.

.

.

.

Google+ Badge

.

EL ARTE OSCURO

↑ Grab this Headline Animator

GOTICO

↑ Grab this Headline Animator

lunes, 23 de abril de 2012

LEYENDAS O , HISTORIA UNIVERSAL , y II

LEYENDAS O , HISTORIA UNIVERSAL , y II




***


Libro VIII
79.- Edad Media
Entramos ahora en lo que se llama Edad Media, como edad interpuesta entre la caída de la sociedad antigua y la constitución de la nueva; edad en que, rota la unidad europea, cien pueblos, asegurada o recuperada su independencia, se desenvuelven por sus propias fuerzas, y no ya al impulso de una fuerza superior. Esta parcial y arbitraria denominación suele aplicarse a la edad transcurrida desde el último emperador romano hasta la caída del imperio de Oriente, que coincide con el descubrimiento de la imprenta y de la América y con el nacimiento de Lutero. Es difícil de estudiar esta edad, por cuanto tiene poquísimos escritores, y aun éstos son inexactos y con frecuencia insuficientes para expresar una civilización que, o no entendían, o no se cuidaban de describir, porque la tenían ante sus ojos. Por esto, muchos encuentran más cómodo despreciarla, declarándola indigna de estudio, por ser bárbara. Hasta ilustres escritores la describieron con inexacta generalidad o con antipatía, porque prevalecía en ella la organización católica. Los sabios, mayormente a mediados de este siglo, vieron la necesidad de conocer a fondo la Edad Media, ya que las instituciones modernas derivan menos de los Griegos y los Romanos que de los pueblos invasores, y en aquel tiempo se halla la razón del presente, y tal vez la enseñanza para el porvenir.
Muerta entonces la exquisita forma de los clásicos, la cultura se concentró en pocos, la mayor parte eclesiásticos pero es cierto que quizá ninguno de los conocimientos antiguos se perdió, y se adquirieron muchos nuevos; se hicieron capitales inventos precisamente en el transcurso de aquellos mil años, que algunos escritores, con frases genéricas, titulan siglos de hierro; los esclavos pasaron a ser pueblo; el individuo recobró la importancia que había perdido siendo considerado únicamente como miembro del Estado; el cristianismo se difundió y se consolidó; surgieron, en fin, los Comunes, y de estos las gloriosas repúblicas italianas.

80.- Estado del mundo
Las provincias occidentales estaban ya ocupadas casi todas por Bárbaros, y por esto no se resintieron mucho del desmembramiento del imperio romano. El oriental se regocijó tal vez de aquel golpe, esperando apropiarse la monarquía del mundo. Muchos países ocupados por los Bárbaros no rompieron todos los vínculos con los emperadores, considerados como sucesores de los Césares y llamados todavía romanos. Estos, además pretendían ejercer algún dominio directo sobre Italia, y aspiraban a conquistarla y a turbarla.
Con impulsión continua y mal definida, muchos pueblos germánicos corrían de la Escandinavia a Cartago, y de Irlanda a Constantinopla. Los menos adiestrados eran los Vándalos, que desde España se extendieron por el África. Los Visigodos fundaron un gran reino entre el Loira, el Ródano y los Pirineos, desde donde se internaron en España. Los Borgoñones ocupaban lo que hoy se llama Suiza, Borgoña, el Lyonés y el Delfinado. Los Bretones dieron nombre a la antigua Armórica. Los Francos se dividían en Sálicos y Ripuarios. La isla Británica estaba abandonada a sí misma.
En la Germania propiamente dicha, y en las orillas del mar Septentrional habitaban los Frisones, los Anglos, los Jutos y los Sajones; al Mediodía de éstos se hallaban los Turingios y los Longobardos. Desde la Turingia hasta Langres vivían los Alemanes; desde el Danubio hasta los Cárpatos, los Gépidos; en la Hungría los Ostrogodos; en la Nórica los Ruges; los Hérulos del mar de Azov invadieron el imperio, y otros se enseñoreaban de la alta Panonia. La Bohemia recibió el nombre de los Boyos, quienes mezclados con otros Teutones formaron la liga de los Bávaros.
Caído Atila, comparecieron los Eslavos, que se extendieron desde el Adriático hasta el mar glacial, y del Báltico al Kamchatka, distintos de la estirpe germánica y de la mongólica. En los países conocidos ahora por los nombres de Prusia y Lituania, otros Eslavos vivían ignorados, y más hacia Levante otros pueblos de raza finesa.
Y finesa debía ser la nación que, por los tiempos de Abraham invadió el Asia Occidental, y se separó formando dos divisiones; una que penetró en Europa y de la cual quedan restos en la Laponia, en la Finlandia y en la Noruega; y otra que se dirigió al Noroeste del Asia, pero cuyas trazas es imposible seguir, a menos de querer encontrarla de nuevo en los Hunos, en los Ávaros y en los Votiacos de la Siberia. Cuando los Yung-nu perdieron el dominio de la China, fueron a chocar con los Hunos y los Ávaros, empujándolos sobre el imperio, y después fueron rechazados a la Rusia meridional. De raza finesa eran también oriundos los Búlgaros, que hostigaron mucho al imperio de Oriente.

81.- Imperio de oriente. Justiniano
Constantinopla, no expuesta como Roma al poderío de los ejércitos, ni a las reminiscencias del Senado y los magistrados, descansaba en el despotismo, al mismo tiempo que su estupenda posición la preservaba de las correrías de los Bárbaros y de las hostilidades de los Persas, quienes se presentaban con un solo ejército, siendo por esto más fáciles de vencer por la disciplina griega. El emperador era déspota, a pesar del cristianismo, pero manejado por cortesanos, eunucos y mujeres. El pueblo se disputaba sobre política y materia dogmática, dividido en partidos, por los cuales exponía su vida, y luego se negaba a arriesgarla por la salvación de la patria. En su lugar se alistaban mercenarios, que se instruían en la disciplina romana.
480 – 488 Con Teodosio II y Marciano concluyó la familia del gran Teodosio hasta en Oriente; los soldados colocaron en el trono a León, y a Zenón después. Este, débil y supersticioso pretextó combatir las herejías publicando un edicto de unión (Henoticon), al cual no quisieron adherirse los papas de Roma. El emperador tuvo en su ayuda al godo Teodorico, a quien prodigaba honores y riquezas, hasta que teniéndole celos, le propuso que emprendiese la conquista de Italia y Roma.
491 Anastasio, viejo ya, sucedió a Zenón; abolió muchos gravámenes, hizo la guerra a los Isauros y a los Búlgaros, y levantó una muralla desde la Propóntide al Euxino. Se mezcló por cuestiones de herejías proscribiendo obispos y monjes, por lo cual se suscitó encarnizada guerra.
518 Muerto Anastasio a la edad de 88 años, el soldado Justino compró los votos de las guardias, y, proclamado emperador, sometió Constantinopla a la fe de Roma. Su sobrino Justiniano fue el único grande entre los emperadores de Bizancio, aunque dominado y deshonrado por su mujer Teodora. Las contiendas del circo entre los Verdes y los Azules, crecieron hasta convertirse en abierta sublevación, y el incendio destruyó admirables obras de arte, mientras morían treinta mil personas en el hipódromo.
Persia -435 – 534 En Persia los reyes eran proclamados o derribados por los partidos; rompieron las hostilidades con los emperadores de Oriente, y con frecuencia los vencieron imponiéndoles un tributo que negábanse luego a pagar, lo cual dio origen a nueva guerra. Terrible para los emperadores fue el rey Cosroes, quien después de haber establecido el orden interno y favorecido a las artes, extendió sus dominios hasta el Yaxartes, el Indo y el Egipto, hasta el mar en la Siria, y hasta el Ganges y sobre gran parte de la Arabia. Aunque Belisario y Narsetes, generales de Justiniano, habían derrotado a los Persas, procurose mantener la paz con estos pagándoles once mil libras de oro. Justiniano fue inducido a celebrar esta paz por el deseo de llevar la guerra a los Vándalos, que ocuparon las provincias de África, persiguiendo a los Católicos y oprimiendo a los naturales del país; pero hallaron resistencia en los Moros. Al valeroso Genserico había sucedido el cruel Hunerico, y a éste, Huderico, quien abandonando el arrianismo, protegió a los católicos, y parta sostenerse contra su émulo Gelimero, invocó el auxilio de Justiniano. Este, para hacerle la guerra, escogió a Belisario, quien, como los aventureros de la Edad Media, asalariaban a expensas propias un cuerpo de lanceros a caballo, al cual se unían tropas de todas armas. Trasladándose al África y usando austera disciplina, venció en Tricamerón a Gelimero que tenía fuerzas veinte veces mayores; conquistó homenajes y tributos de los Vándalos y de los Moros, y finalmente hizo prisionero a su terrible enemigo.
Belisario tenía en la Corte enemigos que propalaron la voz de que quería hacerse rey de los Vándalos; por cuyo motivo fue llamado a recibir los honores del triunfo antes de que consolidase la conquista; y muy pronto, dispersos los Vándalos, aquellas provincias fueron presa de los Moros. Belisario sojuzgó también las islas del Mediterráneo y la Sicilia; combatió a los Godos de Italia, y aquietó las sublevaciones, que con frecuencia estallaban, a causa de los exorbitantes impuestos con que Justiniano gravaba a los pueblos sojuzgados.
Cosroes – 540 – 542 Cosroes vio con recelo tales conquistas, que amenazaban a la Persia, y rompió las hostilidades devastando países; habiendo tomado con grandes dificultades a Antioquía, la abandonó a la destrucción. Justiniano llamó de Italia a Belisario, quien con un ejército compuesto de gente de toda clase, invadió las provincias persas, y obligó a Cosroes a retirarse. Pero después que los envidiosos de Constantinopla le hicieron quitar el mando, Cosroes se rehízo y obligó a Constantino a comprar la paz por dos mil libras de oro.
No tardó en surgir la ocasión de una tercera guerra, en la cual Cosroes, vencedor al principio, tuvo al fin que aceptar la paz, abandonando la Cólquide y dejando libre el culto cristiano en la Persia.
Aunque vencedor de los Vándalos en África, de los Ostrogodos en Italia y de los Visigodos en España, Justiniano tenía que habérselas siempre con nuevos Bárbaros: Ávaros, Gépidos, Búlgaros y Longobardos. Contra estos mandaba a Belisario, a quien retiraba el favor tan pronto como cesaban sus servicios, y quien, a pesar de semejante ingratitud, volvía siempre a combatir y a vencer. Pero prevalecieron los envidiosos, hasta el punto de que le célebre caudillo, siendo ya viejo y ciego, fue expulsado y mendigó el resto de su vida.
543 – 550 Las bajas condescendencias con su mujer y sus favoritos disminuyen la gloria de Justiniano, quien sufrió por continuos motines internos y grandes desventuras naturales, entre las cuales hubo una peste tan desastrosa que en Constantinopla causaba la muerte a diez mil personas al día. Él cerró la escuela filosófica de Atenas, rompiendo así la cadena de oro de los Neo-platónicos. Además de querer ser poeta, arquitecto y músico, quería ser teólogo, y persiguió a Hebreos y a herejes, aunque él mismo cayó en la herejía de los Incorruptibles, que pretendían que le cuerpo de Cristo no podía haber estado sujeto a padecimiento ni a corrupción. Construyó en Constantinopla el insigne templo de Santa Sofía y veinticinco iglesias, grandes acueductos e infinitas obras artísticas; introdujo el gusano de seda, con lo cual ahorró las crecidas sumas que cada año pasaban al país de los Seres para la compra de aquel hilo precioso.

82.- Los códigos
Lo que más fama dio a Justiniano fue su código. Hemos seguido el desarrollo de las leyes desde el estricto derecho patricio hasta la equidad de los edictos pretorios, y luego hasta la igualdad bajo los emperadores, que sustraían la ley a las fórmulas civiles y dieron a los jurisconsultos el derecho de interpretarla. Por esto la jurisprudencia se perfeccionó cuando decaían las artes y las letras, y el espíritu filosófico se inclinó a examinar detenidamente los hechos y el derecho; desde Nerva hasta Teodosio II hubo las disposiciones más sabias, precisas y circunstanciadas que concernieron los derechos reales y la familia.
438 Fuentes del derecho fueron las XII Tablas, nunca abolidas, los primitivos plebiscitos, los senadoconsultos, los edictos de los magistrados y las costumbres no escritas; pero solo estaban en uso, en la práctica, los escritos de los jurisconsultos clásicos y las constituciones imperiales. No obstante, habiendo aumentado extraordinariamente estos escritos, fue preciso que los emperadores designasen los jurisconsultos que habían de servir de pauta, y se dio fuerza de ley a las sentencias de Papiniano, Paulo, Gayo, Ulpiano y Modestino; en caso de discordancia, se seguía la opinión del mayor número; y en caso de empate la de Papiniano; y cuando éste nada decía en el asunto, prevalecía la prudente determinación del juez. De modo que la justicia estaba reducida a citaciones. Los jueces tenían que retroceder a siglos anteriores, a épocas en que la equidad del cristianismo aún no había corregido las preocupaciones de los doctos y el despotismo de los gobernantes; y los rescriptos de los emperadores habían aumentado considerablemente, sobre todo para actuar las grandes innovaciones del cambio de religión. Temiendo que por ésta destruyese Constantino las leyes de sus antecesores, ya dos jurisconsultos habían reunido las publicadas desde Adriano hasta Diocleciano, formando los dos códigos que tomaron de sus autores los nombres de Hermogeniano y Gregoriano. Después Teodosio II mandó hacer la primera colección auténtica de las constituciones romanas, y confió a diligentes jurisconsultos el trabajo de compilar en tres años el cuerpo del derecho, que tomó el nombre de Código Teodosiano y fue promulgado en ambos imperios, para que prevaleciese sobre todas las demás leyes. Graves son sus defectos, y no fue la única ley romana, pues siguieron con fuerza de ley las decisiones de los jurisconsultos, los cuales hallándose reducidos al imperio de Oriente, no siempre sabían distinguir lo que aún estaba vigente de lo que había caducado. Sentíase, pues, cada vez más la necesidad de una legislación que se adaptase al nuevo derecho, implantado sobre el cristianismo.
Justiniano aspiró a la gloria de realizar esta empresa, y confiola a Triboniano, natural de Side de la Panfilia, hombre dotado de gran ingenio, quien eligió sus colaboradores entre los profesores de las academias de Constantinopla y de Berito; con los cuales formó el Código Justiniano, decretado en 528 y concluido el año siguiente, quedando abolidos los tres códigos anteriores. Extractando 2000 tomos y las decisiones de los jurisconsultos, se sacaron los más importantes teoremas de derecho civil, formando las Pandectas, o Digesto. Para comodidad de la juventud se compusieron las Instituciones. A la obra fueron añadidas las Novelas, leyes promulgadas posteriormente a Justiniano.
Antes de su reforma, en las escuelas de derecho había cuatro profesores con el título de ilustres; cinco años duraba el curso, y cada año habían de curarse por lo menos dos obras de Gayo, Ulpiano y Papiniano. Luego estos fueron desterrados de las escuelas y sustituidos por las Instituciones y las Pandectas.
El Código de Justiniano es el documento más insigne de la civilización romana y de los errores que la contaminaban cuando el hombre todavía no era apreciado más que como ciudadano. El padre de familia ejercía absoluta autoridad; los esclavos eran tenidos por cosas; la manumisión y la ciudadanía establecían tamaña diferencia entre hombre y hombre. Justiniano no disminuyó la severidad de las leyes penales, mucho menos de aquellas que se refieren a ofensas al emperador, o a sus ministros, o a sus imágenes, mientras que se disimularon los plebiscitos inspirados en la libertad republicana. Triboniano hace algunas veces sancionar leyes menos justas para favorecer o perjudicar en casos particulares; y no siempre abolió las que estaban inspiradas en el derecho prescrito; por lo cual se transmitió a las generaciones sucesivas un espíritu extraño al amor y a la benevolencia predicada por el Evangelio. Sin embargo, es asombroso que semejante obra se realizase en tiempo de tanta decadencia. Justiniano comenzó por su profesión de fe en la Trinidad, reconociendo que la autoridad emana de Dios; y dedujo de la Iglesia la igualdad de los hombres, la rehabilitación de la persona moral, la sabia democracia y el constante progreso.

83.- Justino II. Heraclio
565 A Justiniano se le dio por sucesor a su sobrino Justino, quien dominado por su mujer Sofía e inclinado al ocio, dejaba que los Bárbaros avanzasen. Tuvo por colega y sucesor a Tiberio, excelente príncipe, y después a Mauricio. Renováronse entonces las guerras con los Persas, y el gran Cosroes murió afligido a causa de las derrotas que oscurecieron el esplendor de su reinado. Sus sucesores no tuvieron mejor fortuna; los Magos turbaron el reino, y el emperador Mauricio protegió contra estos a los sucesores de Cosroes, los cuales con tal motivo hostigaron a Focas; pero Mauricio fue degollado.
Heraclio y Cosroes II - La Cruz Heraclio, hijo del exarca de África, comenzó una dinastía que duró cuatro generaciones. Cosroes II, que oprimía entonces a los Persas, pasó el Éufrates y devastó a Cesarea, Damasco y Jerusalén. A la conquista de esta última era instigado por los Magos, enemigos del cristianismo, y por los Hebreos, codiciosos de su patria; por esto fueron maltratados los cristianos que en ella se encontraban, y el patriarca Zacarías fue llevado a la Persia con el madero de la Cruz. Cosroes y sus generales dilataban las conquistas por el Asia y el África, de tal manera que parecía que habían de absorber el imperio de Oriente, tanto menos capaz de resistirles, cuanto era asediado por los Ávaros, que saquearon por fin los arrabales de Constantinopla.
622 Heraclio pensaba buscar un refugio en Cartago, cuando el patriarca le infundió valor; y él resistió a Cosroes, quien aceptó, al cabo de seis años de guerra, un cuantioso tributo, que Heraclio se preparó a rescatar. El emperador tomó a sueldo muchos Bárbaros, desembarcó con ellos en la Siria, y animando a los soldados con su propio ejemplo, entró en la Persia, derribando en todas partes los altares consagrados al sol; llegó hasta Isfahan, donde ningún Romano había penetrado, y se dirigió contra la capital del imperio. Resuelve imitarlo Cosroes, solicitando el auxilio de Ávaros, Gépidos, Rusos y Búlgaros que atacan a Constantinopla; pero el Senado y el pueblo resisten valerosamente, atribuyendo a la Virgen María la gloria de aquella defensa.
627 Proclamada la guerra nacional, Cosroes dirigió al pueblo contra los invasores romanos. En la batalla de Nínive, Heraclio, combatiendo en persona, dio muerte a tres generales enemigos, y prendió fuego a Destagarda, la capital, donde encontró tesoros que excedían a sus esperanzas. Trocado en cobardía el antiguo valor de Cosroes, fue éste vilipendiado y muerto por su propio hijo Siroes. Heraclio recibió de Siroes proposiciones de paz, e hizo que le restituyeran 300 banderas, los prisioneros y el madero de la Cruz, que fue llevado en triunfo religioso a Constantinopla y de allí a Jerusalén.
Los dos imperios conservaron las mismas fronteras que antes, después de haberse derramado tanta sangre y arruinado a las provincias, ya con las devastaciones de la guerra, ya con exorbitantes impuestos.

84.- Los Bárbaros en Italia. Teodorico
Odoacro, caudillo de aquellas bandas de aventureros, a quienes encargaban su propia defensa los débiles emperadores, derribó el trono de éstos, titulándose rey, pero dejando subsistir el Senado, los cónsules, los magistrados municipales y el prefecto del pretorio; no pretendió ejercer supremacía alguna sobre las demás naciones; suplicó a Zenón, emperador de Oriente, que le concediese el título de patricio, honor que la fue negado. Protegió a Italia de otros invasores, ahorró sufrimientos, e hizo cultivar por sus bandas los terrenos abandonados.
488 – 495 Teodorico, rey de los Ostrogodos, propuso a Zenón dirigirse a Italia, recobrarla de los Bárbaros y gobernarla en su nombre. Al anuncio de tal empresa y de tal capitán, fueron muchos los que acudieron; Odoacro, que intentaba oponerse al paso de los Alpes Julianos, fue derrotado cerca de Aquilea desde luego y después en Verona, logrando salvarse únicamente en Rávena, donde pactó la vida; pero le fue traidoramente quitada. Toda Italia se sometió a la fortuna de Teodorico, quien se consideró único señor de ella, y lugarteniente de Constantinopla; cuando el emperador Anastasio mandó una flota que saqueó las playas de la Apulia y la Calabria, Teodorico le hizo pagar cara aquella incursión, sin que por esto dejase de llamarlo padre y soberano.
Extendió su dominación por la Retia, la Nórica, la Dalmacia y la Panonia; los Suevos y los Hérulos manifestaron deseos de vivir bajo sus leyes; domó a los Francos, juntó a los Ostrogodos con los Visigodos, y dominó en fin desde los montes Macedónicos hasta Gibraltar, y desde la Sicilia hasta el Danubio.
En Italia, según la costumbre de los Bárbaros, dio una tercera parte de los terrenos a sus secuaces; y si hemos de dar crédito a los cronistas y al panegírico del obispo Enodio, el pueblo vivía menos mal; los sabios eran protegidos; estaba asegurada la paz; era reservada a los naturales de cada país la administración municipal, así como los juicios, el reparto y cobro de las contribuciones, y por consiguiente el ejercicio de algunos altos empleos. El monarca godo se valió incesantemente de Boecio y Casiodoro, últimos escritores romanos. Obras de ellos fue el Edicto, que debía ser observado por los Bárbaros y los Romanos. Invitó a los prófugos a que volvieran, rescató a los prisioneros, trasladó esclavos, salubrificó [sic] las lagunas Pontinas, mostrose respetuoso y condescendiente con el Senado y el pueblo de Roma; hizo en fin todo lo que podía disimular el gobierno de un bárbaro.
526 A pesar de ser arriano, reverenció y escuchó a los obispos católicos, y protegió la elección de los Papas; pero habiendo Justiniano perseguido en Oriente a los arrianos, Teodorico se volvió intolerante y receloso, hasta el punto de prohibir a los Italianos toda clase de armas, a excepción del cuchillo. Habiendo concebido sospechas de Boecio, cónsul, patricio y maestro de oficios, lo metió en la cárcel, donde escribió el Consuelo de la filosofía, y más tarde le hizo dar la muerte, como a su sucesor Símaco. Los remordimientos aceleraron la muerte de Teodorico, que fue uno de los mejores reyes bárbaros, y dejó un vastísimo reino, que parecía destinado a sustituir al imperio romano.
Sucediole entonces su culta y bella hija Amalasunta, como tutora de su hijo Atalarico; honró a su padre con un magnífico mausoleo en Rávena; procuraba introducir las artes y las costumbres romanas entre los Godos, y en ellas educaba a su hijo, que murió muy joven. Hizo que se encargase del gobierno su primo Teodato, avaro y pusilánime, que poseía gran parte de la Toscana, y que, habiéndose atraído el desprecio de los Romanos y de los Godos, condenó a muerte a Amalasunta.
535 Ello causó gran disgusto a los Italianos, los cuales solicitaron el auxilio de Justiniano, quien mandó allí a Belisario con Hunos, Moros y otros Bárbaros que con él habían triunfado en África. El insigne guerrero pasó con sus fuerzas de Sicilia a Reggio, y de Reggio a Nápoles; y aunque Teodato armaba 200000 Ostrogodos, únicamente pensaba en concluir la paz. Pero los suyos lo destituyeron, poniendo en su lugar al valeroso Vitiges, que asedió a Roma, donde había entrado Belisario como libertador. Este escaseaba de soldados y de medios de defensa, pero era estimado y contaba con el apoyo de los Italianos y del clero. Teodorico, rey de los Francos, aprovecha la ocasión para pasar los Alpes y saquear el país en perjuicio de Godos y Romanos. A pesar de todo, triunfa Belisario, asedia a Vitiges en Rávena, sojuzga a los Godos, y rehúsa la corona que le ofrecen. La envidia que le perseguía, como en otra ocasión hemos dicho, hizo que se le diese la orden de volver a Constantinopla, adonde condujo al prisionero Vitiges. Los restos de los Godos se retiraron allende el Po, guiados por Uraya, quien hizo elegir por rey a Hildebaldo, valeroso guerrero, que no tardó en morir a manos de los suyos; sucedió a éste su sobrino Totila, que estaba dispuesto a hacer los últimos esfuerzos por restaurar la nación goda.
541 – 546 – 549 Venció, en efecto, varias veces y sujetó toda la Italia meridional; tomaba las ciudades para desmantelarlas, y acampó junto a Roma. Entonces en Constantinopla se juzgó preciso mandar otra vez a Belisario; pero, mal provisto éste, no pudo impedir que Roma fuese tomada a su misma vista, expulsados los ciudadanos y llevados los senadores en clase de rehenes. Pronto la recobró Belisario, mas con tan pocos soldados, que no tardó en tomarla nuevamente Totila, quien intentaba convertirla en capital del reino godo, renovando en ella el Senado y el gobierno. Despojada la Sicilia y sometidas Córcega y Cerdeña, Totila insultó con 300 galeras las costas de la Grecia.
Reclamado Belisario, le fue antepuesto Narsés, eunuco valeroso y estimado, quien no aceptó la empresa sino con medios suficientes. Habiendo reclutado Bárbaros de toda especie, dio junto a Nocera una batalla en la cual Totila quedó muerto, y fue Roma tomada por la quinta vez, llegando al colmo de la desolación.
Los Godos, sin haber perdido aún las esperanzas, dieron la corona a Teya, quien cayó en el campo de batalla, y con él pereció el reino de los Ostrogodos. Mientras tanto se habían arrojado sobre Italia Francos y Alemanes, despojándola de lo poco que quedaba al cabo de diez y ocho años de continua guerra. Formó entonces la Italia uno de los diez y ocho exarcados del imperio; Roma, desierta de habitantes, fue pospuesta a Rávena, donde durante trece años gobernó Narsés desde los Alpes hasta el Estrecho, tratando de establecer algún orden, repoblar los campos y fundar municipios.

85.- Los Longobardos
567 Los Longobardos fueron establecidos en la Panonia por Audoino, su noveno rey. Aliados con los Gépidos, otro de los pueblos que ya obedecieron a Atila, no tardaron en romper con ellos. Turismundo, rey de los Gépidos, fue muerto en el campo de batalla por Alboino, hijo de Audoino, el cual, venciendo a Cunimondo, hijo del rey muerto, acabó con el reino de los Gépidos, quienes se confundieron con los Ávaros, dominadores de cuanto se hallaba comprendido entre los montes Cárpatos, el Prut y el Danubio.
568 Alboino se propuso entonces invadir la Italia; y no ya con un ejército, sino con un pueblo entero, mezcla de múltiples razas y costumbres, se lanzó sobre Venecia, dejando para que protegiese los Alpes Julianos a su sobrino Gisulfo, con el título de duque del Friul.
Este método fue seguido en todas partes; cada capitán permanecía independiente en el país conquistado, aunque obedeciendo al rey por las necesidades de la guerra; a medida que esta cesaba, los capitanes se establecían con sus faras (escuadrones) en países que gobernaban, o mejor dicho, que explotaban como propios.
584 – 590 Alboino fue proclamado rey en Milán y creó un palacio real en Pavía; lanzándose luego en la Umbría, colocó un duque en Espoleto y otro en Benevento; pero no pudo mantener unidos a sus secuaces, y le fue, por tanto, imposible sujetar toda la Italia. Después de haberle hecho dar muerte su mujer Rosmunda, y de haber sido asesinado Clefis, su sucesor, los treinta duques no sintieron ya la necesidad de tener un jefe, y dominaron distinta y militarmente sus respectivos países. Tomaron el nombre de Romanía las regiones sometidas al exarca griego de Rávena, el cual colocaba duques en Roma, Gaeta, Tarento, Siracusa y Cagliari; Nápoles nombraba por sí sus duques; Amalfi permanecía libre por su comercio; y Venecia nacía. Los Italianos, refugiados en países libres, solicitaban siempre el auxilio del emperador, y éste aspiraba a recobrar la península y excitaba a los Francos a que la invadiesen. En vista del peligro, los treinta duques proclamaron rey a Autaris, cediéndole la mitad de sus rentas; el nuevo rey rechazó a los Francos y llevó sus armas hasta la última punta de Italia. Autaris tomó por esposa a Teodolinda, hija del duque de Baviera, la cual, habiendo enviudado, y siendo dueña de elegir un nuevo esposo, casose con Agilulfo, duque de Turín, que fue proclamado rey. Teodolinda convirtió de la idolatría y del arrianismo al catolicismo a su nación, con el apoyo de Gregorio Magno; fabricó la basílica de San Juan en Monza, y la tradición le atribuye infinitas obras públicas.
Los emperadores de Constantinopla intentaron varias veces abatir a los Longobardos, los cuales excitaron en contra de aquellos a los Ávaros, peligrosos aliados. Adaloaldo, sometido a la tutela de Teodolinda, se deshonró hasta tal punto, que los jefes lo destituyeron para elegir en su lugar a Ariovaldo, duque de Turín, después del cual reinó Rotaris, que amplió el reino y quiso ocupar a Roma.
Después del primer furor de la conquista, diose cierta regularidad al gobierno de los Longobardos, cuyos reyes no eran ya simples capitanes, sino verdaderos príncipes, con su corte, moneda, autoridades legislativa y judiciaria. Los duques eran déspotas en el país que les había tocado y en los que conquistaran; dependían del duque los escultascos o centenarios, que gobernaban alguna aldea, conducían los soldados a la guerra, y administraban justicia. A estos estaban subordinados los decanos, jefes de diez faras, unidas para la administración y para la guerra.
Rodeados siempre de enemigos y en país enemigo, los Longobardos no pudieron abandonar jamás el sistema militar; todos los libres (arimanni) debían tomar las armas y acudir al llamamiento del rey; por esta razón estaba prohibido cambiar de domicilio fuera del distrito propio, so pena de ser considerado como desertor del regimiento.
Como entre todos los Germanos, conservábase la faida, esto es, el derecho de poder vengar sus ultrajes, o los de sus parientes y amigos. Aunque se introdujeron tribunales, éstos se organizaron militarmente.
Algún historiador ensalza los tiempos de la dominación longobarda; pero extranjeros y soldados incultos, ¿cómo podían tener dichoso ni tranquilo al país? Exterminaron a los nobles naturales; dividieron los terrenos, reduciendo los propietarios a tributarios (aldíos), que no podían casarse con mujer libre, ni servir en la milicia, ni dirigir la palabra a los tribunales. Las leyes longobardas no se referían más que a los vencedores, o a actos criminales, los cuales generalmente se expiaban mediante un precio determinado, que variaba según la condición de las personas. A los vencidos no les quedaban tribunales a quienes apelar. El antiguo derecho solo subsistía en los países no conquistados; los vencidos pasaban a ser como esclavos pertenecientes a los soldados; sin embargo, en los asuntos eclesiásticos se conservaba entre ellos la ley romana, por cuyo motivo adquirió preponderancia el clero, y el régimen eclesiástico tuvo sus diócesis y parroquias, sus curas y sus monjes, los cuales eran hermanos, hijos, allegados del pueblo indígena, que en ellos buscaba apoyo o consuelo. Los litigios que se originaban, eran sometidos el arbitrio del clero, única autoridad nacional que había sobrevivido, y que iba adquiriendo preponderancia.
Pero el vencedor no hizo jamás partícipe de sus derechos al vencido; solo entre los Longobardos eran legítimos los matrimonios; Longobardos solos intervenían en hacer la leyes, que a ellos solos se referían. Los eclesiásticos gozaban de privilegios romanos en las cosas eclesiásticas; en las civiles eran equiparados a los Longobardos, y gozaban también del guidrigildo, o reparación por los daños recibidos.

86.- Los Francos
481 Como en otro lugar hemos dicho, el primer rey de los Francos Salios de que se tiene memoria, es Faramundo, que reinó hacia el año 420; después se cita a Clodión, que fue derrotado por Aecio; a Meroveo, que venció a los Hunos de Atila, y de quien tomaron el nombre de Merovingios los reyes de la primera estirpe. A vuelta de mil legendarios prodigios fue proclamado rey Clodoveo, considerado como fundador de la monarquía franca.
496 – 506 – 511 Entre seis razas se dividía entonces la Galia. Preponderaban los Visigodos en las provincias meridionales, los Bretones en la Armórica, los Borgoñones entre Basilea y el Mediterráneo, los Alemanes en la Alsacia y la Lorena, y los Francos en el resto de la Galia septentrional. Los Galos, esparcidos entre los conquistadores, consideraban como independencia el estar sometidos al imperio romano. Importaba destruir el resto de la dominación romana, y lo consiguió Clodoveo, quien saliendo de su principado de Tournay, dominó el resto del país. Casose con Clotilde de Borgoña; y para secundarla se hizo católico, obteniendo del Papa el título de Cristianísimo. De este modo se atrajo a todos los creyentes. Venció en Tolbiaco a los Alemanes, apoderándose de toda la Francia Riniana; hízose dueño después de la Borgoña, con el auxilio de Teodorico; y venció luego a los Visigodos, sostenido siempre por los católicos. En medio de la gloria de tantos triunfos, recibió de Constantinopla la púrpura y la corona de oro como patricio, con lo cual legitimaba la obediencia de los Galos.
Hasta los Francos Ripuarios cayeron bajo la mano del que había convertido toda la Francia de la democracia militar a la monarquía. Realizado este ideal, murió Clodoveo en París, a la edad de 45 años.
Entre los pueblos teutónicos no se había reducido aún a los primogénitos el derecho de suceder a la corona; sino que la dividían entre todos los hijos como perteneciendo a los bienes patrimoniales. Por tanto los cuatro hijos de Clodoveo se la repartieron, no geográficamente, sino de manera que cada uno tuviese una parte de viñedo, de selvas y de prados. Mal se podrían seguir en un compendio las vicisitudes de cada uno, bastando decir que sometieron definitivamente a la Borgoña; surgieron disidencias entre los del Austrasia, habitada casi exclusivamente por Germanos, y los de la Neustria, habitada por Galo-Romanos; y se originaron turbulencias por las rivalidades de Brunequilda y Fredegunda.
Al fin Clotario II se encontró jefe de toda la monarquía francesa. El ejército se componía aún de gentes que poseían territorios con la obligación de servir en la guerra. Las cuestiones graves se trataban en asambleas.
Para afianzarse con las leyes y con la religión, Clotario convocó en París una asamblea, donde por vez primera con los nobles asistieron los obispos, que representaban y protegían a los vencidos, sirviéndose de la doctrina y de la dulce justicia para mitigar la ferocidad de los guerreros. Decretaron la constitución perpetua, en la cual se garantizaba la paz pública castigando con la muerte al que la turbase; determinábanse los modos de elegir a los obispos, a quienes se daba hasta la jurisdicción temporal sobre los eclesiásticos; y se prometía al pueblo escucharlo cuantas veces pidiese una disminución de impuestos.

87.- Los Visigodos en España
466 – 506 – 531 Para los Italianos, el nombre de los Godos significa barbarie y destrucción; para los Españoles recuerda un estado feliz, destruido luego por la irrupción de los Árabes El reino de los Visigodos fue fundado en España por Walia, y agitado por discordias intestinas y por luchas con los Vándalos y los Suevos. Teodorico II recopiló las constituciones visigodas. El rey más poderoso fue su hermano Eurico, quien aprovechándose del desquiciamiento del imperio occidental, trató de sojuzgar cuanto poseía éste en la Galia y en España, y como rey de tales dominios fue reconocido por el Senado de Roma; pero Arriano celoso, persiguió a los Católicos. Su débil hijo Alarico, formó con las leyes romanas aplicables a las costumbres visigodas, un Breviario para los Galo-Romanos sometidos a él. Las persecuciones renovadas dieron lugar a que fuese llamado el franco Clodoveo, que le quitó el reino y la vida, y hubiera concluido la dominación visigoda de aquende los Pirineos, si Teodorico, rey de Italia, no se hubiese apresurado a sostener a su sobrino Amalarico, bajo cuyo nombre Teodorico en realidad gobernaba. Muerto aquel, fue Amalarico mortalmente herido en la guerra por el franco Childeberto; con él terminó la raza de los Amalos, y el reino se hizo electivo. Teudis, su sucesor, favoreció a los Católicos y rechazó a los Francos; después de otros, Leovigildo desalojó a los Griegos de Córdoba, se rodeó de pompa real, y limitó el poderío de los señores.
Las bases de la nacionalidad española fueron planteadas por el clero, que intervenía en los asuntos del reino y a menudo celebraba concilios, donde igualmente se trataban las cosas civiles que las religiosas, y se hacía justicia a quien no la había obtenido de los magistrados. En aquellas reuniones, el vencido era igualado al conquistador, puesto que eran todos eclesiásticos; los obispos, que habían contribuido a la elección del rey, recomendaban a los soldados que le obedecieran, y velaban sobre él para que no violase el juramento prestado en el acto de la coronación. Los concilios cambiaron, pues, la constitución del reino, atribuyéndose el derecho de confirmar la investidura real; después quisieron que el rey fuese elegido entre la antigua nobleza goda. La España era, por tanto, una monarquía electiva y representativa mediante los concilios, asambleas aristocrático-nacionales, en las cuales se reunían prelados y nobles.
612 Chindasvinto se mostró adversario del clero y la nobleza, y arrebató privilegios a las ciudades, por lo cual excitó grave descontento. Pero fue calmado bajo su hijo Recesvinto, que convocó el VII concilio de Toledo, memorable por sabias instituciones; formó un códice en doce libros, encaminado a unificar a los Godos con los Romanos, permitiendo el matrimonio entre unos y otros.
672 Cada vez que vacaba el trono, surgían ambiciones y tumultos. Por esto vaciló en aceptar el reino, el noble y virtuoso Wamba, y lo defendió después valerosamente contra los Francos y los Gascones; moderó el poderío del clero, el cual, por esto mismo, conspiró contra él, lo encerró en un convento, y ungió por rey a Ervigio, quien dio mayor extensión a los grandes privilegios de los obispos.
Sucediole Egica, que reinó entre continuos tumultos, proscribió a los Hebreos, y ordenó que los hijos de éstos, menores de siete años, fuesen educados en el Cristianismo y casados con Cristianos, de cuya medida se originó la distinción de Cristianos nuevos y Cristianos viejos.
La España era lanzada al abismo por la debilidad en que caía la autoridad real, por aquel absurdo orden de sucesión, por la ambiciosa inquietud de los grandes, y por las intrigas de los intolerantes eclesiásticos, tan degenerados que sacudieron toda dependencia de Roma. El último rey fue Rodrigo, sobre quien la tradición acumula faltas para excusar a los émulos que llamaron a los Árabes del África.

88.- Inglaterra e Irlanda. Anglo-Sajones
447 Los Romanos nunca habían realizado completamente la conquista de las Islas Británicas; cuando se retiraron de ellas las guarniciones, los Pictos y Escotos salieron de las montañas y se precipitaron sobre las catorce ciudades del llano, mientras los corsarios invadían las costas. Extinguido el poder de los magistrados romanos, tornaron a prevalecer los jefes de las tribus antiguas, que habían conservado cuidadosamente sus genealogías; volvieron a usarse la lengua y las costumbres antiguas, y se restableció el gobierno de los clanes, es decir, por parentelas, constituyendo un jefe de los jefes (pendagron) que residía en Londres. Pero las rivalidades ocasionaban discordias, y Vortigerno, príncipe de Cornwall, invocó la protección de los extranjeros.
Estos eran los Sajones, que en frágiles naves se lanzaban a saquear las costas. A Engisto y Orsa, descendientes del divino Wotan, se les propuso acomodo, recibiendo en compensación la isla de Thanet, donde se establecieron, socorriendo a sus partidarios. Mas pronto prevalecieron, y en vano Vortigerno y los Bretones intentaron combatirlos; ellos fundaron el reino de Kent a la derecha del Támesis.
455 – Artús Otros Sajones les siguieron y fundaron siete reinos sólo entre los Cambrios encontraron resistencia en Artús, héroe inmortalizado por las novelas de la Edad Media, que cuentan que dormía al pie del Etna con los caballeros de la Tabla redonda, para acudir mas tarde a libertar la patria. La tradición asociaba a su nombre el del profeta Merlín, archidruida, el cual había pronosticado estas desgracias y prometido la restauración.
También de las costas del Báltico surgieron invasores. Los Anglos ocuparon la Bretaña septentrional, aliándose con los Pictos; después de ruda resistencia arrojaron de allí a los Bretones, que se refugiaron en el país de los Cambrios, llamado de Gales.
547 – 592 – 593 – 655 La isla quedó fuera de toda relación con el resto de Europa; la sanguinaria religión de Odín nutría ideas de estrago y conquista. Los Sajones estaban distribuidos en compañías (friburg) de diez hombres libres; diez compañías formaban la centuria a las órdenes de un conde, y muchas centurias constituían una división, presidida por un shirgerefa. Los siete reinos Anglo-Sajones de Kent, Sussex, Wessex, Essex, Northumbria, East-Anglia y Mercia estaban confederados entre sí, y sus representantes se reunían en la dieta de los sabios (Wittenagemot); pero a menudo guerreaban entre sí, y aprovechábanse de ello los Cambrios para molestarlos. Elegíase uno de los reyes sajones por bretwalda, o jefe de las fuerzas, cuyo poder era vitalicio. El Evangelio se había introducido en aquella isla desde muy al principio, pero fue extinguido por la conquista, hasta que Etelberto, rey de Kent, se casó con Berta, hija de Carberto, rey de París; princesa católica que llevó consigo algunos sacerdotes, preparando de este modo los Sajones al bautismo. Gregorio Magno, entonces pontífice, expidió misioneros para aquella isla, y nombró obispo de Canterbury al abate Agustín; el mismo rey aceptó el bautismo con 10000 Sajones; pronto se instituyeron doce obispados con una iglesia metropolitana en Londres y otra en York, merced a cuyas instituciones se introdujeron artes y letras. Rudo golpe recibió la religión civilizadora, ya de los extraviados Bretones, ya de los idólatras de Mercia; junto a Leeds se dio la última señalada batalla entre el cristianismo y la idolatría, y esta sucumbió. Chedwalla, rey de Wessex, recibió el bautismo de manos de Sergio I en Roma, donde su sucesor fundó la iglesia de Santa María in Saxia, con un hospital para los peregrinos de su nación, y un colegio para jóvenes, a cuyo sostenimiento se ordenó que todos los súbditos contribuyeran con el dinero de San Pedro. Por último, Egberto reunió toda la isla bajo su cetro.
Gales Muchos hijos del país huyeron a la Bretaña continental, conservando su libertad y su lengua patria. Otros se defendieron con tenacidad en los montes, fundando los reinos de Gales occidental, Gales oriental y Cumberland, manteniéndose independientes hasta el año 750, en que los Cambrios llegaron a ser tributarios de los Sajones. En el país de Gales excitaban el valor de los indígenas los Bardos, poetas que lograron conservar de tal manera el amor patrio, que aquella pequeña reliquia de una gran nación, nunca creyó haber muerto, confiando en que un día volvería a dominar toda la isla.
Irlanda - 590 La antigua población sobrevivía intacta en la Irlanda, país de los santos, madre de los grandes pensadores y de los ardientes patriotas. Estaba dividida en tribus, y estas formaban cinco Estados. El cristianismo fue predicado allí desde el principio de la propaganda de esta doctrina. Allí floreció Colum, que anduvo predicando a los Pictos y Escotos, pasó a las Galias a evangelizar a los habitantes de los Vosgos, luego a orillas del lago de Zúrich, y por fin a Italia, donde fundó el monasterio de Bobbio. Muchos jóvenes anglo-sajones iban a educarse en los conventos de Irlanda; los monjes eran mucho más numerosos que los clérigos; muchos reyes y reinas abandonaron el manto para entrar en los conventos; las leyes fueron siendo cada vez más dulces y justas, mayormente las dictadas por los concilios, celebrados allí por los legados de Adriano I.

89.- Condición de los Bárbaros
Los invasores del imperio llevaban consigo los usos y costumbres de las selvas nativas. Todo hombre libre era soldado al ser convocado al eriban. Otros libres no propietarios formaban la banda guerrera, a las órdenes de un jefe, a quien obedecían estos voluntarios en las expediciones. Tales fueron las bandas que invadieron el imperio; y no eran numerosísimas al principio como el miedo lo hacía creer, de modo que no pudieron cambiar la índole de los países, como cuando emigra un pueblo entero. En las provincias, disgustadas por los vejámenes romanos, no hallaban la obstinada resistencia del patriotismo, ni eran, por tanto, excitados a la crueldad. Excepto los Hunos, los Bárbaros eran ya cristianos, y el clero de estos, bastante respetado, servía para disminuir los sufrimientos, por cuyo motivo la opresión no va parangonada con la que sufrió el Asia de los Turcos, o la América de los Españoles. El grandísimo número de esclavos no empeoraba. Los Bárbaros tuvieron con frecuencia que valerse de la obra de los Romanos para administrar justicia, escribir cartas, dictar leyes, todo lo cual encontramos redactado en el idioma de los vencidos.
Sus bienes Los bienes se dividían entre vencedores y vencidos; no se halla bien determinado con qué norma se hacía tal división por dominadores armados; parece que al fin los naturales perdían todas sus posesiones, pasando a la condición de tributarios, poco superior a la de siervos. Algunos libres permanecieron en las ciudades, constituidos en corporaciones de oficios y sujetos al jefe de la ciudad, más interesado en conservar a éstos que a los agricultores.
El alodio, es decir, la propiedad absoluta tocaba al vencedor, estaba exenta de contribuciones, y confería la plenitud de los derechos civiles y el de hacer la guerra a expensas propias. Por consiguiente, las leyes se esforzaban en mantener la sucesión en los varones, de donde provino la famosa Ley sálica, por la cual los hombres no tienen sucesión al trono [sic].
Los primeros vencedores conceden algunos terrenos a sus fieles, a título de beneficio. Los censivos o tierras tributarias, eran cultivadas por colonos, que pagaban un canon anual, y sólo podían ser arrebatadas cuando los colonos faltaban a sus obligaciones.
En las personas se distinguían varios grados, según los cuales se determinaba la multa que se debía pagar por injuria o muerte. Eran nobles los vasallos que únicamente dependían del rey; libres o arimannes, los que dependían de la jurisdicción de aquel en cuyas tierras vivían, y tributarios o censuales los que debían homenaje y fidelidad a un señor. Mujeres, niños y siervos estaban sometidos al pariente más próximo y al señor. Pocos eran, en suma, los que gozaban de completa libertad; privados de ella estaban los colonos, esclavos del terreno, y mucho más los siervos, tanto si lo eran por nacimiento como por degradación. La condición de estos últimos mejoraba mucho, sin embargo, al ser protegidos por las leyes.
Constitución Los individuos de una comunidad cualquiera eran responsables de los actos de cada uno, defendiéndolo, vengándolo, heredando sus bienes si no tenía sucesores, y pagando sus multas. La mayor parte de las penas podían redimirse con dinero. La injuria personal era vengada por el ofendido o por los suyos.
La constitución se debió cambiar al establecerse en países nuevos, y efectivamente los reyes adoptaron algo del fasto de los emperadores. Su autoridad era limitada en todos sentidos por las asambleas de la nación, donde, además de dictar las leyes, se administraba la justicia cuando se trataba de un igual. La hacienda no adquirió importancia hasta que las contribuciones reemplazaron a los servicios personales y los reyes tuvieron que dar sueldo a los ejércitos y a los magistrados.
Se discute si, con la conquista, se perdieron los municipios. Como en estos continuaba la necesidad de proveer a su propia policía, a las comodidades, a la seguridad, cosas a que no atendían los Bárbaros, es probable que durasen, aunque no legalmente reconocidos.
Carácter especial de algunas legislaciones bárbaras es la personalidad de la ley, por la cual en un mismo país habitaban personas que vivían según la ley romana, otras según la longobarda, y otras según la franca, siendo cada ley aplicada por escabinos de la respectiva nación.
Los procedimientos judiciales eran públicos, y a cada hombre libre incumbía la obligación de concurrir al juicio; los vasallos, los colonos y los siervos permanecían sujetos a jurisdicciones del señor. Las pruebas eran diferentes de las nuestras, siendo las más características los conjurantes, la ordalía y el duelo. El acusado de un delito podía aducir un número cualquiera de personas que jurasen su inocencia. Esforzábase la sociedad en cambiar la venganza privada en pública. El pueblo entero o la tribu armábase para las venganzas. Los reyes y los sacerdotes, deseosos de evitar conflictos, establecieron ciertas reglas, por ejemplo, que había de trascurrir un tiempo dado entre la ofensa y la venganza, que las iglesias y conventos fuesen lugares de asilo, que ante todo se tratase de la composición, es decir, de la multa que el ofensor había de satisfacer para aquietar al adversario.
Juicios de Dios Para evitar las luchas privadas, se introdujo el duelo judicial, con ciertas prescripciones. Por tal procedimiento se decidía, no sólo de las injurias, sí que también de las diferencias particulares y públicas, y hasta de puntos legales. La causa propia podía confiarse a un campeón, como siempre acontecía tratándose de mujeres y de sacerdotes. El éxito era juzgado como un juicio de Dios. Otros juicios de Dios se fundaban luego partiendo del principio de que Dios, autor de la justicia, la favorecía en todos los casos particulares, aunque fuese con un milagro. Por ejemplo, se andaba sobre tizones y ramas ardientes, se sacaba con la mano una bola del fondo de una caldera llena de agua hirviendo, se empuñaba un hierro candente, se comía un gran pedazo de pan y queso, y todo el que salía en bien de estas y parecidas pruebas, era declarado inocente. La Iglesia no aprobó estos juicios, pero los rodeó de ritos, que los hicieron menos fáciles y más temidos.
Códigos Doce códigos tenemos de los pueblos invasores. El Edicto de Teodorico, de que hemos hablado en otra parte de este compendio, se funda en la razón humana, y somete a ésta a los mismos Godos, salvas sin embargo las leyes consuetudinarias de la patria. Alarico, rey de los Visigodos, publicó el Breviario que consiste en una compilación de leyes romanas. Los Romanos Borgoñones se sirvieron del Papiani Responsum, compilación más complexa. La Ley sálica es la más antigua de las leyes bárbaras; fue compilada entre las selvas natales, pero nunca tuvo autoridad legal, constando de disposiciones consuetudinarias, indigestamente dispuestas; en ella se consigna la célebre orden de que «la tierra sálica no pueda ser trasmitida a mujeres, y que la herencia pase entera a los varones,» la cual fue aplicada a la sucesión regia.
Para los Francos Ripuarios, Tierry hizo una legislación penal, tan rústica como la precedente.
Los Borgoñones tuvieron la Ley Gombeta, de Gundebaldo, con buenas instituciones; además de las composiciones, se aplicaban también penas corporales; se atendía a la propiedad y a los testamentos, en concordancia siempre con las instituciones romanas.
El visigodo Chindasvinto hizo compilar el Fuero juzgo, que es un verdadero código, que se extiende a cuanto ocurre en la sociedad, abrazando el derecho político, el civil y el criminal y emanando de los importantes concilios nacionales de España, en los cuales preponderaba el clero; por esto en el Fuero juzgo se conceden al clero tantos privilegios; los delitos se estiman según la intención del que los comete; se protege la vida y el honor de los siervos; se respeta el matrimonio y otorga participación de la herencia a las mujeres.
Rotaris dio leyes a los Longobardos de Italia, recogiendo y enmendando los edictos de reyes predecesores, a los cuales añadieron otros sus sucesores. Las primitivas se resienten de la barbarie de su origen; poco a poco se ennoblecen; a veces es irrogada la pena capital; se atiende al honor de la mujer; todos los hijos son igualmente llamados a la herencia; los procedimientos judiciales son sencillos y muy breves, y entre las pruebas es admitido el duelo.
Las leyes por las cuales se regían los Bávaros parecen compiladas en tiempo de Dagoberto, deducidas unas de las romanas y otras de las visigodas; se parecen a la ley de los Alemanes, promulgada en presencia de treinta y tres obispos.
El código de los Anglos y el de los Frisones nada tienen de las leyes romanas, y es que aquellos pueblos nunca hicieron irrupción sobre el territorio del Imperio. Pocos fragmentos han quedado de las leyes anglo-sajonas, hechas por los heptarcas y dictadas en inglés. La ley de los Sajones fue recopilada probablemente en tiempo de Carlo Magno, y trata menudamente de la tarifa de precios impuestos por las ofensas.
Costumbres Estas leyes son la mejor revelación de las costumbres de los Bárbaros; y prueban, por otra parte, cuán ignorantes eran estos cuando, para escribirlas, tuvieron que servirse de los Romanos. La necesidad de evitar una infinidad de violencias de toda especie, se desprende del minucioso cuidado con que son especificadas las faltas y las penas consiguientes. Los símbolos con que los Romanos representaban algunos actos civiles reaparecen aquí. Si se trata de una venta, se entrega al comprador una rama de árbol, o un cuchillo, una varilla, un césped, o a veces un tiesto, en el cual se ha plantado una ramita. Las dignidades eclesiásticas se conferían entregando el báculo pastoral y el anillo, y las menores con el birrete, el cáliz, un candelero y las llaves de la iglesia; a los reyes se les daba la investidura con la espada y la lanza, y en otras ocasiones se estrechaba la mano, o se daba un beso, o se tocaba una columna, o se recibía la comunión, o se bebía en la copa de otro, según la importancia del acto.
La moralidad no podía ser mucha entre gente que había abandonado su patria para llevar a extraños países sus armas y su ferocidad; pero sus vicios se diferenciaban de la corrupción romana. Entre ellos se tenía tal conciencia de la importancia personal y de la dignidad, que hasta se castigaban por medio de leyes las palabras injuriosas. El lujo era dispendioso, pero grosero; groseras las diversiones, la principal de las cuales era la caza, para cuyo ejercicio se reservaban grandes bosques y se castigaba duramente al que matare un halcón. La cabellera larga era señal de libertad. Las mujeres eran tratadas con cierto respeto, aunque se les ponía precio atendida su utilidad; dependían siempre del marido o del padre, y si eran infieles, eran abandonadas a la venganza del marido. A mujeres se atribuye en su mayor parte la conversión de estos pueblos, y la fama ha consagrado los nombres de Fredegunda, Brunequilda, Amalasunta, Clotilde, Radagunda, Berta y Teodolinda.



90.- La República cristiana
El único contrapeso de la fuerza dominante era la religión. Reconocida por Constantino, la Iglesia ejerció legalmente la autoridad civil que al principio había adquirido por deferencia; Papas y obispos aparecen con majestuoso aspecto; y mucho más a la caída del imperio, hacia el cual había ella contraído hábitos de sumisión. Respecto de los nuevos reyes, era la Iglesia el único poder constituido que quedaba, y adquiría vigor e inspiraba respeto por sus virtudes y sus doctrinas, con las cuales pudo introducir algún orden en el universal desconcierto.
Misioneros Por otra parte, los pueblos que habían permanecido en su tierra natural, y los que iban a fijarse en remotos países, recibían la visita de misiones que les predicaban el cristianismo, y no hubo región que no ensalzara después a algún santo, de quien había recibido la verdad. Muchos misioneros hallaron violenta muerte en Irlanda y en Inglaterra, contándose entre ellos Bonifacio, apóstol de la Germania, donde organizó las iglesias de Baviera y fundó el monasterio de Fulda. En algunos países, los misioneros penetraron en las asambleas, y modificaron la legislación y el derecho público. En los conventos y en las órdenes sagradas fueron luego recibidos los extranjeros y los siervos, dilatándose de este modo la igualdad. Cultivaban campos, saneaban lagunas, talaban bosques en las inmediaciones de los conventos y de las iglesias, introducían mercados y ferias, y daban de este modo origen a nuevas ciudades. En una palabra, el cristianismo se puso al frente de la civilización.
Ingerencia secular Los emperadores de Oriente continuaban queriendo inmiscuirse en las controversias religiosas, y daban a la Iglesia una tutela incómoda y peligrosa. Los príncipes de Europa no entendían de sutilezas teológicas, y sin embargo, querían tomar parte en las elecciones de obispos y hasta en las papales, en la convocación de los concilios y en la ordenación de los curas, a fin de que no se sustrajesen al servicio militar. No siempre estaban a salvo de la rapacidad los bienes del clero; con todo crecieron bastante las riquezas de éste y la autoridad de los obispos; pero disminuyó la unión de éstos con el clero y con el pueblo, desde que los reyes pretendieron elegirlos, menos por mérito y fe apostólica que por favoritismo; habiendo entrado en las asambleas, excitaron el descontento que siempre acompaña a la acción política.
Monjes Multiplicáronse entonces los monjes, y así como al principio vivieron solitarios, entregados en el desierto a extravagantes penitencias, luego se reunieron en activos consorcios, principalmente por obra de San Benito de Nursia, quien en torno de la sagrada cueva de Subiaco reunió numerosos secuaces, y les dictó una regla que ha sido la admiración de los estadistas y que ha sobrevivido a muchas constituciones nacionales. Determinábanse en ella todos los actos y todos los momentos de la vida de los monjes; a la oración había que añadir la cultura del campo y del espíritu. Fueron labradores modelos, conservadores y propagadores de las doctrinas científicas y literarias y de las bellas artes, cuyo principal santuario fue Monte Cassino.
Más austera fue la regla que estableció san Columbano. Más tarde los monjes entraron en el sacerdocio. Cada orden formaba una especie de república, donde los cargos eran electivos, donde todos trabajan para todos, y nada se hacía para el individuo fuera del perfeccionamiento moral; procuraban permanecer independientes, no sólo de la jurisdicción secular, sino que también de los obispos, y estar sujetos solamente al Papa y a sus propios generales. Los más grandes personajes de la Edad Media se forman en los conventos; allí las artes hacen sus primeras tentativas y despliegan mayor vuelo. Muchos seglares les ofrecían sus personas y sus bienes, para gozar de la protección y las inmunidades monásticas contra el laico poderío.
Papas Aquel gran movimiento de la sociedad cristiana era precedido y dirigido por los Papas, cuya sucesión, desde san Pedro hasta nuestros días, no se ha interrumpido jamás, y en cuya serie de pontífices con muchísimos santos aparecen algunos menos dignos, sobre todo cuando quieren ampararse de la elección los príncipes o los bandos políticas. Al principio tuvieron que luchar con las pretensiones de los emperadores de Oriente y con las herejías implantadas, al mismo tiempo que tenían que enfrenar a los Bárbaros y propagar el cristianismo. En medio de todo, se consolidaba la supremacía que los obispos de Roma habían heredado de la tradición apostólica, y a ellos permanecían adictos los Católicos de todo el mundo, aun cuando eran herejes los emperadores y los reyes. Esta autoridad se vio fortalecida al recogerse los cánones, o sean los decretos de los diversos concilios, reunidos por Dionisio el Pequeño, en tiempo de Casiodoro.
Ya entonces los Papas poseían extensos bienes en Italia e islas adyacentes, y hasta en la Galia, sobre cuyos colonos ejercían legal jurisdicción. Cuando la conquista longobarda interrumpió las relaciones con el exarca de Rávena, el Papa, jefe ya de Roma, correspondía directamente con Constantinopla, concluía tratados con los Longobardos, y presentábase como verdadero jefe del partido nacional.
Gregorio Magno - 550-604 Comprendió la importancia de aquella verdadera posición Gregorio Magno, práctico en los negocios públicos, quien dominó a Roma y la Iglesia con un carácter indomable y ejemplares devociones. A todo el mundo extendía sus cuidados; mandó misioneros a la Bretaña, consejos y órdenes a los reyes Francos y Borgoñeses; procuró la conversión de los Longobardos, de los Visigodos y de los Sardos; hablaba a los obispos y a los reyes con la dignidad dulce pero firme de un jefe universal; se servía de sus pingües rentas para mantener escuelas, hospitales y peregrinos. A pesar de tan múltiples ocupaciones, tuvo tiempo para escribir mucho, y además de sus cartas Morales sobre Job, expuso en sus Diálogos muchas historias maravillosas de santos italianos, de conformidad con las creencias de entonces; regularizó el rito con el Antifonario, el Sacramentario, el Bendicionario y el canto de iglesia que aún se llama Gregoriano. Parecíale peligroso para los nuevos cristianos el estudio de los autores clásicos y la imitación de sus artes; pero es necio afirmar que mandase prender fuego a la biblioteca palatina y destruir los monumentos de la magnificencia romana.

91.- Doctrinas profanas. La lengua
Griegos – Historiadores Para sostener que en Occidente la literatura fue destruida por los Bárbaros, es preciso olvidar cuán decrépita la observamos ya en la época anterior, hasta entre los Orientales, donde fue más rica y original que la latina. Los filósofos de Atenas trataron de oponerse a la nueva religión, y se dispersaron cuando Justiniano cesó de retribuirlos. No merecen citarse los oradores y poetas de entonces. Entre los historiadores hallamos a Procopio, que alabó a Justiniano y a Teodora, para vilipendiarlos después en una historia secreta. La colección de los Historiadores bizantinos es la única autoridad admisible sobre el imperio de Constantinopla y los países que con él se relacionaban; pero es una compilación sin crítica ni arte, que alcanza hasta la conquista de los Turcos. Constantino Porfirogéneta dejó un libro sobre la administración del imperio, y el origen y costumbres de los Bárbaros; recogió preceptos de arte militar, hipiátrica y agricultura, y una especie de enciclopedia, merced a la cual se conservaron extractos de autores perdidos.
Latinos – Casiodoro La literatura profana cesó en Occidente, cuando ya no estudiaban más que los clérigos, y no quedaban más que escuelas cristianas, aunque distase mucho de haber cesado la actividad de las inteligencias. Teodorico, que prohibía las letras a sus Godos, las favorecía entre los Romanos, y se sirvió mucho de Casiodoro, del cual nos quedan aún las cartas escritas en nombre del monarca y de sus sucesores, y además varios tratados propios, una crónica desde el diluvio hasta el año 519, y escritos sobre varias artes.
Boecio - 470-524 Boecio, en el Consuelo de la filosofía, diserta sobre el acaso, sobre la providencia, y sobre el modo de conciliar a ésta con la existencia del mal. En la poesía es mejor que en la prosa. Escribieron también Enodio, obispo de Pavía, Rústico, Elpidio, y los poetas Maximiliano, Arator y Venancio Fortunato, trevesiano que compuso buenos himnos. Avito, natural de Auvernia, dejó cinco poemas y cien cartas. Muchos eclesiásticos escribieron más bien por celo religioso que por inclinación literaria, y sus obras carecen de gusto, corno las de Fulgencio, africano, el teólogo más grande de su tiempo, y las de San Remigio, que bautizó a Clodoveo. De mérito literario carecieron también san Lorenzo, san Columbano y san Cesáreo, de quien nos quedan 139 sermones, todos de práctica y sin imitación de los clásicos.
Exceptuando a Marcelino, conde de la Iliria, que escribió una crónica desde Valente hasta 534, hay que buscar en el clero los pocos e imperfectos historiadores de aquel período, entre los cuales se distinguieron el venerable Beda, que escribió sobre las Seis edades del mundo, Dionisio el Pequeño, que introdujo el sistema de contar los años desde el nacimiento de Cristo, fijado por él en 15 de Agosto; el godo Jordán, san Isidoro de Sevilla, que dejó en veinte libros los Orígenes o Etimologías, enciclopedia de cuanto se sabía entonces, y una crónica desde Heraclio hasta 626.
Para el estudio de la historia eclesiástica en Occidente, sirve la Historia tripartita de Epifanio y Eusebio. Gregorio de Tours es llamado padre de la historia de Francia, merced a sus diez libros de Historia ecclesiastica Francorum, de inculto estilo, pero llena de rasgos característicos. Fredegario, de Borgoña, es de más inculto estilo todavía.
Género nuevo son las leyendas y vidas de los santos, que se multiplicaron, menos para servir a la historia y a la crítica que para hacer propaganda cristiana. Con este género se hacían ejercicios escolásticos, exagerando penitencias, martirios y milagros. De estos están llenos los Diálogos de Gregorio Magno, de Metafrasto y Gregorio de Tours.
Lengua En Occidente, el acontecimiento más importante es la trasformación de la lengua. La latina sigue el curso de otras tantas que se califican de indo-germánicas por la semejanza que ofrecen con la sánscrita. Como sucedió con todas, ella se alteró y pulió bajo la pluma de los autores, hasta que llegó a la belleza de la llamada edad de oro. Pero por cuanto la literatura era especialmente un trabajo artificioso y destinado a la sociedad aristocrática, la lengua de los escritores era muy distinta de la que se hablaba comúnmente, y que se llamaba rústica o vulgar.
Sin embargo es de creer que los Romanos, introduciendo su habla con la conquista, destrozaron la de cada país; hasta en Italia se mezclaron el etrusco, el osco y otros lenguajes, que indudablemente produjeron después la diferencia actual de los dialectos. Con más razón tenía esto que suceder allende los Alpes y el mar.
Está probado que, en la lengua hablada, ocurrían ya los accidentes que distinguen la latina de la italiana, como la formación de los tiempos con los auxiliares, los artículos y las prescripciones según los casos.
Cuando la literatura tuvo que hacerse popular para la explicación de las verdades cristianas, se descuidó el refinamiento clásico para acercarse a los modos y a la construcción vulgar, lo que aparece principalmente en la traducción de la Biblia. Los escritores eclesiásticos atienden a la claridad y no a la elegancia. Y ya en tiempo de Justiniano encontramos fórmulas y modismos, más parecidos al estilo moderno que al de Cicerón.

Libro IX
92.- La Arabia
El Asia occidental presenta desde la Siria al Océano indio, un vasto trapecio, bañado hacia Levante por el Éufrates, y a Poniente por el mar Rojo, paralelo al cual corre una cordillera de montañas, sobre cuyas alturas continúan las lluvias regulares de Junio a Octubre. El resto de la Península no tiene lagos ni ríos; son escasas las lluvias, y durante inmensos espacios de áridas arenas, no se ve un matorral ni un árbol, bajo un cielo inflamado. Sin embargo, de trecho en trecho se encuentran oasis de lujoso verdor, sombreados por palmas, dátiles, mimosas y otros árboles preciosos. En aquellos mares de arena sirve de nave el camello, a quien se aprecia casi tanto como al caballo, inseparable compañero del Árabe, que conserva la genealogía del noble animal tan celosamente como la suya propia.
La historia hace antiquísima mención de la Arabia. Por aquellos desiertos vagaron cuarenta años los Hebreos, y allí se mantuvieron siempre las caravanas, numerosas bandas de personas y camellos que trasportan preciosos productos, el incienso, el estoraque, la goma, la nuez moscada, la planta de sen, el tamarindo, el café, el añil, el algodón, los dátiles, el maná, piedras preciosas y metales.
Los Árabes naturales descienden de Sem, y los naturalizados de Agar y Abraham; su lengua es semítica, y el dialecto de los Coreiscitas, adoptado por Mahoma, quedó como lengua escrita. Pocos se dedican al cultivo de los campos en residencia fija; la mayor parte de ellos son nómadas, constituidos en tribus con el nombre de Saenitas o Beduinos, errantes como patriarcas con numerosas tiendas. Es permitida entre ellos la poligamia. No usan apellidos, pero se distinguen por el nombre de su padre anteponiendo al suyo ben o eben, o derivan su apellido de su descendencia. Tienen con frecuencia algún título pomposo, pintoresco o injurioso, como al-Mesth, el borracho, al-Scerif, el ilustre. El Beduino es fogoso como su caballo, sobrio y paciente como su camello, supersticioso, sanguinario y generoso; la venganza es para él una religión; el menor insulto da lugar a represalias y a guerras, y por otra parte es desmesurada la gratitud y el respeto al superior. Hay tribus enteras que no saben leer; pero su lengua rica y pintoresca ayuda a la poesía, mezcla de verso y prosa con abundantes rimas; en las ferias de Occad se disputaban el premio de sus composiciones. Consérvanse siete de éstas (moallakas) anteriores al profeta. El poeta más famoso entre ellos fue Antar, guerrero y pastor.
El jefe de familia (sceico) o de tribu (emir) gobierna a sus dependientes, sin restringir su libertad personal ni castigar los delitos; las ciudades dábanse distintos gobiernos, y había en La Meca una oligarquía con un senado de magistrados hereditarios.
Al principio tuvieron la misma religión de los Hebreos, pero degeneró en idolatría, especialmente encaminada a los astros, o a las inteligencias que los dirigen; se entregaban a diarias adoraciones al sol y el culto fue degenerando hasta descender a groseros ídolos.
Los primeros padres del género humano habían visto en el paraíso una casa, ante la cual se postraban en adoración los ángeles; quisieron imitarla en la tierra, y fabricaron en la Meca la Caaba, a la cual iban los fieles en peregrinación cada año, y donde se encontraron hasta 360 ídolos, aportados por las diferentes tribus.
Parece que los Árabes, en la antigüedad, salieron a menudo a hacer correrías y conquistas, mayormente en Egipto, mientras que los extranjeros no se estacionaron jamás en sus desiertos. Sin embargo, muchos Hebreos se refugiaron allí después de la destrucción de Jerusalén, y con mucho trabajo penetró el cristianismo entre ellos.

93.- Mahoma
593 En la tribu de los Coreiscitas, encargada de custodiar la Caaba, nació Mahoma, cuyo nacimiento, como su vida toda, fue acompañado de milagros. Su hermosura, su larga barba, sus vivos y penetrantes ojos, la expresión de su fisonomía y la eficacia de su palabra, facilitaron su nombradía, sobre todo cuando se hubo enriquecido casándose con Cadiga. Merced a los Hebreos, a los Cristianos y a sus solitarias meditaciones, se convenció de que la idolatría no era el culto primitivo de los Árabes, y de que podía ser sustituida por una religión que, por su sencillez, pudiese conciliarse con todas las demás. Meditó en silencio su designio, y a la edad de cuarenta años manifestó a Cadiga que se le había aparecido el ángel Gabriel, declarándolo apóstol del Señor. De pronto fueron muchísimos los que proclamaron al profeta de la Arabia; su símbolo fue: «Dios es Dios único, y Mahoma es su profeta.»
Hégira Pero la familia de los Coreiscitas, que derivaba su autoridad y su riqueza de la custodia de los ídolos en la Caaba, se opuso al nuevo profeta. Cuando se exacerbó la persecución, consintió Mahoma en que sus creyentes apelasen a la fuga, y él mismo, amenazado de muerte, huyó a Medina. Esta huida marca la era mahometana, correspondiente al viernes, 16 de julio del año 622. Pronto de regreso, casose con Aiscia y otras mujeres, dio su hija Fátima a Alí, declarándolo su califa, o vicario, y Medina fue la metrópoli de la nueva fe. Allí empezó Mahoma a inquietar a las caravanas; derrotó varias veces a los Coreiscitas y sojuzgó a varios pueblos; y tomó por asalto a la Meca destruyendo 360 ídolos. Su religión se extendía, e iban llegando hasta él muchas embajadas. Habiendo organizado una nueva expedición a La Meca con 90 mil devotos y las ceremonias que fueron luego rituales, fue atacado por la fiebre y expiró en las rodillas de Aiscia. Abraham, Moisés y Cristo lo acogieron con grandes honores en el cielo, donde se oyen continuamente tres voces; la del que lee el Corán, la del que cada mañana pide perdón por sus pecados, y la del gallo gigantesco.
Habiendo exclamado Mahoma en la agonía: ¡Maldición sobre los Judíos que convirtieron en templos las sepulturas de sus profetas! se prohibió que se le rindiese culto como a Dios. Pero es portentoso que un pobre artesano se elevase a maestro de medio mundo; su estandarte fue depositado en la capital del islamismo, primero en Medina, luego en Damasco, en Bagdad, en El Cairo, y hoy se halla en Constantinopla.

94.- El Corán
El Corán, código civil y religioso de los Árabes, se compone de 114 capítulos (suras), que tienen títulos particulares, y empiezan todos por estas palabras: «En el nombre de Dios clemente y misericordioso (B'ism Illah el-rohman el-rakkin).» Los versículos le fueron revelados a Mahoma de tiempo en tiempo, a medida que sobrevenía un suceso importante, por eso carece la obra de unidad de inspiración y de miras, y el profeta, además de repetirse, se contradice. En cuanto publicaba un versículo nuevo, sus discípulos lo aprendían de memoria y lo escribían en hojas de palmera, en piedras blandas y otros objetos; después fueron desordenadamente compilados por Zeid, su secretario; de aquí lo dificultoso que es entenderlos; y además, como el alfabeto árabe carece de vocales, el distinto modo de pronunciar las palabras causa enormes diferencias de sentido. Esto no obstante, hace doce siglos que el Corán es venerado por poderosísimas naciones, como código religioso y político; todo musulmán está obligado a sacar o hacer sacar de él una copia, que lleva siempre consigo. No puede imprimirse, pero se reproduce ahora por medio de la fotografía.
Está escrito en el dialecto más puro de La Meca, y superó a todas las demás composiciones del país.
Además del Corán, veneran los musulmanes la Sunna, doctrina trasmitida de viva voz por el profeta y escrita dos siglos después. Se le agregaron luego las Ijmar, decisiones de los imanes ortodoxos.
Su canon fundamental, «No hay más Dios que Dios,» excluye la trinidad y el culto de las imágenes y reliquias. Los ministros de Dios son los ángeles, uno de los cuales, habiendo desobedecido, fue convertido en diablo (Eblis).Dios reveló varias veces su ley al hombre precipitado del paraíso, principalmente por medio de Moisés, de Cristo y de Mahoma. Todos los musulmanes, es decir todos los sectarios del islamismo, se salvarán, y el juicio final durará 1500 años. El paraíso estará lleno de voluptuosas delicias, y podrán obtenerlo hasta las mujeres, aunque pocas.
Todos los actos y sucesos del hombre están decretados desde la eternidad; de modo que el hombre es perverso o santo porque así lo quiere Dios, y su muerte está fatalmente predestinada.
Cinco oraciones son de obligación diaria, sagrados los viernes, inculcada la circuncisión, e impuesta la limosna relativamente a la fortuna.
En el mes de ramadán, se ayuna todos los días; está prohibido en todo tiempo comer tocino, liebres y sangre, y beber vino. Es también obligatoria la peregrinación a La Meca, que todo creyente libre debe verificar por lo menos una vez en su vida. Estas peregrinaciones van acompañadas de solemnísimas ceremonias.
Otra obligación es la guerra contra los infieles.
La poligamia está permitida al que tiene bastante para mantener a más de una mujer; es lícito el divorcio, para el cual basta al hombre cualquier motivo, mientras que la mujer debe presentarlos muy graves. Los hijos son legítimos, tanto si nacen de mujer legítima como de concubina. El despotismo, que ya se había establecido en Oriente, fue consolidado por Mahoma constituyendo por única autoridad el Corán, al cual nada puede oponerse. Por lo demás, el Profeta no instituyó Estado, ni poderes políticos ni religiosos.
El islamismo no posee sacerdotes propiamente dichos, pues que la oración pública y la predicación estuvieron a cargo del mismo Mahoma y de sus sucesores. El que preside una reunión de creyentes se llama imán; el muftí interpreta la ley, y es jefe de los ulemas o doctores; el jefe del Estado lo es también de la Iglesia. Hubo monjes más tarde, mereciendo especial mención los sofíes de Persia.
Aunque la sencillez del símbolo parezca evitar el peligro de herejías, hubo muchas, sobre todo desde que se aplicó la filosofía de Aristóteles. Los ortodoxos se llaman sunnitas, reconocen la autoridad de la tradición, y se dividen en varias sectas; los heterodoxos difieren sobre artículos fundamentales. Los Siítas consideran como solo legítimo califa a Alí y a sus sucesores, mientras que los Careyitas o rebeldes se pronunciaron contra estos.
El Corán fue un progreso para el pueblo a quien iba destinado; en el exterior ocasionó estragos, la ruina de la antigua civilización, la descomposición de la familia, la abolición del arte, un retraso a la difusión del cristianismo y del derecho romano; el Asia se volvió tan bárbara como el África; la Europa tuvo siempre que luchar para salvar la libertad y la civilización de la cruz contra la fatalística furia de los musulmanes, que aún conservan la barbarie en la más bella región de Europa.

95.- Primeros Califas
Los que adoran el triunfo, admirarán una religión que se difundió tan rápidamente entre pueblos a los cuales llevaba una organización social conforme a la fe, siendo concentrados en uno solo el poder religioso y el político, medio muy eficaz, mayormente entre los Árabes, divididos en tribus hostiles, y entre los Persas, víctimas de discordias intestinas. Además, el musulmán, con la idea de la fatalidad, y con la esperanza de que, muriendo en el campo de batalla, sería acogido en el cielo por las Huríes «de ojos negros y seno alabastrino,» arrostraba intrépidamente los peligros para destruir las demás religiones, como el profeta quería.
656 Disputábanse la sucesión de Mahoma, el califa Alí, esposo de Fátima; Omar, espada de Mahoma; y Abu Beker, suegro, de éste. Prevaleció Abu Beker, a pesar de que una gran parte de los musulmanes (los Siítas) defendían siempre los derechos de Alí. Omar sacrificó su ambición a la paz, y Alí se vio obligado por las armas a obedecer. El califa vencedor domó las intestinas conmociones; pretendió reinar con las austeras tradiciones del Profeta, y fue muerto a la edad de sesenta y tres años.
634 – 637 – 642 Entre tanto había sido invadida la Siria, y a pesar de la defensa del emperador Heraclio, había sucumbido Damasco con toda la llanura del Oronte y el valle del Líbano, y sucesivamente fueron cayendo en poder de los musulmanes Jerusalén, Antioquía y Cesarea, a costa de mucha sangre de vencedores y vencidos. Formose una flota que dominó el Mediterráneo y amenazó desde entonces a Constantinopla. También prosperaban las armas árabes en la Persia, donde los califas, así como habían fundado a Basora en el Iraq, del mismo modo, después del exterminio de Ctesifonte, fundaron a Cufa, concluyeron con el imperio de Artajerjes y de los Sasánidas, y llegaron hasta Persépolis, la ciudad de Ciro y santuario de los Magos, donde fue extinguido el fuego sagrado en los altares.
640 Igualmente derrumbábase el antiguo imperio de Egipto, tomada Menfis y sojuzgado El Cairo. Los habitantes de Alejandría sostuvieron durante catorce meses el sitio contra Amru, el cual ocupó al fin la ciudad y se dice que entregó a las llamas su asombrosa biblioteca.
Constantinopla se resentía grandemente de aquellos trastornos, por cuanto le faltaban las acostumbradas remesas de granos; por esto los emperadores trataron de recuperar a Alejandría, pero en vano; Amru la desmanteló; después organizó vigorosamente el Egipto con una sencilla administración, y restauró el canal que ponía al Nilo en comunicación con el mar Rojo. Su sucesor Abdalah llevó mil hombres contra Trípoli, donde se habían refugiado los Romanos, y penetrando hasta los valles del Atlante, cargaron con un inmenso botín.
Los Omeyas – 661 – 693 – 705 Alí tuvo por sucesor a Moaviah, con quien empiezan los Omeyas, o sean califas hereditarios, los cuales de simples patriarcas se convirtieron en déspotas, rodeados de fuerza y de fausto, siendo árbitros absolutos hasta de la religión. Dominadas las oposiciones interiores, Moaviah llevó la guerra contra al imperio romano. Hízole frente Constantino Pogonato, adoptando útilmente el fuego griego que abrasaba hasta en el agua, merced a cuyo medio fue salvada Constantinopla, y Moaviah tuvo que comprar la paz, siendo inquietado por discordias intestinas. Bajo el califato de su hijo Yezid, triunfaron los partidarios de Alí, cuyos doce sucesores fueron venerados por los Siítas de la Persia. Seguían en tanto las correrías y las conquistas; Abd-el-Malec cambió la peregrinación de la Meca, ocupada por sus émulos, con la de Jerusalén; habiendo tomado a Chipre, acuñó en ella la primera moneda musulmana, y completó la conquista del África, ayudado por los naturales en el desalojamiento de los Romanos; atravesó los desiertos, en que sus sucesores edificaron a Fez y a Marruecos, llegó a las playas del Atlántico, y fundó la ciudad de Kairuán para refrenar a los Moros revoltosos. Cartago, que había venido a ser el refugio de los fugitivos, fue tomada y arrasada, y el cristianismo quedó extirpado en el África. Preciso era entonces someter a los naturales Berberiscos y Moros, y fue devastado todo lo comprendido entre Tánger y Trípoli. Bajo Walid, el imperio de los Omeyas llegó a su mayor apogeo, extendiéndose desde los Pirineos hasta el Yemen, y del Océano hasta las murallas de la China.
Abasí – 750 Mucho más ambicionaban destruir el imperio griego; reinando Solimán, presentáronse en el Bósforo 120 mil hombres a bordo de 800 naves, y sitiaron a Constantinopla, reinando en ella León Isáurico; merced al valor de éste, a la posición de la ciudad y a los estragos del invierno, fue salvada. Menos de un siglo había transcurrido desde la aparición del Profeta, y ya se hallaban sometidos a sus sucesores tantos países, que una caravana no los hubiera atravesado en cinco meses. Cufa, Basora, Alejandría, eran emporios de extraordinario comercio. Pero fuera de la Siria, los Omeyas no se habían conquistado nunca el aura popular; siempre surgían nuevos pretendientes, y por fin fueron proclamados califas los descendientes de Al-Abbas, tío de Mahoma, que exterminaron a los Omeyas; el vicariato de los enemigos volvió a los parientes del profeta; Abul Abbas fue llamado el sanguinario por el modo con que conquistó el dominio. Almanzor trasladó la sede a la nueva ciudad de Bagdad, que fue capital durante 500 años. En ella se entregaron los califas a un lujo oriental. Al-Mamum regaló a La Meca 2400000 dineros de oro; al celebrarse sus bodas, la cabeza de su mujer fue cargada de mil gruesas perlas, y se repartieron entre los cortesanos lotes de casas y terrenos. En tan vastísimo imperio vivían unos 150 millones de habitantes; en todas partes tenía colonias militares, agrícolas y comerciales, que difundían la lengua y la religión árabes. En el interior no cesaban las luchas entre los partidos, degollándose mutuamente Omeyas y Alidas.
786 El mejor de los Abasíes fue Harun-al-Raschid el Justo, que mantenía relaciones con Carlo Magno.
Literatura La literatura había tenido siempre cultivadores, pero los Omeyas no la favorecían; protegiéronla, en cambio, los Abasíes, y más que ninguno Harun, bajo el cual se hizo célebre la escuela médica de Damasco; florecieron muchos gramáticos, y se completó el diccionario árabe. Los Árabes dieron prueba de gran imaginación y poco gusto; de mucha observación y escaso raciocinio. Aficionados a los cuentos, hicieron de ellos grandes colecciones, entre las cuales se ha divulgado la de las Mil y una noches. En la filosofía, siguieron a Aristóteles, comentándolo de un modo extraño (Averroes), y se gozaron en transmitir de un pueblo a otro sus conocimientos. Sus historiadores, que desconocen la crítica y la cronología, son fatalistas y aficionados a circunstancias milagrosas.
790-809 Los Omeyas trataban de recuperar el poder; Edris comenzó en la Mauritania la dinastía de los Edrisitas; y un descendiente de Alí fundó en Túnez la de los Aglabitas. Harun, que murió después de 48 años de reinado, acabó de arruinar el imperio dividiéndolo entre tres hijos suyos, que se hostigaron continuamente y se rodearon de una guardia de Turcos que no tardó en adquirir un dominio absoluto.

96.- Los Árabes en España. Califato de Córdoba
710 – 718 – 778 En España, Rodrigo había ocupado el trono, prevaleciendo sobre sus émulos; y éstos, para sostenerse, llamaron en su auxilio a Muza, emir del África. Este confió a Tarik 12 mil intrépidos guerreros, que vencieron y mataron a Rodrigo, y expoliaron el tesoro de los reyes godos en Toledo. Tarik y Muza dilataron sus conquistas por toda la Andalucía y la Lusitania. Abderramán, recogió grandes fuerzas y se encaminó a conquistar a Francia, la cual fue salvada por Carlo Magno; la empresa costó la vida al guerrero árabe. Parte de los naturales de España se refugiaron en los montes de Asturias, y tomando por jefe a Pelayo, esperaron recuperar la patria; pudieron vencer a los conquistadores, mientras éstos luchaban entre sí en la península y en África, no operando como un ejército bajo un solo jefe, sino como tribus distintas que se establecían en diversos países. Las desavenencias de los invasores favorecían a los naturales, que fundaron el reino de Asturias; el rey Alfonso llevó sus conquistas hasta el Duero; y él y sus sucesores fueron sosteniéndose, ora batallando, ora comprando la paz; llamaron en su auxilio a Carlo Magno, pero éste perdió en Roncesvalles la flor de sus valientes.
En tanto, los Yusufis árabes organizaban la conquista, y establecieron en Córdoba un califato omeya, independiente del de Oriente y del de África. Dominaron a Toledo, a Mérida, a Sevilla, a Zaragoza, a Valencia, y en todas partes edificaron palacios y mezquitas, adornaron las ciudades con jardines, y erigieron escuelas; obligaron a los naturales a usar la lengua árabe; y llevaron sus armas contra Francia con suerte varia. Dícese que contenía cuatrocientos mil volúmenes la biblioteca de Hakem el Cruel, quien dotó al califato de una marina y de un ejército regulares.
No es difícil concebir el destrozo que harían los Árabes en España, durante la conquista; pero una vez resueltos a establecerse en ella, cesaron de devastarla; en cambio impusieron tributos, y permitieron el culto católico, aunque interiormente y sin pompa. No faltaron persecuciones religiosas, tanto más cuanto que los mismos Muzárabes, como se llamaban, se mofaban con frecuencia de las plegarias de los musulmanes y de los gritos del muecín.

97.- Imperio Griego. Los Heraclidas. Los Isáuricos
Ni siquiera la incesante amenaza de los Árabes aquietaba las discordias civiles y religiosas de los Griegos. El mismo Heraclio, que adquirió renombre por sus insignes empresas, como se ha dicho en otro lugar de este compendio, volvió a sostener que Cristo temía en verdad dos naturalezas, pero una sola voluntad.
Monotelitas Constante II, mientras los Árabes llegaban hasta Constantinopla y los Eslavos ocupaban el país que de ellos adquirió el nombre de Esclavonia, quería propagar el Monotelismo por medio de edictos, y perseguir a los Papas que lo condenaban. Fue el primer emperador oriental que llegó a Italia, donde combatió a los Longobardos meridionales; arrojose sobre Roma, apoderándose de ella; y desde Sicilia pirateó la costa africana, hasta que fue muerto.
Durante las sublevaciones internas y la irrupción de los nuevos Bárbaros, Constantino III mandó reunir el VI concilio ecuménico en Constantinopla, donde se condenó a los que admitían en Jesucristo una sola voluntad y una sola acción.
711 – Iconoclastas Vino después una serie de tristes emperadores, hasta que al cabo de un siglo, cesó la estirpe de Heraclio; pero no fueron mejores los elegidos por el pueblo. El primero de éstos fue Anastasio, que trató de poner paz en la iglesia supeditándose al Papa. León, pastor de Isauria, que merced a su ardimiento se hizo jefe del ejército, no tardó en ser emperador. Fue autor de una nueva herejía, fundada en el odio contra las imágenes, cuya destrucción ordenó. El pueblo se opuso a sus severas órdenes; hubo persecuciones, y se sublevó la Grecia; el Papa Gregorio II, no pudiéndolo hacer entrar en razón, excitó a los pueblos de Roma y de la Pentápolis a desobedecerle, con lo cual este hermoso país se hizo independiente. Mientras que con valor y prudencia era capaz de regir bien al imperio, León Isáurico lo arruinó. Los Cázaros o Turcos orientales habían ocupado la Crimea, reconstituido el imperio de los Ávaros, y alcanzado victorias y botines en la Persia, donde se les alió León para que molestasen a los Árabes. Pero éstos hostigaban en todas partes a los sucesores del emperador, mientras los molestaban también los Búlgaros y el frenesí de las herejías. Irene, madre de Constantino Porfirogéneta, trató de establecer un parentesco con Carlo Magno, a fin de reunir a ambos imperios, pero no se llevó a cabo. En un tumulto murió su hijo, y ella fue la primera mujer que ocupó el trono de los Césares; restauró el culto de las imágenes, que fue proclamado en el séptimo concilio Efesino. Descontentó con esto a algunos que propalaron la voz de que quería casarse con Carlo Magno.

98.- Los Francos. Mayordomos de palacio
Los Merovingios, después de haberse engrandecido con Clodoveo, fueron degenerando. Su reino era una transición de la barbarie al orden, pero constaba de gentes diversas, empujadas por otras gentes; los reyes no eran más que los primeros entre iguales, así es que en vano trataban de hacerse herederos del imperio romano. Los demás jefes o leudos, no estaban de acuerdo más que en disminuir la regia prerrogativa, engrandecían sus propios bienes, y no se cuidaban de intervenir en las asambleas. Los reyes pusieron por encima de los ministeriales un mayordomo, el cual fue adquiriendo mayor importancia, como el primero de los leudos, su jefe en la guerra, su juez en la paz, y por consiguiente juez del pueblo. Las primeras familias ambicionaron aquel cargo, cuyo nombramiento dejó de ser privilegio exclusivo del rey para depender de los leudos; el empleo fue luego inamovible y hereditario. De entonces los mayordomos suplieron la inacción de los reyes holgazanes: Pepino, de familia austrasiana, que poseía ricas propiedades a orillas del Mosa, gobernó con firmeza, impidió las divisiones que acostumbraban a hacerse del reino como de las herencias, y unió a los Neustrianos, a los Austrasianos y a los Borgoñones bajo el rey Dagoberto; quedó siendo tributario el ducado de Aquitania. Dagoberto, devoto y vicioso, tuvo al lado a san Ovano, su guarda-sello y obispo de Ruán, y a San Eloy, platero.
Después de Dagoberto, ninguno de los reyes que le sucedieron reinó por sí mismo, pues todo lo hacían los mayordomos de palacio. En tanto, las guerras civiles se multiplicaban, merced a las enemistades que existían entre Austrasianos y Neustrios, y a las revueltas de los pretendientes.
687 Pepino de Héristal, al frente del ejército, en la batalla de Testry decidió la cuestión entre la Francia romana y la teutónica, prevaleciendo los Austrasianos sobre los Neustrianos y los Aquitanos; y si bien los Merovingios aún conservaron nominalmente el trono durante sesenta y cinco años, no fueron ya más que sombras de reyes. Muchos señores y príncipes tributarios, entre ellos los duques de los Bretones, de la Aquitania y Gascuña, de los Frisones, y de los Alemanes, negaron la obediencia a Pepino y se declararon independientes. Entonces se dedicó a poner orden en la administración, fue árbitro de 300 ducados y recibía embajadores.
732 Aunque a su muerte los duques trataron de sacudir toda dependencia, Carlos Martel, su hijo, logró dominarlos; sojuzgó la Aquitania y la Gascuña; derrotó a los Sajones, a los Bávaros, a los Alemanes y a los Frisones, y principalmente a los Árabes en la batalla de Poitiers, que verdaderamente contuvo en Europa las conquistas musulmanas. Carlos fue saludado como salvador del cristianismo, y reyes y papas lo hicieron colmar de honores. Como hombre de guerra, empero, era déspota en la paz, y molestaba y removía a su antojo a los obispos. Su muerte dio lugar a murmuraciones y tumultos; Pepino y Carlomán, sus hijos, reinaban en lugar de los débiles Merovingios, hasta obligarles a meterse a frailes. El mismo Carlomán se encerró en el convento de Monte Cassino, y le fueron mandados en calidad de frailes sus dos hijos, después de lo cual quedó solo en el poder Pepino el pequeño.

99.- Italia. Los papas. Los Longobardos. Pepino
Al dividir la Italia en ducados, los Longobardos perdieron la fuerza de conquistarla toda, y quedaron siendo enemigos suyos los Griegos en el exarcado y los papas en Roma, que tendían a salvar el dominio griego de la conquista bárbara. Ya hemos visto cuál era el poderío de Gregorio Magno, y cómo, sin contar su autoridad religiosa y personal, poseía extensísimos dominios. Las conversiones de la Germania acrecentaron el poder de los papas, a los cuales prestaban incontestable homenaje los nuevos convertidos. Las herejías de los orientales conturbaban a los papas, que quizá fueron inducidos a error por las sutilezas griegas (fallo de Honorio), aunque la verdad triunfase, a pesar de las violencias de los emperadores que encarcelaban a los pontífices y querían crearlos a su antojo.
742 Poco, pues, tenían estos que congratularse de los emperadores, mientras se veían amenazados por los reyes Longobardos Estos tuvieron que defender a Italia de las tentativas de los Griegos, y la corona, de las facciones internas. Liutprando, que renovó el esplendor del reino gobernando por espacio de treinta y dos años, enfrenó a los duques revoltosos, y pensó someter toda la Italia
León Isáurico, obstinado en destruir las imágenes, y contrariado en esto por los papas, ordenó al exarca de Rávena que marchase contra Roma, pero los Longobardos negaron el paso al ejército; los habitantes de Rávena se rebelaron y dieron muerte al exarca; del mismo modo procedieron los Napolitanos y los Romanos; en todas partes estalló la insurrección contra los Griegos, temidos como débiles y aborrecidos como herejes; eligiéronse magistrados nacionales, y las ciudades se unieron. Liutprando quiso aprovecharse de aquellos acontecimientos, y simulando proteger la libertad de conciencia, ocupó la Pentápolis; pero fue rechazado por Orso, dux de Venecia; deseando vengarse, se alió entonces con los Griegos y marchó contra Roma, acusado por los Longobardos de permanecer fiel al emperador, y por el emperador de serle rebelde. Mitigado por el Papa, Liutprando entró en Roma, y depuso sobre el sepulcro de los apóstoles el manto, la espada y la corona. Los Griegos, que habían mandado una flota, la vieron dispersa en el Adriático y tuvieron que renunciar a la Italia, exceptuando la Sicilia y la Calabria. No tardó Liutprando en volver a empeñarse en ocupar el ducado romano. Entonces fue cuando el Papa Gregorio invitó a Carlos Martel a socorrerlo. Muertos, empero, el rey, el mayordomo y el Papa, el nuevo rey Astolfo invadió el Exarcado y la Pentápolis. Trasladó la corte de Pavía a Rávena; firmó una Paz de cuarenta años con el Papa Estéfano, paz que violó de súbito, imponiendo un tributo a sus Romanos. El Papa apeló a procesiones, a embajadas y a plegarias, pero viendo que el Longobardo crecía en armas y amenazas, llamó en su auxilio a Pepino, duque de los Francos.
754 Este ejercía la autoridad de rey, y los leudos quisieron que hasta el título de tal tomase; hízose ungir por San Bonifacio, y mediante las armas y una buena administración pudo realizar la unidad de la Francia, e impuso un tributo a los Sajones idólatras. A instancias de Esteban, que bendijo la nueva dinastía y confirió el título de patricios de Roma al rey y a sus dos hijos, Pepino pasó a Italia y obligó a Astolfo a cederle la Pentápolis y el Exarcado, que él regaló luego al pontífice.
Aquí comienza el dominio temporal de los papas, que abarcaban a Rávena, Rímini, Pesaro, Cesena, Fano, Sinigaglia, Jesí, Forlimpopoli, Forli, Montefeltro, Acceragio, Montlucati, Serra, Castel San Mariano, Bobro, Urbino, Cagli, Luculi, Agubio, Comacchio y Narmi. Eran propiamente los pueblos, los que querían sustraerse a la innoble y arrogante dominación griega, y evitar la de los Bárbaros; así es que invocaban la independencia bajo un príncipe electivo, y la tranquilidad bajo un sacerdote inerme.
Apenas hubo Pepino pasado los Alpes, cuando Astolfo se dirigió contra Roma, y habiendo devastado sus alrededores la puso sitio. El Papa recurrió de nuevo a Pepino, el cual venció otra vez a Astolfo y le obligó a pagar un tributo y a reconocer en el Papa el dominio del Exarcado. Entrado que hubo en Roma, depositó en el sepulcro de San Pedro las llaves de Rávena y de las otras ciudades, rehusando los ofrecimientos que le hacía el emperador griego en cambio de la restitución de los países conquistados.
Desiderio, nuevo rey longobardo, prometió ser fiel a los pactos de Astolfo, y añadir a las donaciones de Pepino, las tierras de Imola, Gavello, Faenza y el ducado de Ferrara. Pero apenas se hubo asegurado el trono, sembró el estrago en la Pentápolis, e invitó al emperador griego a que mandase tropas con que reconquistarla. El Papa recurrió nuevamente a Pepino: pero éste se moría, y estaban reservadas a su sucesor la destrucción del reino Longobardo y la renovación del imperio romano.

100.- Carlomagno
Según la antigua costumbre de distribuir entre los hijos una porción del país franco y una del romano, Pepino repartió el reino entre Carlomán y Carlos. El primero, que reunía escasas dotes, murió al poco tiempo; y el segundo se halló al frente del Estado más poderoso de Europa, y mereció el título de Magno.
774 El rey Desiderio solicitó su amistad dándole por esposa a su hija Ermengarda, y prometiendo restituir las tierras al Papa. Pero no tardó en molestar a éste, fomentando las sediciones que estallaban de acuerdo con los Griegos de la Campania; se amparó, por fin, del Papa; mandó sacar los ojos a sus fieles, violando el asilo de las iglesias; devastó la Pentápolis, se dirigió contra Roma y suscitó rivales a Carlomagno, que repudió a la hija del desleal monarca. Entonces el Papa Adriano solicitó de Carlos la protección a la Iglesia, de la cual era defensor oficial. Habiendo procurado en vano la conciliación, Carlos se dirigió contra Desiderio, y favorecido por las discordias suscitadas entre los Longobardos y por la aversión en que los Italianos tenían a estos, con poco trabajo conquistó la península, hizo prisionero al rey enemigo, y así terminó el reino de los Longobardos que habían pesado sobre Italia durante tres siglos sin hacerse amar y sin producir un gran hombre siquiera. Carlos obtuvo en Roma un solemnísimo triunfo, no como rey extranjero, sino como patricio, y allí ratificó con las más solemnes formas las donaciones de Pepino. Como no iba seguido de una nación nueva, no le fue preciso despojar a los antiguos propietarios; confirmó en la posesión de sus títulos y bienes a los señores que le juraron fidelidad, y conservó el título de rey de los Longobardos. El duque de Benevento conspiró con los de Espoleto, del Friul, del Clusio, y con Adelchi, hijo de Desiderio; mas fueron vencidos, entonces Carlos abolió los ducados, y aquellas vastas provincias fueron divididas en cantones, presididos por condes, que estuvieron bajo la vigilancia de un conde palatino. El ducado de Benevento conservó el nombre de Lombardía.
Venecia – 480 Carlos llevó a Italia a su hijo Pepino, de edad de seis años, y habiéndole dado la investidura de este reino, hizo que le ungiera el Papa Adriano. El reino de Italia ocupaba la parte superior de la península, y en la meridional los Griegos conservaban a Nápoles, Gaeta, Otranto, Amalfi, Sorrento, la Sicilia y por algún tiempo también la Córcega y la Cerdeña, en lucha con los duques de Benevento. Otras ciudades marítimas había que, prestando homenaje a los emperadores griegos, vivían en libertad, como Pisa, Génova y Venecia. Esta última se había formado en las islas de la laguna, por los que huían de Altino, Aquilea, Oderzo, Concordia y Padua, destruidas por Atila; durante la invasión de los Bárbaros, acudieron a unírseles nuevas gentes; pero los primeros no concedieron a los últimos todos sus derechos civiles y políticos; de donde resultó una nobleza procedente del más legítimo origen. Gobernábanse por el sistema municipal, y conservaron del imperio de Constantinopla una dependencia más bien honorífica que de hecho. Se dedicaron a la pesca, al comercio, y a la explotación de la sal. El patriarca de Aquilea se trasladó a Grado; otros obispos residieron en otras islas; Paolucio Anatesio fue el primer dux vitalicio elegido, en quien estaba concentrado el poder de los nobles, cuya ambición y preponderancia enfrenaba, sin que él mismo pudiese ejercer un poder despótico. Los Venecianos se defendieron de los Esclavones, de Carlomagno y de los piratas de la Istria.
764 En la Germania, Carlomagno empuñó la espada para reprimir otras irrupciones de los Bárbaros y organizar a los sumisos. Los más molestos fueron los Sajones, a los cuales exterminó, degollando a más de 4500 prisioneros en Werden, y con la fuerza implantó allí el cristianismo y los principados eclesiásticos
Domó también a los Turingios, a los Bávaros, a los Ávaros, a los Eslavos y a los Daneses, haciéndose preceder o seguir siempre de misioneros que procuraban y hasta forzaban la conversión. Preparó una flota con la cual reprimió a los Musulmanes, que asediaban la isla de Mallorca, la Córcega, la Cerdeña, y hasta Niza y Civitavecchia; sostuvo a los Españoles en la lucha contra los Árabes; pero sus paladines, en la retirada, fueron exterminados en Roncesvalles, figurando entre ellos Orlando, o Roldán, conde de Bretaña, que adquirió gran fama en las novelas del tiempo de las Cruzadas.
789 - Carlomagno emperador – 800 Obedecía entonces a Carlomagno la Francia entera y la mejor parte de los pueblos occidentales; tenía por tributarios a los Eslavos, establecidos entre el Báltico y Venecia, a los Bohemios, a los Moravos, a los Esclavones y a los Croatas; enemigo temido de los Árabes, solicitaron tenerlo por aliado los Griegos de Constantinopla y los Normandos de la Escandinavia. El título de patricio lo hacía patrono de la Iglesia, de los pobres, de los oprimidos, pero no le confería soberanía alguna sobre Roma; sin embargo, era protector y amigo de los papas. León III, salvado de una revuelta de señores romanos, visitó a Carlomagno en el campo de Paderborn, donde los señores Germanos le tributaron homenaje, y lo acompañaron en su solemnísimo regreso. También llegó a Roma Carlomagno, y en la fiesta de Navidad el Papa le puso en la cabeza la diadema de oro; el pueblo gritó: «Vida y victoria a Carlos, grande y pacífico emperador, coronado por la voluntad de Dios.»
Aquello era renovar el símbolo político y la antigua dignidad del Imperio, y realzar por ende la estirpe romana, hasta entonces servil ante los conquistadores. Roma se hacía independiente de Constantinopla; y el emperador se constituía en jefe de toda la cristiandad, acogida a la Iglesia universal. Toda autoridad procedía de Dios, quien la trasmitía a su vicario en la tierra; este, conservaba para sí la espiritual, y la temporal recaía en el emperador, no hereditario, sino electo según su mérito, mediante el hecho de jurar la observancia de la ley de Dios y los pactos políticos celebrados con los pueblos; de lo contrario, perdía la corona. En cambio el emperador, cual administrador temporal de la cristiandad, alcanzaba supremacía sobre todos los reinos y sobre la misma Roma, la cual volvió a ser capital del mundo. Este concepto es necesario para comprender toda la historia de la Edad Media; la idea del Imperio era moral y política; y sería injusto imputar a Carlos y a León los males que de ella resultaron, cuando la unidad combinada a la sazón se convirtió en una discordia, perjudicial a entrambos, y que sin embargo fue provechosa para la humanidad.
Carlomagno fundó así una constitución que, hasta nuestros tiempos, unía la Europa central y todos los pueblos de Occidente con el nombre de cristiandad, producía el íntimo acuerdo de la fuerza con el derecho, y facilitaba la difusión de las mejoras en la vida y en el pensamiento. Los príncipes más poderosos ambicionaban la dignidad imperial, lo cual fue causa de movimiento y de civilización. Los papas, como tutores de los pueblos y de los príncipes, se constituían en apoyo de éstos contra los abusos imperiales, favoreciendo así la libertad política, que más tarde había de volverse contra ellos.
Instituciones civiles Carlos no fue Magno únicamente por sus conquistas, pues lo fue más bien por sus leyes, con las cuales quiso introducir en su vastísimo dominio una unidad de administración, contraria a las ideas germánicas. El reino de los Francos era todavía electivo, aunque en la descendencia de los Pepinos. No tenía capital fija, si bien Carlomagno solía detenerse con frecuencia en Aquisgrán, rodeado de una corte civil y eclesiástica. Concedió a sus hijos más jóvenes la Lombardía y la Aquitania. Desaparecieron los mayordomos de palacio, y los ducados fueron repartidos entre condes, jefes militares y civiles, siendo los más poderosos los fronterizos (margraves) no hereditarios; los condes presidían los litigios de los hombres libres. Algunos missi imperiales recorrían las provincias para hacer justicia y recibir las quejas de los que creían no haberla obtenido; reunían en asambleas provinciales a los condes, a los obispos, a los abates y a los vasallos, con algunos regidores y hombres buenos. En estas asambleas se examinaban los asuntos eclesiásticos y civiles, y la administración de las quintas reales.
Los esclavos carecían de derechos civiles, pero no de libertad personal; se hacía aún tráfico con ellos, mayormente con los que procedían de países idólatras o mahometanos.
Capitulares Carlos convocaba frecuentemente las asambleas generales, en las que se discutían los asuntos de más trascendencia. Al adquirir el imperio mayor extensión, les fue difícil, y aun imposible, a muchos hombres libres, asistir a estas dietas; de modo que al fin solo concurrieron señores laicos y eclesiásticos, condes y magistrados. Allí el emperador recibía los donativos, discurría con los señores y discutía las propuestas como los demás; escuchaba las necesidades del pueblo, y eran muy varios y numerosos los asuntos que en tales asambleas se trataban. De allí tomaron origen los Capitulares, que forma una colección de leyes antiguas y nuevas, mezcladas con decisiones de los concilios, con instrucciones y comisiones, con nóminas, recomendaciones y gracias, sin constituir, empero, una completa legislación. La más alta sabiduría se codea con pueriles ingenuidades; con más frecuencia que el mandato se ve la exhortación; restos de barbarie con refinamientos progresivos; consérvanse los procedimientos judiciales de los distintos pueblos que constituían el imperio.
Ejército Para la defensa nacional se armaban todos los hombres libres; para las expediciones particulares, los condes llevaban al campo a la juventud, escogida entre sus vasallos, y cada ariman se proveía de trajes, armas y víveres. Este eriban ejecutaba únicamente las expediciones consentidas por la nación; pero el rey tenía además la banda de vasallos suyos, voluntarios o pagados, que empleaba donde quería. Los vasallos de las iglesias y de los monasterios eran conducidos por el obispo o por el abate.
Rentas Como cada jefe tenía que mantener a sus propios soldados, el reino estaba libre del gasto más pesado, tanto más cuanto que se pagaba a los magistrados con beneficios y con una participación en las multas. La corona poseía tierras propias o tributarias, cuya administración corría comúnmente a cargo de la reina. El fisco percibía además derechos sobre los ríos, las plazas, los puertos, los puentes y los caminos.
Fomentaban el comercio las ferias, que se celebraban con ocasión de los consejos, o durante las fiestas religiosas. Carlomagno protegió los oficios, la agricultura y la minería; pero mal podían prosperar las artes dado aquel sistema de guerra, y en las providencias del monarca con frecuencia no se puede alabar más que la buena intención.
La Iglesia Lejos de mostrarse celoso de la Iglesia, Carlomagno comprendió la utilidad de su poderío y se valió de él para contener a los Bárbaros, y civilizar y organizar a los pueblos; dio alquerías, fundó iglesias y tantos monasterios como días tiene el año, según dicen las crónicas; impuso el diezmo a los recién-convertidos a beneficio de la Iglesia y de los pobres; consolidó la jurisdicción de los eclesiásticos, a quienes incumbían no solamente las causas de los curas, sino que también las de los matrimonios y los testamentos; la elección de los obispos fue restituida a los eclesiásticos y al pueblo. Los obispos procuraban conservar y mejorar la disciplina; los monjes crecían en rigidez; en varios concilios se decretaban reformas; se exterminaban las herejías, multiplicábanse los libros rituales, y Carlomagno hubiera querido uniformar la liturgia.
Carlomagno campea en todos los acontecimientos de su siglo; soldado, legislador, docto, religioso, sencillo en el cuidado de su persona, fastuoso en la corte, venerado por los papas y por los emires árabes, ha sido objeto de novelas y poemas como los héroes de Troya. Tuvo guerras continuas, no para conquistar, sino para defender su territorio; por ellas fue obligado casi inevitablemente a conculcar derechos y exigir gravosísimos sacrificios. Habiendo comprendido el cambio que se operaba en la sociedad, se puso al frente de ella, aceleró la fusión de los Galos con los Francos, y de los Bárbaros con los Romanos; convirtió al clero en el lazo que, mejor que la conquista, iba a unir a naciones diversas, y trató de establecer una jerarquía, como la eclesiástica, donde todos adoptasen por jefe a un solo gobernante.
A sus cualidades de gran hombre unía los vicios del bárbaro; nadie querrá disculparle por la matanza de los Sajones; cambió de mujeres, y la fama no respetó sus costumbres ni las de sus hijas. Dividió entre sus hijos las tres diversas naciones: franca, longobarda y romana de Aquitania Señaló esta última a Luis; a Bernardo, hijo de Pepino, la Italia, y a Carlos la Austrasia y la Neustria, quedando la unidad imperial en Luis. Murió el día 27º del año 814, a la edad de 72 años, y fue sepultado con un evangelio de oro sobre las rodillas, y con las insignias imperiales, pero con un cilicio debajo de ellas. En su testamento hacía muchas donaciones a iglesias, pero no hablaba de Roma, dominio de los papas, ni de la dignidad imperial, que había de ser conferida por el Papa mismo, por cuanto las instituciones germánicas establecían que el protector fuese elegido por el protegido.

101.- Letras y artes
También en la Grecia había decaído tanto la literatura, que un tal Juanillo de Rávena fue colmado de alabanzas y honores porque sabía leer correctamente en latín una carta griega. Juan Damasceno escribió la Exposición exacta de la fe ortodoxa, primer sistema completo de dogmática, y es también el autor de los Paralelos sagrados.
Carlomagno empezó muy tarde a aprender a escribir; y sin embargo tenía vastos conocimientos, razonaba con precisión sobre puntos jurídicos y teológicos, apreció y protegió a todo el que daba pruebas de sana inteligencia, fundó escuelas, llevose consigo a Paulo Varnefrido, historiador de los Longobardos, y dio a Pedro de Pisa la dirección de las escuelas de palacio, a las cuales asistía la corte toda. Esta escuela fue confiada después a Alcuino, hombre superior a su siglo, que en lengua inculta, con duro estilo y profusión de adornos compuso muchos libros, en los cuales demostró conocer los mejores autores sagrados y profanos, y se dedicó a corregir los manuscritos alterados o mutilados por ignorantes amanuenses. Con él rodeaban la mesa de Carlomagno obispos y abates versadísimos en las doctrinas sacerdotales. Otros sabios acudieron de Hibernia, y con ellos fundó Carlos escuelas, no solamente para las primeras familias, sino que también para las clases media e inferior. Al efecto mandoles escribir libros elementales. Llevó de Italia cantantes y músicos, convencido de que la música dulcifica las costumbres. En el venerable Beda encontramos apuntadas las causas de las mareas, y sostenida por el irlandés Virgilio la forma esférica de la tierra y la existencia de los antípodas.
Las pocas cartas que han quedado de aquella época, dan testimonio del extremado descuido en que se tenían la lengua y la sintaxis. Los libros pecan al contrario por un cuidado excesivo, afectando términos extravagantes y metáforas extrañas y acumuladas. Adelmo, obispo inglés, escribió treinta y seis versos, en los cuales se halla el primero leyendo el último al revés, el acróstico leyendo hacia abajo y el telóstico hacia arriba.
El venerable Beda de la Northumbria (672-735) sabía latín, griego, poesía, aritmética, astronomía, música; y es notable su Historia eclesiástica de Inglaterra. Pablo, diácono del Friul, reunió precedentes recuerdos para escribir la Historia de los Longobardos hasta Rotaris. Eginardo, franco de allende el Rin, favorito de Carlomagno y sus sucesores, escribió los anales de los mismos.
Las bellas artes habían ido siempre en decadencia., pero no hay que achacarlo únicamente a los Bárbaros. El godo Teodorico había puesto cuidado en conservar y restaurar los edificios públicos, por medio de leyes y dinero; y también fabricó en Rávena palacios, pórticos y acueductos, la Basílica de Hércules, San Martín y San Andrés de los Godos; en conmemoración suya fue edificada la Rotonda, cuya cúpula está formada de una sola piedra de diez metros de diámetro. Las construcciones romano-bizantinas más notables se ven en Rávena.
Orden gótico Nada prueba, sin embargo, que los Godos conociesen la arquitectura gótica. La flaqueza de las columnas, el sobrecargo de ornamentos, las alturas desproporcionadas, defectos de los edificios de entonces, los hallamos hasta en Oriente. Las iglesias allí edificadas por Constantino y por Justiniano, no eran transformaciones de antiguos edificios, por lo cual pudo dárseles más francamente el tipo cristiano. Por falta de columnas, se aumentó el uso de los arcos, alargando a veces la parte inferior; se introdujeron las cúpulas, no ya apoyadas sobre un cilindro que surgía del terreno, sino formadas por un casquete apoyado en un tambor, que por medio de pechinas se enlaza con un cuerpo de edificio angular. Muchos santos y obispos son elogiados como hábiles constructores, y algunas comunidades religiosas se ocupaban en hacer caminos y puentes.
También los reyes Longobardos hicieron construir palacios e iglesias, con esculturas y pinturas, representando a menudo figuras extrañas y ridículas.
En aquel tiempo aumentó el uso de los mosaicos; perfeccionáronse los vidrios de colores; las obras de metales preciosos, como las del tesoro de Monza, prueban que ni aun estas artes se habían perdido; y se cuentan maravillas de la habilidad atribuida en platería a San Eloy de París.
Las artes tuvieron mucho que hacer en la multitud de edificios encargados por Carlomagno en todas partes, principalmente en Aquisgrán; sacáronse columnas, capiteles y mosaicos de Roma y Rávena; difundiose por la Germania el amor a la miniatura y a los libros; y es posible que los artistas llamados por el monarca del otro lado de los Alpes fundasen una escuela, que haya servido de fundamento a las logias en que los Francmasones se trasmitían ciertas doctrinas y procedimientos sobre el arte de construir.

102.- China. El Tíbet
Después de Confucio viene el reinado de la guerra, es decir una serie de discordias entre los diversos Estados de la China, hasta que el rey de Tsin sojuzga a los demás, dando principio a la 4ª dinastía de los Tsin (248 a. de C.). Chao-siang rechazó a los Tártaros y construyó la famosa muralla; persiguió a los literatos y destruyó todos los libros de historia.
No tardó en alcanzar el poder la 5ª dinastía de los Han occidentales (202 a. de C.) por obra de Cao-tsu, en la cual fue famoso Venti, que criaba gusanos de seda en su propio palacio, hizo lo posible por restablecer los anales de aquel antiquísimo imperio y los libros canónicos, en cuya empresa ayudó mucho la reciente invención de formar el papel con el bambú machacado, y aquella tinta que es tan estimada aún entre nosotros. Entonces el imperio se puso en relaciones comerciales con los vecinos, extendiéndose hasta el Caspio.
La dinastía de los Han orientales (25 d. de C.) pudo devolver al imperio sus antiguas fronteras, rechazando a los Yung-nu y a otros bárbaros invasores, y tuvo gran dominio en el Asia central, pero el partido de los gorros amarillos y la ambición de varios príncipes descompusieron el Estado, tanto como las continuas correrías de los Tártaros, de los Mongoles y de los Manchúes. Los Chinos conocieron a los Romanos, de los cuales tenían formada una grande idea; pero no querían mandarles seda, por no perjudicar sus propias manufacturas. Solo un embajador de An-tun (Antonino) pudo llegar a la corte de Huang-ti.
Budismo – Clamo En aquel tiempo se extendió la religión de Buda, como hemos dicho al principio de este compendio. Seis siglos antes de Jesucristo osó Buda declarar la guerra a las creencias establecidas y a la casta sacerdotal; introdujo un culto más puro y proclamó la igualdad de los hombres. Perseguidos, sus secuaces se dispersaron por Arman, Malaca, el imperio Birmano y el Japón (632 antes de Jesucristo) y más tarde llegaron al Tíbet, que fue su centro, propagando una doctrina moral entre pueblos que no tenían ninguna.
En la China (390 años antes de Jesucristo), habían penetrado algunos libros budistas; pero sólo en el año 64, después de Jesucristo, fue trasladada allí esta religión bajo el nombre de Fo. Los letrados la rechazaron siempre, pero fue aceptada por muchos, corrompida por la superstición de los bonzos, que afectaban extrañas penitencias, e inventaban milagros. El dios de los budistas está generalmente representado por un dragón, o bien por un hombre agachado con un enorme vientre y la cabeza bamboleándose. Por lo demás, la doctrina varía según los pueblos a que es llevada; pero en el fondo establece la trasmigración de las almas hasta que llegan al aniquilamiento.
A la dinastía de los Han-orientales sucedió la de los Tsin, turbada también por letrados y eunucos, y arrojada después por Lieu-yu fundador de la VIII dinastía de los Sung (400), pronto sustituida por la de los Tsi (483), poco alabada, y por la de los Liang (502). Alteradas las creencias nacionales por los Budistas y por los Tao-sse, tratose de resucitar la filosofía de Confucio; pero prevalecieron los bonzos, y fueron protegidos por la dinastía XI de los Chin (557). Bajo la de los Sui (589) el Norte y el Mediodía volvieron a unirse, y Yang-ti se granjeó el título de Sardanápalo de la China, merced a las grandes obras públicas con que dotó a su país. La dinastía de los Yang (608) abolió doce pequeñas dinastías que se habían formado en el imperio, y tuvo un héroe en Tai-tsung, que ensanchó sus dominios hasta la Persia, el Altai y el Tang-nu, e iban a prestarle homenaje los príncipes del Nepal y del Maghada en la India, y el shah de Persia; el emperador romano le mandó rubíes y esmeraldas; prestole obediencia hasta la Península de la Corea, y escribió el Espejo de oro sobre el arte de reinar. Su reinado duró 23 años, y se señaló además por haber presenciado la primera introducción del cristianismo, verificada en 635 por O-lo-pen, cura nestoriano, como consta en una famosa inscripción, descubierta en Si-ngan-fu por unos misioneros en el año 1625.
Los sucesores de Tai-tsung tuvieron mucho que hacer con los Tibetanos, que ocupaban el Asia central, y se ensancharon, ayudados al principio y contrariados después por los Árabes que se establecían en la Persia. Harun-al-Raschid expidió embajadores a la China. La XIII dinastía de los Cha-en (907) aumentó las relaciones exteriores. En 721 fue llamado el bonzo Y-hang, quien enseñó una astronomía que fue clásica, y que probablemente había aprendido de los Indios, de los cuales tradujo varias obras e hizo la triangulación de todo el imperio, que ocupaba entonces 26 grados y medio de Levante a Poniente y 31 de Norte a Sur.
El Tíbet El Tíbet se extiende, desde la vertiente septentrional del Himalaya, hasta el Occidente de la China, al Mediodía del Turquestán Chino y al levante del Turquestán Independiente, entre montañas y llanuras elevadísimas. No habiendo conocido el alfabeto hasta el siglo VII, los naturales carecen de tradiciones escritas, pero creen descender de una especie de monos. Aliáronse con los Chinos contra los Jug-nu. Hacia el año 632 fue introducido entre ellos el budismo, cuya religión, no combatida por Letrados ni Brahmanes, se difundió, enseñó la escritura y moderó la fiereza nativa con máximas de una moral pacífica y piadosa. Algunos religiosos introdujeron el Kangiur, cuerpo de la doctrina de Sakia-Muni, en 108 volúmenes. Fundáronse muchos conventos, con el supremo lama al frente, encarnación de Buda. Siguen inmediatos a él cinco grandes lamas, que forman su consejo, y eligen su sucesor. Poco a poco fue compilada la gran colección de los libros tibetanos. De allí el budismo se propagó al Mogol, donde fueron traducidos los libros canónicos. El puesto de gran lama fue muy ambicionado, porque unía la autoridad de príncipe a la religiosa; pero se dividió en las dos sectas del gorro encarnado y del gorro amarillo, y en el día los lamas dependen del emperador de la China. Los Tibetanos son actualmente dulces y afables, afeminados y llenos de supersticiones, con ritos y fiestas de evidente origen indio.

Libro X
103.- Los Carlovingios
El grandioso pensamiento de Carlomagno consistía en oponerse a las nuevas incursiones de los Árabes, de los Eslavos y de los Germanos, y al fraccionamiento interior, reuniendo los Estados cristianos en un gran todo, sometiendo las razas extranjeras, extirpando las creencias enemigas, adoptando los adelantos de la civilización romana, la libertad de los Germanos no emigrados y la nueva organización de los emigrados, para constituir un Estado con la administración imperial, con las asambleas populares y con el patronato militar. Pero ninguno de sus hijos tenía fuerza bastante para realizar la constitución del país, que se extendía desde el Elba hasta el Ebro, y de la Calabria al mar del Norte, y las naciones que comprendía se disgregaron descomponiendo la unidad. Persistieron los gobiernos locales, el orden de la magistratura y de la propiedad, y el imperio occidental; pero el dominio se dividió súbitamente en los tres reinos de Italia, Francia y Germania, y otros menores; a la primera partida de Bárbaros, ya establecida, siguieron otras, los Eslavos al nordeste, y los Normandos al noroeste. En la Persia se acrecentaba el poderío mahometano, que amenazaba a la España y a la Italia; en medio de tal desquiciamiento y confusión, el único poder ordenador que subsistía era la potestad eclesiástica.
Luis el Piadoso, educado religiosamente, corrigió los escándalos dejados por su padre, reparó las faltas de las conquistas, tomó bajo su protección a los Hebreos, que se dedicaron al comercio, y vigiló la disciplina eclesiástica y la libertad de las elecciones.
883 – 839 Dividió el reino entre sus tres hijos, asociándose al primogénito Lotario en el imperio, con supremacía sobre los otros. Pero no tardaron en romper, y dieron principio a guerras que parecían de personal ambición, cuando en realidad eran las diferentes naciones que aspiraban a la independencia; aquí las razas tudescas, allí las romanas, teniendo al frente a príncipes de la familia imperial. En todo se metía el clero, cuya eficacia crecía a medida que se acentuaba la debilidad universal. Luis, agobiado por tantas contrariedades, renunció a la corona, y fue consignado a la autoridad eclesiástica para que lo degradase, pero pronto fue repuesto en el trono, y se hizo un nuevo reparto del imperio, cuya unidad mal podía combinarse con la división usada por los Merovingios. Origináronse nuevas guerras; en la batalla de Fontenay se hallaron frente a frente los hijos de los Velchos y los de los Teutones, quienes hicieron luego una alianza, pronunciando un juramento, no ya en el lenguaje del clero, adoptado hasta entonces en todos los actos, sino en la lengua vulgar de la Galia y la Germania, de que dicho pacto es el monumento literario más antiguo. Pro deo amur et pro christian poblo et nostro comun salvament, dist di en avant, etc.
843 En tanto las guerras civiles destrozaban la Aquitania; los Bretones y los Normandos devastaban la Neustria; los Sarracenos la Gotia, la Provenza y la Italia; allende el Rin se sublevaban los Sajones; los Eslavos se aprontaban para arrojarse sobre su presa, los señores habían quedado abatidos por la guerra; gemían los pueblos cansados; de consiguiente la paz fue aceptada en Verdún, en cuyo tratado fue repartida la Francia entre tres pretendientes, quedando la parte oriental separada de la occidental; los Galos tomaron el nombre de Franceses, los Lombardos el de Italianos, y los Germanos el de Alemanes. Entre los dominios de los hermanos, serpenteaba el de Lotario, que comprendía a Roma y a Aquisgrán. Cada cual se aplicó a aquietar la parte que le había tocado; pero los barones habían perdido el hábito de la obediencia, y convertían cada castillo en un principado independiente. Diferentes veces, los tres reyes trataron de unirse para domar a los rebeldes o resistir a los invasores, o aliarse para fortalecerse, y hasta creyeron útil asociar a los obispos a la autoridad seglar. Pero el reino de Carlomagno se hallaba definitivamente dividido en los tres de Francia, Germanía e Italia; y el sistema personal, que había dominado con Carlomagno, era sustituido por la unidad territorial.

104.- Los Carlovingios en Francia (840-888)
875 La serie de los Carlovingios de Francia empieza desde Carlos el Calvo, hijo del segundo lecho de Luis el Piadoso. Hombre débil, vio su reinado perturbado continuamente por incursiones exteriores e intestinas discordias, en las cuales se solicitó el auxilio de los Normandos, y hasta de los Árabes. Los condes de Poitiers, Tolosa y Barcelona, y el duque de Bretaña, aspiraban a una vida independiente; los monasterios acrecentaban sus bienes hasta igualar a los ducados, y los curas dominaban en las asambleas, adquirían jurisdicciones cada vez mas extensas, y enfrenaban a los reyes. Carlos fue también coronado emperador en Roma, envanecido de lo cual, afectaba hábitos, costumbres y lenguaje diferentes de los Francos.
877 – 879 – 883 Sucediole su hijo Luis el Tartamudo, que reinaba en la Aquitania hacía 10 años, y que, además de las guerras fratricidas a que parecieron condenados los Carlovingios, tuvo que luchar con los señores provinciales, y asegurar sus franquicias, para que consintieran en que fuese coronado. Más trabajoso fue el gobierno para sus hijos Luis III y Carlomán, quienes se dividieron el reino, que fue después concentrado en Carlos el Gordo, ya rey de Germania, Baviera, Sajonia y Lombardía, y emperador además. Reunía, pues, toda la herencia de Carlomagno, pero no reunía las dotes necesarias para gobernarla; compró la paz de los Normandos por medio de dinero, después de lo cual fue destituido de emperador, y murió pobre y resignado.
Entonces fue definitivamente desmembrado el reino de Carlomagno; los diferentes pueblos eligieron reyes nacionales, sin tener en cuenta su estirpe; y el imperio fue disputado por Guido de Espoleto y Berenguer del Friul, tocando la Germania a Arnolfo, y la Francia a Eudes, conde de París. Pero los reyes tenían que someterse en adelante a la voluntad de los barones, y cederles los mejores privilegios de la corona, hasta la herencia de los feudos y de las dignidades; con lo cual se constituyó el verdadero feudalismo. Algunos países se sustrajeron a toda dependencia, como las dos Borgoñas, la Navarra, la Gascuña y la Aquitania.

105.- Incursiones de los Sarracenos
Carlomagno había contenido con su espada las hordas sarracenas, normandas, húngaras y eslavas; pero a la muerte del gran emperador, alimentaron los bríos de estos invasores. Mas no encontraban, como al fin del imperio romano, gente embrutecida por la servidumbre y los vicios, sino generaciones de robusta vida, armadas para la defensa del propio hogar. Los Sarracenos, que entonces se hacían señores de la Persia, fueron rechazados de Francia por Carlos Martel y por los condes de Aquitania, de Navarra y de Barcelona, condado este último que les sirvió de barrera.
Pero de los puertos de África acudieron otros Sarracenos a piratear por el Mediterráneo y sus costas; devastaron la Cerdeña, las Baleares, Niza y Centumcelle; y como eran dueños del estrecho de Gibraltar, y por lo mismo de la parte occidental del Mediterráneo, del mismo modo que dominaban ya la parte oriental, hacían dudar si sería el Oriente o el Occidente el rey del mar. Corriéronse hasta la Provenza y se establecieron en Fraxineto, desde donde pasaron los Alpes Marítimos e incendiaron a Acqui; apostados en San Mauricio, estuvieron haciendo correrías por Italia, la Borgoña y la Suevia, perturbando el comercio y las peregrinaciones. Los duques y los señores, al cabo de mucho tiempo, lograron expulsarlos.
Los Sarracenos en Sicilia – 827 – 831 La Sicilia no había caído jamás en poder de los Longobardos, y el imperio griego enviaba un patricio a gobernarla y sacarle el jugo. l`l gobernador Eufemio robó una religiosa de Mesina, y para evitar el merecido castigo, se dirigió a Zaidat-Allah, emir del Kairuán, prometiéndole vasallaje si le ayudaba a conquistar su patria y el título de emperador. Efectivamente, con tal auxilio se hizo rey de Sicilia. Pero los naturales le dieron muerte y rechazaron a los Sarracenos; éstos volvieron en mayor número, tomaron a Palermo, convirtiéndola en sede de sus emires, que completaron y regularizaron la conquista. Ensoberbecidos con esto, negaron obediencia a los príncipes de África, lo que dio origen a disidencias, en medio de las cuales los Cristianos renovaron frecuentes tentativas para recuperar la patria.
847 - Ciudad Leónica Ya los Sarracenos habían maltratado y saqueado repetidas veces las costas de Italia, y ocupado a Bari, a Tarento y la isla de Ponza. De Centumcelle se dirigieron a Roma; pero el Papa León IV se puso al frente de las tropas y de los ciudadanos, rechazó a los Sarraceno hacia el mar, fortificó a Orta y Ameria y los barrios de allende el Tíber, que llevaron el nombre de ciudad Leónica.
366 Los Sarracenos continuaron sus devastaciones; Luis II trató de oponerles una liga de todos los Italianos, con los cuales los expulsó de todas partes, y hasta de Bari y de Tarento, al cabo de larga resistencia. Pero merced a la ayuda del emperador de Oriente y a las discordias de los habitantes de la Campania, llegaron nuevos refuerzos de África y de Sicilia, y los Sarracenos recorrieron toda la Península meridional, saquearon los conventos de Monte Cassino y de Volturno, y se internaron hasta Tívoli. El Papa Juan VIII pedía auxilios a Carlos el Calvo y a todos los príncipes, pero no pudo salvar a Roma sino mediante el tributo anual de 26000 monedas de plata.
1016 – 1022 Las discordias intestinas de los Sarracenos retardaron sus empresas; y los hijos del país, los príncipes de Benevento y Capua, los Pisanos y el Papa redoblaron sus esfuerzos para arrojar al enemigo común, logrando al fin expulsarlo hasta del Garellano. Benedicto VIII hizo armas contra los que se habían estacionado en Luni, y los derrotó; adujo luego a Pisa y a Génova a sitiarlos con la flota en Cerdeña, de donde fueron arrojados; y persiguiéndolos más tarde hasta el África, les obligaron a negociar la paz. Por fin los nobles de Pisa, ayudados por Génova y por los marqueses de Lunigiana, arrebataron la Cerdeña de manos de los Sarracenos, siendo dividida entre los vencedores; más tarde invadieron a Palermo, y con las riquezas tomadas construyeron su catedral.
1091 Según la tradición, un tal Colona recuperó la Córcega de los Sarracenos. Estos permanecieron largo tiempo en la Sicilia, después de haber rechazado a los Griegos, cuyos gobernadores se retiraron al continente, lo que dio origen a las Dos Sicilias. La dominación árabe fue tristísima para los naturales, perseguidos hasta en sus creencias religiosas, si bien por último los vencedores toleraron el culto y los usos patrios. Los Árabes introdujeron en la isla sus doctrinas, el cultivo del algodón, la morera, la caña de azúcar, el fresno que produce el maná, el alfónsigo. Allí, como en otros puntos, los jeques, o jefes de familia, adquirieron poder con perjuicio de la autoridad del emir; y el país quedó dividido entre una infinidad de pequeños señores, que se hostigaban entre sí. Uno de estos se dirigió al normando Rogerio, que guerreaba entonces en la Calabria, y le excitó a emprender la conquista de la isla, lo que llevó a cabo con infatigable valor, arrojando a los Sarracenos de Sicilia.

106.- Normandos
Los Teutones procedentes del Asia que ocuparon el Norte de Europa, [sic] tomaron varios nombres; llamáronse Germanos o Francos los que se instalaron en territorio del Imperio; y Normandos los que se quedaron en la península escandinava e islas adyacentes. Dicen que Odín guió al Báltico a los Germanos que se mezclaron con los pueblos indígenas; los Godos tomaron el nombre de Danos; la población del Jutland engendró aquellos Sajones y Anglos que conquistaron la Gran Bretaña; en los puntos meridionales se mezclaron mucho más los Teutones y Escandinavos; y en la Suecia se conservó por largo tiempo la distinción entre Suecos y Godos, como razas conquistadoras y vencidas. Más que a la agricultura, les convidaban a la caza y a la pesca las selvas y los lagos. Tenían muchos reyes supremos y muchísimos reyes tributarios, y a estos seguían los condes, los capitanes y los vasallos. Los reyes, elegidos por el pueblo entre la estirpe de Odín, eran pontífices, jueces y generales.
Runos – Escaldas Los Normandos son, después de los Helenos, el pueblo que más figura en la historia, y los que formaron la aristocracia de los tiempos nuevos. La religión de Odín los acostumbraba a las empresas y a la sangre, pues prescribía el sacrificio de niños y hombres. En el mar se sentían presos de un valor frenético, y afrontaban los mayores peligros contra las tormentas y las armas. Por medio de sus correrías por mar obtenían lo que les negaba la tierra, y hasta en los tiempos romanos infestaban las costas de la Galia Céltica y de la Armórica. Después se arriesgaron a emprender viajes que apenas fueron repetidos después de la invención de la brújula. Conquistaron las Hébridas; descubrieron las islas Feroe; conocieron el Winland, las Órcadas, la Islandia, y quizá la Carolina. En la Islandia se fijaron muchos señores, que conservaron allí la lengua y las tradiciones escandinavas; el cristianismo pronto fue introducido en aquel país por los reyes de Noruega. Los monumentos literarios más antiguos de la Islandia son los Runos, de quince caracteres, que servía no solamente para inscripciones, sí que también para composiciones extensas. Lo había enseñado Odín, y era mágica la eficacia de cada, letra. Los escaldas, poetas, diplomáticos, embajadores, componían versos de complicadísima forma, cuyas variedades ascendían a 136, formando estrofas. El último escalda fue Sturle Thordson, que escribió la historia de la Escandinavia. La colección de sus sagas, debidas a catorce escritores, forma el Edda, que contiene la mitología antigua, con un vocabulario y una poética al fin. Merced a esta colección se investigó, o mejor dicho se adivinó la primitiva historia y el sistema religioso de la antigua Germania. También creían en la inspiración de ciertas mujeres.
Ni con el tiempo ni con las emigraciones cesó la afición a los cuentos y a lo maravilloso en los Islandeses, los cuales trasmitieron sus narraciones de viva voz de padres a hijos, inventaron otras nuevas y otras sagas, que han coleccionado los modernos sabios daneses. ¡Feliz el que obtiene un elogio de estos cantores, por sus audaces empresas! Imbuíanse ideas feroces, sanguinarias, vengativas, y supersticiosas creencias de sueños, presentimientos, trollos, ondinas, salamandras. Esta literatura decae cuando la Islandia pasa a ser tributaria de la Noruega, y no le quedó a la Isla más importancia que la que le dan la pesca y la extracción de minerales. Mientras algunos en Islandia conservaban las antiguas tradiciones, otros recorrían los mares en busca de aventuras y ganancias; no les detenían los hielos ni las tormentas; una vez en tierra, cortaban árboles, construían barcas y se dejaban arrastrar, por ignotos ríos; al ardimiento unían la destreza; vestíanse de peregrinos, traficaban con reliquias, ponían su valor al servicio de quien les pagaba, mejor, prontos a volverse contra aquellos a cuyo favor habían peleado. Así durante dos siglos amenazaron a Europa, y fundaron memorables reinos, no emigrando un pueblo todo, sino unos cuantos guerreros que se casaban con las mujeres de los vencidos.
831 Sirvioles de freno el cristianismo, importado o bien por príncipes que lo habían visto en Constantinopla, o por misioneros, entre los cuales sobresalió san Auscario, que fue después obispo de Hamburgo. No faltaron obstáculos ni martirios a los misioneros, a pesar de que las mujeres favorecían la difusión del cristianismo.
964 – 1032 Entonces se constituyeron los tres reinos escandinavos de Suecia, Noruega y Dinamarca. En esta última dominaron los reyes Skoldunges, y después los Estritas. En la Noruega Olao publicó el código Christenret, y recurrió a medidas violentas para extirpar la idolatría. La Noruega fue invadida luego y repartida entre los Suecos y los Daneses. San Olao II, tratando de recuperar la independencia, pereció y fue considerado como patrono de la nación.
1001 Olao Skötkonung cambió el título de Uppsala por el de rey de Suecia, y convirtió el reino al cristianismo.

107.- Los Normandos en Francia y en Inglaterra
830 Habiendo desembarcado en Francia, los Normandos se mostraron dispuestos a establecerse en ella, y Ludovico Pío, o sea Luis el Piadoso, les concedió una provincia entre los Frisones, a condición de hacerse cristianos. Después de haber devastado las márgenes del Elba y parte de España y Portugal, se aprovecharon de la debilidad de la Francia para remontar el curso de sus ríos y fijar su residencia junto al Escalda, el Loira, el Sena y el Mosa. Establecidos en la isla de Walcheren, obtuvieron el país de Lovaina, la Frisia, todo el territorio comprendido entre el Mosa y el Sena. Otros se fijaron a orillas del Loira, y en la isla de Biere, donde adquirió fama Hastings, el más terrible entre los reyes del mar, que corrió a saquear a Pisa con cien naves, y tomó a Luni creyendo que era Roma. Remontando el Sena llegaron a Ruán, y luego incendiaron los arrabales de París, obteniendo un tributo anual de Carlos el Calvo.
Normandía Rollón hizo un convenio con Carlos el Simple, que le concedió la Neustria y la Bretaña, y una hija suya para esposa, con el objeto de que abrazara el cristianismo. Así empezó el ducado de Normandía. Rollón distribuyó entre los suyos las tierras, dictó leyes y sometió a las demás facciones. Aquí se paró el torrente que hacía un siglo asolaba la Francia.
Inglaterra – 787 – Alfredo – 879 Los siete reinos anglo-sajones combatían entre sí en Inglaterra, sin que ninguno pudiese prevalecer sobre el otro de una manera estable, hasta que lo consiguió Egberto, descendiente de Odín. Pero en aquel momento mismo empezaron los desembarcos de los Normandos, favorecidos por los naturales adversarios de los Sajones. Pudo derrotarlos Etelwulfo, que enriqueció al clero y prometió al Papa un tributo anual; pero los reyes del mar no cesaban en sus correrías, y habiéndose fortificado en York, se prepararon a conquistar toda la Inglaterra. De los siete reinos, sólo quedaba libre el Wessex, cuando Alfredo, hijo de Etelwulfo, que en dos viajes a Roma había conocido otra civilización, concibió el proyecto de utilizarla para reformar las costumbres e instituciones de su país, usando de una arbitrariedad que no era tolerable a los ojos de los modernos. Por esto, cuando ordenó a los habitantes de ciudades y aldeas que se armasen contra los Normandos, nadie le obedeció, después de lo cual fue ocupado el reino. Alfredo se refugió en casa de un pastor, que le obligaba a ganar el pan a costa de los más humildes servicios; observó cuáles eran sus defectos para enmendarse; las antiguas canciones de los bardos y los sagas enardecieron su amor patrio y resolvió restaurar su nación. Con algunos de sus compañeros de armas, volvió a enarbolar la bandera del caballo blanco y en breve quedó sometido todo el país, de donde desapareció la antigua división en reinos. Aprontó una escuadra, con la cual venció al terrible Hastings, después de 56 batallas. Invicto en los reveses, moderado en la prosperidad, siempre dulce y modesto, Alfredo favoreció los estudios, restableció los conventos, asilo entonces de la ciencia; tradujo al idioma vulgar los libros que le parecieron más convenientes, como la Pastoral de Gregorio Magno, de la cual mandó un ejemplar a cada obispo, y un tintero con la prohibición de separar aquel de este, ni de la Iglesia; compuso por sí mismo libros en prosa y verso, y siempre tenía a su lado pergamino para anotar las más bellas sentencias que leía en la Biblia; atrajo a los artesanos y comerciantes concediéndoles privilegios; creó una marina e hizo explorar los mares del Norte. Coleccionó las leyes de sus predecesores en el Código anglo-sajón, en el cual entraban pasajes de la Biblia, cánones eclesiásticos, leyes, constituciones y juicios.
Dividió el reino en distritos (shires), centenas y decenas de familias, cuyos jefes respondían de los delitos de sus dependientes, y decidían sus litigios. Cada año se reunían en asamblea las centenas; y por la Pascua y San Miguel se congregaban los tribunales de condado bajo la presidencia del obispo o del alderman. El rey convocaba dos veces al año, y por lo común en Londres, a los grandes del reino, laicos y eclesiásticos; y también solían reunirse sínodos, donde nobles y obispos deliberaban sobre las cuestiones de la Iglesia. La tradición, que atribuye a Arturo todas las empresas guerreras, concede a Alfredo todos los actos legislativos.
1017 – Canuto Poco tiempo duró la prosperidad por él proporcionada; sus sucesores tuvieron continuas guerras con los Daneses, favorecidos por sus compatriotas, que, vencidos, sufrían la tiranía de los Sajones, y poco a poco se deshacían los reyes. Entre los Daneses adquirió gran fama Canuto, quien recuperó toda la isla, favoreció el cristianismo, restableció el dinero de san Pedro, y de vuelta de una peregrinación a Roma, hizo adoptar un código más humano.
Después de él, volvió a dividirse el reino, y fue más viva que nunca la lucha entre Sajones y Normandos, que se introducían poco a poco en la corte y en los empleos.
Guillermo el Conquistador - 1086
Guillermo el Bastardo, sucesor de Roberto el Diablo, duque de Normandía, estudió la fuerza y las riquezas de Inglaterra y concibió el designio de conquistarla. Uniendo el valor a la astucia, y granjeándose la amistad de los grandes y del Papa Gregorio VII, invadió la isla, y en la batalla de Hastings venció a los Ingleses con la muerte de su rey Haroldo. Fue proclamado señor de Inglaterra, no ya de la nación solamente, sino que también de sus capitanes. Largo tiempo le costó vencer la resistencia de los naturales, que se armaban de espadas y cuchillos; fabricó la torre de Londres, y llenó el país de fortalezas; concedía feudos y baronías a los pastores de Normandía y a los tejedores de Flandes; y hacía casar a las hijas de los ricos con capitanes y soldados. Muchos Anglo-Sajones emigraron, y otros se refugiaron en las selvas, vanagloriándose del título de bandidos (outlaws) y teniendo el apoyo de los monjes.
El mayor número se refugió en la Escocia, donde habían quedado los Pictos, Bretones y Escotos, sin sufrir la invasión de los Daneses, y gobernándose por sí mismos. Pero Guillermo tomó a York y sometió los territorios inmediatos que repartió entre sus capitanes. Entonces se hizo coronar en Westminster por tres legados pontificios.
La conquista restringió la libertad popular de los Sajones e introdujo el feudalismo normando, dos elementos que aún hoy luchan en Inglaterra. Guillermo dividió el país en 6015 baronías, con jurisdicciones independientes, y el derecho de subenfeudar las posesiones a caballeros; por esto la aristocracia inglesa, que dura todavía, está celosísima de conservar el territorio patrio, como los Romanos el ager. Guillermo reservose 1400 factorías y la caza, rigurosamente vedada; mantuvo suprema autoridad sobre el primero como sobre el último de sus vasallos, a quienes dictaba leyes y convocaba a las dietas. Mandó formar el catastro de los bienes raíces, y este libro, que aún se conserva (dooms day book, libro del juicio final), indica todas las divisiones con su calidad, los molinos, los estanques, el valor de todo y los nombres de los poseedores; adecuadamente a este libro se repartían los impuestos, a que estaban sujetos hasta los conquistadores, diferenciándose en esto de los señores de los demás países.
El antiguo clero, ignorante, fue violentamente reemplazado por otro mejor, entre el cual se distinguió Lanfran de Pavía, arzobispo de Canterbury; pero Guillermo conservó cierta superioridad sobre las cosas de iglesia, aunque vigorizó la jurisdicción de las curias.
Reunió en Londres doce hombres de cada provincia, para que bajo juramento manifestasen cuáles eran las costumbres del país, y con ellas se formó un código en lengua francesa para uso de los vencidos; pero estos no tenían defensa contra la preponderancia de los vencedores; la lengua francesa fue adoptada en los actos públicos y privados y en la conversación, de donde provinieron los muchos modismos extranjeros, que unidos al sajón, constituyeron la lengua inglesa, término medio entre las romanas y las teutónicas.
1087 Después de haber atacado a Felipe I, rey de Francia, devastando campos y reduciendo a cenizas mieses y viñedos, Guillermo murió en Nantes.

108.- Los Normandos en Italia
Reino de la Apulia Después que la Europa quedó dividida entre pequeños señores, cada uno procuró defender su parte, y no les era fácil piratear, a los Normandos. Entonces se vestían de peregrinos, e iban a los santuarios de san Jacobo de Galicia, de san Martín de Tours, y de Roma, llevando debajo de la túnica armas terribles, y tratando de sacrílegos a los que se atrevían a perturbarlos en su viaje. Hastings y Biorn, después de haber incendiado a París, se propusieron saquear la capital del mundo cristiano; llegaron a Luni, creyeron que era Roma y la devastaron. Más tarde, cuarenta Normandos que representaban la Tierra Santa sobre naves de Amalfi, desembarcaron en Salerno y ayudaron a rechazar una flota de Sarracenos; después de lo cual obtuvieron donativos del príncipe Guaimaro, que les invitó a volver acompañados de otros compatriotas. Volvieron efectivamente, estableciéronse en el monte Gárgano, y ofrecieron el apoyo de su brazo al que lo necesitase. Cada año acudían nuevos Normandos a Italia; obtuvieron la ciudad de Aversa; doce hijos de Tancredo de Hauteville ayudaron al príncipe a someter a Amalfi y a Sorrento; Guillermo Brazo de Hierro, Drogón y Unfredo acompañaron a los Griegos para ir a quitar la Sicilia a los Sarracenos, y disgustados, se propusieron arrancar de manos de los imperiales la Apulia y la Calabria, como lo hicieron. Los doce valientes se repartieron el país, tomaron por capital a Melfi y por jefe a Guillermo Brazo de Hierro, a quien el emperador de Germania concedió el título de duque de la Apulia. Situados entre los Latinos y los Griegos, vivían a costa de unos y otros; habiendo hecho prisionero al Papa León III, le suplicaron que les enfeudase cuanto poseían y cuanto pudiesen adquirir a uno y otro lado del Faro. León accedió a sus ruegos, y esto dio a los Papas la supremacía respecto de un país al que no podían aspirar.
Roberto Guiscardo Roberto Guiscardo, tan audaz como astuto, vino de Normandía acompañado únicamente de cinco jinetes y treinta infantes; pero reunió aventureros, con los cuales tomó la Calabria, y se hizo duque de esta y de la Apulia; arrancó de manos de los Griegos a Bari, su última posesión; apoderándose de Salerno y Amalfi pone término a la dominación de los Longobardos; concibe la idea de atacar el imperio de Oriente, se apodera de Corfú, sitia a Durazzo y entra en el Epiro; de suerte que el emperador Alejo tiene que oponerle los Turcos.
Reino de Sicilia Roberto se hizo reconocer por el Papa, a quien ayudó contra los señores de Túsculo. Roger, su hijo, duque de Calabria, se trasladó a Sicilia, alegando que quería librarla de los infieles, y empleó veintiocho años en arrebatarla a los Sarracenos, a los Griegos y a los naturales. Con la toma de Palermo, destruyó el dominio de la estirpe de los Beni-Kelb, distribuyó la mayor parte de las tierras entre sus secuaces y restableció a los obispos; pero dejó a los Musulmanes sus posesiones y su culto, dejando así subsistente el feudalismo. Como en su primitiva patria, los señores se reunían en parlamento, y estas y otras usanzas fueron comunes a las dos Sicilias y a Inglaterra. Con el tiempo fueron también admitidos los naturales en el parlamento, pero únicamente tomaban asiento allí barones y eclesiásticos, divididos en dos brazos. Más tarde, cuando las ciudades se rescataron de los barones para no depender más que del rey, se añadió el brazo demanial.

109.- Los Eslavos
Los Eslavos, familia innumerable, que extendió sus dominios desde el Adriático al estrecho de Bering, y desde el Báltico al Kamchatka, son de estirpe indo-escítica, distinta de la germánica y de la tártara y mongola. Invadieron antiguamente el Egipto; arrojados de allí, atravesaron el Asia Menor y ocuparon la Tracia. Otros, llamados Sármatas por los Griegos, habitaban al Norte del Caspio, del Cáucaso y del Euxino. A su aparición en la historia se dividieron en Vendos (al Sur del Báltico), Antos (a orillas del Dniéper y el Dniéster), y Eslavinos, cerca de los manantiales del Vístula y del Oder. Estos últimos se retiraron a las regiones hiperbóreas, y habiéndose mezclado con los Roxolanos, fabricaron una nueva ciudad (Novogorod), que llegó a ser importantísima. Los Vendos se establecieron entre los Cárpatos y el Volga, confinando con los montes de la Bohemia, en la cual vivían los Chescos. En la Polonia habitaban los Leskos, regidos por voivodas hasta que fue elegido rey (krol) Craco, fundador de Cracovia. Después de nuevas divisiones, Premislao unió a toda la nación.
750 Los Eslavos Antos del mar Negro partieron de la Dacia para infestar la Mesia y la Iliria; más tarde prestaron ayuda a los Romanos de Constantinopla para arrojar a los Ávaros, y con el consentimiento de Heraclio se fijaron en el interior de la Iliria. Los Eslavos, acostumbrados a chozas, destruían las ciudades que encontraban; sin embargo, la tradición los pinta como gente tranquila, inofensiva, industriosa, hospitalaria, de hermosa figura y dulce lenguaje, y aficionada al canto, mientras que por otra parte aparecen como tremendos guerreros. Su religión reconocía un principio del bien y otro del mal, el blanco y el negro; veneraban la naturaleza, e interrogaban a las fuentes y encinas sagradas.
El mayor número de ellos ocupaba los territorios a que después se dio el nombre do Rusia y Polonia, y adelantaban a medida que las gentes primitivas emigraban o eran vencidas por Germanos o Francos. Entre los Eslavos ilíricos preponderaban los Croatas o montañeses.
Los banes, príncipes casi independientes, gobernaban las doce zaparias, y pirateaban por el Adriático y el Archipiélago, hasta que los Húngaros conquistaron aquel reino hacia el año 1000.
Los Moravos, después de haber constituido un reino formidable, quedaron sojuzgados por los Bohemios; habiendo recobrado su independencia, eligieron por capital a Belograd. Carlomagno no pudo someter a los Bohemios, aunque rechazó a los Eslavos sobre el Elba y el Danubio; pero bajo los sucesores de aquel, éstos volvieron para destruir el cristianismo, que consideraban contrario a su independencia. Principalmente los Moravos, bajo Ratislao, derrotaron a tres ejércitos de Luis el Germánico; pero Ratislao fue entregado a los Francos por el traidor Zventibaldo, quien, siempre desleal, ocupó la Bohemia; y luego la Moravia fue hecha tributaria.
925 Pero la estirpe germana prevalecía sobre los Eslavos, y detuvo sus correrías, que podían producir una nueva barbarie; además, entre ellos se introdujo con el cristianismo la civilización europea. Del monasterio de Corbia salieron misioneros, que precedían o seguían a los ejércitos de los Francos. Otros partieron del imperio griego, señalándose los hermanos Cirilo y Metodio, que hasta convirtieron a los Búlgaros, tradujeron al eslavo los libros sagrados y litúrgicos, e inventaron un alfabeto, donde se añadían diez signos al griego. Wenceslao edificó en la Bohemia una iglesia a los santos Metodio y Cirilo, y en ella fue muerto por los fautores de la idolatría; pero Otón el Grande restableció el cristianismo, y estableció obispados que servían de barrera a los Bárbaros.

110.- Los Normandos y los Eslavos en Rusia
Estas dos estirpes se encontraron en la Rusia, gran país habitado por los fabulosos Cimerios, por los Sármatas y los Escitas, y donde los Eslavos fabricaron a Novogorod. Kiev, segunda ciudad de la Rusia, debió ser fundada en el siglo V.
850 – Rurik Algunos Normandos, con el nombre de Varegos, se habían estacionado en el fondo del golfo de Finlandia; y en atención a que el país era siempre teatro de discordias y derramamiento de sangre, el viejo Gostomuls propuso someterse a aquellos extranjeros valerosos. Rurik, al frente de estos, se estableció en Novogorod, y dio al país el nombre de Rosland; a sus leales les señaló en feudo las tierras conquistadas, y reservó las ciudades a sus lugartenientes. En Kiev fundaron un reino independiente Askold y Dir, compañeros de Rurik, quienes corrieron después a intimidar a Constantinopla.
Lanzados los Eslavos a las empresas guerreras, Oleg ocupó a Smolensko, y haciendo dar alevosamente la muerte a Askold y a Dir, se apoderó de Kiev, que fue declarada metrópoli del imperio; obligó a los, emperadores de Constantinopla a que le pagasen un tributo, y colgó su propio escudo a la puerta de aquella capital.
Néstor Estos hechos constan en la Crónica de Néstor, monje de Kiev, que vivió hasta el año 1116, y fue seguido de cronistas hasta 1645. Los Libros de las generaciones comprenden las genealogías da los grandes príncipes; toda familia noble conservaba además su propia genealogía, hasta que fueron todas destruidas para acabar con sus interminables pretensiones.
913 – Vladimiro – 980 Ígor, hijo de Rurik, después de otras victorias contra los Pechinecos, armó contra el imperio griego 10000 naves, montadas cada una por 40 hombres; pero el fuego griego, unido a la habilidad de Teófana, destruyeron la escuadra. Pronto estallaron entre los príncipes las discordias fratricidas, que tantos daños causaron al imperio; Vladimiro dio muerte a sus hermanos, y adquiriolo todo cambiando su título de Malvado por el de Grande; conquistó la Rusia Roja (Galitzia), y ocupando la Livonia, llegó al Báltico. Dado a los deleites, feroz en la guerra y muy celoso respecto a la idolatría, hizo mártires a Teodoro y a Iván, que no quisieron tributar sacrificios al dios Perun. Sin embargo, gracias a su madre Olga y a los ritos que en Constantinopla había visto, Vladimiro se casó con Ana, hermana del emperador griego, y se hizo cristiano. Imitáronlo los boyardos, y el pueblo pensó que, puesto que lo habían hecho el rey y los boyardos, debía ser cosa buena; dos arzobispos fueron instituidos en Kiev y Novogorod; pero quedaron, además del cisma griego, muchas supersticiones en aquellas iglesias. La tradición rodeó de prodigios la memoria de aquel verdadero fundador de la grandeza rusa. Hubo guerras entre sus hijos y los sucesores de estos, hasta el buen Vladimiro III, que tomó el título de Zar, es decir grande, y se introdujo la costumbre de añadir el nombre del padre al propio nombre.
Los boyardos y las asambleas populares, moderaban a los grandes príncipes. Las leyes conservaban vestigios bárbaros, como el de descontar los delitos mediante dinero; la vida de un boyardo estaba evaluada en veinte y cuatro grivnas, y en doce la de un hombre libre o de un artesano; la de una mujer en la mitad de la del hombre de su clase, y en cinco grivnas la de un esclavo. A los Rusos les gustaron siempre los baños, la danza, la gimnasia, el deslizarse por el hielo o desde la pendiente de una montaña; son astutos en el comercio y minuciosos en las cuentas; con el cristianismo fue introducido entre ellos el alfabeto cirílico, y una academia establecida en Novogorod traducía al ruso los Padres de la Iglesia Griega. El cura tiene que estar casado, y cuando pierde a su mujer, se retira a un convento; es necesaria la bendición nupcial, que es negada sin embargo a las terceras nupcias; se imponía el hacer la señal de la cruz con el índice y el dedo del medio, de izquierda a derecha; dirigir en igual sentido las procesiones, según el curso del sol, y emplear siete panes para la eucaristía.

111.- Los Húngaros
En la helada y árida Finlandia habita una estirpe diferente de las europeas, llamada Finesa o Uraliana, a la cual pertenecen los Lapones, los Estonios, los Permianos, los Vógulos y otros pueblos no del todo conocidos. Más al Septentrión se halla la más deforme de las razas europeas; el Edda y las Sagas la mencionan con los nombres de mágicos de enanos. Los Fineses no tienen historia, y su país fue siempre disputado por los Rusos y los Suecos.
620 – 883 De ellos se supuso oriundos a los Húngaros, quienes habitaron por mucho tiempo el país, aunque procedieron del Asia. Su lengua se creía finesa, pero los modernos la colocan entre las indoeuropeas. Tal vez salían de los Urales cuando aparecieron en tiempo de Heraclio; luego se fijaron entre el Dniéper y el Don, siendo los primeros que se encontraron acometidos por los nuevos Bárbaros procedentes del Asia. Los Pechinecos, de raza turca, los empujaron hacia la Rusia, donde, después de haber pasado los Cárpatos, sojuzgaron en la antigua Panonia a los Bosniacos y a los Valacos, resto de las colonias militares establecidas en aquellos confines de los Romanos; el nombre de Húngaros se hizo terrible en Europa. Siempre a caballo, lanzaban dardos y molestaban al enemigo con sus correrías, antes que hacerle frente en regular batalla, y habiéndole vencido, lo perseguían sin descanso.
805 El emperador Arnulfo, cuando hacía la guerra a la Moldavia, les pidió auxilio, y después que hubo sucumbido el imperio moravo, atacaron a los débiles Carlovingios. Lanzáronse sobre Italia por los Alpes del Friul, y devastaron a Pavía; pero los derrotó después el emperador Berenguer. Vueltos al ataque, exterminaron a Padua, Treviso, Brescia, otra vez a Pavía, y a Módena; el emperador no pudo contenerlos más que con ricos dones; penetraron también por el Adriático y saquearon el litoral; recorrieron la Italia meridional hasta Taranto, no dejando en paz a la península sino al cabo de 50 años de guerra. Inmenso fue el espanto que causaron; se introdujeron letanías y rogativas para conjurarlos; la imaginación los pintaba como monstruos impasibles al dolor; al acercarse ellos, la gente abandonaba los campos para refugiarse en las breñas o en las ciudades.
958 Más terribles se mostraron todavía en la Germania, devastando ciudades y ricos monasterios, hasta que Enrique el Pajarero armó en contra suya a toda la hueste alemana, los venció en Merseburgo, y en la frontera de la Sajonia y la Turingia fundó muchas ciudades de defensa.
Cuando los Húngaros volvieron a Germania, Ulderico, obispo de Augusta, con los ruegos, y el emperador Otón con el ejército, compuesto de tres cuerpos bávaros, uno de Franconios, otro de Sajones y dos de Suevos, y la retaguardia de Bohemios, desplegada la bandera de San Mauricio, y empuñando el emperador la espada de Carlomagno, los vencieron y mataron. Los Húngaros tuvieron que pagar el tributo que antes exigían, y permanecer quietos durante 10 años. Después se volvieron contra el imperio griego, pero también fueron derrotados en Adrianópolis.
997 - San Esteban Contra ellos fue instituido el ducado de Austria, aumentado el de Baviera y edificadas muchas fortalezas. Entre tanto, despojándose de sus feroces costumbres de saqueo y de asesinato, los Húngaros aprendieron a convertir las tiendas en moradas fijas, y a buscar en la fértil tierra de la Panonia el alimento que antes ganaban con sus espadas. Los Bohemios, los Polacos, los Griegos, los Armenios, los Suevos y hasta los Musulmanes, llevaron allí colonias. San Adalberto bautizó al voivoda Geysa, quien contestó, al ser reconvenido por qué servía al mismo tiempo a la Cruz y a los antiguos ídolos: -Soy bastante rico para adorar a todos los dioses juntos. Su hijo Esteban extendió el cristianismo, y al adquirir el título de santo, adquirió también el de patrono de aquella nación. El Papa Silvestre lo elevó a la categoría de rey y apóstol, y le envió una cruz y una corona que debía llevar siempre ante sí. La Hungría se extendía al Norte hasta los Cárpatos, que le sirvieron de barrera contra las hordas asiáticas del Mar Negro; al Oeste confinaba con la Moravia la Baviera y Carintia; al Sur con el Danubio y el Drava; y llegó hasta el Alt cuando Esteban hubo adquirido la Hungría Negra. Posteriormente Ladislao I obtuvo la Croacia, a excepción de las ciudades que quedaron a los Venecianos. Buda y Alba Real fueron el centro de una nueva civilización.

112.- Fin de los Carlovingios. Los Capetos
887 – 898 – 922 - Hugo Capeto Los Carlovingios, viéndose atacados por estos Bárbaros, y reducidos a ceder importantes provincias, tuvieron que conceder un poder mayor a los duques y barones y aun a los simples vasallos. Así se rompieron los lazos que unían las diversas partes al centro y quedó establecido por completo el sistema feudal. La Aquitania, la Guyena, la Germania y la Italia se habían separado ya de hecho; la corona imperial pasó a los vencidos de Carlos; la misma Francia fue dividida en trozos, y la Francia propiamente dicha, esto es la antigua Neustria, se hallaba habitada por un pueblo mixto. Los señores eligieron rey fuera de la estirpe de Carlomagno, cuyo rey fue Eudes, conde de París, quien tuvo siempre que combatir contra los reacios que favorecían a Carlos el Simple. Este, en efecto, le sucedió en el trono; inepto y débil, cedió la Normandía, y en la dieta de Soissons fue destituido, sustituyéndole Roberto, sobrino de Eudes; después de éste, pasó el cetro a Rodolfo de Borgoña, su yerno. Su autoridad era tan escasa, que a su muerte nadie ambicionaba aquella corona; los reyes extranjeros se prestaron a sostener ora a un príncipe ora a otro, hasta que Hugo Capeto fue proclamado, no por la nación, sino por sus vasallos.
Es importantísimo el advenimiento de los Capetos al trono, pues con ellos no solamente cambia la dinastía, sino que cambian también el orden de gobierno y el fundamento de la dominación. Cesa el señorío personal de los Francos sobre los Galos, para dar lugar a la unidad nacional de la monarquía. Hugo era hechura de los barones, que se consideraban como sus iguales; pero en adelante, la misma dinastía reinó, siempre atenta a aumentar la prerrogativa real, y poco a poco los reyes de Francia destruyeron sucesivamente a los barones, a los comunes, a la magistratura, llegando al absolutismo bajo Luis XIV.
No pertenecía a la Francia la Bretaña, jamás conquistada; ni el Bearne, unido a España; ni el Franco-Condado, la Lorena y la Alsacia, que formaban el reino de Lotaringia. La Provenza y el Delfinado pertenecían al reino de Arlés. Del mismo reino de Francia se separaban los principados de la orilla occidental del Mediterráneo. En los Alpes, los cantones de la Helvecia no reconocían más que la supremacía del Imperio. La Francia se dividía en siete grandes señoríos; la Francia propiamente dicha, es decir la Isla, Orleans y Lyon; los ducados de Borgoña, Normandía y Aquitania; y los condados de Tolosa, Flandes y Vermandois. Atrajeron a sí los obispos el gobierno de otras ciudades, pues el rey los prefería a los barones. Hugo tuvo que respetar y reconocer a muchos señores; pero poseyendo hereditariamente varias baronías, podía tener a raya a las demás; y su París, colocado entre florecientes ciudades, se convertía en Capital, como lo habían sido Chartres y Autun de la Galia druídica; Clermont y Bourges de la Romana; Tours de la Merovingia; y Reims de la Carlovingia. Realzando a la clase de los hombres libres para emancipar la corona de la tutela de los feudatarios, Hugo daba principio a la lucha del gobierno monárquico contra al feudal.

113.- El feudalismo
El feudalismo es una estrecha conexión del vasallo con el señor, hasta el punto de identificarse con él; ningún vínculo lo enlaza con el príncipe ni con la nación; solo ve y conoce a su señor inmediato; a él presta sus servicios; de él reclama protección y justicia; únicamente recibe órdenes de su autoridad. No obtiene justicia de sus vecinos, súbditos de otro, sino porque es en cierto modo cosa de su señor, en provecho del cual redundan los honores y las ventajas del súbdito feudal; y el súbdito no es hombre, sino en cuanto se le considera miembro del feudo.
Esta forma no se encuentra entre los Eslavos, ni entre los Romanos, ni siquiera en la India ni en Escocia; es propia de los Germanos, pero no proviene de las instituciones primitivas, sino de la conquista.
El jefe de una banda guerrera que a él se había subordinado para realizar una empresa, conquistaba una provincia; las tierras eran consideradas comunes, y repartidas entre los principales, quienes las subdividían para repartirlas a sus compañeros de menor grado. Estos quedaban así agregados a la tierra y al señor de quien la recibían, adquiriendo estabilidad las relaciones con éste; la igualdad, tan querida de los Germanos, cedía el paso a una aristocracia. Otros se dedicaban al cultivo de terrenos abandonados, y para la protección de sus bienes y personas, se ponían bajo la supremacía de un vecino. A menudo hasta los propietarios libres se presentaban a algún jefe poderoso y le recomendaban su alodio a fin de que lo defendiese. De este y otros modos se formaba un feudo.
El jefe bárbaro tenía por principal obligación la de proveer de guerreros al ejército real; por lo mismo obligaba a sus vasallos a servir en persona o a proporcionar hombres, armándolos y manteniéndolos a sus expensas. Si la persona beneficiada moría a desmerecía, los señores revocaban el feudo, para concederlo a otro; pero los vasallos procuraban hacerlo hereditario, ayudados en esto por la naturaleza de los bienes raíces; de modo que las familias se injertaban en el feudo y concluyeron por identificarse con él.
A cada cambio, el poseedor renovaba el juramento y el homenaje, y recibía la investidura; lo que se hacía con aparato teatral. El heredero, con la cabeza descubierta, depuesto el bastón y la espada, se postraba ante el señor feudal, quien le entregaba una rama de árbol, un puñado de tierra u otro símbolo.
Así, no se consideraban miembros del Estado más que aquellos que poseían un terrazgo; y al fin no hubo tierra sin señor, ni señor sin tierra. Esta forma se fue extendiendo, y hubo ciudades y conventos que se sometieron a las obligaciones feudales para tener vasallos. Con el tiempo se hicieron hereditarios los cargos de senescal, palafrenero, copero, porta-estandarte, y hasta los altos mandos militares. Desde que se hizo hereditario el feudo, lo fue también la lealtad.
A la propiedad estaba aneja la soberanía, y pertenecían al poseedor del feudo, respecto de sus habitantes, los derechos soberanos reservados actualmente al poder público. Así, pues, los vínculos de parentesco se rompían, y la idea abstracta del Estado cesaba. Los barones quedaban interpuestos entre el rey y el pueblo, sin que estos últimos pudiesen ponerse en comunicación sino por medio de aquellos. De este modo el rey fue únicamente soberano de nombre. Y no tenía mayor realeza el emperador, salvo la poca que le daba su carácter religioso. Cesaron las asambleas. Los feudatarios estaban ligados entre sí dentro de un sistema jerárquico. La única fuente del poder era Dios, cuyo vicario era el Papa, el cual, reservándose el gobierno de las cosas eclesiásticas, confería el de las temporales al emperador; y uno y otro confiaban el ejercicio del gobierno a oficiales, investidos de una tierra, que éstos subdividían entre oficiales menores. Un mismo individuo podía ser señor y vasallo; y poseer feudos de naturaleza y países distintos. Muchos reyes se hicieron vasallos de la Santa Sede; los de Inglaterra prestaban homenaje a los de Francia por la Normandía. Los prelados hubieran estado sujetos a iguales obligaciones, pero como por respeto a los cánones, no podían verter sangre en guerra ni en juicio, se hacían suplir por vizcondes o abogados. Estos, en algunos puntos, se hicieron hereditarios, llegando a ser más ricos y poderosos que el prelado.
En esta cadena, nada le quedaba al rey, quien no podía hacer lejanas expediciones, puesto que los barones estaban únicamente obligados a militar por breve tiempo. Esto detuvo las emigraciones y las conquistas. Los señores de vez en cuando se reunían en cortes plenarias, no para dictar leyes, sino para combatir el lujo.
Derechos Según las ideas germánicas, nadie estaba obligado a cumplir más que los pactos que hubiese contraído; de modo que la ley no era obligatoria para todo el país, sino únicamente para el territorio del señor que la hacía. Las regalías consistían en la jurisdicción, en la acuñación de moneda, en la explotación de minas y en exigir peajes; los grandes vasallos las usurpaban unas tras otras. La hacienda no constituía un arte, por cuanto al príncipe le bastaban las regalías y los bienes de familia; las Cortes eran sencillas y no costaban nada el ejército ni los empleos, que corrían a cargo de los feudatarios. Estos consiguieron sobreponer, en todas las relaciones sociales, la idea de territorio a la de nación y personalidad. Los códigos de raza fueron sustituidos por usos locales, y la justicia no fue ya una delegación superior, sitió una consecuencia del derecho de propiedad. Un feudatario no podía ser castigado por una injusticia, a no ser de la manera que hoy podría serlo un rey por otro rey; faltaba un tribunal supremo. Si alguna vez se elevaba un litigio o una causa, de tribunales inferiores al rey o al emperador, éste no revisaba la sentencia, sino la causa misma, y solo podía juzgarla diversamente cuando contaba con la fuerza. En suma, todo duque, conde, marqués o barón era un pequeño rey; él mandaba en su país; no pagaba tributos, y vengaba las injurias con la guerra privada (derecho del puño), que podía dirigir hasta contra su soberano.
Los señores feudales vivían fortificados en breñas y castillos, admirablemente dispuestos para la defensa, y que impidieron las incursiones de nuevos Bárbaros. Allí dentro acumulaban cuanto era necesario para la vida y la guerra. El feudatario concebía una elevada idea de sí mismo, siendo independiente, tirano para con sus súbditos, y altivo como superior al temor y a la opinión; era aficionado a los caballos, a las armas y a la caza; en vez de sueldo, daba a sus oficiales la libertad de la expoliación y el vejamen; y él mismo, desde su castillo, lanzábase sobre los valles para robar provisiones y mujeres. No había más juez que él, y no se oían más voces de censura que las de algunos frailes, que iban sumisamente a recordarles el decálogo.
El vasallo debía respetar a su señor, impedirle todo daño o deshonra, y rescatarlo si caía prisionero; además, tenía que prestarle el servicio de las armas por un tiempo fijo, reconocer su jurisdicción, y pagar cierta cantidad cuando el feudo cambiase de titular. A esto se añadían otras obligaciones particulares, como la de servirse del molino, de la prensa, del horno del amo, mediante el pago de una cantidad determinada; darle parte de los frutos o prestarle un número dado de jornales. En algunos puntos, el señor era tutor de todos los menores, o heredaba de todas las personas que morían intestadas, o podía ofrecer un marido a toda heredera de feudo. El señor heredaba de todo extranjero que moría en su territorio, y se apropiaba las naves y personas arrojadas por la tempestad, derecho que se abolió muy tarde. El privilegio de la caza resultaba gravosísimo para los súbditos, cuyos campos quedaban devastados después de las cacerías, y cuyas personas eran objeto de muy graves penas, si mataban o cogían a un animal silvestre. Estas eran las obligaciones más comunes, pero sería imposible enunciar todas las particulares impuestas por la arrogancia o el capricho, como regar las plazas, echar una medida de maíz a las aves del corral, dar saltos acompañados de un ruido ignoble, mover el cuerpo haciendo el borracho, tener que llevar ya un huevo, ya un nabo, en un carro tirado por cuatro pares de bueyes, y otras extravagancias indignas, que solían acompañar el acto de la investidura de un feudo. Resto de aquellas costumbres era el bofetón que el príncipe daba al armar a un caballero, y que hoy da todavía el obispo en el acto de la confirmación.
El derecho más solemne era el de la guerra privada o de los duelos, los cuales fueron sometidos a ciertas formalidades para hacerles menos frecuentes y menos homicidas.
El derecho feudal se escribió tarde, y tuvieron mucha autoridad los libros de Gerardo y Obesto, jurisconsultos milaneses (1170); libros comentados y ampliados por muchos, y editados definitivamente por Cuyacio.
El feudalismo se extendió por toda la Europa germánica, modificado según los países; pero principalmente en Francia, donde duró hasta la Revolución, y en Inglaterra donde en parte dura todavía. La España no tenía feudos, en el verdadero sentido de la palabra, pero la Castilla sacó su constitución de una nobleza feudal, poderosa por sus conquistas progresivas sobre los Árabes, donde no solo las tierras, sino aun ciudades enteras se daban en beneficio. Pueden considerarse como feudos eclesiásticos los beneficios que la Iglesia concedía, y es también feudo el patronato, trasmisible a los herederos.
En este nuevo estadio de la civilización, que tiene tanto de teocrático como de guerrero, se desmenuzaban los poderes públicos, no teniendo valimiento más que sobre los dependientes inmediatos, los cuales, inamovibles también en el territorio y el empleo, obedecían tan solo dentro de los límites precisos de lo pactado. La unidad imperial desapareció, y quedó en pie tan solo la de la Iglesia. La legislación no era ya personal, como bajo los Bárbaros, ni nacional como bajo los Romanos, sino que variaba según la naturaleza del proceso; no era la nación la que exigía la obediencia por medio de sus magistrados; la obediencia era una obligación personal.
Efectos del feudalismo Entonces se pudo probar la nobleza con el título de propiedad de que tomaba su nombre. Los débiles quedaron abandonados al arbitrio de los fuertes, pues la gente que no poseía se hallaba supeditada a la que poseía; y mientras a ésta le estaba todo permitido, solo había padecimientos para la otra. Cuando cada propiedad era un Estado diferente, las comunicaciones tenían que ser difíciles; cada feudatario establecía un peaje, un impuesto a las personas y a las mercancías que atravesaban su territorio, lo que dificultaba los viajes y el tráfico. Sin embargo, la dependencia feudal tenía una ventaja sobre la esclavitud romana, por cuanto el siervo, el colono no perdía la dignidad de hombre; el señor tenía interés en conservarlo, y no podía venderlo ni cederlo sin consentimiento del monarca. La gente, en vez de afluir a las ciudades, dejando desiertos los campos, poblaba las campiñas que rodeaban a los castillos, y la vida privada prevalecía sobre la pública. El feudatario debía vivir en la familia, y rodear de cuidados al primogénito, destinado a sucederle; la mujer representaba al marido cuando este se hallaba ausente. De aquí el sentimiento de la dignidad personal, que dio origen a la caballería. Todo descansaba sobre pactos, sobre la palabra dada, sobre la lealtad. No podía imponerse nada fuera de lo convenido. Los vasallos velaban porque el rey no les usurpase poder alguno; esto originó la representación señorial, que más tarde sirvió de modelo a la popular. El derecho privado y el apego al señor no obedecían a una baja sumisión como en Asia.
Nada propendía a constituir un gobierno bien ordenado. El feudalismo hacía fondear en la tierra al bajel de las emigraciones; pero multitud de obstáculos impedían el desarrollo de la civilización. La idea de patria no nacía; las divisiones territoriales eran casi las mismas que existen aún en algunos puntos y que duraron en Francia hasta la Revolución.
Tampoco se formó una confederación de los Estados feudales; algunos de ellos predominaron y afirmaron un poder superior a los poderes locales; de suerte que hubo un corto número de ducados y principados, con los cuales surgió la necesidad de leyes más amplias, de juicios más regulares, de impuestos, de un ejército y todas las instituciones de los Estados modernos. En la sociedad imperaban los sentimientos del pundonor, la fidelidad a la palabra empeñada y el desprecio a todo acto de felonía.

114.- Italia bajo los Carlovingios
Carlomagno confió la península a su hijo Pepino; luego a Bernardo, hijo de éste. Más tarde, Italia pasó a manos de Lotario, hijo de Luis el Piadoso. Cuando el emperador pasaba los Alpes, ejercía la supremacía sobre estos reyes, cuyo poder era menoscabado por los grandes feudatarios y por los prelados. Luis II, hijo de Lotario, una vez proclamado emperador, hostigó a los Sarracenos y a los Longobardos de Benevento.
El reino de Italia componíase de los países comprendidos entre los Alpes y el Po, añadiéndoles Parma, Módena, Luca, la Toscana y la Istria. Venecia y Génova se gobernaban por sí mismas. El exarcado de Rávena había sido cedido a los papas, quienes eran también soberanos de Roma. Al Mediodía, los Griegos dominaban a Nápoles, Gaeta y Amalfi poco más que de nombre, mientras los Árabes ocupaban la Sicilia, Malta, Corfú y Cerdeña.
Los Longobardos habían sido igualados a los Francos y a los viejos naturales, y todos podían obtener feudos y beneficios, que se hacían independientes a medida que se debilitaba el poder real. Ya eran poderosos los ducados del Friul, Espoleto, Susa, Vasto, Monferrato; el marquesado de Ivrea, y los feudos de Trento, Varona y Aquilea; las ciudades de la Alta Italia y del Lacio formaban cantones, a menudo consignados a los obispos; extendían sus dominios los marqueses de Toscana, y el patrimonio de San Pedro lindaba con los marquesados de Guarnerio, Camerino y Téate.
888 – 915 Más poderosos los príncipes longobardos de Benevento se declararon independientes, defendiéndose de los Sarracenos, de los Griegos y de los Papistas. Los Amalfinos, o Amalfitanos, se sublevaron y constituyeron en república, unidos a los Salernitanos. Los Griegos, que se cuidaban poco de salvar aquel país de los Sarracenos, excitaban a los Longobardos contra los emperadores romanos. Estos iban perdiendo fuerza cada día. Los señores y los prelados se abrogaron el derecho de elegirlos, imponiéndoles pactos. Los papas, en tanto, veían acrecentarse su poderío y su autoridad temporal. Al cesar en el mando la estirpe de Carlomagno, los señores italianos quisieron gobernarse por sí mismos, y elevaron al trono a Berenguer, duque del Friul, a quien hizo la guerra Guido, duque de Espoleto, quien prevaleció y fue coronado en Roma, encendiéndose por tal motivo la guerra civil; guerra que duró hasta que los pretendientes se repartieron el reino. Pero muerto Lamberto hijo de Guido, Berenguer se encontró solo y fue coronado emperador. Sin embargo, los partidos le oponían ora un pretendiente, ora otro, y a sus instigaciones los Húngaros devastaban el país.
926 – 945 Berenguer fue asesinado, y la Italia se encontró en manos de tres mujeres: Berta, viuda del marqués de Toscana; su hija Hermengarda, marquesa de Ivrea; y su nuera Marozia, viuda del conde de Túsculo. Sus votos se unieron en favor de Hugo de Provenza, hermano de Hermengarda, y éste fue proclamado rey, de acuerdo con los emperadores griegos y germánicos. Hugo se casó con Marozia, que ocupaba el castillo de San Angelo, y disponía a su antojo de Roma y del pontificado. Lo repudiaron los señores, proclamando rey a Berenguer, marqués de Ivrea, con su hijo Adalberto. Estas guerras de partidos eran la ruina del país y favorecían a los perversos.
Berenguer quería casar a su hijo Adalberto con Adelaida, hija del rey de Borgoña, y viuda de Lotario II; y porque ésta rehusó, encerrola en el castillo de Garda. Adelaida logró fugarse y se acogió al amparo de Otón el Grande, a quien proporcionó la ocasión de incorporar la Italia a la Germania.

115.- Reino de Germania. Otón el Grande. Los Italianos
876 – 887 - Constituciones germánicas En la Germania habitaban los Francos, los Sajones, los Turingios, los Suevos, los Frisones, de raza teutónica; y los Boyos y Lotaringios, con quienes se había mezclado la raza céltica. A orillas del Danubio se habían establecido Godos, Hunos, Gépidos, Ávaros, Búlgaros, Húngaros, Pechinecos, Uzos y Cumanos, sin contar los colonos romanos que Trajano había trasladado a la Dacia. Eran por consiguiente algo vagos los confines de aquel reino, que bajo los descendientes de Carlomagno se veía agitado por guerras intestinas, por Normandos y por Eslavos. Luis, nombre querido de los Alemanes por haber fundado su independencia, estableció en las provincias más hostilizadas, según el sistema de Carlomagno, condes amovibles, defendió sus pueblos con valor y habilidad; pero las continuas guerras con sus hermanos y con uno de sus hijos le amargaron el poder. A su muerte, dividió el reino en sus tres hijos, según costumbres de raza; pero las diferentes naciones tudescas fueron otra vez reunidas bajo Carlos el Gordo y Arnulfo, cuando la Germania fue agregada a la Francia y perdió la corona imperial.
911 Para oponerse a los enemigos o por no obedecer a un solo jefe, cada raza elegía uno particular; de aquí nacieron los ducados de Francia, Sajonia, Turingia, Baviera, y poco después los de Suabia, Lorena y Carintia, los cuales, después de la muerte del joven Luis, último de los Carlovingios, acordaron ofrecer la corona a Otón, duque de Sajonia, que hasta entonces la había defendido con enérgica entereza; pero propuso en su lugar a Conrado de Franconia, quien eligió por sucesor a Enrique el Pajarero, hijo de Otón, que supo conservar la paz interior y la exterior defensa, derrotó a los Húngaros, y dispuso contra los Eslavos una serie de marquesados y ciudades fortificadas.
986 En la coronación de Otón aparecieron por primera vez los empleos de Corte, que se convirtieron luego en títulos de los grandes de Germania: el senescal, el mariscal, el gran copero; la corona le fue ceñida por el arzobispo de Maguncia, archicanciller.
Los reyes no eran hereditarios, aunque se prefería la familia del antecesor; pero la elección se hacía por los magnates, y el pueblo de las diferentes razas la confirmaba en cierto modo con sus aplausos. No tenían residencia fija; gobernaban, no con leyes escritas, sino conforme a las leyes consuetudinarias, con poderes mal definidos, proporcionados a la fuerza y a la habilidad del que los ejercía; los duques les ponían obstáculos, por cuyo motivo los reyes favorecían con preferencia a los obispos y a las ciudades.
En vez de los antiguos missi dominici, se nombraron condes palatinos, jueces naturales de todo el que no dependía de la jurisdicción de los duques. A las asambleas del pueblo habían sucedido las de los grandes, en las cuales se ventilaban los asuntos de gran trascendencia, especialmente lo que se refería a los crímenes de alta traición; los otros delitos de los señores competían al rey.
Los grandes feudos se hacían cada vez más independientes; a la par con los duques marchaban los arzobispos de Maguncia, Tréveris y Colonia. El clero aumentaba su poderío, convirtiendo, regulando, imponiendo penitencias y lanzando excomuniones; y no era raro que los reyes pusieran bajo la jurisdicción de los obispos las ciudades en que residían.
El número de hombres libres iba disminuyendo, pues éstos preferían colocarse bajo los auspicios de un grande que los defendiese y mantuviese; la Suevia y los Alpes Helvéticos son casi los únicos puntos donde se ven cultivadores libres. Algunos se constituían en comunes, mayormente en las ciudades, y de aquí emanaron el derecho municipal y diferentes industrias. El derecho de la guerra privada abría gran campo a los poderosos; y la espada y el halcón de caza eran la mayor presunción de los señores.
Los reyes fundaron muchas ciudades, las cuales no se igualaron a las italianas ni en riqueza ni en prosperidad; florecieron sin embargo, por su industria y por los minerales de oro y plata que les suministraban Goslar y el Hartz. Prosperaban por su comercio Magdeburgo, Bremen y Wisby, si bien era ejercido casi exclusivamente por los Hebreos, y tenía por principal base a los esclavos, que se compraban a los Normandos y a los Eslavos para ser nuevamente vendidos a los Árabes.
Otón sintió la necesidad de reprimir a los grandes señores, concentrando en sí los grandes gobiernos; pero no pudo establecer la monarquía. Esto no le impidió dedicarse a empresas exteriores; hizo la guerra principalmente a los Húngaros, a quienes derrotó a orillas del Lech, y contra ellos fundó el marquesado de Austria.
955 – 961 Habiéndose casado con Adelaida, se trasladó a Italia, venció al odiado Berenguer, y fue coronado rey en Milán; después fue coronado emperador en Roma por el Papa, a quien confirmó las donaciones de Pepino, de Carlomagno y de Luis el Piadoso. Allí tuvo que ejercer su autoridad contra las turbulencias y los vicios que contaminaban al papado, para impedir los cuales hizo acordar a los emperadores el derecho de nombrar sus sucesores al reino de Italia, instituir al Papa y conferir la investidura a los obispos. De este modo se ligaba la Italia al imperio germánico, y los emperadores se hacían superiores a los papas, a causa de la inmoralidad de la corte pontificia. De este modo también nació la antipatía que desde entonces hubo entre la Germania y la Italia.
Otón volvió diferentes veces a reprimir las reyertas; sojuzgó a los príncipes longobardos de Benevento, Salerno y Capua, y trató de rechazar a los Griegos; pero murió en 973.

116.- Estado de la Italia
A la llegada de Otón, la Italia era muy distinta de como la había dejado Carlomagno. Al lado de la nobleza franca y longobarda, se habían desarrollado el clero y las ciudades; había menos feudos que posesiones libres; y los habitantes de las ciudades adquirían libres juicios y gozaban de iguales inmunidades que las tierras dependientes del clero.
Para protegerse de las correrías de los Húngaros o de los Normandos, muchas ciudades y pueblos se habían rodeado de murallas, adquiriendo el sentimiento de su propia fuerza. Los reyes veían gustosos estas libertades, que redundaban en perjuicio del poderío de los condes. A las ciudades mismas se les permitía elegir sus propios magistrados, con lo cual se fue formando poco a poco el gobierno municipal, aunque contrarrestado por el feudal.
Si es cierto que había cesado el predominio de la estirpe sálica, no puede decirse que se sobrepusiesen los antiguos Italianos, sino la nación longobarda, dueña de los terrenos. Estableciéronse ducados y marquesados en Treviso, Verona, Este, Módena, y principalmente en el Friul y en el Monferrato; y tuvieron derechos excepcionales el patriarca de Aquilea y el arzobispo de Rávena.
Las tierras romanas estaban repartidas entre señores que ejercían un predominio sobre la misma Roma. En la Italia meridional rivalizaban dos partidos, uno franco y otro griego, los Longobardos los Sarracenos, y las ciudades republicanas. Nápoles tenía un duque elegido por el pueblo, que tan solo prestaba al imperio griego un homenaje aparente; los príncipes de Benevento impedían el incremento de Bari; los duques de Capua crecían en poder con perjuicio de los Sarracenos.
Por su comercio prosperaban Amalfi, Pisa, Venecia y Génova. En Pisa se habían refugiado los Sardos, al ser invadida su isla por los Árabes, los cuales fueron finalmente arrojados de ella, siendo luego repartida entre Pisanos y Genoveses.
Venecia Venecia se había constituido una patria, un gobierno y un santo; respetaba a los emperadores de Oriente por conveniencias comerciales y por obtener derechos sobre la Dalmacia; instituía ferias por todas partes, compraba manufacturas a los Árabes, y con largos viajes traía de la India las drogas que luego difundía por toda Europa; tomaba en adjudicación las gabelas de los demás países y utilizaba las salinas; tenía a raya a los piratas de la Istria; se hacía protectora de las ciudades ilíricas y dálmatas, y se encontró señora del Mediterráneo, con buena moneda y pronta justicia; el jefe del Estado tomó el nombre de dux de Venecia y Dalmacia por la gracia de Dios.
No había en ella señores feudales, por ser una ciudad sin territorio; el alto clero se elogia entre los nobles, y no hubo facciones que alteraran la paz interior.
Prueba evidente de las riquezas acumuladas por su comercio son los magníficos edificios construidos entonces en Venecia, Pisa y Génova.

117.- Los Otones. Casa de Franconia
973 El reinado de Otón II fue turbado por discordias domésticas; pensó arrojar a los Griegos de Italia, pero estos, ayudados de los Árabes, lo derrotaron, y murió aquende los Alpes. Otón III fue aceptado por rey y emperador, pero víctima de la venganza de Estefanía, viuda de Crescencio, que había querido fundar la república en Roma, murió a la edad de veintidós años.
1004 Entonces los Italianos eligieron por rey a Arduino, marqués de Ivrea; pero el arzobispo de Milán se pronunció por Enrique de Baviera, que había sido hecho rey de Germania, y se originó una lucha de la cual sacaron provecho los Comunes para obtener inmunidades y avezarse a las armas y al gobierno.
1024 Con Enrique, que fue santo, terminó la casa sajona, y las cinco naciones unidas eligieron por rey a Conrado el Sálico, de Franconia. Domados los enemigos en la Germania, pasó Conrado a Italia, donde fue favorecido por Heriberto, arzobispo de Milán; poderosísimo señor, que quería sujetar a su sede a sus vecinos feudatarios, y quedó vencido en la contienda. Para adiestrar en la guerra a los ciudadanos y a los campesinos, inferiores en táctica a los vasallos de los feudatarios, inventó la carroza, a la cual habían de seguir siempre los soldados en las marchas y en los combates.
Dieta de Roncaglia Bajó Conrado a Italia, devastó a los países rebeldes, y fue coronado rey y emperador. En la llanura de Roncaglia, cerca de Plasencia, los reyes acostumbraban convocar a los marqueses, condes, vasallos, obispos, abates y capitanes, para resolver en los asuntos feudales y publicar las leyes oportunas. Allí promulgó Conrado una famosa ley acerca de los feudos, que prohibía despojar al vasallo, a no ordenarlo así una sentencia de un tribunal de pares; el hijo o el nieto legítimos sucedían al padre o al abuelo; a falta de prole entraban a heredar los hermanos; y el señor no podía vender su feudo sin consentimiento del investido.
1037 De tal modo reprimía a los grandes feudatarios, elevando a los pequeños; y también en la Germania trató de hacer hereditaria la corona y unir a ésta los mayores feudos.
1039 Su hijo Enrique contuvo robustamente la Germania y la Italia; coronado emperador en Roma, por cuatro veces nombró pontífices tudescos, lo que dio origen a la famosa cuestión de las investiduras

118.- La Iglesia
El acuerdo de la Iglesia con Carlomagno acomodaba poco a los Romanos, como si amenazase su independencia; por cuyo motivo querían elegir a los papas antes de que interviniesen en la elección los emperadores. Estos, sin embargo, tuvieron que intervenir a menudo para impedir sublevaciones y tumultos, o apaciguar a las facciones en discordia, cada una de las cuales pretendía elevar a su hechura a la sede pontificia. Los papas acogían en Roma colonias de todos los países, que dieron nombre a muchas calles. Gregorio IV fortificó a Ostia; León hizo lo mismo con la ciudad Leónica (barrio de este nombre) para defenderla de los Árabes y los Húngaros; bajo León III se ofrecieron a la Iglesia más de 800 libras de oro y 21000 de plata; León IV enriqueció la restaurada basílica de los doce apóstoles con ornamentos por valor de 3861 libras de plata y 216 de oro. Nicolás (858) fue el primer Papa coronado en presencia de un emperador. Benedicto III se tituló Vicario de San Pedro, cuyo título sustituyó después con el de Vicario de Cristo. Carlos el Calvo dispensó a los papas y a los Romanos del homenaje que debían al emperador.
896 Pasando por encima de la fábula de la papisa Juana, diremos que la cristiandad respetaba los juicios del Papa como más independientes, por lo cual eran invocados en las causas de los gobernantes y contra estos, y para sostener los privilegios del clero y la integridad del matrimonio. Pero a medida que se hacían omnipotentes en el exterior, los papas veían perturbados sus Estados por cismas y facciones. Focio separó la Iglesia griega de la latina. Formoso (¡caso extraordinario!) fue trasladado del obispado de Porto a la sede de Roma; sus adversarios le dieron muerte, y porque había abandonado a su primera mujer por otra, procesaron a su cadáver y lo arrojaron al Tíber. Los señores de Toscana, de Camerino y de Tusculo se esforzaban por excluir a los emperadores tudescos de la elección de los papas, y en tanto elevaban a sus propios amigos, a sus hijos, y hasta a muchachos de 15 y 16 años. Teodora y Marozia dominaron en la sede pontificia durante algún tiempo. Crescencio, hijo de Teodora, mandó estrangular a Benedicto VI; Bonifacio VII, su sucesor, fue expulsado por otra facción para sostener a Doro II; se encendió la guerra civil. A vuelta de algunas elecciones y derrumbamientos, Crescencio dominó hasta que el emperador Otón III lo prendió y le hizo dar muerte.
997 – 999 El tudesco Gerberto, abad de. Bobbio, tan amante de las letras y de las ciencias que se le llamó el mago, debió a su discípulo Otón III el cargo de arzobispo de Rávena, y luego el de Papa con el nombre de Silvestre II. De pronto se renovaron los desórdenes, y aquel siglo fue verdaderamente el peor de la historia pontifical. Causa primordial de aquellos disturbios era la participación de los príncipes en las elecciones. Los papas tenían extensísimos dominios, necesarios entonces a su alta posición y a su propia seguridad; pero con todo permanecían bajo el vasallaje de aquellos mismos príncipes o emperadores que ellos coronaban o consagraban. Todas las otras iglesias y los obispos también habían adquirido grandes poderes, merced a los cuales se encontraban en el rango de los feudatarios. Estos dominios aumentaron extraordinariamente, cuando se divulgó la creencia de que el año mil había de ser el último del mundo; pues los hombres, appropinquante fine mundi, se apresuraban a hacer méritos dando a la Iglesia lo que de todos modos iban a abandonar.
Tregua de Dios El clero, rico y venerado, extendía su propia jurisdicción; y como daba pruebas de mayor doctrina y equidad, los fieles se sometían gustosos a él, más bien que a la violenta y caprichosa justicia de los barones. Los mismos reyes preferían conferir la autoridad a los obispos que a los señores armados; así, emitían su juicio en todas las causas diferidas al supremo tribunal.
Valiéronse de tal poder para enfrenar a los señores y a los reyes, tomar a los débiles bajo su protección, y conservar la paz cuando cada cual pretendía hacerse justicia por sí mismo. A este fin introdujeron la tregua de Dios, por la cual desde el miércoles por la noche hasta el lunes siguiente se suspendían las hostilidades privadas, y se prometían indulgencias al que la observase y la excomunión al que la violara.
En muchos países, los obispos tomaban parte en las asambleas; estas a veces tomaban el carácter de concilios, y las constituciones que de ellas emanaban, estaban inspiradas en sentimientos equitativos.
Poder de los papas Con el poderío de los obispos, creció el de los papas. Si estos intervenían antes como jueces o árbitros en los grandes intereses de Oriente, más pudieron intervenir desde el momento en que fueron príncipes, en medio de los muchos príncipes que se habían repartido el imperio de Carlomagno. Consolidose el primado papal mandando legados pontificios con amplios poderes, o nombrando algunos para puestos fijos, como el arzobispo de Pisa por la Córcega, y el de Canterbury por la Inglaterra. Los metropolitanos no se consideraban investidos de la jurisdicción hasta haber recibido de Roma el palio. Las dispensas fueron reservadas a Roma, como las apelaciones de los fallos de los metropolitanos, y la decisión sobre algunos delitos de eclesiásticos. Los conventos procuraban también sustraerse a la autoridad de los obispos, para someterse a la pontificia.
Falsas decretales Por todos estos medios se había aumentado la autoridad de los papas, y este aumento fue confirmado por las Decretales, código surgido a mediados del siglo IX, y atribuido a Isidoro Mercator, que contenía cincuenta y nueve decretales de los treinta primeros pontífices; después otros treinta y cinco de los papas desde Silvestre hasta Gregorio; y por último, actas de concilios. Más tarde fueron juzgadas como una impostura, encaminada a fortalecer la primacía papal; es de creer que son una compilación mal hecha de actos, unos verdaderos y otros falsos, o alterados y puestos en forma de decretos, y que no querían introducir un derecho nuevo, sino atestiguar el entonces vigente.
Corrupción Tanto poderío en los obispos y en los papas, si bien agradaba al pueblo, disgustaba a los reyes, quienes, apelando al derecho feudal, pretendían que los eclesiásticos les prestasen homenaje, y les sometiesen la confirmación de sus bienes y jurisdicciones. Por consiguiente conferían beneficios y dignidades a cortesanos y a parientes, por títulos muy ajenos al mérito y a la virtud. Esto dio origen a una inmensa corrupción del clero, atestiguada por los principales santos de aquella época y por los concilios. Reinaban el lujo, la corrupción y el escándalo en el seno del santuario; se negociaba con los cargos sagrados; y los curas, que excitaban sus apetitos libidinosos con el vino y los alimentos, no querían privarse de mujeres.
Contra la simonía, el concubinato, la corrupción, se alzaban decretos de obispos y de concilios, y se introducían reglas severísimas de vida claustral, como las de los Cluniacenses, de los Camaldulenses y de los Vallumbrosanos, quienes dieron grandes ejemplos de santidad y conversiones.

119.- Gregorio VII
973 Llagas tan gangrenadas, no podían curarse sino con el hierro y el fuego; la reforma para ser eficaz, tenía que venir de arriba; era necesario que la Iglesia fuese arrebatada de manos de los príncipes que hacían de ella un comercio, y reducida de las costumbres seculares a la austeridad religiosa; era preciso vigorizar nuevamente el sacerdocio y la vida monacal, e instituir una censura independiente. A esto se dedicó Hildebrando, monje de Soana, quien después de haberse señalado por su erudición, por su integridad de costumbres y de juicio, y por su firmeza y su prudencia, pasó a ser consejero de los papas, a quienes imbuía en el alto concepto de su dignidad e independencia. Elegido Papa con el nombre de Gregorio VII, declaró la guerra a la simonía y a la incontinencia. Los decretos de sus concilios prohibían expoliar a los náufragos, traficar con los esclavos, y vender las dignidades eclesiásticas. El concubinato de los curas se había extendido principalmente en Lombardía, defendido con grandes esfuerzos y hasta con la guerra civil; sin embargo, Gregorio consiguió extirparlo. Restituida la virtud al clero, quiso asegurar su independencia de los reyes. Esto era tanto más difícil, cuanto que una gran parte de los terrenos estaba en posesión de los eclesiásticos; de modo que al sustraer estos terrenos del dominio de los altos señores, quedaba sometida al Papa nada menos que la tercera parte de los bienes de la cristiandad. Si el clero renunciaba a sus bienes, quedaba al arbitrio de los príncipes, como sucede hoy al protestante. Gregorio VII sostuvo siempre la superioridad de la Iglesia sobre el Estado, del todo sobre la parte, de lo divino sobre lo humano, y trataba a los reyes como hijos o súbditos. Demetrio le rogaba que aceptase la Rusia como feudo de la Santa Sede; Guillermo el Conquistador le pedía la bandera para legitimar la posesión de Inglaterra; Gregorio emancipó a la Polonia del reino teutónico; daba reglas al rey de Dinamarca, y censuras o alabanzas a todos.
Desgraciadamente ocupaba entonces el trono de Germania Enrique IV, vicioso en el seno de la familia, prepotente con los súbditos, sobre todo con los Sajones a quienes quería tiranizar. No pudiendo estos lograr que observase los pactos jurídicos, recurrieron a Gregorio, el cual, habiendo probado inútilmente las vías de la persuasión, declaró a Enrique desposeído y excomulgado. La excomunión, en tiempo de fe, era una pena gravísima, puesto que excluía de la participación de la mesa eucarística, de las oraciones y del consorcio de los fieles. Cuando se excomulgaba a todo un país, suspendíanse los sagrados ritos y las solemnidades; todo era luto y fúnebre tristeza.
El rey Enrique se había granjeado el apoyo de Cencio, prefecto de Roma, quien atacó a Gregorio durante la solemnidad de Nochebuena, y lo encerró en su propio palacio; pero el pueblo lo libertó. Enrique reunió en Worms un Concilio, donde acusó a Gregorio de los más enormes delitos, y hubiera producido un cisma, si los Sajones y los Turingios no se hubiesen levantado contra el déspota y excomulgado a Enrique. Este, que no negaba al Papa la autoridad de quitarle la corona, sobre todo desde que obraba como árbitro elegido por los pueblos, sintió la necesidad de reconciliarse con él.
1077 Gregorio se había acogido a la protección de Matilde, condesa de Toscana, en el castillo de Canosa. Enrique llegó al castillo, a pie, vestido de penitente, y después de haber pasado tres días a la intemperie, fue absuelto. Echáronle en cara su humillación algunos señores; él mismo faltó a los pactos, por cuyo motivo los Tudescos le opusieron para sustituirlo, unos a su hijo Conrado y otros a Rodolfo de Suevia. Gregorio tenía que decidir entre los dos partidos. Pero estalló la guerra; Rodolfo murió a manos de Godofredo de Bouillon; Enrique, pomposamente coronado Milán, entró a viva fuerza en Roma, donde se hizo coronar emperador por un antipapa, mientras Gregorio permanecía encerrado en el castillo de Santo Angelo.
1085 Roberto Guiscardo, que sitiaba entonces a Durazzo, corrió a Roma con un puñado de Normandos y libertó a Gregorio. Este excomulgó a Enrique y al antipapa, se dirigió al Mediodía, y murió en Salerno exclamando: -He amado la justicia y he odiado la iniquidad: por eso muero en el destierro.
1106 Casi un año vacó la sede apostólica. Enrique volvió a Italia, a devastar las posesiones de la poderosísima condesa Matilde, siempre partidaria de los papas; pero se le rebeló su hijo Conrado, quien tuvo un miserable fin. De igual modo acabó su otro hijo; y el mismo Enrique, tras de muchas humillaciones, murió a los 66 años de edad y 50 de un reinado infeliz y desastroso.

120.- Imperio de Oriente. Cisma griego
811 – 820 – 867 Muchas de las veintinueve provincias, de que se componía el imperio griego, se hallaban ocupadas por enemigos. Sin embargo, aquel grandísimo cuerpo, en parangón con los despedazados reinos de Europa, hubiera podido predominar, a no haberse paralizado sus miembros, al mismo tiempo que su cabeza, Constantinopla, era trastornada por motines e intrigas de eclesiásticos, de mujeres, de eunucos, de sofistas y de herejes. A la déspota Irene sucedió Nicéforo, que fue vencido por Arun-al-Raschil, y después por los Búlgaros que lo degollaron. Su hijo Estauracio, para obtener la corona, hizo la indecente promesa de no imitar a su padre; pero el pueblo adverso la ofreció a su cuñado Miguel Rangate Curopalata, quien no tardó en ser suplantado por León, valiente hijo de la Armenia que puso coto a los tumultos interiores y a los Búlgaros, y declaró la guerra a las imágenes sagradas. Los descontentos lo mataron, y coronaron a Miguel el Tartamudo, ignorante en todo menos en el manejo de las armas y de los caballos.
969 Después de varios emperadores, empezó con Basilio una dinastía que restauró algún tanto el imperio. Puso en orden la hacienda y el ejército; tuvo que habérselas por vez primera con los Rusos; quiso obtener conversiones por la fuerza y escribió unos Avisos a León su querido hijo y colega. A vuelta de revoluciones palaciegas se sucedían los emperadores, cobrando en títulos y ceremonias lo que perdían en fuerza, y pretendiendo ser émulos de los Árabes en fausto, cuando mal sabían resistirlos en la guerra. Hostigoles Juan Zemisces, valeroso general elevado al trono por medio del asesinato de su predecesor Nicéforo Focas, y mantenido largo tiempo en él merced a su afabilidad, a su justicia y a sus victorias. Mantuvo sujeta a Bulgaria; derrotó en sangrienta batalla a los Musulmanes, en Mopsuesta; recuperó la Cilicia, Antioquía, Alepo y muchas ciudades de allende el Éufrates; pero apenas hubo regresado de su marcha triunfal, comparable a la de Adriano, cuando los príncipes volvieron a sus sedes, y el nombre de Mahoma fue cantado desde los minaretes.
1081 Rusos y Turcos engrandecían sus dominios a expensas del imperio, amenazando la existencia de éste, sostenida apenas por el valor de alguno de sus emperadores. Uno de ellos, Alejo Comneno, hallaba tomado por los Árabes todo cuanto el imperio había poseído en África, en Egipto, en Palestina y en Fenicia, y por los Turcos las principales ciudades de la Siria y del Asia Menor. Desde Constantinopla se veían las banderas musulmanas en las naves del Bósforo y en las torres del opuesto continente. Dálmatas, Húngaros, Pechinecos y Cumanos atravesaban cada año el Danubio para devastar la Tracia y la Macedonia. Roberto Guiscardo no solo ocupaba las tierras meridionales de Italia, sino que ponía sitio a Durazzo. Alejo se dedicó exclusivamente a la tarea de restaurar su postrado país por medio de las armas y de leyes. Sus fastos fueron narrados por su hija Ana, y se mezclaron con las empresas de los Cruzados.
867 Otra plaga del imperio eran las herejías. Como gran adversario de los Iconoclastas, San Ignacio, hijo del emperador Miguel, fue nombrado patriarca de Constantinopla; pero no tardó en ser derrotado y sustituido por Focio, el hombre más docto de su tiempo. El Papa desaprobó desde Roma aquella elección; por cuyo motivo Focio y el emperador renegaron de la superioridad del pontífice, y empezó el cisma griego. Focio atribuía graves errores a la Iglesia latina, como el de no permitir el matrimonio de los curas, el de ayunar el sábado y el de creer que el Espíritu Santo procedía del Padre y del Hijo. El octavo Concilio ecuménico constantinopolitano excomulgó a Focio; pero éste supo elevarse otra vez al puesto de patriarca, y desde entonces quedó rota la comunión entre las dos Iglesias.

121.- España. El Cid
El califato de España se había separado del de Bagdad, y llegó al colmo del poder bajo los Abderrahmanes. El emir Almumenin residía en Córdoba, vastísima ciudad de maravillosos edificios; había gobernadores en Toledo, de 200000 habitantes, en Mérida, Zaragoza, Valencia, Murcia y Granada; y además de otras tantas ciudades de segundo orden, comprendía aquel califato 300 villas de importancia. En todas partes florecían la agricultura, la industria de tejidos y peletería, la ganadería y la navegación. Eran bien recibidos en la corte los doctos, los poetas y los médicos. Abderramán III, uno de los emires más ilustres, se separó completa y definitivamente de los califas de Bagdad, tomando el título de Imán y acuñando moneda distinta; hizo tratados con los emperadores de Oriente y de Occidente. Su hijo Al-Haken coleccionó una gran biblioteca y sus historiadores lo encomian por sus grandes virtudes.
No se extinguía, sin embargo, el ardor nacional de los Cristianos, que constituyeron un reino en Asturias, tomando por patrono a San Jaime de Compostela, y otros reinos en León, Navarra y Castilla.
Con frecuencia se alzaba un puñado de jóvenes valientes para llevar a cabo empresas particulares contra los Árabes; pero los verdaderos Estados no sabían unirse para expulsarlos. Fernando el Grande formó un poderoso reino, uniendo a Castilla y a León, recuperando el Portugal y haciendo tributarios a muchos reyes árabes.
Bajo su reinado y el de Alfonso IV alcanzó fabulosa nombradía Rodrigo Díaz, llamado el Cid Campeador, que vino a personificar todas las empresas contra los infieles. Alfonso reunió los reinos de Castilla, León y Galicia, fijó su residencia en Toledo, con un arzobispo que era primado de España y de la Galia Visigoda, pagando un tributo al Papa y conservando el rito mozárabe. Llegó Alfonso hasta Madrid, y tuvo en obediencia ambas riberas del Tajo. En vista de tantas conquistas, acudieron otros Árabes de África, con los cuales el emir de Sevilla esperó someter a toda la Península. Derrotaron a Alfonso; pero el Cid devolvió la victoria a la cruz y tomó a Valencia. Con la muerte del Campeador se eclipsó la grandeza española. Valencia fue recuperada, y Alfonso disminuyó sus fuerzas distribuyendo a varios su dominio.

122.- Imperio árabe
Tres emires al-mumenin, el de Bagdad, el de Córdoba y el de Isfahan se rechazaban simultáneamente, y estas divisiones, el lujo introducido y las irrupciones de los Turcos arruinaron al imperio. Los sucesores del gran Harun-al-Raschid vinieron a las armas, y sus contiendas se unieron a las producidas por las herejías, y principalmente por la separación surgida entre los Alidas y los Sumnitas. Los Turcos, llamados como auxiliares, se hicieron árbitros de la situación, y dieron y quitaron el bastón de Mahoma a quien se les antojó, en tanto que el imperio decaía entre intrigas de serrallo, y sublevaciones de Fatimíes, Alidas, Omeyas y Abasíes, perdiendo toda autoridad los sucesores del Profeta y los sentimientos religiosos. Abdalah quiso reformar la fe y la moral, y su discípulo Karmat se manifestó como profeta, aumentó las oraciones, desaprobó el lujo de los Abasíes, y tuvo tantos secuaces, que en número de cien mil hicieron frente al ejército del Califa, corrompieron las aguas de los pozos que había en el camino que conduce a La Meca, teniendo por supersticiosas las peregrinaciones, y devastaron el Iraq, la Siria y el Egipto. Profanada la Caaba, se llevaron consigo la piedra negra. Pero pronto se hicieron la guerra entre sí; se destruyó la secta, y la piedra fue restituida.
Varias dinastías se repartieron el imperio y dieron extensión al islamismo, principalmente en África, en las costas del Caspio y allende el Oxo.
En el Corasán, la dinastía de Taher duró desde el año 820 al 872, cuando el alfarero Jacub-ben-Leis fundó el nuevo imperio de la Persia y la dinastía de los Sofáridas. El califa lo hizo maldecir en todas las mezquitas, y con la ayuda de los Samánidas fueron vencidos los Sofáridas. Entonces el jefe de la dinastía de los Samánidas asumió en la Transoxania el título de padischá, adoptado después por todos los grandes reyes del Oriente.
En la Persia, los Bóvidas hicieron lo que los mayordomos en Francia con los Merovingios. Tanto decayeron los Abasíes, que dejaron de oír su nombre en las oraciones públicas; y así, deponiendo la armadura y el caftán de seda, se dedicaron a la oración y al estudio del Corán. Al-Rhadi, trigésimo nono califa después de Mahoma, y vigésimo de los Abasíes, fue el último que dirigió la palabra al pueblo y ostentó magnificencia.
1000 Crecían en cambio los Fatimíes en la Siria y en África, donde a menudo guerreaban con los califas de España, y se extendieron por la Sicilia, la Calabria y el Egipto. En este último punto el turco Al-Iksit fundó una nueva dinastía, y Moez construyó El Cairo, ciudad cómoda y riquísima con 200000 habitantes y asombrosa mezquita, biblioteca y universidad. Entre los Fatimíes de El Cairo, Al-Hakem-Bamrillah quiso reformar el islamismo, reconociendo una nueva serie de imanes; y restauró la sociedad de la Sabiduría, donde hombres y mujeres se reunían para aprender verdades ocultas.
Así, pues, en el transcurso de cuatro siglos, la grande unidad religiosa y política que Mahoma había concebido, quedaba hecha jirones entre muchos príncipes e innumerables sectas. No eran ya los califas, sino los ulemas los que resolvían en casos de conciencia y en puntos legales. En fin, después que hubieron llevado cincuenta y siete personas el título de vicarios del Profeta, Mostasem fue arrastrado por las calles, y con él terminó el califato en 1258.

123.- Los Turcos. La India
Parece que descendieron los Turcos hacia el Mediodía desde el gran Altai y desde las nevadas cimas del Tang-nu, estableciéndose principalmente al norte de las provincias chinas del Chan-si. Era un pueblo bárbaro que buscaba, siguiendo el curso de los ríos, pastos para sus rebaños; no conocía la escritura, despreciaba a los ancianos, y se adiestraba, desde la infancia, a la caza y a la guerra. Molestó a la China y a los pueblos limítrofes, pero sin consecuencias, hasta que, doce siglos antes de Cristo, un príncipe chino, refugiado entre ellos, fundó un reino, que 200 años antes de nuestra era llegó a ser formidable, e inauguró una larga serie de guerras con la China y con los diferentes pueblos que en ella dominaron. Acosados por los Yung-nu, atacaron a la Persia, y luego al imperio de Constantinopla, con el cual se ligaron después para combatir a los Ávaros. Empujados por otros pueblos hacia poniente, ocuparon el país comprendido entre el Yaxartes y el Oxo, desde donde pasaron al Bósforo Tracio y al Danubio, y se hubieran arrojado sobre el imperio griego, a no haberse vuelto a Persia y a no haberse dividido en tres principados: Ogucios, Selyúcidas y Osmanes.
Los Ogucios hicieron la guerra a la Persia y a los califas árabes; y habiendo abrazado el islamismo, se llamaron Turcomanos, es decir Turcos creyentes; obligaron a los demás Turcos a abrazar también el islamismo, y por fin se confundieron con los Selyúcidas.
997 Entre estos últimos sobresalió Alp Tekin, que dio principio al imperio de los Ghaznevíes, el cual se extendió rápidamente por una gran parte del Asia, mayormente bajo el reinado de Mahamud, ardiente propagador del islamismo. A tal fin, o simplemente ávido de riquezas, llevó la guerra contra la India.
India Después de Alejandro Magno, ningún extranjero había violado aquel país; y los reyes de Persia, a pesar de titularse también reyes de la India, no hicieron más que exigir algunos tributos de las provincias fronterizas. No habían conseguido resultado alguno en la India los misioneros musulmanes, ni el islamismo se difundió mucho cuando los Árabes sometieron el Kabul y el Sind. El Decán, o India Meridional, conservaba sobre todo sus antiguas costumbres; los devotos continuaban con sus éxtasis; creíase en la metempsicosis y en el aniquilamiento, y los entusiastas se precipitaban bajo el carro de Brahma y de Siva. Cultivábanse los estudios, se conocía la numeración decimal y el álgebra; y aunque debilitados, aquellos pueblos se sostuvieron largo tiempo contra los invasores.
Mahamud entró con 200000 hombres armados, e hizo prisionero al rey de Kabul, poniéndolo después en libertad mediante un crecidísimo rescate. Los santuarios de Delhi, Canoya, y Bimmé ofrecieron con qué satisfacer el avariento celo de los Musulmanes. A medida que estos sometían una porción de la India, retrocedía la cultura brahmánica; mal podía introducirse la monarquía árabe donde regía el sistema municipal y se unían las castas indias contra los intrusos; así pues, las insurrecciones y las guerras continuaron hasta que la India fue arrebatada a los Selyúcidas por el mogol Tamerlán (1398).
1338 Mahamud tuvo mejor fortuna en la Persia, donde derrocó a la dinastía de los Bóvidas; expulsó de allí a los Tártaros, y tomó el título de Sultán, es decir emperador. Malek-Shah, el más célebre de los Selyúcidas, fue llamado Gelaleddin (gloria de la religión), por la nueva forma que dio al año haciéndolo empezar con el equinoccio de la primavera; desde entonces, el primero del año es día de gran solemnidad (Neu-ruz). Dictó preciosas instituciones políticas, y fue asesinado después de medio siglo de un reinado próspero y feliz. Entonces se descompuso su gran imperio, hasta que con Sangiar terminó el poder de los Selyúcidas en la Persia, dividida entre los señores de Iraq, del Carism, de los Gurmos y de los Atabegos.
En otra parte hablaremos de la raza Osmana.

124.- Cultura de los musulmanes
Los califas en decadencia repararon el abandono en que habían tenido a las letras los primeros sucesores de Mahoma; hicieron traducir libros de todos los idiomas, formaron grandes bibliotecas e instituyeron colegios y academias. Atribúyese a los Árabes la invención de los observatorios; usaban cuadrantes solares, astrolabios, clepsidras y relojes; fueron autores de obras y tablas astronómicas, y aun cuando nada hubiesen inventado, les cabría la gloria de haber conservado y transmitido a la posteridad las ciencias de los antiguos. El celo por su religión les llevó a lejanos países. Tuvieron médicos famosos, aunque contaminados por los pronósticos astrológicos y por la manía de la dialéctica, que perjudicó también a las demás ciencias. Harun de Alejandría fue el primero que describió las viruelas, propagadas por los Árabes en Europa, según se cree. Conocimientos más nuevos y mejores prácticas tuvo Razes; su médico más famoso fue Avicena, gran matemático y filósofo (950-1037). Averroes de Córdoba, de todo supo, de todo escribió y principalmente comentó a Aristóteles.
Al-Mamun dio a los estudios una esfera mas amplia que la de las ciencias naturales; adoptó la ciencia aristotélica para combatir la ortodoxia musulmana. Pero la infalibilidad que, según su religión, atribuían al Corán, la suponían también en los demás autores, no observando sino creyendo.
Firdusi El poeta más insigne del Oriente, Firdusi, hijo de la Persia, empleó 20 años en escribir el poema Shah-Nameh, donde cantó las antiguas empresas de los Persas, colección de episodios, algunos de los cuales son magníficos por su entonación poética, por su sentimiento y por sus escenas que tanto se parecen a las de nuestros romances caballerescos.

125.- Letras y ciencias en la cristiandad
Focio En la persecución contra las imágenes, fueron destruidas muchas escuelas y bibliotecas en la Grecia, y en todas partes las letras eran tenidas en descuido. Metafrasto de Constantinopla escribió vidas de Santos. Algunas obras griegas, cuyos originales se habían perdido, se hallaron traducidas en siriaco y en árabe. De portentosa erudición y fino gusto dio pruebas Focio, que reunió en el Nomocanon en catorce títulos, todos los cánones admitidos por la iglesia Griega, y escribió la Biblioteca, extractando en 300 artículos otras tantas obras. Constantino VII reunió en los Geopónicos cuanto se había dicho sobre agricultura, y en cincuenta libros, los rasgos históricos más aptos para estimular a la virtud. León VI ordenó gran número de aforismos en sus Instituciones militares: lo que demuestra cuántos tesoros poseían aún los Griegos, de que no supieron aprovecharse.
Tampoco se ocupaban en estudios clásicos los Orientales, pero en cambio se dirigían a otros nuevos. Los Carlovingios continuaron cultivando las letras; la Iglesia mandaba que se multiplicasen las escuelas; y en los conventos y monasterios se copiaban libros.
Apenas se trasmitió la historia de aquella época por algún cronista, en prosa o en verso; los poetas fueron escasos y toscos. Entre ellos se recuerda a Roswitha, monja de la Baja Sajonia, que escribió en verso la historia sagrada, y compuso comedias al estilo de Terencio, con asuntos cristianos.
También en los idiomas nuevos se empezaban a escribir canciones populares, y los sermones se hacían en tudesco, o sea en alemán.
Nuevas herejías dieron lugar a nuevas controversias, como la de Claudio, obispo de Turín, que declaró la guerra a las imágenes; la de Gottschalk; la de Berenguer, que negaba la presencia real en la eucaristía. Juan Escoto (886) comentó a Aristóteles, y sostuvo el libre arbitrio, proclamando los derechos de la filosofía. Lanfranc de Pavía y Anselmo de Aosta tuvieron célebres escuelas respectivamente en Normandía y en Canterbury. San Pedro Damián trató cuestiones exegéticas y teológicas. Gerberto, que fue Papa con el nombre de Silvestre II, unió la dialéctica a las matemáticas, y parece que había introducido y divulgado las cifras árabes en Europa. Guido, monje de Arezzo, inventó la notación musical, denominando la escala con las primeras letras del himno Ut queant laxis, etc. En aquel tiempo se inventó el órgano, grandioso instrumento que los une a todos para ensalzar a Dios.
Bellas artes Entonces, sin duda alguna, eran más numerosas las destrucciones que las construcciones. Sin embargo empezaron a trazarse caminos; no faltaron a los pontífices soberbios edificios, con pinturas y mosaicos; además de los castillos señoriales y de los conventos de tantas órdenes monásticas, fabricáronse iglesias, mayormente después de haber desaparecido el miedo de que con el año mil se acabase el mundo. En Italia, sobre todo, el comercio proporcionaba a muchas ciudades los medios de embellecerse, hasta con columnas y piezas arquitectónicas traídas de remotos países. Entre los grandes edificios de aquella época descuellan San Marcos de Venecia, bellísimo modelo de arquitectura bizantina; San Lorenzo de Génova y la catedral de Pisa.

Libro XI
126.- Las Cruzadas
Desde los primeros tiempos del Cristianismo fueron venerados los lugares donde habían actuado los misterios de la redención; y acudían a Constantinopla peregrinos de todo el mundo cristiano, por devoción o por penitencia, o también para buscar reliquias. Cada año había grandes peregrinaciones a la Tierra Santa. Después que Omar la hubo conquistado, surgieron dificultades para penetrar en ella; sin embargo esto se obtenía mediante dinero o en virtud de algún convenio, como el que Carlomagno hizo con el califa Haron-al Raschid. Fue creciendo cada vez más la devoción, y muchos deseaban ir a morir cerca del valle donde habían de ser llamados el día del juicio final.
100 Hakem-Bamrillah, brutal califa de Egipto, persiguió ferozmente a los cristianos que vivían en la Ciudad Santa; para protegerlos, el Papa Silvestre exhortó a los Pisanos, a los Genoveses y a los Provenzales a fin de que tomaran las armas. Pero habiendo muerto aquel furibundo califa*, se obtuvo la libertad de reanudar los tráficos y las peregrinaciones, mediante el pago de un peaje. Los Amalfitanos construyeron allí la iglesia de San Juan con un hospital para los viajeros, cuna de la Orden de los Hospitalarios, llamados después de Rodas y de Malta.
En tanto los Árabes extendían sus dominios, no solamente en Asia, sino que también en España y en la Sicilia; y desde que los Turcos Selyúcidas hubieron conquistado el Egipto y la Grecia, no hubo opresión que no ejercieran sobre los Cristianos que iban a Palestina. El emperador de Constantinopla, amenazado por aquellos Turcos, pedía auxilio a los Cristianos de Occidente, y los papas exhortaban a que se rechazara aquella nueva irrupción de Bárbaros.
1095 Un tal Pedro, de Amiens, que había ido con otros a visitar la Tierra Santa, volvió lleno de indignación por la profanación de los sagrados lugares y de compasión por los hermanos que allí sufrían, y recorrió la Europa promoviendo un levantamiento en masa para libertarlos. Corrían tiempos guerreros; millares de barones ambicionaban la ocasión de ejercitar su valor y abandonar la monotonía de los castillos; en la plebe estaba profundamente arraigado el sentimiento de la piedad y de la expiación; así, pues, no es de extrañar que Pedro el Ermitaño lograse su intento; y así como un siglo antes todos habían creído en el fin del mundo, todos creyeron entonces en la expiación por medio de la ida a los Santos Lugares. El Papa Urbano II proclamó y bendijo la empresa en el concilio de Clermont, concedió numerosas indulgencias al que tomase parte en ella, intimó la tregua de Dios, y fue declarado culpable todo el que ofendiese a algún cruzado.
Aquello no fue una expedición regular, con provisiones, dirigida por un jefe, como la pinta el Tasso. En masa la muchedumbre de una ciudad o de una diócesis se ponía en marcha, sin conocer el camino, sin víveres ni recursos, confiando en el Dios que alimentó a los Hebreos en el desierto. Pedro, lleno de fervoroso entusiasmo, precedía a una turba innumerable, que enfermó o se dispersó en el camino; tanto que llegó con muy pocos a Constantinopla; otros fueron sorprendidos y degollados por los Musulmanes.
Semejantes desastres no desanimaron a los barones, que se pusieron en marcha con sus caballeros e infantes, unos desde Flandes y Lorena, y otros de Francia, Normandía y Provenza, con algunos de la Italia meridional: campeones famosos por sus hechos de armas. El emperador Alejo Comneno, que los había llamado para librarse de los Turcos, les tomó miedo, y se negó a alojarlos y mantenerlos; por cuyo motivo ellos se pusieron a talar el país. Por último, Alejo los hizo trasladar al otro lado del Bósforo.
Entre los Selyúcidas, señalose Solimán, que conquistó el Asia Menor y la Anatolia, privando al imperio constantinopolitano de todas las posesiones asiáticas de tierra firme, y escogió por capital a Nicea, después de haber devastado a Antioquía y a Laodicea. Su hijo Kilige Arslan se vio atacado por los Cruzados, y les opuso todas las fuerzas del islamismo. Pero los Cruzados avanzaban; tomaron a Antioquía, y provistos de víveres y armas, llegaron a Jerusalén, la sitiaron, y después de haber derrotado en Ascalón al ejército persa que había venido como auxiliar, tomaron la Ciudad Santa, y en ella eligieron por rey a Godofredo de Bouillon.

127.- Mahometanos y cristianos en Palestina
Los Cruzados hicieron en Palestina lo que los Bárbaros cuando ocuparon el Mediodía de Europa. De modo que al lado del reino de Jerusalén, se establecieron los principados de Antioquía, Edesa, Tiberiade, Tortosa, Ascalón, Cesarea y otros, que se obligaban a pagar un tributo de vasallaje al rey de Jerusalén; se diferenciaban por el idioma, las costumbres y el traje, pero todos se componían de devotos fervientes e intrépidos guerreros. Godofredo formó las Asisias de Jerusalén, código de costumbres feudales, que concedía el derecho pleno sólo a los que empuñaban las armas; dejaba independiente a la Iglesia y permitió la organización de muchos comunes.
Godofredo, perfecto príncipe, respetuoso para con el patriarca de Jerusalén, trató de poblar su pequeño reino asegurando los terrenos a quien los poseyera un año y un día. Continuamente tuvo que rechazar incursiones de Árabes, Turcos y Egipcios, en cuyas refriegas se señaló Tancredo, normando de Italia.
1100 Sucediole Balduino, ambicioso y amante del fausto, quien para proporcionarse el auxilio de las ciudades italianas, concedió a cada una un barrio en cada ciudad que se conquistase y la tercera parte del botín.
Continuamente llegaban nuevos cruzados de Europa, y merecen especial mención los Noruegos, capitaneados por Suenon, hijo del rey de Dinamarca. Los emperadores griegos, en vez de favorecer la conquista, trataban de sacar provecho de ella. Los cruzados sufrían desastres y alcanzaban victorias en continuas empresas caballerescas; y bajo Balduino del Burgo llegó el reino de Jerusalén a su mayor grandeza. Los Venecianos, que atendían más al negocio que a la devoción, acudieron allí con una flota, con la condición de tener en cada ciudad una calle, una iglesia, un baño y un horno, exentos de toda carga, y con jurisdicción propia; y además, una tercera parte de las ciudades conquistadas con su ayuda. En primer lugar tomaron a Tiro, y a su regreso saquearon las islas para vengarse del emperador griego.
Musulmanes – Asesinos Balduino, que durante mucho tiempo había sido prisionero de los Musulmanes, les atacó tan pronto como se encontró en libertad. Sus principales soberanos eran, sin hablar de España y de la Mauritania, los califas omeyas en Bagdad, los Fatimíes en El Cairo, el Soldán de Damasco, los emires de Mosul y Alepo, y los ortocidas a orillas del Éufrates. Más de temer eran los Turcos, que guerreaban por bandas, sin plan fijo, pero sin tregua. Terrible adversario fue para los Cristianos de Palestina la secta de Abdallah, constituida en sociedad secreta, enemiga de los Omeyas y de los Abasíes, con ciencias ocultas y jerarquía determinada. Favorecidos por los Fatimíes de Egipto, aumentaron en número y en poder, merced a Hassan-ben-Sabban, que ocupó, en los montuosos confines del Iraq, el fuerte de Alamut, donde se hizo poderoso y reformó la secta. El jefe se llamaba Viejo de la Montaña (Sceik-el-Gebel) y tenía vicarios en las provincias. En el centro de los Estados había toda clase de delicias y la magnificencia oriental más sorprendente. El joven destinado a ser fedawie, después de embriagarse con bebidas cargadas de opio, era trasladado a los jardines del Viejo de la Montaña, donde al despertar se hallaba rodeado de todos los encantos imaginables, hasta el punto de creerse en medio del voluptuoso paraíso prometido por el Profeta. Cuando había agotado ya sus fuerzas y deseos, en aquel éxtasis embriagador, volvían a adormecerle los sentidos, y al abrir de nuevo los ojos, se encontraba en su primera estancia, teniendo junto a sí al Viejo o señor de la Montaña, quien le aseguraba que no se había apartado de allí un solo instante, y que le hacía saborear anticipadamente los goces del paraíso, a fin de que conociese las delicias reservadas a los que daban la vida por obedecer a su jefe.
Así se exaltaba la religión de la obediencia a los superiores, que es un dogma entre los Musulmanes, hasta el punto de despreciar los honores, los tormentos y la vida, dispuestos a matarse o a dar la muerte a otro, si se trataba de ejecutar una orden. Del haschisch que bebían tomó origen su nombre de Asesinos (Haschischins); penetraban en las fortalezas y en los palacios reales, espiaban años enteros a su víctima, si necesario era, y no había obstáculos que no venciesen con astucia y constancia. Así duraron siglo y medio, siendo espanto de amigos y enemigos, hasta que los Mogoles los sepultaron bajo las ruinas del califato.

128.- Caballería. Órdenes militares
El más valioso alimento de las Cruzadas fue la caballería, espléndido episodio de la historia europea, entre el planteamiento del cristianismo y la revolución de Francia. Era una exaltación de la generosidad, de la delicadeza, del pundonor, del desinterés, la que determinaba las acciones, consagraba las hazañas y purificaba los fines. La religión y la mujer eran los ídolos de los caballeros. Parte de estos sentimientos debían su origen a los Árabes, grandes mantenedores de la palabra, fidelísimos a la hospitalidad, y parte a los Germanos, entre los cuales la mujer era mucho más respetada que por los Romanos y los Griegos, y en cuyo país cada hombre tenía su importancia personal y su responsabilidad, y se dedicaba a las armas hasta en los juegos.
Los romances y novelas que de ella se nutrían, la hacen remontar hasta la tabla redonda del rey Arturo o a los paladines de Carlomagno. Sólo después del año mil, cuando hubieron cesado las guerras de invasión, la caballería adquirió desarrollo en toda Europa, siendo sobre todo galante en Francia, severa en la Germania, aristocrática en Inglaterra y menos refinada en Italia; no existió en Grecia ni en Rusia. En todas partes adquirió un carácter conforme a la índole de los pueblos. Al principio predominó en ella la guerra; luego la galantería, y por último el falso entusiasmo y las exageraciones que la hicieron ridícula.
Los símbolos expresivos que acompañaban a todos los actos de la Edad Media, se multiplicaron en la caballería. El joven hijo de Caballero, era educado en el castillo de manera que se acostumbrase al manejo de las armas, al celo de la nobleza adquirida, a la cortesanía, a los galanteos, a las visitas, a los viajes, a la montería y a la caza. A los catorce años, el mancebo era armado escudero por el sacerdote que le ceñía la espada bendecida y las espuelas de plata; y se ponía a las órdenes de algún paladín, hasta que por sus servicios y por sus empresas mereciese ser armado caballero. Esto se hacía en solemnísima ceremonia, precedida de baños y ayunos, de vigilias y oraciones; su paladín le daba tres golpes de plano con la espada y un abrazo, y se le ponían las espuelas de oro.
Deberes de todo caballero eran defender la religión, las iglesias, los bienes y los ministros de las mismas; sostener al débil, a los huérfanos y a las mujeres; mantener la palabra empeñada; no obrar nunca por interés ni por pasión, y guardar fidelidad a su señor. Contraían a menudo la mutua fraternidad de las armas, compartiendo las fatigas y la gloria. El que faltaba a sus deberes era degradado. La Iglesia, si no fue la inspiradora de tales sentimientos, los alimentó y depuró al menos. En parte verdaderas, pero en gran parte imaginarias, son las aventuras que a los caballeros se atribuyen en una infinidad de novelas; y si bien degeneró después la caballería por las exageraciones satirizadas en el Don Quijote, sobrevivió el caballero en el gentilhombre, orgulloso de su cuna, delicado en lo tocante a la reputación, independiente en presencia de sus superiores, cortés con el bello sexo, como se conservó hasta la invasión de la democracia.
La asociación de la Iglesia con la milicia se consumó por medio de las órdenes religioso-militares. Los Hospitalarios de san Juan (cap. 148) fueron instituidos por los Amalfitanos, y comprendían eclesiásticos para el socorro de las almas, legos para los servicios corporales y caballeros de armas encargados de proteger a los peregrinos, presididos por un gran maestre.
Algunos franceses siguieron el ejemplo de estos, fundando la Orden de los Templarios, tutela de peregrinos también, y al mismo tiempo cruzada permanente contra los infieles. Uniéronse a ellos los caballeros Teutónicos, con hospitales y oratorios, quienes más tarde adquirieron en la Germania un poder soberano. A imitación de estos se instituyeron los caballeros de San Lázaro, consagrados principalmente a curar a los leprosos, y unidos después a la Orden de San Mauricio; los caballeros del Oso, los del Silencio, los de la Estrella Roja, los de San Miguel; la Orden de Calatrava, para rechazar a los Árabes de España; la de Santiago, la de Porta-Espadas, contra los Livonios, en Prusia; la del Toisón de Oro en la Borgoña; en Italia los Gaudentes, los caballeros del Lazo, y la Orden Constantina, a la cual pertenecieron los últimos Comnenos, y que heredaron los Farnesio, y la Orden saboyana de la Anunciata. La espuela de oro era conferida por los Pontífices. Estímulo al principio de noble celo, valor y caridad, todas estas órdenes fueron degenerando hasta trasformarse en títulos de simple vanidad.

129.- Escudos, divisas, emblemas, apellidos
De estas instituciones caballerescas derivan, y con ellas se conexionan los escudos y divisas. Los caballeros debían consagrar especial cuidado a tener sólidas armaduras para el ataque y la defensa, y buenos caballos, algunos de los cuales unieron su fama a la de sus jinetes, haciendo que sus nombres pasaran a la posteridad (Frontín, Brilladoro, Rabicán, Babieca).
El escudo era la pieza principal de la armadura, y se distinguía por signos particulares, sencillos al principio y complicados después; calificaba al caballero y concluyó por ser adoptado por toda su familia. La cruz era el distintivo más común de los Cruzados, si bien variaba de forma y de color; después fueron introduciéndose ciertos emblemas y colores determinados, costumbre que dio origen a la complicada ciencia de la Heráldica o arte de los blasones, que forma con pocos elementos interminables variedades. Principal cuidado del caballero, y después de la familia, era el conservar sin mancha las armas y los blasones, que ostentaban en las banderas, en los castillos y en los trajes. Las ciudades y las naciones adoptaron escudos y colores, que se fueron complicando con los de las familias y de los países unidos.
La custodia de estos emblemas estaba confiada a los heraldos, que con el propio escudo representaban al señor o a la ciudad, en cuyo nombre se presentaban, reunían al pueblo, llevaban los carteles de desafío y castigaban la deslealtad.
Con frecuencia los escudos iban acompañados de lemas, y en el siglo XV se ocupaban los literatos de contentar la vanidad y el capricho de sus Mecenas, inventando figuras simbólicas con frases adecuadas a la expresión de un sentimiento o a una situación de tal o cual persona. Estos motes se convertían en consigna de guerra.
Mientras que los nobles adquirían un documento que indicaba su categoría, tomando el título del castillo o del feudo que poseían, el vulgo se limitaba a tomar un nombre. Poco a poco se introdujeron en la plebe misma los apellidos deducidos del país, del oficio, de los defectos, de las cualidades de cada cual, y después de haber sido personales, se hicieron hereditarios. En vez de tú, que los Romanos usaban hasta con el emperador, se introdujo el tratamiento de vos, el de señoría, el de excelencia, el de alteza; el don, reservado a los abates, se comunicó a todos los curas y por fin a los seglares.

130.- Torneos, cortes de amor, gaya ciencia, diversiones
Los torneos eran juegos militares, donde los caballeros se lanzaban al combate con armas corteses, rivalizando en destreza y en valor. Las grandes solemnidades de la Iglesia, las coronaciones, los bautizos, los matrimonios de los príncipes, una victoria, una paz, todo eran ocasiones para torneos. Un heraldo, acompañado a menudo de dos doncellas, iba de castillo en castillo, llevando cartas y carteles a los adalides de más nombradía y convidando a todos los valientes que encontraba en el camino. No entraban en liza más que los que habían dado pruebas de nobleza y presentado su escudo sin mácula. Espléndidos pabellones manifestaban la emulación que se establecía entre los concurrentes a fin de excederse en magnificencia. Se construían tiendas para dar abrigo a la muchedumbre; se alzaban tablados, a veces en forma de torres de muchos pisos, cubiertos de tapicería; se obsequiaba a los vencedores con ricos donativos y espléndidos banquetes. En los torneos era donde se hacía mayor ostentación de escudos, empresas y divisas. Carruseles, sortijas, quintanas, pasos de armas, eran combates de género diverso. El pueblo vociferaba, animado por la generosidad de los señores que distribuían dinero, víveres, trajes, y a veces hacían manar vino de las fuentes.
No siempre se terminaba con aplausos y cantos, y no era raro ver convertido el juego en una verdadera batalla, donde los caballeros quedaban heridos y a veces muertos. En un torneo murió el hijo de Enrique II, rey de Francia, en 1559.
Las mujeres alcanzaban sus triunfos en las cortes de amor. Hemos indicado ya cómo fue creciendo el respeto a las mujeres, que se convirtió en veneración merced a la caballería. Los monasterios se convertían en un medio de emancipación para la mujer. Las leyes de los Bárbaros hicieron lo que estuvo vedado a los códigos de la sabiduría antigua; tomaron bajo su protección el honor de las mujeres de condición libre, y hasta la virtud de las esclavas; concediéronles derechos no disfrutados hasta entonces, como el de heredar y hasta el de subir al trono. Jaime II de Aragón ordenó que se dejara pasar sano y salvo a todo hombre, caballero o no, que acompañase a una mujer, a menos que fuera culpable de homicidio. En la abadía de Fontevrault, las mujeres eran superiores a los hombres.
Al par de la caballería, se introdujo la gaya ciencia, que enseñaba las reglas del amor, considerado como el complemento de la existencia del caballero, el manantial de las proezas y el conjunto de las virtudes sociales. Asociando ideas religiosas, caballerescas y feudales, a ningún hidalgo debía faltar una dama a quien dedicar sus proezas. Estableciéronse preceptos y reglas, que degeneraron pronto en sutilezas y exaltaciones ridículas. En las cortes de amor se constituían tribunales, donde las mujeres, ayudadas por los caballeros, y hombres de leyes, sometían a discusión algunos puntos del arte de amar, por ejemplo: Si es mejor el amor que se enciende, o el que se reanima; si es preferible beber, cantar y reír, o bien llorar, amar y padecer; quien no sabe ocultar, no sabe amar. Presentábanse cuestiones y disputas de amantes; se discutía, y se pronunciaba el fallo, que formaba la jurisprudencia de aquella extraña legislación, donde la galantería pronto degeneró en necedad. Estas instituciones cayeron también con la caballería, cuando, al albor de nuevos tiempos, llegaron a ocupar los espíritus frívolos pensamientos más serios.
Esto ya indica que aquella edad, que se llamó de hierro, no siempre fue feroz y sanguinaria. Las diversiones eran poco comunes, pero espléndidas, y no se celebraban en casas particulares ni en teatros, sino al aire libre, con el concurso de todo el pueblo, invitado a gozar, si no a tomar parte en ellas. Eran esplendidísimas las mesas bancas, donde acudían músicos, cantores, saltimbanquis, charlatanes, volatineros y bufones, quienes recibían vestidos, comida y dinero. Se servía de comer en los patios y en los prados a todo el que llegaba. Las viandas que se servían en solemnes ocasiones, eran más bien de gran coste que de fino gusto; presentábanse en la mesa lechones y jabalíes enteros, pavos con sus colas, y toda clase de aves y piezas de caza; todo entre cantos y música.
La caza era la diversión favorita de los nobles, para quienes estuvo al principio reservada. Los feudatarios prohibieron a los villanos, bajo severísimas penas, molestar a los animales de caza, a pesar de que devastaban los campos. Se introdujeron después las cacerías simuladas, especialmente la del toro.
Los habitantes de las ciudades, habiendo recobrado su libertad, introdujeron juegos públicos, ya por el carnaval, ya en conmemoración de algún acontecimiento notable. El parque y el circo en Milán, el Campo Fiore en Verona, el Campo Marzo en Vicenza, el Prado en Padua y en Luca, eran teatros de tales festividades. Venecia, sobre todo, era renombrada por sus fiestas, siendo notables la de las Marías, la de los pájaros y palomas, la de las regatas, y la de los esponsales del mar.
El carnaval se celebraba con mascaradas cuya costumbre no ha desaparecido todavía. Los cronistas no omitían jamás la descripción de bailes y fiestas, que no carecen de importancia.
La Iglesia celebraba también sus fiestas, con mercados y ferias, por las grandes solemnidades. La gente acudía tanto más, cuanto que se trataba de sitios exentos de impuestos y protegidos contra el predominio de los señores. La poca cultura de la época excusa que con las funciones religiosas se mezclasen indecorosas bufonadas, como la fiesta de los burros y ciertas representaciones. Pero estas representaciones, llamadas misterios, fueron el verdadero origen del nuevo arte dramático. Al principio se imitaba la pasión de Cristo y algunos hechos de santos y de mártires; luego se compusieron escenas, con versos a propósito, donde intervenían patriarcas, santos, ángeles, hasta diablos, y el mismo Dios. Había hermandades que tomaban bajo su especial cuidado aquellos misterios: primer paso para la formación de las compañías dramáticas. No tardaron en transformarse tales instituciones, representando asuntos profanos, y hasta exhibiendo farsas ridículas, cuando no escandalosas.
A los juegos tumultuosos se unieron los privados y los de azar, a cuya pasión se opuso siempre la Iglesia, si bien con escaso éxito. Hasta mediados del siglo XV no se hace mención de la lotería. El ajedrez vino del Oriente, quizá en tiempo de las Cruzadas. Los naipes aparecen a mediados del año 300; estaban pintadas con esmero y lujo, y fueron uno de los primeros usos a que se aplicó la imprenta.

131.- Los Trovadores
Ornamento y vida de las fiestas de la edad media eran los poetas, a menudo confundidos con los bufones y juglares. Muy distintos eran los Trovadores, primeros poetas de la moderna civilización. En la Provenza se conservaban vestigios de la sociedad romana en los municipios, en la lengua, en el comercio; y durante la larga paz que ofreció el reinado de príncipes nacionales, pudo florecer la literatura, cultivada por apasionados cantores. Valiéndose de la lengua de oc, inspiráronse éstos en la gaya ciencia para cantar a las damas y a los caballeros, las armas, los amores, la cortesía y las audaces empresas. Sus poesías líricas con mejor apreciadas al canto que a la lectura. Introdujeron la rima, ya iniciada por los Latinos de la decadencia. No afectaban erudición, ni imitaban a los clásicos, que probablemente desconocía; expresaban sentimientos, disponiendo las palabras de manera que produjeren buen efecto al oído, y agradasen a caballeros y a damas ignorantes en punto a bellas letras. La mayor parte de sus composiciones son amorosas; de vez en cuando se complacen en versificar sobre cosas y personas sagradas, o ensalzan a los valientes y satirizan o hieren a los cobardes y a los tiranos; o bien cantan aventuras, cuyo protagonista es con frecuencia el mismo Trovador. Iban de castillo en castillo, celebrando a las bellas y a los paladines, y ganando así trajes y comida, y brillaban sobre todo en las cortes privadas y en los torneos. Algunos alcanzaron fama duradera, como Bertrand de Born, Princivalle de Oria, Pedro Cardenal, Bernardo de Ventadour, Rambaldo de Vaqueiras, Pedro Vidal, Sordello de Mantua, Maestro Ferrari de Ferrara.
La lengua y la literatura provenzales fueron trasladadas luego a Aragón, donde los Trovadores continuaron por mucho tiempo. Enrique, marqués de Villena, indujo a Juan I de Aragón a instituir en Barcelona una academia por el estilo de la de Tolosa; pero fue de breve duración. A mediados del siglo XV, compuso versos en aquella lengua Ausiàs March de Valencia, a quien se ha querido comparar con Petrarca, tanto por su mérito como por sus aventuras. Omitimos a otros de menos importancia.
Uno de sus méritos consistía en tener siempre dispuestas relaciones con que amenizar los banquetes y las tertulias. La viva imaginación de aquellos tiempos había mezclado con la verdadera historia, y mayormente con la sagrada, una infinidad de narraciones apócrifas, de aventuras extravagantes, que hasta mucho tiempo después sirvieron de asunto a las bellas artes. En aquellas leyendas tomaba gran parte el diablo, que personificaba la inclinación mala del hombre, y aparecía con frecuencia vencido y burlado. A veces las artes, por no haber expresado bien un pensamiento, o también los símbolos mal interpretados, daban origen a leyendas. Pintábase a San Nicolás de Mira teniendo al lado tres catecúmenos sumergidos en la fuente bautismal, y de figura más pequeña para indicar su inferioridad; el vulgo creyó que eran tres niños y que el santo les había resucitado y sacado de la caldera donde cocían para cumplir un impío voto. El cerdo, que a los pies de San Antonio debía significar la victoria de este santo sobre el enemigo infernal, dio lugar a extravagantes leyendas. Muchísimas eran los que tendían a excitar la devoción y a aumentar los sacrificios por los pobres muertos. A veces, estas leyendas toman la extensión de novelas como los Siete durmientes, el Barlaam y Josafat.
La devoción no era la única que inspiraba las narraciones de aquel tiempo; y el patriotismo, la fidelidad en amor y la execración de las guerras civiles formaban con frecuencia el asunto de las novelas. El amor patrio atribuía a cada ciudad orígenes troyanos o apostólicos, y la hacía teatro de los más extraordinarios acontecimientos. Las novelas que se inspiraban en la caballería, fabulaban la historia de Arturo, de Merlín, de Carlomagno, de Alejandro; y las que se inspiraban en la vanidad de familia, inventaban genealogías y las llenaban de héroes. Muchas fueron tomadas de los Orientales, como las Mil y una noches, El libro de los siete consejeros, del indio Sendebad, las fábulas de Kalila y Dimna; y fueron la fuente donde bebieron los poetas posteriores. Innumerables son las novelas que siguieron, y han adquirido celebridad Los reales de Francia, el Guerino Mezquino, el Orlando enamorado y el Furioso.
Muchas de aquellas historietas sobrevivieron y parecen superiores a cuanto se inventó después, como la de Imelda de Lambertazzi, de Julieta y Romeo, de Pía de Siena, de Francisca de Rímini, de Pedro Baliardo, de Guillermo Tell, de Ginebra de Almieri, de Don Juan y de Fausto.

132.- Segunda y tercera Cruzada
1141 - San Bernardo – 1149 El reino de Jerusalén se vio agitado por disturbios de que se aprovechó Zengui, Soldán de Iconio, quien se apoderó de Edesa, reconquistada luego por los Cristianos y vuelta a tomar por Nureddin, el cual por los poetas y los Imanes fue saludado emperador de Islam. Presumiendo los Cristianos que también conquistaría a Jerusalén, dirigieron sus súplicas a Europa, donde se empezó a hablar de una nueva Cruzada, y mucho más cuando la proclamó Bernardo (1091-1155), abad de Claraval, uno de los más altos personajes de la edad media, orador elocuentísimo, teólogo cuyas ideas se derivaban de las de San Agustín; autor de una nueva Orden, cuyos prosélitos se dedicaban a la cultura de los campos. Penetró en la política de su época, operando reconciliaciones, corrigiendo errores y persiguiendo a malvados. Propúsose renovar la Cruzada, y aconsejola a Luis VII de Francia, al Papa Eugenio III y al Emperador Conrado III. No se procedió, empero, con el entusiasmo de Pedro el Ermitaño; se hicieron provisiones, cajas comunes, buenas armas y mandos regulares. Contrariado por los Griegos, Conrado tuvo al principio adversa fortuna; habiéndose reunido en Nicea con el rey Luis, siguieron adelante; pero ya las traiciones, ya el valor del enemigo acobardaron a los Cristianos, que, después de inmensos sacrificios, regresaron a Europa.
Los Cristianos establecidos en la Siria habían perdido ya parte del valor y de la piedad desinteresada de los primeros conquistadores; y se habían aficionado a la nueva patria, adquiriendo propiedades, contrayendo vínculos de parentesco y modificando el idioma con voces indígenas. Todos preferían conservar lo adquirido por medio de la paz, a ponerlo en riesgo por nuevas batallas. Solo las órdenes militares conservaban el espíritu guerrero; pero sus individuos, orgullosos con sus riquezas y con el continuo ejercicio de su valor, miraban con recelo a los señores occidentales, y hubieran visto con sentimiento sus victorias.
La razón aconsejaba que los enviados no se contentaran con lanzarse sobre Jerusalén, sino que al mismo tiempo fundaran colonias en toda la costa del mar; las cuales habrían ejercido grande influencia aún en el lejano porvenir de Europa, pues que habrían cortado el paso a los Turcos.
1136 En medio de los intereses parciales que agitaban la Europa y conducían a la conquista de las franquicias, de la nacionalidad y de la ciencia, un interés general atraía siempre las miradas y los ánimos hacia la Palestina, donde todos tenían religiosos intereses y conciudadanos que peleaban y que padecían. Con el éxito, los Musulmanes sintieron renacer su ardimiento, y los Cristianos, que uniéndose hubieran podido redimir toda el Asia Anterior, malgastaban en particulares empresas un valor tan impetuoso como insensato. Noradino, uniendo la abnegación al valor, era ferviente en las oraciones, favorecía las letras, y mantenía una disciplina severa entre los soldados, no permitiéndoles otra patria que el campo de batalla. A su Edesa unía siempre nuevas adquisiciones y fijó su residencia en Damasco. Como el de Bagdad, el califa de El Cairo se hallaba reducido a los ejercicios del culto, y Noradino, con la aprobación del primero, movió guerra al otro invadiendo el Egipto. Este llamó en su ayuda a Amalrico, sucesor de Balduino III en el reino de Jerusalén, quien después de haber tomado a Alejandría, aceptó cincuenta mil monedas de oro por salir del país, después de canjear los prisioneros. Los tesoros que trajo, le hicieron concebir la idea de conquistar aquella comarca, pero fue obligado a retroceder. Schirkú, emir de Noradino, depuso al califa de El Cairo, y terminó el cisma de los Fatimíes.
Saladino Terrible para los Cristianos fue Saladino, quien después de haber reunido bajo su mando los dominios de Noradino, se lanzó a exterminar la cruz.
1186 El reino de Jerusalén era con sobrada frecuencia perturbado por discordias intestinas, y también se combatí allí a menudo por las disidencias de Europa. Guido de Lusignan, elegido rey e incapaz de sostenerse, fue hecho prisionero con la flor de sus caballeros por Saladino, quien hizo matar a todos los Hospitalarios y Templarios, y se apoderó de Jerusalén, donde las colinas de Sión resonaron nuevamente con el grito de Alá.
Al saberse tal noticia, Urbano III murió de pesadumbre; Gregorio VIII excitó los ánimos a una nueva Cruzada, y su sucesor Clemente III la vio conducida por Federico Barbarroja. Otra vez el emperador de Constantinopla, por celos o temor, opuso obstáculos a la empresa; Federico se ahogó en Cicilia, y su ejército fue exterminado por enfermedades. Enrique II de Inglaterra se reconcilió con Felipe Augusto de Francia, y ambos juraron no deponer la cruz hasta haber recobrado la Palestina; ordenaron bien la empresa y reunieron su armamento en Mesina.
1198 – 1193 – 1197 En tanto, Saladino extendía sus conquistas, y a los Cristianos no les quedaba ya más que Trípoli, Antioquía y Tiro. A esta puso sitio aquel, pero de todas partes acudieron caballeros a defenderla, obligaron al enemigo a retirarse, y asediaron a Tolemaida. Saladino, una vez proclamada la guerra santa, disponíase a guiar a los Musulmanes a Europa; pero se lo impidió la llegada de Felipe Augusto y de Ricardo Corazón de León, hijo del rey de Inglaterra, quienes al cabo de tres años se apoderaron de Tolemaida. Habiendo quedado solo, Ricardo realizó heroicas empresas, pero no tuvo más remedio que pactar con Saladino, cuando los intereses de su país y las rivalidades de Francia y de Germania, le obligaron a regresar a Europa. Ríos de sangre había costado la tercera Cruzada, que fue el verdadero apogeo de la caballería; tanto que el mismo Saladino quiso adornarse con ella. Este murió a la edad de 57 años, dejando por toda fortuna privada cuarenta y siete monedas de plata, y una de oro, y su Estado fue repartido entre sus hijos y los emires Ayubíes, que no tardaron en hostilizarse entre sí, del mismo modo que se hacían mutuamente la guerra los príncipes cristianos por la sucesión al trono de la perdida Jerusalén, que por último se dio a Amalrico de Lusignan, rey de Chipre.

133.- Mejoramiento del pueblo
En medio de todas estas empresas, realizábase un gran cambio en la condición del pueblo. Este, aunque oprimido por la preponderancia de los feudatarios, había mejorado relativamente a los tiempos antiguos. La población agrícola, era la que más había padecido en las invasiones de los Bárbaros; los colonos, empero, eran distintos de los esclavos romanos, pues aun siendo siervos, eran dueños de su propia persona, y reconocidos por el cristianismo como hermanos y responsables de sus propios actos. La esclavitud no fue abolida de un golpe por el Evangelio, porque de este modo hubiera acarreado sangrientas revoluciones; se continuó el tráfico de esclavos, mayormente con aquellos que eran prisioneros Bárbaros o infieles. Pero la Iglesia proclamaba la igualdad de los hombres; las leyes protegían al esclavo mismo, y la economía demostraba cuanto más productivo era el trabajo de los hombres libres.
Durante el feudalismo, la distinción entre vencedores y vencidos se aminoraba con el hecho de vivir los unos cerca de los otros, en el campo y en los castillos, donde se multiplicaban los contactos por las necesidades del servicio y de la defensa. Estando unida la jurisdicción a la propiedad, los colonos de hecho dependían del señor, contra el arbitrio del cual algunos buscaron la defensa en la unión, y constituyeron ligas para sublevarse contra el castellano y exigir de éste que les respetase la vida, los bienes y las mujeres, y les permitiese hacer testamento y heredar, salir a comerciar, y dedicarse a artes y oficios. Esto de vez en cuando se obtenía a la fuerza, y otras veces por medio de pactos, reduciendo aquella servidumbre a tarifas e impuestos que se retribuían al señor. Este no sacaba gran cosa de sus vastísimos dominios, cultivados negligentemente por siervos de la gleba que ninguna ventaja obtenían de aquel cultivo; por esto se subenfeudaban las tierras a vasallos inferiores; los señores las cedían gustosos al mismo labrador, reservándose una renta perpetua y el derecho a ciertos servicios, o a la capitación; y todas estas obligaciones se redimían a veces, cuando el señor tenía necesidad de dinero.
Era ventajoso para los feudatarios que prosperasen, las aldeas, y aquellos atraían la gente del campo con privilegios o con disminuir la opresión. El clero también mejoraba la condición de la clase ínfima, ora abriendo sus filas a los esclavos, ora haciendo mejores condiciones a los agricultores o a los que se establecían alrededor de los conventos, formando aldeas y ciudades; ora acogiendo mercados y ferias a la sombra del asilo eclesiástico, o a los fugitivos de la tiranía señorial. Además, la emancipación de los esclavos se verificaba generalmente en las iglesias, atribuyéndoles un mérito de caridad.
Por tantos caminos, podía, pues, llegar el esclavo a la emancipación y los campos a ser cultivados por brazos libres. Los colonos pedían a los reyes privilegios y exenciones, y éstos los concedían gustosos, con el intento de disminuir el poderío de los barones. El espíritu de asociación, propio de los Germanos, hacía que muchos se agregasen, principalmente los miembros de una misma familia, para hacer común el trabajo y los productos. Tales asociaciones eran frecuentes sobre todo entre los artesanos, y la más antigua de que hallamos mención es la de los Magistri comacini, que se esparcían para fabricar. Muchos ejemplos de estas sociedades se encuentran en Italia, donde son muy raros los de asociaciones entre villanos.
De este modo, bajo el feudalismo, se reconstituía la familia en el aislamiento del castillo, y en las asociaciones de todas las clases, tendiendo a dar estabilidad a los patrimonios y a los sentimientos, y a realizar mayores intereses. Los barones tenían que tratar mejor a los villanos, y castigar a todo el que causase perjuicio a los colonos, violase la propiedad o estropease los canales; se facilitó la permuta de heredades por no llegar a un fraccionamiento extremado; se prohibió algunas veces el embargo de los instrumentos y de los animales dedicados a la agricultura, y también del vestido del día de trabajo; atenciones desconocidas de las leyes antiguas.
Mientras que entre los Romanos, los campos eran sacrificados a la ciudad por la esclavitud, en el feudalismo apenas se hace mención de las ciudades. En estas habían quedado algunos Romanos libres, mejor tratados por los Bárbaros, porque con su muerte se perdía completamente la propiedad, que se mantenía de los servicios que podía prestar con su cuerpo, con las artes, con las letras o con tributos. Cuando los emancipados se aumentaron hasta el extremo de no bastar a su sustento la agricultura, acudían a las ciudades para dedicarse a oficios o a servicios libres. La prosperidad del comercio y de la industria les favorecía; así se formó una tercera clase, entre las dos que subsistían en el feudalismo, los propietarios de tierras y los no propietarios.
Sin embargo, los ciudadanos no tenían relaciones directas con el rey, pues dependían aún del feudatario. Parecíales útil, por lo tanto, unirse en asociaciones particulares de artes y oficios; acudir, por lo tocante a la justicia, a las curias eclesiásticas, y elegir representantes (scabini) para tratar y dirigir los propios intereses y asistir a los juicios.
A medida que iban creciendo, natural era que aspirasen a sacudir el yugo feudal, a desprenderse del terruño, o conquistar la personalidad.
El levantamiento del bajo pueblo contra la aristocracia territorial fue un movimiento común en toda la Europa feudal; y es un error considerarlo como una aspiración a la república, cuando era puramente social.

134.- Los Comunes
El municipio era probablemente la más antigua organización civil europea, antes de las conquistas de Roma. La misma Roma fue un municipio, que prevaleció sobre los demás de Italia, y luego sobre todos los de Europa, reduciendo los gobiernos parciales a una administración única. Tales los vemos a la descomposición del Imperio, y tales los encontraron los Bárbaros, que al parecer no aniquilaron toda la forma del régimen comunal, no por indulgencia, sino por ignorar con qué orden iban a sustituirla; de modo que a los vencidos les quedó algún resto del gobierno patrio, lo menos precario que consintió la opresión guerrera. Las instituciones municipales sobrevivieron hasta al idioma, como en algunas ciudades del Rin, de donde se extendieron a otras que florecieron después. Con mayor razón esto debió suceder en Italia, muchas de cuyas ciudades jamás fueron conquistadas por los Bárbaros, como Roma, Nápoles, Gaeta, Pisa y Venecia. Érales enviado un magistrado de Constantinopla, pero concluyeron por elegirlo entre sus propios ciudadanos, mayormente cuando los emperadores hubieron declarado la guerra a las imágenes.
Además del elemento romano, contribuyeron a formar los Comunes el germánico y el cristiano. Como hemos visto, en el campo cada hombre se unió a la tierra y corrió la misma suerte que esta. En cuanto a las ciudades, la mayor parte no dependían de un feudatario, sino de un conde, magistrado real, el cual disminuyendo cada vez más la dependencia, hacía que aquellas quedasen solo protegidas por un emperador débil y lejano, que cambiaba con frecuencia el centro de su poder de Germania a Italia. De modo que a medida que se desacreditaba la autoridad real, se robustecía el poder feudal. Las ciudades hubieran podido libertarse completamente del dominio imperial, pero prefirieron deber al emperador su inmunidad, es decir el derecho de ejercer su propia jurisdicción sin el conde regio; y según la ley feudal no le pedían propiamente como un derecho, sino como una concesión. Los obispos obtuvieron la inmunidad, a despecho de los condes, y lograron que se hiciese extensiva al clero y a sus bienes, y hasta a la ciudad en que residían. Los reyes se alegraban de mandar directamente al pueblo sin la mediación de los barones, que habían convertido los feudos, de vitalicios en hereditarios. La Iglesia se hallaba ya constituida popularmente, sin que fuesen hereditarios los bienes ni las dignidades, y teniendo asambleas propias; de modo que ofrecía un modelo imitable a los gobiernos seculares que se constituyesen. Cuando los obispos entraron en las asambleas regias y tomaron parte en las elecciones de reyes y emperadores, pudo decirse que se elevaba el pueblo; fácilmente obtuvieron la jurisdicción en su propia ciudad, no quedando al conde más que el campo, que se llamó condado. Entonces el pueblo no se halló ya dividido en dependientes del rey y dependientes del barón o de la Iglesia, y formó un solo Común, sometido a un mismo tribunal, y al vicario secular del obispo, llamado vizconde. Los obispos trataban de arrebatar al conde y a los señores la autoridad que les quedaba. Por esto el rey Conrado Sálico dictó la famosa ley de los feudos (cap. 117), estableciendo que también los pequeños feudos se trasmitiesen por herencia, y que no pudieran quitarse sino en virtud de sentencia de los scabini.
El movimiento que describimos no dejó sino asociaciones limitadísimas y poderes meramente locales, y ayudó a las ciudades a constituirse fácilmente. Otón el Grande contribuyó a ello para deprimir a los feudatarios y hasta a los obispos, concediendo la inmunidad a las ciudades, que obtuvieron además mercados, peajes y justicia. Otros reyes vendían estas regalías para remediar a la penuria del tesoro, o para obtener partidarios en los conflictos.
El movimiento no podía realizarse sin choques; vinieron a las armas los menores con los mayores vasallos; todos comprendían la necesidad de procurarse hombres, y los alentaban con concesiones, descargos y pequeños dominios. Mientras vacaban los obispados, las ciudades se regían por magistrados propios.
La libertad a que se aspiraba no era la política; era la libertad material de poder ir y venir, de vender, comprar, poseer lo adquirido, y trasmitirlo a otro, de gozar de la tranquilidad doméstica y personal que asegura actualmente todo buen gobierno.
De consiguiente, los Comunes no fueron concesiones reales, sino consecuencia de la insurrección popular; no reforma administrativa, sino movimiento democrático para proteger a los más contra los menos. No fue aquello una lucha contra los reyes; antes bien se buscaba su apoyo para sacudir el yugo feudal. La institución de los Comunes cambiaba el organismo político, puesto que el Común mismo entraba en el orden feudal; y como cada cual tenía un señor distinto, fueron diversas y múltiples las revoluciones. Realizadas las de las ciudades, sirvieron de ejemplo y apoyo a las poblaciones rurales, que expulsaron a los exactores y a los satélites del barón, atacándolo a él mismo en su castillo; en último recurso, se refugiaban en las ciudades.
Hallándose entonces en lucha el Imperio con el sacerdocio, se hallaron sometidas a examen las competencias de una y otra autoridad y la legitimidad del poder emanado de la fuerza; y ambas partes tuvieron que buscar su apoyo en la plebe. Durante las largas vacantes de los obispados, ocasionadas por esto mismo, las ciudades, que habían obtenido la inmunidad de los condes, se declaraban también independientes de los obispos, y se regían por propios ciudadanos.
Ayudaron al movimiento comunal las asociaciones, derivadas de las costumbres germanas; y las diferentes corporaciones de artes y oficios se constituyeron pronto en sociedades políticas hasta adquirir gran dominio; excluían del gobierno a quien no pertenecía a ellas, y mayormente a los nobles. No tardaron en fijar estatutos sobre el modo de gobernarse y de administrar justicia. También quisieron tener sus armas y su sello, y generalmente tornaron el nombre del Santo que elegían por patrono.
En Italia, las ciudades habían recogido armas y se habían rodeado de murallas durante la invasión de los Húngaros (cap. 111). Además, la aristocracia no había echado allí tan profundas raíces; los reyes residían en Germania, y aspiraban a dominar más bien por medio de la opinión que de la fuerza, pues de hecho dependían de los vasallos; y puede decirse que la Roma papal fundó tantas repúblicas, como había destruido la antigua Roma.
Mientras Otón III combatía contra sus émulos en Alemania, los Comunes hallaron menos obstáculos para constituirse, obligaron a los barones a vivir en la ciudad, al menos gran parte del año, sometiéndoles así a las leyes comunes; algunos demolieron el palacio real y obtuvieron que el rey no volviese a penetrar en recinto amurallado; y retrocediendo a la antigua costumbre, eligieron para el gobierno, no ya scabini, sino cónsules.
Cuando hubieron sacudido el yugo, trataron de asegurar sus derechos, haciendo que los confirmara el rey en las que llamaban Cartas de Común, con las cuales les reconocía la libertad. En estas cartas se especificaban los agravios que concluían, las cargas que habían de satisfacerse, y los juramentos que se habían de prestar. De estas se encuentran pocas en Italia, porque en unas ciudades duraba todavía el Común romano, y en las otras bastaba referirse a las primeras. Sin embargo son conocidos los privilegios que exigieron Venecia, Pisa, Mesina, Menagio del lago Como, Luca, Milán, y otras.
Entonces prosperaron también muchas aldeas, la mayor parte alrededor de iglesias y monasterios. Algunos Comunes tuvieron que sostenerse por la fuerza de las armas, mayormente los de Montferrato contra los poderosos duques y marqueses. Algunos grandes señores se mantenían en sus castillos, independientes de los Comunes, pero sin poder constituir jamás una sólida aristocracia.
Tenemos, pues, al vulgo convertido en un orden, a la riqueza mobiliaria colocada junto a la territorial, y al feudalismo, que antes componía toda la sociedad, restringido ya tan solo a la nobleza. Los nuevos Comunes eran muy diferentes de los antiguos; estos estaban formados por colonos procedentes de Roma, mientras que en la Edad Media eran los mismos vencidos quienes aspiraban a adquirir los mismos derechos que los vencedores. En el municipio romano, el jefe de familia era en su casa magistrado y sacerdote, en el de la Edad Media, el clero constituía una clase distinta e independiente, y la autoridad paterna se hallaba circunscrita dentro de los límites de la religión. Allí un corto número de ricos, estaban rodeados de una muchedumbre de esclavos; aquí la industria, por primera vez en el mundo, se emancipó y produjo riquezas y libertades.
En Francia y en Germania, las cosas se pasaron de un modo parecido; pero en Italia, donde no subsistían duques ni marqueses poderosos como reyezuelos, y había en cambio ciudades fuertes y florecientes, no tardaron los Comunes en convertirse en verdaderas repúblicas.
Pero aquellos hombres del estado llano carecían de experiencia, ignoraban el arte de la guerra y la ciencia del gobierno, y viéronse obligados a emprender una marcha vacilante, ya siguiendo el espíritu de las antiguas instituciones municipales, ya imitando la jerarquía eclesiástica, ya innovando a medida que se hacía sentir la necesidad. Téngase además en cuenta que habían de defenderse al mismo tiempo contra la autoridad de los reyes, de los señores y de los sacerdotes, y que les servía de obstáculo aquella mezcolanza de derechos y deberes religiosos, civiles y feudales. Por esto fueron confusas e inarmónicas las leyes y las jurisdicciones; diversos los grados de libertad. Acá y acullá se encontraban vestigios de la ley longobarda, franca y romana, ya en lo tocante a la propiedad, ya en los derechos personales. Y hallamos poderes de los cuales no existían en parte alguna la definición ni el límite; y asociaciones que, así como habían resistido al barón, contrastaban ahora con las magistraturas. A veces quisieron ejercer el poder de que habían sido víctimas, y excluyeron del gobierno, y aun de las leyes, a clases enteras, como en Milán y en Florencia a los nobles, entre los cuales se contaba a los delincuentes. No se tenía idea de la libertad política, tal como hoy la entendemos; desconocíase la representación; cada cual quería tener y ejercer una parte del poder. Los nobles y los propietarios trataban de defenderse uniéndose entre sí y con el rey o con el feudatario desposeído, lo cual daba origen a conflictos. Estos a veces se extendían de Común en Común; los menores eran absorbidos por los mayores, formándose de este modo pequeños Estados, que andando el tiempo habían de convertirse en naciones.
En tanto se había cumplido el más humanitario de los hechos, el de la emancipación de los esclavos. Ya la habían iniciado algunos prelados, reyes, condes y marqueses; continuáronla los Comunes, si bien nunca aparece constitución general alguna que abolezca [sic] la esclavitud; y hasta muy tarde hallamos el comercio de esclavos, alimentado con prisioneros infieles.
Adelantaba, pues, la igualdad de todos, no en virtud de súbita insurrección, sino paso a paso; la plebe mas ínfima se elevaba mediante la industria, mientras que los grandes señores, o a la fuerza o por temor al aislamiento, se hacían ciudadanos; y se sentía ya, si no la fuerza nacional, la dignidad de los hombres.

135.- El imperio. Guerra de las Investiduras
1111 – 1115 La Iglesia y el Imperio se hallaban al frente del sistema feudal. La idea de Gregorio VII de sobreponer la una al otro dio lugar a largos conflictos. Pascual II, deseoso de acabar con ellos, llegó al extremo de proponer que los eclesiásticos cediesen todos sus dominios temporales; proyecto que fue rechazado. El obstinado Enrique V penetró en Italia y se adelantó hasta Sutri, e hizo prisionero al Papa, que se avino afirmar un privilegio, en virtud del cual los obispos y los abates se elegirían libremente, si bien con el beneplácito del rey, el cual, antes de la consagración, los investiría con el anillo y el báculo. Con esta condición, Enrique restituiría todos los bienes quitados a la Iglesia romana; pero los cardenales anularon el acta, y excomulgaron al emperador, que se halló expuesto a los mismos peligros que su padre.
Condesa Matilde Murió entonces la gran condesa Matilde, que poseía el marquesado de Toscana, el ducado de Luca, Parma, Módena, Reggio, Ferrara, Mantua, Cremona, Espoleto, otras ciudades e infinitas posesiones, y dejó por heredera de todo a la Santa Sede. Enrique V pretendía los feudos, que recaían en la corona al terminar la línea masculina, y los bienes alodiales en calidad de próximo pariente de la difunta condesa. Pasó Enrique a Italia, ocupola, se apoderó de la herencia, invadió a Roma, y Pascual murió en el destierro. Gelasio II excomulgó a Enrique, y consiguió que se celebrase el concordato de Worms, por el cual el emperador renunció al derecho de dar la investidura del anillo y el báculo, dejando libre su elección; el Papa consentía en que los prelados de Germania fuesen nombrados en presencia del emperador, y aceptasen de éste las temporalidades, mediante el cetro.
1130 Los papas, pues, con tal de que fuera libre la elección, reconocían el alto dominio de los emperadores. En Francia y en Inglaterra se hicieron convenios parecidos; en Hungría, Polonia y Escandinavia, los reyes tomaron poca parte en las cuestiones eclesiásticas. Para aplacar al normando Roger, Urbano II le concedió el tribunal de la monarquía de Sicilia, por el cual él y sus descendientes disfrutaban del título de legados hereditarios o perpetuos de la Santa Sede, y llevaban en las funciones solemnes, sandalias, anillo, báculo, mitra y dalmática. Luego Roger II fue coronado rey de Sicilia, y recibió del Papa la investidura real, con la condición de prestar a la Iglesia romana el homenaje de una cantidad determinada.
Habiendo Inocencio II convocado en Letrán el X Concilio ecuménico, dijo a los 2000 prelados reunidos: «Roma es la capital del mundo; las dignidades eclesiásticas se reciben por concesión del Sumo Pontífice, a manera de feudos, y de otro modo no pueden poseerse».

136.- Otros emperadores. Barbarroja
Bajo los Otones y los príncipes sálicos, la política interior de los emperadores consistía en reprimir las pretensiones de los barones; y la exterior en asegurar las fronteras de Germania de los Eslavos y de los Húngaros. En Italia, su política estribaba en prevalecer sobre Roma y sujetar a las provincias que habían quedado a los Griegos. El mal éxito de esta empresa disminuyó el poder de los emperadores allende los Alpes, y más que todo el conflicto del reinado de Enrique III y del IV. Así fue que muchos señores, mayormente en Germania, se elevaron a la altura del rey, como los arzobispos de Maguncia, Tréveris y Colonia, los duques de Sajonia, Baviera, Franconia y Suevia, y el conde palatino, apoyándose todos mutuamente para debilitar al rey. Entre tales acontecimientos, alzábase además en Germania un tercer estado por medio del comercio y merced a los privilegios de las ciudades, en detrimento del poder de los barones. En Maguncia se reunieron 60 mil nobles Bávaros, Sajones, Francos y Suevos, para elegir al sucesor de Enrique V; elección que recayó en Lotario de Sajonia, el cual fue confirmado por el Papa, mediante la promesa de no poner obstáculos a la elección de los prelados. Cedió el ducado de Sajonia y muchos dominios a Enrique de Baviera, de la casa Güelfa, pero le fueron disputados por Federico de Hohenstaufen, duque de Suabia, por cuyo motivo empezaron entre las dos casas las hostilidades que perturbaron la Germania y la Italia, siendo conocidos los dos bandos opuestos con los nombres de Güelfos y Gibelinos. Para sostener a Inocencio II, contra el antipapa Anacleto, Lotario penetró en Italia, y fue coronado en Roma; el Papa le confirió la herencia de la condesa Matilde, como feudo de la Iglesia, convirtiéndose de este modo el emperador en vasallo del Pontífice (Homo fit Papaæ, recipit quo dante coronam). Pero Lotario, aunque favorecido por algunas, era contrariado por otras ciudades italianas; y el Papa y el antipapa contendían, por más que San Bernardo procurase conciliarlos.
1138 Con Conrado de Franconia subió al trono la casa de Hohenstaufen, que lo ocupó hasta 1254, combatida siempre por la casa Güelfa. Conrado condujo desgraciadamente la tercera Cruzada. No fue ceñirse la corona a Italia; de modo que los Comunes realizaron su revolución más fácilmente, uniendo los tres órdenes sin fusionarse, y eligiendo cada uno sus propios cónsules. Las ciudades que habían reconquistado su libertad no tardaron en hacerse la guerra; y combatieron Cremona contra Crem, Pavía contra Tortona, Milán contra Novara y Lodi. Esta última fue desmantelada y dispersados sus habitantes. Afortunadamente San Bernardo consiguió restablecer la paz.
Situación de la Italia En la Italia superior quedaban todavía muchos grandes feudatarios, como los marqueses de Monferrato y de Saluzzo, y los condes de Asti y de Biandrate. Los emperadores, para asegurarse el paso de los Alpes, habían dado el señoría de éstos a duques alemanes; la Baviera se extendía hasta Bolzano; los Güelfos y la Alemania hasta Bellinzona; el ducado de Friul hasta Mantua; al ducado de Carintia se incorporaron el condado de Trento y las marcas de Verona; de Aquilea y de Istria, que mientras tenían a raya por un lado a la Lombardía y por otro a los Húngaros, aseguraban el paso a los Alemanes.
La casa saboyana de Morienna procuraba extenderse al otro lado de los Alpes, ocupando los marquesados de Ivrea y de Susa que abrazó desde los Alpes Cotios hasta Génova, y desde Mondovi hasta Asti. En el Apenino toscano quedaban condes y marqueses, feudos inmunes y abadías, a los cuales no alcanzaba el movimiento republicano. Venecia, Génova, Pisa y Amalfi prosperaron con las Cruzadas y se hostigaron entre sí. En la Italia meridional, los Griegos sucumbían, y las ciudades, después de haber sacudido el yugo de sus capitanes, se constituían en repúblicas; pero pronto prevalecieron los Normandos.
Arnaldo de Brescia – 1141 En el centro dominaban los pontífices, pero rodeados de poderosos señores, independientes desde el momento en que el emperador se hallaba fuera de Italia. Y mientras que los pontífices ejercían su dominio en todo el mundo, no tenían casi ninguno en la ciudad de su residencia, donde los señores se fortificaban, ya en el Coliseo, ya en las Termas, y se batían entre sí. Arnaldo de Brescia se dedicó a censurar las costumbres del clero, y a combatir el poder eclesiástico; sublevó al pueblo, que proclamó la República, y habiendo recorrido Zúrich, Francia y Alemania predicando la revuelta y alistando tropas, las guió contra Roma, donde los Políticos (sus partidarios) derribaron las torres de los Frangipani y de los Pierleoni, y solicitaron el apoyo del emperador.
1152 – 1158 Conrado III no quiso fiarse del pueblo; pero Federico de Suabia, llamado Barbarroja, le sucedió y se propuso restablecer en Italia la autoridad imperial, disminuida por los Comunes. Solicitado por las ciudades vencidas, partió de los Alpes, y habiendo obtenido subsidios de los feudatarios, e intimidado a los Lombardos, penetró en Roma, donde Adriano IV (único Papa inglés) se hallaba reducido a la ciudad Leonina; mandó a la hoguera a Arnaldo, sometió a los barones y se hizo coronar. Pero las rebeliones del pueblo y las calenturas consumieron su ejército, y se vio obligado a volverse a Alemania. Pronto reaparecen las repúblicas lombardas, y Adriano IV pretende que el Papa sea superior al emperador. Federico vuelve con nuevas armas, y en la dieta de Roncaglia hace decretar que competen al emperador todos los derechos reales y todas las regalías, el derecho de hacer la guerra y la paz, y la elección de los cónsules y jueces, bastando el asentimiento del pueblo. Los leguleyos acostumbrados al derecho romano, y los señores que habían sido desposeídos por los Comunes, aplaudían aquellas doctrinas; pero los pueblos se estremecían de indignación al ver al emperador convertirse de soberano feudal en verdadero dueño de la Italia, y le negaron obediencia.
1162 El ejército imperial devastó la Lombardía, destruyó a Crema y Milán, y hasta pretendió sojuzgar el patrimonio de San Pedro, donde opuso cuatro antipapas al nuevo pontífice Alejandro III.
Paz de Constanza – 1183 En contra suya constituyeron los Italianos una federación, llamada Liga lombarda, la cual, sostenida por el Papa, reedificó a Milán, fabricó a Alejandría, y en Legnano derrotó a un nuevo ejército imperial que llegaba. Por fin, en la Paz de Constanza obtuvieron los coaligados que las ciudades gozasen de las regalías en el recinto de sus murallas, como había sucedido desde tiempo inmemorial; que los cónsules fuesen elegidos libremente, siendo simplemente confirmados por los comisarios imperiales; que en cada ciudad hubiese un juez, encargado de oír las apelaciones en las causas civiles; que cuando el emperador se encontrase en Italia se le diesen víveres y alojamiento. Por lo demás, las ciudades quedaban en el derecho de fortificarse y confederarse.
Vuelto a Italia, Federico fue honrosamente recibido, se reconcilió con el nuevo Papa Lucio III, e hizo dar la corona de Italia a su hijo Enrique.

137.- Sicilia. Fin de los Normandos
Entonces Federico pensó sojuzgar la Italia meridional. El normando Roger había conquistado hasta Nápoles, y elegido por capital a Palermo, enriquecida con bellos edificios y manufacturas, y por el cultivo del moral, del azúcar y del alfónsigo. Aquel país estaba poblado de indígenas, de caballeros normados, y de Musulmanes; encontrándose allí turbantes y yelmos, santones y frailes, carreras del yerid y torneos, hombres ignorantes del Norte y Meridionales corrompidos, fastuosos Asiáticos y severos Escandinavos. Hablábanse en Sicilia el griego, el latín vulgar, el árabe y el normando, y los bandos se publicaban en cada uno de estos idiomas. Los Normandos implantaron allí el feudalismo sobre las costumbres griegas y longobardas, y Roger lo organizó, promulgando luego las Constituciones, en las cuales es prodigada la pena de muerte. Este monarca protegió las ciencias, e hizo colocar en la capilla de Palermo un reloj con una inscripción trilingüe.
1154 – 1186 - 1188 Le sucedió Guillermo I, que mereció el título de Malo, y a éste siguió Guillermo II, el Bueno, que no dejó hijos. La herencia tocaba, pues, a su tía Constanza, por lo cual Barbarroja la hizo casar con su hijo Enrique. Esto disgustó al Papa, que veía amenazada la independencia de Italia con la unión de aquella corona al imperio.
Habiendo confiado los asuntos de Italia a Enrique, Federico dirigió sus cuidados a Alemania, donde los barones se hacían cada vez más fuertes y consolidaban el dominio territorial. Formábanse también algunos Comunes con perjuicio de la autoridad imperial. Se habían hecho poderosos el nuevo ducado de Austria y el antiguo de Baviera, contra el cual Federico hizo armas; éste dominó luego a los pequeños barones, sometió nuevamente la Polonia a sujeción feudal, y constituyó en reino a la Bohemia, la Cerdeña y la Hungría. Después de Carlomagno, ningún otro emperador había extendido tanto su autoridad como Federico Barbarroja. Aumentó también los dominios de su casa con varios feudos, comprados o que habían vuelto a la corona. No descuidó la civilización de sus Alemanes, que se vio favorecida por el aumento del comercio, mayormente en Bremen, Colonia y Leipzig, y por los conventos de Lieja, Paderborn, Bamberg, Corbia y Wurtzburgo. Hemos visto en otro lugar cómo se hizo Cruzado con 68 señores, y cómo se ahogó en el río Cidno. Sus Alemanes lo colocan entre sus más grandes monarcas.

138.- Francia
Tercera raza La tercera dinastía francesa de los Capetos (cap. 112) se hallaba rodeada de barones, iguales y hasta superiores en poder al monarca, el cual no poseía más riquezas que sus propiedades, ni más fuerzas que los súbditos de su ducado. El reino comprendía los condados de París, Melun, Etampes, Orleans y Sens. Además de los barones seglares, dominaban bastante los prelados de Reims, Auch, Narbona, Troyes, Auxerre y otros; hasta algunos barrios de París se hallaban bajo la jurisdicción de los abades de San Germán, Santa Genoveva y San Víctor. Alrededor de este pequeño reino se engrandecían los principados de Flandes, Normandía, Bretaña, Anjou, Champaña y Borgoña, y el reino de Aquitania.
996 – 1124 Hugo Capeto, en medio de tantas divisiones, empezó a dar algún lustre al reino, ora incorporando a él sus vastos dominios, ora concediendo privilegios, favoreciendo a los eclesiásticos y dejando que los señores se debilitasen combatiendo unos con otros. Hugo vestía, en vez del manto real, la capa de abad de San Martín. Fue devotísimo su hijo Roberto, tanto como fue desordenado Felipe, su nieto, que se aprovechó de las Cruzadas comprar o apoderarse de muchos señoríos. Luis el Gordo pensó más seriamente en reprimir a los barones, alentando a los Comunes a armarse contra ellos, y dándoles cartas, o sea constituciones que determinaban el tributo anual, la jurisdicción y la administración; y así, el tercer estado que se formaba, era favorable al rey. Facilitó también la emancipación de los siervos, con lo cual debilitaba igualmente a los propietarios. Entonces instituyó los bailes reales, que juzgaban las causas en vez de los feudatarios, y se hizo tutor de la plebe y sostén del clero. Atacole el emperador Enrique V, y el común peligro reunió en torno del rey a todos los barones. Luis desplegó por vez primera el oriflama o bandera de San Dionisio, y al grito de Montjoie et Saint-Denis, los Franceses pusieron en retirada al enemigo.
1137 Suger, abad de San Dionisio, que lo había ayudado con sus consejos, adquirió grande autoridad bajo Luis VII, y se dedicó, durante treinta años, a constituir el Estado y el gobierno nacional, destruyendo castillos y facilitando la constitución de Comunes. Con el casamiento de Leonor con Luis, adquirió la Aquitania esto es, la Guyena y la Gascuña; pero, habiendo sido repudiada, esta princesa dio con su mano sus vastos dominios al rey de Inglaterra, que ya poseía, al lado del reino de Francia, el ducado de Normandía, los condados de Anjou, de Turena, del Maine, y el señorío de la Bretaña.
1180 – 1214 Felipe Augusto ensanchó más que ninguno de sus predecesores la prerrogativa real. Con un ejército que en la Cruzada se había acostumbrado a la disciplina, pudo extinguir las bandas (Cottéreaux, Routiers y Pastoriles), conquistó la Normandía, la Bretaña, el Anjou, la Turena, el Maine y otros países; derrotó a los Ingleses en la batalla de Bouvines; embelleció a París, y en él reunió a los barones a modo de parlamento, en el cual se hicieron leyes que habían de estar en vigor en todo el reino. Asistido de un consejo, juzgaba las controversias surgidas entre los grandes, estableció los archivos, y llegó a constituir un gobierno regular, donde él era, no ya señor feudal, sino verdadero rey.

139.- Inglaterra. Los Plantagenet
1087 – 1100 – 1135 - Santo Tomás de Canterbury – 1172 Guillermo el Rojo y Roberto, hijos de Guillermo el Conquistador, se hicieron la guerra entre sí, hasta que Roberto se hizo Cruzado (cap. 107); Guillermo, entregado a los vicios, pronto fue muerto, y le sucedió se hermano Enrique, quien concedió una carta real, en la cual señalaba sus deberes y los de los señores. Roberto, a su vuelta de la Cruzada, invadió la Inglaterra al frente de muchos barones, y su hijo Guillermo continuó la guerra. La finca hija de Enrique, Matilde, se casó en segundas nupcias con Godofredo, hijo de Fulques V, rey de Jerusalén y conde de Anjou. Como este príncipe acostumbraba adornar su gorro con una rama de ginesta (genet), le llamaron Plantagenet, nombre que pasó a sus sucesores. Enrique fue el primero bajo el cual la Inglaterra se cubrió de castillos, en los cuales los vasallos ejercitaban su poderío. Para reprimirlos, Enrique II apeló a la fuerza y a la habilidad. Tuvo por canceller del reino a Tomás Becket, de esclarecido ingenio, quien después de ser nombrado arzobispo de Canterbury, depuso el fausto y los empleos para consagrarse al estudio y a la piedad, y velar por las prerrogativas eclesiásticas, Enrique pensó en abolir los derechos del clero, suprimir, los tribunales eclesiásticos, asumir el nombramiento de los prelados; y en vista de que Tomás le resistía vigorosamente y lo excomulgó, dejó que lo asesinaran. La Iglesia declaró santo a Tomás, y cada año 100000 peregrinos visitaban su tumba con generosas ofertas. Enrique pidió la absolución y se reconcilió con el clero.
1172 Enrique pudo someter a la Irlanda, la cual se hallaba dividida en veintiún Estados, continuamente en lucha entre sí, no hallándose de acuerdo más que en la religión, por lo cual fue llamada la Isla de los Santos. Pero mostrándose el clero poco dócil a la primacía de Roma, ésta permitió a Enrique II que conquistase la isla. Sometiola, titulándose protector de la religión, bien que muchos conservaron su independencia refugiados en los montes. Enrique tuvo que dejar mucha libertad a los barones normandos que allí fijaron su residencia, cuidando, empero, de que no hiciesen causa común con los naturales, que aborrecían la dominación inglesa, y hubieran podido rechazarla con el apoyo de los barones.
Leonor de Guyena, casada con Enrique, le proporcionó graves disturbios y muchos hijos; y sostenidos estos por la Francia, lo hostigaron hasta que murió. Fue el rey inglés más poderoso, y uno de los más grandes de su época, aunque no de los más virtuosos.
1187 – 1199 Sucediole Ricardo Corazón de León, que de todo sacaba dinero; por lo cual muchos señores normandos y sajones pudieron adquirir o recuperar feudos. Ricardo tuvo mal éxito en la Cruzada que había sido su monomanía (cap. 132); fue hecho prisionero por el duque de Austria; y mientras tanto, su hermano Juan Sin Tierra, aliado con Felipe Augusto, trataba de usurparle el trono. Ricardo, de vuelta a su patria, anuló las donaciones y las ventas de tierras celebradas antes de su partida; después desembarcó en el continente obligando a la Francia a aceptar la paz; y murió en el asalto de una fortaleza.

140.- Las doctrinas
Este movimiento político excitó la vida intelectual. A imitación de los Comunes, se organizaban Universidades, con franquicias y honores para profesores y alumnos. No concurrían a ellas niños, sino hombres ya formados, para oír de viva voz la enseñanza de hombres ilustres, pues era grande la escasez de libros. Eran famosas la escuela médica de Salerno y la de derecho de Bolonia, a la cual se unieron después las artes liberales y la medicina. Los estudiantes extranjeros gozaban allí de todas las prerrogativas de los ciudadanos; y el rector anual tenía jurisdicción sobre ellos y sobre los profesores. El rector había de ser letrado, célibe, tener 25 años, y no pertenecer a ninguna orden religiosa; y en las funciones públicas precedía a los obispos y arzobispos, excepto al de Bolonia. Elegíanse igualmente todos los años dos tasadores, encargados de fijar el precio de los alojamientos, uno por la ciudad y otro por los estudiantes. La ciudad indemnizaba a los estudiantes de los hurtos que se les hacían, si el ladrón no podía verificarlo. Se requerían seis años de estudio para ser doctor en derecho canónico, y ocho para el derecho civil; sufría el aspirante un examen privado, señalándosele dos textos, y el examen público se verificaba en la catedral, donde el candidato exponía una tesis, contra la cual podían argumentar los estudiantes; en seguida el arcediano pronunciaba el elogio aclamándole doctor, y le entregaban el libro, el anillo y el bonete, con lo cual adquiría el derecho de enseñar en cualquiera Universidad. Se daban las lecciones parte al amanecer y parte a la caída de la tarde. El pago de los estudiantes servía de remuneración a los profesores, quienes tardaron en percibir sueldo fijo.
A veces uno o más profesores, con todos sus estudiantes, se trasladaban de un punto a otro, a fin de obtener más tranquilidad y mayor retribución, como sucedió en Vicenza, en Siena y en Vercelli. Algunos estudiantes que se habían trasladado a Padua, dieron origen a aquella Universidad, donde tenían que haber estudiado los que aspirasen a altas magistraturas. En Pisa, el estudio general se estableció en 1344, época en que fue trasladado de Florencia. La escuela de Ferrara es anterior a Federico II. La romana fue fundada en 1245 por Inocencio IV. Federico II instituyó las escuelas de Nápoles, sin universidad de escolares y profesores. En 1360 se concedió un privilegio a la de Pavía, y a la de Turín en 1405. Otros privilegios tuvieron las escuelas de Placencia, Módena y Reggio.
A las escuelas de París, ya ilustradas por grandes personajes, les concedió Felipe Augusto varios privilegios de Universidad. Esta comprendía únicamente a los profesores, y gozaba de singular reputación en teología; los escolares tenían allí extraños privilegios y exención de las jurisdicciones ordinarias. Notables fueron las Universidades de Montpellier, Orleans, Tolosa, Valence y Bourges. En España, la de Salamanca existía desde el año 1239, y luego se fundaron otras en Coimbra y Alcalá. La más célebre de las inglesas fue la de Oxford.
Jurisprudencia El estudio del derecho romano iba adquiriendo importancia a medida que la formación de los Comunes hacía necesario su concurso, para la solución de casos no especificados en los estatutos. Cuéntase que al ser saqueada Amalfi en 1135, se descubrió allí el único ejemplar de las Pandectas, que se conserva en la biblioteca Laurenciana de Florencia. Irnerio fue el primero que enseñó derecho en Bolonia, su patria (1110?). Pensador rígido, tuvo como discípulos suyos a los boloñeses Búlgaro, apellidado os aureum, Martín Gossia, llamado copia legum, y Jacobo, como tuvo a Hugo, natural de Porta Ravegnana, quienes a su vez fueron maestros de otros. Disgustaba a los eclesiásticos franceses que este derecho se elevase a la altura del derecho canónico; pero tomó incremento en Italia, y los juristas formaban en todas las ciudades un cuerpo noble, que daba lecciones. El florentino Francisco Accursio (1151-1229) comprendió en la Glossa continua las anteriores, y era citado en los tribunales del mismo modo que las leyes, y en caso de silencio de uno y otras, resolvía Dino del Garbo. Son innumerables los glosadores de los siglos XII y XIII, entre los cuales descuellan Cino de Pistoya, Baldo de Perusa, y Bártulo de Sassoferrato, que dieron después lugar a sutilezas, cabildeos y distinciones, perdiéndose la crítica y la originalidad.
Derecho Canónico Por la misma época se completaba el derecho canónico. La compilación de Focio (cap. 120) no fue admitida nunca por los Occidentales. Para estos, después de varios compiladores, Burcardo, obispo de Worms, extendió el Magnum decretorum volumen, que por corrupción del nombre del autor se llamó Brocardo. Mayor fama adquirió Graciano, benedictino de Chiusi (1151), con su Decretum, donde con gran erudición y discreta crítica reunió cánones de los Apóstoles y de los Concilios, decretales de los papas, pasajes de los Santos Padres y de los Pontífices, y adquirió tanta autoridad como el código de Justiniano. El barcelonés Raimundo de Peñafort reunió todas las decretales posteriores al año 1150, donde concluyen las de Graciano, formando así el segundo y principal cuerpo del derecho canónico. Este contribuyó en alto grado a mejorar la legislación, y más aún la condición de las clases ínfimas de la sociedad, dando ideas más rectas de la justicia, de la prosperidad, de la personalidad y de las penas.
Teología escolástica Los primeros Padres tuvieron por único fundamento de su ciencia la Biblia, aunque tratando algunos de conciliar la fe con la razón. Tal hizo Boecio en su Organon, perfeccionando la ciencia cristiana hasta el punto de llegar a ser el autor universal. Pero de su argumentación nació una escuela dialéctica, llamada Escolástica, enteramente metódica, de categorías, empleada para establecer la alianza entre la fe y la realidad objetiva de las verdades reveladas, partiendo siempre de ciertos puntos indubitables porque eran revelados.
Nominalistas y realistas Al principio, la Escolástica permaneció enteramente subordinada a la teología, como se ve en San Agustín, Boecio, Casiodoro, Alcuino, Rabán Mauro, Juan Escoto Erigena, Gerberto, Fulberto de Chartres. Berenguer de Tours llevó la libertad al extremo de impugnar el dogma de la eucaristía, y en confutarlo perfeccionaron la dialéctica San Pedro Damián, el arzobispo Lanfranc y su discípulo Anselmo de Aosta, que dio demostraciones, todavía respetadas, sobre la esencia divina, la trinidad, la encarnación, el acuerdo del libre arbitrio con la gracia, determinando los confines entre la filosofía y la teología. El problema de si los géneros y las especies existen de por sí o solamente en la inteligencia, dividió la escuela en dos partidos, nominalistas y realistas, entrambos encaminados a explicar el problema de la realidad objetiva de los conocimientos humanos; los primeros suponen que los universales no son más que nombres; los otros afirman que existen en realidad fuera del sujeto. Roscelin (1085) aseguró que los universales no son más que palabras, con las cuales indicamos las cualidades comunes observadas en los objetos individuales, y con esto llegó a negar la Trinidad. Lanfranc y Anselmo sostuvieron que el universal preexiste a los individuos, la idea a las cosas, y este realismo favorecía a la ortodoxia, mientras que con los nominales podían reducirse a menos sonidos las ideas de ente, género humano y otras abstracciones por el estilo.
Abelardo El gallardo joven Abelardo de Nantes (1079), cuyas composiciones eran escuchadas y leídas por muchos, pretendía dar razón de todo; enseñó que la ciencia debe preceder a la fe, y que ésta ha de ser dirigida por luces naturales hasta en las cuestiones religiosas. De suerte que de la religión no quedaban al fin más que los argumentos (conceptualismo).
Pedro Lombardo – 1110 – 1154 Pedro Lombardo, joven de Novara, quiso hacer retroceder las cuestiones al punto donde los Padres las habían dejado; y en los Libri Sententiarum reunió sentencias de los Padres relativas a los dogmas, formando un completo sistema de teología, que le valió el título de Maestro de las sentencias.
La Escolástica se desarrolló con las Cruzadas, pues se facilitó el conocimiento de los escritos de Aristóteles y la lengua griega, y se establecieron relaciones más inmediatas con los Árabes, entre los cuales habían progresado las indagaciones filosóficas, en cuanto lo permitía una religión que manda la fe ciega. Insigne fue entre ellos Avicena (1037), que comentó la metafísica de un modo original, asociando a las abstracciones de esta los fenómenos naturales. Otros filósofos se entregaban a la duda, y los hubo que buscaron en el aislamiento la suprema iluminación del espíritu. Averroes, de Córdoba (1198), trató de reformar aquellas diversas doctrinas mediante comentarios sobre Aristóteles, argumentando y cotejando textos para explicarlos, sin conceptos originales. En la Edad Media él estuvo al frente de la filosofía, como de la teología Santo Tomás.
Maimónides Los Hebreos aplicaron el peripato musulmán a la Cábala (cap. 66), la cual comprende un sistema, completo sobre las cosas del orden espiritual y del corporal, sin constituir una filosofía ni una teología. El más insigne cabalista fue Moisés Maimónides (1139-1209) que en el libro de los Preceptos explica los seiscientos trece mandamientos; en la Mano fuerte esclarece el Talmud; explica, en la Guía de los vacilantes, pasajes difíciles de la Escritura; y fue, a pesar de sus contradicciones, considerado por los suyos como el hombre más insigne después de Moisés.
Escolástica cristiana Todos estos eran elementos que concurrían a desenvolver o alterar la escolástica cristiana, la cual era modificada también por el carácter particular de las diferentes naciones. Los defectos atribuidos a la escolástica, son las especulaciones minuciosas llevadas hasta la puerilidad; las distinciones frívolas, la manía de reducir todo raciocinio a dialéctica pura, y el empeño de demostrarlo todo y sostener el sí y el no alternativamente. Tenían por oráculo a Aristóteles, pero en malas traducciones del árabe o del hebreo, y sin la fineza necesaria para comprenderlo, y mucho menos para conciliarlo con los dogmas espiritualistas. Ejercitábanse en frívolas cuestiones sobre la Escritura, convertida en campo de polémicas e interpretada según el sentido literal, el alegórico y el místico; con lo cual se caía fácilmente en las herejías, en el misticismo o en el escepticismo; por cuya razón se prohibió varias veces en las Universidades el estudio de Aristóteles. Algunos querían excusarse con el deseo de distinguir la verdad filosófica de la religiosa.
Alberto el Grande Entre los escolásticos figuró en primera línea Alberto el Grande (1195-1280), obispo de Ratisbona, eruditísimo compilador y agudo comentador de Aristóteles, que concede a la razón el poder de elevarse por sí a la verdad.
Santo Tomás El más ilustre fue Santo Tomás, vástago de los condes de Aquino (1227-74), cuya Suma teológica comprende un sistema completo de la ciencia divina, abarca la moral general y particular, y cuantos conocimientos existían entonces entre los cristianos, los hebreos y los musulmanes; creó la psicología, la ontología, la moral, la política según la fe; y la posteridad lo ha colocado entre los más grandes filósofos.
Las mismas cuestiones eran agitadas en sentido diverso por Duncan Scot, Buridan, Ockham, Hugo y Ricardo de San Víctor, y por otros realistas y nominalistas.
San Buenaventura Los místicos deducían argumentos y símbolos no tanto del raciocinio como de la inspiración y del sentimiento. Al frente de esta escuela se hallaba Buenaventura de Bagnorea (1221-74), seguido por los frailes mendicantes. Gerson produjo el libro más notable de la escuela contemplativa, la Imitación de Cristo.
Una de las mayores aberraciones de la Escolástica fue el Ars Magna de Raimundo Lulio (1256-1315), que dispone alfabéticamente todas las cualidades de un asunto, para poder argumentar sobre cualquiera.
Entre estos abusos del raciocinio surgía empero la necesidad de examinar la naturaleza y experimentar.
Ciencias naturales – 1070 Los Árabes y los Hebreos habían cultivado ya la medicina: el filósofo Constantino Africano fundó la escuela de Salerno: en las Universidades se enseñó también el arte de curar, y no faltaron médicos que se dignasen aplicarse a la cirugía, tenida en menosprecio. En esta sobresalieron principalmente los Hebreos, con secretos y preparaciones farmacéuticas, como también con diagnósticos y el auxilio de la anatomía.
Luego en todo se mezcló la astrología; hasta el punto de poderse decir que reinaba sobre todas las ciencias y regía todos los actos de la vida. No se emprendía trabajo ni viaje alguno sin examinar los astros, interrogar espíritus, y tener en cuenta fenómenos o señales del cuerpo. De ella se originaban una multitud de ciencias ocultas, que creaban una naturaleza completamente artificial, donde se atribuían a los cuerpos cualidades especiales y arcanas influencias. Los sabios se dedicaban a continuas investigaciones con objeto de hallar el elixir de larga vida y convertir en oro los metales no preciosos. Esta magia natural adquirió tal incremento, que no hubo señor poderoso, seglar o eclesiástico, que no se rodease de astrólogos, magos y alquimistas.
De tan deplorables empeños nació en cambio un examen más atento de la naturaleza. Halláronse algunos preparados antimoniales, sálicos y ferruginosos, y se descubrieron el sulfato de sosa, el fósforo y la sal amoniaco.
Rogerio Bacon Verdadero sabio, el inglés Rogerio Bacon (1244-94), en vez de limitarse al ipse dixit como los Aristotélicos, recurrió a la observación, a la experiencia; señaló fenómenos ópticos no observados hasta entonces, inventó la pólvora fulminante y previó muchos descubrimientos.
Hasta las matemáticas habían coadyuvado a los delirios astrológicos; Leonardo Fibomacio de Pisa, enseñó el uso de las cifras arábigas; y los astrónomos se sirvieron de ellas para calcular los movimientos celestes.

Libro XII
141.- Repúblicas italianas
Las repúblicas italianas carecían de la experiencia y de la prudencia necesarias para gobernarse bien en una federación, como hacía esperar el éxito de la liga lombarda. Cada Común se mostraba celoso de su constitución propia y procuraba redimirse de los derechos que el emperador se había reservado. Este se servía de tal pretexto para turbarlos, y seguían su ejemplo los feudatarios, los condes, los obispos, alardeando de antiguas supremacías. En el interior, se gobernaban con cónsules anuales, algunos de los cuales atendían a la administración y otros a los juicios. Y para que estos fuesen imparciales, solía llamarse de otros países un podestá, anual también, que juraba juzgar con arreglo a los estatutos. Pero se cambiaban con sobrada frecuencia la forma de gobierno y las leyes hechas para casos particulares; cuyas leyes, o mejor dicho estatutos, tenían todavía algún resto de las vetustas leyes consuetudinarias; y generalmente, en los casos no previstos, se aplicaba el derecho romano; pero ninguna ley se hizo que verdaderamente garantizase la libertad, la cual se hacía consistir en tomar parte cada uno en las públicas resoluciones. Cada ciudad acuñaba moneda propia, con la cruz o con la efigie del santo patrono.
Los condados permanecían aún sometidos a los feudatarios, pero las ciudades procuraban emanciparlos, o acogían a la población que de ellos emigrase.
Nobles y plebeyos En las ciudades subsistían las antiguas familias ennoblecidas por el mando, y las que del campo acudían a la ciudad obligadas por la fuerza, o simplemente atraídas por las ventajas de la vida urbana, y formaban la nobleza, que al principio fue ardiente fautora de la independencia, y era casi la única capaz de desempeñar los empleos civiles y militares. Fácilmente vejaban los nobles a los plebeyos, los cuales se asociaban para obtener la igualdad en los empleos y en los juicios, y a veces lograban excluir a los nobles de los cargos públicos y hasta de la administración de justicia. En Florencia, el culpable era relegado entre los nobles. Esto acontecía especialmente en las ciudades mercantiles, y no podía menos de producir desórdenes y debilidad.
Güelfos y Gibelinos Otras excisiones hubo con la nueva división de los ciudadanos en Güelfos y Gibelinos (cap. 136). Cada ciudad se declaró partidaria de estos o de aquellos; y en cada ciudad misma, los unos favorecían al Papa y los otros al emperador, dando lugar a discordias y batallas. Al frente de uno u otro partido se ponía algún personaje, que de este modo se hacía omnipotente, habiéndose debilitado entre las luchas de partido la conciencia de los deberes patrióticos.
Estas contiendas se hacían después peligrosas, porque se buscaba el apoyo de los forasteros; una ciudad güelfa invitaba a otra de su color político a ayudarla para arrojar a los Gibelinos; estos, refugiados en el campo, pedían socorro a otros Gibelinos, y así la lucha no acababa jamás; después se dirigían o al Papa o al emperador, suplicándole no solo que pacificase, sino que sojuzgase además al partido contrario.
Estas discordias, nunca bastante deploradas, no impedían que las pequeñas repúblicas prosperasen por medio del comercio, la industria y la agricultura; y querían las ciudades manifestar su riqueza con bellos edificios, siendo hoy admirados los palacios y las catedrales de aquella época. Crecía la población, difundíase el buen gusto, refinábanse las artes, se acrecentaban las riquezas, y eran asombro y estímulo de extranjeros tanta y tanta maravilla.

142.- Enrique VI e Inocencio III
La opinión común atribuía al emperador mayor superioridad sobre los demás monarcas; sin embargo, podía muy poco el emperador sobre los barones tudescos, a quienes se veía obligado a conceder prerrogativas, a fin de tenerlos de su parte en las hostilidades con otros países o con el Papa. También se constituyeron en municipios varias ciudades tudescas; y habiendo alcanzado preponderancia por medio del comercio y de las artes, reclamaban privilegios del emperador; algunas se hicieron del todo independientes, como las ciudades de Bremen, Hamburgo y Lübeck.
1191 Enrique VI, hijo de Barbarroja, que con haber adquirido por medio de su mujer el reino de Sicilia, parecía haber alcanzado para su casa el colmo de la grandeza, había preparado su ruina. Parte de los Sicilianos aclamaron por rey a Tancredo, conde de Lecce, por lo cual tuvo Enrique que pasar a Italia. Encontró la Lombardía envuelta en nuevos disturbios, y acariciando a un partido disgustaba al otro; sin embargo, merced al auxilio de sus fieles partidarios, logró someter a la Sicilia y la trató como país conquistado, negó a los Pisanos y a los Genoveses los privilegios que les había prometido si le ayudaban a la conquista, apropiose la herencia de la condesa Matilde y persiguió a los eclesiásticos. Uno de sus fines era vincular en su casa la herencia del Imperio. Por esto se enemistó con los papas, y las ciudades lombardas renovaron la Liga.
1197 - Inocencio III Al morir solo dejó un niño, que adquirió después gran fama con el nombre de Federico II, y que fue recomendado al Papa Inocencio III, uno de los pontífices más ilustres. La elección pontificia había sido limitada al colegio de cardenales, pero siempre se tenía que luchar con los ciudadanos de Roma. Inocencio III, elegido Papa a la edad de 37 años, ya famoso por sus escritos, se propuso restaurar la morar en todo el mundo, proteger a los débiles, extirpar los abusos, velar por la justicia, fomentar la caridad y rescatar la Tierra Santa; para todo lo cual consideraba necesaria la independencia de la Iglesia en sus relaciones con el Estado.
Empezó a someter a Roma, y arrojó de la Marca de Ancona y de Espoleto a los señores impuestos por el emperador, y de este modo el Estado de la Iglesia fue una realidad. Exhortó a los Toscanos a coaligarse con los Lombardos; modificó los estatutos de la Sicilia para conservarla a Federico II. Pero habiendo los Germanos elegido a Otón IV, de casa Güelfa, el Papa halló justo preferirlo a un niño en el imperio, y Otón juró fidelidad a la Santa Sede y atenerse a sus indicaciones en cuanto se refiriese a las ligas y a los derechos de las ciudades italianas.
Al bajar a Italia, Otón halló en mutua lucha a las pequeñas repúblicas; en todas partes prevalecían algunas familias. Esto favoreció a los Güelfos; pero no tardó Otón en enemistarse con el Papa, que lo excomulgó y le opuso a Federico II, el cual fue coronado emperador, jurando ceder la Sicilia para mayor seguridad de la independencia italiana.
Inocencio III armó una Cruzada que tomó a Constantinopla, y otra contra los Albigenses, protegió la libertad de la Germania, de Inglaterra y de España; obtuvo el homenaje de Inglaterra y de la Sicilia; confirmó las órdenes de los Franciscanos y Dominicos; reunió el cuarto Concilio Lateranense, al cual asistieron los reyes y los prelados de todo el mundo, y el poder episcopal llegó a su apogeo. Inspiró celos a los príncipes, y renováronse las hostilidades entre el cetro y la tiara.

143.- Federico II
Federico II, uno de los mas ilustres monarcas de la Edad Media, no menos hábil en el manejo de las armas que en la administración del Estado, después de haber ordenado sabiamente a la Germania, pasó a Italia, país hacia el cual se sintió particularmente inclinado. Halló en Roma a Honorio III, por el cual fue coronado; pero contra lo prometido, se negó a restituir la herencia de la condesa Matilde, y a tomar parte en la Cruzada. Pasó a la Sicilia, que había cedido a su hijo Enrique, y allí dominó a los feudatarios, llevó rápidamente a cabo prudentes reformas, estableció magistrados y dictó sabias leyes, valiéndose para ello del excelente jurisconsulto Pedro delle Vigne.
1228 Otro tanto quería hacer en Lombardía; pero se le opusieron las repúblicas, que renovaron la Liga para resistirle, y estalló la guerra. Hasta el nuevo Papa Gregorio IX pretendió que Federico cumpliese sus promesas, y no consiguiéndolo, lo excomulgó y puso trabas a sus empresas. Federico se halló en guerra con toda la Italia, donde excitó al partido gibelino contra el Papa; pero hasta su propio hijo Enrique se le sublevó en la Germania, si bien murió después de haber caído prisionero.
1241 – 1245 Entonces Federico dio mejor organización a la Germania; constituyó los ducados de Brunswick y de Austria; hizo reconocer como rey a su hijo Conrado; y habiendo vuelto a Italia, derrotó a los Lombardos en Cortenuova, y pretendía toda la Península como herencia paterna. Por tal motivo el Papa lo excomulgó de nuevo. Se realza el partido güelfo; convócase un Concilio, pero Federico prende a los prelados, y el Papa muere encerrado en Roma. Entonces Inocencio IV reúne en Lyon el Concilio, donde da a los cardenales el capelo encarnado para darles a entender que siempre deben estar prontos a derramar su sangre por la Iglesia, y declara excomulgado a Federico II. Pronto la Sicilia y otros países se rebelan contra éste; la corona de Germania es entregada a otros; Pedro delle Vigne, acusado de traidor, es muerto; las ciudades lombardas predominan y hacen prisionero a Enzo, hijo de Federico. Éste, dotado de excelentes cualidades, fue rey de Sicilia durante 54 años, y emperador durante 52; pero nada grande realizó «porque no amó a su alma»; por desprecio a la religión, por el capricho de sobrepujar a los papas y constituir para su familia un reino en Italia, dejó eclipsar al imperio, que nunca recobró su esplendor pasado.

144.- Cruzadas cuarta, quinta y sexta
1198 – 1201 – 1204 A la muerte del gran Saladino, el Papa proclamó la Cruzada, mientras se combatía con inconstante fortuna en Palestina. Publicada por Inocencio III, predicola Fulco de Neuilly con muchos frailes. Los príncipes fueron a Venecia a pedirle refuerzos, y el dux Enrique Dandolo se puso en persona al frente de la flota más soberbia que hasta entonces había cruzado el Adriático. En Constantinopla encontraron a los Comnenos en un trono agitado por conspiraciones y trastornos; Andrónico, último de los Comnenos, fue arrastrado por el pueblo; sucediole Isaac Angel, quien a su vez fue expulsado del trono por su hermano Alejo, que le sacó los ojos. Angel y su hijo fueron a ponerse bajo la protección de los Cruzados. Estos caballeros, cuya divisa era vengar a los oprimidos, acudieron, tomaron a Constantinopla, y la convirtieron en base para la conquista de la Tierra Santa. El Papa había prohibido la toma de Constantinopla, pero los Cruzados, seducidos por las riquezas de aquella admirable ciudad, la sometieron a un deplorable saqueo. La elección de emperador se confió a seis venecianos y seis eclesiásticos. Habiendo Enrique Dandolo preferido ser como antes dux de Venecia, fue proclamado Balduino de Flandes, con una cuarta parte del imperio. A Venecia le tocaron tres de los ocho barrios de la ciudad, y tres octavas partes del imperio, a saber: la mayor parte del Peloponeso, las islas y costa oriental del Adriático, las de la Propóntide y Ponto Euxino, las riberas del Hebro y del Vardar, las tierras marítimas de la Tesalia, y las ciudades de Cipsédes, Didimotica y Andrinópolis. A los franceses tocaron la Bitinia, la Tracia, la Tesalónica, la Grecia y las mayores islas del archipiélago. El marqués de Monferrato tuvo los países de allende el Bósforo y Candía.
Todos los príncipes se dedicaron entonces a adquirir territorios, y se fundaron una infinidad de principados, y hasta reinos como el de Nicea, regidos feudalmente al estilo europeo. Candía fue dividida en noventa caballeratos, dependientes de la República veneciana.
Semejante conquista, hecha a tontas y a locas, empobrecía al país y a los vencedores, los cuales, desunidos y dominados por la indolencia, fueron pronto asediados por los vecinos; Balduino cayó prisionero en poder de los Búlgaros, y su hermano y sucesor Enrique d'Hainault tuvo que sostener continuas guerras.
La empresa se había desviado de Jerusalén, donde los reyes titulares y los caballeros Templarios se sostenían a duras penas, pidiendo sin cesar a la Europa hombres y dinero. Inocencio III daba impulso a la empresa, y Honorio III esperó verla realizada. Pero Inglaterra y Francia estaban en guerra entre sí; Federico II prometía sin cumplir; sólo Andrés de Hungría, con muchos secuaces y el rey de Chipre, marchó a la Cruzada; pero le obligaron a volver las discordias de su patria. Sin embargo, otros Cruzados invadieron el Egipto y tomaron a Damieta, en tanto que los musulmanes desmantelaban a Jerusalén y a todas sus fortalezas, y hacían desbordar las aguas del Nilo; los Cruzados, acosados por el hambre, tuvieron que firmar una paz depresiva.
1221 Federico II renovó entonces la promesa de cruzarse, y casose con la hija de Juan de Brienne, rey titular de Jerusalén, el cual fue a las cortes de Europa implorando auxilio. Pero Federico difería siempre el cumplimiento de sus promesas, por cuyo motivo lo excomulgó el Papa. Por fin se puso en marcha, y fue acogido en Siria como libertador; pero hizo un tratado con Malk-Kam, cambiando donativos con él, y ambos convinieron en una tregua de diez años; Jerusalén, Belén, Nazaret y Toron se adjudicaron a Federico; los Musulmanes debían conservar sus mezquitas y el libre ejercicio de su culto. Según las ideas de entonces, ambas religiones miraron estos pactos como sacrílegos, y Federico tuvo que regresar a Europa, sin haber siquiera procurado conservar las posesiones adquiridas.
El Papa mandó misioneros a Levante; obtuvo que en algunos puntos se organizaron pequeñas expediciones; pero por todo resultado consiguió que el reino de Jerusalén fuese restituido a los cristianos.
Pedro de Courtenay, nuevo emperador de Constantinopla, fue degollado por Teodoro Comneno, príncipe del Epiro; su hijo Roberto perdió todas las provincias de allende el Bósforo y del Helesponto; Griegos Búlgaros penetraron hasta el puerto de Constantinopla, y Juan de Brienne, que le defendió con heroísmo hasta la edad de ochenta y nueve años, previó que ya nada quedaría para sus sucesores.

145.- Herejías. Los Albigenses. Nuevos frailes
No eran sólo los orientales los que sofisticaban sobre la fe; también en Occidente, Gotescalc y Berenguer impugnaron la presencia real; otros adoptaron las doctrinas maniqueas de los dos principios (cap. 66), pero estaban en vigor las severas leyes de los emperadores contra los heresiarcas, y estos se ocultaban y fácilmente eran oprimidos. Con el desarrollo de la jurisprudencia y de la dialéctica, se sutilizaron los ingenios en la interpretación de la Escritura y en el examen de los dogmas. Estas doctrinas dieron a aquellos sectarios el nombre de Pobres de Lyon, o Cátaros, o Patarinos, que al parecer admitían los dos principios, e instituyeron escuelas en Croacia, en Lombardía, en Toscana, en Sicilia, en los Alpes y en el Languedoc. Mucho se discutió sobre la naturaleza de sus doctrinas, ensalzadas por unos, calumniadas por otros, por espíritu de secta. En suma, querían interpretar a su manera la Escritura, negar la autoridad suprema de la Iglesia, variar el número y la forma de los Sacramentos, obstinándose en su fe a pesar de las argumentaciones y los suplicios.
Franciscanos – 1220 La Iglesia apeló desde luego a la persuasión, enviando misioneros, haciendo publicar libros, sosteniendo controversias, y oportunamente vino la institución de nuevas órdenes monásticas, cuyas principales fueron la de los Franciscanos y la de los Dominicos. Francisco de Asís, habiéndose desprendido de sus riquezas y de su propia voluntad para amar a Dios intensamente, fundó la Orden de los Frailes Menores, que vivieron sin propiedad alguna, en la obediencia y en la castidad. Servir a los pobres era su principal ocupación; eran electivos todos los cargos, hasta el de general. Cuando, cuatro años después de la fundación, reunió su primer capítulo en campo abierto, se presentaron, de Italia solamente, 5000 frailes y 500 novicios; y se dice que, a raíz de la Revolución francesa, ascendían a 115000 los miembros de esta Orden difundida por todo el mundo, especie de república de la cual era ciudadano todo el que adoptase sus rígidas virtudes. Francisco, de quien son tal vez las primeras poesías italianas, amaba a la naturaleza toda, como testimonio del Creador; difundía la paz por todas partes, iba a predicar a los infieles, y murió cuando apenas contaba cuarenta y cuatro años. La Orden abrazó en breve grandes señores, sabios ilustres, eminentes artistas, príncipes y reyes.
Predicadores El castellano Domingo de Guzmán ejerció su apostolado en el Languedoc, y ávido de amor y sufrimiento, fundó una nueva Orden, que aparte de las oraciones, el trabajo, la castidad y la obediencia, se dedicaba al estudio de la teología y a la predicación. También esta Orden se propagó rápidamente hasta los países más remotos.
Impresionó al mundo la importancia de aquellas instituciones, que eran un reproche contra los vicios del siglo; y muchos tiranos se inclinaban ante san Antonio, san Bernardino, fray Pacífico, santo Tomás. Las predicaciones de éstos no fundaban su eficacia en la elocuencia, sino en la persuasión y santidad de los oradores.
Albigenses A estos, y principalmente a los Dominicos, fue confiada la inquisición de los herejes. Dijimos cómo las leyes imperiales los castigaban severamente. Las repúblicas adoptaron estas leyes en sus estatutos. Pero no siempre la herejía se refería a las verdades cristianas, sino que la mayor parte de las veces se dirigía también a la sociedad, enseñando ora la comunidad de bienes y mujeres, ora la rebelión contra la legítima autoridad, y a veces servían de pretexto para revueltas y desfogue de iras nacionales. Este último era particularmente el caso del Languedoc, donde la raza provenzal quería sustraerse a la francesa; por esto es considerada como una conquista la cruzada que Simón de Monfort guió contra los Albigenses y Raimundo de Tolosa, y que fue señalada por sus horribles crueldades, máxime en la toma de Beziers y en la batalla de Muret. Luis VIII aceptó el bajo Languedoc, y se dio la Alta Provenza a la Iglesia de donde dimanó el derecho de los Papas sobre el condado de Aviñón.
Inquisición – 1229 Como entonces la política se confundía con la religión, para reprimir a los turbulentos fue instituido el tribunal de la Inquisición, para el cual los obispos elegían en cada parroquia un sacerdote y algunos seglares de buena reputación, encargados de buscar a los herejes y denunciarlos a la autoridad, librándolos así de las venganzas privadas y dándoles ocasión de arrepentirse. Pero pronto aquel tribunal se dedicó a inicuas persecuciones; habiéndose extendido a otros países, principalmente a España, fue instrumento de tiranía, y subieron más las acusaciones que se acarreó, que la defensa que proporcionó a la Iglesia.
En Italia, la proximidad de los Papas hacía menos severa la Inquisición, aunque en este país se habían divulgado muchas herejías, principalmente la de los Patarinos en Lombardía. Algunos santos, como san Antonio, santo Tomás, san Buenaventura, se dedicaron a convertirlos, otros a perseguirlos como san Pedro Mártir, y otros a oponerles devociones nuevas, como las compañías de los Landeses, la fiesta del Corpus, y el Rosario, principalmente recomendado por los Dominicos.

146.- Grande interregno. Fin de los Suevos y de la Guerra de las Investiduras
1250 – 1226 – 1258 Muerto Federico II, varios pretendientes se disputaron la corona de Germania y la imperial. La herencia de Federico en la baja Italia fue ocupada por Manfredo, hijo suyo bastardo, que disgustó a los papas, resueltos a quitar de en medio a la raza sueva, siempre molesta para ellos. De Conrado IV, hijo de Federico, quedaba un hijo, Conradino, el cual, fiado en el auxilio de los Gibelinos, intentó tomar el reino de Sicilia a Manfredo. El Papa Urbano IV, opuso a Manfredo otro campeón, Carlos de Anjou, hermano de san Luis, el cual, con sus provenzales y con la ayuda de los Güelfos, después de haber jurado fidelidad al Pontífice, atravesó la Italia festejado en todas partes, derrotó y dio muerte a Manfredo en Benevento, poco después de haber perecido en Cassano el más terrible de los Gibelinos, el feroz Eccelino. Pocos partidarios quedaron a Conradino, el cual en la batalla de Tagliacozzo fue vencido y hecho prisionero; subió al patíbulo y con él terminó la familia de los Suevos.
1273 En Alemania, después de varios pretendientes, y en la época llamada grande interregno, fue elegido Rodolfo de Habsburgo, en cuya familia se perpetuó la dignidad imperial. Rodolfo quiso terminar la guerra que desde hacía setenta años duraba con el Papa, y para ello renunció a la herencia de la condesa Matilde y a otras tierras pretendidas por los Pontífices. Los Papas tuvieron entonces un Estado extenso, como se ha conservado hasta nuestros días, pero no tanto con verdadero dominio como con primacía de dignidades, pues subsistieron los privilegios de los Comunes y el señorío de los feudatarios. En la misma Roma, los Papas tenían que soportar la preponderancia de los Colonna, de los Orsini, de los Savelli, y veían siempre turbada la ciudad por sus propios súbditos. Fuera de Roma, mientras tenían aspecto de vencedores, perdían su poder en los reinos nuevos, donde los príncipes procuraban atraerse las prerrogativas reales, negar a los eclesiásticos la inmunidad con respecto a los tribunales y a la justicia, impedirles la adquisición de bienes, intervenir en la educación y la enseñanza, y en las elecciones, al menos para confirmarlas; y afrontaban los interdictos y las excomuniones, cuya eficacia había disminuido al ser prodigadas.

147.- Grandeza de las repúblicas italianas
En medio de estos trastornos generales, cada una de las repúblicas italianas continuaba adquiriendo su desarrollo. En algunas quedaban destruidos los feudos; en otras tomaron tal incremento, que se hicieron poderosas algunas familias, como los marqueses de Este, que dominaron a Parma, Placencia, Ferrara y otras ciudades y territorios; la casa de Saboya, que procuraba extenderse allende los Alpes y hasta Turín; los marqueses de Monferrato, famosos en las Cruzadas, y jefes de la facción gibelina.
En los Comunes libres, las facciones se agitaban hasta venir a las armas, teniendo al frente por lo regular algunas familias antiguas que, o prevalecían al prevalecer su partido, u obtenían el predominio para calmar las turbulencias. Las revueltas eran cambios de señores, y el gobierno seguía siendo militar y despótico, siendo preciso jefes absolutos para unir a los que se hallaban divididos. Los partidarios de los nuevos señores pretendían franquicias e independencia; maquinaban los condes en sus destierros, y el nuevo tirano daba rienda suelta a sus pasiones, por lo que se regía con cruel y pérfida política.
Milán – 1227 Los pequeños Comunes habían sucumbido ya a los grandes. Milán dominaba los castillos y las ciudades vecinas; luego prevaleció en ella la familia plebeya y güelfa de los Torriani, hasta que con el arzobispo Otón predominaron los Visconti, que se hicieron príncipes hereditarios.
Florencia Señores de origen lombardo y franco dominaban la Toscana, impidiendo el desarrollo de los Comunes. Su principal ciudad era Pisa, pero durante las guerras de esta con Lucca, se alzó Florencia, la cual después de haber derribado los castillos vecinos, y obligado a las familias a bajar de Fiesole, emancipó a los siervos del condado y estableció la libertad güelfa, de que siempre estuvo celosa; sometió luego a Arezzo, Siena y Poggibonsi. En la batalla de Montaperti (1260) fue derrotada por los Gibelinos (Farinata), pero no tardó en rehacerse, dio gobierno al pueblo (Giano della Bella), y triunfó en la batalla de Campaldino (1289). Pronto se halló dividida entre Blancos y Negros; pero las discusiones no impedían que alcanzase extraordinaria prosperidad.
Pisa Iguales agitaciones experimentaban Siena, Luca, Pistoya y Cortona. Pisa capitaneaba a los Gibelinos, disputándose con Luca y Génova, mientras se procuraba riquezas con su comercio con el Oriente, hasta que la batalla de la Meloria (1284) la hizo inferior a Génova, y fue dominada durante diez años por el conde Ugolino de la Cherardesca, el cual, habiéndose hecho odioso, fue encerrado con su familia en una torre donde se les dejó morir de hambre (1288).
Génova Génova conquistó la isla de Elba, la Córcega y parte de la Cerdeña; además de la nobleza de los feudos de la Rivera, creó otra derivada de las magistraturas, y causaron desórdenes los Fieschi y los Grimaldi, güelfos, en lucha con los Doria y los Spinola, gibelinos. Poseía establecimientos mercantiles de grande importancia en Caffa y Azov; obtuvo en Constantinopla el arrabal de Pera; en las Espóradas la isla de Quíos gobernada por nueve familias de Giustiniani, y en África la cala de Túnez.
Venecia – 1204 – 1208 – 1310 En Venecia, el dux no era ya elegido por el pueblo, sino por una complicación de electores, y todo el cuidado consistía en impedir que este magistrado se convirtiese en un tirano, y que la nobleza oprimiese a la plebe. Cada año el dux procedía a sus esponsales con el mar, en señal del dominio que Venecia ejercía sobre todo el Adriático, exigiendo una gabela de toda nave que lo surcaba. Habiendo adquirido tres barrios de Constantinopla y tres octavas partes del Imperio, con la isla de Candía, tuvo asegurada la entrada en el mar Negro; de este modo poseía los géneros del Mediodía y las pieles y maderas del Norte. Estas lejanas posesiones daban ocupación y poder a los nobles, los cuales cerraron después el Gran Consejo, es decir, consiguieron que se expidiera una ley decretando que los jueces de la Quarentia sorteasen uno por uno a los individuos que en los últimos cuatro años habían formado parte del mismo Consejo, y los elegidos serían miembros de aquella Asamblea. De este modo quedó constituida una nobleza privilegiada hereditaria, inscrita en el libro de oro, distinta del pueblo y de los nobles menores llamados Bernabotti, que solo votaban en los consejos inferiores. Los excluidos conspiraron (Bayamonte), y para reprimirlos se instituyó la magistratura de los Diez, que con procedimientos secretos castigaban a los fuertes y a los ambiciosos. Tres inquisidores de Estado ejercían una alta policía, y su autoridad no reconocía límites. Esto impidió que se elevasen en Venecia personas o familias poderosas con objeto de usurpar la soberanía. El dux la representaba, pero su mando era objeto de celosísima cautela.
La prosperidad de Venecia excitaba la envidia de las otras repúblicas, las cuales se batían con frecuencia en los mares orientales. Roger Morosini saqueó los establecimientos de los Genoveses; y éstos en Curzola derrotaron la escuadra de los Venecianos, los cuales, sin embargo, se rehicieron y penetraron hasta el puerto de Génova.

148.- Francia. San Luis. Cruzadas sétima y octava
En Francia aún formaban naciones distintas los Provenzales, los Normandos, los Aquitanos y los habitantes de la Isla. Al Norte del Loira se conservaban el elemento germánico y el derecho sálico, mientras que al Sur persistían leyes y tradiciones romanas. La Armórica protestaba contra toda dominación nacional. Los Normandos se habían plantado a las puertas de París. Los feudos más ricos dependían del rey de Inglaterra. Sin embargo se extendía el nombre de Franceses; y en medio de todo había un rey que iba adquiriendo fuerza atrayéndose los grandes feudos a medida que vacaban, y favoreciendo a los Comunes.
1223 – 1226 Felipe Augusto dedicó todos sus cuidados a consolidar la monarquía. Con la guerra contra los Albigenses (cap. 152) obtuvo todo el Mediodía y vio deprimida a Inglaterra. Su sucesor Luis VIII continuó la obra; pero fue más afortunado Luis IX el Santo. Su madre Blanca de Castilla lo educó severamente, mientras hacía comprender a los barones que un rey no era ya su igual. Piadoso como un caballero, con su exquisita equidad Luis enamoró al pueblo y se atrajo a los barones; hizo que la justicia fuese administrada, no ya por éstos sino por bailes reales, y conforme a los Establecimientos de Francia, código que compiló de acuerdo con los barones y con los doctores; organizó el Parlamento, alta corte judiciaria; con la famosa pragmática regularizó los derechos de la Iglesia; acrecentó los bienes de la corona, y atrajo a la corte muchos señores, que antes vivían revoltosos en sus castillos.
Gengis Kan Luis tenía vivos deseos de libertar la Tierra Santa. En aquel tiempo los Mogoles, pueblo parecido al Chino, se extendieron desde la China sobre el Carism, guiados por Gengis-Kan, uno de los afortunados conquistadores, que derrotó a Aladino Mahomed con 400 mil Persas, se apoderó de Bocara, de Samarcanda, de Balk, y penetró en el corazón de la India, haciendo horribles estragos y valiéndose de armas de fuego. Fue considerado como un dios por su nación, a la cual dio leyes (Ulugyassa), y tuvo unas 500 mujeres de todos países.
Gengiskánidas Su reino quedó dividido entre tres hijos suyos, pero sobre ellos imperaba Oktai, hijo suyo también, el cual mandó tres ejércitos a Persia, a la Bulgaria y a la China, a emprender las conquistas que continuaron sus sucesores Zagatai, Mangú y Cubilai. Este quiso que los suyos se civilizaran a ejemplo de los Chinos; tuvo en su corte al veneciano Marco Polo, que le prestó grandes servicios.
1261 Reservándonos referir otros acontecimientos de la China, explicaremos aquí cómo los Mogoles devastaron la Mesopotamia y la Persia. Con la toma de Bagdad terminó el imperio de Mahoma después de 56 califas, y ya nadie reunió los títulos de pontífice del islamismo y jefe de los creyentes. Hasta en Egipto los Mogoles asediaron a los Mamelucos, y amenazaron a Europa, invadiendo la Hungría y acampando a orillas del Adriático en frente de Italia. En la Siria hostigaron a los Selyúcidas, con quienes estaban en guerra los cristianos. Viendo estos que tenían comunidad de intereses con los Mogoles, procuraron aliarse con ellos. El Papa les mandó embajadores (Juan Piano de Carpi, Rubruquis, el beato Odorico de Pordenone), creyendo que con su alianza aniquilarían a los Musulmanes. Los Mogoles se mostraban indiferentes con respecto a las diversas religiones; sin embargo ayudaron varias veces a los cristianos, y fueron ayudados por éstos. La invasión de los Mogoles produjo buenas consecuencias: el califato fue destruido, destrozado el poder de los Asesinos, exterminados los Búlgaros, los Cumanos y otros pueblos septentrionales; y se introdujeron en Europa la pólvora, la imprenta, el papel moneda y los naipes.
Cruzada VIII – 1246 – 1270 Para conjurar el peligro con que viejos y nuevos invasores amenazaban a la Palestina, San Luis resolvió ir con un poderoso ejército, y desembarcó en Egipto; pero allí cayó prisionero y vio su ejército destruido por las armas enemigas y por las enfermedades. Obligado a rescatarse a sí y a los demás prisioneros, Luis regresó a Francia, donde fue respetado por la constancia y dignidad de que había dado pruebas. Sabedor de los nuevos padecimientos de la Palestina, quiso volver, y empezó por desembarcar en Túnez, esperando convertir aquel rey. Pero este envolvió al ejército cruzado, y hasta el santo rey murió en la lucha.
Y aquí concluye el gran drama de las Cruzadas, en el cual se malograron casi todas las expediciones, pero se consiguió el principal objeto, el de impedir que los Musulmanes invadiesen la Europa y fuese subyugada la cruz por la media luna.

149.- España. Magreb. Portugal
1086 Cruzada continua puede llamarse la que los Españoles ejercieron contra los Árabes para recobrar su país. Los Árabes estaban divididos entre muchos emires, con frecuencia en guerra unos con otros, e incapaces por lo mismo, de sostener la península. En medio de sus discordias, los Árabes llamaron del África a los Moros Almorávides. Con este nombre, que significa devotos de Dios, eran designados los secuaces de Abdallah, quien había fanatizado a algunas tribus árabes que conquistaron a Marruecos. Su jefe Yusuf acogió gustoso la ocasión de pasar a España: derrotó a los Cristianos, y volviéndose contra los Árabes, tomó a Granada y a Sevilla; después de 60 años de turbulenta existencia, dio término al reino de Andalucía y se hizo reconocer señor de España, donde sus hijos continuaron la guerra religiosa, enardecida por nuevos sectarios, llamados Almohades, es decir, unitarios.
Castilla – 1242 Los Cristianos se alegraron de las discordias suscitadas entre estas sectas; y Alfonso el Grande se hizo dueño de Calatrava, Almería y Lisboa, y por consiguiente del curso del Tajo. Alfonso Raimundo realizó otras conquistas en Castilla; pero los emperadores de Marruecos auxiliaban a sus correligionarios. Sin embargo se dio en las Navas de Tolosa una batalla tan sangrienta, que se dice que perecieron en ella 185 mil Moros. De los antiguos reinos musulmanes no quedaba en España más que el de Granada, próspero en comercio e industria, que prestaba homenaje al rey de Castilla, sin perjuicio de hacerle la guerra cuando se presentaba la ocasión, llamando al efecto a Moros de África.
Alfonso de Castilla, el Noble, estableció en Valencia la primera Universidad y dio un código (Fuero Real). A medida que se conquistaba un territorio, acudían a él los Cristianos, y de sus diferentes costumbres se formó la constitución de Castilla, con rey hereditario, reconocido en Cortes formadas por la nobleza y el clero, y más tarde también por diputados de las ciudades (1169); los nobles constituían una hermandad armada que podía resistir al mismo rey.
1252 Alfonso X, el Sabio, poeta y astrónomo, publicó el código de las Siete Partidas, donde hay órdenes y consejos, juicios y ceremonias.
Aragón – 1283 El reino de Aragón no fue fundado por conquista, sino por hombres libres, unidos para reconquistar la independencia patria. Por esto tuvo formas más amplias y singulares. Considerando al rey como hechura suya, los Aragoneses juraban obedecerle siempre que él observase los pactos, y si no, no. Las ciudades mandaban diputados a las cortes. Jaime el Justo, o el Conquistador, alcanzó señaladas victorias sobre los Árabes, y conquistó las Baleares y el reino de Valencia, al cual dio un código en lemosín (Costums de Valencia), basado en la legislación romana. Pedro III de Aragón pretendió el trono de Sicilia, y estuvo en guerra con Felipe el Atrevido, rey de Francia; tuvo que conceder a la nación Privilegio General, por el cual se comprometía a no quitar a ningún vasallo su feudo, sin previo juicio; ningún vasallo podía ser obligado a combatir fuera del reino, y el rey no podía, sin el consentimiento de las Cortes, hacer la guerra ni levantar impuestos. Así, pues, el rey fue poco a poco reducido a una simple representación, mientras todo lo podía el justicia, magistrado que por sí solo y con los barones zanjaba todas las controversias de los feudatarios y fallaba en las causas reservadas al rey. Después que Pedro IV hubo abolido el gran privilegio, adquirió aún mayor fuerza el justicia, como único abrigo contra el poder real; podía llamar a sí cualquier causa incoada ante otro tribunal, garantizando los efectos de la condena impuesta por este los bienes de los que recurrían a su asistencia. Hemos señalado las constituciones de los diferentes reinos españoles, porque de ellas se deriva el carácter actual de los Españoles, vigoroso, altanero e independiente.
Portugal Enrique de Borgoña, que había acudido en auxilio de Alfonso I de Castilla, obtuvo el título de conde de Portugal, y su hijo Alfonso Enríquez fue proclamado rey de aquel país; puso su reino bajo el patrocinio de Nuestra Señora de Clairvaux, y tomó por escudo las cinco llagas y los treinta dineros de la pasión de Cristo. En Lamego se reunieron las primeras Cortes, que dieron la Constitución del reino, declarándolo hereditario de varón a varón.
1095 – 1139 La nobleza portuguesa no tenía por fundamento la conquista ni el feudalismo, sino el valor y la lealtad. El pacto entre la nación y el rey no debía ser modificado sino por acuerdo de ambas partes contratantes. En un reinado de 46 años, Alfonso conquistó a Lisboa, extendió su territorio, contó con la amistad del clero y de Roma, y fundó la Orden del Santo Cristo para los caballeros que le ayudaron en sus empresas.
Sus descendientes más de una vez disgustaron al clero; en tanto se sometieron los Algarbes; en Lisboa se acostumbraron los nobles a una vida menos tosca que la de los castillos, y la lengua conservó el sello árabe.

150.- Prusia. Livonia. Caballeros Teutónicos
1158 – 1204 – 1230 – 1254 Cruzada puede llamarse también la historia de Prusia. En este país poco conocido, se encuentran, hacia el año mil, los Brucsos, o Prucsos, mercaderes de Bremen; arrojados por una tempestad a la embocadura del Duna en el Báltico, encontraron una población salvaje, que llevaba los nombres de Livos, Letones, Wendos, Curones, Semigalos y Estonios, de los cuales tomaron el nombre las provincias de aquella región. San Adalberto, arzobispo de Praga, fue a predicar allí el Evangelio, pero fue muerto por aquella gente apegadísima a sus ídolos; después de lo cual fueron a convertirlos con la fuerza los Daneses y los emperadores de Alemania, Alberto de Appeldern, ayudado del emperador Felipe, pudo establecer allí su obispado, fabricó fortalezas, distribuyó a los señores tudescos las tierras conquistadas, y fundó la Orden de los Porta-espadas, que no tardó en tener fortalezas y dominios, y conquistó la Estonia. El cisterciense Cristián introdujo el cristianismo en Prusia. Los Hermanos de la milicia de Cristo, instituidos por él para combatir a los idólatras, fueron exterminados por éstos. Entonces se juzgó más conveniente llamar de Palestina a los Caballeros Teutónicos (cap. 128) que ya poseían tierras en Alemania. Hermann de Salza, su gran maestre, acudió y tuvo todos los terrenos quitados a los idólatras. El primer maestre provincial, Hermann Balk, hizo guerra a muerte a los Prusianos. Fueron llamados colonos pacíficos y guerreros cruzados, que a la vez levantaron ciudades y destruyeron a los enemigos. Así fueron fundadas Thorn, Culm, Marienwerder y Elbing. Los Porta-espadas vinieron a ser una parte de la Orden Teutónica. Cuando los Teutónicos tuvieron que defender a su país de los Mongoles, los Prusianos se alzaron en armas para recobrar su independencia, mataron a cuantos Alemanes cayeron en sus manos, y al fin se concertó una paz entre los naturales y la Orden. Riga fue metrópoli de una federación de varios dominadores, entre los cuales figuraba la Orden en primer lugar; el arzobispo de Riga poseía parte del país, y parte el rey de Dinamarca. La región situada al norte del Pregel, consagrada a los antiguos dioses, fue pasada a sangre y fuego, y en ella fue fundada Köningsberg. La Lituania rechazó largo tiempo al cristianismo; pero al fin la Orden realizó la conquista de la Prusia desde el Memel hasta el Vístula. Los caballeros Teutónicos hacían emanar su derecho de concesiones del Papa y del emperador germánico; redujeron a siervos a los antiguos propietarios, que recobraban la libertad con el bautismo. Se formó después una alta nobleza (Witinga), que debía servicios militares a la Orden; seguían los poseedores libres, exentos de prestaciones personales; la tercera clase eran los poseedores de campos regidos por el

151.-Hungría
1077 – 1217 – 1301 La estirpe de Arpad (cap. 111) reinaba en Hungría y prestaba homenaje al Papa. Ladislao restableció la paz interior y conquistó la Esclavonia y la Dalmacia; alcanzó muchas victorias, acompañadas de milagros, por los cuales es venerado como Santo. Su hijo Coloman, que le sucedió, se tituló además rey de la Croacia y de la Dalmacia, y dio un código favorable al clero. Sus sucesores tuvieron guerras con los Venecianos y tomaron parte en las Cruzadas, principalmente Andrés, padre de la buena santa Isabel; dio este al país la Bula de oro, constitución donde confirmaba los derechos de los nobles, dispensados de servicios militares y de contribuciones, aunque sin su consentimiento, y poseedores del derecho de rebelarse si el rey faltaba a los pactos, lo cual legalizaba la anarquía. Su hijo Bela IV trató de mortificar a los nobles; asediado por los Mogoles, vanamente solicitó el auxilio de Alemania y del Papa, y presenció el espectáculo de 100 mil húngaros degollados, y desolado el país por espacio de dos años, al cabo de los cuales se retiraron los Mogoles y Bela recuperó el reino. Pero sus sucesores se agitaron en guerras y disensiones, hasta que con Andrés III concluyó la estirpe de Arpad, que en tres siglos había dado 23 monarcas a la Hungría.

152.- Inglaterra y Escocia
1119 – 1214 - Carta Magna – 1215 A Ricardo Corazón de León sucedió Juan Sin Tierra, pero fue rechazado por los vasallos del Anjou, del Maine y de la Turena, y acosado por Felipe Augusto de Francia, que quería arrebatarle aquellos feudos, favoreciendo al pretendiente Arturo. Juan era odiado de su pueblo y reprobado por Inocencio III, y para dar ocupación a la nobleza, la conducía a devastar a la Escocia, la Irlanda y el país de Gales; y llegó al extremo de prometer hacerse Mahometano, si los Almohades le auxiliaban. Después de la batalla de Bouvines, volvió descoronado a Inglaterra, y el arzobispo de Canterbury exhortó a los descontentos señores para que consolidaran sus derechos, lo que obtuvieron con la Carta Magna, la famosa constitución inglesa que dura todavía. El rey prometía no violar los derechos de nadie, reintegrar la justicia según las costumbres anglo-sajonas y normandas; nadie podía ser juzgado sino por sus iguales; no sería negada ni diferida la justicia; eran inviolables los bienes y las personas, y determinadas las prestaciones de los feudatarios; ningún tributo ni servicio sería reclamado sin el consentimiento de los grandes; el clero gozaría de libertad de elección y jurisdicción propia.
En cambio el rey obligaba a los nobles a no exigir más que impuestos regulares, a dejar al pueblo la libertad de viajar y de asociarse, y a que hiciesen participes al pueblo de todos los derechos que ellos obtuviesen del rey. El rey trató de abolir o mermar aquellos privilegios, por cuyo motivo los nobles ofrecieron la corona a Luis, hijo de Felipe Augusto; pero no tardaron en mirarle con enojo, y pusieron en su lugar a Enrique, hijo de Juan, quien en el transcurso de treinta y seis años de agitadísimo reinado, confirmó la Carta para obtener paz y dinero, y atentó nuevamente a los derechos, dando lugar a guerra abierta, dirigida por Simón de Monfort; los barones se sometieron al arbitraje de San Luis, pero pronto volvieron a las armas. Su hijo Eduardo organizó la justicia con los Primeros Estatutos de Westminster; asumió el nombramiento de los conservadores de la paz, e instituyó un tribunal que recorriese el reino castigando a los prevaricadores. Recurrió a extraños expedientes para procurarse dinero, pero de esto nació la aclaración del código nacional.
Asociaciones mutuas El país había sido dividido en feudos por Guillermo el Conquistador. Los poseedores de aquellos feudos se reunían en parlamento; pero en vez de hacer que éste juzgase todas las causas, Enrique II había instituido tribunales ambulantes, destinados a examinar las cuentas y la conducta de los oficiales, y a reparar los daños causados al Fisco. Entonces muchas ciudades se constituyeron en Comunes con el objeto de reprimir el predominio de los barones, y tenían que mandar al parlamento diputados que informasen sobre las cantidades que podía pagar cada ciudad. Esta diputación era un agravio para los burgueses; pero estos se acostumbraron así a hablar con los señores, a ponderar sus recursos, a medir las contribuciones, y de esto pasaron a examinar los derechos del rey, y por último a participar en la facultad legislativa. Como Eduardo no cesaba de pedir dinero, los señores obligaron al príncipe heredero a reconfirmar la Carta Magna, con la añadidura de que el rey no pudiese levantar impuestos sin previo asentimiento de prelados, condes, barones, caballeros y otros hombres libres. De este modo, hasta la propiedad quedaba asegurada. La libertad individual estaba asegurada por las asociaciones de cien personas (hundred), que se la garantizaban mutuamente; de esta mutua garantía nació el espíritu público inglés, que comprende la obligación de conocer los derechos propios y ajenos, exigir buena administración de los magistrados y facilitar el mantenimiento del buen orden. De las asociaciones mutuas, se originó también el gran jurado, en virtud del cual no se puede procesar a nadie sin que antes doce de sus iguales declaren que hay lugar a la formación de causa.
Desde entonces los Ingleses conservaron celosamente la Carta, poniendo en juego la lógica más sutil para deducir las últimas consecuencias de aquel código, no con ayuda de teorías, sino de hechos, y ateniéndose a la letra estricta, aunque respetando los usos de cada país. Una ley común abrazaba a vencedores y vencidos, puesto que ningún noble se sustraía al jurado ordinario, a las contribuciones y a la pena infamante, excepción hecha de los pares, considerados como legisladores.
El país de Gales Por esto se llamó a Eduardo el Justiniano de Inglaterra; pero hizo aquellas concesiones muy a pesar suyo. Eduardo sometió al país de Gales donde se habían refugiado los Cambrios; David Brucio, que excitó a la resistencia, cayó prisionero y fue descuartizado; perseguidos los Bardos y reducido el país a formas inglesas, se dio al heredero de la corona el título de príncipe de Gales.
Escocia – 1202 – Walacio – 1305 En Escocia, los montañeses se negaron siempre a la obediencia, viviendo en clanes que derivaban su título de un jefe, al cual hacían remontar su origen antiguo. Sus reyes dominaron desde 838 hasta 1286; luego trece pretendientes se comprometieron con el rey Eduardo, quien se decidió a favor de Juan Ballieul. Habiéndose rebelado este, Eduardo sometió a la Escocia, donde hizo destruir los monumentos, los papeles de los archivos y los sellos. Muchos habitantes se refugiaron en las selvas; Guillermo Wallacio supo hacerlos triunfar de los 100 mil soldados mandados por Eduardo, y se mantuvo largo tiempo, hasta que fue vendido y ajusticiado en Londres. Roberto Brucio sostuvo aún la independencia, y derrotó a las tropas de Eduardo II; Eduardo III concedió la paz, reconociendo a Brucio. Pronto se reanimó la lucha, y duró hasta que la corona pasó a Roberto II Estuardo.

153.- Idiomas y literatura
Era el latín la lengua en que escribían los Occidentales, latín barbarizado y alterado según los países, pero vehículo constante de los conocimientos universales. Cada país, sin embargo, hablaba distinto idioma, en el cual se hacían las canciones populares y a veces los sermones. El latín escrito, participando del hablado, introducía mayor análisis y el artículo y los auxiliares en la conjugación de los verbos; abandonaba las inflexiones según los casos, supliéndolas con las preposiciones, hasta que se transmutaba en las lenguas modernas. Esto no sucedió en tiempo determinado, ni menos por influencia de los conquistadores, sino poco a poco, y a medida que se constituían las naciones, cuando experimentaban la necesidad de adoptar su propia lengua en los parlamentos, en los negocios y en los escritos.
Entre las lenguas neolatinas, apareció desde luego la provenzal, en el Mediodía de Francia, y la adoptaron los poetas llamados Trovadores. Sobre esta prevaleció empero la de la Corte, que era la francesa, divulgada con las correrías de los Normandos y las empresas de los Cruzados. La española se formó antes de la invasión musulmana, modificando el latín con el godo. Contracción de ella es el portugués, con mayores aspiraciones árabes; atribúyense al rey Rodrigo ciertas lamentaciones por la invasión musulmana. El valaco es un resto de las colonias romanas estacionadas en las márgenes del Danubio.
El italiano vulgar se escribió más tarde, porque el latín se consideraba como patrimonio nacional. Sin embargo, se hallan vestigios de él en el año 900; y sufrió poco la influencia de idiomas extranjeros, como lo prueba el hablarse con más pureza en los países nunca invadidos, como Venecia y la Toscana. Los dialectos, conservaron mayor parte de las lenguas primitivas, anteriores no solo a la conquista romana, sino a la inmigración indo-germana.
De las lenguas teutónicas tenemos fragmentos en la Biblia traducida por Ulfila, obispo godo de fines del siglo IV; se conservó más pura que en ninguna parte en la Escandinavia, donde sufrió menos mezclas extranjeras. De la fusión del teutónico con el sajón nació el habla de la Alta Germania, la cual, en tiempo de Federico I, se empleaba ya en actos oficiales, si bien se usaba generalmente el latín. Cada cual empleaba, aun escribiendo, el dialecto de su país, hasta que Lutero, para la traducción de la Biblia adoptó el sajón, que pasó a ser lengua nacional.
Dícese que el antiguo germánico concuerda más que ningún otro con el habla de los Países Bajos; mientras que la mezcla producida por Sajones, Francos y Frisones degeneró en el holandés.
El inglés formose tarde, con elementos teutónicos y románicos; los dialectos modernos corresponden a la antigua división de los siete reinos. Los Normandos que invadieron la isla continuaban hablando francés, que quedó como lengua del gobierno, de los negocios y de los gentilhombres, hasta que Eduardo III, hacia el año 1362, la sustituyó con el inglés, a fin de separarse por completo de la Francia.
Hacia Levante persistía el griego, que era estudiado también en el resto de Europa como lengua literaria y eclesiástica. La familia de los Comneno y de los Duca favoreció algo la literatura griega; pero aparte de los cronistas, llamados historiadores bizantinos, no podemos citar más que los poemas ilíacos de Juan Tzetzés (1120-83), y la antología de Planude. En algunos países se introducían palabras extranjeras y nuevos modismos, se simplificó la conjugación mediante los auxiliares y se perdió el infinitivo. El Skip de los Albaneses tiene canciones anteriores a Scanderberg.
El eslavo, con sus dialectos, es hablado por 80 millones de personas.
De todas las lenguas de Europa se diferencian radicalmente el vascongado, confinado hoy en la Vizcaya y Navarra, y el finés de los Estonios y Lapones, del cual hasta hace poco tiempo se creyó que derivaba el húngaro (cap. 111).
En la Armenia se produjeron obras eclesiásticas y de controversia, y sobresalieron algunos historiadores, como Mateo de Edesa, y Vartan el Grande.
En Europa, más que el griego se estudió el árabe, del cual vertían al latín los clásicos griegos. No faltaron versificadores latinos, ni cronistas. Enrique de Settimello adquirió gran fama con sus cuatro libros De Diversitate fortunæ. La rima daba realce a la tosca y rastrera bajeza de los versos leónicos, llamados así por haberlos puesto en miso León, benedictino de París, en 1190.
La rima quedó en todos los idiomas nuevos, siendo los Provenzales los primeros que la usaron en largas composiciones. Tenemos ejemplos de versos italianos del siglo XII en Toscana y en Sicilia, y sin citar a los poetas más antiguos, mencionaremos a Guido de Arezzo, Guido Cavalcanti, Cino de Pistoya, Jacopone de Tedi. En Francia, muchos trovadores componían canciones y poemas románticos, entre los cuales adquirió celebridad el Romance de la Rosa de Guillermo Lorris (1260) en 4555 versos, que Juan de Meun completó añadiendo 18000, con personajes alegóricos.
En España, usábase el vascuence en Navarra, el lemosín en Cataluña, el castellano, el portugués, y también el árabe. El poema más antiguo de la poesía española es el del Cid, 150 años anterior al Dante. Favoreció mucho la lengua el canónigo de Berceo con nueve poemas de asuntos sagrados. También Alfonso X compuso cánticos sagrados y el Libro del Tesoro. Pero la verdadera poesía española consiste en los romances, baladas heroicas, efusión espontánea del valor nacional y del espíritu caballeresco; ilíadas populares donde no hay que buscar el arte. Los romances eran cantados por el pueblo; de donde proviene que sean desconocidos los autores. Los primeros tratan de la invasión de los Moros y del rey Rodrigo; otros cantan a Carlomagno, y su derrota en Roncesvalles; después del Cid, el héroe más celebrado por ellos es Bernardo del Carpio; muchos cantan a los Siete Infantes de Lara, y la musa, por lo común fiel a los reyes, sabe sin embargo manifestar el descontento de los grandes, maldecir las crueldades de Don Pedro, y aplaudir las venganzas de Enrique de Trastámara. Cantó, en fin, la caída de los Moros, y entonces pareció compadecerse de los vencidos, y esta compasión redundaba no obstante en gloria de la nacionalidad redimida. Algunos literatos imitaron el género popular, y compusieron poemas basados en las tradiciones, como el de Amadís.
La literatura alemana permaneció libre de toda imitación clásica. Los Singer, Meister y Minnesinger componían y cantaban; no eran agudos, líricos, sutiles, alambicados como los Trovadores provenzales; eran graves, serios, altivos, y se ocupaban menos de las Cortes que de las artes y oficios. Algunos, sin embargo, se dedicaron a la poesía épica, como Enrique de Valdeck, superado por Enrique de Ofterdingen y Walter de Vogelweide, de quien dijo Goethe que era el poeta más insigne que había producido Alemania. Otros imitaron romances provenzales; celebraron a los héroes (Heldenbuch) Hermanrico, Teodorico, Atila, y en el gran poema de los Niebelungen, las luchas de los dioses y de los Borgoñones, con seres fantásticos procedentes de antiguas tradiciones. Los que han querido comparar los Niebelungen con la Ilíada, han encontrado un poema semejante a la Odisea en la Gudruna, llena de aventuras sumamente extrañas y de poderes sobrenaturales.
La invasión francesa injertó en Inglaterra un vástago de civilización romana en el tronco septentrional, encontrándose las formas de los trovadores, o cantores provenzales, y las de los cantores del Norte en aquel lenguaje mixto. La literatura, pues, era toda francesa. Las canciones nacionales fueron patrimonio del pueblo y de los bandidos, cuyo tipo fue Robin Hood, como fue modelo de caballeros Ricardo Corazón de León.
Historia Entre los Musulmanes se distinguen el persa Anvero y Saadi (1175-1201). Hubo otros historiadores sin crítica, que se copiaban unos a otros. Mahomed, hijo de Ahmed, escribió las empresas de Gelaleddin; las de los Mogoles fueron referidas por sus vencedores Aladdin Afta Mulk y Abdallah Vassal el Azret. Ebn Kaldun, de Túnez, narró más tarde (1352-1406) las hazañas de aquellos tiempos.
En Europa, la historia extendió su vuelo con la Cruzada, y adquirieron fama como historiadores el inglés Paris, el polaco Martin y el bibliotecario Anastasio. En las ciudades italianas hubo muchos cronistas. En Francia historiaron Villehardouin y Joinville. Se refirieron y coleccionaron muchísimas leyendas de santos y milagros.
La elocuencia debió ampliarse, no contentándose con el púlpito, sino aplicándose además a los consejos y a los parlamentos.

154.- Bellas artes
También las bellas artes participaron de los efectos producidos por el despertar de la civilización; multiplicáronse los edificios, a los cuales se aplicó un nuevo orden, el gótico. Preténdese que éste fue una variación de la arquitectura lombarda introduciendo el arco agudo, pero aún se discute su origen. El arco agudo apareció aisladamente en diversos puntos; se usaba mucho en Persia, de donde lo tomaron los Árabes, pero no puede decirse que los nuestros lo tomasen de ellos en las Cruzadas, porque tenemos ejemplos anteriores. Inclina a creer que este orden tuvo principio entre los Alemanes, el estilo de sus edificios que rematan en punta, y el hecho de haberse abierto allí la logia principal de los Francmasones que propagaban este estilo. Estas sociedades se transmitían secretamente los métodos de construcción, tenían una jerarquía y usaban como símbolos el martillo, la escuadra, el nivel y el compás. De casi todos los grandes edificios se ignora el primer arquitecto, lo que puede atribuirse a un sentimiento de abnegación piadosa, o bien a la incuria ignorante. En Italia pasa por el ejemplo más antiguo de estilo gótico el sacro convento de Asís (1227) con su templo en forma de tres edificios, uno encima de otro. Anteriores son las construcciones normandas de Sicilia, a las cuales siguieron las catedrales de casi todas las ciudades.
El monumento gótico más antiguo que se encuentra en Alemania es la iglesia de Friburgo, en Brisgovia, empezada hacia el año 1130; el más suntuoso es la catedral de Colonia, a la cual siguen las de Ulma, de Estrasburgo, de Espira y de Viena. En Francia es admirada la Santa capilla de París, pero se encomian más los edificios de la Normandía, desde donde el gusto gótico pasó a Inglaterra. En España prevaleció el estilo morisco, con su arco reentrante en forma de herradura, y con profusión y riqueza de adornos. La mezquita de Córdoba es de las más ricas que puedan verse, y son magníficos modelos la Alhambra de Granada y la Giralda de Sevilla.
Las catedrales italianas eran empezadas siempre con fe y entusiasmo, pero la mayor parte quedaron sin concluir. Uníanse a ellas hermosos claustros, otra belleza de aquellos tiempos, y su interior estaba adornado con vidrios pintados y mausoleos. Los nuevos gobiernos comunales o monárquicos premiaban a los artistas, deseosos de embellecer las ciudades con obras maestras de arte, como suelen serlo la catedral, el baptisterio, la torre y el palacio del Común. Adquirieron fama los arquitectos Bono, de Lombardía; Marchión Aretino; Arnolfo de Lapo, que dirigió en Florencia la arquitectura de Santa María de Fiore; fray Ristoro, a quien se atribuye Santa María la Nueva; Lorenzo Maitani, que erigió la catedral de Orvieto.
Todo esto estaba adornado con pinturas, que huyendo de la dureza bizantina se encaminaban a la verdad artística. Entre los primeros pintores sobresalieron Margaritón de Arezzo, el pisano Giunta, Buonagiunta de Luca, Buffalmacco, hasta llegar a Cimabue (1240) quien si bien por respeto a los modelos hacía las Vírgenes feas y desgraciadas, daba mucho mejor aire a las otras cabezas que pintaba; sin embargo le superó Giotto.
El arte de los mosaicos no decayó nunca; Roma los tiene de todas las épocas; pero entonces mejoraron. En la Edad Media la escultura se aplicó principalmente a los bajo-relieves; y dejando atrás las primeras tentativas de mejoramiento, hallamos en Giunta de Pisa una buena escuela, donde se formaron Nicolás y Juan. Se fundían metales, sobre todo para puertas de iglesia; Andrés Pisano hizo las antiguas de San Juan de Florencia. Es notable cómo fue general en los artistas la inspiración religiosa, eligiendo asuntos sagrados con piadosos emblemas.

Libro XIII
155.- La imprenta. La pólvora. Otros inventos
La edad que sigue se señaló por inventos que cambiaron la faz del mundo.
Papel Los antiguos escribían sobre cuero, en hojas de palmera o en la segunda corteza de las plantas; después se preparó el papel, o con las fibras del papiro, caña peculiar de Egipto, o bien con la piel de oveja, que se llamó pergamino, porque se perfeccionó en Pérgamo. Escribíase a la mano, trabajo que antiguamente hicieron los esclavos al servicio de sus amos, y en la Edad Media los frailes, que lo consideraron meritorio. Por consiguiente, los libros eran raros y costosos, máxime cuando se acostumbraba adornarlos con miniaturas y bellos lazos. Sin embargo se formaron bibliotecas, principalmente en el Vaticano y en los conventos, de donde proceden todos los libros antiguos que poseemos. Lo costoso del pergamino hacía tal vez que se borrase lo escrito para escribir otra cosa, y donde antes había obras clásicas hubo después algún sermón.
Cuanto más aumentaban los estudios más se dejaba sentir aquella escasez de libros. Los Chinos desde tiempos muy remotos fabricaban papel de bambú, de paja, de capullos de gusano de seda, de corteza de morera y hasta de trapo viejo triturado. Los Árabes conocieron la fabricación del papel, para la cual empleaban el algodón, que fue más tarde sustituido por el cáñamo y el lino que forman la base del papel moderno. Desde España, esta fabricación se extendió por Europa después del año mil.
Imprenta Los Chinos también sabían imprimir, es decir tallar la madera y con ella estampar en el papel. En Italia se empleaba igualmente este procedimiento para imprimir imágenes de santos, ciertas oraciones y los naipes. Lorenzo Coster de Harlem, Juan Gutenberg y Juan Faust introdujeron los caracteres metálicos movibles hacia el año 1436, y en seguida aquel arte se difundió por Alemania, Italia y otros países, haciendo continuos progresos; introdujéronse imágenes y entalladuras, y se concedieron privilegios para las ediciones costosas. La gran clase de los amanuenses se lamentaba del pan perdido, pero creció la de los impresores, encuadernadores y vendedores de libros. Estos pudieron adquirirse a bajo precio, y fue una parte importante de los estudios el buscar manuscritos, escoger los mejores textos y expurgarlos de los errores cometidos por los copistas.
Pólvora Los caballeros de la Edad Media se habían cuidado de proporcionarse armas robustísimas para resistir a los golpes de las ballestas y de las lanzas; y creyeron que habían muerto el valor y el heroísmo al verse heridos por las armas de fuego, con que el más vil y cobarde puede matar de lejos al campeón más valiente. También estas armas eran conocidas por los Chinos, que adoptaron cañones contra los Mogoles a fines de 1222; luego los Moros se sirvieron de ellos en las guerras de España. Aparecen entre los Cristianos a principios del siglo XIV; y se cree que un fraile llamado Schwartz, haciendo experimentos de alquimia, descubrió la pólvora, formada de carbón, azufre y nitro.
Los primeros cañones eran de madera con aros de hierro; después se hicieron con una mezcla de cobre y estaño. Pesaban mucho y se manejaban con dificultad. Al principio servían para sustituir a las catapultas, manganas y otras máquinas de la balística antigua. Pareció cosa extraordinaria que Francisco Sforza, durante el sitio de Placencia, hubiese disparado sesenta tiros de bombarda en una noche. Fueron perfeccionándose poco a poco hasta llegar a los actuales, algunos de los cuales alcanzan a diez mil metros. Pero en las batallas de los tiempos que describimos, contribuyeron muy poco a las decisiones de las jornadas.
La pólvora se empleaba con más éxito en las minas para hacer volar las fortificaciones del enemigo.
No tardaron en introducirse cañones de mano, es decir fusiles, que se disparaban por medio de un pedernal; girando bajo de él una rueda de acero, montada por medio de una manecilla, hacía saltar la chispa que prendía fuego al cebo. Esto da a comprender cuán lento era su ejercicio; y como los soldados no sabían hacer fuego continuo, ni podían servirse del arcabuz como arma defensiva, se introdujo la bayoneta. Andando el tiempo se inventaron los cartuchos, la cartuchera, la baqueta, y últimamente el fulminante, que hizo posible el uso de los pistones.
Entre los inventos de aquella época figuran el aguardiente, los combustibles fósiles, las velas de sebo, los anteojos, las esclusas para navegar contra la corriente de los canales. Los correos a caballo y las cartas fueron introducidos en Alemania por la familia italiana de los Taxis, con privilegio exclusivo y alta dignidad. La rapidez de las carreras y la comodidad de las comunicaciones fueron siempre en aumento, y las antiguas postas y correos han desaparecido ante los ferro-carriles y telégrafos.

156.- Imperio de Oriente
Constantinopla adquirió nueva vida al ser tomada por los Cruzados, y fue rodeada de reinos e imperios como el de Trebisonda, el del Epiro, el de Nicea, donde reinaban los Lascaris, que recuperaron el trono de Constantinopla, terminando con Balduino II el imperio de los Latinos. Sin embargo conservaron allí posesiones y privilegios Venecia, Génova y Pisa, y se trató de reconciliar a la Iglesia griega con la latina.
1305 Entonces comparecieron los primeros Turcos en Europa, con Azzedin Kaikan, sultán de Iconio, que obtuvo del emperador, la libertad de establecerse en la Dubrucia. Desde allí amenazaron a Constantinopla, por cuyo motivo Andrónico llamó en su defensa a los Almogávares, aventureros catalanes que se ponían a sueldo del que solicitaba su ayuda. Fueron estos a Constantinopla con una buena escuadra, al mando de Roger de Flor, que obtuvo el título de gran duque de la Rumania, derrotó a los Genoveses y a los Turcos, y causó tales inquietudes a los mismos aliados, que Andrónico lo hizo coser a puñaladas. Los suyos, conservados como «ejército de los Francos que reinaba en Tracia y Macedonia», continuaron las empresas y devastaron a la Grecia, repartiéndola entre sus jefes.
Otomanos – 1329 – 1360 El Imperio disminuía cada vez más, cuando sobrevinieron los Otomanos, de otra raza turca, que ocuparon hasta Brusa. Aladino dio a estos una constitución civil; Orcan organizó el ejército permanente de los genízaros, con los cuales se apoderó de Nicea, y entró por fin en Constantinopla, si bien se contentó con obtener allí fiestas aparatosas con motivo del casamiento de su hija con el emperador Paleólogo. Aprovechándose de las guerras civiles suscitadas por los pretendientes y contra los Genoveses, los Otomanos adquirían siempre mayor fuerza, sobre todo bajo Amurates, que extendió sus conquistas sobre la Rumania, la Tracia, la Bulgaria y la Servia, y estableció en Andrinópolis el centro de un gobierno y de una religión contrarios a los de Constantinopla, donde ya mandaba como dueño. El emperador Paleólogo pasó a Italia en demanda de auxilio; el Papa prometió ayudarle, pero murió antes, y Paleólogo llegó a tan miserable estado de fortuna, que en Venecia fue arrestado por deudas.
Servia Los Servios, tribu guerrera de origen eslavo, se habían mezclado con las razas griegas sojuzgadas, y parecía que iban a formar un gran imperio, cuando los Otomanos les derrotaron arrebatándoles la independencia. Pero Milosc Kobilovitz, levantándose en medio de los cadáveres, degolló a Amurates, y su nombre se perpetuó en las canciones de los Servios, como las glorias del emperador Esteban y de Marcos Craglievitz.
Bayaceto - 1389 Bayaceto, sucesor de Amurates, y apellidado el Rayo, emprendió conquistas sobre los Cristianos y los Musulmanes; obtuvo del califa de Egipto la patente de sultán; invadió la Hungría, a pesar de que el emperador Segismundo había reunido 100 mil hombres para impedirlo, y Bayaceto escribió al emperador Manuel: «Con el favor de Dios, nuestra cimitarra ha subyugado casi todo el Asia y una gran parte de Europa; solo nos falta Constantinopla; sal de ella, y déjanosla bajo las condiciones que quieras, o tiembla por ti y por tu pueblo».
Pero al conquistador le salió otro más terrible.

157.- Tamerlán
1336 – 1402 El vasto imperio de los Mogoles, fundado por Gengis-kan, estaba en decadencia, cuando de la Samarcanda surgió Timur el Cojo, quien después de haber formado un ejército, fue el terror de los pueblos vecinos al principio, y de los lejanos después; sojuzgó a la Persia y al Kalpchak; pasó el Volga, y se echó sobre el imperio ruso; devastó los establecimientos mercantiles europeos del mar de Azov; embelleció a Samarcanda y desplegó en ella una bárbara pompa, titulándose Gran Kan; se propuso conquistar la India para defender en ella el islamismo; tomó a Delhi robando sus portentosas riquezas y degollando a millares de Indios. Vuelto al Asia Anterior, intima la sumisión a Bayaceto; oprime entre tanto a los Cristianos; doma al Egipto; manda de Damasco a Samarcanda los famosos tejedores y fabricantes de lanas damasquinas; y en la llanura de Ancira, donde perecieron 400000 combatientes, derrota a los Turcos y hace prisionero a Bayaceto. Entonces hubiera podido destruir el imperio Otomano, si su furor no se hubiese dirigido principalmente contra los Cristianos, con cuyas cabezas levantaba pirámides.
1404 Tamerlán se halló, pues, a la cabeza de un imperio que desde el Irtisch y el Volga se extendía hasta el Golfo Pérsico, y desde el Ganges hasta Damasco y el Archipiélago. Destrozó y se ciñó las diademas de 27 reyes; recibía un tributo del emperador de Constantinopla; su nombre era recitado en las oraciones en El Cairo. Pensaba conquistar el África, penetrar por Gibraltar en Europa, atravesarla, y volver por la Rusia a la Tartaria. El mar lo detuvo, y habiendo regresado a Samarcanda, recibió grandes homenajes y se preparó para conquistar la China. Mientras tanto daba reglamentos y códigos, fundaba escuelas, atraía a la Corte literatos e historiadores, y escribía él mismo sus propias empresas. Murió a la edad de sesenta y nueve años.
Pero murió sin haber fundado nada estable, y su estirpe, no reinó más que en la India con el nombre de Gran Mogol. Los demás países recobraron su independencia.
Cíngaros La irrupción de Tamerlán en la India es notable porque obligó a salir de allí a los Cíngaros o Gitanos, probablemente de la ínfima clase del país de los Maratas, que siguieron las huellas de los Mogoles como espías o merodeadores. En Europa aparecieron en 1417, haciéndose pasar por originarios de Egipto, por penitentes, o por saltimbanquis, y hasta el presente han vivido sin residencia fija, ora perseguidos, ora tolerados, vilipendiados siempre, y tenidos por rateros, brujos y ladrones de niños.

158.- Fin del imperio de Oriente
1413 – Amurates – 1440 – 1451 La irrupción de los Tártaros dio algún desahogo al imperio griego, pero quedaba reducido a la ciudad de Constantinopla, donde no tardaron los Turcos en amenazarlo, sin que la Europa pudiese o quisiese socorrerlo, por cuanto los papas, y particularmente Eugenio IV, así lo manifestaron. Mahomet es contado entre los mejores reyes como turco; embelleció a Adrianópolis y a Brusa, y favoreció a los literatos. Amurates, su hijo, sitió a Constantinopla, pero fue rechazado, como fue derrotado en Hungría por Juan Huniade, voivoda de Transilvania; luego venció en Varna a un buen armamento de Venecianos, Genoveses, Pontificios y Flamencos, matando a 10 mil cristianos. Se le interpuso Scanderberg, príncipe de la Albania, el cual excitó al país a defender la religión antigua, derrotó a los Turcos e hizo morir de despecho a Amurates.
Mahomet II Sucedió a éste su hijo Mahomet II, el más insigne entre los príncipes otomanos, tremendo en la batalla y sanguinario y lascivo en la paz. A la disciplina enteramente militar de los Turcos, nada podían oponer los corrompidos y débiles Bizantinos. Juan III Paleólogo, emperador, pasó a Italia en demanda de subsidios, aceptando en cambio los dogmas que separaban la Iglesia griega de la latina, aunque para repudiarlos en breve.
Toma de Constantinopla – 1453 El último de aquellos emperadores fue Constantino XII. Mahomet le declaró la guerra y sitió a Constantinopla con un formidable tren de artillería. El emperador, asistido por Romanos, Genoveses y Venecianos, se defendió con valor; sin embargo la ciudad fue tomada y saqueada, y muerto Constantino. Mahomet no acababa de admirar la magnificencia de aquella ciudad, que fue inundada de sangre, y en cuyos campanarios, convertidos desde aquel día en minaretes, resonaron cantos de alabanza a Alá y las oraciones diarias.
Scanderberg – 1402 – 1581 De esta manera se estableció entre los europeos un Estado bárbaro, y Mahomet juró no deponer la espada hasta haber hollado con su caballo los Dioses de cobre, oro, madera y pintura fabricados por los Cristianos. Sojuzgó a los príncipes de Atenas y Tebas, de Lesbos y Focea, y de Morea; Scanderberg, jefe de una liga de los príncipes latinos de la Albania, se opuso a Mahomet, hasta que murió en Lissa, después de haber procurado a los suyos un refugio en la Calabria, donde aún viven sus descendientes. De la sojuzgada Bosnia, Mahomet se arrojó sobre la Servia y la Hungría, como camino para Viena y Roma; Juan de Capistrano predicó la Cruzada; Pío II procuró empeñar en ella a toda la Cristiandad, poniéndose al frente él mismo, pero la fe había disminuido, y Mahomet procedía con matanzas, cuyo horror podemos creer exagerado por el espanto. Mahomet arrojó a los Genoveses de Caffa, mató en Transilvania a 30 mil guerreros con el rey Esteban Batori. Los Venecianos se defendieron con intrepidez en Negroponte, pero fue tomada la ciudad, y a Pablo Erizo se le aserró la cabeza que Mahomet había prometido salvar. La sitiada Rodas fue defendida por los Caballeros de San Juan, que se habían refugiado allí después de la toma de Jerusalén, hostigando sin tregua a los Musulmanes, y se defendieron de tal manera, que al cabo de ochenta y nueve días de sitio, los 100 mil Turcos que la atacaban tuvieron que retirarse. Estos, con una formidable escuadra, se apoderaron de Scutari y de Lepanto y llevaron la esclavitud al Tagliamento y al Isonzo, como la habían llevado a Otranto, y Mahomet murió exclamando: «Quería conquistar a Rodas y la Italia».

159.- España. Expulsión de los Moros
Fernando e Isabel – 1479 Con mejor fortuna combatían los Cristianos a los Musulmanes en España. Concentrados en pocas provincias, éstos las defendieron con vigor, recibiendo siempre nuevas fuerzas del África, mientras que los reinos cristianos adquirían fuerza uniéndose, ora por conquista, ora por matrimonio. Fernando el Católico, rey de Aragón, se casó con Isabel de Castilla, y quedaron unidos todos los reinos de la Península, exceptuando a Portugal, que formó siempre reino aparte.
Los Cristianos consideraban como obra patriótica y religiosa el dañar de cualquier modo a los Moros, que ofrecían una tenaz resistencia. Los pocos que aceptaban el bautismo permanecían siempre en el descrédito; muchos se hacían esclavos. Donde eran tolerados como los Hebreos, habían de llevar una señal distintiva y vivir en barrios separados; les estaba prohibido comer con Cristianos y ejercer las funciones de médico, droguista y banquero.
1310 - Toma de Granada – 1492 A lo último sólo quedaba el reino de Granada, cuyos emires rechazaron con frecuencia a los ejércitos cristianos. Proclamada la guerra santa, Yusuf vio reunidas contra él las armas de Aragón, Castilla y Portugal, y en la batalla de Tarifa perecieron 200 mil Moros; sin embargo continuó la resistencia excitando el fanatismo religioso, y embelleció sus ciudades con palacios y mezquitas. ¡Ay, si entre aquellos infieles no se hubiesen agitado discordias y rivalidades! Los Cristianos intervinieron a favor de un partido con daño de otros bandos. En la expedición decisiva contra los Moros, Fernando trataba de aumentar su poderío; Isabel deseaba librar a su patria de extranjeros y de infieles. Fue ayudada por los consejos de Jiménez, grande hombre de Estado y de Iglesia. Decidida a salir victoriosa de aquella lucha, acompañaba a su esposo, ocupándose en proveer al orden y sostenimiento de las tropas. Tomada Málaga, quedó cerrado a los Árabes el Mediterráneo. Cristianos y Musulmanes lucharon heroicamente, durante seis meses, en la Vega, hasta que Granada cedió, y la bandera de Santiago tremoló en la torre de la maravillosa Alhambra. Toda la Andalucía celebra aún con una fiesta anual la huida del rey Boabdil, con la cual terminó el dominio de los Árabes al cabo de 780 años de su invasión en España.
1582 – 1609 Los Moros vivieron sujetos a persecuciones; y como muchos se hacían cristianos y renegaban después del Cristianismo, se instituyó en contra suya la Santa Inquisición; espantoso tribunal, menos destinado a vigilar por la fe que a servir de garantía a la independencia de la Península contra las tramas que los vencidos urdían contra los vencedores. Los Moros realizaron algunas insurrecciones tremendas, principalmente en las Alpujarras, auxiliados por marroquíes y argelinos, y a duras penas bastó el valor de Don Juan de Austria para domarlos. Entonces se decretó la expulsión de los Moriscos, casi todos los cuales pasaron a Italia y África, y algunos al Languedoc. España se vio desposeída de más de 150 mil habitantes y de las industrias a que se dedicaban.
Los Cristianos se hallaron poseedores de toda España, no por conquista, sino por haberla recuperado palmo a palmo. La genealogía de sus reyes es la de los héroes libertadores. El sentimiento religioso, por el cual se había combatido, formó el fondo del carácter nacional, con el orgullo nobiliario y las ideas caballerescas. De allí nació su amor a las empresas, desplegado en Italia, y sobre todo en los descubrimientos de África y de América. Es de notar el celo con que se limitó a la autoridad monárquica, al paso que crecía la intolerancia religiosa. El título de Reyes Católicos, dado por Alejandro VI a Fernando e Isabel, pareció otorgarles cierta solidaridad de apostolado y vigilancia, y al mismo tiempo cierta universalidad parecida a la del imperio.
En otro lugar hablaremos del descubrimiento de América. Los Reyes Católicos no tuvieron más hijos [sic] que Juana la Loca, que se casó con Felipe de Austria, de quien tuvo al que fue el emperador Carlos V y heredó aquel gran reino. Antes de que Carlos ocupase el trono, fue regente el cardenal Jiménez de Cisneros, gran reformador, intrépido y desinteresado, que refrenó a los conquistadores de América, fundó la Universidad de Alcalá, mandó imprimir la Biblia políglota, y figuraría entre los estadistas más insignes, si no hubiese robustecido la Inquisición y facilitado el extranjero dominio de los Austriacos.

160.- Francia. Felipe el Hermoso
1285 A Felipe III, hijo de San Luis, sucedió Felipe el Hermoso, rey calculador, a quien nadie detuvo en la ejecución de sus proyectos, siendo el principal de ellos la destrucción del feudalismo y aumentar las prerrogativas reales dentro y fuera del reino. A tal fin multiplicó sus ordenanzas, excluyó a los eclesiásticos de todas las funciones jurídicas y cargó graves impuestos sobre sus rentas. Hablaba como amo a los señores, aconsejado por jurisconsultos, que deducían del derecho romano ideas despóticas con que abatir al feudalismo y al clericalismo. Famoso entre estos jurisconsultos fue Guillermo Nogaret, guardasellos, quien para proporcionar dinero a Felipe, puso a precio con frecuencia la cabeza de los Judíos, expulsándolos después del reino sin bienes; adquirió el derecho de acuñar moneda, y adulterándola, pudo imponer según su voluntad una contribución que repitió muchas veces; imponía contribuciones extraordinarias, impuestos a los Lombardos y arruinó a la Iglesia con peticiones que eran órdenes. Felipe acudió con tanta insistencia a los bienes del clero, que llegó a enemistarse con los pontífices.
Bonifacio VIII Era Papa entonces Bonifacio VIII, que hubiera querido renovar los ejemplos de Gregorio VII e Inocencio III, cuando tanto habían cambiado los tiempos. Intervino en las contiendas de los príncipes y de los pueblos; adquirió dominio sobre la Sicilia y sobre el imperio, y colocándose la corona en la cabeza, tomó la espada y exclamó: «Yo soy César, yo soy emperador, yo defenderé los derechos del imperio». Fundó el jubileo, en virtud del cual cada cien años tenían que ir a Roma los cristianos para el perdón general.
1300 – 1302 Bonifacio amonestó a Felipe, el cual, ofendido por la bula contra él publicada, aumentó sus vejámenes y usurpaciones, hizo que Nogaret diese contestaciones insultantes, declarando con el parlamento que nunca permitiría en Francia otro superior más que Dios y el rey. Habiendo convocado en Roma un concilio, Bonifacio expidió la bula Unam Sanctam, donde se proclama que el poder espiritual es divino, y que el que le opone resistencia se rebela contra Dios; el poder temporal es inferior, como la luna al sol; el Papa puede amonestar a los reyes descarriados; toda criatura humana se halla sometida al pontífice y no puede salvarse el que crea lo contrario.
1304 Esta era la suprema expresión de la supremacía pontificia; Felipe le opuso una tremenda proclama, acusando al Papa de veintinueve delitos, y apeló de la excomunión ante un concilio presidido por el pontífice legítimo, negando el carácter de tal a Bonifacio, a quien llamaba Malifacio. Nogaret fue enviado a Roma, llevando consigo al encarnizado enemigo del Papa Sciarra Colonna. Bonifacio fue abofeteado y hecho prisionero; el pueblo lo puso en libertad, y murió al cabo de poco tiempo. Su sucesor Benedicto XI no tardó en morir envenenado.
Templarios Con igual desprecio trataba Felipe a los pueblos. Flandes, rica por su industria, se había unido a la Francia, pero viéndose vilipendiada por él, se sublevó, privándole de los tesoros que de allí sacaba. Entonces Felipe concibió la idea de proporcionarse dinero aboliendo la orden de los Templarios, quienes, después de la pérdida de Jerusalén, se habían esparcido por Europa, según los idiomas; contábanse 30 mil hombres bajo un gran maestre que residía en París. Poseían grandes riquezas y privilegios, reuniendo la primera nobleza de Europa, y quizá la envidia les hacía acusar de enormes delitos, hasta de renegar de Dios y profesar dos religiones. Felipe fomentó las habladurías por medio de sus abogados; excitó los celos de las otras órdenes religiosas, y obtuvo la condescendencia del papa Clemente V, a quien había inducido a trasladar la Sede de Roma a Aviñón. Entonces intentó un escandaloso proceso a los Templarios; hizo condenar a muerte a Jacobo de Molay, su gran maestre, y a muchos otros. La Orden fue abolida en el XV Concilio ecuménico de Viena.
1311 Felipe, inventor de culpas, halló y castigó muchas en su propia familia y reinó 39 años.

161.- Casa de Valois. La guerra inglesa
1314 – 1328 Luis X, su hijo, murió sin dejar hijos varones; para la sucesión al trono, los abogados hicieron valer la ley sálica, según la cual ninguna propiedad pasaba a las hembras. De este modo pudieron ocupar sucesivamente el trono Felipe V y Carlos IV, hermanos, en los cuales concluye la descendencia directa de los Capetos. Felipe, hijo de Carlos de Valois, tuvo por competidor a Eduardo III de Inglaterra, hijo de Isabel, hermana de los dos últimos reyes, alegando que la ley sálica excluía a las mujeres por débiles, pero no a los hijos nacidos de ellas; con lo cual dio principio el funesto drama de la guerra inglesa.
1340 – 1366 Los reyes de Inglaterra querían extender sus dominios sobre el continente, en vez de procurar consolidarse en la isla, mientras que los reyes de Francia, a quienes seguían prestando vasallaje, debían insistir en desposeerlos. De hecho les quitaron la Bretaña, el Poitou, el Anjou, la Turena, el Maine y hasta la Normandía (cap. 152), de modo que en el continente no les quedaba más que la Guyena. Eduardo III, citado a prestar homenaje por esta a Felipe VI de Valois, compareció armado de pies a cabeza, como denuncia de enemistad. Eduardo armó un ejército a la moderna, procurose artillería, compró partidarios en el continente, derrotó en L'Écluse a la escuadra francesa y genovesa, pero al fin perdió la Bretaña y Flandes que se habían alzado a favor suyo. La Normandía propuso al rey Felipe que invadiese la Inglaterra, como había hecho Guillermo el Conquistador. Indignados los Ingleses reanimaron la guerra; en la batalla de Crécy, sus infantes derrotaron a la caballería francesa, usando por primera vez la artillería de campaña; y Calais permaneció durante 210 años en manos de los Ingleses.
Muerte negra A estos males se añadió la muerte negra, peste descrita por Boccaccio; para aplacar la ira de Dios, numerosísimas bandas de disciplinantes iban de ciudad en ciudad con penitencias y letanías, y con el desorden de turbas incultas.
1350 – 1356 – Jacquerie – 1368 Juan II, sucesor del rey Felipe, amenazado por los Ingleses y por Carlos el Malo, rey de Navarra, empleó toda suerte de recursos para procurarse dinero, con lo cual disgustó a muchas provincias. El Príncipe Negro, hijo de Eduardo III, lo venció y lo hizo prisionero en la batalla de Poitiers. El delfín Carlos gobernó bien durante el cautiverio de su padre; pero la plebe, instigada por Marcel, se sublevó asesinando a los señores (Jacquerie), devastando los campos en tanto que Eduardo, con un grueso ejército, hacía estragos en el Norte y se acercaba a París. El rey Juan fue puesto en libertad con la condición de ceder la soberanía de la Guyena y pagar tres millones de escudos de oro (166 millones de pesetas); pero como la miseria del país y las bandas armadas hacían imposible la realización de aquella cantidad, volvió a constituirse prisionero y murió en Londres.
Duguesclin Carlos V tuvo la fortuna de contar con el brazo y la inteligencia del famoso bretón Duguesclin, capitán muy querido de sus soldados, que derrotó a menudo a los Ingleses; habiendo sido nombrado condestable, es decir, jefe de todo el ejército, se propuso arrojarlos del suelo francés, pero saboreó la ingratitud antes de morir. Carlos trató de reparar los males de la guerra; pero abatido el feudalismo, perturbaban el reino las pretensiones de los príncipes de sangre real, a quienes se daban varias porciones de la Francia. Triste fue, por esto mismo, la menor edad de Carlos VI, el cual fue supersticioso y extravagante, y no consiguió curarse, viviendo treinta años en medio de delirios y locuras. Habíanse disputado la regencia los duques de Orleans, de Berry y de Borgoña. Aprovecháronse de aquellas disidencias los Ingleses, que desembarcaron en el continente con Enrique V a la cabeza, y en Azincourt fueron muertos o hechos prisioneros muchísimos nobles franceses. Muchas provincias se aliaron con los invasores; Enrique V se tituló rey de Francia, y murió en París a la edad de 54 años. No tardó en seguirle Carlos VI.
Juana de Arco – 1429 – 1431 En París fue proclamado Enrique VI, y en Poitiers Carlos VII, el cual perdió casi todo el país, y sus dominios se reducían a Orleans. Pero apareció allí la famosa doncella Juana de Arco, la cual, diciéndose inspirada por los ángeles para salvar la patria, excitó el entusiasmo, libertó a Orleans y pudo hacer coronar a Carlos en Reims. Hecha prisionera, los Ingleses la procesaron como bruja y fue quemada en Ruán. Pero sobrevino el entusiasmo que había despertado, y fue tan eficaz, que a los Ingleses no les quedó más que Calais y el título de rey de Francia, que conservaron hasta la paz de Amiens en 1803 .

162.- Luis XI
El imbécil Carlos dejaba consolidada la monarquía que había recibido descompuesta; se alió con los Suizos, que daban los mejores soldados, y organizó un ejército permanente a la moderna, no ya compuesto de mercenarios, sino de verdaderos soldados, con una disciplina rigurosa; así la guerra era cuestión del rey, que nombraba a los capitanes. El espíritu nacional puede decirse que tuvo principio en la guerra contra los extranjeros, en la cual habían peleado nobles y plebeyos, siendo la plebe representada por la doncella de Orleans. Luis XI se valió de estos elementos para afianzar aún más el poder real. Tosco en el vestir y en sus modales, rodeado de ministros rastreros, sin escrúpulo por los delitos útiles, acumulaba sobre la corona los grandes feudos, que habían sido repartidos entre los príncipes de la sangre.
1447 En Flandes, país de comerciantes e industriales, sucedió a Felipe el Bueno, famoso por su esplendidez y carácter caballeresco, Carlos el Temerario, que coaligó contra Luis a los príncipes amenazados, principió la guerra, y se proponía constituir un reino que se extendiese desde el nacimiento a las bocas del Rin, desde los Alpes al mar del Norte y quizá hasta el Mediterráneo, reino que hubiera separado a la Francia de la Alemania, y cambiado la situación de Europa. Luis le opuso la astucia, compró a los Ingleses y a los Suizos, sublevó a los Flamencos, y mostrose por primera vez alegre cuando los Suizos hubieron dado muerte a su enemigo en la batalla de Murat. Luis adquirió gran parte de las posesiones del vencido, y además el Rosellón, la Cerdaña, el Anjou y la Provenza; duplicó las rentas del reino; se esforzaba en unificar los países, las medidas y las leyes, y difundió la instrucción. Los nobles, a quienes deprimió, exageraron quizá su perfidia y su miedo a la muerte. Aquel triste hombre y gran rey murió en 24 de agosto de 1482.
El reyezuelo de la Isla de Francia, aumentando poco a poco su poder, extendió su territorio, unificó la nación y el gobierno, arregló la hacienda, destruyó las jurisdicciones independientes de los señores y de las ciudades, quitó todo obstáculo entre él y el pueblo, al cual admitió en los Estados Generales; quitó a los feudatarios la jurisdicción, y les prohibió acuñar moneda; humilló al clero; estableció impuestos; creó aduanas. El parlamento de los Estados Generales quedó reducido a una corte de legistas, que servían a la corona; las tropas feudales o mercenarias se convirtieron en ejército permanente; cesaron los privilegios en virtud de los cuales se señalaban porciones del territorio a los hijos del rey, incumbió al monarca fijar impuestos; fue concentrada la justicia en las cortes reales, mientras que antes pertenecía a todo el que era poseedor de una parte del territorio; cesaron los procedimientos judiciales públicos; el clero fue sometido al rey, quien asumió el derecho de conceder los obispados y los beneficios, y se dejó de pagar el impuesto a Roma. De este modo quedó constituida la unidad monárquica, si bien las provincias conservaron usos y jurisdicciones distintas.

163.- Islas Británicas
Wiclef – 1377 – 1415 Eduardo III reinó medio siglo, haciendo la guerra a Francia y a la Escocia por ambición. De sus victorias se congratuló Inglaterra; las manufacturas prosperaron merced a los Flamencos allí llamados, y se dejaron de pagar los tributos a la Santa Sede. Esta recibió rudos ataques de Wiclef (1334-87), llamado estrella matutina de la Reforma. Sus correligionarios se unieron después con los descontentos contra Ricardo II, que había establecido un impuesto, y proclamaban la igualdad entre nobles y plebeyos, entre pobres y ricos. Ricardo fue depuesto por el Parlamento y sustituido por Enrique IV de Bolingbroke, a quien sucedió Enrique V, vencedor de los Franceses en Azincourt, y cuyo reinado fue turbado por los Lolardos, nombre que se dio a los partidarios de Wiclef. Enrique VI perdió cuanto Inglaterra tenía en Francia, exceptuando a Calais.
1461 – 1483 El país fue trastornado por guerras civiles que adquirieron triste fama con el nombre de Las dos Rosas; la blanca de los Mortimer, y la encarnada de los Lancaster. Prevaleció la blanca con Eduardo de York, proclamado rey, no por el Parlamento, sino por la población. La familia de éste murió en la cárcel por obra de Ricardo III, duque de Gloucester, quien a su vez perdió la corona, que se ciñó Enrique VII, último varón de la casa de Lancaster. Este príncipe reunió en sí las dos Rosas; pero no consiguió la paz, ni aun a costa de grandes suplicios; ávido de oro, recibiolo de súbditos y enemigos, y al morir dejó en el Tesoro 1800000 libras esterlinas. Fue llamado el Salomón inglés, por las sabias providencias que dictó; dando facultad a los nobles para alienar sus tierras, favoreció el decaimiento de la aristocracia, a la cual despojó del poder de las armas la Cámara Estrellada.
En medio de todo, se consolidó la Constitución inglesa. La necesidad de dinero obligaba a convocar con frecuencia al Parlamento, cuyos individuos acompañaron al principio su voto con alguna obediente queja, y después entraron en discusiones antes de aprobar los impuestos. Más tarde el Parlamento asumió el derecho de declarar la guerra o hacer la paz, acordando o no los subsidios. Fue permitido a los miembros del Parlamento decir lo que quisieran, e iban restringiendo las prerrogativas del rey.
Irlanda – 1495 Enrique II había sometido a la Irlanda y la trataba como país conquistado, como si los Ingleses fuesen los únicos dueños del territorio; injusticia que ha durado hasta nuestros días, impidiendo la fusión de los vencidos con los vencedores. Los Irlandeses servían de apoyo a los enemigos de los Ingleses. Ni los Ingleses establecidos en el país, e inclinados a adoptar el traje de las tribus de Irlanda, podían casarse con indígenas, ni dar educación allí a sus hijos, ni llevar la barba y el sombrero al estilo irlandés. El Estatuto de Poyning determinó la condición de los lores, sostuvo a los Comunes contra la omnipotencia de los grandes y afianzó el poder real.
Escocia – 1370 – 1427 – 1437 – 1503 En Escocia, organizada feudalmente, se extendió el poder de los grandes, que vivían en castillos enclavados en los montes, y eran considerados como jefes de tribu (clan); en sus frecuentes guerras con Inglaterra se avezaron a las armas, que esgrimieron después en las disidencias entre tribu y tribu. Roberto, primero de los Estuardos, tuvo por sucesor a su hijo Roberto III, a quien sucedió Jacobo I, cuando fue dada la ley constitucional, en virtud de la cual a los barones seglares y eclesiásticos se unieron en el Parlamento diputados de los propietarios libres. Jacobo II y Jacobo III pusieron feroz empeño en humillar a los señores, con los cuales tuvieron que sostener duras luchas. Jacobo IV las continuó con generosidad, firmó la paz con Inglaterra después de una serie de guerras que habían durado 170 años, y la consolidó casándose con Margarita, hija de Enrique VII. A pesar de esto, inmediatamente después se coaligó con Francia e invadió la Inglaterra con 100 mil hombres. Pero murió en la batalla de Flodden con la flor de la nobleza escocesa.

164.- Imperio occidental
Rodolfo de Habsburgo – 1273 El imperio occidental, que había llegado al colmo de la grandeza bajo Carlomagno, fue decayendo cada día, y perdió su influencia durante el grande interregno (1254-73); desmembráronse los ducados mayores, repartiéndose entre condes, prelados y comunes, continuamente en guerra entre sí. La Bohemia conservaba su grandeza bajo Octócaro, que le había agregado el Austria, la Moravia, la Estiria, la Carintia, la Carniola, la Marca de los Vénetos y Pordenone. El mismo príncipe derrotó a los Prusianos idólatras y a los Húngaros. Habiendo renunciado dos veces el imperio, los demás príncipes lo ofrecieron a Rodolfo, conde de Habsburgo, que no inspiraba celos por su pequeñez. Este cedió al Papa todo lo que el Imperio pretendía en Italia sobre la herencia de la condesa Matilde; hostigó a Octócaro, lo venció y mató, y con los bienes de este formó un patrimonio para su hijo Alberto. De este modo empezó la grandeza de la casa de Austria, la cual llegó a hacer casi hereditaria la corona germánica.
1291 - 1308 Muerto Rodolfo, el cetro fue dado al valiente Adolfo de Nassau; pero lo venció Alberto de Austria, quien se hizo coronar y procuró engrandecer su Casa con perjuicio de los señores, hasta que fue asesinado por su sobrino Juan de Suabia.
1313 Los príncipes eligieron entonces a Enrique VII de Luxemburgo, que aspiraba a la antigua grandeza del imperio, y quiso desplegarla en Italia, como veremos, hasta que murió en Buenconvento.
1322 Federico el Hermoso de Austria se disputó entonces la corona con Luis de Baviera, y cayó prisionero después de ocho años de guerra. Luis sostuvo largas contiendas con el Papa Juan XXII, que no reconociendo a ninguno de los dos Césares, pretendía nombrar un vicario, como hizo efectivamente eligiendo a Roberto de Nápoles; siguieron protestas, excomuniones y batallas que trastornaban la Italia, donde se renovaron las luchas entre Güelfos y Gibelinos. Juan de Luxemburgo se ocupó con preferencia en reconciliar al emperador con el Papa; era hijo de Enrique VII y rey de Bohemia, y aspiraba a difíciles empresas y a ser el pacificador de Europa. Habiendo pasado a Italia, fue tomado como jefe por muchas ciudades; pero era objeto de nuevas disidencias, en tanto que veía amenazados sus dominios de Alemania por Austríacos y Húngaros; ya ciego, quedó muerto en la batalla de Crécy.
Entre tanto, el Bávaro no daba un momento de reposo a los enemigos que le había suscitado la excomunión; fue causa de grandes estragos en Alemania, y no tuvo paz hasta que murió en 1347.
Carlos, hijo de Juan de Luxemburgo, alcanzó entonces el imperio; pero lo descuidaba por fijar la atención en su Bohemia y en la Moravia, donde reparó los daños causados por las hazañas de su padre; fundó en Praga una Universidad; abrió canales, y llevó la ciencia y el idioma a una perfección superior a los otros Eslavos. Pero como emperador, perdió muchos dominios; en Italia no procuró adquirir derechos sino para venderlos, y se dijo que había arruinado a su casa para obtener el imperio, y al imperio para engrandecer su casa.
Bula de oro – 1356 Sin embargo, fue llamado padre del Imperio, porque le dio una Constitución, recogiendo los derechos antiguos en la Bula de oro, donde se determinaba que el derecho de los siete electores fuese anejo indivisiblemente a una tierra trasmisible por primogenitura; que pudiesen reunirse en dieta electoral sin licencia del emperador; que gozasen de ciertas regalías, tales como las de acuñar moneda, explotar minas y salinas, y juzgar sin apelación, teniendo el carácter de reo de lesa majestad el que los ofendiese. El arzobispo de Colonia era archicanciller por el reino de Italia; el de Tréveris por la Lorena; el de Maguncia por Alemania. El conde Palatino del Rin era archisenescal, primera dignidad del Imperio, vicario del Imperio vacante; el elector de Bohemia era gran copero; el duque de Sajonia archimariscal; el marqués de Brandeburgo archichambelán. «No se hablaba del derecho de los papas a confirmar la elección de los emperadores.
La Bula de oro no restablecía los ducados nacionales de Suabia y Franconia; lejos de conducir a la unidad, preparó el desmembramiento de aquel gran cuerpo; quitó al emperador la prerrogativa de protector de la libertad común, e hizo venal la elección separando el interés general del de los príncipes, a quienes para ser reyes no les faltaba más que el título.
El imperio parecía hereditario; no se consideraba ya necesaria la coronación en Roma; cada emperador procuraba enriquecer y encumbrar a su familia, y acumular adquisiciones sobre la corona, como sucedía en Francia; una multitud de príncipes se dividían las prerrogativas. Las dietas eran un congreso de ministros de los diferentes Estados, que nunca andaban de acuerdo. Electores, nobleza titular, ciudades imperiales, tales eran los elementos constitutivos de las tres cámaras de la dieta. En el interior, cada principado tenía estados provinciales, cuyo asentimiento era necesario para imponer contribuciones o hacer nuevas leyes.
Se habían formado muchas ciudades libres sobre el Rin, en la Franconia y en la Suabia, después de la extinción de la casa de Suabia; allí se refugiaban los que querían sustraerse a la jurisdicción feudal, y aquellas ciudades florecían por su comercio y corporaciones de artes, sin que por esto se constituyese un tercer estado.
No había una metrópoli general; cada emperador tenía su Corte en su propia ciudad o castillo; andaban siempre escasos de dinero, teniendo por principal recurso el impuesto con que los Hebreos compraban la tolerancia; más tarde se vieron en la necesidad de pedir subsidios.
El emperador era todavía considerado como jefe temporal de la cristiandad; pero después de Luis de Baviera, ninguno pensó ya en deponer a un Papa, como se dispensaron de pedirle la corona.
Los señores seguían administrando la justicia en sus dominios; pero el emperador nombraba abogados, o condes palatinos con alta jurisdicción; hubo también cortes de scabini, pero no un código general, si bien se hicieron colecciones de antiguos derechos, como los usos de los Sajones y de la Suabia (Sachsenspiegel, Schwabenspiegel), fuentes de los derechos feudales.
Nada nos indica tanto el triste estado de la justicia de aquella época, como la extraña institución de los tribunales de Westfalia. Era una corte de jueces libres, destinados a proteger la paz pública con procedimientos y castigos secretos; se ignoraba quiénes eran el juez y el acusador, y cuál era la sentencia; castigábanse los delitos contra la religión, los diez mandamientos, la paz pública y el honor. El acusado era citado; si no comparecía, se le consideraba confeso y condenado; se clavaba a la puerta de su casa la sentencia con un puñal, y él no tardaba en morir. Lo grave de la situación se explica por lo extraño de semejante remedio, que ha durado hasta nuestro siglo.
1378 Para impedir las guerras privadas, se apeló a las confederaciones, a las cámaras imperiales y a otros artificios; pero las ligas entre señores, o entre Estados, o bien entre ciudades eran un nuevo obstáculo para la jurisdicción pública. El emperador Wenceslao, que sucedió a Carlos IV, trató de reducir esta jurisdicción a una ley general (Unión de Heidelberg), pero no fue duradera, y Wenceslao vivió siempre en lucha con los Alemanes, celosos de la preferencia dada a los Bohemios. Su hermano Segismundo, rey de Hungría, se sublevó contra él y lo metió en la cárcel; luego cuatro electores lo destituyeron, haciendo emperador a Roberto, elector palatino; por fin, entre varios pretendientes, fue elegido Segismundo, ya rey de Hungría y heredero de Bohemia.

165.- Asuntos eclesiásticos. Gran cisma. Concilios de Constanza y Basilea
1316 Al obtener que Rodolfo de Habsburgo renunciase a las pretensiones sobre territorios italianos, los papas creyeron asegurada la independencia de la Italia; pero los emperadores no cesaron de molestarla. La Francia tomó parte en los asuntos eclesiásticos, consiguiendo que la sede pontificia fuese trasladada a su país, durante lo que se llamó esclavitud babilónica. A Clemente V, que había pasado a Francia, sucedió Juan XXII que estuvo en pugna con Luis de Baviera y con las Órdenes mendicantes, las cuales censuraban con su pobreza el escandaloso lujo de los prelados; Urbino de Casal publicó el Defensor pacis, donde supeditaba el clero al voto del pueblo, mientras que Ockham y otros doctores sostenían los derechos del imperio contra la Santa Sede.
1334 – 1352 – 1370 – 1378 – 1414 – Huss – 1416 Benedicto XII fue pacífico y reformador; Clemente VI favoreció demasiado a sus parientes, perturbó la Italia, y adquirió Aviñón como donativo de Juana de Nápoles. Inocencio VI trató de realzar el papado en Italia, adonde Urbano V trasladó nuevamente la sede; pero volvió pronto a Provenza. Gregorio IX, a instancia de Santa Brígida y Santa Catalina de Siena, trasladó su residencia a Roma; pero a Urbano VI, su sucesor, los cardenales le opusieron otro Papa, Clemente VII. Aquí empieza el cisma; durante cincuenta años, la cristiandad estuvo dividida entre dos jefes, que se denigraban y excomulgaban mutuamente, mientras que su autoridad era minada por príncipes y doctores, por libros y sátiras. A la muerte de uno, los cardenales de su obediencia elegían otro que le sucediera; hubo hasta tres papas a la vez, y en vano se convocaban sínodos para reconciliarlos. Fue famoso el concilio de Constanza, que trató de reformar muchos abusos, la corrupción de los frailes, la charlatanería de los predicadores, la sofistería de los doctores, que degeneraba a veces en herejía, como la de los Hermanitos, que pretendían que la Iglesia no existía ya fuera de los frailes mendicantes. Juan Huss había predicado en Bohemia contra las indulgencias y difundido errores, de los cuales quiso hacerle abjurar el concilio, adonde acudió él con un salvo-conducto de Segismundo; pero en vista de que sostenía sus creencias, fue condenado a la hoguera con Jerónimo de Praga.
1431 – 1439 En aquel concilio los papas abdicaron, y fue elegido Martín V; luego, para completar las reclamadas reformas, se trasladó el concilio a Basilea. Eugenio IV, elevado entonces a la sede pontificia, aceptó muchas restricciones hechas a su poder en favor de los cardenales, y abrió el concilio con la intención de corregir los abusos; pero pronto los Padres se declararon superiores al pontífice, y éste fue desde aquel momento considerado como cismático. Convocose el concilio en Florencia, donde intervinieron los Griegos, y se realizó la unión de la Iglesia oriental con la latina, unión que duró muy poco. Por renuncia del duque Amadeo de Saboya, que se había hecho elegir Papa con el nombre de Félix V, terminó el gran cisma bajo Nicolás V. Pero quedaba preparado el campo para futuras y más largas divisiones, atendida la superioridad que el concilio pretendía tener sobre el Papa.

166.- Hussitas. La Hungría
1433 El suplicio de Huss puso a sus secuaces en abierta revolución en Bohemia, con el nombre de Hussitas, Calixtinos y Taboritas; Juan Ziska los capitaneó contra el rey Segismundo, y la Bohemia fue teatro de horribles represalias. Martín V predicó la Cruzada contra los Hussitas, pero los ejércitos alemanes sufrieron repetidas derrotas, hasta que los sublevados se destruyeron mutuamente, y Segismundo fue admitido como rey, concediendo la libertad de cultos y los privilegios antiguos. Pero en vez de apaciguar al país y reprimir a los Turcos, perdió tiempo y dignidad en Italia.
1301 – 1382 Sin embargo, pudo asegurar a su familia el trono de Hungría. Con Andrés III había concluido la dinastía de Arpad, y fue elegido Carlos Roberto, hijo de Carlos Martel, en quien empezó la rama de los Anjou; casándose con Juana, heredera de Nápoles, dio a su segundo hijo Andrés la esperanza de sentarse en aquel trono. Su primogénito Luis le sucedió y adquirió el título de Grande, porque conquistó el reino de Nápoles, quitó Ragusa, Espalatro y Zara a Venecia; reunió en sus manos el gobierno de Polonia y la soberanía de la Bosnia, la Servia, Bulgaria, Moldavia y Valaquia; combatió a los Turcos; fundó una Universidad, plantó las viñas de Tokay, y promulgó buenas leyes.
Su hija María ocupó el trono, aunque durante poco tiempo, pues sus enemigos proclamaron a Carlos de Durazzo, ya rey de Nápoles; murió éste, y la corona fue dada a Segismundo, esposo de la destronada María. Pero ocupado éste en Bohemia y en el Imperio, pudo a duras penas reprimir a Ladislao, hijo de Carlos y rey de Nápoles hostigó a los Venecianos, e indujo a los Estados a declarar la corona hereditaria en la casa de Austria.
1440 A su yerno Alberto sucedió Ladislao el Póstumo en la Hungría, como en el Austria y en la Bohemia, mientras regía el imperio Federico III, que reinó más tiempo que ninguno de sus predecesores, aunque con debilidad e inepcia. En vano Pío IV, que con el nombre de Eneas Silvio Piccolomini, le había servido de secretario, le aconsejaba que se armase contra los Turcos, a los cuales dejó hacer sus correrías hasta Carniola; concentradas en él las ramas de Austria, Estiria y el Tirol, se retiró a Viena, elevando su Casa al colmo de la grandeza, mientras se arruinaba el imperio.
Carlos el Temerario (cap. 162), dueño de vastísimos Estados, deseaba convertir la Borgoña en reino, y para granjearse la amistad del emperador, casó a su hija única con Maximiliano, hijo de Federico III. Cuando Carlos fue muerto en Murat, debían heredar la corona los hijos de aquella; pero la Francia pretendía muchas provincias; por fin, la mayor parte tocó al Austria, cuya grandeza quedó asegurada desde aquel momento.
1457 Servía de barrera a los Turcos la Hungría, cuya corona había sido dada a Wladislao I, ya rey de Polonia; Juan Huniade venció a los Otomanos en Jaloyaz. Titulándose soldado de Cristo, Juan fue elegido regente de Hungría, y se decidió a reconocer a Ladislao Póstumo; pero muerto este, a la edad de 17 años, la Hungría fue cedida a Matías Corvino, hijo de Huniade; y la Bohemia a Jorge Podiebrado, el cual fue depuesto por el Papa, y sustituido por Ladislao II, hijo del rey de Polonia.
Matías Corvino, como su padre, no cesó de combatir a los Turcos, y por otra parte cultivó las letras, reformó la justicia con el Decretum majus, y quiso convertir la Hungría en una segunda Italia.

167.- Suiza
Habsburgo – 1298 – 1315 – 1386 La casa de Habsburgo era originaria del país montañoso que constituyó la antigua Helvecia, y que tomó de uno de sus cantones (Schwitz) el nombre moderno de Suiza. La religión había favorecido aquel país. Gall y Sigeberto fueron desde Irlanda a fundar allí abadías, que llegaron a ser después Saint-Gall y Dissentis; una simple ermita se convirtió en el magnífico convento de Einsiedlen; e igual origen tuvieron las ciudades de Zúrich y Lucerna; la celda de un abad fue con el tiempo Apenzell; y fueron centros de población y cultura las abadías de San Mauricio, de Romans-Moutiers, y de San Ursino. En torno de aquellos monasterios construían sus cabañas los pastores; eran cultivados los terrenos; se plantaban viñas, y formábanse comunidades de hombres libres, gobernados por patricios. Los principales, entre estos, eran los señores de Zaringen; habiendo muerto el último de ellos en 1218, las familias aliadas con la casa y dependientes inmediatamente del Imperio, o bien señores eclesiásticos, se repartieron sus dominios. Los Zaringen habían fundado la ciudad de Berna (1191), que fue declarada libre por Federico II, y a la cual acudieron muchos señores del Oberland, de la Argovia y del Uchtland, formando una vasta confederación. Zúrich era gobernada en común. Entre los condes inferiores prevalecían al Sudoeste los de Saboya, en el centro y Septentrión los de Kiburgo, Tokemburgo y Habsburgo. Pero cuando éstos adquirieron el imperio y el ducado de Austria, amenazaron la libertad; por lo cual los cantones campestres de Schwitz, Uri y Unterwalden, constituyeron una liga para salvar sus privilegios. En cambio, Alberto de Austria trató de imponerles sus bailes (Gessler, Guillermo Tell), pero al ser asesinado (cap. 164), los libres montañeses osaron oponerse a los caballeros guiados por Leopoldo de Austria, a quien derrotaron en la batalla de Morgarten. Entonces se confederaron otros países, como Lucerna, Glaris y Zug; y los naturales vencieron y dieron muerte a otro Leopoldo de Austria en la batalla de Sempach. Conseguida la paz, los Cantones ordenaron su confederación, y formaron una milicia, que combatió después al servicio de extranjeros, mayormente en Italia.
1468 – 1476 Por otra parte, en la Retia se habían constituido las ligas de la Grisia, la Caldea, las Diez Derechuras, formando la república de los Grisones. De un modo parecido se emanciparon y coaligaron Apenzell, Lucerna y Saint-Gall, sosteniéndose contra la Francia y el Imperio. Habiendo perdido sus últimas posesiones en Turgovia, el Austria reconoció la libertad de la Suiza. Gravemente amenazó a esta Carlos el Temerario, duque de Borgoña (cap. 166), que llevó allí la formidable artillería con que había hecho temblar a los Países Bajos; hubo sangrientas batallas, pero Carlos fue vencido en Morat y muerto poco después. El inmenso botín recogido sobre su ejército, dispertó el amor a las riquezas, que corrompió la primitiva sencillez y dio margen a hostilidades entre los confederados; de aquí nació el vicio de vender su brazo a los extranjeros. Nicolás de Flüe, piadoso ermitaño, procuró sellar con la paz el fin de aquellas discordias. Los Grisones se confederaron también con los Suizos, a los cuales se habían unido Friburgo, Soletta, Basilea y Schaffhouse, formando trece Cantones, a los cuales se habían asociado Ginebra, Mulhouse, Bienne, Neufchatel y el Valais. Cada uno tenía su constitución propia, siendo distintos su origen, su idioma y sus costumbres, pero se hallaban todos unidos bajo el nombre de república y en el sentimiento de libertad.

168.- Italia. Tiranos. Vísperas Sicilianas. Enrique VII. Roberto de Nápoles
Transcurrieron 60 años sin que ningún emperador fuese a Italia; circunstancia de que se aprovecharon los Güelfos, por cuanto el país fue rigiéndose, y desarrollándose por sí mismo, mientras que los Gibelinos sentían que no hubiese un tirano que sometiese a los señores militares, e impidiera que «el jardín de Imperio estuviese desierto». En realidad, las repúblicas formadas después de la paz de Constanza, se habían convertido en herencia de príncipes, sucesivamente encumbrados o hundidos según prevalecía tal o cual de los dos partidos, o según la fortuna de tal o cual ambicioso.
1302 En las Dos Sicilias se había establecido Carlos de Anjou, pero la antigua nobleza aborrecía a los extranjeros que atacaban sus privilegios y alteraban las costumbres del país. Por esto conspiraban, y, en las famosas Vísperas Sicilianas, degollaron a todos los Franceses que se encontraban en la isla. Carlos se armó para la venganza; pero los Sicilianos se habían entregado a Pedro de Aragón, lo cual dio origen a una larga guerra; quedó el reino dividido entre los Angevinos en el continente, y los Aragoneses en la isla, la cual fue, no obstante, separada del reino de Aragón, a favor de Jaime, hijo de Pedro. Después de mutuos manejos y hostilidades, se firmó la paz en Calatobellota, quedando la Sicilia bajo el dominio extranjero. Carlos II, para ganarse el afecto de los Napolitanos, les dio una constitución algo liberal, y adquirió derecho al trono de Hungría por su mujer María. Su hijo Roberto el Sabio fue durante mucho tiempo jefe de los Güelfos y hombre de gran influencia en Italia.
El Milanesado – 1310 – 1312 – 1313 Los Gibelinos tenían por partidarios a los tiranuelos, sobre todo a los señores de Lombardía, máxime desde que los papas residían en Aviñón. El Milanesado se lo disputaban los Torriani y los Visconti. A su caída, estos incitaron al emperador Enrique VII a penetrar en Italia. Agradó el plan al genio caballeresco de Enrique, y este fue a Italia sin armas ni riquezas, pero sostenido por los grandes señores; reconcilió a los Torriani con los Visconti; se hizo coronar en Milán; asedió a Brescia; favoreció a Pisa contra Florencia, la cual era siempre el cuartel general del partido güelfo; se hizo coronar también en Roma, pero se halló abandonado de sus caballeros y quedó a merced de las facciones, siempre escaso de dinero, pronunciando inútiles condenas contra los Güelfos y Roberto de Nápoles, hasta que murió en Buenconvento.
Entonces reaparecieron con más bríos los tiranuelos (Uguccione de la Fagiuola, Castruccio) y todo el país andaba revuelto. En tanto el partido contrario elevaba a Roberto de Nápoles, que a la Apulia añadía el dominio de muchas ciudades del Piamonte, la Provenza, la alianza de los Güelfos y la protección del Papa Juan XXII, el cual, en imperio vacante, le había nombrado vicario. Tenía en contra a la liga de los Gibelinos, capitaneados por los Visconti de Milán y por los Scaligeri de Verona; y contra los Gibelinos se dirigió Bernardo del Poggetto, cardenal legado del Papa.
Luis el Bávaro – 1327 – 1329 Luis de Baviera, tan pronto como prevaleció sobre su émulo Federico de Austria (cap. 164), pasó a Italia fiado en los Gibelinos y se hizo coronar en Milán; pero el Papa le mandó que dimitiese la corona imperial que injustamente llevaba, y lo excomulgó. Sin embargo, Luis siguió adelante, sostenido por Castruccio, tirano de Lucca, y, habiendo sido elegido el anti-papa Nicolás V, se hizo coronar por éste en Roma. Muerto Castruccio, Luis tuvo que retirarse, vendiendo ciudades y dominios y dejando envilecida la autoridad imperial.
Prevaleció entonces el partido güelfo; pero las ciudades de Romania, aprovechándose del alejamiento del Papa, se agitaron y sometieron a varios señores, tales como los Malatesta, los Varano, los Montefeltro; o lucharon entre facciones llamadas de los Gozzadini, de los Beccadelli, de los Pepoli. Solo Florencia consolidó la libertad popular.
Juan de Luxemburgo, rey de Bohemia, que trataba de establecer la Paz (cap.164), fue llamado a oponerse a las exageradas pretensiones del cardenal Poggetto; queriendo complacer a papistas [y] a imperiales, se disgustó con todos, y vendió las ciudades a quien mejor se las pagaba: tráfico escandaloso a que se reducía el oficio de emperador.

169.- Desórdenes. Nicolás Rienzi
1354 El emperador Carlos IV era hijo del caballeroso rey Juan; pasó a Italia, donde fue adulado, a pesar de su inepcia y de sus vicios. En tanto andaba todo revuelto.
En Verona, los Scaligeri (Can el Grande) extendían su dominio, y agregaron a su territorio la ciudad de Padua; Mastino aspiró al dominio de toda Italia; pero los Visconti, que se habían hecho poderosísimos en Milán, le quitaron parte de su dominio, con la ayuda de los Venecianos y de los Florentinos. Al mismo tiempo se alzaban los Gonzaga en Mantua, los marqueses de Este en Ferrara, Módena y Parma; los Paleólogos en Monferrato. Amadeo V, tronco de la casa de Saboya en Piamonte (1285-1325), fue creado príncipe del imperio por Enrique VII. Sus sucesores conquistaron a Chieri, Cherasco, Savigliano y Cuneo; y compraron otros países más allá de los Alpes. Amadeo VII el Rojo adquirió a Niza, Ventimiglia, Villafranca y el valle de Barceloneta. Amadeo VIII heredó el Ginebrino, recibió de Segismundo el título de duque y se dejó nombrar antipapa (cap. 165).
1339 Génova no sabía permanecer en paz, y a cada instante cambiaba de gobierno. Simón Bocanegra fue elegido abate por el pueblo, antes que por los nobles, como era costumbre, por cuyo motivo, éstos se retiraron a sus castillos. Mientras tanto, sus flotas era batidas en el mar de Azov y en la Cerdeña; acobardados, los Genoveses se entregaron a Juan Visconti, pero pronto se desprendieron de él.
Cada ciudad tiene su historia particular, de interés local, pero de poca influencia sobre la suerte común.
Nicolás Rienzi – 1348 – 1354 Todo iba de mal en peor a causa del modo de ser de los papas; caía en el mayor desprestigio el principio de autoridad; y Roma, al arbitrio de las casas principales, se hundía en la miseria y en la perversión. Semejante situación indignó a Nicolás, hijo de Lorenzo y admirador entusiasta de la antigua república romana; empezó a arengar al pueblo, y sostenido por éste, se convirtió en su tribuno y aspiró a reconciliar la Italia con el papado, y a restaurar la grandeza de Roma como capital del mundo. Su entusiasmo se comunicó al principio a toda la Italia, pero se extinguió pronto; estremeció el rigor con que castigó a varios nobles, y movieron a risa las ceremonias con las cuales creía realzar su propia dignidad; de modo que al fin tuvo que huir. Habiendo recibido entonces del Papa la orden de apaciguar a Roma, el pueblo lo acusó de traidor y le dio muerte. El legado pontificio Egidio Albornoz reunió a los diputados de las ciudades de Romania que había sometido y publicó para ellas las Constituciones egidianas.

170.- Los guerrilleros
1339 – 1348 Las incesantes guerras de aquel tiempo favorecieron la formación de compañías mercenarias, con sus respectivos jefes, que militaban a favor de quien las pagase. Las ciudades, dedicadas al comercio, a las artes y a la agricultura, preferían este modo de ataque y defensa. Las primeras guerrillas se compusieron de soldados que, habiendo llegado con los emperadores, al partir éstos, quedaron al mando de sus capitanes, sin el sentimiento de la patria, ni de la humanidad, ni del honor. Compró una compañía Lodricio Visconti, con la cual quiso tomar a sus primos la ciudad de Milán, pero fue derrotado en la batalla de Parabiago. El duque Guarnieri devastó toda la Italia y acumuló once millones. Fray Moriale acostumbró a los suyos a robar y asesinar con orden; exigió gruesos rescates de todas las ciudades de Toscana, hasta que cayó en poder de Rianzi, quien lo mandó decapitar
1358 Al frente de estos mercenarios se puso el conde Lando, formando la Gran compañía, que devastó la Italia central e inferior, pero que fue destrozada al fin por los labradores entre las gargantas del Apenino. Estos jefes generalmente eran alemanes, e inglés Juan Acuto, que sirvió al marqués de Monferrato, después al de Pisa contra Florencia, y siguió luego por espacio de treinta años combatiendo por quien le pagaba, e introduciendo útiles innovaciones en los armamentos y en los ejercicios.
Alberico de Barbiano trató de poner remedio al oprobio de aquella nueva tiranía extranjera, formando con Italianos la compañía de San Jorge, con la cual atacó las bandas extranjeras, y de la cual salieron valientes capitanes, como Jacobo del Verme, Facino Cane, Ottobon Terzo, Braccio de Montone y Sforza Attendolo, los cuales durante algún tiempo fueron árbitros de los destinos de Italia.
Como no combatían impulsados por la ira, sino sólo por oficio, convenían en hacerse el menor daño posible. El arte de gobernar consistía en encontrar dinero para pagar tropas; y los ciudadanos, no avezados a las armas, se hallaban a veces a merced de cualquier vil mercenario. Los capitanes tenían sistemas propios de táctica y de estrategia; canjeaban los prisioneros, sólo se derramaba sangre por inadvertencia; procuraban hacer prisioneros más bien que matar, y sobre todo economizar los caballos, menos fáciles de reemplazar que los hombres; por fin la guerra fue una especie de torneo, donde se ponían en juego la habilidad, el ingenio, la astucia, más bien que el valor. Quienes salían perjudicados eran los particulares, cuyos campos eran devastados.
1395 Los Visconti se sirvieron de los guerrilleros para ensanchar sus dominios. Juan Galeazzo quitó de en medio a los Scaligeri y a los Carrareses, hostigó a Florencia, y como contaba con lo más florido de los guerrilleros, aspiró a la corona de Italia; quiso prescindir de la elección popular que, al menos en apariencia, se verificaba cada vez que el trono estaba vacante, y con cien mil florines compró al emperador Wenceslao el título de duque. Juan Galeazzo comenzó la construcción de la Cartuja de Pavía y la catedral de Milán.
Su dominio fue dividido entre Juan María y Felipe María; pero de hecho estaba al arbitrio de capitanes aventureros. Felipe María se casó con Beatriz de Tenda, viuda de Facino Cane, y se aseguró de este modo los tesoros, las ciudades y los soldados de éste, llegando sus dominios a extenderse desde el San Gotardo hasta el mar de Liguria, y desde los confines del Piamonte hasta los Estados del Papa. Sombrío y desconfiado, llevó al suplicio a Beatriz; elevó al capitán Francisco de Carmagnola, y cuando le hubo utilizado para vencer, lo rechazó. Carmagnola, para vengarse de su señor, formó una alianza con Venecia, con el marqués de Ferrara, el señor de Mantua, los Sieneses, los duques de Saboya y Monferrato, los Suizos y el rey de Aragón. Los Suizos ocuparon la Levantina, abriéndose paso para Italia. Florencia se alzó con Ferrara y Venecia. Felipe llamó en contra de éstos al emperador Segismundo, que no hizo más que complicar la situación, y se volvió a su país después de haberse hecho coronar.
Carmagnola, que había pasado al servicio de los Venecianos, fue condenado a muerte por éstos. Entonces dirigió la guerra otro capitán, Attendolo Sforza, que dejó un buen ejército a su hijo Francisco, con quien Felipe María casó a su hija natural Blanca. Tuvo por émulo a Nicolás Piccinino, otro aventurero; y Felipe se aliaba tan pronto con el uno como con el otro, en tanto que Italia se arruinaba.
1447 - República Ambrosiana Al morir Felipe sin hijos varones, los Milaneses proclamaron la república; pero Sforza, apoyado en los derechos de su mujer, y sobre todo en su buena espada, sometió a los republicanos y fue uno de los mejores duques de Milán. Supo hacerse respetar de Federico III, que pasó a Italia con las antiguas pretensiones imperiales; se alió con muchas casas dominantes; honró a las artes; devolvió al gobierno el vigor sin la crueldad de los Visconti; fue, en suma, el más afortunado, y puede decirse que el último de los guerrilleros.
Paz de fray Simoneto – 1451 Para conservar la Italia, se mantenía cierto equilibrio entre los Estados, uniéndose varios contra el que pretendía prevalecer. Francisco Sforza concibió el pensamiento de confederarlos a todos, para excluir a los extranjeros y conservar la paz; y por mediación de fray Simoneto, fue estipulada la Paz en Lodi entre él, Cosme de Médicis, los señores de Saboya, de Monferrato, de Módena y de Mantua, las repúblicas de Venecia, Siena, Luca y Bolonia, el rey Alfonso y el Papa.
1466 – 1476 Su hijo Galeazzo María, alentado con el apoyo de los Florentinos y de Luis XI, rey de Francia, su cuñado, rompió la paz, y se mostró tan voluptuoso y cruel, que indignó a todo el país y fue asesinado. Su viuda Bona y el hábil ministro Cicco Simonetta lograron poner en lugar de Galeazzo María a su hijo Juan Galeazzo; pero éste se vio amenazado por los Genoveses, que se sustrajeron a su dominio; por los Suizos, que en Giornico derrotaron a los ducales; por su tío Luis el Moro, que para derribarlo invitó a Carlos VIII, rey de Francia, a una expedición, con la cual principian mayores desastres para Italia.

171.- Toscana. Los Médicis
1335 – 1375 En Florencia, el partido güelfo dominante favorecía la libertad del pueblo disminuyendo el poder de los nobles. Jacobo Gabriel de Gubbio, capitán de la guardia, trató de privarles de los castillos que poseían en un radio de veinte millas al rededor de la ciudad. Fue después tirano de Florencia Gualtero de Brienne, duque de Atenas, que se aprovechó de las pasiones de todos para oprimir a todos. Rodeose de guardias, se alió con los Estenses, los Pepoli y otros tiranuelos, y dominó en nombre de la democracia; pero no tardó en ser arrojado del poder, y aun hoy se celebra aquel acontecimiento el día de Santa Ana. El gobierno fue reorganizado en la forma republicana.
Florencia prosperaba en extremo, a pesar de las discordias civiles, de las epidemias y de la quiebra de los Bardi y los Peruzzi. Aunque aliada de la Iglesia, sabía resistir a las exuberancias del clero y de la Inquisición, y hasta llamaba a los eclesiásticos al tribunal ordinario. Cuando el legado pontificio trató de ocupar a Toscana y excitó contra ésta a las bandas de Juan Acuto, Florencia no vaciló en nombrar a los ocho de la guerra, los cuales mandaron el ejército a Romania y sublevaron a ochenta ciudades, sin temor de las excomuniones; pero el legado Roberto de Ginebra devastó a las ciudades sublevadas; y por último se restableció la paz, merced a la intervención de santa Catalina de Siena.
Los Ciompi En el interior luchaban las facciones de los Albizzi y de los Ricci; después se sublevó la plebe, dando los cargos y los derechos a los gremios de artes y tomando por jefe a Miguel Lando, honrado hijo del pueblo que puso coto a las violencias; pero pronto los Ciompi (plebeyos) fueron excluidos nuevamente de la señoría, compuesta de cuatro miembros de las artes mayores y cinco de las menores. Maso, de los Albizzi, reprimió la insurrección, desterró a los jefes del pueblo, repuso en sus puestos a los grandes, y durante treinta y cinco años dirigió el Estado con habilidad y valor, introduciendo excelentes reglamentos.
1417 – 1429 – 1440 – 1464 A su muerte, levantaron la cabeza las familias proscritas. Juan de Médicis, que se había enriquecido con negocios de banca y había adquirido popularidad, fue elevado al empleo de gonfalonero (alférez), y trasmitió su crédito y autoridad a sus hijos Cosme y Lorenzo. Cosme, no menos experto en las cosas públicas que en las mercantiles, y protector de las letras, vivió con opulencia sin abandonar la vida privada, y eclipsó a los Albizzi, si bien éstos consiguieron hacerlo desterrar. Pero en el destierro adquirió más crédito que nunca, y fue deseado; regresó triunfante, proclamado padre de la patria, y sin subvertir la Constitución fundó la tiranía de la riqueza. Tenía por compañero a Neri Capponi, sutil en los consejos y áspero en las armas, y gracias a su apoyo fue restablecida la tranquilidad en Florencia. Contra Cosme levantose Lucas Pitti, que fabricó el gran palacio en el monte, mientras que en el llano conservaban los Médicis la hermosa pero sencilla casa de la calle Larga. Cosme se rodeaba de sabios y de artistas; fundó una biblioteca, iglesias y piadosas instituciones, sin abandonar sus explotaciones de minas, ni sus negocios; hacía tratos con los príncipes, mayormente con Francisco Sforza, y permaneció treinta años a la cabeza de la república sin ser tirano.
1469 - Conjuración de los Pazzi Pedro, su hijo único, de condiciones muy distintas, reclamó, a consecuencia de algunas quiebras, los capitales prestados, lo que dio lugar a graves desconciertos. Lucas Pitti, a título de restaurador de la libertad, movió guerra a Venecia y a los señores de Romania (batalla de la Molinella). Cuando Lorenzo y Julián sucedieron a su padre como príncipes del Estado, la familia feudal de los Pazzi se conjuró contra ellos con Sixto IV, los Riario y los Salviati. Julián fue muerto. Lorenzo se vio acosado por pontificios y napolitanos, pero supo apaciguarlos. Entonces aumentó en poderío, organizó las magistraturas, conservando las formas republicanas, pero sirviéndose de ellas como instrumento para dominar; extendió la preponderancia de Florencia por toda la Toscana, y mereció el título de magnífico por el esplendor de su corte, frecuentada por lo mejor de Italia. Las artes se desenvolvían en pinturas, mascaradas y representaciones, con las cuales se acusa a Lorenzo de haber preparado a las ciudades para tolerar dominaciones peores que las suyas, destruyendo la vida interior y la energía de la voluntad.

172.- Las Dos Sicilias
1343 – 1382 El rey Roberto, que durante medio siglo había permanecido al frente de los Güelfos de Italia, trató en vano varias veces de recuperar la Sicilia; y habiéndose distraído en otras empresas, dejó que los barones napolitanos recobrasen fuerzas hasta mover guerras particulares. El estado de aquel reino fue mucho peor después de la muerte de Roberto. Éste había destinado para esposo de su heredera Juana, nacida del hijo que había perdido, a Andrés, hijo de su hermano Caroberto, rey de Hungría (cap. 166). En aquella corte, la más espléndida de Europa, se urdieron intrigas entre la facción húngara y la italiana. Andrés fue estrangulado. Luis el Grande de Hungría corrió a vengarlo y a castigar a Juana como cómplice, la cual cedió al Papa la ciudad de Aviñón para hacerse declarar inocente; reunió dinero para resistir a un nuevo ataque de los Húngaros, e hizo coronar a Luis de Tarento, su nuevo esposo. Muerto éste, se casó Juana con Jaime de Aragón, y no dejando hijos, designó como sucesora suya a su sobrina Margarita, casada con Carlos de Durazzo, llamado el de la Paz. Disgustada de Margarita, Juana eligió a Luis de Anjou, hijo de Juan II de Francia, lo que motivó luchas que costaron la vida a Juana. Luis y Carlos continuaron hostigándose, y después de ellos, sus hijos sucesivamente coronados, festejados, expulsados y excomulgados.
1414 – 1435 Ladislao, valiente y hábil, habiendo obtenido hasta la corona de Hungría, se aprovechó del gran cisma (cap. 165) para ocupar a Roma y titularse rey de la misma; pero los Florentinos y el Papa le opusieron a Luis II de Anjou y la banda de Braccio de Montone. Ladislao murió a la edad de 38 años; su hermana Juana II, fea y voluptuosa, fue dominada por favoritos, entre ellos el señor Gianni Caracciolo. Para contrariarlo, Attendolo Sforza reanimó a las facciones de los Durazzo y de los Angevinos; invitó a Luis de Anjou a recobrar sus derechos; de aquí guerras e intrigas; Sforza murió ahogado; se dio muerte a Gianni; concluyó con Juana la primera casa de Anjou, que reinaba hacía 163 años, y sin que se tuviera en cuenta a Renato, que aquella había designado como sucesor suyo, el reino fue unido a la Sicilia
1296 Esta isla había pasado en poder de Federico de Aragón, que se granjeó sus simpatías concediéndole privilegios, favoreciendo a los nobles y dejando al mismo tiempo que se desarrollaran los municipios, de los cuales no podían participar los nobles; de modo que permanecían divididos el cuerpo vecinal y el aristocrático; introdujo en el Parlamento, con el clero y los Barones, un tercer brazo, es decir, los representantes del pueblo. De modo que la Sicilia tuvo una organización monárquica, única en Italia. Pero los nobles se alzaron con sus pretensiones, y los partidos lucharon entre sí bajo el nombre y la dirección de los Alagona y los Chiaramonti, de los Palizzi y los Ventimiglia, haciendo que todo se desmoronara, de lo cual se valieron los reyes de Nápoles para hacer valer sus antiguas pretensiones.
1392 – 1416 – 1435 – 1442 - Conjuración de los barones No teniendo Federico II hijos varones, casose a su hija María con D. Martín de Aragón, y de este modo la Sicilia pasó a ser provincia de aquel reino, siendo destrozada por las parcialidades latina y catalana. Alfonso de Aragón pretendió el reino de Nápales, como heredero adoptado por Juana II, por cuyo motivo entró en lucha con Renato; pero su flota fue derrotada por la genovesa en Ponza, donde él mismo, con los suyos, cayó prisionero. Hombre culto, devoto y de gran corazón, se amistó con Felipe María Visconti, quien le proporcionó medios para recuperar el reino; de aquí una nueva guerra, con rasgos de valor y de generosidad. Alfonso penetró en Nápoles, donde estableció una espléndida corte con los literatos más insignes de su tiempo, e instituyó la corte suprema de justicia, llamada de Santa Clara, y dejó el reino de Nápoles a Fernando mientras su hijo Juan ocupaba la Sicilia, la Cerdeña y los demás Estados de Aragón. Fernando se sostuvo con el apoyo de los capitanes Sforza y Piccinina; intervino con desacierto en los negocios de Italia, turbando su tranquilidad; y para castigarlo, los Venecianos excitaron a los Turcos, que desembarcaron en Otranto, matando a doce mil habitantes y llevándose diez mil como esclavos. Los barones, disgustados de la violencia con que los trataba, se conjuraron; pero bajo apariencias de perdón, fueron cogidos y degollados. Inocencio VIII declaró depuesto a Fernando, y Carlos VIII, rey de Francia, como heredero de la casa de Anjou, se dirigió a conquistar el reino.

173.- Estado pontificio. Condiciones generales
1423 La esclavitud de Aviñón había sembrado el desconcierto en los Estados pontificios, y en el Concilio de Basilea se discutió si la Iglesia adquiriría o no mayor pureza renunciando a la dominación terrestre. Por otra parte, aquella misma esclavitud había demostrado cuán mal se regía la Santa Sede en un país de ajeno dominio. Puede decirse que Martín V tuvo que conquistar el patrimonio de la Iglesia, ocupado por Ladislao y otros señores. Disputábanse el dominio de las ciudades los Sforzeschi y los Bracceschi, que atacaron a Roma, de donde tuvo que huir Eugenio IV; pero Piccinino, capitán aventurero, devolvió los antiguos dominios a San Pedro.
1447 – 1453 Nicolás V protegió a los hombres de ciencia, y fabricó espléndidos edificios; pero después que Esteban Porcari hubo tratado de hacerle prisionero con todos los cardenales, se mostró receloso y severo.
Calixto III desplegó gran celo contra los Turcos, pero se hizo antipático favoreciendo demasiado a sus sobrinos los Borgia.
1458 – 1461 Eneas Silvio Piccolomini de Siena, secretario del emperador Federico III, había intervenido mucho en los negocios públicos y en los Concilios de Constanza y Basilea, con opiniones poco favorables a la Santa Sede, de las cuales se retractó al ser elegido Papa con el nombre de Pío II. Cuando se disponía a guiar la Cruzada contra los Turcos, murió y le sucedió Paulo II, veneciano. Además de atender éste a la guerra contra los Turcos, procuraba engrandecer a sus sobrinos; y habiendo castigado a los redactores de los breves pontificios, que traficaban con sus funciones, lo denigraron a porfía, como persecutor de la literatura.
1471 Sixto IV hizo uso de una política poco leal; si por una parte consiguió arrojar a los Turcos de Otranto, por otra parte sembró la discordia en Nápoles, Florencia y Milán; prodigó empleos a los Riario y a los Della Rovere, sus sobrinos; se alió ora con un Estado ora con otros, y abusó de las excomuniones.
También Inocencio VIII se mostró demasiado condescendiente con su sobrino Cibo, quien hacía crear cargos para venderlos.
Este decaimiento de los papas es una de las desgracias primordiales de Italia, donde los señoríos quedaban reducidos a unos pocos; de manera que Ladislao y Juan Galeazzo Visconti pudieron concebir la unidad italiana. Para que un Estado no prevaleciese sobre otro, ora se dictaban leyes, ora se hacían guerras, y los guerrilleros (condottieri) contribuyeron mucho a mantener el equilibrio. Mientras tanto, cada Estado trabajaba para su prosperidad, que llegó entonces a su mayor altura, no siendo posible el triunfo de las ambiciones que traen consigo guerras y opresión. Dieron ejemplo de fuerza cuando hubo necesidad de oponerse a los Turcos, quienes tuvieron que cesar en sus amenazas.
La vida era cada vez más refinada, con lujo vanamente enfrenado por leyes suntuarias, y propagado de las Cortes a los ciudadanos. De ahí alteraciones y corrupción de costumbres, que nos han revelado, en demasía tal vez, El Decamerón y otros novelistas.

174.- Ciudades comerciales
Las ciudades marítimas tenían vida propia. En ninguna parte el comercio era considerado como deshonroso; en Toscana, hasta la casa de los príncipes lo ejercía; Luqueses, Florentinos, Lombardos y Genoveses se esparcían por todo el mundo, comerciando. Eran importantes las manufacturas de la lana, a las cuales se unieron pronto las de la seda, extendiéndose el cultivo del moral. El banco, es decir el procedimiento de hacer pagar en un punto las cantidades recibidas en otro, se había introducido mediante las sumas que la Corte romana percibía, aun de países lejanos. El dar a préstamo era considerado por muchos como usura, y esto dejaba el campo abierto a los Hebreos para abusar del comercio del dinero; por cuyo motivo se procuraba ponerles coto con leyes que la mayor parte de las veces tendían a expoliarlos mediante crecidos impuestos. Venecia y Génova introdujeron bancos, o montes, donde los particulares depositaban el dinero, recibiendo billetes que se ponían en circulación, y además un beneficio. El banco de San Jorge fue una de las Principales instituciones de Génova, y llegó a comprar a Caffa en Crimea. Luego se introdujeron los Montes de Piedad para ofrecer a los particulares necesitados la comodidad de tomar prestado, sin caer en manos de usureros.
Venecia y Génova acapararon todo el comercio marítimo, cuando Pisa hubo sucumbido en la Meloría, y Grecia se vio oprimida por los Turcos; las naves del Norte no llegaban al Mediodía. Eran extensísimos el tráfico y las posesiones de Venecia y Génova; remotos reinos se hacían tributarios suyos; sus flotas contribuían a que se reconciliaran pontífices y reyes; los de Inglaterra confiaban empleos a los Genoveses, y acudían a los Florentinos para los empréstitos; los mismos Mahometanos de África concedían privilegios a los Genoveses, como el Egipto a los Venecianos; y los unos desde la Colonia de Pera, y los otros de la de Caffa, dirigían el comercio de Levante.
Las colonias venecianas daban origen a una nobleza, diferente de la continental, pero que hubiera podido emanciparse, a no haber sido contenida por los Diez y por los Inquisidores de Estado, que ponían límites a la adquisición de riquezas, y excluían a los ciudadanos del mando de los ejércitos, recurriendo a capitanes aventureros, sometidos a la vigilancia de dos nobles. El dux Marino Faliero, que conspiró para deprimir a la aristocracia, fue decapitado (1335).
1378 – 1380 Abatiendo a los Scaligeri, Venecia adquirió la libre navegación del Po, y aumentó sus posesiones en Italia, mientras los Turcos le reducían las del Asia. A menudo sostuvo desastrosas batallas con los Genoveses; principalmente con motivo de la posesión de la isla de Ténedos, sostuvo con ellos la guerra de Chipre, complicada por las alianzas y las enemistades de los príncipes italianos; la flota genovesa penetró hasta Chioggia y Malamocco; pero los Venecianos la derrotaron (Víctor Pisano), si bien la paz les privó de todas sus posesiones de Tierra Firme.
Entonces prevaleció Génova, con sus galeones y más de 100 buques de carga, y reprimió a los Berberiscos; pero en el interior era armada por las facciones, ora bajo el dominio de los Visconti, ora bajo el de los franceses.
Venecia, por el contrario, se mostraba muy celosa de su independencia; pronto recuperó sus posesiones en la Dalmacia y las de Tierra Firme, y por último a Padua, después de haber exterminado a los de Carrara. Esta fue la época de su apogeo. Los buques mercantes tomaban los géneros de la India y los llevaban hasta el Báltico, proporcionando grandes ganancias a los particulares y a las compañías; para conservar tales ventajas no reparaban en durezas ni vejaciones. En el interior prosperaban las manufacturas de cristalería, aceites, productos farmacéuticos y tinturas. Considerando el Adriático como suyo, Venecia pretendía un impuesto sobre todos los buques que lo surcaban. El dux Francisco Foscari lanzó la república a empresas que le proporcionaron más gloria que ventajas. De esto lo acusaron los Loredan, sus enemigos, que lograron hacer desterrar a su hijo y deponerlo a él.
Recelábase tanto del dux, que éste ni siquiera podía leer sus cartas particulares, sino en presencia de sus consejeros; mientras él viviese, ni sus hijos ni sus sobrinos podían aceptar empleo o beneficio o dignidad alguna; los tres Inquisidores de Estado vigilaban a todo el mundo, hasta a los Diez, y podían castigar con la muerte.
Jacobo de Lusignan, aspirante al reino de Chipre, carecía de dinero para sostenerse, cuando Luis Cornaro, veneciano, le cedió la mano de su hija Catalina con 100 mil cequíes de dote. Para que a la desposada no le faltase dignidad, la república la adoptó, merced a lo cual, cuando murió Jacobo, la misma república pretendió heredar aquella isla, que defendió contra los Turcos.

175.- Ciudades anseáticas
Lo que las ciudades italianas hacían en los mares meridionales, las anseáticas lo verificaban en el Norte; éstas se habían confederado a principios del siglo XIII, y a partir del año 1350 extendieron los pactos de esta alianza. La liga se dividía en cuatro secciones, teniendo al frente las ciudades de Lübeck, Colonia, Brunswick y Dánzig; cada una ofrecía su contingente de hombres y buques, y pagaba un impuesto. En las dietas tenía voto el gran maestre de la Orden Teutónica; pertenecían a la liga casi todas las ciudades de la Prusia; y en el congreso se admitían representantes de los bancos extranjeros, y también príncipes, aunque sin voto. Tardaron en constituir un derecho mercantil uniforme. Su objeto era extender el comercio al exterior y obtener su monopolio, defenderse recíprocamente y zanjar sus diferencias por medio de arbitrajes. Tenían a mano la pesca, la minería, la industria de todas las costas del Báltico; en muchas ciudades poseían el mejor barrio, con casas y jardines, y almacenes accesibles a los buques. Cada jardín estaba ocupado por quince o treinta familias, llamadas partidas, con un jefe (husbonde), que ejercía autoridad sobre los subordinados, hasta el punto de imponerles castigos corporales. En 1368, 117 ciudades se unieron a Colonia y declararon la guerra a Valdemaro, rey de Dinamarca.
Pero no supieron o no quisieron formar una confederación que las hiciese poderosas con respecto a sus vecinos, y pudiese imponer la voluntad del mayor número a las disidentes; por esto caían en la anarquía; limitaban sus resoluciones a expedientes de inexperta economía; y obstinábanse en las exclusiones y prohibiciones cuando los Estados adquirían nuevo impulso.
Desde que Iván III se apoderó de Novogorod, y obligó a muchas personas ricas a trasladarse a lo interior, la Ansa sufrió considerablemente. Fundose en Suecia una Sociedad comercial que les quitó el monopolio de aquel reino. También en Noruega se trabajó para quitarles el monopolio, sobre todo el de la pesca del pejepalo. En todas partes los Ingleses y Holandeses hacían concurrencia a los Anseáticos, poniéndose en contra de éstos en los disturbios que se originaban, y obteniendo, o usurpando la entrada en el Báltico, en la Prusia, en las ciudades de la Ansa, al principio privilegiadas. De ahí que la liga Anseática, tan poderosa a fines de la Edad Media, decayese hasta ser aniquilada por la guerra de los Treinta Años, o más bien por la libertad, que es el principal elemento del comercio.

176.- Escandinavia
1086 – 1202 – 1320 – 1375 Los tres reinos escandinavos continuaban la guerra y se lanzaban a aventuras y correrías; los sabios recomendaban el conocimiento de varias lenguas; iban peregrinos a la Tierra Santa, o aventureros al servicio de Constantinopla. Entre los descendientes de Estrit, soberanos de Dinamarca, fue memorable Canuto IV, asesinado por el pueblo y canonizado después. Valdemaro el Grande domó a los Vendos idólatras. Valdemaro II pudo tomar el título de rey de los Daneses y de los Eslavos, duque de Jutlandia, y señor de la Nord-Albingia; mereció el dictado de legislador, y fue el primero que desplegó el Daneburg, bandera con la cruz blanca en campo rojo; pero pronto los Eslavos se separaron de los Escandinavos. Sostuviéronse vivas luchas con el clero, con sus consiguientes persecuciones y excomuniones. Enrique VIII publicó las Leyes feudales de la Estonia, adoptadas doquiera dominaban los caballeros Teutónicos. La monarquía fue menoscabada por la aristocracia noble y eclesiástica; tanto que estuvo dividida en seis ducados, hostiles entre sí, hasta que los reunió Valdemaro IV; este monarca, hábil y enérgico, reorganizó el ejército, impuso contribuciones y venció a los revoltosos y a las ciudades Anseáticas. Con él acaba la dinastía de los Estrititas, pues no quedaba más que su hija Margarita, casada con el rey de Suecia.
Noruega – 1247 La Noruega fue teatro de luchas entre pretendientes, hasta que en 1163 Magno VI fue su primer rey, declarado electivo y coronado por un legado pontificio. Sverrer, el hombre más ilustre de la Noruega, mató a Magno y ocupó el trono, dando pruebas de gran capacidad; pero de pronto surgieron nuevamente las facciones. Hacquin VI sometió la Islandia y la Groenlandia y Magno VII hizo declarar hereditaria la corona. En el siglo XII se hizo una compilación de usos municipales, que sirvió de derecho común entre los estatutos particulares. Magno VII modificó las leyes antiguas en el Gula-ting, ley común del reino hasta 1557. Enrique II, llamado el enemigo de los curas por su hostilidad contra estos, hizo una guerra desgraciada con la Liga Anseática, hasta que entró en ella. Extinguida la estirpe de los Inglings, Margarita, heredera de Dinamarca, hizo elegir rey de Noruega a su hijo Olao, el cual reunió los dos reinos.
Suecia – 1152 – 1250 – 1347 En Suecia, las cuestiones eclesiásticas fueron resueltas en la dieta de Linkioping, dividiéndose el país en cuatro diócesis y fundándose un dinero de San Pedro para sostener un hospital en Roma. Enrique IX fue santificado, y se llama Ley de Enrique el conjunto de las leyes suecas. Con Valdemaro empezó la dinastía de los Folkunger, y fue fundado Estocolmo para cerrar la entrada del Melar a los piratas. El reino era electivo, aunque no se salía de la familia reinante; no había feudos; todos los bienes eran alodiales; por esto no estallaron guerras particulares; los nobles eran convocados a la asamblea nacional. Según el código de Magno II, la nación no estaba obligada a seguir al rey fuera de las fronteras del reino; cada nuevo rey tenía que jurar que no impondría contribuciones, ni cedería castillos o empleos a extranjeros, ni introduciría leyes nuevas a no ser con el asentimiento de la nación.
1397 – 1412 – 1441 – 1448 Desposeídos los Folkunger, Alberto de Meklenburg fue elegido rey, pero disgustó a los Suecos, que preferían a Margarita, ya reina de Noruega y regente de Dinamarca, la cual, después de prolongada lucha, consiguió hacer firmar en Kalmar el acta de unión de los tres países, no como posesión de una familia, sino como reinos, conservando cada uno su derecho propio. Parecía que la Escandinavia unida había de formar un Estado fuerte y rico bajo la Semíramis del Norte, pero poco tiempo duró la concordia, y tanto alaban a Margarita los Daneses como la censuran los Suecos. Su hijo Erico, inepto en la paz como en la guerra, trató en vano de recuperar el ducado de Schleswig, que Margarita había conferido a la casa de Holstein. Habiendo sido depuesto, fue elegido rey Cristóbal, Palatino del Rin, pero entonces se deshizo la unión. Carlos Kanutson fue nombrado rey de Suecia. De Dinamarca lo fue Cristierno, conde de Oldemburgo, que también tuvo a la Noruega, aunque entre continuos trastornos; consiguió la reunión de Dinamarca y del Holstein, y de este modo aquellos reyes llegaron a ser miembros de la confederación germánica; fue acogido en Roma de una manera espléndida por Sixto IV, que le autorizó a fundar la Universidad de Copenhague. Luego se empleó largo tiempo en unir y descomponer a los tres reinos.

177.- Polonia, Lituania y Prusia
1295 – 1252 – 1431 El duque Boleslao II se hizo coronar rey de Polonia en 1058, y degolló a Estanislao, obispo de Cracovia, que el pueblo tomó por patrono. Sus sucesores guerrearon con el imperio, con la Bohemia, con la Prusia y con la Pomerania, que había sido arrebatada al paganismo por San Otón. Los Mogoles incendiaron a Cracovia y repetidas veces devastaron el país. Premislao II reunió bajo su poder la mayor parte de la Polonia, y se hizo coronar rey; pero a cada elección renacían las facciones. Casimiro el Grande pacificó y conquistó; dio leyes, llamó a las dietas a los disputados de las ciudades inmediatas, fue llamado rey de los villanos por el cuidado que desplegó en librarlos del yugo de los nobles, y fundó la Universidad de Cracovia. A ésta y a otras ciudades concedió Boleslao II el régimen municipal, estableciendo tribunales regulares, y explotó las salinas de la Bocnia, riqueza del país. Parece que el reino era absoluto, tanto que el rey designaba a su sucesor. Bajo Casimiro III se cambió la Constitución, sometiendo a los estados la ratificación de los tratados y de los impuestos. Luis de Anjou, elegido heredero, era mal visto como extranjero, y tuvo que conceder grandes privilegios para granjearse la amistad de los nobles. Su hija Eduvigis no pudo reinar, sino casándose con Jagellón, gran príncipe de Lituania. Esta había permanecido en la idolatría, hasta que Eduvigis indujo a los suyos a recibir el bautismo y a destruir los bosques y las serpientes del antiguo culto. Erigiose en Vilna una catedral en honor de San Estanislao, patrono de los Polacos. Jagellón, que se llamó Wladislao, y cuya familia reinó de 1386 a 1572, unió a la Polonia con la Lituania, y dio nuevos derechos a la nobleza, a fin de que fuesen elegidos sus hijos para sucederle en el trono. Su hijo Wladislao VI pereció en la batalla de Varna; siguió un largo interregno; después Casimiro IV se obligó a no dictar leyes ni hacer la guerra a no ser con la aprobación de la dieta, que fue legislativa además de electiva. Solo los nobles tenían la plenitud de la ciudadanía, los honores y las dignidades civiles y eclesiásticas.
Prusia – 1291 La Prusia había sido conquistada por la Orden Teutónica (cap. 150), cuyo capítulo y gran maestre se establecieron en Mariemburgo; ya no se llamaban hermanos, sino Señores Teutónicos, y se dejaron arrastrar por la ambición y los vicios. Habiéndose unido con los Porta-espadas, adquirieron además la Livonia; ocupáronse en someter a los Lituanos, en destruir la idolatría y en convertir los incultos campos en fértiles posesiones. Los caballeros no se dedicaban al comercio, pero lo estimulaban; muchas ciudades, admitidas en la Liga Anseática, se convertían en almacenes de granos, donde hacían sus provisiones los Polacos, los Rusos y los Lituanos. Se recogía y elaboraba el ámbar; se fundaron escuelas a las cuales eran invitados los jurisconsultos de Italia y Alemania, y se instituyeron conventos y hospitales.
1393 Varias veces el Papa hizo predicar la Cruzada contra los Lituanos; valientes campeones tomaron las armas; uno de ellos, Juan de Luxemburgo (cap. 164), fue elegido rey de Polonia, y dio la Pomerania a la Orden, que la conservó. Habiéndose rebelado la Estonia, la Orden la compró, y la vendió luego a los Teutónicos de Livonia. Al debilitarse el ardor caballeresco, la Orden asalarió tropas para defender y extender sus conquistas.
1409 - 15 de julio – 1411 – 1466 A principios del siglo XV, la Prusia comprendía cincuenta y cinco ciudades amuralladas, cuarenta fortalezas, 19000 pueblos o aldeas y 1000 caseríos con dos millones de almas; y de la Orden tenía la renta de 8000 marcos de plata, sin contar las multas judiciales ni el producto del ámbar. Comprando la Nueva Marca, la Prusia se puso en comunicación con la Germania y la Samogicia. A causa de ésta, luchó con Wladislao V de Polonia, que en la batalla de Tannenberg dio muerte a 600 caballos y a 40000 hombres del ejército teutónico, y pidió a los Prusianos que lo eligiesen rey. Pero Enrique Reuss de Plauen defendió a Marienburg, y en la paz de Thorn fueron restituidos los prisioneros y las conquistas. Las hostilidades renacieron; y no bastaron el valor y la prudencia de Enrique de Plauen, gran maestre, a restablecer la tranquilidad. En la misma Orden estallaron discordias; las ciudades aspiraban a emanciparse; los estados se pronunciaron en abierta rebelión, y uniéndose con la Polonia devastaron el país, hasta que en la paz de Thorn la Orden tuvo que ceder a la Polonia la Pomerania con Dánzig y otros países, conservando sólo la Prusia oriental como feudo de la Polonia, gobernada por los gran-maestres, y dependiente de aquellos que un día habían de ser sus súbditos.

178.- Rusia y Capchak
1093 – 1131 El sistema de sucesión, introducido por Vladimiro el Grande, subdividía el imperio ruso en muchísimos principados, apenas dependientes del gran príncipe de Kiev, y en guerra unos con otros. Sviatopolk II intentó remediar el mal, mediante un congreso periódico, donde se ventilaban los negocios comunes; pero hasta la religión estaba al arbitrio de los grandes príncipes, que elegían o deponían a su antojo a los metropolitanos.
1236 – 1263 – 1237 La división impidió que la Rusia pudiese resistir a los Mogoles; y Batú, que había acampado en las inmediaciones del Volga, derrotó al gran príncipe Jaroslaf II, cerca de Moscú, destruyó a Kiev e invadió la Siberia. Solo la Rusia Roja (Galitzia y Lodomiria) conservó su gobierno propio bajo el mando de Daniel Romanowitz. Alejandro, príncipe de Novogorod, vencedor de los Teutónicos y de los Suecos, fue nombrado por Batú gran príncipe de Wladimiria, y a su muerte fue proclamado santo. Había obtenido de Batú el arrendamiento general de las contribuciones, en cuyo oficio sus sucesores adquirieron habilidad para los negocios públicos, conservando la amistad con la Horda de Oro, a la cual tenían que entregar personalmente el tributo de pieles, dinero y rebaños, con ceremonias humillantes. Alejandro II intentó sacudir el yugo mogol, y en castigo, el título de príncipe fue transferido a Iván Danielowitz, que preparó con más calma la independencia, fortificó y enriqueció a Moscú, y la eligió por su capital.
1380 – 1481 Aprovechándose de las discordias suscitadas entre los hijos de Usbeck, kan de Capchak, empleó Iván el dinero ruso contra los Mogoles, para prevalecer sobre sus rivales, lo que consiguió uniéndose con muchos Boyardos. Sus sucesores pudieron asumir el título de grandes príncipes de todas las Rusias, y establecer la sucesión hereditaria, trasmitiéndose de este modo el pensamiento de la nacionalidad, y rodeándose de los Boyardos del país. Entre tanto los kanes del Capchak se debilitaban; y cuando Mamai-kan entró en Rusia para someterla nuevamente al yugo, fue derrotado por Demetrio Donski. El general Gengiskánida Toktamisco intimó a los príncipes rusos que fueron a rendirle homenaje, y al oír su negativa, invadió el país y destrozó a Moscú. Tuvo que alejarse en seguida para oponerse a Tamerlán, y Demetrio se ocupó en restaurar la patria, y construyó el Kremlin. Cuando Tamerlán hubo deshecho a los Mogoles, la Rusia pudo emanciparse. Iván III derrotó y dio muerte a Ahcmet, último kan del Capchak, y fue el verdadero fundador de la monarquía rusa, nacional y despótica.

179.- El triunvirato italiano. La otra literatura
Dante – 1265 – 1321 La nueva literatura europea empieza en Italia con los nombres de Dante, Petrarca y Boccaccio. Hacía dos siglos que no se oían en italiano más que pobres cantos de amor y de devoción, cuando Dante Alighieri, de Florencia, se valió de aquella armoniosa lengua para describir su viaje a través de los tres reinos póstumos, narrando los castigos, las aspiraciones, las glorias reservadas a los hombres después de la tumba, y exponiendo toda la ciencia de su tiempo, la religión, la política, zahiriendo sin piedad los errores y las faltas de sus contemporáneos.
Petrarca - 1304-74 Francisco Petrarca, de Arezzo, era instruidísimo y escribió en latín, en prosa y en verso; pero adquirió su mayor gloria con los sonetos y cantos dedicados a Laura, en los cuales dulcificó y embelleció la lengua, tanto que han trascurrido cinco siglos sin que su estilo envejeciera. Cantó, además, sobre religión y política, censurando a los papas que residían en Aviñón y a los príncipes que favorecían a los extranjeros.
Boccaccio - 1313-75 No pocos poetas siguieron de lejos a estos dos genios. Tardose algo en escribir en prosa, porque era usual y patria la lengua latina en Italia; sin embargo, algunos se habían servido ya del italiano, principalmente en crónicas, historietas, vidas de santos, y novelitas, con palabras puras y estilo sencillo y natural.
Añadir al idioma el arte que le faltaba; dar fuerza, variedad, amplitud al período; emplear el recurso de los incidentes, de las trasposiciones, de las suspensiones; todo esto fue obra de Juan Boccaccio, de Certaldo, que introdujo en el Decamerón diez personas para contar novelas. Tuvo como principal elemento la riquísima lengua del país, pero usó un estilo a la latina, en extremo artificioso, que echó a perder a sus imitadores; y desde entonces los autores italianos se dividieron en dos clases muy distintas; en una figuran los sencillos, que escriben como hablan las personas educadas, con prosa lógica y clara, con familiaridad franca y digna, y con noble expresión; en la otra figuran los artificiosos, que buscan las frases menos comunes, lo intrincado de los giros, las trasposiciones, el estilo culto y alambicado, y la magnificencia. Peor que todo esto hizo Boccaccio, dando el ejemplo de las novelas obscenas y del egoísmo, cediendo al cual se recreaban en el campo los vividores, mientras la peste hacía estragos en Florencia. Además de las Cien novelas antiguas, anteriores a Boccaccio, se tienen novelas y poesías de Franco Sacchetti, y cuentos de Juan Florentino. Más alabanzas merece Ángel Pandolfini, que escribió sobre el Gobierno de la familia.
Franceses Aunque los reyes favorecían las escuelas, ningún nombre ilustra la literatura francesa, en la época en que se refinaba la lengua. Dio pruebas de buen gusto Carlos de Orleans (1391-1465) en sus poesías melancólicas, como en las festivas Francisco Villon. La literatura provenzal había muerto.
Españoles La primera prosa literaria castellana es la del Conde Lucanor, de Juan Manuel. El Amadís de Gaula, de Vasco Lobeira, fue muy leído e imitado. Enrique, marqués de Villena, introdujo una academia al estilo de la de Tolosa. El marqués de Santillana compuso poesías y el Centiloquio. Juan de Mena, inspirándose en el Dante, escribió el Laberinto, cuadro alegórico de la vida humana. La Celestina fue el primer drama. Mejor éxito alcanzaron los españoles en las poesías sencillas, letrillas, cantarcillos y romances; el castellano prevaleció al fin sobre el lemosín y el provenzal.
Alemanes La poesía alemana estuvo en manos de los maestros cantores (Meistersinger). El pueblo tenía canciones adecuadas a todos los sentimientos y ocasiones. Los poemas del Renardo (el zorro) y de la Barca de los locos satirizaron su tiempo entre alegorías y fantásticas ficciones
Suizos La Suiza tuvo literatura propia para heroísmo de su liberalización, las luchas religiosas, las bellezas de los montes, el espíritu de libertad. Veitweber de Friburgo, Juan Tauler de Estrasburgo, Hugo de Trimberg, se distinguieron por su naturalidad y delicadeza.
Ingleses En otra parte hablamos de las literaturas rusa, húngara y escandinava. En Inglaterra Godofredo de Chaucer (1328-1400) perfeccionó el anglo-sajón con el anglo-normando, e introdujo en el lenguaje muchas palabras francesas; imitó a los novelistas italianos, como él fue imitado por Juan Gower en los Cuentos de Canterbury. Juan Mandeville (1300-72) describió su propio viaje a Oriente. La lengua se formó y fijó desde que Enrique VII estableció una corte regular y una clase media. En Escocia se refinaban las baladas populares, y aún hoy subsiste un cuento de bodas campestres de Jacobo I Estuardo.

180.- Estudios clásicos. Historia
Griegos – Eruditos Perjudicó a la originalidad de la nueva literatura la veneración en que se tenía a los clásicos, si bien ayudaba a dar elegancia a las formas. El griego se había alterado en el país mismo de su cuna; y cuando lo invadieron los Turcos, invadió la Italia una turba de eruditos, entre los cuales figuraron Leoncio Pilato, Teodoro Gaza, Jorge de Trebisonda, Demetrio Calcondilla, Juan Argiropulo, Juan Lascari y Bessaron. La mayor parte de ellos eran pedantes, que poseían y comentaban a los grandes autores, y los explicaban sin que supieran hacer nada nuevo ni original. Pero excitaban el amor a la erudición, y los italianos se ocuparon en rebuscar libros, en parte olvidados en las librerías de los conventos, y en copiarlos, corregirlos y señalar los trozos más notables. A esto se dedicaron Petrarca, Filelfo, Poggio Bracciolini, Lorenzo Valla, Poliziano, Jovián Pontano, etc., etc. Estos inclinaron el estudio a repudiar el latín eclesiástico, que se había introducido en la Edad Media, y a restaurar el ciceroniano, haciendo gramáticas y diccionarios, y discutiendo entre sí sobre lo genuino de las palabras y la pureza de las frases. Mucho se les honraba, y les era confiada la educación de los futuros príncipes; pero por amor a lo clásico, con frecuencia caían, no sólo en frases, sino que también en sentimientos paganos, hasta el punto de desaprobar el estudio de los libros sagrados y de los Santos Padres, a causa de su defectuoso estilo. Los príncipes rivalizaban en proteger y honrar a estos literatos, tomándolos por secretarios o por embajadores; las Universidades les alentaban con honorarios; el pueblo mismo se apasionaba por sus litigios, aun cuando nada entendía; la muchedumbre acudía a sus lecturas; en muchas ciudades se instituían cátedras ex profeso, pero los papas eran quienes les proporcionaban mas honra y provecho.
1376 Y esto no sucedía únicamente en Italia. En Alemania, Gerardo Groote fundó una Orden dedicada especialmente a las ciencias y a la enseñanza, con el nombre de Buenos Hermanos o de la Vida Común. Algunos pasaban a Italia a perfeccionarse en el griego y en el latín; revisaban los clásicos que se imprimían, y sobresalió entre ellos Tomás de Kempis (1380-1471), reputado autor del libro más leído después del Evangelio, la Imitación de Cristo. En Francia, la Sorbona tenía fama por la política más que por los estudios clásicos y eran muy pocos los libros de esta clase que había en la famosa biblioteca del Louvre. Elio Antonio de Lebrija, al volver de Bolonia a Andalucía su patria, publicó algunos libros para facilitar los estudios clásicos, mientras que florecían en Hungría, merced a Matías Corvino; aunque con dificultad penetraron también en Oxford.
Crítica Entonces se comenzó a aplicar la crítica, no sólo a los textos, sino que también a los documentos, a los monumentos, a las medallas, fundamentos de la historia; se coleccionaron inscripciones; se hicieron disertaciones sobre los magistrados, sobre los ritos y sobre otras particularidades antiguas. Annio de Viterbo(1432-1502) publicó 17 libros de Antiquitatum variarum, trozos de antiguos autores, que él decía haber descubierto, y que luego fueron reconocidos como falsos; pero mientras tanto contaminaron todas las historias de entonces con fabulosos orígenes.
Historia Los acontecimientos que marcaban la vida de los países, excitaron a escribir crónicas, de que no careció ninguna población de Italia. Florencia tiene las mejores, debidas a Ricordano Malaspina, a Dino Compagni; a Juan, Felipe y Mateo Villani; a Marchione de Coppo Stefani. El paduano Albertino Mirsato narró en latín la Historia Augusta de Enrique VII; Marin Sanuto escribió Secreta fidelium crucis; Eneas Silvio Piccolomini expuso los acontecimientos contemporáneos y la historia de Austria; Leonardo Bruno dejó la historia del concilio de Basilea.
Estas eran ya verdaderas historias, como lo eran también las florentinas de Juan Cavalcanti, de Poggio, de Bartolomé della Scala y de Poliziano. Andrés Dandalo escribió la de Venecia, y fue imitado por otros; Pedro Pablo Vergerio fue el cronista de Carrara; Panormita y Pandolfo Collenuccio escribieron la de Nápoles; y la de Milán se debe a Decembrio, Simonetta, Tristán Calco, Jorge Merula y Bernardino Corio. Antonio Bonfini de Arcoli es la primera fuente de la historia húngara, como lo es de la polaca Esperiente.
Entre los franceses, después de Joinville y Villehardouin (cap. 153) figura Juan Froissart (1327-1440); escaso de crítica, de política y de moral, solo se propuso describir y deleitar. Otro tanto hicieron Oliveiro de la Marche y otros autores de memorias. Obra histórica fue también la que con el título de Cambios de fortuna escribió Cristina de Pizzano, de Bolonia. A todos sobrepujó Felipe de Commynes (1443-1509), que narró las empresas de Carlos el Temerario, Luis XI y Carlos VIII, con mucha perspicacia y sin escrúpulos sobre la lealtad.
La crónica de Pedro López de Ayala atestigua los progresos de la lengua y de la inteligencia en España; este autor insigne había estudiado el arte en Tito Livio y los asuntos en la patria.

181.- Ciencias
La teología continuaba siendo la ruina [sic] de las ciencias; pero nadie se elevó a la altura de San Buenaventura y Santo Tomás. En las cuestiones agitadas en los concilios de Constanza, Basilea y Florencia, aparecieron grandes teólogos, entre ellos Eneas Silvio Piccolomini (Pío II) y Gerson, canciller de la Universidad de París (1363-1429).
Los filósofos combatían aún bajo la bandera de Aristóteles o de Platón, del silogismo o de la inspiración. Los Griegos prófugos restauraron el culto de Platón, cuyas obras fueron traducidas por Marsilio Ficino; y se fundó en Florencia una escuela neo-platónica, la cual se contaminaba a veces con el misticismo y con la cábala. Famosos fueron entonces Pletón Gemistio, Teodoro Gaza, Jorge Genadio, el cardenal Bessarion. Juan Pico della Mirandola (1463-94), de estupenda erudición, aplicó aquellas doctrinas a explicar el Testamento. El cardenal Nicolás de Cusa (1401-64), alemán, combatió la escolástica.
Las matemáticas eran cultivadas al servicio de la magia y del comercio. El genovés Andalón del Nero, corrigió las antiguas cartas geográficas, sobre las cuales los Venecianos señalaban los grados. Jorge de Peurbach es considerado como el restaurador de las matemáticas en Alemania (1423-61), y tuvo por discípulo a Juan Miller de Köningsberg -Regiomontano (1436-76)-, que resolvió los principales problemas de la trigonometría lineal y esférica, hizo una tabla de senos y de tangentes, y fue el primero que compuso un almanaque con la posición y los accidentes de los astros. El primer tratado de álgebra que se dio a la prensa fue el de Pacioli de Borgo.
La astronomía iba mezclada con la astrología; sin embargo, enseñaron el verdadero sistema del universo Domingo María de Novara y el cardenal de Cusa.
La astrología perjudicaba también a la medicina, buscando remedios en las estrellas y en las propiedades ocultas de los cuerpos,. Eran Árabes y Hebreos los médicos de más reputación. La cirugía era abandonada a los bárbaros ignorantes; pero Venecia dispuso que cada año (1308) se disecasen algunos cadáveres, y disecó muchos el profesor Mondini de Bolonia (1315), quien escribió una obra que sirvió de texto en las escuelas. Desde entonces se repitieron las autopsias, mientras que en Francia y España se consideraba inhumano hacerlas. Tardó bastante la medicina en apoyarse en la observación y en la química. Entre tanto, además de la peste negra, aparecieron la tarántula, el sudor inglés, la plica polonesa y la sífilis.
Los legistas son acusados de emplear vana erudición y bárbaro estilo. El mejor canonista fue Juan de Andrés, de Bolonia y Andrés de Isernia fue llamado el evangelista del derecho feudal.

182.- Bellas artes
Así como las letras volvían a los clásicos, las bellas artes abandonaron el gótico para reunir los órdenes griegos y romanos. Sobresalió Felipe Brunelleschi, florentino (1377-1444) que cerró la bóveda de santa María del Fiore, dejada abierta por Arnolfo; cosa que nadie se había atrevido a emprender; construyó la abadía de Fiesole, el palacio Pitti, mientras que Michelozzo fabricaba, el palacio Ricardi. León Bautista Alberti (1490) restauró hasta la teoría con su libro De re ædificatoria, el primero que se escribió después de Vitrubio. Filarete, Bramante Lazari, Benito y Julián Majano, Simón Pollajuolo, llamado la Crónica, dejaron obras insignes, principalmente en Toscana y en Roma. También Nápoles poseía bellos edificios de Masuccio y de Pedro de Martín. Venecia fabricaba con más originalidad. Las antiguas fortalezas empezaban a ser inútiles contra las armas nuevas; se sintió, pues, la necesidad de reconstruirlas con terraplenes más anchos, tores más distantes y más macizas y fosos más profundos.
Muchos arquitectos brillaban también en las demás artes. Andrés Orcagna, que hizo la galería de los Lanzi en Florencia, era pintor, escultor y platero. Los comerciantes florentinos hicieron adornar a Or de San Miguel con una magnificencia superior a la de los palacios reales. Hicieron buenas estatuas Nicolás de Arezzo, Nicolás y Andrés de Pisa, Agustín y Agnolo de Siena, Juan Balducci. Éstos en Toscana. En Venecia Jacobo y Pedro Pablo de las Mesegne, Felipe Calendario, Alejandro Leopardi, Antonio Rizzo, Pedro Martín Lombardo, Scarpagnino dejaron obras menos acabadas, pero más francas. Otro Masuccio, Andrés Ciccone, Silla y el milanés Giannotto, Aniello Fiore, Bambocci, hicieron altares y monumentos en Nápoles. En Lombardía dejaron obras esculturales Fusina, Solaro, Busti, Juan Jacobo della Porta, Marcos Agrato, los Rodari, más vigorosos en la ornamentación que en la figura.
Los Florentinos determinaron hacer la puerta del bautisterio, compañera de la que construyó Andrés de Pisa; presentáronse al concurso los mejores artistas y triunfó Lorenzo Ghiberti. Donatelli trató de marcar la anatomía, y su Gattamelata, de Padua, es la primera estatua ecuestre de los modernos. Andrés Verrocchio introdujo el sistema de modelar sobre el natural. Minos de Fiesole se acercó a la verdad. Surgieron muchos artistas, cuyos monumentos más auténticos son los mausoleos.
La pintura tomó gran vuelo después de Giotto, que también fue arquitecto (campanario de Florencia). Giottino, Tadeo Gaddi y Simón Memmi dulcificaron los contornos, ampliaron las composiciones y tuvieron una escuela feliz. Benozzo Gozoli, fray Filippo Lippi, Cosme Roselli y Lucas Signorelli secundaron el lujo de entonces con estupendas pinturas. La miniatura daba admirables resultados en los misales y libros de coro, merced al talento de artistas italianos y flamencos, en quienes la imitación es tan escasa como viva la inspiración religiosa. En ellos se fijó el beato Angélico de Fiesole (1445). Al estudio de lo verdadero se aplicaron Pablo Ucello, Masolino, Masaccio. Ghirlandajo dio fondo a la perspectiva. Luego Diego Juan de Brujas introdujo la pintura al óleo, perfeccionada después por Antonello de Mesina.
Formábanse otras escuelas en Lombardía, generalmente sobre asuntos sagrados; en Nápoles, en la Romania, donde Gentile de Fabriano continuó las tradiciones devotas, y fue el que dio impulso a la escuela veneciana; en Venecia, donde brillaron Jacobo, Juan y Gentile Bellini. El paduano Squarcione hizo adelantar la perspectiva y la expresión. Mantegna (1517) abrió una escuela en Mantua.
En Alemania, la pintura fue introducida por los misioneros, que a la palabra unían las imágenes religiosas; los conventos y abadías encierran antiguas pinturas. Se esculpió en madera, y en las composiciones gustaba lo místico y lo alegórico. Alberto Durero (1461-1528), y Holbein (1495-1554) llegaron a la cúspide del arte y de la gloria.
En Francia el arte no prosperó hasta que Francisco I hubo llamado a Italianos. En España dominaba el estilo morisco, hasta en las catedrales que se fabricaban a medida que el país era reconquistado. Pero la arquitectura, que había sido la reina de la Edad Media, perdió la supremacía desde que los sentimientos pudieron expresarse por medio de la pintura y de la imprenta.

Libro XIV
183.- Geografía. Viajes antiguos
Este libro está especialmente dedicado a los viajes, es decir a la extensión de la humanidad en espacio, como la hemos seguido en su extensión en el terreno de la moral, de los conocimientos y de la libertad.
Las necesidades lanzaron a la especie humana desde el suelo natal a remotos países; pero se ignora quién fue el primero que domó el caballo, el asno, el camello, quién los unció a los carros, quién se abandonó por la vez primera a las olas del mar en una frágil nave, y concibió el uso de los remos y las velas. ¡Cuánto tiempo, cuántos estudios, experimentos y errores debieron de necesitarse para que el hombre, desde un tronco ahuecado por el fuego, que sería su primera embarcación, llegase a saber derribar los bosques cuidados con tal objeto y construir verdaderas naves, aptas para cruzar los mares, a despecho de las tormentas y de los vientos contrarios! Los pueblos semíticos, hebreos, árabes, fenicios, fueron los primeros que se dedicaron al comercio. Sus caravanas atravesaban las vastas llanuras del Asia y las tostadas arenas del África. Tiro y Sidón sacaban de los bosques del Líbano los troncos para construir naves con que trasladarse de Ofir a Tarterio, en el Atlántico, y fundaron colonias hasta en España y en Irlanda.
La India fue el principal objeto del comercio marítimo y terrestre, por ser el país de donde procedían los objetos preciosos, los tintes, el marfil, las especias, que los indígenas aportaban a la confluencia de los ríos y junto a los santuarios. Hasta por curiosidad se emprendieron algunos viajes y Necao, rey de Egipto, después de haber puesto en comunicación el Nilo con el golfo Arábigo, envió desde allí naves fenicias, que dando la vuelta al África, volvieron por el estrecho gaditano. El Hércules fenicio personifica a las numerosas colonias establecidas en las costas del Mediterráneo y del Atlántico. Son concepciones poéticas, que poco enseñan, los viajes de Ulises, que en un día llega a los confines del Océano, y los de los Argonautas, que en un día también dan la vuelta a Europa, llevando a remolque las naves a lo largo de las costas. A los héroes de Homero les parece portentosa la travesía desde el África a la Sicilia, cuando ya los Fenicios desafiaban el Océano. Heródoto viajó bastante, e investigó y refirió muchas cosas, aun sin entenderlas; la escasez de libros le dejó en la ignorancia de gran número de cosas, y hasta de los descubrimientos de los Cartagineses. Los Griegos debieron el conocimiento de éstos a Escílax de Caria, que citó por la primera vez a Roma y Marsella. De ésta última ciudad salió Piteas, que navegó antes de la época de Alejandro por las costas de la España y la Galia hasta la Bretaña, y desde allí al Báltico. Los viajes de Ctesias y de Jenofonte dieron a conocer la India y la Persia, pero más todavía los de Alejandro Magno, que llevaba consigo un verdadero estado mayor de geógrafos y naturalistas. Bajo sus sucesores, muchos exploraron y describieron nuevos países; pero como estaban engreídos de su propia civilización, despreciaban los países que visitaban, y sus incompletas descripciones se resentían de ese menosprecio.
La conquista de los Romanos derrocando las antiguas repúblicas marítimas, impidió hacer ulteriores tentativas. Mas así como las victorias de Alejandro revelaron la existencia del Oriente, las de Mitridates dieron a conocer el Norte de Europa, y las de Roma el Occidente. En realidad, los conocimientos científicos habían adelantado poco hasta entonces, y Estrabón no supo mucho más de lo que se sabía 1100 años antes. Discute si la Italia es un triángulo o un cuadrado, y cree que el mar Caspio comunica con el Océano Septentrional. No tenía noticia de lo que los viajeros habían referido de la Arabia y del centro del África. Pomponio Mela, Dionisio, Plinio son compiladores; pero en tiempo de Plinio se descubrió la regularidad de los vientos que soplan periódicamente en los mares situados entre el África y la India, la mitad del año del Sudoeste, y la otra mitad del Sudeste; este descubrimiento dio nueva vida al comercio de la India. Nadie fundaba la geografía en las matemáticas; pero Tolomeo, un siglo después de Cristo, sirviéndose de las obras recogidas en la biblioteca de Alejandría, aplicó las medidas de longitud y latitud, dio un catálogo de los lugares con su respectiva posición; mas como toma por base las medidas itinerarias de los mercaderes y de los navegantes, se equivoca con frecuencia.
En la antigüedad, cada uno colocaba a su país en el centro de la tierra. Alrededor de este centro se hallaban distribuidos los pueblos civilizados, y a lo lejos los extranjero, o bárbaros, designados por monstruos, osos o monos, gigantes o pigmeos. La escasez de libros hacía que se ignorase lo que ya se había hecho a escrito; suplíalos la imaginación. Y esta creaba una Atlántida, o Gran Tierra, o Continente Croniano, que se suponía haber existido más allá de las Columnas de Hércules, asilo de delicias, que se había sumergido en el mar. Redonda o cuadrada, la tierra se suponía dividida en cinco zonas, dos heladas, a los extremos, dos templadas, y una tórrida en el centro. Se suponían habitables las dos templadas, sin que se pudiese pasar de una a otra (Sueño de Escipión).
Edad Media Los primeros misioneros cristianos llegaron a remotísimas comarcas, mas fue para el bien de las almas y no para el de la ciencia. Otro tanto hicieron los Mahometanos, algunos de los cuales fueron expedidos por los califas a visitar colonias musulmanas, hasta Samarcanda y China; y los hubo que, poco después del año mil, pasaron el estrecho y encontraron islas que llamaron Azores por las muchas aves de esta especie que allí había.
Edrisi Los califas hicieron medir y delinear sus posesiones. Poseemos muchos viajes de musulmanes, entre los cuales sobresale Edrisi, que por encargo de Roger de Sicilia escribió las Peregrinaciones de un curioso que va a explorar las maravillas del mundo, en cuya obra explica las indicaciones de un globo de ochocientos marcos de plata que aquel rey había mandado construir. Ibn Batuta, de Tánger, hacia el año 1300, se puso en camino con el objeto de conocer hasta qué punto se había extendido el islamismo. Benjamín de Tudela, hebreo, viajó por la Palestina, la India, la Etiopía y el Egipto, buscando los progresos de la religión mosaica.
Escandinavos – 982 – 1380 Los Escandinavos, adiestrados en las correrías por mares tempestuosos, descubrieron las Hébridas, la Islandia, desde la cual se adelantaron hacia un país que llamaron Groenlandia, y de allí al Vinland, que parece debía estar situado en Terranova; lo que supone que llegaron al continente americano.
Nicolás y Antonio Zeno, venecianos, visitaron y delinearon aquellas tierras, y colocaron a más de mil millas al Oeste de Frisland, y al Sur de Groenlandia, dos costas llamadas Estotiland y Droceo, que corresponderían a Terranova, Nueva Escocia y Nueva Inglaterra; y designaron un pueblo culto, que debía ser Méjico o la Florida. En esto se fundan los eruditos daneses para pretender que a ellos se debe el descubrimiento de América.
Entre los viajeros europeos, el más ilustre es el veneciano Marco Polo (cap. 148), que en la China y el Japón estuvo en la Corte de los Mogoles.
Mapas Los primeros mapas se atribuyen a Anaximandro, discípulo de Tales. Eratóstenes aplico a los mismos la graduación gnómica, pero con la proyección plana, a cuyo método sustituyó Hiparco el de los meridianos convergentes. Es probable que las cartas que acompañan al texto de Tolomeo hayan sido variadas a medida que se adquirían nuevos conocimientos. El único monumento que nos han dejado los Romanos, es la tabla de Peutinger, diseño muy grosero, sin proporciones, de veintidós pies de largo y uno de ancho, que solo podía servir como carta itineraria (cap. 78). En las bibliotecas se hallan mapas de la Edad Media, que se iban perfeccionando paulatinamente; es notable el planisferio de fray Mauro en el palacio ducal de Venecia, donde se encuentran marcados hasta los países conocidos por los Árabes; el África termina en punta, y se duda si está indicada la posibilidad de darle la vuelta, que tanto trabajo costó y que se había olvidado.
A esta empresa se lanzaron los Portugueses, y el príncipe Enrique estableció en Sagres, en los Algarbes, una escuela de náutica, donde se hicieron mapas mejores.

184.- Comercio antiguo
El aliciente principal para los viajes era el comercio, y ya dimos una idea de las caravanas y de las colonias. En la época de su grandeza, Roma fue el mercado principal del mundo; después lo fue Constantinopla, magníficamente situada. Uno de los géneros más importantes era la seda, que se traía de la China; queriendo los Persas ejercer el monopolio de este género, no permitían que fueran otros a buscarlo; de este modo permanecieron los Griegos tributarios de los Persas en el comercio de seda, hasta que, en tiempo de Justiniano, algunos misioneros trajeron semilla del gusano que la cría y se plantaron moreras en Europa.
La primera irrupción de los Musulmanes destruyó el comercio con los Persas, con la India y con la China; pero lo continuaron ellos mismos después. Basora arrebató sus ventajas a Alejandría; sus monedas, que se hallan en Rusia, en la Bukaria, en la Noruega, atestiguan sus frecuentes relaciones con estos países. También iban los Árabes a la China, por el Kabul y el Tíbet. Los Bizantinos, excluidos de los puertos árabes, iban a la India, haciendo un largo trayecto y remontándose hasta Kiev en Rusia.
La Europa se hallaba demasiado agitada por los invasores para poder atender al comercio en grande escala; por esto mismo lo favoreció Carlomagno. Las cruzadas, además de hacer considerar a Europa como una sola nación, abrieron nuevos caminos y facilitaron establecimientos comerciales, que proporcionaron riquezas sobre todo a las repúblicas italianas. Los Genoveses y Venecianos marcharon al frente de los demás países, abrieron el Egipto, llegaron a la China, mientras que del Norte traían maderas, cáñamo, pez, cera y tuvieron grandes establecimientos en Alejandría de Egipto, donde los Mamelucos les favorecían merced a los derechos que cobraban de los negociantes.
La conquista de Constantinopla pobló con colonias europeas el litoral de Levante, pero los reinos que allí fundaron los latinos fueron de muy corta duración. Sin embargo, los príncipes musulmanes, en vez de arrojar de allí a los Europeos, comprendieron cuán útil era favorecerlos. Muchas ciudades del Mediodía de Italia, además de Nápoles, Trani y Gaeta, comerciaban con el África y con los puertos del Mar Negro.
En Francia el comercio no se avivó hasta que Luis IX adquirió el puerto de Aguasmuertas. En España, los Árabes introdujeron sus costumbres mercantiles, el cultivo del azúcar, del algodón, del azafrán, y las preparaciones del papel, del cordobán y del alumbre. Los Berberiscos llevaban a las costas septentrionales del África los productos de la Nigricia.
Alimentaban el comercio las especias y demás productos de la India, mayormente la pimienta, tan común entonces como ahora el azúcar, la goma, el alcanfor, la sandáraca y las maderas tintóreas. Creció el consumo de la seda, con la cual rivalizaban las pieles. Cada feudatario fabricaba sus armas, pero las de mayor reputación eran las de Milán y de Damasco. Los barrios de Brescia y del Friul dieron nueva exportación a los Venecianos. Del Norte venían los pescados salados, sobre todo que Guillermo Beukelzoon hubo inventado el sistema de salar los arenques.
Hasta el siglo XIII no se formaron compañías comerciales en Inglaterra para traficar con Flandes, que adquirió singular vida por el comercio y la fabricación de los tejidos, con lanas que compraba a los Ingleses. El Parlamento de Oxford prohibió luego el exportarlas; y Eduardo III, sacando partido de las discordias de los Flamencos, prometioles entre otras cosas, buena vaca y buen carnero para que fuesen a ejercer su industria en Inglaterra, como efectivamente hicieron. No tardaron los mercaderes en adquirir la importancia que antes se daba únicamente a los propietarios, a los legistas y a los guerreros. Pronto los Ingleses tuvieron bancos en el Báltico y en las costas prusianas y danesas, y la navegación por las costas enseñó a desafiar los peligros del Océano.
Obstáculos El comercio halló un grave obstáculo en la piratería, que para los antiguos no era más deshonrosa que hoy la conquista, y la vemos, ejercida por los héroes de Homero. En la Edad Media se constituyeron ciudades para ejercerla. Los Anseáticos trataron al principio de destruirla, con no dar cuartel a los buques corsarios, y prohibir la compra de sus presas.
Otro obstáculo era la prohibición del Papa impidiendo comerciar con los infieles. Según el derecho de represalias, el que había recibido una injuria, podía indemnizarse con los bienes y personas de los conciudadanos del ofensor. En virtud del albinage, los bienes de un extranjero pertenecían al señor en cuyas tierras muriese; y en virtud del derecho de naufragio, todo buque que naufragaba en las costas era presa del primer ocupante.
No había correos que permitiesen mantener correspondencia seguida; se escribía poco; no se usaba apenas la comisión, sitio que el mismo fabricante iba a vender o cambiar sus productos.
La Iglesia prohibió despojar a los náufragos; poco a poco se introdujeron costumbres más humanas, a medida, que aumentaba el comercio y se estipulaban tratados.
Hablamos ya del florecimiento de las ciudades italianas (cap. 147). La industria se organizó en asociaciones jerárquicas, dentro de las cuales quedaban colectivamente emancipadas las personas, cuya igualdad civil y política no estaba generalmente reconocida, y fuera de las cuales no se podían ejercer las artes y oficios. Los síndicos, los consejos, los prohombres, las cámaras de disciplina contribuían a la educación popular, al estímulo del trabajo y a la desaparición de los fraudes. Establecidos los reyes, quisieron éstos aprovecharse de la ganancia de los súbditos laboriosos, exigiendo tributos, gabelas y tasas.
El dinero El comercio daba importancia al dinero en efectivo. El cuño y título de la moneda variaban hasta el infinito, de modo que se estipulaba la verificación de los pagos en moneda de tal o cual país determinado. Hubo después cambiantes lombardos, sieneses y florentinos, que recibían cantidades en depósito, y las iban entregando a medida que llegaban órdenes del depositante. De esto se pasó al uso de las letras de cambio.
Fundáronse también bancos de depósito o de crédito, como los de Venecia y de Génova, que empleaban los capitales impuestos e instituciones útiles, en empresas y hasta en conquistas.
Gran preponderancia adquirían los Judíos, los cuales, no pudiendo comprar tierras, empleaban sus capitales en el tráfico, mayormente en préstamos, en cuyo negocio les imitaron los Lombardos. Eran crecidos los intereses, sobre todo donde estaba prohibida la usura, pues los prestamistas se hacían pagar el peligro que corrían.
Los Frescobaldi, los Bardi, los Peruzzi, los Capponi, los Acciajuoli, los Corsini y los Ammanati de Florencia eran en el siglo XIV los banqueros más célebres de Inglaterra y de los Países Bajos.
Los seguros marítimos, al principio de uso poco habitual, se hicieron obligatorios poco después del año mil.
Derecho marítimo Las ligas marítimas más antiguas eran las de Rodas, adoptadas por los antiguos. Un catalán o un italiano recogió en el siglo XII las costumbres de los puertos del Mediterráneo, según las cuales, los cónsules de los diferentes países juzgaban en las cuestiones marítimas. A ejemplo de estos usos, se recogieron también los del Océano bajo el título de Juzgado de Olerón. Las Ordenanzas de Wisby estaban en vigor en el Norte. De estas leyes de diferente origen surgió un cuerpo de derecho marítimo, que después fue común a toda Europa.
En 1403 Venecia estableció el primer lazareto, donde habían de hacer cuarentena los buques procedentes de países infestados.

185.- La brújula. Descubrimientos de los Portugueses
Como todas las artes, progresó también la de construir buques; pero no era preciso que estos fuesen muy grandes, mientras se veían reducidos a costear, por falta de aparato que permitiese orientarse al perder de vista la tierra. Hacia el año 1200 se conoció la propiedad de la aguja imantada de dirigirse constantemente hacia el polo, y se construyó la brújula, cuya invención se atribuye a Flavio Gioja, de Amalfi. El congreso de sabios, reunido en tiempo de don Juan de Portugal, enseñó a aplicar a la navegación el astrolabio, con el cual se señalaban los grados de altura en que se hallaba el buque.
1486 – 1497 Con tales medios, los Portugueses salieron de las Columnas de Hércules, consideradas como límites del mundo; y las aventuras de algunos navegantes italianos, que habían ido en busca de la Atlántida y de las islas Fortunatas, hicieron esperar que se llegaría al extremo del África, y se continuaría hasta las Indias por un camino más corto que el terrestre, seguido por los Venecianos. Pero a poco se descubrieron las Canarias, Madeira, la Costa de Oro y la Guinea. Los reyes de Portugal, a impulsos del mismo deseo que animaba a las Cruzadas, es decir, el de ganar almas para Cristo, alentaban las esperanzas, hasta que Bartolomé Díaz vio el cabo de Buena Esperanza. Vasco de Gama le dio la vuelta con tres buques y 60 hombres; llegó hasta Melinda y Calicut, la ciudad más rica y comercial de la India, y al cabo de dos años volvió lleno de gloria.

186.- Colón y los primeros descubridores de América
1492 – 1506 Toda persona culta debe conocer con más detalles que no caben en un compendio las razones que movieron a Colón y la constancia con que efectuó su empresa, cuya originalidad no consiste en el buscar tierras nuevas, sino en el aventurarse más adentro en el Océano, para llegar a la India siguiendo un rumbo opuesto al de costumbre. Habiendo estudiado los libros peculiares, y consultado matemáticos y pilotos, se persuadió de que la tierra era esférica y de que no debía distar más de 4000 millas de Lisboa la provincia del Catai descrita por Marco Polo. Allí podría convertir a la religión de Cristo millares de hombres, y adquirir riquezas tanto para invertirlas en sufragio de las almas del purgatorio, como para reconquistar la Tierra Santa. Después de haber sufrido las penalidades y los desdenes que el mundo guarda siempre para los genios, Colón zarpó de Palos con tres naves, y ancló en San Salvador, una de las islas Lucayas, de donde trajo a España algunos salvajes y riquezas. En seguida fue encumbrado hasta las nubes; diéronle grandes promesas y auxilios para continuar la empresa; alentados con ellas, millares de aventureros acudieron a la India (tal creían que era el nuevo continente), pero de pronto estallaron desórdenes, se indisciplinaron los advenedizos; la avidez de oro hizo cometer crueldades contra los indígenas; se desencadenó la envidia contra Colón, que a lo último fue encadenado y devuelto así a España, donde los Reyes Católicos, que le habían prodigado promesas impróvidamente, se las negaron con deslealtad, y él murió de abatimiento, sin saber que había descubierto un nuevo mundo al que otro iba a dar nombre.
Los Portugueses, que habían tratado de impedir la empresa de Colón, procuraron oscurecer su descubrimiento. Pretendían que España, al ocupar el nuevo territorio, violaba los derechos que les había concedido Martín V sobre aquellas tierras; pues, según el derecho de entonces, tocaban al Papa las islas y las regiones nuevas. Alejandro VI marcó sobre el mapamundi una línea del Polo Ártico al Antártico, a 100 leguas de distancia de las Azores; y cedió a Portugal el país anterior, y a la España el posterior a la línea divisoria.
1499 – 1526 Extendiéronse los descubrimientos y las conquistas; Alonso de Ojeda costeó desde Venezuela hasta el cabo de la Vela; Pedro Alonso Niño llegó hasta la Colombia; Vicente Pinzón tocó en el Brasil y vio el río de las Amazonas. Francia e Inglaterra, envueltas en guerras intestinas, no participaron de aquellas primeras glorias; pero apenas se vio tranquilo, el inglés Enrique, VII mandó al veneciano Cabot, que reconoció a Terranova y desembarcó en el Labrador y en la bahía de Hudson, buscando el camino de las Indias por la parte del Noroeste. El portugués Álvarez de Cabral ocupó el Brasil; Sebastián Cabot penetró en el inmenso Río de la Plata y descubrió el Paraguay; Lucas Vázquez de Ayllón fundó una colonia entre las dos Carolinas, a ochocientas leguas del punto donde por primera vez desembarcó Colón.
1520 Entre tanto, otros habían encontrado ya el mar Pacífico; Ponce de León descubrió la Florida; Álvarez de Pineda reconoció el golfo de Méjico, y Juan de Grijalva la Nueva España. Vasco Núñez de Balboa fundó la primera colonia española del continente en Santa María de Darién, y de la cumbre de la cordillera vio el inmenso Océano (golfo de Panamá), que después se llamó el Pacífico, y entró vestido y armado en el mar, tomando posesión en nombre de España. Ignorábase aún si entre el mar del Sur y el Atlántico había un pasaje que permitiese dar la vuelta al mundo. Quiso verlo Fernando Magallanes, que al servicio de Carlos V penetró, por el estrecho que conserva su nombre, en aquel mar que había saludado Balboa; y si bien fue muerto él en defensa de un rey aliado, su nave volvió a España por el lado opuesto, habiendo dado la vuelta al mundo en tres años y catorce días. Los relatos de tan maravillosos acontecimientos eran recogidos de boca de los navegantes por doctos italianos, que los divulgaban, ya para satisfacer la curiosidad, ya por espíritu de erudición cosmográfica, con harto pocas de aquellas particularidades características, que aún hacen inestimable lo poco que de ellas recogió después Juan Bautista Ramusio. Américo Vespucio, primer piloto de España, no hizo notables descubrimientos, pero en cartas dirigidas a Lorenzo de Médicis, describió sus viajes, y los nuevos países empezaron por esto a llamarse tierra de América. Más tarde se hicieron historias de viajes, descripciones y toda clase de estudios. Los estadistas indagaban las nuevas producciones; los filósofos investigaban la naturaleza de aquellas razas diferentes, la civilización, la educación, la procedencia de aquellos pueblos, que no todos merecían el calificativo de bárbaros. La literatura tenía un nuevo campo abierto con la descripción de aquellos inusitados climas, de aquellas aventuras maravillosas y de aquellas poéticas costumbres.

187.- Esclavitud india
La que para Colón era empresa de santificación y conquista de almas, fue considerada luego como una ocasión de lucro, que la insaciable fantasía exageraba, no viendo más que oro y piedras preciosas. La primera colonia se estableció en la Isla Española, y la gente que había emigrado allí con la idea de apoderarse de las soñadas riquezas, resistió a la obligación de trabajar. Entonces se oprimió a los naturales para que diesen los pretendidos tesoros y se sometiesen al trabajo. Se decidió que los Indios fuesen esclavos, como de raza inferior, ya que los teólogos habían hecho declarar a Isabel la Católica que aquellos indígenas eran hombres también, y naturalmente libres. Se señaló a cada español un número determinado de Indios, que hacía trabajar e instruir en la fe. Se hacían sufrir a aquellos desgraciados todos los padecimientos que puede imaginar el hombre. Las matanzas eran tan continuas, que de un millón de personas que contenía, la isla quedó en breve despoblada.
Fueron protectores de los indígenas los frailes Dominicos. Bartolomé de las Casas fue varias veces de América a Sevilla, a defender su causa; y como se le decía que no era posible hacer cultivar aquellas tierras sino por esclavos, propuso que llevaran allí negros del África, con lo cual empezó la horrible trata, no del todo abolida, que los pontífices reprobaron desde el principio y que los misioneros han combatido con todas sus fuerzas.

188.- Méjico
Contábanse maravillas del país que Grijalva había descubierto (cap. 186), y el gobernador de Cuba confió la empresa de irlo a ocupar a Hernán Cortés, el cual con diez naves, la mayor parte descubiertas, 600 o 700 hombres, 18 caballos, 13 mosquetes, y 14 cañones de poquísimo calibre, se dirigió a conquistar un imperio mayor que el de Alejandro. El ancho valle, al rededor de los dos lagos de Tezcuco y de Chalco, llamado Anahuac (país entre los mares), elevado 2200 metros sobre el mar, es centro del imperio de Méjico, que se extendía entre el mar Pacífico y el Atlántico, desde el 14º al 21º de latitud Norte. Era antiquísima su civilización, puesto que el año 544 de Cristo entraron en el país los Toltecas, y encontraron un pueblo culto con artes e instituciones buenas; sabían fundir los metales, calcular el tiempo, erigir templos y pirámides. Hacia el año 1170 llegaron a este país los Chichimecas, gente más tosca, que vivía en cavernas, se mantenía de la caza, estaba dividida en nobles y plebeyos, gobernada por un rey, y rendía culto al sol. A estos siguieron otras siete tribus atraídas por la belleza del país, y más civilizadas; los Tlascaltecas y los Acolúos, mezclándose con los matrimonios, adquirieron cierta superioridad, fundaron diversas dinastías, y sometieron a los demás pueblos para establecerse en el Anahuac, en donde fundaron hermosas ciudades. La nación de los Aztecas apareció en 1244, y fabricó en medio del lago la ciudad de Méjico (Tenochtitlán); adoraban a Huitzilopochtli, al cual ofrecían víctimas humanas; tuvieron reyes que sojuzgaron a los países vecinos, hasta Moctezuma que ocupaba el trono cuando llegaron los Españoles.
Los Mejicanos no carecían de ninguna de las artes útiles y poseían muchas de las bellas; fabricaban magníficamente; elaboraban el oro; escribían con jeroglíficos; usaban granos de cacao en vez de dinero; divertíanse en teatros. En las escuelas, se enseñaba a los muchachos el arte de labrar la tierra y la madera, y ganarse la vida con ello. FI gobierno era feudal; los conquistadores, que gozaban de todos los derechos, dominaban a los vencidos, que carecían de todos. El imperio se componía de los tres Estados de Méjico, Tezecco y Tacuba, cada uno con su rey y nobleza propia, pero confederados los tres bajo la supremacía del emperador; muchos príncipes poseían dominios inamovibles. Atendíase mucho al cuidado de las armas. Las tierras estaban divididas entre la corona, los nobles, los comunes y los templos.
La religión era austera e intervenía en todos los actos de la vida. Mas como fue destruida completamente, no es mucho lo que con certeza conocemos de su esencia. Reconocíanse, al parecer, dos principios, el del bien (Teol) y el del mal (Tlecatecolotol). Huitzilopochtli, personificación del sol, dictó su propio culto y daba oráculos. Los templos (teocalli) eran elegantes y estaban servidos por numerosos sacerdotes, por varias órdenes monásticas y por una especie de vestales. Eran comunes los sacrificios humanos en un pueblo tan afable, y hacíase mercado o comida de los cadáveres de las víctimas. Los calendarios eran más perfectos que el romano, y de singular semejanza con el japonés; conocían la causa de los eclipses y la revolución anual de la tierra; entendían la geometría y la topografía; y recuerdan los usos de Egipto las pirámides escalonadas, las momias encerradas en cajas pintadas, el uso de la pintura jeroglífica. La arquitectura abundaba en columnas, pilastras, cornisas, mascarones; y encontráronse luego ruinas de ciudades, ya olvidadas en tiempo de la conquista.
Asombráronse los Mejicanos de ver desembarcar en su costa a aquellos Europeos, y los caballos, y las armaduras, y los fusiles les hicieron creer que venían del cielo. Moctezuma reinaba entonces sobre treinta poderosos caciques, de un mar al otro; había sojuzgado todas las provincias, a fin de que no faltasen víctimas a los dioses. Cortés fundó a Villarrica de Veracruz, estableció un consejo soberano en nombre del rey de España, quemó las naves para quitar a los suyos la esperanza de volverse, y habiéndose aliado con algunos caciques, se dirigió contra la capital. Trató de granjearse las simpatías de los indígenas por medio de la dulzura, pero además de las iniquidades de los suyos, él mismo empezó a derribar los ídolos, y por consiguiente acabó por mostrarse intolerante y cruel.
1520 Descorazonado Moctezuma, solo supo acudir a las asechanzas; pero también en estas era inferior a los Españoles, que quedaron atónitos al ver a Méjico, en medio del ancho lago, con bosquecillos y jardines, 70000 casas, tiendas, canales navegables, 50000 góndolas, e indescriptibles riquezas en el magnífico palacio real. Cortés osó prender a Moctezuma; lo encadenó y obligó a reconocerse vasallo de Carlos V, haciéndole ofrecer un presente de 600000 marcos de oro puro, además de muchas alhajas. No se le pudo reducir a mudar de religión, pero se suspendieron los sacrificios humanos. Exigía Cortés más oro; subleváronse los grandes contra tantos ultrajes, y Moctezuma murió de pesar. Habiendo perdido tan preciosa prenda, los Españoles se vieron obligados a retirarse. Matemozin, sucesor de Moctezuma, les venció varias veces, haciendo numerosas víctimas. Por último quedó la victoria por Cortés, el cual se apoderó de las ciudades, de los tesoros y del rey.
1533 No era ya una colonia, sino un gran imperio conquistado. No tardaron en acudir aventureros, hasta el número de 200000. Cortés les dio leyes, fabricó la nueva capital sobre las ruinas de la antigua, enterrando los canales; florecieron allí las artes y la cultura europeas; los vencidos tuvieron que servir, pero no fueron destruidos, y hasta nuestros días han vivido descendientes de Moctezuma. Entre los vencedores se desarrollaron todos los vicios de la fortuna y del poder.
1547 Cortés presentose triunfante en Toledo; pero Carlos V destinó otro virrey a Méjico. Entonces Cortés se puso al frente de nuevas exploraciones en la California, país desgraciadísimo, pero rico en oro, y de allí pasó a la Nueva Galicia y a las islas del Pacífico; mas también esta vez fue víctima de la acostumbrada ingratitud, y aquel gran conquistador murió oscuro en Sevilla, a la edad de sesenta y dos años.

189.- El Perú
1527 La conquista de Méjico reanimó el espíritu aventurero. Balboa, después de atravesar el istmo de Darién (cap. 185), tuvo noticia de que había un gran pueblo hacia el Mediodía, muy rico en metales. Era el Perú. Pedrarias Dávila llego a ser virrey y asesinó a Balboa; pero en vez de los tesoros imaginados solo halló disgustos; casi todos sus aventureros murieron, y los restantes amenazaban a los caciques, hasta que la empresa de sujetar al país fue asumida por Francisco Pizarro, hombre rudo y valiente, que se había acostumbrado a la fiereza en las guerras de Italia. Habiéndose procurado una nave en Panamá, se adelantó hacia el Perú, y encontró en todas partes apariencias de industria, de trato, cultos los hombres y los campos, y una ciudad toda oro y plata. Acudieron nuevos aventureros y Pizarro se dirigió a Cuzco, capital de aquel país, llena de bellísimos edificios y estatuas. Aún hoy causan admiración los restos de caminos, canales y diques de aquella época. La fama atribuía aquellas construcciones a una gente de barba y vestidos diferentes de los modernos, simbolizados en Manco-Capac; procedentes del Septentrión hacia el año 1100, habían enseñado el culto del sol, la agricultura, el gobierno, y fundada la dinastía de los Incas. Estos reinaban como soberanos absolutos con regular administración, e imponiendo una obediencia casi monástica a la muchedumbre, dividida en Castas de oficios, sin propiedad particular. Sacrificaban al sol conejos, frutos y harina, y las 1500 vírgenes a él consagradas, no podían ser vistas más que por el emperador.
1532 El rey Atahualpa acogió con toda clase de atenciones al aventurero, el cual destruyó toda resistencia y le hizo prisionero, cogiendo un botín que superaba las exageraciones de la mayor codicia; y sin perder un solo hombre degolló a 4000. Atahualpa prometió, en cambio de la libertad, llenar de oro la habitación en que se encontraban, hasta la altura a que se pudiese llegar con la mano. Entonces principiaron los indígenas a llevar oro, y ya tenían reunidos 75 millones, cuando los conquistadores no supieron contenerse más, y arrojándose sobre ellos se lo repartieron. Muchos regresaron con su botín a Europa, donde desde aquel momento principió a encarecerse todo.
1536 – 1531 Mas no por esto se puso en libertad a Atahualpa, quien, después de un ridículo proceso, fue ahorcado. El oro justificaba a Pizarro, que había conseguido apoderarse de Cuzco, donde encontró inmensos tesoros. Manco Capac se hizo vasallo de España para ser elegido emperador, e insinuó a los súbditos la obediencia; sin embargo, los aventureros continuaron saqueando. Pizarro y Almagro se hicieron mutua guerra a causa de los territorios a cada uno señalados. Almagro murió en el patíbulo. Manco Capac se retiró a los Andes, y con él terminó el imperio de los Incas. Pizarro, maldecido de amigos y enemigos, fue degollado. Todas las pasiones se desencadenaron en aquel país ya tan infortunado. En vano Carlos V trató de realzarlo uniéndolo a la corona; aquella inmensa población quedó reducida a 3 millones, con la necesidad de negros para el cultivo. No alcanzaron a remediar el mal la instrucción introducida, ni la Universidad fundada en Lima en 1545.

190.- América meridional. El Dorado
En un tercio de siglo, los aventureros se habían esparcido por todo el nuevo continente, sin piedad para con una raza que consideraban inferior y un país del cual solo pensaban sacar súbitas riquezas. Mientras unos explotaban los países conocidos, otros se arrojaban a descubrimientos y conquistas.
1535 Los Españoles y Portugueses no habían podido ponerse de acuerdo acerca de la posesión de las islas Molucas.
Don Pedro Mendoza de Castilla obtuvo el título de gobernador de los países comprendidos entre el río de la Plata hasta el estrecho de Magallanes, sin conocer lo que se le señalaba; en la embocadura del inmenso río fundó a Buenos Aires; se descubrieron sus grandes confluentes, el Uruguay, El Paraguay y el río Salado; fundaron la Asunción, y en todas las colonias allí establecidas, hubo las acostumbradas opresiones, guerras y odios recíprocos. Los cantones que se habían sometido pacíficamente se constituían en municipios, bajo el mando de un español.
Juan de Ayala se dirigió en busca del paso entre el Atlántico y el Mar de las Indias, penetró hasta las fuentes del Paraguay, y llegó a establecer comunicaciones entre el Perú y el gobierno de la Plata.
Según las noticias de los Indios había en el interior un país riquísimo, todo oro (El Dorado). Gonzalo Pizarro, con trescientos cincuenta Españoles y cuatro mil Indios, se dirigió a explorar aquel país, realizando una expedición tan memorable por sus descubrimientos como por sus aventuras. Pero El Dorado fue siempre el sueño de los aventureros, sin que ninguno lo encontrara, como tampoco el canal entre los dos océanos. Se exploró el río de las Amazonas, que atraviesa casi todo el continente meridional.
1541 En Chile, lengua de tierra entre el gran Océano y la cordillera de los Andes, estaba sujeto a los Incas, los cuales ordenaron a los habitantes que se sometieran a los Españoles. Allí fueron edificados Santiago y otras siete ciudades que fundó Valdivia. Pero los indígenas se sublevaron varias veces, y se tuvo que introducir una administración separada de la del Perú.
1537 Fundáronse otros establecimientos en la Tierra-Firme (Colombia), y Venezuela fue vendida a la casa de Welser de Augsburgo. Gonzalo Jiménez, en busca siempre de El Dorado, llegó a Bogotá, donde fue recibido con grandes fiestas; allí encontró una corte regular, una civilización tradicional, y magníficos edificios; pero lo misioneros no podían salvar a los indígenas de la fiereza y la codicia de los conquistadores. Habiendo dado muerte a los gobernantes, los Españoles fundaron el reino de Nueva Granada, cuya capital fue Santa Fe.

191.- Colonias españolas
España poseía entonces en el Mediterráneo la Sicilia y las Baleares; en África Ceuta, Orán, Mazalquivir, Melilla y el Peñón de Vélez; en el Atlántico las Canarias; en Asia las Filipinas; en América las islas primitivas, La Española, Cuba, Puerto Rico, de los Caribes, la Trinidad, Santa Margarita, La Roca, Orchila, Blancas y algunas de las Lucayas; al Mediodía el Perú, Chile, la Tierra-Firme, el Paraguay y el Tucumán; al Norte el antiguo y nuevo Méjico, la California y la Florida. En nada aumentaron la prosperidad de España aquellos riquísimos países, porque cayeron en manos de quienes eran inexpertos en el arte de gobernar y desconocían la ciencia económica. Las maravillas de la conquista se debían a la actividad particular; el gobierno no aspiró a establecer el comercio con los indígenas, sino que quiso poseer el suelo, para extraer el oro que contenía, y considerarlo como perteneciente, no al Estado, sino a la corona. Los reyes no conocieron nunca, o no quisieron emplear los medios de hacerlo prosperar. El sistema colonial lo encaminaba todo a enriquecer la metrópoli. La gente misma que en España había dado pruebas de tanta laboriosidad en la agricultura, no se aplicó, en el nuevo continente, más que a procurarse oro. Los países se consideraban como conquistas, que el rey concedía a quien mejor las pagaba, distribuyéndolas, con la carga de censos, entre los conquistadores, que redujeron a estado normal la servidumbre de los indígenas.
Carlos V aumentó los impuestos de los Indios y de los propietarios con la alcabala, tasa del cinco por ciento sobre toda venta al por mayor, y que después fue aumentada hasta el catorce. Los tributos fueron en aumento. Estaba prohibido plantar vides y olivos, en las colonias, y se tenía que comprar el aceite y el vino en la madre patria. Estaba también prohibido todo tráfico hasta de colonia a colonia, debiendo ir todo de España y venir a España. Era, pues, un delito capital el comerciar con los extranjeros. Estaba determinado el número de buques que debían salir de los puertos, de qué puntos, y por dónde debían ir. De este modo afluía el oro a España; pero esta se figuró poder con eso comprar cuanto le hacía falta, y dejó morir la agricultura y la industria; de modo que el oro que recibía, pasaba a Italia, a Inglaterra, a Holanda, a los países que a costa de España se enriquecían, merced a sus florecientes manufacturas.
Los nuevos Estados americanos no estaban en relaciones mutuas. Los viveres ejercían su despotismo en un país que no conocían ni apreciaban. Todos dependían del Consejo de Indias, qua era el principal de la monarquía.
España no exterminó a los indígenas, los cuales, una vez bautizados, adquirían los mismos derechos que los conquistadores. Era permitida la mezcla de razas por medio del matrimonio. Las leyes estaban llenas de palabras humanas. Había Blancos naturales de Europa; Criollos nacidos de europeos en América; Mestizos, hijos de blancos y Americanos; Mulatos, hijos de blancos y negros; Zambos, hijos de negros e Indios; los Indios, o sea la raza indígena de color bronceado; y los Negros de raza africana. Pero el Chapetón, Español puro, despreció siempre a los criollos, y todas las clases se odiaron mutuamente.
La mita era un servicio corporal, que debían prestar todos desde diez y ocho a cincuenta años, mayormente para la extracción de minerales. Por el repartimiento estaban obligados los gobernantes a suministrar a los Indios los objetos de primera necesidad, disposición muy oportuna al principio, pero que degeneró en torpe especulación, obligando a los Indios a comprar de los peores vestidos, mulas enfermas, granos deteriorados, todo a crecidos precios, como si fuera de superior calidad.
Concíbese fácilmente que se acelerase la ruina de las colonias y de la metrópoli. Más tarde el mal se reparó algún tanto con los privilegios, pero el remedio no podía llegar más que con la libertad.

192.- Misiones. El Paraguay
Uno de los intentos de Colón, al ansiar el descubrimiento de nuevos países, era conquistar almas para el paraíso. A este fin algunos frailes, principalmente de la Orden de Santo Domingo, se unieron pronto a los conquistadores para enfrenarlos y para convertir a los salvajes. Penetraban en los países menos accesibles, entre las tribus más feroces, plantando la cruz, enseñando la idea o al menos las palabras de Dios, alma y cielo; con asombro de los indígenas, acostumbrados a verse perseguidos, expoliados, muertos, les insinuaban algunas ideas morales, como el abstenerse de carne humana, y de los consorcios vagos; y allí estos misioneros sufrían privaciones, penalidades y hasta el martirio. Las cartas edificantes en que describen sus actos son narraciones sumamente interesantes.
Al nombre de cada uno de los conquistadores puede oponerse de algunos pacíficos propagandistas, que llevaban la censura o el consuelo a los palacios como a las chozas. En las nuevas ciudades se alzaron vastos conventos, hospitales, catedrales, escuelas, y las pompas religiosas conquistaban tantas almas, como enajenaba la feroz codicia.
1556 En el vasto y bellísimo país comprendido entre el Perú y el Brasil, y regado por el Paraguay, aparecía el hombre en la mayor rudeza, desnudo, perezoso, antropófago, sin que lo hubiese modificado la importada civilización. Muchos misioneros habían cogido allí escasos frutos, cuando fueron los Jesuitas, que empezaron a convertir y a civilizar, sin intolerancia ni fanatismo, con dulzura y halagos. Hasta quisieron probar si un gobierno patriarcal cuadraba allí mejor que los acostumbrados, laboriosamente opresores, a fin de poder cristianizar al nuevo mundo antes que exterminarlo. Comenzaron por obtener que los Indios fuesen declarados libres, a pesar de las reclamaciones de los colonos, que así se veían privados de sus bestias; se constituyeron en protectores de aquellos desgraciados, obtuvieron la facultad de recoger a los convertidos en puntos separados de la corrupción europea, y fundaron parroquias (reducciones) gobernadas por sí mismas, cada una bajo la dirección de un jesuita. Todo estaba en regla como en un regimiento; sones y cánticos precedían y acompañaban las fatigas; estaba prohibida la excavación de minas; toda la atención se fijaba en la agricultura; la cosecha se recogía en común, así es que no había quien se viese expuesto a la miseria; tenían escuelas de lectura y de música; vestían con sencillez; se reunían en asamblea para elegir su cacique; no se conocían delitos; las transgresiones de la ley se castigaban correccionalmente; el misionero debía ser el brazo y la cabeza de aquella gente que no sabía pensar ni prever; había, en fin, una pequeña milicia para defenderse de las tribus enemigas.
Pero sus verdaderos enemigos eran los gobernadores, que querían entrometerse y echarlo todo a perder. Aún hoy se acusa a los Jesuitas de haber empleado flores y cantos, en vez de hachas y cañones. Las ingerencias hostiles no tardaron en destruir las parroquias, y el Paraguay perdió toda su prosperidad en la esclavitud colonial.
De allí los Jesuitas se habían extendido por la California, que había parecido a los Españoles demasiado estéril para cultivarla. De este modo sometieron a España el vasto país de Maina, dejando en todas partes obras públicas, tales que pueden asemejarse a las de los grandes reyes; acueductos larguísimos, atrevidos puentes, numerosos canales, y proyectaban uno que pusiese en comunicación los dos océanos.
No fueron menos útiles en las colonias francesas; humanizaron la Guyana; y en el Canadá, habitado por gente feroz que no se asustaba ni maravillaba de las armas europeas, los misioneros introdujeron más tarde el cristianismo y enseñaron a reverenciar a los hombres de la oración.
Los protestantes enviaron también misioneros a las colonias; pero el ministro que va con su propia familia, bien provisto de recursos por las sociedades bíblicas, no obtiene bastantes frutos. Las misiones católicas tienen su centro en la congregación de propaganda fide de Roma, desde donde son enviados esos precursores de la civilización.

193.- El Brasil
Cabral había descubierto el Brasil, cuyos primeros habitantes no manifestaron asombro ni desconfianza al encontrarse con los Europeos: antes bien permutaron sus dones y besaron la cruz. Pero como se sacaba poco provecho de aquel país, quedó olvidado. Especuladores privados se establecieron en él, sin que Portugal mandase casi más que malhechores. No se encontraron allí antiguos edificios, como en el resto de América; los indígenas eran antropófagos; abundaban el oro, la plata y el hierro, pero hallándose lejos de la costa, se descubrieron tarde; en cambio proporcionaba grandes riquezas su fertilísimo terreno. Los Portugueses dividieron el Brasil en capitanías, enfeudándolas a los nobles en una extensión de cuarenta o cincuenta leguas de costa cada una, sin determinar los límites hacia el interior, con jurisdicción civil y criminal. La primera historia es la relación de las novelescas aventuras de aquellos capitanes. Tomás de Sousa dio un centro a la América portuguesa fundando a San Salvador, y luego a San Sebastián. Nada se conocía del interior. Seis jesuitas se dedicaron a aprender las lenguas de los salvajes y empezaron luego a ejercer con ellos su apostolado, haciendo grandísimos progresos. Los padres Anchieta y Nobrega merecen ser citados entre los bienhechores de la humanidad.
Las desventuras de Portugal impidieron fijar la atención en el Brasil, donde fueron a establecerse los Hugonotes perseguidos en Francia. Con mejor ventura que estos residieron allí los Holandeses que dieron importancia a Fernambuco; pero al fin prevalecieron los Portugueses, que sacaron provecho de las riquísimas producciones del país, y de la pesca en el río de las Amazonas. A explorar el interior del país ayudaron los Paulistas, banda de aventureros que forman la parte poética de la historia del Brasil. En el distrito de las minas se descubrieron más tarde los diamantes en tal abundancia que se llegaron a sacar 20000 quilates al año.

194.- América septentrional
La extrañas aventuras de Álvaro Núñez y Narváez en la Florida, estimularon a conocer los países situados al Nordeste de Méjico. Hacia este lado se habían dirigido ya algunos Franceses, que reconocieron el río de San Lorenzo y el Canadá, y fundaron a Québec, que fue el centro del poder francés en América. Otros se estacionaron en la Florida; pero los Franceses no tuvieron nunca la constancia de hacer fortuna en las colonias, y sacaron poco provecho de la isla de Cayena. Todas las naciones quisieron poner el pie en la Guayana, posesión muy importante, como que está en medio de las dos Américas.
Los Ingleses no llegaron al continente hasta la época de la reina Isabel (1578), con patentes en virtud de las cuales Onofre Gilbert ocupó el Septentrión, y Walter Raleigh la Virginia (1584): con su habilidad y perseverancia, los Ingleses llegaron a fijarse definitivamente en el país. En los descubrimientos se distinguió Juan Smith. El sistema británico era muy distinto del español, pues favorecía el comercio, la concurrencia y las compañías mercantiles. En la Virginia se refugiaban muchos miembros de las diferentes sectas religiosas, sobre las cuales se distinguió la de los Cuáqueros, predicadores de la igualdad absoluta y de la paz, que fundaron a Filadelfia (1682); uno de ellos, Guillermo Penn, dio nombre a Pensilvania. Los Católicos fundaron el Maryland, donde se toleraron todos los cultos.
El incremento de los Ingleses perjudicó a los Franceses del Canadá, dando lugar a guerras sangrientas; pero sobrepujaron los Franceses. Algunos tuvieron noticia de un gran río que se perdía en el golfo de Méjico; era el Misisipí, a cuya exploración se dirigió el audaz Roberto La Salle con el misionero Hannequin, siendo el primero que vio la admirable catarata del Niágara (1682). El padre Marquette descubrió el Utagamis o río de las Zorras, que pone en comunicación el Misisipí y el San Lorenzo. Esto facilitó el descubrimiento de la Luisiana, donde los Franceses se mantuvieron en desdoro de los Españoles y de los Ingleses; solo en 1763 la cedieron en cambio de la Florida. La civilización europea pasó al otro lado del Misisipí y se acercó al Misuri.

195.- De la América en general
Treinta años después de haber llegado Colón a América, ya se había trazado la forma del nuevo continente desde la Tierra del Fuego hasta el Labrador. Forma la América una isla inmensa desde los 78º de latitud boreal hasta los 56º austral, ceñida por el Grande Océano y por el Atlántico, y rodeada de una multitud de islas, entre las cuales pasa la gran corriente ecuatorial, llamada Gulf-Stream.
La Cordillera atraviesa a lo largo casi toda la América, elevándose en algunos puntos hasta 6700 metros sobre el nivel del mar; en ella se apoyan muchos llanos de notable extensión y altura, con ciudades más elevadas que las mayores cumbres europeas. Los ríos que de ella bajan son, por su anchura y longitud, los más grandes del mundo. Los volcanes dan aún indicio de su fuerza por medio de erupciones y terremotos, que a veces conmueven regiones enteras; mientras que infernales huracanes devastan mar y tierra.
La vegetación es variada y sublime; faltan generalmente allí los animales de Europa; no se encontró casi ninguno de nuestros animales domésticos. Todo esto, y un cielo espléndido, y tanta novedad de frutos, debieron causar la admiración de los primeros descubridores. Los filósofos se preguntaron después de dónde procedían los habitantes, y cuál era el origen de la civilización antigua de algunos países. El espíritu de nuestra religión hizo destruir los documentos de la antigua, y la ignorancia los monumentos históricos, tanto que de ciertos pueblos no sobrevivieron más que algunas palabras, transmitidas por papagayos. Más tarde se recogió cuanto había escapado a la destrucción, se trató de reconstruir la historia.
Aunque todos los Americanos tienen los cabellos lacios, presentan grandísimas variedades por el color, la estatura, la fuerza; infinita es también la variedad de sus lenguas, algunas de las cuales eran más refinadas que las indoeuropeas.
Es de presumir que de nuestro continente pasaron al americano individuos y pueblos enteros, ya por mar, ya sobre hielos polares; ciertas tradiciones suyas concuerdan con los hechos bíblicos y con las geogonías y teogonías asiáticas; como se encuentran analogías entre ciertos ornamentos, la forma de los templos y sobre todo las pirámides del antiguo y del nuevo mundo. Indudablemente Méjico, el Perú y otros países habían tenido una civilización antigua, cuyas trazas se habían perdido, si bien se decía que era procedente de personas parecidas a los nuevos invasores. Trabajábase aún en orfebrería, en adornos de mujer; tenían una especie de papel de hojas o de paja, sobre el cual se anotaban con jeroglíficos los anales históricos, los ritos religiosos, las representaciones astronómicas y cosmogónicas; igualmente se servían de cordelitos con nudos para transmitir sus ideas. De Méjico y el Perú se extendió por los demás países el cultivo del maíz.
La idea de la divinidad existía casi en todas partes. Algunos pueblos estaban gobernados por reyes; pero el mayor número obedecía a jefes de tribus. En todas partes era esclava la mujer. Los hombres iban desnudos, y así mismo las mujeres; los jefes llevaban adornos de extraña riqueza; y aunque vivían a orillas de los ríos mayores de la tierra, no construían más que simples piraguas. No se conocían los rebaños, y apenas se cultivaban los campos. La leche no se usaba entre ellos. Carecían de la verdadera idea de propiedad. Su habilidad principal consistía en fabricar armas muy mortíferas, con las cuales causaron graves daños a las nacientes colonias. Mostrábanse singularmente feroces los habitantes de las Pampas, es decir de las llanuras al sur de Buenos Aires y del Perú. Los Patagones, descritos como gigantes, solo parecen más altos que los demás por el modo de adornarse la cabeza.
No diezmaron tanto la población indígena las armas de los conquistadores, como las viruelas importadas, y las bebidas alcohólicas a que se aficionó. En la América meridional, los indígenas se fusionaron con los advenedizos; en las islas permanecieron como enemigos, por lo cual fueron casi todos destruidos.
Al principio no se pensó en extraer de América más que oro y plata, y el viejo mundo se asombró de ello tanto más cuanto que era un hecho nuevo. La pasión del oro se apoderó de los gobernantes, que aumentaron entonces los tributos e impuestos.
Colón había sugerido la idea de utilizar la feracidad del terreno. Lleváronse de Sicilia y de España cañas de azúcar, cuyo cultivo se extendió, mientras que al principio se endulzaba casi solo con la miel. El café se dio con éxito, si bien resultó menos aromático que el de la Arabia. Cultivábase el cacao, con el cual los Jesuitas enseñaron a hacer el chocolate, como divulgaron el uso de la corteza peruana (quina) contra las fiebres. Una de las nocivas costumbres que se notaron entre los salvajes era el uso del tabaco; y sin embargo se difundió hasta el extremo de constituir una de las primeras rentas de los Gobiernos.
Fuera del tabaco, del maíz y de las patatas, pocos vegetales de América se aclimataron en Europa; mientras que allí prosperaron todos los frutos europeos y las drogas de la India. Las ilimitadas llanuras del nuevo mundo se poblaron de caballos, toros y yeguas.

196.- Los Portugueses en Asia
1501 Mientras tanto los Portugueses habían continuado sus empresas en las Indias. Luego que Vasco de Gama hubo dado cuenta de los países que había visto después de haber doblado el Cabo, Cabral llegó a Cochín, Ceilán y Camore, recibiendo en todas partes seguridades de amistad, y cargado de riquezas, diferentes de las de América, volvió a Portugal. En la India no se trataba de poblaciones nuevas, sino de una antiquísima civilización (cap. 4), a la cual Europa no había cesado de pedir los productos destinados a satisfacer los antojos del lujo y de la gula. Pero los antiguos no habían formado nunca establecimientos en la India, por cuyo motivo no conocieron su historia, y mucho menos su literatura. En la isla de Java, la historia empieza el año 76 de la Era Cristiana, cuando Agi-Saca fundó allí colonias y dictó leyes, introduciendo la religión de la India y la división por castas. Admiráronse vestigios de templos y sepulcros; se tienen poemas cosmogónicos escritos en kawi y se hicieron muchas traducciones del malayo.
Aquella civilización había sido alterada por la introducción del islamismo, en el siglo XII, y mediante la religión y el comercio, los Musulmanes adquirieron influencia en aquellas regiones. Los Árabes, sin poseer marina, llegaron más allá que los Romanos, y fueron durante mucho tiempo los únicos agentes del comercio con Europa; en algunos países hacían de verdaderos señores, y los reyes se contentaban con los derechos comerciales que percibían.
Las costas del Malabar, de Canara, del Decán, del Coromandel, se hallaban divididas en principados; por el estrecho de Ormuz se entraba en el Golfo Pérsico. La isla de Ormuz era el punto de reunión de los negociantes del África y del Asia, y por allí pasaba todo cuanto iba y venía de la Persia. En la isla de Bahrain se pescaban perlas muy grandes, pero menos blancas que las de Ceilán. Adén, Socotora, Yedda, eran emporios de suma importancia de los Árabes, que tenían establecimientos además en toda el África, y conocían las costas de Zanzíbar, las islas de Madagascar, la costa de Ayan hasta el Cabo de Guardafuí.
1502 – 1510 Los Portugueses no tuvieron, pues, que luchar con los habitantes, sino con los Mahometanos. Vasco de Gama, habiendo vuelto allí con una buena flota, derrotó a la del Zamorino de Calicut, el cual continuó hostigando a los príncipes que se aliaron con los Portugueses, quienes desde aquel momento se consideraron como dueños del país. Francisco Almeida fue nombrado virrey. La isla de Ceilán, magníficamente situada entre el África y la China, y rica en producciones preciosas, fue conquistada por la fuerza. Albuquerque tomó a Calicut y a Goa, ciudad esta última que fue el centro de la dominación portuguesa.
Así como Malaca era emporio del comercio interior de la India, así también lo era del exterior Ormuz, que no tardó en ser conquistada por los Portugueses, y en aquella isla se levantó muy luego una de las ciudades más poderosas. Los Mamelucos de Egipto trataron, por todos los medios, de oponerse a conquistas que les arrebataran el monopolio de los géneros de la India, y en esto los secundaron los Venecianos, los cuales se asustaron al ver exhibidas en Lisboa las mercancías que antes sólo ellos importaban; y hasta tuvieron la intención de cortar el istmo de Suez para abreviar la vía de comercio.
Cuarenta mil Portugueses ejercían, pues, verdadero dominio sobre los Berberiscos del África, los Mamelucos de Egipto, los Árabes y todo el Oriente hasta la China. Otros, mientras tanto, habían aumentado los descubrimientos en el archipiélago indio con Madagascar, las Maldivas, Borneo, las Molucas y el reino de Camboya. Tuvieron Bancos doquiera se comerciase desde el Cabo hasta Cantón; y así como la codicia del oro daba aliento a los Españoles, así también el afán de extender el comercio convertía en héroes a los Portugueses. Traficaban éstos con el Japón, visitado entonces por primera vez después de Marco Polo (cap. 183), y tuvieron un excelente historiador en Juan de Barros.
La conservación y extensión de los bancos en el Golfo Arábigo ocasionaron guerras; pero en el trascurso de sesenta años los Portugueses tuvieron fundado un imperio de los más vastos, con ciudades que rivalizaban con las mayores del mundo. Tenían los diamantes del Brasil y quisieron el monopolio de la pesca de perlas. Al momento la facilidad de obtener los productos coloniales, disminuyó su precio y creció extraordinariamente su consumo. Los Portugueses permanecieron largo tiempo sin competidores, hasta que el cetro de los mares fue tomado por los Holandeses e Ingleses. Cometieron los mismos errores administrativos y rentísticos que España; un virrey de las Indias rivalizaba en boato con los príncipes orientales, y atendía, no a la prosperidad del país, sino a la conservación de los monopolios, procurando enriquecer a la metrópoli, a sí mismo y a los empleados. Los Españoles habían pasado de la América al Asia por el estrecho de Magallanes, y los Portugueses tuvieron que disputarles, durante mucho tiempo, la posesión de las Molucas. Expedían de Filipinas y de Manila el famoso galeón con los productos de las colonias, al puerto de Acapulco en el mar Pacífico y a la California.

197.- Holandeses, Daneses, Franceses e Ingleses en Asia
1598 Los Holandeses, emancipados de España por medio de esfuerzos generosos y dramáticos, no era posible que se sostuviesen sin el comercio. Excluidos de todo tráfico con los países españoles, fueron ellos mismos a las Indias, y habiendo establecido Bancos y escalas comerciales en Java, y en muchas de las Molucas, fueron estas a poco tiempo reducidas a la obediencia de Holanda. Fundose la Compañía de las Grandes Indias, con 25 millones de francos, y con el privilegio de los terrenos comprendidos en la otra parte del Cabo Magallanes; tenía poderes reales y fue modelo de las sucesivas.
1656 Esto perjudicó bastante a los establecimientos portugueses, a los cuales se les quitó entonces Ormuz, que fue destruido. Los Holandeses fundaron su principal colonia en Amboina, donde se había circunscrito el cultivo de la nuez moscada; fijaban su vista en la China y obtuvieron la posesión de Formosa, que llegó a ser el mercado más rico del Asia; entraron en el Japón y en la Corea, donde traficaron largo tiempo sin competencia. También en África quitaron a los Portugueses el Cabo de Buena Esperanza, tuvieron la isla de Java, donde prosperó Batavia, y por fin hasta Malaca y la famosa Ceilán. Se extendieron además por la costa de Coromandel. Los géneros procedentes de tan dilatados países iban a parar a Batavia, de donde eran expedidos para Europa. La Compañía era dueña de centenares de buques y numerosas tropas, con un gobierno mercantil. Al principio fueron inmensas las ganancias, pues se importaban de la India hasta por valor de 120 millones anuales en mercancías, que se vendían luego a un precio dos o tres veces mayor. Las acciones llegaron a producir el 1000 por 100. Pero la prosperidad duró poco; el lujo oriental arruinaba a muchos, y a muchos el clima; los Franceses y los Ingleses empezaron a hacerles competencia; el monopolio fue contrastado, y la Compañía fue decayendo rápidamente, hasta que fue disuelta en 1808. Las guerras de nuestro siglo descompusieron aquel orden de cosas. Java fue restituida a la Holanda, que introdujo cierto orden en las colonias que le quedaban.
Los Daneses, atraídos por las riquezas asiáticas, constituyeron también una compañía (1616), pero con éxito momentáneo. Aún menos fortuna alcanzaron en iguales tentativas los Austríacos y los Prusianos. Audaces marinos bretones y normandos abrieron el camino a la Francia; Colbert fundó una Compañía mercantil (1664) con 15 millones, la cual, habiendo hecho fiasco en Madagascar, se estableció en Pondichery, punto muy oportuno para recibir allí los diamantes de Golconda, las sedas y las especias del Coromandel; pero nunca prosperó. La Bourdonnay trató de dar importancia a la Isla de Francia, con el concurso de los padres de San Lázaro; mas los pueblos que habían ido a establecerse allí, sucumbieron bajo el poder de los Ingleses.
Estos resolvieron dirigirse a la Persia y al Catay por la vía que seguían los Moscovitas. Luego la reina Isabel obtuvo del Gran Turco los mismos privilegios que los Venecianos. Las naves inglesas surcaron en breve los mares de la India, y saquearon otras naves portuguesas y holandesas; se fundó la Compañía de las Indias Orientales (1600), que se extendió pronto por las Molucas y el continente, a Delhi y Calcuta, venciendo la oposición de los Portugueses, convirtiendo las factorías en fortalezas, y fijando en Madrás la presidencia de la compañía. Después de graves contrariedades, los Ingleses dominaron en Bengala, en las dos orillas del Malabar y del Coromandel, en el Golfo Pérsico y en el Arábigo, aniquilando paulatinamente a los príncipes indígenas y estableciendo un despotismo egoísta. Hasta 1814, al concluir el privilegio de la Compañía de las Indias, no se declaró libre el comercio con la India, aunque conservó aquella su dominio, merced a ciertos pactos, que se modificaron en 1831.
Ni siquiera en estas empresas faltó el espíritu religioso; ninguna expedición de descubrimiento o conquista se hacía sin misioneros, los cuales hallaron gran campo de controversias y disputas en las Indias. Dedicáronse principalmente a las misiones los Jesuitas, entre los cuales se distinguió san Francisco Javier, natural de España (1506-52), quien después de haber dedicado sus primeros esfuerzos a convertir a los Cristianos corrompidos, realizó prodigios con los príncipes, con los doctos, con los sacerdotes de la India, convirtiendo a unos y a otros, haciendo prevalecer a Cristo sobre Brahma, Buda, Confucio y Mahoma. De Goa, la Roma de las Indias, salían continuamente misioneros para Filipinas, el Japón y la China; mientras la Congregación de las misiones, instituida por san Vicente de Paúl, trabajaba principalmente en Madagascar.

198.- Japón
El archipiélago más oriental del Asia se llama el Japón (Nihon) por el nombre de la principal de sus 785 islas. El clima es benigno; abundan las perlas y los metales preciosos; el pueblo es numerosísimo, bello, ágil y vigoroso; la lengua es distinta del chino y no monosilábica. En 1206 se hacía ya uso de la imprenta para libros budistas. Tienen muchas costumbres y muchas artes comunes con los Chinos, de quienes adquirieron varios elementos que modificaron la civilización indígena, derivada de los Ainos pescadores y Cazadores. En tiempos remotísimos, el Japón fue colonia de la China, y su historia empieza por los siete grandes espíritus que reinaron millones de años, y el último de los cuales tuvo de una mujer cinco dioses terrestres.
El año 600 antes de Cristo asumió el mando Sin-mu, en quien empieza la era de los Japones. El Dairi o Mikado reinaba en absoluto, hasta que en 1158 dio autoridad a un jefe militar (kubo), cargo que se hizo hereditario; en 1585 este jefe militar despojó del poder al Dairi, dejándole sólo la autoridad eclesiástica, que trasmite por herencia, reside en Meaco, mientras que el kubo permanece en Yeddo. El Jefe temporal dio vigor al imperio, que sostuvo guerras con el extranjero y dominó en el interior a los revoltosos; quiso con el tiempo emanciparse de los Portugueses, que no se saciaban de ganancias, y quedó prohibido a los Japoneses salir del país para comerciar o para cualquier otro asunto. Había tres sectas principales: los adoradores de los ídolos antiguos; los Sinto, deístas que desprecian los demás cultos, y los Butzos, procedentes del budismo, que llegaron de la Corea el año 543 después de Cristo. Estos usan oraciones y maceraciones y representan a la divinidad por medio de extrañas figuras.
Después de Marco Polo, que describe el país, algunos Europeos fueron arrojados allí por una tempestad; entonces los Portugueses se dirigieron al mismo punto, donde fueron bien acogidos y realizaron extraordinarias ganancias.
Era introducido allí el cristianismo a costa de torrentes de sangre durante una persecución de cuarenta años, la más feroz que se recuerda. Cuarenta mil creyentes, no viendo otro modo de salvar su fe, se encerraron en el castillo de Simabara, donde, después de defenderse hasta lo último, fueron todos degollados. Instituyose un tribunal de inquisición para perseguir y castigar al que aún observase el cristianismo. Quedó prohibido todo comercio con los extranjeros, exceptuando una factoría china y otra holandesa en una isla del golfo de Nagasaki, donde las negociaciones se verificaban bajo rigurosa vigilancia y entre actos en extremo humillantes.
Este pueblo quedó casi desconocido para Europa, hasta que en estos últimos años, el comercio del gusano de seda lo puso en comunicación con nosotros, fue muy frecuentado y aceptó la civilización europea.

199.- China. De la dinastía XV a la XXII
Cinco pequeñas dinastías dominan la China desde 907 a 960, entre incesantes guerras civiles, hasta que la dinastía XIX principió con el sabio Tait-sung III. Bajo el imperio de sus sucesores se distinguió Sse-ma-kuang, gran político, franco en decir la verdad, que escribió el Espejo universal para los que gobiernan, y se opuso con todas sus fuerzas a una nueva secta de Letrados que desviándose de Mencio y Confucio como de Lao-seu, no reconocía más que la naturaleza, y era protegida por Van-an-schi, ministro que introdujo usos y leyes nuevas, y nuevas formas en los exámenes de los Letrados.
1211 Los Tártaros fundaron otras dinastías, e invadieron hasta la capital (1126); para rechazarlos, el emperador invocó el auxilio de los Mogoles (cap. 150). Gengis-kan, después de haber atravesado el desierto de Gobi, subyugó el país de los Tártaros-Kin, y los suyos le aconsejaban la matanza de toda la población y que dejase el país para pastos; pero él comprendió que sería de más provecho el impuesto que les exigió de 560 mil onzas de plata, 80000 piezas de seda, y 60000 sacos de granos. Semejantes aliados eran también gravosos a los Chinos, y Cubilai Kan no tardó en fundar un imperio septentrional, complaciéndose, en la civilización de los Chinos, cuya dominación había durado 4 mil años, con diez y nueve dinastías. Les sucedieron los Mogoles.
1279 – 1383 Cubilai publicó un código más suave que los anteriores; contó en sus dominios cincuenta y nueve millones de personas y estableció su corte en la ciudad de Pekín, la cual con el nombre de Cambalá fue descrita por Marco Polo (cap. 183), que fue ministro de aquel emperador. También bajo los sucesores de Cubilai los Letrados obtuvieron respeto y honores, aunque los contrariaban las doctrinas y las costumbres musulmanas y budistas. Sin embargo, los Mogoles conservaron el gobierno a la china, y no cambiaron las costumbres populares. El último Mogol que gobernó la China fue Chun-ti, bajo el cual los señores se hicieron independientes, y estalló una insurrección organizada por el bonzo Chu, el cual proclamó la independencia y obligó al emperador a retirarse a la Tartaria. En aquel tiempo, los libros clásicos chinos e indios fueron traducidos al mogol; Ma-tuan-li, de orden del emperador, escribió las Investigaciones profundas de los monumentos que han dejado los sabios, obra en veinticuatro partes y 348 libros, encuadernados en cien volúmenes.
Los Mogoles tuvieron su residencia en Karakorum; y aun después de haber perdido la China, eran aún poderosos en la Tartaria. De ellos salieron dos pueblos, los Calkas y los Elutos o Calmucos; los primeros se sometieron más tarde a la China, y los otros a la Rusia.
Durante dos siglos la China permaneció separada de Europa, porque habiendo perecido el poder marítimo de los Árabes, no era posible llegar por tierra entre tantos ejércitos.
Chiú, grande como todos los fundadores de dinastía, fijó su residencia en Nanking, dio prudentes instituciones, derribó los suntuosos palacios de que habían disfrutado los Mogoles, y moderó a los Letrados; también logró someter el Tíbet. La prosperidad decayó bajo el reinado de sus sucesores. Los Tártaros orientales, llamados Manchúes y divididos en siete hordas, se juntaron e invadieron la China, hostigándola durante mucho tiempo. Hi-tsung solicitó contra ellos el auxilio de los portugueses, que mandaron tropas de Macao; sin embargo los Tártaros ampliaban sus conquistas, y obligaron a los Chinos a afeitarse la cabeza, al estilo tártaro. Tsung-te, más que con las armas, quiso conquistar el imperio estudiando y siguiendo sus instituciones; se apoderó de Pekín, y de este modo subió al trono la dinastía de los Tártaros Manchúes, que aún reina.
Los tártaros – 1641 El último emperador de los Ming había favorecido el cristianismo, y muchos Jesuitas describieron la catástrofe de aquella estirpe. Los Mogoles se defendieron largo tiempo; los Chinos resistieron también algo a los nuevos conquistadores; de modo que se prolongaron mucho los estragos. Pero prevaleció la disciplina de los Tártaros. Solo Cantón se sostuvo largo tiempo merced a Chin-si-long, famoso pirata, que inspiraba temor hasta a los Portugueses de Formosa, y fue, durante algún tiempo, árbitro del comercio de las Indias, hasta que fue cogido y muerto, siendo al mismo tiempo degollados en Cantón cien mil habitantes. Chun-si no permanecía encerrado en su palacio como los últimos Ming, sino que se presentaba en público; mantuvo la organización china, confiando los negocios públicos a los Letrados.
1650 - Misiones de los jesuitas Entre las doctrinas clásicas se habían introducido las budistas, y luego las negativas. En otro lugar dijimos cómo los Misioneros esperaban sacar partido de tales circunstancias para extender el cristianismo. Los Jesuitas, familiarizados con la lengua y las costumbres de aquel país, obtuvieron allí honores y empleos, merced sobre todo al conocimiento de las matemáticas y de la astronomía. El padre Mateo Ricci de Macerata llegó a ser ministro, hizo traducir e imprimir libros cristianos, y del año 1650 al 64 fueron bautizados cien mil Chinos. En tanto llegaban a aquella Corte embajadores rusos y holandeses, no menos que mogoles y tártaros; pero el pirata Cosinga hacía continuos desembarcos, por lo cual se dio orden de abandonar las costas hasta tres leguas del mar.
Los Jesuitas, para adular a Luis XIV, llamaron el Luis chino a Kaog-ki, que sometió con largas guerras a las hordas del Asia central; compuso e hizo escribir muchas obras, señaladamente el diccionario chino-manchú, por orden de materias; apreciaba a los Jesuitas como hombres de ciencia, a quienes hizo trazar el mapa del imperio con la triangulación.
Sin embargo Kaog-ki persiguió a los cristianos porque su intolerancia molestaba los ritos patrios; los misioneros fueron expulsados, hasta que el tribunal de los ritos declaró que habían merecido bien de la patria, que no causaban daño, y que era preciso tolerar aquella religión como las demás. Pero los Jesuitas, para hacerse tolerar, habían empleado ciertas condescendencias, como no emplear la saliva ni el soplo en los ritos bautismales, no prohibir los pequeños cuadros en honor de los mayores que se veneran en las casas, y dejar que a Dios le llamaran Tien, es decir cielo; y adoptar una cronología más amplia conforme a la de los Letrados.
1622 Esto valió severas censuras a los Jesuitas, de parte de sus enemigos; y Clemente XI prohibió el uso de las palabras profanas y de los ritos funerales; y como el principal objeto del gobierno chino es la tranquilidad, pareció el mejor partido desterrar a todos los misioneros. Al morir Kang-hi a los 69 años de edad, los misioneros fueron reducidos a las ciudades de Pekín y de Cantón; más tarde, fueron expulsados los Jesuitas, con la censura de Roma, y cesaron aquellas asombrosas misiones.
Ya la política europea se fijaba en las vicisitudes de la China. Los Rusos, que lindaban con ella, la indujeron a firmar tratados, y de allí recibían el té y el ruibarbo, cambiándolo con pieles y paños. Esta vecindad y la consolidación de las naciones musulmanas, facilitaban la tranquilidad del corazón del Asia, mientras el incremento de las potencias marítimas contenía a los piratas. En 1713 fue recibida en la corte china la primera embajada inglesa; en 1795 la de la Compañía holandesa de las Indias. Hasta 1792, solo doce comerciantes europeos, aumentados luego hasta diez y ocho, pedían negociar en Cantón, mientras que los Chinos se extendían comerciando por todos los mares orientales, en la Malasia, y en la India transgangética. Finalmente las guerras de nuestros días rasgaron el velo que aún cubría aquella extraña nación.

200.- El África
Los viajes de los Portugueses habían trazado el contorno del África septentrional; muchas otras partes del continente eran conocidas y civilizadas desde tiempos muy remotos; sin embargo aún se desconoce el interior, a causa de la sequedad y aridez del suelo, por ningún río atravesado; sin contar el desierto de Sahara, que ocupa un espacio de 1600 millas geográficas de Oriente a Occidente, y la mitad desde el Norte al Mediodía. Si es pobre en piedras preciosas, es riquísima en vegetación. Los antiguos no penetraron más allá del Oasis Amón (Syoah), aunque se tuvieron recuerdos de viajes más internos. Los Romanos, después de haber sometido a Cartago, sojuzgaron a los Garamantas; pero sus itinerarios no pasaron más allá del Atlas.
La revolución más importante fue la invasión de los Musulmanes, apóstoles armados, que montados en camellos penetraron hasta el corazón del África, para comerciar y extirpar a los antropófagos. Los descubrimientos tuvieron por puntos de partida los imperios de Fez y de Marruecos; los Moros expulsados de España ejercieron sus industrias en África. Edrisi, Ibn Batuta, León de Granada, vieron o describieron las comarcas interiores. Los Portugueses, en 1455, guiados por Cadamosto, penetraron en el Senegal, y conocieron Tombuctú y la Guinea.
Las poblaciones ofrecen gran variedad de orígenes, de costumbres y de lenguas. La exuberancia de las familias y de los pueblos sofoca el desarrollo de la personalidad. El gran número de mujeres, y la corta duración de su fecundidad, han hecho que se conserve allí siempre la poligamia. El Negro, que va desnudo, o poco menos, es en extremo perezoso; no ha tratado de domesticar al elefante, ni se complace en la caza, y adopta todos los géneros de religión.
Berberiscos El Egipto pertenece, por su historia y por sus relaciones, al Asia más bien que al África. Debió ser gloriosa la historia de Cartago y la Numidia; pero sus escritos no han llegado a la posteridad. La civilización era allí floreciente en tiempo de San Agustín; turbola el acero de los Romanos, y fue extinguida después por la devastación de los Vándalos. Las varias dinastías musulmanas convirtieron las costas del África en teatro de incesantes vicisitudes; sin embargo vivían allí muchos cristianos, especialmente Venecianos, Pisanos y Genoveses dedicados al comercio. El cardenal Cisneros quería poblarlas de colonias europeas, a fin de que el Mediterráneo fuese un lago cristiano. Habiendo fracasado esta tentativa, el África cayó completamente en la barbarie, siendo asilo de corsarios. Las expediciones de los Portugueses fueron iniciadas a punto para reprimir a los Estados berberiscos.
Abisinia Al mismo tiempo se mandaban por tierra hombres en busca de la Abisinia. San Fromencio había introducido en ella el cristianismo en 350, y hasta hoy se ha conservado una extraña mezcolanza. Los Indios llegaron a darle una dinastía. Contábanse curiosas fábulas del preste Juan, rey pontífice de la Abisinia, de quien vinieron y a quien se mandaron embajadores de Europa; todo era fábula. Lo cierto es que durante mucho tiempo la Abisinia fue gobernada por aventureros y misioneros, y que los descubrimientos fueron adelantado, hasta el punto de poder decir que se cuenta hoy con otro nuevo mundo.
Los Portugueses se apoyaban en un breve pontificio para considerar como privilegio suyo el comercio de la costa occidental del África, y se establecieron a lo largo de la misma, a medida que se fue descubriendo. Pero fueron a competir con ellos los Ingleses y Normandos, que fundaron compañías de comercio poco afortunadas.
Los Yagas, nación feroz, caía de tiempo en tiempo sobre los países de la costa; sus costumbres inhumanas parecen excusar a los que defienden la trata de los Negros, enorme injusticia por la cual se calcula que se han arrebatado al África cuarenta millones de habitantes, para mandarlos a morir en América.
El Cabo Encontrose poco oro en África; y la conservación de sus posesiones ocasionó guerras entre Holandeses, Franceses y Portugueses, prevaleciendo estos últimos en el Congo, en el Loango, en el Senegal y en el Benin. La parte más disputada fue el Cabo, donde hacían escala los buques que se dirigían a la India. Tomáronlo los Holandeses, y al principio lo poblaron de gente perdida; pero pronto conocieron su importancia, instituyeron una compañía y fundaron una ciudad que llegó a ser el depósito de todas las mercancías del África Meridional. Prosperó la agricultura y se dio en abundancia el famoso vino de Constanza.
En 1795 la ocuparon los Ingleses, pero la restituyeron pronto a los Holandeses, quienes la convirtieron en la posición militar más importante y en una floreciente colonia.
Salieron de allí algunas expediciones exploradoras para el país de los Hotentotes y de los Cafres, repugnantes razas que viven en el último grado del embrutecimiento.
El Nilo El afán de descubrir las fuentes del Nilo hizo emprender muchos viajes hacia el corazón del África. Bruce, Salt, Mungo-Park, Lander, Seetz y otros ilustres viajeros fueron en busca del nacimiento del misterioso río, hasta que últimamente se ha creído encontrado por Livingston. Creose la Sociedad Africana con el principal objeto de destruir el comercio de Negros, y se fundó a Liberia, adonde son conducidos los negros que se encuentran en los buques contraventores.

201.- Las Antillas. Los Filibusteros
Dase el nombre de Antillas al archipiélago que se extiende desde la extremidad meridional de la Florida a la entrada del Golfo Mejicano, hasta la embocadura del Orinoco, a poca distancia del archipiélago de las Lucayas. Son cuarenta y cinco islas, notables por su comercio y por su prodigiosa fertilidad. Allí crecen más de trescientas especies de vegetales; el clima es benigno, si bien de vez en cuando se desencadenan espantosos huracanes. Al principio no las habitaron más que Españoles, con su absurdo sistema colonial; después se introdujeron los Holandeses (Curazao), los Franceses (Tobago y las Pequeñas Antillas), los Daneses (Santo Tomás), y los Suecos (San Bartolomé). Santo Domingo quedó despoblada, y los Negros que a ella se transportaron, se sublevaron contra los amos, formando en nuestros días un Estado independiente.
La principal ocupación en las Antillas fue siempre el contrabando, conspiración de la sociedad contra el fisco. Los Bucaneros vivían fuera de la ley, se dedicaban a la caza, cuyos productos vendían a los buques que capturaban. Otros piratas ingleses, llamados Filibusteros (free-booters), anidaron en aquellas islas, asegurando con las armas el contrabando y los latrocinios. Formaban una sociedad, donde todo se poseía en común, hasta las mujeres y los hijos; su centro era la Tórtola; apenas veían aparecer un buque, se arrojaban sobre él de cualquier nación que fuese. Por sus novelescas hazañas adquirieron celebridad Pedro Legrand, Nau el Olonés, Miguel Lebasque, Enrique Morgan, que se apoderaron de puertos y ciudades. En sus empresas descubrieron varias islas. Alejandro Selkirk, arrojado por ellos en una isla desierta, fue el modelo de Robinson Crusoe.
Obrando de acuerdo y con orden hubieran podido hacerse dueños de toda la América y cambiar sus destinos; pero no dejaron más que recuerdos de destrucción y pillaje. Cansados de su vida de aventuras, se dedicaron a la agricultura, principalmente en Santo Domingo, que por el café llegó a ser el establecimiento más rico de ambos mundos. La Martinica abundó en tabaco, algodón, azúcar y cacao, productos que fueron sustituidos luego por el café. La pequeña isla de San Pedro se enriqueció por la pesca de la merluza. La principal fue siempre Cuba, cuyo comercio concedió España a una compañía; más tarde se concedió a los colonos que pudieran dar sus mercancías a todos los Europeos directamente. Habiendo desaparecido el monopolio, adquirió la isla un desarrollo inmenso, lo cual excitó en los Estados Unidos el deseo de atraerla a su federación.

202.- Viajes a los polos
1577 A fines del siglo XVI aparecen nuevos y arriesgados viajeros, ansiosos de extender o determinar, mejor los descubrimientos, con perjuicio principalmente de España. El inglés Francisco Drake se apodero de muchos buques españoles y emprendió uno de los más arriesgados viajes al rededor del globo. Alentados por la reina Isabel, muchos Ingleses, atravesando el estrecho de Magallanes y doblando el cabo de Hornos, surcaron el Pacífico, y a imitación de los Holandeses, causaron daño a España, contra la cual les ayudaron los Bucaneros y los Filibusteros. Durante esta excursión se descubrió el continente de la Nueva Holanda, cuyo contorno fue, prontamente delineado, mientras que el interior permanece aún poco conocido. Muchas islas, como las Malvinas, ya descubiertas por otros, eran ocupadas por los Ingleses, merced a la superioridad de su marina.
1570 Pero para llegar a las Indias ¿no existía acaso algún otro camino por la parte del Norte? Los Cabot, venecianos al servicio de Inglaterra, habían avanzado mucho por las regiones septentrionales, donde fueron vistos la Groenlandia y el Labrador (cap. 183); pero las expediciones tenían siempre un fin desgraciado. Sólo se aprovechaban las pesquerías de Terranova. Entonces Frobisher se dirigió en busca del deseado paso por el Noroeste, y llegó al Labrador, país de hielos, habitado por los Esquimales. Juan Davis fue más allá de la Groenlandia sin encontrar el ansiado paso, pero adquirió la convicción de que el Norte de América era un conjunto de islas, al través de las cuales era posible la navegación. Por otras tentativas se supo que al extremo de la Nueva Zembla se extendía un mar vastísimo que bañaba las costas de la Tartaria, llegando hasta las regiones más cálidas. Conociose el Spitzberg, donde la pesca de la foca y de la ballena adquirió tal incremento, que proporcionó inmensos beneficios.
Hudson y Baffin dieron sus nombres a dos bahías, y los padecimientos de los que tuvieron que pasar el invierno en aquellas alturas hacen admirar una vez más el poder y la constancia del hombre.
Siberia – 1728 Interesaba especialmente a la Rusia el descubrimiento del paso Noroeste; pero esta nación apenas conocía la Siberia, a pesar de tenerla bajo su dominio y explotar sus pieles y sus minas de oro y plata. En 1639 conocieron los Rusos el río Amur, que naciendo en el corazón de la Tartaria, desemboca en el mar; entonces procuraron sujetar a los Tártaros, y se pusieron en contacto con los Chinos, de quienes consiguieron permiso para mandar cada tres años una caravana a Pekín.
Subiendo de río en río hacia el polo, parece que los Rusos doblaron el Cabo Norte. Una horda de Cosacos llegó en 1696 hasta el río Kamchatka, donde tuvieron noticia de las islas Kuriles. Bering, después de haberse hecho a la vela desde el Kamchatka, pasó, sin advertirlo, el estrecho que separa los dos continentes y que conserva su nombre. Otros visitaron y explotaron las islas inmediatas, y se formó una Compañía ruso-americana. Hasta nuestros días, la Rusia no ha cesado de explorar aquellas regiones, donde cada año acuden millares de personas, en las pocas semanas que constituyen el estío, atraídas por el comercio de pieles y huesos fósiles, que cambian con cebada, harina, té, telas, utensilios de hierro y de cobre, y aguardiente.

203.- Progresos de la Geografía y de la Náutica. Derecho marítimo
Tan repetidos viajes fueron de grande utilidad para la Geografía, a pesar del misterio en que al principio se procuraba envolver a los descubrimientos, a fin de dificultar su acceso. Corrigiéronse los libros de Tolomeo, texto casi único entonces, añadiendo a los mapas los países que se iban descubriendo. Gerardo Mercator reimprimió el Tolomeo, de modo que destruyera las falsas opiniones que con el estudio de este escritor se habían adquirido. Se corrigieron los defectos de la proyección; se tradujeron y enmendaron las geografías antiguas y se hicieron otras nuevas, entre las cuales sobresalió la Geografía general de Bernardo Varen (1650), que considera bajo un aspecto general las cuestiones relativas a la parte física del globo. Es de importancia para la historia de la geografía la colección de los mapas que sucesivamente se han ido haciendo.
Se cree que Martín de Tiro fue el primero que señalo en los mapas los grados de distancia de un país con relación a un meridiano tomado como punto principal (longitud), y los de elevación sobre el ecuador (latitud); pero se cometían graves errores, que se fueron corrigiendo en mapas y globos cada vez más exactos, sobre todo desde que los grandes astrónomos discutieron sobre el aplanamiento del globo en los polos, y cada nación fue recogiendo con cuidado sus propios mapas, y se fueron perfeccionando los instrumentos para medir el espacio y el tiempo. Procediose a la medición de un arco del meridiano; en 1669 Picard levantó la carta general de Francia, y en 1736 La Condamine, con varios compañeros de la Academia Francesa y algunos delegados españoles, multiplicó en el Perú sus observaciones geográficas, naturales y filosóficas. Aquel fue el primer viaje emprendido por el interés de las ciencias, relacionado con otro que al mismo tiempo verificaban Maupertuis y otros al Círculo Polar, quienes atestiguaron la diversidad de los dos diámetros en la proporción de 178 a 179, que fue reducida más tarde a esta otra [de] 302: 301. De la medición de un grado se dedujo la unidad de medida, es decir el metro, o sea la diez millonésima parte del cuarto del meridiano terrestre.
Son asombrosos los cuidados con que se llegaron a determinar las ondulaciones de la curva terrestre, relacionándolas con los fenómenos celestes, y las declinaciones de la aguja imantada, y las situaciones del polo magnético, en busca del cual se realizaron algunos recientes viajes.
La navegación mejoró también merced a la nueva forma dada a los buques y a las velas, y sobre todo merced a la invención de los vapores, sin contar las ventajas ofrecidas por el conocimiento de las corrientes del aire y del agua.
Todo esto inducía a precisar el derecho marítimo, es decir las reglas que deben observar mutuamente la naciones en el mar. Las decisiones pronunciadas en los diferentes casos de contestación dieron origen al Consulado del mar (cap. 184) en la Edad Media, y sus reglas pueden reducirse a cuatro sustanciales: 1ª. Las mercancías de enemigos cargadas en buque amigo pueden ser cogidas como buena presa; 2ª. En este caso, debe indemnizarse al dueño del buque del precio del flete; 3ª. Las mercancías de amigos en buque enemigo no son propiedad del fisco; 4ª. El que apresa un buque enemigo, puede pedir el precio del flete de los géneros de nación amiga que en él se encuentran, como si hubieran llegado a su destino.
Esto podía bastar cuando apenas se conocía el comercio por comisión; pero habiéndose extendido éste, introdujeron nuevos cánones los Ingleses, los Franceses y los Holandeses, y convinieron en que las mercancías enemigas fuesen protegidas por la bandera neutral, exceptuando siempre el contrabando de guerra, es decir las municiones y provisiones destinadas al enemigo. Esta reserva implicaba el derecho de visita.
Se ventilaron también las cuestiones relativas al mar libre, a los buques corsarios, los cuales recibían a veces patente para poder apresar buques enemigos, sin ser considerados como piratas; y esta atrocidad no ha desaparecido aún del todo, a pesar de los convenios recientes (1856). Como los Estados Unidos de América no quieren mantener en tiempo de paz una gruesa escuadra, dan en caso de guerra cartas de marca a particulares, y arrojan de este modo centenares de naves contra las enemigas.

204.- El mundo marítimo. Cook. Viajes polares
1768 El inglés Cook inauguró la navegación científica; acompañado por hombres eminentes en toda clase de ciencias, llegó a Tahití para observar el paso de Venus por el disco del sol; exploró muchas y diferentes islas, la Nueva Holanda, la Nueva Gales, y volvió a su patria, habiendo dado la vuelta al globo en dos años y once meses. En este viaje, el célebre Banks que le acompañaba, enriqueció la botánica con ejemplares en extremo raros. En un segundo viaje, Cook adquirió el convencimiento de que en el polo no había el vasto continente de que se había creído que la Nueva Zelanda formaba parte; erró entre centenares de islas, descubrió las Nuevas Hébridas y las Sandwich, las más meridionales que hasta allí se vieron.
1776 Quedaba todavía la duda de si existía algún paso al Noroeste. Ofreciose Cook a hacer la investigación; pero sus hombres se sublevaron contra él y le dieron muerte.
Aquel viaje inclinó la atención general hacia los países de la Oceanía, olvidados después de su descubrimiento; los animales, las plantas, la raza humana, las lenguas, todo ofrecía allí extraño carácter. Conociéronse mejor las innumerables islas Carolinas y Marianas, la Nueva Holanda, la Polinesia. Produjo allí un gran cambio de cosas la introducción del cristianismo, en cuya misión se distinguieron las sociedades bíblicas inglesas; pero por desgracia se introdujeron al mismo tiempo el uso de las armas de fuego y del aguardiente. También fueron relegados allí los reos de Inglaterra, esperando que se enmendarían en países nuevos y deshabitados.
1785 – 1819 Cook no había sido afortunado en sus descubrimientos, pero había enseñado a atender a la salud de los marinos, comprendido la importancia del comercio de pieles, y ganado el favor de los hombres de ciencia, árbitros entonces de la opinión. Muchos quisieron seguirlo; el francés La Perouse fue en busca del paso Noroeste, pero murió en la empresa. Rusia, Inglaterra, los Estados Unidos se disputaron aquellas glaciales tierras para el tráfico de las pieles, mayormente por los cambios que se hacen con la China. Los cazadores descubrieron nuevos países y trayectos; Parry y Franklin tuvieron el valor de emprender un viaje por los eternos hielos, y se tuvo casi el conocimiento exacto del extremo septentrional de América. Merced a una suscrición particular, el capitán Ross volvió a aquella altura, donde tuvo que sufrir rigurosísimos inviernos y padecimientos tan monótonos como el país mismo en que se hallaba.
Aunque las expediciones de los mencionados, y las de Lyon, Beechey, Buchan y Book, tuvieron casi todas la muerte por resultado, se hacían siempre nuevos descubrimientos y se establecían nuevas relaciones, ya con los Esquimales, ya con el Japón. Inglaterra prevalece siempre, tanto en las expediciones como en las colonias, las cuales han llegado a ser el centro de las nuevas relaciones entre el Occidente y los países más remotos del Oriente. No muestra menor poderío Inglaterra en el Mundo Novísimo, donde por todas partes establece factorías, esperando llegar a ser su señora exclusiva. En las tierras antárticas continúan las exploraciones, por parte de Inglaterra y de Rusia (Bellingshausen), de Alemania (Koldewey, Welprect), de Francia (Dumont d'Urville) y de América (Wilkes, Hall). Las islas de la Polinesia son principalmente frecuentadas para la pesca de la ballena y de la foca y para el comercio de pieles. Entre tanto, los sabios multiplican las observaciones astronómicas, geológicas, filológicas y sociales. Los estadistas discuten la oportunidad de las colonias; y se extiende el comercio; y la rapidez de los ferro-carriles y vapores convierte en un viaje de recreo la vuelta al mundo que parecía un portento en tiempos de Colón y Magallanes.

AQUI TRABAJAMOS..., DURMIENDO ¡ NO MOLESTAR!

¿QUIERES SALIR AQUI? , ENLAZAME

-

ClickComments