y nieve, porque estaba descubriendo una luz rosada que brotaba de la lejanía en forma de un abanico que se esparcía por el cielo. Se diría que era causada por una forma negra y muy singular, como una seta moldeada en el horizonte.
–Tienes delante el Polo Norte –anunció el duende–. Este resplandor proviene del fanal del anciano.
– ¿Vive solo?
–Sí, porque es demasiado quisquilloso. Nadie le aguanta. Hace muchos años era muy amigo del Anciano del Polo Sur. Juntos recorrían el planeta para intercambiarse las visitas por temporadas. No se conoce el motivo de sus riñas. El hecho es que ya no se dirigen la palabra ni se ven.
– ¿De verdad que desconoces el motivo de su riña? –insistió Jack.
– ¡Eso quién lo sabe! –replicó el duende ligeramente enfadado–. Acaso el Anciano del Polo Norte fue sorprendido en uno de sus continuos despistes, ya que es muy olvidadizo... ¡No me acuerdo de esas tonterías! A partir de este momento lo que importa es que tú recuerdes muy bien lo que has de decir, con el fin de que podamos salir de aquí lo antes posible.
Y nada más terminar de hablar, dejó al niño en el suelo y los dos se quedaron sentados, muy juntos y protegidos por el calor que emanaba la bola de fuego. Jack observó el lugar, y creyó estar soñando. El escenario no podía ser más raro: el hielo transparente aparecía por todas partes, pero delante se alzaba un montículo en forma de seta, acaso compuesto de una materia densa y brillante como el marfil. En el centro se hallaba sentado un anciano diminuto, que se abrazaba las rodillas. En su regazo aparecía un fanal marrón lleno de orificios, por los que brotaban destellos de luz rosada. Ese personajillo llevaba una enorme capa de tono castaño y tapaba su cabeza con un sombrero, por el que asomaban los mechones de una pelambrera larga, lisa y blanquecina.
No había duda de que era feísimo. Su rostro carecía de volumen, excepto una impresionante nariz ganchuda. Se diría que se hallaba adormilado, ya que tenía los ojos cerrados y daba cabezadas. Jack dudó si podía despertarlo, por lo que se mantuvo inmóvil, observándole con atención. Es posible que le hubiera tocado seguir allí durante años, ya que al parecer el anciano nunca tomaba la iniciativa en ningún asunto. Pero el duende del Aire lanzó un terrible soplido, con la idea de que sus ráfagas causaran unas grandes oscilaciones de los haces de luz rojiza que salían del fanal. Esto trajo consigo que el Anciano del Polo Norte se estremeciera, abriese los párpados y viese a Jack.
– ¿Quién eres, niño? –preguntó con una voz atronadora–. Deseas que te responda a alguna cuestión importante, eso está bien claro. Todos me visitan para lo mismo. Aproxímate un poco más, que no te distingo bien.
El embajador de los príncipes se acercó tiritando de miedo. Mientras tanto, estaba realizando un gran esfuerzo para recordar las recomendaciones que se le hicieron. Temió haber olvidado alguna. Encima no daba con la manera de comenzar.
–Anímate, niño, suéltame lo que se te ocurra –exigió el anciano conteniendo una risotada–. ¿Acaso deseas saber cómo desarrollarte para ser más fuerte o cómo localizar un saco lleno de oro para dárselo a tu madre, o qué diablos pretendes de mí? Di lo que necesites, y deja de observarme con ese rostro de asustado.
Nuevamente las malas ideas acudieron al cerebro de Jack. Se volvió para observar al duende, que dormía sobre la nieve. Después se fijó en los destellos de luz rosada que se proyectaban en el cielo oscuro. Recordó a su madre. Sin embargo, al momento pensó en la triste princesa enamorada y, venciendo sus debilidades, cerró los ojos para dejar de contemplar el gesto malicioso del anciano. En esta postura dijo de carrerilla:
–Soy el embajador de la Princesa Pyra, que desea casarse con el Príncipe Fluvius; pero los dos temen encontrarse juntos: él por secarse, y ella por apagarse. Por eso debo yo preguntarle a usted, le ruego que me ayude, cómo deben actuar.
Se detuvo bruscamente y abrió los ojos. El anciano se estaba partiendo de risa, con grandes convulsiones. Sus carcajadas resultaban tan agresivas que el niño temió que todo el Polo Norte se fuera a derrumbar. No cesó el ataque de brutal hilaridad en muchos minutos, como si jamás tuviese final. Por último se quedó en silencio, aunque le costó recuperar el aire, al estar soltando infinidad de resoplidos, jadeos y breves estallidos de risa. Después, unos quince minutos más tarde, cuando se había tranquilizado un poco, ironizó:
– ¡Mira que es tonta la gente de este mundo! ¿Cómo pierden el tiempo en decidirse a realizar lo único importante de sus vidas? ¡Es normal que nunca puedan casarse, pues morirían al estar juntos! ¡Qué estupidez: el agua apaga el fuego, lo mismo que el calor del fuego seca al agua! ¡La Princesa debe saberlo porque la han llevado a un colegio! Lo que tienes que hacer, cuando estés de nuevo con los dos, es decirle al Príncipe Fluvius que se aproxime a ella y la bese. ¡No necesita hacer otra cosa!
Y el anciano volvió a reír de nuevo.
Jack no podía entender nada; sin embargo, recordaba la prohibición de formular una segunda pregunta. Prefirió quedarse de pie, mirando al sabio en silencio.
– ¿Qué otra cosa deseas de mí? –Preguntó éste, exigente–. Debe haber algo que tú mismo necesites. ¿Me equivoco, niño? ¿Qué deseas? Venga, pide mi opinión para lo que te preocupe, que te lo resolveré con agrado.
Más de doce preguntas inundaron el cerebro de Jack. ¡Cómo hubiera deseado soltarlas! No obstante, tuvo muy presente los consejos de la Princesa, y contuvo su lengua. Decidió mirar hacia el duende del Aire, que continuaba dormido. Se preguntó cómo se las apañaría para despertarlo. Temió que pudiera resbalarse en el hielo si se alejaba de allí. No obstante, hizo intención de moverse. Entonces una de las manos huesudas del viejo le cogieron por un brazo, forzándole a detenerse.
– ¡No seas ingrato, niño! –Dijo con un tono embaucador, que traicionaba el brillo perverso de sus ojos–. No permitiré que te largues sin ofrecerte algo más. Debes pedírmelo. Me parece que no debes desaprovechar la oportunidad viniendo de tan lejos. Ya me tienes a tu lado, busca más beneficios.
Le estaba sujetando con tanta violencia que el niño se sintió aterrorizado. Quiso escapar dando un fuerte empujón, con lo que tiró el fanal del anciano. Esto originó mucho ruido, con lo que se despertó el duende. Como sus reflejos siempre se hallaban listos a actuar, voló junto a su protegido.
– ¿Ya has terminado? –preguntó.
–Sí –contestó Jack.
Estaba temblando por culpa del pánico, debido a que el anciano, en medio de un arrebato de cólera, trataba de capturarlo nuevamente con sus largos brazos huesudos. Pero el duende del Aire le lanzó un soplido en la cara, para obligarle a cerrar los ojos y girar la cabeza. Un tiempo de indecisión precioso, que le permitió a Jack subirse a los hombros de su aliado. En seguida echaron a volar sin dar mayores explicaciones.
–Ya no contamos con la ayuda de la bola de fuego, porque se ha consumido –avisó el duende, a las pocas millas de recorrido–. Quizá tengas algo de frío. Pégate a mí e intenta dormir. No te caerás. Por otra parte, pienso moverme a la velocidad del rayo, lo que te impedirá contemplar el paisaje.
En efecto, Jack se sentía aterido de frío. Le pareció estupendo echarse una siesta, aunque no dejó de abrir los ojos para saber si faltaba mucho para encontrarse en su casa. En seguida volvió a adormecerse.
–Pronto sobrevolaremos Londres –avisó el duende–. En unos cinco minutos te encontrarás ante la chimenea de tu casa.
–Me gustaría que mi madre no hubiese vuelto –dijo el niño–. Porque al comprobar que me he ido se habrá dado un susto de muerte.
– ¿De qué estás hablando? –Se burló el duende–. Si aún no hemos llegado al Año Nuevo. ¡A ese gran reloj todavía le faltan unos minutos para marcar las doce! ¿Te das cuenta? Ahí abajo se encuentra tu calle.
A Jack le pareció incomprensible que todo lo vivido, unos hechos que debían haber consumidos días enteros, hubiesen ocurrido en menos de una hora. Desde el exterior, contempló la ventana de la sala de estar, en cuyo alféizar se hallaba arrodillado el Príncipe: en idéntica postura que cuando lo vio por última vez. ¿Continuaría la Princesa en la chimenea? ¡Claro que sí, ya la estaba viendo! Nada más que el duende le dejó en el suelo, se fijó en los largos y ondulados cabellos que tocaban las brasas.
– ¡Dinos cómo te ha ido! –Exclamaron los dos amantes a la vez–. ¿Qué solución te ha dado el anciano? Venga, querido Jack, no te hagas rogar.
–Es que me siento congelado de frío –susurró el niño–. No creo que pueda hablar con... la lengua helada...
La Princesa dio un soplido sobre los carbones, para formar una gran llamarada que iluminó la estancia. Después habló a Jack:
–Ya te puedes calentar a gusto. Dentro de unos segundos conseguirás hablar, porque nos tienes ansiosos de oírte... ¿Cuál es la solución de nuestros problemas?
El niño dudó unos momentos. Por último, miró a la Princesa fijamente, convencido de que debía informarla del mensaje. Y lo repitió al pie de la letra, sin omitir ni las expresiones burlonas:
–Qué estupidez: el agua apaga el fuego, lo mismo que el calor del fuego seca al agua! ¡La Princesa debe saberlo porque la han llevado a un colegio! Lo que tienes que hacer, cuando estés de nuevo con los dos, es decirle al Príncipe Fluvius que se aproxime a ella y la bese. ¡No necesita hacer otra cosa!
Los príncipes se quedaron en silencio, analizando las palabras que acababan de oír. Al final, él exhaló un hondo suspiro y expuso.
–Yo supuse que ésa era la solución. Significa que nuestra única esperanza es la de sucumbir juntos. Estoy dispuesto para ese final, porque no deseo otra cosa que hallarme junto a ti... ¿Qué puede significar la vida para mí sin tu amor, mi adorada Pyra?
– ¡Te confundes, cariño mío! –exclamó ella–. Creo haber entendido el contenido de ese mensaje. Los dos hemos de cambiar para conseguir la felicidad. ¡Esa es la solución! Acércate a mí, pues yo no le temo al destino. Correré voluntariamente el peligro de apagarme, en el caso de que no haya otra posibilidad de verme unida a ti.
Y al dejar de hablar, la Princesa abandonó las llamas y saltó al suelo del salón. Iba rodeada de fuego. Jack no pudo contener un grito, al temer que fuera a incendiarse la casa. No obstante, el Príncipe le interrumpió al saltar desde el alféizar de la ventana, para correr en busca de su amada, dejando charcos de lluvia en su camino.
De pronto, sin más preámbulos, los dos enamorados se unieron en un abrazo... ¡Y se besaron!
En seguida se escuchó un tremendo chasquido, similar a la detonación de un trueno. Al momento la estancia quedó inundada con una densa humareda, que al niño le impidió saber lo que estaba ocurriendo. Sintió deseos de gritar de pánico. Pero al poco rato se escuchó la dulce voz de la Princesa, que le llamaba:
– ¡Jack, estamos aquí! ¿Nos escuchas, querido amigo?
Lentamente la humareda fue desapareciendo. Y allí mismo, en el centro de la sala de estar, pudo contemplar a la Princesa Pyra. Sin embargo, ya no era la misma. También vio al Príncipe Fluvius, que tampoco era el mismo. Los dos tenían idéntica cara y un cuerpo parecido. Estaban abrazados, y ella mantenía su cabeza apoyada en el hombro de él. La Princesa había dejado de verse rodeada de llamas, y le faltaba el resplandor anterior. Se diría que su pelo mostraba una mayor suavidad y sus ojos no refulgían, pero se habían vuelto dulces y luminosos. Las orquídeas de fuego de su corpiño ya eran unos lirios auténticos, con lo que ella resultaba más natural... ¡Casi una mujer auténtica!
También en el Príncipe se había producido un gran cambio. Sus ojos ofrecían una mayor claridad y resplandecían, el cabello ya no era lacio, al haber dejado de estar empapado, pues lo tenía seco y rizado, y la ropa le ajustaba totalmente al cuerpo.
Entonces ella comenzó a llorar de felicidad; y él le besó las lágrimas. Precisamente en aquel momento comenzó a escucharse el primer tañido de las doce. Todas las campanadas de Londres parecieron haberse unido para anunciar el fin de un año. Y a medida que se iban produciendo, fueron dando entrada en la casa a infinidad de criaturas mágicas: hadas, duendes y elfos, de todas las formas y tamaños, horribles o muy hermosos. La mayoría con ropajes estrafalarios. Llegaban por la ventana, por el hueco de la chimenea y hasta atravesando las paredes. Cada uno de ellos queriendo tocar o encontrarse al lado de los enamorados. Finalmente, miraron a Jack, que lloraba de alegría al ver tantos gestos de agradecimiento. Y al sonar la sexta campanada, la pareja se elevó del suelo flotando muy despacio buscando la ventana.
–Adiós, mi querido Jack, jamás te olvidaremos –dijo la Princesa, a la vez que se alejaba, sin dejar de sonreír y de agitar la mano derecha.
–Hasta pronto, Jack –añadió el Príncipe–. Contarás con nosotros siempre que nos necesites.
En aquel preciso instante estaba sonando la última campanada de las doce. Coincidió con la desaparición de todas las criaturas mágicas. La última en marcharse fue la Princesa, para enviar a Jack un beso con la mano.
La sala de estar se quedó vacía al completo; pero como si allí no hubiese ocurrido nada maravilloso. Pero Jack sabía que lo suyo no había sido un sueño. Entonces sintió mucho frío.
Un año más tarde, Jack ya había cumplido ocho años. Contaba con más experiencia; pero seguía esperando volver a ver a sus amigos, para saber cómo les había ido. Infinidad de tardes removió los carbones y los leños de la chimenea, lo mismo que cuando llovía pegaba la nariz en el cristal... ¿Acaso jamás volverían a su lado? Llegó a pensar que lo ocurrido la última Nochevieja formaba parte de una de esas pesadillas que parecen reales.
La Navidad ya estaba allí; sin embargo, iba a ser muy diferente a todas las anteriores. Jack estaba muy enfermo, tanto que le quedaban pocas horas de vida. Llevaba semanas sin levantarse de la cama. Su madre le cuidaba, luego había dejado de ir a tocar el piano en las fiestas. Se pasaba los días sentada en una silla, junto a la cabecera del lecho de su hijo, intentando contener las lágrimas. El niño no comprendía por qué sufría tanto, pues a él no le dolía el cuerpo, y estaba muy contento bajo el edredón. Por fin disfrutaba de su madre en todas las horas que se hallaba despierto.
La Navidad transcurrió sin muchas novedades y llegó la Nochevieja. Su madre se encontraba tan cansada de no dormir, que fue incapaz de mantener los ojos abiertos. Y aunque luchó por no rendirse, terminó siendo vencida por el sueño.
El niño decidió seguir inmóvil, mirando la claridad que entraba por la ventana gracias a la luna llena. Los tejados de la casa aparecían cubiertos con una capa de nieve, para que reverberasen los destellos de plata de una noche sin nubes. De pronto, la llamita de la vela comenzó a oscilar hasta que terminó apagándose.
–A esta misma hora conocí a la Princesa el año pasado –musitó Jack–. ¿La volveré a ver?
Sin embargo, se incorporó sobresaltado y tiritando, debido a que acababa de escuchar una dulce voz que le llamaba:
– ¡Jack, estoy aquí! ¡He venido, querido Jack!
Se fijó en el alféizar de la ventana, donde de pie, recortada por la luz de la luna, aparecía la Princesa. No la recordaba tan hermosa como en aquel instante. El Príncipe la acompañaba.
– ¿Cómo has podido creer que te habíamos olvidado? –preguntó ella–. Es verdad que está será la última vez, pues hemos decidido irnos a vivir al otro lado de la luna. El viaje es tan largo que no permite el regreso a la Tierra. Te hemos traído un regalo. Es un cinturón mágico. Nos ha costado todo un año curtirlo. Debes ponértelo de prisa. En seguida comprobarás que estás recuperando la salud. Pasados unos años, en tu cuerpo no quedará ni una sola huella de la parálisis infantil; además, serás alto, fuerte y muy inteligente.
Jack vio que los dos le traían algo parecido a un aro de plata. Lo echaron a rodar sobre el edredón, hasta dejarlo junto a la almohada.
–Nadie lo podrá ver, debido a que cuando te lo pongamos se volverá invisible –dijo la Princesa–. Tampoco lo advertirás tú mismo. Vamos, siéntate para que te lo coloquemos en la cintura.
– ¡Un millón de gracias, mi querida Princesa! –exclamó Jack, sentado en el lecho.
Los dos príncipes le pusieron el cinturón, dejándolo bien apretado. Sin embargo, una vez lo tuvo puesto el niño no sintió que sucediera ningún prodigio.
–Ha llegado el momento de despedirnos, Jack –dijeron ambos–. Sentimos que sea un adiós para siempre.
La Princesa se agachó para besar al niño en la frente. El contacto fue algo inolvidable, tan intenso que al afortunado que lo recibió le quedó la sensación de haber obtenido el mejor de los premios.
–Adiós, mi querida y dulce Princesa –musitó Jack muy emocionado.
Cuando estrechó su mano sintió una gran pena, al saber que nunca volvería a verla. En seguida los dos príncipes se alejaron sobre un rayo de luna. Ella volvió la cabeza y le envió un beso con los dedos antes de esfumarse en el marco de la ventana. Y ya se desvaneció.
Sin embargo, al día siguiente, cuando el médico examinó a Jack se quedó sorprendido. Reía al decir que ya estaba casi curado y que, dentro de unas veinte horas, seguramente podría abandonar la cama. Como era un hombre muy serio, creyó que el «prodigio» se debía a las últimas medicinas.
Jack se sentía tan feliz que contó a su madre la historia del duende de Fuego y la Princesa. Pero la buena señora reaccionó moviendo la cabeza y comentando:
–Se ve que estás mejor, porque vuelves con tus locas fantasías.
Un año después, cuando Jack estaba en el colegio ya era el chico más alto y fuerte, además del más listo. Y al comprobar sus éxitos, él mismo se buscaba el cinturón mágico, sin poder encontrarlo. No obstante, cada vez que su madre hablaba emocionada de la milagrosa curación de su hijo, además del gran cambio de su físico, éste sonreía pensando:
«Todo se lo debo al duende del Fuego, pues me abrió las puertas de un mundo maravilloso... ¡Pero donde cambió realmente mi vida fue al visitar el Polo Norte!»

La Reina Balqis y el Rey Sulaymán

Relato árabe de duendes
Los yinns pueden ser considerados unos duendes árabes, que actuaban preferentemente en los desiertos y en los mares que bordeaban el Golfo Pérsico. Controlaban los vientos al formar parte de los mismos; sin embargo, también podían materializarse para actuar como unos magos prodigiosos: capaces de edificar palacios en un día, adivinar los más complicados acertijos y realizar otras maravillas.
Sin embargo, al ser demasiado vanidosos, con astucia se les podía encerrar en botellas, lámparas y otros recipientes. Algo como lo que logró el astuto Aladino, después de sacar accidentalmente al genio o duende yinn de la lámpara mágica. Las leyendas árabes cuentan que más de una docena de magos y sacerdotes consiguieron encerrar a los yinns, para servirse de sus poderes.
Aunque debían andar con mucha cautela, sin llegar a humillar a estos seres casi infernales, ya que al encolerizarse demasiado se movían con tanta violencia en su encierro, que terminaban haciendo saltar el tapón del recipiente. Entonces daban muerte al mago o al sacerdote.
En este relato hemos recogido una de las muchas leyendas árabes sobre los amores del rey Sulaymán (el Salomón bíblico, aunque aquí se ofrece en su versión coránica) y la reina de Saba.
El argumento en nada tiene que envidiar a los de Las mil y una noches. Confiamos que guste tanto como a nosotros.

Balqis había tenido la suerte de ser la hija de Al-Hadhad, monarca de Saba, y de Rawaha, la descendiente más directa del rey de los yinns.
El relato de las andanzas de Balqis se inicia muy temprano, ya que hemos de situarnos una mañana, horas antes de que viniera al mundo, al decidir el soberano de Saba que se organizara una partida de caza. Sin embargo, se sintió agotado al poco tiempo, lo que le llevó a descabalgar de su montura, para sentarse a descansar bajo la sombra de un árbol.
De repente, la tranquilidad ambiental se vio interrumpida por la aparición de dos serpientes, una blanca y lisa, y otra negra y venenosa. En seguida entablaron una mortal pelea. El rey se quedó mirando, extasiado, hasta comprobar que el ofidio oscuro parecía ir a obtener la victoria, a pesar de ser más pequeño. Esto le llevó a intervenir, cogiendo una piedra de gran tamaño para aplastar la cabeza de la negra. Seguidamente, echó agua sobre la blanca, con la intención de reanimarla y, al final, la permitió que reptara por el suelo hasta perderse entre la maleza.
El monarca volvió a su palacio y, en seguida, tomó la decisión de recluirse en una de sus habitaciones privadas. Deseaba encontrarse solo. Pero sus propósitos se vieron alterados por la aparición de un hombre de gran estatura, al parecer surgido de ninguna parte, que se quedó plantado ante él.
–No os asustéis –pidió amablemente–. Soy la serpiente blanca a la que esta mañana habéis salvado la vida dando muerte a la negra. Os diré que era uno de mis esclavos; sin embargo, después de rebelarse contra mí, dio muerte a varios de los componentes de mi casa. Como recompensa por tu ayuda, voy a brindarte el poder de sanar y muchas riquezas.
–Tengo lo suficiente para no necesitar dinero –dijo el rey de Saba–. Respecto al poder de sanar, considero que le sería más útil a un médico que a un soberano. Pero voy ha solicitaros un favor: si tenéis una hija, concededme el honor de entregármela como esposa.
El aparecido aceptó la nueva recompensa, aunque impuso una condición:
–A pesar de lo que ella pueda realizar, por mucho que os contraríe, jamás le llevéis la contraria. De no cumplir esta norma, mi hija os abandonaría al momento.
El rey contrajo matrimonio con la princesa yinn y convivieron en un ambiente de felicidad. Hasta que vino al mundo su primer descendiente, que fue un hijo.
Todavía se escuchaban los gritos de júbilo del pueblo, al conocer la noticia del nacimiento de un heredero, cuando la madre abandonó su aposento llevando al niño en los brazos. El rey la siguió con la mirada. Así vio que ella cruzaba por el salón principal y entraba en la cocina. Se detuvo junto a un caldero puesto sobre el fuego.
Sin mediar palabras, en una reacción inesperada, arrojó a su hijo a las llamas. El rey se quedó aterrorizado, sin poder creer lo que acababa de contemplar. Pero, al momento, recordó la promesa hecha a su suegro; y aunque le dolía un crimen tan atroz se sintió obligado a no formular ningún comentario.
Casi un año después volvió a sufrir otro momento aterrador. La reina acababa de darle una hija. Sin embargo, comportándose de la misma forma que la vez anterior, salió de sus aposentos meciendo en sus brazos a la pequeña. Su esposo la siguió presintiendo que iba a la cocina. Hizo un intento de impedírselo al cerrarle el paso.
Entonces la reina dio un grito, acudió un perro a su llamada y cogió con sus dientes a la princesita. Antes de que el monarca pudiera intervenir, el animal escapó con su presa. Sumido en una pena indescriptible, el rey permaneció callado, al entender que la promesa que le ataba a su suegro le forzaba a no reprocharle nada a su esposa.
Pocos meses más tarde, Saba se vio sacudida por una rebelión. El rey y la reina organizaron un poderoso ejército y, a la cabeza del mismo, marcharon a enfrentarse contra los sublevados. Una de aquellas noches, cuando se habían detenido a descansar en medio de una arboleda, se produjo un suceso de lo más insólito: unas manos invisibles echaron al suelo el cargamento que llevaban los camellos y, luego, se dedicaron a esparcir por la arena el contenido, que en su mayor parte eran las provisiones.
El rey intuyó lo que estaba ocurriendo, porque aquellas manos sólo podían corresponder a los yinns. Y éstos obedecían las órdenes de la princesa, en su condición de duendes de los vientos del desierto. En esta ocasión no pudo acallar sus quejas, al comprender que miles de hombres iban a perecer de hambre y sed. Por eso agarró a la reina por un brazo y la llevó a un lugar apartado. En éste se quedó mirando a la hierba, para terminar gritando muy enojado:
– ¡Oh, tierra ingrata! He venido sufriendo sin protestar al contemplar cómo el fuego abrasaba a mi hijo o como un perro devoraba a mi hija... ¡Pero hoy has llevado demasiado lejos tu maldad, y seremos miles los hombres que moriremos!
–Te habría ido mejor de haber mantenido algún tiempo más tu paciencia –le reprochó la reina–. Has de saber que tu wazir (consejero principal) fue pagado por el enemigo para que envenenase todos los alimentos y la bebida. Si hubierais hecho uso de las provisiones, pronto estaríais muertos. No obstante, en las proximidades de este lugar hay un oasis, que os proporcionará todo el agua y la comida que necesitéis. En lo que se refiere a tu hijo, lo eché al fuego para que se hiciera más fuerte y, después, lo puse al cuidado de una nodriza; sin embargo, falleció hace unas semanas preso de una enfermedad desconocida. No ha corrido la misma suerte Balqis, tu hija, ya que el perro la llevó a un lugar seguro, lejos de nuestros enemigos. Hoy día crece llena de salud y hermosura.
Al mismo tiempo que estaba hablando el suelo comenzó a abrirse, con lo que se desplazaron muchas rocas y algunos árboles, iluminados momentáneamente por el resplandor que brotaba de las entrañas de la tierra. De allí surgió una bellísima joven de inmensos ojos oscuros y una espesa mata de pelo negro, la cual se quedó de pie ante ellos. Su padre la contempló y ella corrió a abrazarle.
Sin embargo, al producirse este contacto la reina desapareció; y nadie la volvió a ver jamás.
Con el paso de los años Balqis se transformó en una mujer de gran belleza, querida y agasajada en exceso por su padre. Pero un mal día éste sufrió una grave dolencia y murió. Heredó la corona el primo de Balqis, que era un ser perverso y lujurioso, al que ella detestaba desde siempre.
Una de las costumbres de este tirano era engañar a las muchachas más bonitas, para llevarlas a sus aposentos, donde las mancillaba. Enterada de tan abyecto proceder, la princesa tomó la decisión de atajarla. Un día mandó a un mensajero, para ofrecerse como esposa de su primo. Dado que el rey consideró que se le hacía una oferta que jamás había supuesto, la aceptó de inmediato.
En la misma noche de bodas, Balqis llegó al palacio encabezando un numeroso grupo de personas, entre las que destacaban sus guardias y sus doncellas. En el momento que se vio a solas con el rey, le convenció para que bebiese tanto que, al final, ni fuerzas le quedaron para mover las piernas sin caerse. Dado que se hallaba borracho, ella cogió una espada y le cortó la cabeza.
Un castigo que los sabeos aplaudieron, con lo que propusieron a Balqis que fuera su reina, comprometiéndose a honrarla y a servirle fielmente hasta el fin de sus días.
Sus nuevos súbditos construyeron para ella un palacio de ónice, mármol y alabastro, provisto de unas cúpulas doradas que casi llegaban al cielo. El esplendor del labrado trono, tan famoso en las leyendas árabes futuras, resultaba inconmensurable: baste mencionar que la corona del dosel alcanzaba los ochenta metros de altura; unas ramas magistralmente talladas se enroscaban por los laterales y la zona de atrás; y de cada una de ellas colgaban guirnaldas de hojas y manojos de flores que refulgían con el resplandor de innumerables piedras preciosas. Brillaba igual que el sol de las mañanas sobre las arenas del desierto.
Lo mismo que Balqis gobernaba con generosidad y justicia a su pueblo en el país de Saba, el rey Sulaymán, hijo de Dawud (David), llevaba los destinos de Palestina. Sulaymán, al que en Occidente se le da el nombre de Salomón, se había ganado la justa fama de sabio y, al mismo tiempo, era considerado profeta de Dios, lo que suponía que su mandato marchaba en la línea del equilibrio y la serenidad.
Cuando obtuvo el trono, suplicó a Dios que le concediese un mayor poder que el conocido por todos los soberanos que le habían antecedido. En respuesta a sus oraciones, le fue otorgado que los yinns y los demonios se pusieran a su servicio. Con esto se le brindó el dominio sobre los vientos y todos los animales, ya estuvieran en la tierra, en el aire o en el agua. También se le otorgó la facultad de dominar los idiomas, lo que supuso que pudiese dialogar con todas las gentes de la tierra, aunque viniesen de los extremos más alejados de la misma.
Cada vez que el rey Sulaymán decidía viajar, mandaba que su trono fuera montado en una plataforma de madera similar a una enorme alfombra. A la derecha y a la izquierda de la misma se sentaban los nobles de su corte, y detrás iban los yinns y los demonios. Cuando todos se hallaban bien acomodados, Sulaymán llamaba a las grandes aves, para que volasen encima de la plataforma, con el fin de que compusieran un palio que le defendiera de los rigores del sol. Seguidamente, ordenaba a los vientos que actuasen, para que el más fuerte se encargara de elevar la alfombra, mientras que los más ligeros se encargaban de que el rumbo fuese el correcto.
A primeras horas de una mañana, Sulaymán y su corte subieron en la alfombra y salieron en viaje hasta unos territorios muy lejanos. Sin embargo, entre las aves que servían de gigantesco parasol se encontraba la inquieta abubilla Yafur.
Horas más tarde, el rey sabio y los suyos aterrizaron en una llanura poblada de árboles para descansar. Este momento lo aprovechó Yafur para realizar algunas exploraciones sin que se advirtiera su desaparición. Estuvo unos momentos revoloteando juguetona, hasta que descubrió un magnífico huerto, en el que se encontraba una abubilla posada en la rama de un árbol frondoso. Yafur dijo su nombre como presentación, y su amiga le contó que se llamaba Afeer.
–¿De dónde provienes? –preguntó ella muy asombrada.
–De las tierras de Sham (Siria), ayudando a dar sombra a nuestro señor Sulaymán, el soberano más poderoso, que gobierna sobre los humanos, los yinns, los animales y las aves. ¿Y tú de dónde eres?
–De este mismo país, que es gobernado por la justa Balqis –contesto Afeer orgullosa–. Es soberana del reino de Saba y manda sobre más de diez mil señores. Si vienes conmigo, podrás comprobar su hermosura sin par.
–He abandonado mis obligaciones sin pedir permiso, Si tardara mucho, es posible que me echaran en falta –recordó Yafur bastante intranquila.
Por la tarde, el rey Sulaymán advirtió que el sol le estaba dando en la cara. Levantó los ojos hacia el cielo, y pudo comprobar que sus pájaros estaban desobedeciendo sus órdenes. En seguida comprobó que el hueco en el «parasol» correspondía al lugar que debía ocupar Yafur. Entonces llamó al halcón, el ave jefe, y exigió que se le informara sobre la desertora.
–Desconozco dónde puede encontrarse esa inquieta abubilla –expuso el halcón–. Yo no la he mandado a cumplir ninguna otra misión.
En seguida el halcón se entrevistó con la reina de los pájaros, el águila, y le ordenó que se encargara de localizar a Yafur lo antes posible. La alada soberana se lanzó al aire, dispuesta a recorrer el país intentando dar con la abubilla. Al poco rato la vio saliendo del Yemen con un vuelo lento, propio de un ave que se siente muy triste.
Y antes de que la desertora dispusiera de tiempo para explicarse, el águila cayó sobre ella.
–Recuerda a quien te hizo más fuerte que yo –rogó Yafur–. Ten piedad de mí. Si me perdonas la vida, podré contar a nuestro señor Sulaymán algo muy importante.
Para ser creída la abubilla había adoptado una postura de sumisión: la cabeza agachada y las alas vencidas. Fue llevada ante el rey sabio, el cual se mostró enojado con la desertora, por eso la reconvino con severidad, y hasta llegó a decirle que iba a matarla.
–¡Oh, sublime monarca del mundo, he podido ver a una reina celestial, de una hermosura que envidiarían las mujeres más bellas que hayáis conocido! Vive en un palacio excelso y se sienta en un trono extraordinario. Sin embargo, tanto ella como su pueblo adoran al sol –balbuceó muy intranquila Yafur, casi sin fuerzas en la lengua.
–Voy a perdonarte por ser la primera vez. Anda, vuela a ocupar tu lugar de trabajo –decidió el rey rigurosamente.
Sin embargo, había quedado intrigado por lo que acababa de oír. Esto le decidió a escribir una carta a la reina de Saba. En ésta le comunicaba:
«Os conmino a ti y a todo tu pueblo a que veneréis al único Dios auténtico y que abracéis el Islam.» Finalizó el comunicado invitando a la soberana a que le visitara en su país. Por último, ordenó a Yafur que llevara el mensaje a Balqis.
Ésta se hallaba sola en sus aposentos cuando la abubilla entró por una de las ventanas, que alguien había abierto para aliviar el calor. El mensaje le cayó en el regazo. A la reina le sorprendió mucho la carta. Se quedó pensativa, sin encontrar la respuesta adecuada. Al día siguiente celebró una reunión con su corte para informarles:
–He recibido un mensaje de un poderoso rey, el cual nos pide que acudamos ante él dispuestos a someternos a su Dios. Propongo que le enviemos un obsequio que nos pruebe si es un profeta.
Después entregó a uno de sus sabios un pequeño recipiente de cristal, en el que se había introducido una gran perla sin perforar y una enorme esmeralda taladrada defectuosamente. Esto debía ser entregado personalmente al rey.
Sulaymán se hallaba acompañado de su corte y del numeroso grupo de yinns, demonios, animales y pájaros. Cuando tuvo en sus manos el recipiente de cristal, esperó a saber en qué consistía la prueba:
–Mi soberana desea que perforéis la perla y, después, enhebréis la esmeralda mal taladrada que ahí se guardan –dijo el sabio–. ¿Podréis realizarlo?
De la primera tarea se cuidó la carcoma, al perforar la perla con suma velocidad y eficacia. Seguidamente, intervino la oruga, recogiendo una hebra de hilo con la boca y, arrastrándose por el interior de la esmeralda, la atravesó por completo. Esto significó que el rey pudiera introducir y la perla y la gema en el recipiente de cristal y, luego, se lo devolviera al sabio.
Balqis decidió aceptar la religión de ese Dios que concedía tantos dones. De esta manera, Sulaymán se vio ante una mujer cuya hermosura esplendorosa empalidecía todo lo bello que había en la corte... ¡De tan perfecto como era su físico, los que no creyeran en un solo Dios hubieran pensado que tenían delante a una diosa!
–Me gustaría que respondieras a un acertijo, oh, el más sabio de los monarcas del mundo –pidió Balqis.
–Por difícil que sea yo te ofreceré la solución –contestó Sulaymán.
– ¿Qué agua hay en el mundo que no tiene relación con la tierra ni con el cielo? –preguntó ella.
Los yinns dieron en seguida con la respuesta y la susurraron en el oído de su rey.
–La cosa es sencilla –dijo éste–. Si todos mis caballos galoparan por el desierto hasta que el sudor chorreara por sus patas, y yo encargase que fuera recogido en una jarra, podría contar con un agua que no proviene del cielo ni de la tierra.
Al contestar el acertijo, el rey y la reina alcanzaron el privilegio de gozar de su compañía en la intimidad. Se cuentan mil leyendas sobre este encuentro, que algunos calculan que duró varios meses o algunos años. Miles de sesiones de sensualidad; mientras, los yinns y los demonios les amenizaban las veladas con su música, sus cantos y preparándoles unos banquetes paradisíacos.
Hay quien escribió que el rey Sulaymán llegó a casarse con la reina de Saba, después de que los yinns fabricasen un producto que quitó para siempre el vello de las piernas de Balqis.
Claro que son más los historiadores partidarios de que la reina de Saba regresó a su país, pasada una larga temporada de amor. Seguía creyendo en un solo Dios: el de su amante. Una vez en su palacio, terminó contrayendo matrimonio con un rey que siempre había sido su aliado. Los dos vivieron en paz, siendo ayudados también por los yinns. Dado que éstos siguieron las órdenes de Sulaymán: se encargaron de edificar infinidad de palacios y fortalezas, sirviendo a la reina de Saba hasta la muerte del monarca profeta.

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