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EL ARTE OSCURO

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miércoles, 6 de agosto de 2008

DISCURSION Nº 69 -- EL LIBRO NEGRO -- GIOVANNI PAPINI -- LOS VENDEDORES DE LO IMPOSIBLE

DISCURSION Nº 69 -- EL LIBRO NEGRO -- GIOVANNI PAPINI -- LOS VENDEDORES DE LO IMPOSIBLE

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Giovanni Papini El Libro Negro
Conversación 69
LOS VENDEDORES DE IMPOSIBLES

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Galway, 10 de julio.


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La feria de San Patricio es la fiesta máxima del año en esta pequeña ciudad irlandesa. Acuden a
ella comerciantes, juglares, acróbatas y músicos, desde todos los rincones del país; además llegan
innumerables grupos de gente del campo.
Esa feria dura tres días, y tanto el barrio del puerto como los suburbios se llenan de barracas,
palcos, bancos y ruidos que resuenan por todas las calles y plazas. Es una bacanal rústica y
diabólica que tanto durante el día como durante la noche no conoce interrupción de los gritos, los
ruidos, las músicas, los estrépitos y las resonancias de las cornetas y trompas.
Los ciegos cantan melopeas tristes que nadie escucha; los negros bailan y ruedan hinchando las
mejillas, los muchachitos se gastan los labios soplan do en las cornetas; los jóvenes hacen estallar
petardos entre los pies de las muchachas, éstas agitan en el aire los multicolores componentes de
sus ropas; los viejos beben, fuman y ríen; disparan los tiradores al blanco; los charlatanes hablan
hasta quedar roncos; los saltimbanquis se estiran y retuercen; sudan los vendedores de líquidos;
chirrían los gramófonos, gimen y gorjean las radios. En una palabra: se concentra el ruido bestial
y la balumba infernal de todas las ferias del mundo.
Entontecido por el calor y el fragor me alejaba en dirección al campo, pensando para mí cuán
locos y bufones eran mis semejantes al llamar fiestas y di versiones a esos ataques de furor
colectivo, capaces únicamente de herir los oídos, de echar a perder el estómago, de martirizar el
cerebro, de impedir el sueño y de multiplicar las enfermedades nerviosas. Sentía necesidad de
soledad y silencio.
Pero cuando estaba ya dejando atrás la ciudad entreví a mi derecha, en el término de una callecita
breve, que había allí una placita donde estaban algunas personas en pie, parecían escuchar y mirar
a alguien que yo no podía distinguir. No partía de allí ruido alguno, y quise conocer las causas de
aquel prodigio.
Más que plaza parecía ser un gran patio rodeado por edificios altos, oscuros y leprosos,
ennegrecidos y descortezados por el aire salino. Se aproximaba el crepúsculo, y el conjunto
causaba una impresión de ambiente misterioso y embrujado. Había en la placita una especie de
escenario abierto que tenía a los costados colgaduras negras a modo de bastidores. En el tablado,
y a poca distancia una de otra, se veían dos mesas de abeto, sin pintura, y detrás de cada una
estaba de pie un viejo, ambos de elevada estatura, de largas barbas blancas y de rasgos severos.
Uno de ellos vestía una garnacha de terciopelo turquí, el otro tenía puesta una túnica castaño que
le daba el aspecto de un fraile.
Una de las mesas estaba ocupada por objetos que brillaban a los últimos reflejos del sol; la otra
estaba llena de botellas de tamaños diversos.
El viejo vestido de turquí levantó uno de los objetos brillantes y lo enseñó a las pocas personas
presentes. Era un espejo redondo.
- Este - dijo, es el espejo revelador del tiempo pasado; en él podréis ver a vuestro gusto las
imágenes de vuestros difuntos padres, de los antepasados más lejanos de vuestra familia.
Luego, el viejo vestido de castaño levantó una botella de color hiel y exclamó
- Esta botella contiene un licor portentoso. Bastan unas pocas gotas para devolver la vida a un
moribundo o a un cadáver. Pero debo advertir que esa resurrección no puede durar más de
veinticuatro horas.
El otro viejo tomó de su mesa otro espejo, de forma oval y dijo así:
- Este es el espejo de la belleza desconocida. Todo el que se mire en él después de haberse
purificado con un baño, se verá a sí mismo bellísimo, aun cuan do sea un monstruo deforme o
una bruja repugnante. El viejo de castaño enseñó otra botella, pequeña y transparente
-En esta botella está contenida una esencia oriental que inspira ternura y voluptuosidad. Bastará
que la hagáis oler a la mujer que se os resiste, y os amará. Pero debo confesar que su milagroso
efecto no dura más de doce horas. Sin embargo, en doce horas un enamorado audaz puede
obtener mucho de lo que desea.
El viejo de turquí, a su vez, mostró otro espejo grande y cuadrado
- Este se llama el espejo de las verdades futuras.
Mirándolo atentamente por espacio de muchas horas sin cansaros, veréis desfilar los hechos
notables de vuestra vida futura hasta la hora de la muerte. Cada uno de vosotros podrá conocer
anticipadamente lo que le sucederá, tanto lo bueno como lo malo.
El viejo de castaño alzó otra botella, grande y de color verde
- Escuchad, señores. Esta es una de las bebidas más prodigiosas entre todas las que se pueden
ofrecer a los hombres y sobre todo a las mujeres. Cada gota os hará retroceder un año, veinte
gotas os quitarán veinte años de edad. Pero se advierte que la juventud así recuperada desaparece
al cabo de dos días. Mas, ¿quién no querrá comprar por dos libras esterlinas dos días de fresca y
altiva juventud?
El viejo de turquí mostró al público otro espejo, esta vez triangular
- Con este espejo se supera y vence cualquier dificultad para leer escrituras indescifrables o
extranjeras. Poned mirando hacia el mismo una carta llena de abreviaturas o de manchas, la
página de un libro escrito en árabe o japonés, y todo lo podréis leer y comprender en inmejorable
inglés.
El otro empuñó una de sus botellas, parecida a un frasco de medicinas, y afirmó
- La emulsión contenida en esta botella es una de las más prodigiosas que puedo ofrecer a mis
oyentes ingerida en ayunas - y bastan dos cucharadas de sopa, proporciona improvisadamente al
bebedor el genio político. Se recomienda especialmente a los diputados, a los ministros, a los
secretarios de partidos políticos y también a los simples consejeros comunales;
desgraciadamente, el efecto dura muy poco, tan sólo cuarenta minutos. Pero en cuarenta minutos
un político puede tomar decisiones capaces de cambiar la suerte de una nación y hasta de todo un
continente.
El otro viejo, sin dejar pasar un instante tomó un enorme espejo hexagonal y dijo así
- Señores y amigos: con este espejo podréis descubrir a vuestro gusto lo que está sucediendo lejos
de vosotros, de vuestra casa y de vuestra ciudad. Podréis ver qué es lo que hace vuestra mujer
amada, cómo se comporta vuestro hijo en la universidad o en el buque en el que viaja por los
mares, podréis ver lo que sucede en la corte del emperador _y en las casas de vuestros amigos. Su
nombre es: el espejo de las realidades aproximadas.
Aún no había concluido de hablar cuando su compañero tendió hacia el escaso auditorio otra
botella; voluminosa v de color azul
- Sin duda alguna sabéis que cada uno de nosotros no está viviendo por vez primera, que hemos
tenido otras existencias, otras vidas en otras edades. Quien bebe un sorbo del liquido contenido
en esta botella podrá verse a si mismo tal cual fue en los siglos pasados, con otros aspectos
externos y otros destinos. Pero este milagro tiene una duración mínima cinco minutos.
Recordaréis que los moribundos pueden repasar en poquísimos instantes toda su existencia, del
mismo modo aquí. Apresuraos, ciudadanos, porque ésta es la última de mis botellas.
Atónitos y dudando, los pocos presentes no decían palabra, ninguno compraba y los dos viejos no
demostraban tener prisa en vender. El crepúsculo se acentuaba más y más, la plaza se hacía más
negra y siniestra. Los dos viejos hablaban en voz baja. Abandoné aquel lugar y marché hacia las
afueras a lo largo de un camino arbolado. Pero después de dar unos centenares de pasos, pensé
-¿Y si todo fuera verdad?... ¿Si aquellos charlatanes no fueran charlatanes?
Repentina e irresistible me sobrevino la tentación de comprar todos los espejos y las botellas.
Con pocas libras esterlinas me quitaría la curiosidad. Los españoles suelen decir: ¡¿Quién sabe?!
Volví lentamente sobre mis pasos y hallé la placita, pero aquel lugar estaba desierto y silencioso,
la gente había desaparecido, el escenario y sus colgaduras no se veían, los dos viejos se habían
desvanecido. Solamente estaban firmes las casas negras, altas, leprosas, apretadas.

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