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EL ARTE OSCURO

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lunes, 23 de abril de 2012

LEYENDAS O , HISTORIA UNIVERSAL - y III

LEYENDAS O , HISTORIA UNIVERSAL - y III




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Libro XV205.- Aspecto general. El imperioEl descubrimiento de América y el paso por el Cabo de Buena Esperanza, mientras que dan al comercio diferente dirección e introducen en la vida nuevas comodidades y nuevas necesidades, dirigen la política hacia otros intereses en beneficio del tráfico, de las colonias, y del dinero que aumentan. Y esto y el diferente sistema militar y un nuevo derecho público, no dejan ya que predomine sobre todos una idea moral; sino que cada Estado se dirige según sus propios intereses a conquistar una provincia, o a concluir un tratado matrimonial, o a adquirir una sumisión, o a establecer un equilibrio. Terminada la guerra de soberanos con vasallos y de los Comunes con los feudatarios, principian las de gobierno a gobierno, de pueblo a pueblo.
Subsisten todas las formas de gobierno; la monarquía hereditaria en Francia y España; la electiva en Polonia; la ilimitada en Rusia; la constitucional en Hungría; la nominal en Alemania; la sacerdotal en Roma; la feudal en los pequeños Estados italianos, hay repúblicas oligárquicas en Alemania, aristocráticas en Venecia, Génova y Lucca; militar en la Orden Teutónica; democrática en los cantones suizos; mercantil en Lübeck. Pero el elemento monárquico va prevaleciendo, donde más que por las aspiraciones y la opinión del pueblo, los hechos son determinados por la voluntad y el cálculo de los gobernantes.
Para que los príncipes no se inclinen al despotismo, se introducen contrapesos en el gobierno, y se establece el equilibrio entre los Estados, respetando la independencia de cada uno.
Son intereses generales: los religiosos, que aún tienden a rechazar las amenazas de los Turcos; las colonias; el desarrollo del pensamiento y los fáciles medios de comunicarlo por el estudio de las lenguas, por la imprenta y por los correos. Pero no ha desaparecido el antagonismo entre los países de estirpe romana y los de raza germánica.
A medida que cesan los privilegios, las libertades alcanzan al mayor número.
En Asia el imperio Chino cae bajo el dominio de los Tártaros (1644); declinan los sofíes en Persia (1500-1723); los Mogoles se concentran en la India. Los Turcos establecidos en Europa se hacen poderosos merced a los genízaros y a su fuerza marítima. Pero el comercio no depende ya de Constantinopla, desde que los Españoles y los Portugueses lo han trasladado del Mediterráneo al Océano.
La Escandinavia, trastornada por la unión de Kalmar, permanece extraña al movimiento europeo. La Polonia, sin sus desórdenes interiores, amenazaría a la Rusia, que apenas ha sacudido el yugo tártaro y aún vive fieramente. Los Húngaros acampan cual centinela avanzada de Europa contra los Turcos; y aquellos y los Bohemios, resistiendo a estos, hubieran podido engrandecerse.
España ha arrojado a los Moros y se lanza a gigantescas empresas. Pero la unión de todos sus reinos en uno sólo y bajo un solo rey, inclina a éste a violar las constituciones históricas.
La corona de Francia aumenta su poder a expensas del de los grandes vasallos, el último de los cuales desaparecía con la muerte de Carlos el Temerario (cap. 162).
En Inglaterra, Enrique VII establece la monarquía absoluta y la unidad territorial sometiendo a la Irlanda y luego agregando la Escocia.
1485 En Alemania no están bien determinados los derechos del imperio, desprovisto de dinero y reducido a una especie de federación sin fuerza. En medio de aquellos principados se ha engrandecido la Casa de Austria, y Maximiliano I (1499-1519) posee el Austria, la Estiria, la Carintia, la Carniola, el Tirol, la Suabia, la Alsacia, la Borgoña, Brisgau y Sudgau. Amante de las letras y las artes, al par que aficionado a la guerra, Maximiliano debe el mal éxito de sus empresas a su constante escasez de dinero. En la Dieta de Worms se publica la Paz perpetua, especie de constitución del imperio, por la cual se prohíben las guerras particulares, una Cámara imperial juzga las causas de los miembros inmediatos al Imperio; un Consejo de gobierno vela sobre la Cámara imperial, y en casos extraordinarios puede convocar al emperador y a los seis electores.
Para distribuir la justicia suprema en los Estados hereditarios, Maximiliano instituye por último una Cámara áulica.

206.- Italia. Toscana. El Milanesado. Carlos VIIILa Italia no adquiere nuevos países, ni consolida una autoridad central, a pesar de ser el foco del saber y de la civilización, y se convierte en palestra de las ambiciones, En otro lugar (cap. 147) hemos hablado del estado floreciente de las letras. El menor suceso proporcionaba motivo para fiestas y ceremonias, en que desplegar el lujo y el buen gusto. Los gobiernos establecidos procuraban concentrar en sí las prerrogativas reales, quitándolas a los barones; pero no se formaba la opinión que se necesita para llegar a la unidad nacional; ninguno de los cuatro Estados principales era bastante poderoso para someter a los demás; las repúblicas temían a los grandes señores, y sin embargo tenían que utilizar sus armas.
El equilibrio, establecido por Francisco Sforza, y Lorenzo el Magnífico, degeneró en egoísmo y astucia; y la política fue el arte de llegar al poder y conservarse en él por todos los medios, sin la menor idea generosa; y esta perfidia política fue en aumento cuando sirvió para combatir a los Alemanes, a los Franceses, a los Suizos y a los Españoles, en mal hora mezclados en los asuntos de Italia.
1402 Inocencio VIII, que se entregó demasiado a las vicisitudes políticas, tuvo por sucesor a Alejandro VI, de pésima reputación, por su inmoralidad; fue sin embargo en extremo hábil y enérgico para reprimir a los barones, pero su principal intento consistía en asegurar una elevada posición a los hijos que había tenido de su querida la Venozza.
Savonarola Florencia había adquirido el predominio sobre las ciudades toscanas, sus enemigas; pero el hijo de Lorenzo, Pedro II, no lograba dominar a las facciones. hízose órgano de los descontentos Jerónimo Savonarola, natural de Ferrara, fraile que asociaba una sincera devoción a una decidida inclinación republicana, predicador muy popular, que mezclando la religión con la política, combatía al gobierno inmoral de los Médicis, a quienes acusaba de haber quitado la libertad a la patria. Los vividores, la corte y los amigos del placer, a quienes se llamó Tiepidi (tibios), trataban de ridiculizar a los que titulaban Piagnoni (llorones), partidarios del fraile, el cual era sostenido por el pueblo, tanto que éste cambió por cánticos sagrados las canciones lúbricas, y quemó una infinidad de libros obscenos y pinturas deshonestas. Savonarola quería regenerar la República por medio de la moralidad, y para conseguirlo podían mucho la educación de la juventud y el mejoramiento de las bellas artes.
En el Milanesado se había establecido con los Sforzas el despotismo militar, extendido entonces por la mayor parte de Italia. Luis Sforza lo ejercía en nombre de su sobrino Juan Galeazzo; y queriendo además el titulo de amo, invitó a Carlos VIII, rey de Francia, a que fuera a hacer valer las razones que le asistían para aspirar al trono de Nápoles como heredero de la casa de Anjou.
1483 - Carlos VIII – 1485 - 6 de julio Carlos VIII, caballeroso y vano, soñaba con el imperio del Oriente, para cuyo logro aspiraba desde luego a la conquista de Italia y ésta, asustada de aquella nueva invasión, procuró defenderse con las leyes. Pero Fernando de Nápoles se había enemistado con los barones que minaban su ruina; los Florentinos esperaban, con la ayuda de Carlos, librarse de los Médicis; Alejandro VI, dar un principado a su familia; Luis, hacerse duque. A la llegada de Carlos, Juan Galeazzo acababa de morir y Luis reinó; Pedro de Médicis le prestó homenaje; el Papa le entregó a Zizim, aspirante al trono otomano; Fernando de Nápoles tuvo que huir; pero los Franceses con su preponderancia y su orgullo disgustaron a todo el mundo en Italia, y su ruina fue tan rápida como lo había sido su victoria. Carlos se vio obligado a retirarse, y los confederados italianos trataron de cortarle la retirada; en la batalla de Fornovo pudo a duras penas salvarse y volver a Francia.
1493 Fernando recuperó el reino. Pedro de Médicis había sido rechazado por los Florentinos, que proclamaron la República bajo la presidencia de Jesucristo, inspirados por Savonarola. Este reprobaba la corrupción de la sociedad y los vicios de la familia del pontífice; fue durante algún tiempo elevado hasta las nubes; luego el favor popular se convirtió en ira, y Savonarola fue procesado y condenado a la hoguera con otros dos frailes.

207.- Luis XII. Los Borgia. Julio II. Liga de Cambray1498 – 1500 La expedición de Carlos VIII resultó funestísima para Italia, porque dio principio a una serie de guerras, en las cuales parecía que los extranjeros rivalizaban en causarle daño, y concluyeron por quitarle la independencia. Luis XII, sucesor de Carlos VIII, titulándose rey de las Dos Sicilias y duque de Milán, manifestó sus pretensiones como heredero de los Anjou y de Valentina Visconti. Los Venecianos reconocieron sus pretensiones, mediante la cesión de Cremona y de la Geradadda. En Milán, Luis Sforza desplegaba gran lujo, construía bellos edificios y protegía la agricultura y la industria; pero su corte era un semillero de inmoralidades y de intrigas. Era enemigo suyo mortal Jacobo Trivulzio, que guió a los Franceses contra Milán, de donde huyó Luis para ir a solicitar el auxilio del emperador Maximiliano; no pudiendo conseguir esto, asalarió a muchos Suizos y recuperó la Lombardía; pero al cabo de poco tiempo cayó en Novara prisionero del rey Luis, que lo tuvo encerrado en el castillo de Loches hasta que murió.
Luis XII invadió a Nápoles; trató con Fernando el Católico, ansioso siempre de poseer aquel reino, y convinieron en que lo repartirían entre ambos. Fernando envió a Nápoles a Gonzalo de Córdoba, el Gran Capitán, quien mandó prisionero a España al rey Federico II. En seguida los Españoles se apoderaron de todo el reino; pero tuvieron que luchar con los Franceses. Maximiliano rehusaba la investidura del Milanesado a Luis XII y preparaba una Cruzada contra los Turcos.
Las victorias de los Franceses exaltaron a Alejandro VI y a su hijo César Borgia, duque de Valentinois, modelo de tiranuelos, resuelto a engrandecerse con la traición y la violencia, y digna personificación de la política descrita por Maquiavelo. Con tales artes quitó de en medio a los señores entre los cuales estaba dividida la Romania, ansioso de formar un señorío único. También ambicionaba el ducado de Urbino, la Toscana y el reino de Nápoles. Los muchos capitanes que aún disponían de todas las fuerzas de Italia, trataron de oponerse al duque de Valentinois, pero éste iba de éxito en éxito, hasta que de pronto murió Alejandro VI, envenenado según se cree. Julio II, que le sucedió en el solio pontificio, reprimió al duque de Valentinois, quien después de haber visto convertirse en humo sus soberbios designios, murió en Francia.
1503 Luis XII combatió a los Españoles con tropas francesas y suizas, y aquella época se señaló por heroicos hechos de armas que honraban a vencedores y a vencidos. Por fin se quedó Francia con el Milanesado, y España con Nápoles. Pisa, Florencia y Génova eran teatro de discordias civiles. Florencia recuperó a Pisa, que perdió entonces su antigua importancia. Julio II, más rey que Papa, quiso subyugar a la Romania, y se propuso libertar a Italia de los bárbaros, es decir de las tropas mercenarias, a cuyo fin llamaba ora a Maximiliano, ora a Luis.
Liga de Cambray – 1508 – 1513 Los nuevos príncipes tuvieron celos de Venecia, que se hallaba en el colmo de su grandeza y prosperidad. El Papa, el emperador, los reyes de Francia y de Nápoles, inventaron pretextos para coaligarse contra ella. Venecia les opuso la fuerza y la política, pero se hallaba reducida al último extremo. Los Franceses pudieron contar con los grandes capitanes que entonces campeaban en Italia (Bayardo, Gastón de Foix, La Tremouille, La Palisse), a quienes oponía otros valientes la España, mientras que otros capitaneaban a los Suizos, enemigos todos de Italia. Por último Venecia logró descomponer aquella torpe liga, y aliarse a su vez con Julio II, el cual siempre despótico, pretendió que cesaran las enemistades contra Venecia; armó a los Suizos que destinaba como barrera protectora de la libertad italiana, y no paró hasta morir exclamado: ¡No más Franceses en Italia!
1513 – 1515 - 6 de junio – 1516 - 14 de setiembre Los Suizos, en efecto, eran poderosos por su excelente infantería, y devolvieron la Lombardía a Maximiliano Sforza, y derrotaron a los Franceses en Novara. Francisco I, nuevo rey de Francia, no pudo atraérselos, en vista de lo cual se puso de acuerdo con los Venecianos, y en Marignan derrotó a los Suizos, que concluyeron con Francia la Paz perpetua. Maximiliano Sforza fue llevado prisionero a Francia, y Francisco I quedó dueño del Milanesado. Después de tantos desastres se firmó la paz en Noyon. Los dominios papales se habían aumentado con Urbino y Perusa; Venecia recuperó con la paz cuanto había perdido en la guerra; y después de pérdidas inmensas de riquezas y de hombres, y la ruina de su comercio, la Italia se hallaba expuesta a los Turcos y a los ambiciosos.

208.- Francisco I y Carlos V1519 Aquí la historia consigna con dolor la enemistad de dos grandes reyes. Carlos V heredó de su abuela María de Borgoña gran parte de los Países Bajos y del Franco Condado; de su abuelo Fernando y de su madre Juana la España y los reinos de Navarra, Nápoles, Sicilia y Cerdeña; de Maximiliano los países austriacos; a todo lo cual hay que añadir media América y un retazo del África. En competencia con Enrique VIII y Francisco I, obtuvo también la corona imperial; y por medio de sus generales en la guerra, y con su propia política y su incansable actividad, pudo rivalizar con Francisco I, heroico y generoso.
El fundamento de su poder era la España, donde no supo respetar las franquicias históricas ni las buenas disposiciones del gran cardenal Jiménez de Cisneros, por cuyo motivo se sublevaron los Comuneros, con el apoyo de Juan de Padilla; pero éste sucumbió, y Carlos aprovechó la coyuntura para quitar autoridad a las Cortes.
1522 - 29 de abril Los convenios con el Papa impedían que a la corona imperial se uniese la de Nápoles, que Francisco I reclamaba por la misma razón. Pero León X, que hubiera podido mantener la balanza entre los dos contendientes, se asoció con Carlos V. Este era aborrecido de los Italianos, como heredero de las pretensiones gibelinas, como flamenco, o sea de una nación rival de Italia en el comercio; y como dueño de aquel nuevo mundo que les había arrebatado el cetro de los mares. Sus capitanes se apoderaron del Milanesado, con espantosas devastaciones, y en la Bicocca derrotaron al francés Lautrec; devolvieron el ducado a Francisco II Sforza, y contra Francia se coaligaron el archiduque de Austria, el rey de Inglaterra, Florencia, Génova, Siena y Lucca. Muerto Próspero Colonna, el capitán más prudente de aquella época, se hallaban al frente de los imperiales. Carlos de Lannoy, el marqués de Pescara, el condestable de Borbón, desertor de Francia, y Juan de Médicis, jefe de las bandas negras, que introdujo de nuevo la costumbre de las armas a la ligera. Bayardo murió en Romagnano, y los Franceses tuvieron que abandonar la Italia a aquellos enemigos que la devastaban.
1523 – 1525 - 24 de febrero - Saqueo de Roma – 1527 – 1525 Al espléndido León X sucedió Clemente VII, que asustado del incremento de Carlos V, se inclinó hacia Francia. Francisco I rechazó una invasión de su reino; luego volvió a pasar los Alpes y recobró el Milanesado; pero cayó prisionero en la batalla de Pavía. Las condiciones fijadas por Carlos V para darle la libertad eran demasiado gravosas, y se complicó aún más la política; veíase que Carlos V quería el Milanesado para su familia; Venecia sentía amenazada su libertad; Florencia veía desaparecer la suya; Clemente vacilaba, tanto más cuanto que Carlos V podía oponerle los nuevos heresiarcas. Francisco I recobró la libertad dejando en rehenes a sus propios hijos; pero faltó a sus promesas y entró en una liga con el Papa y con los Venecianos para arrojar de Italia a los Imperiales. Estalló, en efecto, la guerra; el Milanesado sufrió una devastación terrible, y el condestable de Borbón dirigió contra Roma el ejército imperial, o mejor dicho, las bandas capitaneadas por Jorge Freundsberg, que no obedecían a nadie, pero que querían predominio y saqueo. Sitiada Roma, y habiendo sido muerto el de Borbón, la ciudad fue entregada a un saqueo de los más atroces que se recuerdan, figurando entre sus víctimas los numerosos doctores y prelados que de todas partes acudían a Roma, metrópoli del cristianismo y de la civilización.
1529 - Paz de Cambray Aquel acto de barbarie hizo estremecer a todo el mundo civilizado. Francisco I y Enrique VIII se coaligaron para libertar al Papa y a los hijos de Francia, asegurar a Sforza el ducado de Milán y reprimir al monarca austriaco. Un ejército, mandado por Lautrec sitió en Nápoles al príncipe de Orange, retirado allí con el ejército imperial. La falta de dinero y las epidemias redujeron sus 25 mil hombres a 4 mil, los cuales, muerto Lautrec, se vieron obligados a rendirse. A las otras desventuras de Francia se añadió la deserción del genovés Andrés Doria, que se pasó al servicio de Carlos V, y excitó a Génova a libertarse de los Franceses.
Finalmente, en Barcelona y en Cambray se concluyó la paz; el pontífice obtuvo de los Venecianos la restitución de Rávena y Cerva, y del duque de Ferrara, la de Módena, Reggio y Rubiera. Los Médicis eran establecidos en Florencia y Sforza en Milán; el Papa daba a Carlos V la corona imperial y la investidura del reino de Nápoles; Francisco renunciaba a Flandes y Carlos a la Borgoña. Habiendo cedido las Molucas a los Portugueses, Carlos llamó a Andrés Doria, y a bordo de su nave capitana marchó hacia Italia; en Bolonia recibió la corona de hierro y la de oro. Génova, Lucca y Siena quedaron libres; Federico de Mantua obtuvo el título de duque; el papado era gibelino, y la independencia italiana expiraba.
Sitio de Florencia -1530 Florencia no era comprendida en la paz, porque la ambicionaban los Médicis, que habían sido arrojados de ella durante los últimos trastornos. Los Florentinos simpatizaban más con la Francia que con Carlos V pero el rey, que frustraba sus esperanzas, los abandonó a merced del Papa Clemente, el cual mandó contra ellos al ejército alemán, capitaneado por el príncipe de Orange. El sitio de Florencia es memorable por el heroísmo desplegado por los últimos güelfos; pero al fin tuvo que capitular y aceptar como duque a Alejandro de Médicis.
1544 - Paz de Crépy Francisco I no sabía resignarse a la pérdida del Milanesado, y promovió una tercera guerra, cuando Carlos V hubo fracasado en la expedición contra los Argelinos, cuando la Hungría era invadida por el gran turco Solimán, y Flandes era igualmente amenazada. Francisco se coaligó hasta con la Turquía; pero los imperiales, aliados con Inglaterra y otros países, invadieron la Francia y se dirigieron contra París. Después de recíprocos daños, se concluyó la paz de Crépy, por la cual la Francia renunciaba al dominio de Flandes y del Artois, y a sus pretensiones sobre Nápoles, y restituía a la Saboya los arrebatados dominios. Carlos renunciaba a la Borgoña y Enrique VIII conservaba a Bolonia.
1537 – Lorenzino – 1546 – 1534 La Italia, que había sido el pretexto de tantos desastres, yacía debilitada por cuatro guerras. Alejandro de Médicis disgustaba a los Florentinos con su tiranía y liviandades; su cómplice Lorenzino de Médicis le hizo dar muerte, y tuvo por sucesor a Cosme, hijo de Juan el de las Bandas Negras; opusiéronse sin resultado los Piagnoni, fieles a las ideas republicanas del fraile Savonarola, y los Strozzi, que fueron derrotados en Montermurlo. Conservaba su libertad Lucca, donde Francisco Burlamachi intentó una revolución que dio fuerza a la aristocracia. Siena, sostenida por los Strozzi y por los Franceses, después de un largo sitio se sometió a los Médicis, dejando a los Españoles los puertos de Orbitello, Talamome, Portercole, Monteargentaro y San Esteban, que se llamaron presidios.
1557 Génova, dividida entre güelfos y gibelinos, nobles y burgueses, ciudadanos y plebeyos, mercaderes y artesanos, Adornos y Fegosos, iba modificando su constitución. Pedro Luis Fiesco, conde de Lavagna, trató de abatir el poder de los Doria, pero quedó muerto.
Placencia había gemido bajo la brutal tiranía de Pedro Luis Farnesio, hijo del Papa; fue muerto el tiranuelo en una conjuración, pero su hijo Octavio pudo recuperar el ducado.
En cada una de estas y otras revoluciones aparecían las rivalidades entre Austriacos y Franceses. Paulo IV, de la familia de los Caraffa, pensaba emancipar a Italia y formó una liga santa contra el imperio; pero no fue secundado, mucho menos siendo vencidos los Franceses en la famosa batalla de San Quintín. Al fin la paz de Cateau-Cambrésis dio término a las hostilidades entre Francia y Austria, y colocó los negocios de Italia en el estado en que debían permanecer mucho tiempo. El Imperio perdió las ciudades de Metz, Toul y Verdún; la Inglaterra a Calais. La Córcega fue entregada a los Genoveses; Placencia a los Farnesio; la Saboya, cuyo duque Manuel Filiberto se había distinguido en la batalla de San Quintín, aumentó en territorio y fue considerada como potencia italiana.

209.- Estados musulmanes
Con las discordias de los Cristianos, los Turcos estuvieron a punto de ocupar la Alemania y la Italia. Tenían tropas bien organizadas, excelente marina, formidable artillería, y felizmente para la cristiandad, los Musulmanes estaban sumidos en discordias políticas y religiosas. Mahomet II, después de la toma de Constantinopla, sojuzgó extensísimos países y la Grecia. En ésta respetó la Iglesia, pero los dignatarios tenían que comprar la patente al gran señor, quien los arrojaba del país o les daba muerte si oponían resistencia. El patriarca ecuménico, residente en Constantinopla, estaba encargado de proteger a los Griegos cerca de la Sublime Puerta. Otros pueblos habían conservado también ciertos privilegios sobre todo los montañeses que vivían armados en una especie de independencia.
1482 Mahomet dio un Canon, que unido a la Ley, es decir, al Corán, servía de regla a los pueblos. En este Código se establece el despotismo más desenfrenado; el gran señor es dueño de vidas y haciendas, árbitro de elevar el esclavo a primer ministro, y de cortarle la cabeza.
Bayaceto – 1512 Bayaceto se hizo proclamar sultán a despecho y con perjuicio de su hermano Zizim, que huyó al quedar vencido; éste fue reclamado por todo el que quiso tener un pretexto de guerra contra el sultán; Alejandro VI consiguió que le fuese entregado, pero lo cedió a Carlos VIII (cap. 206), después de lo cual murió. Bayaceto devastó las provincias austriacas y el Friul, llegó a Vicenza, y quitó a Venecia Lepanto, Corone, Navarino y Durazzo. Fue derrotado por su hijo Selim, que estranguló a todos sus parientes, como a 40 mil Siítas que encontró en su reino.
Persia Mientras tanto en la Persia se consolidaba la dinastía de los Ssafi, dominando la Media, la Mesopotamia, la Siria y la Armenia; declarando religión nacional la siíta, y por señal distintiva el bonete rojo. Fueron más cultos, aunque menos experimentados en política. Ismaíl, fundador de la dinastía de los Sofíes, estuvo en guerra con Selim y lo venció.
Los Mahometanos de Egipto, bastante perjudicados por las nuevas vías del comercio, fueron vencidos por Selim, quien después de haber sometido a toda la Siria, los destruyó y encargó a un bajá el gobierno de Egipto; le prestó obediencia el jerife de La Meca, y desde entonces la Puerta pudo enviar todos los años un ejército al través del país.
Solimán el Grande – 1520 – 1526 – 1532 – 1542 La Moldavia, se había hecho tributaria de los Turcos, que amenazaban extirpar a la raza cristiana. Después del sanguinario Selim, se ciñó la cimitarra Solimán el Grande, valiente, culto, generoso y emprendedor, que elevó el Imperio Otomano a su apogeo. Habiendo invadido la Hungría, se apoderó de Belgrado, baluarte de la cristiandad; atacó con 300 velas y cien mil hombres la isla de Rodas, que se defendió heroicamente, pero que tuvo que rendirse al fin, y la Orden se trasladó a Malta. Entonces Solimán atacó la Bohemia, donde las discordias civiles y religiosas le facilitaron la victoria; y en tanto la Europa indolente miraba sucumbir sus centinelas avanzados. Después de haberse unido la Bohemia y la Hungría bajo el archiduque Maximiliano, sobrevino el Gran Turco y se apoderó de Buda y Estrigonia, y embistió a Viena; pero tuvo que retirarse a causa de trastornos ocurridos en Asia. Había conferido la corona de Hungría a Juan Zapolsky, voivoda de la Transilvania; se había llevado 60 mil esclavos y colocado guarniciones en Buda; regresó en breve, devastó el Austria y la Estiria, y obligó a Carlos V y a Fernando a capitular con él y pedirle perdón. Sin embargo continuaban las recíprocas ofensas. Zapolsky, al morir, recomendó a su hijo al gran señor, el cual, como tutor del joven príncipe, ocupó a Buda. Fernando, que pretendía, siempre aquella corona, fue vencido delante de Pest por Solimán, el cual se alzó con Francisco I para invadir a Nápoles si no se hubiese opuesto Venecia.
Expedición de Argel – 1531 El pirata Barbarroja, que se había hecho bey de Argel, asolaba las costas del Mediterráneo; llevose de Andalucía 60 mil Moriscos, devastó a Nápoles, sometió a Túnez a la soberanía de la Puerta, y el príncipe destronado se refugió junto a Carlos V. Éste sintió la necesidad de apoderarse de las costas de Berbería, y dirigió contra ellas 500 naves mandadas por Doria; repuso al sultán de Túnez, libertó a los millares de cristianos que había allí esclavos y sitió a Argel. Pero una tempestad destruyó parte de la escuadra y causó a la otra grandes averías; Carlos pudo escaparse después de grandes fatigas y peligros.
Aunque Venecia había renovado con Solimán algunos tratados, éste le quitó algunas islas, por cuyo motivo se coaligó ella con Carlos V, con los caballeros de Malta y otras potencias para reprimir el Turco. Pero por último los Venecianos se encontraron solos y tuvieron que hacer la paz con la Puerta, mediante la cesión de importantes islas y puertos de la Dalmacia. En tanto, Barbarroja asolaba las costas de Francia, y se apoderó de Niza. Sucediolo Dragut, que ocupó a Bastia y amenazaba a Ancona y a Roma. Hasta 1562 no se concluyó la paz entre los Austriacos y Solimán, quedando comprendidos el Papa, Francia y Venecia, En todas aquellas empresas habían dado relevantes pruebas de valor los caballeros de Malta, para quienes fue aquélla la época heroica.
1535 Solimán había vuelto siete veces a Alemania, a pesar de que al mismo tiempo hacía la guerra en Asia, organizaba el Egipto, invadía la Persia tomando a Tabriz y Bagdad. No llegó a la India, donde Babur pensó renovar el imperio de Tamerlán; se engrandeció sobre las ruinas de los príncipes turcos, mogoles y uzbekos y se aseguró el imperio del Gran Mogol. Protector de la ortodoxia musulmana, Babur escribió en turco sus propias memorias. Muerto él, se renovaron las discusiones entre los diferentes príncipes, mientras los Portugueses extendían sus conquistas.
1530 Fue fortuna para Europa que con Solimán cesara en los Turcos la manía de las conquistas, pues las hubiera favorecido en demasía la Guerra de los Treinta, Años. Había enriquecido inmensamente el tesoro del imperio; cultivó las letras, favoreció a los poetas, publicó códigos, y pensaba unir el Volga con el Don, poniendo de esta manera en comunicación el mar Caspio con el mar Negro, lo cual hubiera arruinado a la Rusia. Para impedir las discordias entre hermanos, dispuso que los hijos reales se educasen en el harem, lejos de las armas y del gobierno, con lo cual preparó jefes pusilánimes para un pueblo exclusivamente guerrero.

210.- Literatura
Latinistas Los progresos de la imprenta facilitaban en Europa la erudición, y eran verdaderos eruditos los Estienne, en Francia; Plantin en los Países Bajos; Caxton en Inglaterra; los Aldi en Italia. Se procuraba sobre todo descubrir y enmendar a los clásicos latinos e imitarlos; en ello adquirieron fama Jacobo Sannazaro, Jerónimo Fracastoro, Antonio Flaminio, el obispo Vida, y Julio César Scaligeri; todos los príncipes, mayormente los papas, tenían algún secretario que escribía sus cartas en latín. Erasmo (1467-1536) de Rotterdam, eminente conocedor del latín y del griego, estaba en relación con los poderosos y los sabios de toda Europa.
Este cultivo del latín hacía descuidar el italiano, y lo que es peor, introducir afectaciones y pedanterías. Sin embargo se hicieron gramáticas italianas, y en este idioma escribieron los Tolomei, Celso Cittadini, Trissino, Varchi, Sanvitale, Castelvetro, Bembo, a quien se apellidó árbitro de la lengua. En Florencia se fundó la Academia de la Crusca, dedicada especialmente a la lengua, y cuyo famoso vocabulario fue el primer diccionario de lenguas vivas.
De mayor utilidad fueron los que adoptaron el italiano en libros, por más que a menudo la materia sea poco importante. Dejaron preciosas cartas el cardenal Pedro Bembo, Aníbal Caro y otros. Parece que ningún orador sobrevivió a los aplausos del momento. Los novelistas (Bandello, Firenzuola, Franco, Giraldi Cintio, Erizzo, Lasca) imitaron demasiado a Boccaccio en las ligerezas y obscenidades de que adolecían también las comedias (la Calandra, la Urinuzia, los Ludici, la Mandrágora). Davanzati tradujo el Tácito con más concisión que el texto.
La poesía venció con Lorenzo el Magnífico, que la adoptó para himnos sagrados y cantos de fiesta. Ángel Poliziano compuso el primer melodrama (el Orfeo), y bellísimas Stanze para celebrar una justa de los Médicis. Otros muchos versificaban adulaciones a las bellas y a los poderosos, elevándose raramente a sentimientos patrios y religiosos (Molza, Casa, Guidiccioni, Celio Magro). No faltaron poetisas, como Tulia de Aragón, Casandra Fedele, Victoria Colonna, Tarquinia Molza. Sannazaro (1458-1530), además de un poema latino (De Partu Virginis), escribió La Arcadia, y églogas pastoriles. Las sátiras castigaban los vicios de aquel tiempo (Rosa, Menzini, Ariosto, Alemanni, Mauro), sin la verdad que las hubiera hecho originales. Se deseaba reír, y a esto se encaminaban muchos capítulos en alabanza de la nariz, del hambre, de la peste, y Berni dio su nombre a este género.
La epopeya no se concebía como la que resume en un personaje o en una empresa el retrato de un pueblo, de una época, de una civilización; elegíase un asunto cualquiera para la poesía, generalmente las aventuras caballerescas contadas en novelas españolas y francesas. Luis Pulci (1432-87), natural de Florencia, cantó en el Morgante las valentías de gigantes sin interés ni verosimilitud. Mateo Boyardo (1434-94) escribió el Orlando Enamorado, que después refundió Berni. Luis Ariosto (1474-1533) fue el continuador de las aventuras de aquel héroe, escribiendo el Orlando Furioso, poema el más bello y deplorable de la literatura italiana, pues no le inspiró ningún fin noble, si bien es un modelo acabado de poesía sencilla, elegante y animada.
Tuvo Ariosto muchos imitadores, entre ellos Luis Alamanni (el Girón cortés, el Avarchide) y Bernardo Tasso (el Floridante, el Amadís). Juan Jorge Trissino (1478-1550) escogió un bello asunto en la Italia Liberata, pero careció de arte en sus lánguidos versos sueltos. También se ensayó en la tragedia (Sofonisba); género que otros cultivaron con éxito. El Orbecche, la Rosmunda, la Arcipranda y algunas otras sirvieron de base al primer teatro regular, aunque sin nada de nacional ni espontáneo.
Historia – Maquiavelo Mejor éxito alcanzaron los historiadores, como los florentinos Jacobo Nardi, Felipe Nerli, Benito Varchi, y principalmente Francisco Guicciardini (1482-1540), que describió la bajada de Carlos VIII, con la magnificencia de Tito Livio, y con una política sin moral. A esta se aplicó el nombre de Nicolás Maquiavelo (1460-1597), quien, además de sus Historias en que se eleva a conceptos sintéticos, expuso (Discursos sobre las Décadas de Tito Livio, El Príncipe) una política cual se practicaba en su tiempo, repugnante a las ideas cristianas, encaminada únicamente a las ventajas materiales de los tiranos o de las naciones, aspirando al éxito sin reparar en los medios. Trató de mejorar la ciencia militar, aconsejando la formación de tropas nacionales, al estilo antiguo, en vez de las mercenarias, que eran entonces la única fuerza. A esto contribuyeron los arquitectos que modificaron las fortalezas como convenía, dadas las nuevas armas (Sanmicheli, Volturno, Tartaglia, Marchi, Lentieri); y de aquel modo se puso un obstáculo a las invasiones de los Musulmanes.
Algunos países tenían historiadores oficiales, principalmente Venecia, sobre la cual escribieron Sabellico, Navagero, Paruta, Marin Sanuto, Bembo; como sobre Génova escribieron Justiniani y Foglietta; sobre Monferrato, Benvenuto de San Giorgio; sobre Nápoles, Ángel de Constanzo y Camilo Porzio; sobre toda Italia, Juan Bautista Adriani. Triste fama adquirió Pablo Giovio (1494-1544) que describió en buen latín los acontecimientos de su época, atendiendo menos a la verdad que al elogio de quien le pagaba.

211.- Bellas artesCon las letras se habían regenerado las Bellas artes. Tres escuelas disputábanse la primacía: la veneciana, que prevalecía por el colorido; la florentina, con más armonía y suaves gradaciones; la romana, superior en el dibujo.
Al veneciano Juan Bellini siguieron Cima, Carpaccio, Giorgione, hasta llegar al Tiziano Vecellio del Cadore (1477-1576), el más eminente de los coloristas. Sus discípulos descuidaban el dibujo y la expresión. Entre ellos sobresalieron Pablo Veronese, Moretto, Bassani, Tintoretto, los dos Palma.
Rafael La escuela de Umbría transmitió sus piadosas inspiraciones al Perugino, y por medio de éste a Rafael de Urbino (1483-1520), que reuniendo las cualidades de los mejores artistas, es considerado como el más insigne de todos. De su escuela salieron el Fattorino, Julio Romano, Julio Clovio, miniaturista, Perino de Vaga, con los cuales trabajaron Polidoro de Caravaggio, Pinturicchio, Peruzzi, Primaticcio, fray Bartolomeo, Ghirlandajo, Andrés del Sarto, Lucas Signorelli.
Miguel Ángel – 1475 – 1564 Miguel Ángel Buonarroti, florentino, escogió sendas distintas de las del orden y la corrección. Sobresalió en la arquitectura (cúpula de San Pedro), en pintura (Juicio universal), en escultura (Moisés); fue literato distinguido, buen patriota y buen cristiano. En sus trabajos no obedecía más que a su propia inspiración, sin tradiciones de escuela y con vigorosa personalidad.
Los pontífices habían querido atestiguar su grandeza erigiendo sobre el Vaticano el más grande de los templos. En él habían trabajado Rosellini, León Bautista Alberti, Bramante, Sangallo, fray Giocondo, Rafael y Peruzzi, cuando por último Miguel Ángel puso la cúpula.
Siguieron la escuela de Miguel Ángel, el florentino Granacci, Franco, Pocceti, Vasari, el arquitecto Ammannato, el escultor Bandinelli, Benedicto de Rovezzano, Montorsoli, Guillermo Della Porta, Juan Bologna; pero quisieron imitar demasiado las actitudes forzadas del maestro, la anatomía, los caprichos, exagerando su estilo y cayendo en el ridículo.
Leonardo de Vinci Leonardo de Vinci (1432-1519), de sublime ingenio, que de todo sabía, fundó otra escuela; hizo, entre otras producciones, el Cenáculo de Milán, y fue el precursor de muchos inventos mecánicos y físicos. Creó o regeneró la escuela lombarda, que honraron Bernardino Luino, César de Sesto, Gaudencio Ferrari, Lomazzo, y en la escultura Cristóbal Solaro, Bombaja, Biffi, Aníbal Fontana, Fusina y Agrato.
Jorge Vasari (1512-74) escribió las vidas de los pintores, obra preciosa a pesar de sus muchos errores. Más curiosa es la autobiografía de Benvenuto Cellini (1500-70), renombrado por sus joyeles y cinceladuras.
Parma se honra con Correggio, notable por la expresión de los efectos y por los escorzos, y por su inteligencia en el claro-oscuro. Siguieron su ejemplo los Mazzola.
Casi no hubo ciudad sin sus pintores y escultores ilustres. La arquitectura se mantuvo fiel a la escuela de Vitrubio y a las imitaciones de los Romanos, abandonando como bárbaro el estilo de la Edad Media. El veronés fray Giocondo se distinguió particularmente en la fabricación de puentes; los Lombardo desplegaron cierta originalidad en Venecia, donde después Jacobo Tatti de Sansovino introdujo el gusto de Miguel Ángel. Antonio Sangallo construyó varias ciudadelas y puertas de ciudades. Génova debe a Alessi de Pertisa fastuosos palacios e iglesias. Jacobo Barozzio, natural de Vignola, delineó todos los edificios de Roma, construyó varios palacios, singularmente el de Caprarola, y en su Regla de los cinco órdenes redujo la arquitectura a normas fijas. Modelo de género correcto más que de comodidad fue Andrés Palladio de Vicenza (la Basílica, el Redentor); Vicente Scamozzi dio pruebas de caprichosa originalidad en buenos edificios y en su obra la Idea de la arquitectura universal. Brescia se honró con el vicentino Formentone; Milán con Meda, Mangoni, Bassi y Tibaldi Domingo Fontana de Meli trabajó en Roma por cuenta de Sixto V y levantó los obeliscos. Sanmicheli se dedicó con preferencia a la arquitectura militar.
Hubo muchos plateros insignes, entre ellos Juan de Corniole, Domingo de Cammei, Jacobo Trezzo, Valerio Vicentino, grabadores de piedras preciosas y cristales.
Después de varias tentativas, Maso Finiguerra introdujo el grabado en cobre, al cual se dedicaron insignes artistas, como Marco Antonio Raimondi de Bolonia, que excedió a todos. Este grabado reprodujo y divulgo el conocimiento de las obras maestras del arte de la pintura. Siguieron el grabado al agua fuerte, el método negro, y por último el color.
Otros artistas trabajaron en taracea, principalmente para las sillas de coro y las sacristías. El arte del vidrio adelantó más en Francia y en Flandes. Faenza, Urbino, Pesaro y Casteldurante fabricaban vasos, platos, vasijas de barro, adornados con dibujos de esmalte, ejecutados algunas veces por los principales artistas. Por último el francés Bernardo de Palissy imitó las porcelanas y el esmalte.
Las artes del dibujo se extendieron también fuera de Italia. Francisco I llamó a muchos artistas italianos para trabajos arquitectónicos y pinturas. Por esto Francia careció de originalidad; sin embargo adquirieron justa fama como arquitectos Lescot, Goujon, Cousin de Soucy, Delorme.
En España empezaron a apartarse del estilo morisco para inclinarse hacia los clásicos. No se cita en este país ningún talento eminente, pero si varios buenos artistas.
La Rusia conservó el sello del arte bizantino, a pesar de que Iván llamaba artistas de Alemania e Italia; hasta Fedor I, solo se pintaron santos, según los tipos antiguos.
La escuela flamenca imitaba fiel y minuciosamente a la naturaleza. En Baviera se generalizó pronto el gusto de Vasari. Conservó su originalidad el sajón Lucas Cranak; Alberto Durero (1471-1528) retrató a los grandes hombres de su tiempo, y se aplicó de tal manera al grabado, que ejecutó 106 en cobre y 302 en madera. Juan Holbein de Basilea (1495-1554) dio movimiento a las figuras y carácter a la expresión.
Música Progresó el arte musical. Después que Guido de Arezzo hubo introducido las notas, Juan Murci indicó distintamente las longas, breves, mínimas, semibreves y máximas, y comenzó la armonía moderna (De Discantu, 1360). En el siglo XV, Franchino Gaffurio, natural de Lodi, y los flamencos Hycart, Tintore y Guarnerio, fundaron una escuela en Nápoles; en varias ciudades había academias filarmónicas; los Flamencos eran tenidos por los mejores maestros. La gente se apasionó por el sonido y el canto, a que eran muy aficionados casi todos los grandes artistas, como Leonardo de Vinci, Benvenuto Cellini, y los príncipes y reyes.
Perfeccionáronse también los instrumentos. El violín, desconocido de los antiguos, parece importación de los Cruzados; estaban sumamente generalizados el laúd, la bandurria y el colachón. Fue perfeccionándose el clavicordio, hasta que se inventó el piano moderno. En Cremona se construían magníficos instrumentos de cuerdas. Pero parece que no sabían formar aquella unidad que llamamos orquesta.
Si la severidad de la Reforma excluyó la música de la iglesia, le dio incremento el desarrollo del teatro; se instrumentaron composiciones dramáticas, como el Orfeo de Poliziano, el Sacrificio de Beccari, el Pastorfido de Guarino, el Aminta del Tasso. El cremonés Claudio Monteverdi introdujo sin preparación en los madrigales las disonancias dobles y triples de las prolongaciones, dando a la música independencia y apasionado acento. Julio Caccini y Octavio Rinuccini creyeron haber descubierto el verdadero recitado de los antiguos; así pusieron en música la Eurídice, que fue seguida de otras obras lírico-dramáticas.
Se multiplicaron las escuelas, y hubo con frecuencia conciertos en los palacios y en los teatros, donde se representaron óperas serias y bufas. San Felipe Neri introdujo los oratorios, que eran laudes y que luego llegaron a ser representaciones completas de hechos morales y sagrados.
Los adelantos de la música se introdujeron en la sagrada, y los ritos de la Iglesia adquirieron un carácter profano tal, que el Concilio de Trento estuvo a punto de prohibir la música en los templos. Pero Pedro Luis Palestrina (1520-94) compuso una misa, con la cual demostró que se podía conciliar la expresión del texto con la melodía. Con esto bastó para que tanto este arte como las demás saliesen vencedoras.

212.- Costumbres. Opiniones
Era general, en aquel siglo, el aprecio en que se tenía a los literatos y artistas; todas las cortes querían adornarse con ellos, especialmente la pontificia; las ciudades y el pueblo se regocijaban por una composición, por un cuadro, por una representación. Nuevos Mecenas fueron León X y Clemente VII, Francisco I, Matías Corvino, los príncipes de Este, Gonzaga y Farnesio, y sobre todo los Médicis. Este amor no era siempre respetuoso, y los artistas seguían las órdenes y las inspiraciones de sus protectores, más bien que las de su propio genio y elevados sentimientos, que dan la verdadera y útil popularidad. Maquiavelo, Ariosto, Tasso, hasta Rafael, compusieron según el gusto de sus mecenas; con sobrada frecuencia no procuraban más que agradar, pero agradar a quien les pagaban, alabando o vituperando por encargo o condescendencia. Por falta del sentimiento de la propia dignidad, poetas y pintores escogían un asunto cualquiera, sin más objeto que el de manifestar su habilidad, y pasaban sin reparo alguno de lo sagrado a lo obsceno, cuando no se aplicaban a lo fútil. Para esto servían tantas academias literarias, donde se iba a leer u oír composiciones hechas únicamente para ser escuchadas o leídas. Todo ello daba lugar a repugnantes adulaciones, a villanos vituperios, a la baja costumbre de mendigar favores y dinero. El tipo más torpe fue Pedro Aretino, de ingenio muy mediano e infame carácter, el cual, a fuerza de prodigar alabanzas y amenazar con ultrajes, llegó a imponerse hasta a los soberanos, como a los grandes artistas que le prodigaban halagos, dones y alabanzas, y se llego a dar el título de divino. Este corrompió ciudades enteras y el genio de Tiziano. Imitábanle los Doni, Domenichi, Franco, Ortensio Landi, mercenarios de la literatura.
Esta tuvo entonces su siglo de oro; pero no inventó ningún género nuevo, ni mostró originalidad como en sus principios; imitó las formas latinas en la epopeya como en la escena; adaptó a los clásicos la arquitectura; trasformó a Cristo en Jehová o en Apolo, el Vaticano en templo de las Musas, y separó lo bello de lo verdadero y de lo bueno.
El predominio de la imaginación sobre la religión trastornó algo las costumbres, tanto en el pueblo, abandonado a su rudeza, como en los señores, entregados a refinada voluptuosidad, y también en los príncipes, demasiado imbuidos en las doctrinas de Maquiavelo. Al entibiarse los sentimientos religiosos, tomaron incremento las supersticiones; creíase ciegamente, pero se separaba la fe de la acción, y las prácticas religiosas no impedían las vilezas. Las cortesanas famosas reunían a los literatos, artistas y prelados, y tenían cantos y retratos en vida, y exequias y epitafios a su muerte. El asesinato político era parte de la táctica de aquella época, y el pueblo lo aprendía de los grandes. Escenas de sangre contaminaron todas las cortes de aquella época, a pesar de que vivían los recuerdos de las galanterías caballerescas. El insensato afán con que se buscaban los productos del Nuevo Mundo, aumentó los deleites y con ellos la gula y la lujuria. La ostentación de las riquezas dio origen o nuevo brillo a las fiestas y comparsas que con cualquier pretexto se organizaban. Formáronse compañías para representar comedias y dar públicos espectáculos en las plazas. Se extendió el uso de las carrozas, y las repúblicas trataron en vano de reprimir el lujo con leyes suntuarias que lo atestiguan.
De Italia se comunicaba el lujo a las demás naciones, con la diferencia de que lo que en una parte era regio, en otras era popular.
Ciencias ocultas La recrudescencia del paganismo, que había invadido las costumbres y la literatura, se manifestó también en las ciencias ocultas, ya científica, ya vulgarmente. El neo-platonismo se redujo a una amalgama de doctrinas indias, hebraicas, egipcias y griegas, que, atravesando la Edad Media, alcanzó hasta los tiempos modernos, en pos de los tres mayores bienes del mundo, la salud, el oro y la verdad. Adquirió gran fama Paracelso de Eindsidlen (1495-1541), que dio la vuelta al mundo enseñando ciencias misteriosas que le habían sido reveladas, según decía; formó alumnos particularmente en Alemania, donde fundó la secta de los Rosa-Cruz. Teníase en gran consideración a estos filósofos, que proporcionaban remedios y trocaban en oro los viles metales, y pronosticaban el porvenir. Cornelio Agripa de Nuremberg(1486-1535) dio un tratado completo de las ciencias ocultas, amalgamando la medicina, las matemáticas, la astrología y la cábala. El milanés Jerónimo Cardano (1501-76) ilustró la magia natural e hizo de charlatán, siendo gran matemático. Juan Bautista Della Porta (1540-1643), natural de Nápoles, expuso en la Magia natural los sueños teosóficos. El célebre médico francés Ambrosio Paré sostuvo las apariciones diabólicas, como las sostuvieron el célebre publicista Juan Bodino y otros muchos.
Brujerías No es, pues, extraño que en el vulgo se arraigasen aquellas creencias, suponiendo posibles los pactos entre el diablo y las brujas, las cuales, vendiendo su alma, adquirían la facultad de obrar a veces en bien, con frecuencia en mal, siempre con el supremo intento de conquistar almas para el infierno. El culto que presentaban a los poderes diabólicos; sus reuniones nocturnas cuyo objeto era la impiedad y la lascivia; su influjo en la salud de las personas, en los temporales, en los frutos, son cosas conocidas, y por desgracia aún no del todo desarraigadas. Pero entonces parecía impiedad el dudar; los curas usaban exorcismos, y los seglares apelaban a leyes, procesos y suplicios. El recto sentido se oponía a veces al sentido común; pero si hubo libros en contra de aquellas supersticiones, fueron muchos más los que se encaminaron a demostrar el poder maléfico, a enseñar los remedios y a normalizar los procesos, sobre todo desde que estos fueron confiados a la Inquisición y apoyados en bulas papales. Horror causa el pensar en los centenares de criaturas que cada año se sacrificaban por delitos que la razón reconoce imposibles y que la ciencia explica con las afecciones nerviosas o histéricas, con las imitaciones, con el miedo, con la ferocidad misma de los procesos. Apenas hace un siglo se discutía aún si era o no posible la traslación de los cuerpos, la magia y la brujería.

213.- La Reforma. Lutero
La corrupción de la cristiandad hacía sentir la necesidad de una reforma, como en tiempos de Gregorio VII, de San Francisco y Santo Domingo. Pero había muerto la sociedad que se fundaba en la creencia de Dios y la obediencia a su vicario en la tierra. Por otra parte, el descubrimiento de nuevos países, nuevas lenguas, nuevas religiones y nuevos libros canónicos, extendía las ideas fuera del estrecho círculo de las creencias legales. La crítica y la filología, aplicadas a los clásicos, volvíanse hacia los textos sagrados; la política de los reyes chocaba con la de los papas y acostumbraba a los pueblos a criticar no sólo a los reyes, que con frecuencia daban lugar a ello, sí que también a los frailes, desviados de la primitiva autoridad, y a los curas, escasos de conocimientos y de virtudes. Renació el culto al paganismo, que fomentaron los grandes escritores, y que ofreció marcado contraste con la severidad cristiana y la rudeza de los escritores eclesiásticos. Este restaurado gentilismo apareció en el Vaticano con León X, en cuya corte, tomaron cierto carácter idólatra las expresiones, las fiestas y las costumbres; y los escritores de aquella época no sabían más que admirar a los Romanos y a los Griegos, es decir, la civilización y la cultura anteriores al cristianismo.
Con una franqueza que asombra al que no sabe lo tolerantes que son los poderes no amenazados, censurábanse las formas exteriores de la Iglesia, las costumbres de los prelados y de los frailes. Las excomuniones, prodigadas por cuestiones mundanas, como hizo Julio II, perdieron su eficacia. La continua intervención de los Alemanes, en las cuestiones italianas había hecho nacer aquella mutua antipatía por la cual se desconocen las buenas y se exageran las malas cualidades.
Lutero De tales sentimientos estaba poseído Lutero, fraile agustino de Eisleben (1483), cuando fue enviado a Roma por cuestiones monásticas. Allí donde todos admiraban, él no encontró más que motivos de censura; permaneció impasible ante la poesía del cielo y las artes de Italia, y se escandalizó de ver la rapidez con que se decían las misas, de las costumbres poco eclesiásticas y del lujo de los prelados.
En aquel tiempo, León X, queriendo adornar al cristianismo con el templo más grande que se hubiese visto, y creyendo que la cristiandad entera iba a contribuir a su construcción, envió frailes por todas partes en busca de donativos, prometiendo indulgencias. El abuso de estas indulgencias fue mal interpretado por el pueblo, y cundió la creencia de que, mediante dinero, se adquiría el perdón de los pecados. Escandalizose Lutero de semejante error, y empezó a predicar contra el abuso, y luego contra el uso de las indulgencias, que no le parecían de precepto ni de consejo divino. Al ser contradicho, se afirmó aún más en sus tesis; la imprenta, entonces reciente, agrió la cuestión difundiendo escritos en pro y en contra; y antes de que Roma se apercibiese del peligro o pensase en repararlo, la cristiandad quedó dividida en dos bandos. Fray Martín, llamado a Roma, hacía protestas de sumisión al Papa, pero no obedecía; propuso públicas discusiones, y se sintió fuerte desde que el pueblo se declaró de su parte, mientras que los doctos consideraban como liberalismo el oponerse al Papa. Cuando éste lo excomulgó (1520), Lutero lo tomó a burla y el fuego prendió en toda Europa. En la Dieta de Worms, el emperador Carlos V procuró sofocarlo, y no consiguiéndolo, proscribió a Lutero, quien protegido por el duque de Sajonia y poderosos barones, se retiró al castillo de Wartburgo. Allí se dedicó a poner en orden sus propias ideas y a preparar lo que había de servir de símbolo a la nueva fe. Negó la necesidad de las buenas obras, es decir, de aquellas que eran mandadas o recomendadas por la Iglesia, pues Dios había sido aplacado por el sacrificio de Cristo.
Los príncipes aprovechaban la ocasión para suprimir abadías y conventos y apoderarse de sus riquezas. Curas, frailes y monjes se consideraban libres de casarse, como hizo Lutero, que se casó con una monja. Los libros y las expresiones de Lutero revelaban en él una extraña mezcla de bondad y altivez, de sentimiento y burla, de sutilezas y preocupaciones.
Escribía en latín con pesadez y dificultad; su estilo inflamado y ampuloso dista mucho de tener la elegancia y la armonía de los clásicos; pero su traducción de la Biblia al alemán es una obra maestra, que dio fijeza a aquel idioma e hizo literario al dialecto sajón que adoptó.
Ninguna de sus doctrinas teológicas era nueva, no siendo verdad que proclamase el libre examen; pero les daba vigor con su audacia y la implacable saña con que atacaba a sus adversarios.
Melanchton Grande ayuda le prestó Felipe Melanchton, que moderaba sus ímpetus y buscaba medios de conciliación. También la deseaba Roma, que eligió comisiones para indicar las reformas necesarias. Adriano VI, tan piadoso como instruido, y escandalizado del reciente paganismo, daba razón en muchas cosas a los luteranos; pero vivió poco, habiendo disgustado a los literatos, acostumbrados a la precedente esplendidez.
Era ya imposible toda reconciliación; aparte de los muchos intereses comprometidos, las consecuencias sociales de la Reforma comenzaban a dejarse sentir; cada cual quería interpretar la Biblia a su modo, y se proclamaba la inutilidad del sacerdocio y de las buenas obras.

214.- Consecuencias políticas
Desde que cada cual pudo interpretar a su manera lo libros sagrados, los villanos leían en el Evangelio que todos los hombres son iguales, como criaturas de Dios, redimidas por Cristo; con estas ideas se sublevaron contra los amos, incendiaron castillos, devastaron los campos, atentaron contra los poderes, ultrajaron y dieron muerte a los señores. Estos excesos eran condenados por Lutero, el cual aconsejaba el exterminio de los revoltosos, sobre todo de los Anabaptistas, nueva secta que negaba el bautismo a los niños, concediéndole sólo a la edad en que la reflexión se desarrolla y a petición suya. Provincias enteras, y aun reinos, fueron teatro de horribles destrozos y matanzas.
La Reforma fue una reacción de la nacionalidad, de los pueblos aislados contra la monarquía papal. Lutero excitaba a los príncipes alemanes contra la arrogancia italiana. De aquellos sucesos se alegraban los príncipes, ya para apoderarse de los bienes eclesiásticos, ya para librarse de la dependencia de Roma. Alberto de Brandeburgo, gran maestre de la Orden Teutónica (cap. 150), se hizo duque hereditario de la Prusia, dando principio a la monarquía que absorbe a todas las otras de la Alemania. Pronto le siguieron el rey de Dinamarca, el duque de Sajonia, los obispos de Colonia, Lübeck, Cammin y Schwerin.
1529 Carlos V, ademas de su dignidad de emperador romano, era rey de España, y no hubiera podido abrazar la Reforma, aunque se hubiese sentido inclinado a ella; sin embargo, se resintió de que el Papa Clemente VII publicase unas letras apostólicas, en las cuales deploraba los males de la cristiandad, declarándolos hijos de la discordia de los príncipes y de la relajación del orden eclesiástico. Luego los Reformados tuvieron mucho de que reírse al ver a Roma saqueada a nombre del Imperio y provocado un cisma. Mientras se esperaba la reunión del sínodo universal, Carlos convocó una dieta para reparar los males que amenazaban. Los Estados se reunieron en Espira y acordaron impedir que tomara creces la Reforma. Muchos protestaron contra semejante acuerdo, y de ahí viene el título de Protestantes.
Confesión de Augsburgo – 1530 Este nombre no indicaba, empero, una doctrina unánime. Los mismos jefes discutían hasta sobre puntos principales, como la gracia, la presencia real, el libre albedrío, y se excomulgaban mutuamente. Zwinglio adquiría muchos secuaces en la Suiza. En la Bohemia, renacían los Hussitas, y Lutero los maldecía a todos. Si el libre examen hubiese sido reconocido de hecho tal como se proclamaba de derecho, ¿cuál de aquellas opiniones podía ser desaprobada? Los protestantes presentaron a la Dieta de Augsburgo su confesión escrita, repudiando la supresión del cáliz, la confesión auricular, el celibato de los curas, la misa como sacrificio, los votos monásticos, los ayunos, las indulgencias, el purgatorio, y anatematizando al que enseñase lo contrario. Esta confesión fue revisada, corregida, alterada, hasta llegar a ser una simple reminiscencia histórica.
1531 - Liga de Esmalcalda - El Interim – 1541 – 1549 – 1555 En tanto, los príncipes protestantes se coligaron en Esmalcalda para resistir al rey de los Romanos, reclamando la libertad de su culto; sin embargo se multiplicaban los suplicios; se les opuso una liga, católica, y en Ratisbona se acordó suspender toda decisión hasta que el Concilio acordase. Las dos ligas se hicieron encarnizada guerra; Carlos V venció en la batalla de Mühlberg, e hizo prisionero al elector Juan Federico de Sajonia, con gran desdoro de los príncipes alemanes. Al poder de la casa de Austria, que había llegado al colmo de su grandeza, se opuso Mauricio de Sajonia, que estuvo a punto de sorprender a Carlos V en Innsbruck; Enrique II de Francia entró en Alemania con aires de libertador; por último, en Augsburgo se concluyó la paz de religión, dejando en libertad a entrambas confesiones.
1546 Lutero había muerto «firme y constante en la fe que había enseñado»; se dice, que había enseñado la libertad, pero proclamó que si queríamos saber nuestros derechos, no interrogásemos la ley de Cristo, sino la ley del César y del país. Así, además de quedar la conciencia subyugada a la autoridad del príncipe, se estableció el axioma: cujus natio ejus religio. En el término de cuarenta años el Palatinado mudó cuatro veces de religión. Para captarse la amistad de los príncipes, Lutero no sólo permitió que se apoderasen de los bienes eclesiásticos, sino que además autorizó al landgrave de Hesse para la poligamia. Melanchton, que siempre lo había contenido, vivió hasta 1560, contristado por las disidencias que se reproducían.
1561 Más tarde el duque de Sajonia, Weimar, quitó a los eclesiásticos toda jurisdicción y hasta el poder de excomulgar, sujetándolos a un consistorio de seglares dependientes del príncipe. La publicación del Catecismo de Heidelberg dividió definitivamente a los novadores en Luteranos o Evangelistas y Calvinistas o Reformados.

215.- Zwinglio. Calvino
Suiza – 1531 Ulrico Zwinglio, cura de Glaris, empezó a predicar antes que Lutero contra la disolución y las supersticiones dominantes, que había podido ver de cerca, sirviendo en Italia como capellán de las tropas del obispo Scherner. Predicaba con menos violencia y más claridad, con menos inspiración y más sistema que Lutero. Atacó desde un principio los dogmas fundamentales, y dijo que el cristianismo no se encontraba en ninguna parte más que en las Sagradas Escrituras, donde hallaba explicaciones sencillas; excluyó la idea y quitó a la religión su espiritualidad. Rechazó las amonestaciones de su obispo; propuso 67 tesis contrarias a las romanas, a la intercesión de los santos, al poder eclesiástico, a las penitencias, a los votos de castidad, al culto de las imágenes; se abolieron los altares, el pan ácimo, los cirios, y muchas ceremonias que Lutero conservaba. En fin Zwinglio estableció la acción universal y exclusiva de Dios. Aquello no era, pues, una reforma, sino una negación radical; y el poder que se quitaba a la Iglesia no se daba a los príncipes sino al pueblo. Los luteranos combatían a estos sacramentarios; la Suiza se llenaba de disidentes de todos colores; algunos cantones, como los Uri, Schwitz, Unterwalden con Lucerna, Zug y el Valais, permanecían fieles al credo viejo; otros, como Basilea, Berna, Schaffhouse, Zúrich y Saint-Gall abrazaron el nuevo; estalló la guerra, y Zwinglio murió en la batalla de Cappel.
Restableciose la paz; a la Reforma se la señalaron límites que hasta ahora no han sido traspasados, y los cantones quedaron divididos en católicos, reformados y mixtos.
Ginebra – 1526 Ginebra dejó de ser ciudad imperial para ser señorío del obispo que la gobernaba con un consejo de ciudadanos. Dedicada al comercio y a las manufacturas, tenía por lema: Vivir trabajando y Vale más libertad que riqueza. Los duques de Sajonia habían ocupado la fortaleza, y trataban de hacerse dueños de la ciudad; pero siempre se opusieron a ello los patriotas, que contra aquél se aliaron con Friburgo y Berna. Para secundar a éstas se abolió la misa y se arrebató al duque de Sajonia el país de Vaud.
Calvino – 1553 En Francia, las herejías en diferentes ocasiones, habían ocasionado guerras; además de que se hacía oposición a las pretensiones de Roma (cap. 160), se vulgarizó la Biblia, y se clamó contra la corrupción eclesiástica mucho antes que Lutero. Sin embargo, éste fue declarado hereje por la Universidad de París; el Parlamento persiguió a sus fautores; pero los reyes, a pesar de hallarse frecuentemente en guerra con los papas y favorecer la política de los protestantes de Alemania, no se apartaron de la fe antigua. La mayor oposición se hacía a las doctrinas de Zwinglio, que tendían a la república. De la escuela de éste salió Juan Calvino (1509), que interpretó la Biblia a su modo, aborreciendo no menos la Iglesia católica que el desbarajuste introducido por los protestantes, por lo cual pretendió reformar la Iglesia. En Ginebra adquirió fama de gran predicador, y así como Farel había destruido allí las ceremonias antiguas, él se propuso como mediador entre Lutero papista [sic], y Zwinglio demasiado pagano. En sus Instituciones de la religión cristiana (1538) compiló el sistema que conserva su nombre. La necesidad de certeza que los católicos satisfacen con la decisión de la Iglesia, la buscó él en la revelación individual aplicada a la Sagrada Escritura; los textos positivos de ésta, el sentido común, y en suma la autoridad, vienen a ser obligatorios. El hombre está predestinado al bien o al mal, a la salvación o a la pena; asegurado el hombre de su justificación por medio de la fe, está también seguro de su santificación. La jerarquía, que Lutero había conservado, fue abolida por Calvino, quien suprimió el episcopado, confió la elección del ministro a la comunidad religiosa, y estableció un consistorio para administrar las cosas religiosas. Pero el sacerdote no era considerado más que como un simple creyente, si bien el poder civil estaba subordinado al religioso. Calvino establecía que la culpa era necesaria, aunque imputable; por lo cual aconsejaba exterminar a los delincuentes. Persiguió, en efecto, a los disidentes, impuso severísimas reglas de vida, austeras privaciones, castigando al que las infringiese, y condenó a muerte a Miguel Servet, de Villanueva de Aragón, médico, astrólogo, editor del Tolomeo, y muy versado en los estudios teológicos, que quiso hacerse regenerador, cuando todos tenían ya un sistema de predicar, y publicó las obras De Trinitatis erroribus y Christianismi restitutio, acusando a Roma de haber convertido a Dios en tres quimeras.
1540 Calvino difundió sus doctrinas por Italia, por Francia y principalmente por la Navarra y los Países Bajos. Entonces Francisco I publicó un severo edicto contra los Protestantes. Calvino fundó en Ginebra la primera Universidad protestante, de la cual fue rector Teodoro Beza, ilustre literato. La Reforma mejoró las costumbres suizas, difundiendo la instrucción y los preceptos morales, y mayormente predicando contra el servicio mercenario. En 1538, y luego en 1566 se publicó la primera confesión helvética, reconociéndose el libre albedrío, pero añadiéndose que para escoger el bien y el mal era necesaria la Gracia; que esta sola y no las buenas obras producen la justificación; que los sacramentos son símbolos de la Gracia, y que en la Eucaristía Dios se ofrece a sí mismo, pues bajo los símbolos del pan y del vino el Señor comunica verdaderamente a Cristo para alimentar la vida espiritual. Esta confesión fue adoptada, no solo por los reformados suizos, sí que también en Escocia, en Hungría y en Polonia.
Calvino tendía, pues, con su severidad, a reanimar ideas muertas, a poner freno más que orden al progreso. Pero era tarde, y su obra fue prontamente aniquilada por otras pretensiones tan legítimas como ella, no sin que estallaran sangrientas revoluciones políticas.

216.- Reacción católica. Los Jesuitas. Concilio de Trento
En el transcurso de 60 años, la Reforma se había extendido desde los Pirineos a la Islandia, y desde los Alpes a la Finlandia; cada país tuvo apóstoles y mártires; la divulgación de la Biblia y las contiendas religiosas sirvieron para fijar lenguas aún toscas; pero los hombres honrados debían sufrir extraordinariamente por las dudas reinantes, habiéndose quebrantado las convicciones precedentes sin haberse afirmado las nuevas; y la descomposición pasaba del entendimiento a la voluntad, y de ésta a la política.
Los Católicos, al parecer, no comprendieron al principio la gravedad del mal; luego se pensó en un remedio capital, en un Concilio. Propusiéronlo de pronto los innovadores, como una oposición a los papas; pero luego que éstos manifestaron adherirse, aquellos vacilaron, y lo rechazaron al fin. Después de las indecisiones de Clemente VII, Paulo III se rodeó de excelentes cardenales, para que le sugiriesen las reformas urgentes. Estos censuraron con tal franqueza los abusos, que los Reformadores cobraron gran orgullo, como si Roma se confesase culpada. La Iglesia no rechazaba las reformas disciplinarias; pero no podía revocar como dudoso lo que siempre se había creído y la Iglesia reunida había aprobado. Para restablecer en el clero el espíritu eclesiástico, y para que en las parroquias y los púlpitos no se vieran siempre frailes, se fundaron varias compañías de clérigos regulares.
Los Jesuitas Tan grandes como las simpatías fueron los odios que excitó la Compañía de Jesús, fundada por Ignacio de Loyola (1491-1556), el cual, herido al arrojar de su patria a los extranjeros, tomó la resolución de formar una nueva Orden como las que los capitanes constituían entonces para la guerra, con severa disciplina, y perfecta obediencia a un general, no para matar a enemigos, sino para defender y propagar la fe por medio de escritos, predicaciones y misiones. Paulo III la aprobó, y en seguida los Jesuitas se desparramaron, reformando iglesias y monasterios, fundando colegios, haciendo misión en los países nuevamente descubiertos (cap. 192); no estaba excluida de la Orden ninguna clase ni condición; a cada cual sabían dar su destino según su capacidad; no vestían las vilipendiadas túnicas, sino el simple traje de cura, o al estilo del país en que se encontraban; no consentían rezos prolongados, ni severas abstinencias; deseaban atender a los estudios y a los trabajos; acudían con frecuencia a las cabañas y a las cárceles, y con frecuencia penetraban en las Cortes y episcopados; jamás podían solicitar dignidad alguna, ni recibirla sin previa licencia del general; a las inculpaciones de la Reforma opusieron íntegras costumbres y gran doctrina. Señores y príncipes entraron en la Compañía, la cual en 1615 contaba 32 provincias con 23 casas profesas sin bienes, 172 colegios dotados, 41 noviciados, 123 residencias y 13112 padres.
De estos se valió principalmente Roma para preparar y dirigir el Concilio, que después de varias vicisitudes se abrió en Trento y duró desde 1545 hasta 1563. Los Protestantes, que al principio lo habían pedido, se negaron a intervenir. Había en él prelados insignes, grandes sabios, y representantes de las potencias. Ningún dogma nuevo dictó la Iglesia, la cual no hizo más que realizar aquella larga revisión del sistema católico, que no pudo dar por resultado sino el negar toda concesión. Allí se disiparon las dudas sobre la gracia, el purgatorio y los sufragios, sobre la presencia real, sobre el mérito de las obras; sobre todo lo cual se formularon, como sobre toda la doctrina católica, las decisiones más precisas, y principalmente se ordenaron reformas en la disciplina. Se compiló el Catecismo Romano, que puso aquellas doctrinas al alcance del mayor número de creyentes; se preparó una edición más auténtica de la Biblia; se atendió sobre todo a la reforma moral de las iglesias, tarea que emprendieron celosos obispos, como San Carlos, Santo Tomás de Villanueva, arzobispo de Valencia, Madruzzi, y otros. Se extendieron cada vez más las misiones, se organizaron los seminarios; surgieron grandes santos, como Catalina de Cardona, Beatriz de Oñez, Camilo de Lelis, Pedro de Alcántara, Juan de Ávila, Santa Teresa, San Jerónimo Miani, San Francisco de Sales, Santa Francisca de Chantal, San Cayetano, San Felipe Neri, San Vicente de Paúl, San José de Calasanz, prodigios de devoción y de caridad; se reformaron las órdenes monásticas antiguas, y se fundaron otras nuevas, sin la exuberante austeridad ni las interminables salmodias de otros tiempos, sino más bien con el recogimiento, la mortificación del corazón, la educación del espíritu, la caridad en sus inagotables formas.

217.- Reformadores italianos
El carácter de la Reforma se manifestó en Italia literario y racionalista. En las escuelas las doctrinas aristotélicas conducían a menudo al materialismo, como las platónicas al misticismo (Pomponazzi), y el ver de cerca los desórdenes de la Corte romana excitaba a censurarlos con más energía. Por lo mismo, los primeros reformados esperaban hallar pronta acogida entre los Italianos; pero en el fondo sus tentativas no fueron secundadas más que por algunos literatos. Calvino, alentado por Renata, duquesa de Ferrara, trató de propagar allí sus doctrinas, pero sin gran fruto. La Inquisición redobló su celo para impedir la propagación de las nuevas ideas, y los que las abrazaban tuvieron que huir del país. Adquirieron fama fray Bernardino Ochino, Mateo Gentile, Guillermo Gratarola y otros muchos.
Los Italianos que emigraban por no someter su raciocinio a la Iglesia, se conformaban aún menos con los símbolos de los innovadores, y pronto ampliaron la negación hasta impugnar la Trinidad y la Redención. Esta herejía, ya enunciada por otros, fue formulada con más precisión por Lelio y Fausto Socini de Siena, que predicaron el unitarismo en Polonia, donde se arraigó y se subdividió en muchísimas sectas, conformes todas, no obstante, en negar la divinidad de Cristo.
No faltaron persecuciones ni suplicios contra los descreyentes [sic], sobre todo contra los Valdenses (cap. 145) ora en la Calabria, ora en los valles alpinos, donde los duques de Sajonia, por espacio de mucho tiempo continuaron con procesos y guerras.
De las herejías hay que distinguir el cuidado con que los Gobiernos de entonces trataban de atraerse todas las prerrogativas reales, excluyendo a la Iglesia de las muchas funciones sociales que le habían pertenecido en siglos precedentes, y que procuró recobrar después del Concilio de Trento. Muchos escritores trabajaron en este sentido, como el gran cardenal Bellarmino, quien tuvo en contra suya a fray Paulo Sarpi (1552-1625). Este sostuvo los derechos legales de la República veneciana, y en su Historia del Concilio de Trento trató de desacreditar aquella insigne asamblea, revelando o suponiendo sus intrigas, sus ambiciones, sus bajezas, tanto que su obra agradó en extremo a los Protestantes. Esta obra fue confutada por muchos, y completamente por el cardenal Pallavicini, que escribió la historia del Concilio con menos espontaneidad, pero con mayor conocimiento de los hechos y respeto a la autoridad, y dando un catálogo de 361 errores de hecho cometidos por Sarpi.
Hubo muchos príncipes que no quisieron aceptar el Concilio de Trento, no por sus definiciones dogmáticas, sino por los artículos de reforma que parecían atacar la autonomía a que ellos aspiraban.

218.- Muerte de Carlos V. Batalla de Lepanto
Rota la asombrosa unidad del mundo civil, indicada con el nombre de Cristiandad, ésta se dividió en Católicos y Protestantes. Al frente de los primeros se encontró España, acostumbrada, en la guerra con los Moros, a considerar la religión y la patria como una misma cosa. Unida al fin bajo una sola mano, pareció que había de dominar al mundo, y por el contrario, se precipitó a la decadencia. Los Austriacos no pensaron más que en desligarse de las libertades históricas, en deprimir a las cortes y a los obispos, y consideraron como rebelión el reclamar los derechos antiguos. Carlos V tuvo poder bastante para ajusticiar a Padilla y otros patriotas; redujo las Cortes a asambleas de pura forma disminuyó los privilegios de las ciudades y con esto la prosperidad del comercio. La nobleza, orgullosa de haber redimido a la patria con su propia sangre, no fue, sin embargo, llamada a concurrir a la formación de las leyes, y ocultó su nulidad bajo una vana pompa.
Carlos V se encontró falto de recursos a pesar de sus inmensas posesiones, y tuvo que interrumpir sus empresas por falta de dinero, él que era dueño de las minas de Méjico y del Perú; por último vio invadidos todos sus países por extranjeros. Había hecho elegir rey de los Romanos a su hermano Fernando, y luego se empeñó en que cediese aquella corona que destinaba a su hijo Felipe. Mientras se conquistaba y asolaba a la América, se dejaba que se acercasen amenazadores los Turcos.
1558 Cansado de tantas contrariedades, Carlos V se retiró a un convento de Extremadura, donde murió a la edad de 58 años. Fue, indudablemente, uno de los reyes más grandes, a pesar de sus muchos errores políticos y económicos. Sus fines principales eran unificar la religión, y destruir la constitución germánica haciendo hereditario el imperio en su familia; ninguno de estos fines consiguió. Inteligencia y valor grandes se necesitaron para sostener la guerra civil en España, la rivalidad de la Francia, los ataques de la Turquía, las sacudidas del protestantismo; pero las circunstancias fueron más poderosas que su genio.
El gran cardenal Jiménez había concebido una grandiosa Cruzada contra los Turcos, y debió comprenderse su oportunidad cuando éstos hacían sus irrupciones en Europa.
Batalla de Lepanto – 1571 Selim, sucesor de Solimán, rompió la paz que durante treinta años había mantenido con Venecia; sitió a Chipre con cien galeras y 224 buques menores montados por 55 mil Turcos con formidable artillería, y se apodero de Nicosia, Pafos y Limasol, causando grandísimos estragos. Entonces todas las potencias pensaron en unirse para reparar el mal, bajo la iniciativa del Papa; Marco Antonio Colonna mandaba las galeras del pontífice; Andrés Doria las sicilianas; uniéronse a ellas las venecianas, las de los caballeros de Malta y de todas las repúblicas italianas, siendo jefe de toda la escuadra don Juan de Austria. En el golfo de Lepanto se dio un gran combate al mismo tiempo que toda la Cristiandad, por orden del Papa, rezaba el rosario; salieron victoriosos los Cristianos, quienes por última vez se hallaron unidos para una empresa común.

219.- Los papas después del Concilio de Trento
Pío V (Miguel Ghislieri) demostró que la reforma católica se había extendido hasta la Corte pontificia. Había sido severísimo inquisidor, y después de haber llegado a la silla de San Pedro impuso una rigurosa disciplina como en los tiempos primitivos. En su bula In cæna domini prohibía a los príncipes aumentar los impuestos; prohibió también enfeudar bienes de la Iglesia, excitó las persecuciones contra los Hugonotes y las hostilidades contra Inglaterra, y fue venerado como santo.
Gregorio XIII (Hugo Buoncompagni) se mostró conciliador, difundió la instrucción, eligió buenos obispos, fundó colegios, reformó el calendario, trató de aliar a los monarcas contra los Turcos, y sostuvo la independencia de la Irlanda. La necesidad de procurarse dinero, cuando ya no lo recibía de toda la Cristiandad, excitó disturbios interiores, agravados por el incremento que tomó el bandolerismo.
Para reprimir a los bandidos, Sixto V (Félix Paretti) adoptó una resolución, que fue luego proverbial, contra todos los culpables, de cualquier categoría que fuesen; acumuló con impuestos y multas un tesoro en el castillo de Sant'Angelo; limitó a 72 el número de los cardenales; aspiraba a ver destruido el Imperio turco, o a conquistar, por lo menos, el Egipto y unir el Mediterráneo con el mar Rojo. Realmente el Estado pontificio se hallaba entonces en auge por sus producciones y su industria; las ciudades estaban gobernadas por cuerpos aristocráticos, entre los cuales revivían los partidos de los Güelfos y Gibelinos. El Estado contrajo deudas, como los demás; sin embargo Roma se rehacía después de las ruinas causadas por la invasión de los bárbaros, por las luchas de familia, y por el abandono en que se halló durante la residencia del Papa en Aviñón. Nicolás, Julio II y los Médicis procuraron devolverle la magnificencia antigua, secundados por los cardenales. Fue reconstruido el Capitolio, alzado el templo del Vaticano, Santa María de los Ángeles y otras basílicas. Más próvido, Sixto V condujo allí el Agua Feliz, y abrió hacia Santa María la Mayor espaciosas vías que pronto se bordaron de casas; colocó estatuas de apóstoles sobre las columnas Trajana y Antonina; hizo elevar obeliscos, que yacían enterrados, y los colosos en el Quirinal; aumentó la biblioteca; estableció una imprenta griega y oriental; y fue el último Papa que tomó parte importante en las vicisitudes de Europa.
1505 Sucedieron cuatro papas de corta duración, hasta Paulo V (Camilo Borghesi), que comprendió la dignidad de la tiara y el deber de realzar la autoridad moral del catolicismo; completó la bula In cæna domini, que expresa las mayores pretensiones pontificias, por lo cual la rechazaron los príncipes.
Gregorio XV se dejó gobernar por su sobrino Ludovisi, dio reglas fijas para el cónclave y organizó la congregación De Propaganda Fide.
Urbano VIII (Barberini) dio a los cardenales el título de eminencia; fortificó a Roma y Civitavecchia; construyó el fuerte Urbano; adquirió para la Santa Sede a Urbino y Ferrara. Era poeta y amante de los literatos, y sin embargo dejó procesar a Galileo.

220.- Holanda y los Países Bajos
La España se halló desprendida del Imperio, pero trató de conservar la supremacía con sus propias fuerzas. Felipe II se mantuvo castellano puro; tuvo una serie de prósperos acontecimientos, grandes consejeros y valientes generales; asistió al siglo de oro de la literatura española; sacó de las colonias inapreciables tesoros; alcanzó la victoria de Lepanto sobre los Turcos; y la de San Quintín sobre los Franceses; y sin embargo su nombre fue execrado, y con él empezó la decadencia de la casa de Austria y de la España.
Quería ser absoluto dentro y fuera de su país, prodigando el oro con tal objeto, y aspiraba a conseguir que toda la Europa volviese al catolicismo. Tal empeño le costó la pérdida de Holanda. Este país, disputado palmo a palmo al mar, es con frecuencia invadido por el Océano. Los Holandeses, sobrios, activos, enemigos del lujo y amantes de la limpieza, saben asociarse contra los desastres y emplear grandes capitales en empresas de resultado lejano. El descubrimiento del carbón mineral (1195) y de la salazón de los arenques (1416) le proporcionó riquezas, pero debió su mayor prosperidad al comercio, que tuvo su principal mercado en Amsterdam. La Holanda estuvo unida a la Germania hasta que la separaron los duques de Borgoña (1363). Tomó gran parte en las Cruzadas y dio el primer rey a Jerusalén (cap. 127); pero el feudalismo sucumbió bajo el poder de los comerciantes, que poseían muchísimas naves, formaban compañías, recibían todas las drogas que los Portugueses traían de la India (cap. 196), y las maderas y las pieles que los Anseáticos importaban del Norte; de modo que en el puerto de Amberes llegaron a entrar 300 buques al día y centenares de carros; agregábanse al comercio las manufacturas de franjas, telas y orfebrería; todo lo cual convirtió al país en uno de los más ricos del mundo.
El matrimonio de María, hija de Carlos el Temerario, con Maximiliano de Austria, valió a esta casa once provincias, a las cuales unió otras Carlos V, formando con ellas el círculo de la Borgoña, puestas bajo la protección del imperio. Cada Estado tenía su constitución propia, y el Stathouder gobernaba con las menores atribuciones posibles; no se podían introducir tropas forasteras, y los Estados permanecían independientes de la jurisdicción imperial.
Margarita, hija de Maximiliano, la gobernó durante la menor edad de Carlos V. Este, a pesar de visitarla a menudo, a pesar de haber arbitrado medios para favorecer su comercio, y a pesar de colocarla entre las primeras potencias agregándole la Borgoña, no consiguió captarse sus simpatías. Con las ideas y las personas anti-católicas se introdujo la desobediencia; la severidad de las persecuciones exacerbó los ánimos e hizo aborrecer aún más a Carlos V.
Revolución de los Países Bajos – 1560 – Alba - Guillermo de Orange Bajo Felipe II la gobernó su hermana Margarita, duquesa de Parma, inspirada por Granvelle, hábil ministro, pero orgulloso y despótico. Queriendo obligar a los herejes a cambiar de fe, se mandaron allí tropas, contrariamente a la Constitución; pero el conde de Egmont y Guillermo de Nassau, príncipe de Orange, se pusieron al frente de la oposición; presentose a la gobernadora una protesta suscrita por 400 caballeros, y al mismo tiempo una confesión heterodoxa. Felipe pensó reprimirlos con la fuerza, diciendo que prefería perder los súbditos a reinar sobre herejes. Entonces se conjuraron los Holandeses, y con el nombre de descamisados se alzaron en armas, destruyeron las iglesias de Amberes, y no viéndose secundados, emigraron a millares. Felipe II mandó para reprimirlos al duque de Alba, héroe inexorable, que erigió un tribunal feroz, bajo el cual cayeron centenares de víctimas, entre ellas los condes de Egmont y de Horn. Alba se vanagloriaba de haber mandado al suplicio 18600 rebeldes y herejes durante los 6 años de su gobierno. Entonces Guillermo de Orange, que había logrado escaparse, juntó fuerzas, adquirió el apoyo de los Franceses, capturó las naves españolas, tuvo de su parte muchísimas ciudades y fue proclamado Estatúder.
En Holanda hallaban después refugio los prófugos de otros países, los Moriscos y los Hebreos, que introducían manufacturas. La Holanda y la Zelanda convinieron en que el gobierno se ejerciese a nombre del rey, con la condición de consolidar la Reforma. Los Estados de Brabante, Flandes, Artois, Hainault, la Frisia, Amsterdam y otras ciudades se coaligaron para desprenderse de la España. Juan de Austria, vencedor de Lepanto, agotó todos los medios de reconciliación y de amenaza; de nada sirvieron, ni a él ni al valiente Alejandro Farnesio, contra la firmeza y astucia del duque de Orange, favorecido por cuantos se inspiraban en el odio a la casa de Austria y en el amor a la Reforma. No pudiendo conciliar a las nuevas provincias de diferente religión, unió a las que estaban a la parte Norte del Mosa, con la promesa de socorrerse mutuamente, y se formó la República de las Provincias Unidas.
1590 Cuando Guillermo fue asesinado, su hijo Mauricio capitaneó una resistencia obstinada, sobre todo después de la muerte de Farnesio, y asombraban los esfuerzos de aquel pequeño país, cuya población y comercio iban aumentando a pesar de tantas contrariedades, bloqueó la península ibérica, arrebató a los Portugueses sus posesiones del Asia; se alió con Inglaterra y con Francia, y proclamó por vez primera la libertad de los mares (mare liberum). Finalmente Alberto de Austria, que había recibido los Países Bajos como dote de Isabel, hija de Felipe II, estipuló con Mauricio una tregua de doce años como con un país libre, reconociendo la independencia de las Provincias Unidas. Estas eran desiguales en extensión y fuerza, pero cada una tenía un voto en los Estados Generales; no residía en estos la soberanía, sino en los electores, que confirieron al Estatúder los derechos que había de ejercer; continuó el conflicto entre los estatúderes, los Estados Generales y los municipios. Empeoró el conflicto con las disidencias religiosas; Arminio (Harmensen), repudiando a Lutero y a Calvino, dio una nueva teoría sobre la Gracia, y los Arminianos y Gomaristas, Universalistas y Particularistas revolucionaron al país, seguidos de la cuestión social. Con los Gomaristas estaba el partido popular, y los doctos y ricos con Arminio; los unos republicanos y los otros orangistas. Los primeros tenían por jefes al famoso jurista Hugo Grocio y a Oldenbarnevelt, abogado de Holanda, que tendía obstinadamente a la paz, como Mauricio a la guerra, y deseaba salvar al país del despotismo por medio del fraccionamiento comunal.
1619 Un sínodo convocado en Dordrecht, acordó que la revelación no era suficiente, porque dejaba inciertos algunos puntos esenciales; los Arminianos se aproximaban a los Católicos, y admitiendo la salvación de todos por medio de la redención, tendieron a la tolerancia.
Mauricio quiso triunfar con la violencia donde no podía con las argumentaciones; condenó al suplicio a Oldenbarnevelt, y a cárcel perpetua a Grocio; pero los Representantes impidieron a Mauricio que se apoderase del poder supremo.
1616 Al expirar la tregua, Ambrosio de Espínola recibió el encargo de ir a atacar las plazas fuertes, pero Mauricio recuperó la gloria y la influencia perdidas con la paz; el antiguo y el nuevo mundo eran partidarios de los revoltosos, y por último en el congreso de Münster se estipuló que España renunciaba a las Provincias Unidas y a cuanto éstas habían conquistado en los Países Bajos Españoles; cada país conservaba sus posesiones en las dos Indias; el Escalda y los canales y otros brazos de mar que desembocan en él, según lo convenido, debían cerrarse a los Estados, con lo cual se anulaba el comercio de los Países Bajos.

221.- España. Portugal
Por su intolerancia religiosa, Felipe II había perdido la Holanda, e impulsó a los Moriscos a declararse en abierta rebelión (cap. 220). Si en Felipe tenían los Reformados un gran enemigo, en Isabel de Inglaterra tenían una protectora universal, que si no ayudaba, a lo menos animaba a los Países Bajos. El rey de España, que como marido de María la Católica, consideraba a Isabel como usurpadora, gastó 150 millones de escudos en aprontar la armada invencible que había de dirigirse contra Inglaterra. Pero la destruyó una espantosa tempestad. El duque de Medina-Sidonia se presentó a Felipe para darle la noticia, y el rey le dijo, con impasible frialdad: «Yo los había mandado a luchar contra los hombres, no contra los elementos; cúmplase la voluntad de Dios».
Para combatir las ideas nuevas, Felipe arruinó a su país, pues los Ingleses y Holandeses devastaban las colonias, y pirateaban con perjuicio de los galeones españoles. Felipe no tuvo con qué pagar los intereses de una deuda de 140 millones de ducados.
Portugal, bajo los reinados de Juan II, Manuel, y Juan III, llegó al colmo de su grandeza, ya por sus grandes descubrimientos, ya por el orden establecido, y también por el fomento de la instrucción. Sebastián quiso hacer una expedición contra los Moros de África, alentado por Felipe II y bendecido por el Papa. Pero en la batalla de Alcazarquivir murió Sebastián y fue destruido su ejército. Su tío el cardenal Enrique, le sucedió en el trono a la edad de 67 años, y faltándole descendencia, Felipe II ocupó el reino como yerno de Manuel; de modo que quedó unida toda la península; el Brasil y las colonias de África reconocieron a Felipe, mas no tardaron en ser tomadas por los Holandeses.
Los Portugueses aborrecían la dominación española como de extranjeros, y hubo varios falsos Sebastianes que pretendieron la corona.
Felipe hasta se propuso ocupar a Francia, en la cual obtuvo a Cambray; de María de Portugal tuvo un hijo, Carlos, que vivió siempre como loco, y se supuso, después de su muerte, que su padre le había hecho envenenar como rival suyo en gobierno y en amores. Imputáronse a Felipe II muchos crímenes y vicios; imputación debida a la aversión de los Holandeses y de los Protestantes. Madrid fue entonces la capital del reino, con el gran palacio de El Escorial. Los trabajadores iban en busca de oro allende el Atlántico; los nobles, reducidos a fastuosa nulidad, preferían permanecer en sus castillos; la población disminuyó en la mitad; la industria pereció con la expulsión de los Moriscos; la Inquisición salvó a España de la guerra civil, pero comprimió el pensamiento y el progreso, y se convirtió en un arma de tiranía en manos de los príncipes. Felipe III y Felipe IV asistieron a la ruina de la nación.

222.- Francia. Los Valois
Luis XII Carlos VIII, sucesor de Luis XI, adquirió por matrimonio la Bretaña, y restituyó el Rosellón a Fernando de España, y el Franco Condado a Maximiliano de Austria, con el objeto de no ser estorbado en su infausta expedición de Italia. Luis XII, triste príncipe, fue buen rey, y los 17 años de su reinado fueron señalados por la guerra de Italia. Para proporcionarse dinero, hizo venales muchos empleos de hacienda; disciplinó severamente a los soldados, reformó los tribunales y obtuvo el título de amigo del pueblo. En el clero podía entrar cualquiera. La nobleza estaba exenta de impuestos, si bien tenía que servir gratuitamente en la guerra y en la paz. Luis procuraba conferir los cargos a los más dignos.
Francisco I Sucediole Francisco I, a la edad de 20 años; era hermoso, valiente y afable, y fue no menos querido por sus defectos que por sus cualidades. Su corte brilló por las bellas damas y caballeros que la preferían a los solitarios castillos, y rivalizaban en magnificencia; el libertinaje acortó la vida al rey.
Había cedido a la Suiza los bailiazgos italianos, cuando contrajo con la Turquía una alianza que pareció abominable según las ideas de entonces. Concluyó con León X un concordato, según el cual el rey debía proponer al Papa los candidatos para los obispados y abadías vacantes. El poder temporal fue, de este modo, conferido al Papa, quedando en las atribuciones del rey la parte espiritual. A esto se opusieron violentamente el Parlamento y la Universidad. El espíritu caballeresco de Francisco I lo arrastró a la conquista del Milanesado. En su eterna rivalidad con Carlos V, la vanidad nacional se creyó lisonjeada con aquellas empresas que debían labrar la ruina del país. Protegió las letras y las artes, llamando a artistas de Italia y erigiendo magníficos palacios; fundó una biblioteca de manuscritos en Fontainebleau; puso a Roberto Estienne al frente de la imprenta real, en tanto que Francisco Duaren y Jacobo Cujas restauraban la jurisprudencia.
Para sufragar los enormes gastos de entonces, se apeló a empréstitos, a loterías y a la venta de empleos. El parlamento fue reducido a la administración de justicia. Persiguió a los Protestantes en Francia, mientras que los ayudaba en Alemania; dejó que los Españoles y los Portugueses extendiesen sus dominios en América sin tomar parte en aquella colonización, lo cual hubiera contribuido a que el país olvidara los infortunios de la nueva edad que se inauguraba en Francia, edad fecunda en terribles luchas religiosas y políticas.
Enrique II – 1556 Con los Reformados tomó parte la aristocracia, humillada por el rey Enrique II; éste, dominado por su mujer Catalina de Médicis y por su amante Diana de Poitiers, trató en vano de reparar las desgracias paternas. En la batalla de San Quintín perdió la esperanza de prevalecer sobre España; con el tratado de Cateau-Cambrésis renunció para siempre a las desastrosas conquistas de Italia; pero recobró a Calais. Mostrose implacable contra los Reformados, que aumentaban en Francia, hasta que murió en un torneo.
Francisco II Francisco II heredó, a los diez y seis años de edad, un reino agitado por los partidos, uno de los cuales era capitaneado por seis hermanos Guisa, valientes y ricos, cuya sobrina María Estuardo, reina de Escocia, se había casado con el rey. Guiaban la facción opuesta Antonio de Borbón, rey de Navarra, y sus hermanos Condé y Coligny. Representaba un gran papel Catalina de Médicis, a quien los Franceses imputaban todos los desastres y delitos de entonces, a pesar de que sabía mantenerse en equilibrio entre los partidos, con su esplendidez y aguda política.
1560 Los Protestantes, que en Francia se llamaban Hugonotes, tomaron las armas contra el gobierno, dirigidos por el príncipe de Condé, y empezó la guerra civil, llena de accidentes legales y militares y de iniquidades recíprocas.
Carlos IX – 1572 - Noche de San Bartolomé - Enrique III – 1574 – 1589 Muerto Francisco II, Catalina, regente en nombre de Carlos IX, mantenía en la corte el esplendor italiano, con artistas y literatos, y con aquellos sentimientos y aquellas formas paganas que hemos visto prevalecer en Italia; calmó la persecución del parlamento contra los Hugonotes, buscando algún medio de conciliación; inclinándose ora a estos, ora a los Católicos, esperaba amistarse con todos, cuando en realidad la odiaban unos y otros, y recrudeció la guerra. Abiertas batallas, sitios de ciudades, paces insidiosas, asesinatos políticos, todos los horrores de una lucha fratricida se sucedían con lastimosa frecuencia. Pareció que se iban a reconciliar definitivamente los dos partidos cuando Enrique, rey de Navarra, casó con Margarita, hermana del rey; pero en la solemnidad de aquellas bodas fue asesinado Coligny, a cuyo delito siguió la terrible matanza de los Hugonotes, respecto de la cual no se han aclarado nunca del todo bien ni los motores, ni los motivos, ni los accidentes. Los Católicos tenían empeño en que se creyese producto de un maduro examen, por lo cual en Roma no se dieron gracias a Dios. Los Hugonotes vieron en la matanza una trama con el Papa y con España, y tuvieron por fríamente meditado el asesinato. Enardeciéronse las facciones; muerto Carlos IX a la edad de 24 años, Enrique III, que había sido elegido rey de Polonia, ocupó el trono de Francia, desplegando vicios y debilidades entre desordenadas devociones. Estalló entonces la quinta guerra civil, y los Hugonotes constituían un verdadero Estado dentro del Estado, aspirando convertir a la Francia en una aristocracia federativa. El rey de Navarra se declaró jefe de ellos, mientras los Guisa formaban la Liga Santa para conservar la religión, el rey y la integridad del país. Se adhirió el Papa, y Enrique III, y la mayor parte de la nación; sin embargo la Liga no era bastante fuerte para domar a los contrarios, a pesar de las tropas mandadas por Sixto V, por España y por particulares. Con todo, adquirió la Liga tal predominio, que Enrique III, viéndose casi desposeído, se pasó a los Hugonotes. Catalina murió en medio de los males que ella, en gran parte, había ocasionado. La Universidad declaró que no se debía obediencia a un rey renegado, el Papa lo excomulgó, y el fraile Jacobo Clemente se encargó de asesinarle.

223.- Los Borbones
Enrique IV La corona tocaba a Enrique de Navarra, pero éste se hallaba con los Hugonotes y estaba excomulgado. Si se decidía por los Hugonotes, perdía a los Católicos y robustecía la Liga, si por los Católicos, apenas le quedaban unos pocos. Sin embargo jura a éstos que se instruirá en su fe, que restituirá a los eclesiásticos los bienes que los Protestantes les han quitado, y que no permitirá un nuevo culto sino donde ya esté tolerado. Los moderados se contentaban con estas declaraciones, pero los exaltados cantaban himnos a Clemente, pusieron a París en estado de defensa contra Enrique, IV, que fue a sitiarlo, y resistieron hasta el último extremo. Por fin Enrique se declaró católico, se hizo consagrar en Chartres, y entró triunfante en la capital, perdonando y captándose las simpatías de sus mismos adversarios. Su bondad fue encaminada por Felipe de Mornay y por Sully, con cuyos excelentes consejos restauró la arruinada hacienda y la administración; reanimáronse la agricultura y la industria; se reprimió la indisciplina militar. Enrique esperaba vivir tanto, que todos los villanos tuviesen los domingos gallina en la olla. Se atendió también a la marina, y se pudieron mandar expediciones a la Florida y al Canadá.
Con el edicto de Nantes, Enrique concedió a los Hugonotes que tuvieran libre culto y tribunales especiales; contaban más de 760 iglesias, cuatro Universidades, y varias fortalezas, constituyendo un Estado dentro del Estado. Igual tolerancia quiso demostrar con los Jesuitas; pero el parlamento y los letrados se oponían a ello, atribuyéndoles todos los delitos.
Uno de los principales objetos de Enrique IV era el de abatir a la Casa de Austria, por cuyo motivo lo odiaron siempre Felipe II y el duque de Saboya. Enrique había pensado en reconstituir la república europea, con cinco monarquías hereditarias: Francia, España, Islas Británicas, Suecia, y Lombardía con la Saboya y el Piamonte; seis estados electivos: Hungría, Alemania, Bohemia, Polonia, Dinamarca, y los Estados Pontificios con Nápoles; dos repúblicas democráticas: Países Bajos, y Suiza con la Alsacia y el Tirol; dos repúblicas aristocráticas: Venecia con la Sicilia, y el resto de Italia. Las diferencias que surgieran entre los estados habían de ser juzgadas por un Senado, que defendiera a la Europa de los Bárbaros, a los pueblos del despotismo, y al rey de las sediciones. Francisco Ravaillac asesinó a Enrique, creyendo que todos lo aplaudirían, mientras que fue execrado.

224.- Inglaterra. Los Tudor
Enrique VIII Enrique VII, que había terminado la guerra de las Dos Rosas, tuvo por sucesor a Enrique VIII, que subió al trono a la edad de diez y ocho años; era activo, estudioso, ávido de placeres, y más versado en la escolástica que en los negocios públicos. Estuvo bien dirigido por el cardenal Wolsey, que le amistaba y enemistaba con los reyes extranjeros, y empleaba las ricas recompensas que de estos recibía, en proteger las artes y las letras. Fundó el colegio de Oxford, y el inmenso palacio de Hampton-Court. Enrique, versado en la teología, aspiró al título de defensor de la fe, por un libro que escribió sobre los siete sacramentos contra Lutero. Casó con Catalina, tía de Carlos V; enamorose después de Ana Bolena y buscó pretextos para declarar nulo su primer matrimonio. El Papa se negó a secundarlo; Wolsey perdió la confianza del rey, quien confiscó sus inmensas riquezas, y tomó por favorito a Tomás Moro, sabio y concienzudo. No pudiendo de otra manera obtener el divorcio, Enrique se proclamó jefe de la Iglesia Anglicana, y se hizo reconocer como tal por su clero. Entonces se casó con Ana Bolena; hizo que el parlamento decretara su primacía sobre el clero y sus cabildos, y excluyera de la sucesión al trono a la hija de Catalina. Tomás Moro, que no quiso ser cómplice de tantas iniquidades, fue mandado al suplicio con otros muchos.
Cisma anglicano La Iglesia inglesa quedó, pues, separada de la romana, no por espíritu religioso, sino por pasión, y en beneficio del poder real, que era absoluto en los negocios del Estado como en materia de fe. 360 monasterios suprimidos enriquecieron el erario, mientras los señores pretendían que los bienes volviesen a las familias que los habían fundado. Los pobres quedaron sin los acostumbrados socorros y limosnas, sin sus hospitales y colegios. Esta violenta situación se sostenía con destierros y suplicios. El obispo Cromwell, su vicario general, ordenó que fuesen aceptados por todo el mundo seis artículos de fe promulgados por el rey; proclamaba que no había salvación fuera de la Iglesia católica, y que ésta tenía por jefe, no al Papa, sino al rey. Se destruyeron las reliquias; se hizo una nueva traducción de la Biblia; se multiplicaron los decretos en materia de fe, apoyados por feroces amenazas; los prelados rivalizaron en bajeza con los magistrados, reconociendo la autoridad de aquel Salomón, o Absalón inglés.
Voluble en sus amistades y en sus amores, intentó contra Ana Bolena un proceso de incesto y conspiración, la hizo condenar a muerte, hizo declarar bastarda a su hija Isabel que de ella había tenido, y se casó con Juana Seymour, que murió al parir a Eduardo. Sustituyola Ana de Cléveris; pero el autor de este nuevo casamiento, Cromwell, cayó en desgracia; y Enrique aceptó la mano de Catalina Howard, ofrecida por el duque de Norfolk, jefe de los Católicos. Pero Cranmer se la hizo aborrecer, y el parlamento, que había declarado nulo el matrimonio con Ana, mandó al suplicio a Catalina, y poco después al duque. El rey se casó entonces con Catalina Parr, la cual habiendo sido reconocida por luterana, a duras penas evitó el patíbulo.
En cuanto al reino, Enrique unió a la corona el principado de Gales, y con el casamiento de su hija Margarita con Jacobo V de Escocia, esperó añadir también este país. Trató de convertir a su religión a Jacobo, y no pudiéndolo conseguir, invadió el reino. El rey de Escocia murió dejando solo una niña, María Estuardo.
1516 - Iglesia escocesa – 1541 Al morir Enrique había elegido un consejo de regencia, con Eduardo Seymour al frente. El joven Eduardo, heredero del trono, fue educado en el luteranismo, cambiándose muchas disposiciones de Enrique VIII. La Escocia estaba también agitada por las sectas religiosos; los Protestantes eran apoyados por Inglaterra, y los Católicos por los Guisa de Francia, de quienes era sobrina María Estuardo, que fue conducida a Francia donde se casó con Francisco II. Gran poder adquirió Juan Dudley, conde de Warwick, que de acuerdo con Cranmer daba extensión al luteranismo, hizo formular un símbolo en artículos sobre la fe, y la liturgia, imponiéndolo bajo severísimas penas.
1553 Eduardo murió a la edad de diez y seis años, después de haberle hecho declarar heredera del reino a Juana Grey, hija de una sobrina de Enrique VIII, buena luterana, que se casó con lord Dudley. Juana ignoraba la trama urdida; pero María Tudor e Isabel entraron armadas en Londres. María, católica ferviente, hizo reconocer el matrimonio de su madre, obligó a Isabel a que abjurase, mandó al suplicio a Juana Grey, y se casó con Felipe II de España. Esto disgustó a los Ingleses, temerosos de tener un rey extranjero, y de volver a la obediencia del Papa. Hubo conspiraciones y revueltas, reprimidas de tal modo que María adquirió el título de sanguinaria, y después de haber perdido a Calais, murió tísica.
Isabel Entonces fue proclamada Isabel, que en seguida se declaró protestante, abolió los actos de María, y merced a los hábiles consejos de Cecil, organizó el Estado y la Iglesia anglicana, con los dogmas calvinistas, redactados en treinta y nueve artículos; conservando, sin embargo, la antigua jerarquía y muchos rituales. Algunos se escandalizaron de ver aún en las iglesias vasos, candelabros y cruces; quisieron capillas particulares, excluyendo las ceremonias sagradas, y se dieron el título de Puritanos. No queriendo parecer que tiranizaba a las conciencias, Isabel hallaba pretextos con que perseguir a los Católicos, sobre todo porque el Papa, con no reconocer el matrimonio de Ana Bolena, la declaraba bastarda. La Inquisición española no tuvo nada tan feroz como los procesos y los suplicios de que entonces fue teatro Inglaterra.
Sin embargo, el reinado de Isabel fue de los más gloriosos y afortunados; se fundó en América el poder marítimo de la Inglaterra; se desarrolló la industria del hierro, y se aplicó el carbón mineral. Estuvo contento el pueblo, fue dócil el parlamento, aumentaron las manufacturas establecidas por Flamencos emigrados, se extendió el comercio por la Rusia, la Turquía y la Persia, y se fundó la Bolsa de Londres.
La amenaza de Felipe II desapareció con el desastre de la armada invencible (cap. 221). De fáciles costumbres y tolerando la ligereza de sus damas, Isabel aceptó el amor de muchos, principalmente -y por mucho tiempo- el del conde de Leicester, lo cual no impedía que quisiese ver ensalzada su virginidad, tanto que se dio el nombre de Virginia a la tierra descubierta en América.
María Estuardo – 1567 Si era adulterino el matrimonio de Enrique VIII con Ana Bolena, como sostenían los Católicos, la corona pertenecía a María Estuardo, reina de Escocia y viuda del delfín de Francia, la cual, en efecto, se tituló reina de Inglaterra. Reinó, por esto, enemistad mortal entre las dos reinas, como entre los Católicos que querían recobrar la Escocia, y los Protestantes que deseaban arrebatarla. Estos eran furiosos adversarios de María, e inventaron o exageraron las faltas de la idólatra, hasta decir que había hecho dar muerte a su marido Darnley, para casarse con Bothwell. Acosada por tropas y procesos, pidió asilo a Isabel.
Irlanda - 1599 Esta se alegró de recibirla, la tuvo prisionera, la hizo procesar y la mandó al patíbulo, condenada por representar el partido católico, destinado a sucumbir. Indignáronse los reyes católicos y el Papa; pero nada pudieron hacer contra Isabel, y los elogios ingleses sofocaron las imprecaciones de la Escocia y de la Europa. Felipe II no dejó nunca de combatir a su gran enemiga, y trató de hacer que la Irlanda se rebelase contra ella. Sometida, no domada, y privada de las leyes inglesas, la Irlanda se hallaba en continua revolución, entre las rivalidades de los Butler y de los Fitzgerald. Enrique VIII, después de haber abolido el óbolo de San Pedro, se tituló rey de Irlanda, pero los Católicos permanecieron siempre hostiles a los decretos anticatólicos de Isabel. Esta encargó al conde de Essex que sometiese la isla, pero el conde no lo consiguió; e Isabel, después de haber dejado condenar a muerte a este su joven amante, hijo de su querido Leicester, murió a la edad de setenta años. Desaparecido el encanto de sus brillantes cualidades, se conoció el despotismo que habían introducido los Tudor, y que iban a expiar los Estuardos.
Conjuración de la pólvora En Escocia reinaba Jacobo, hijo de María Estuardo, molestado incesantemente por los nobles y los Puritanos; se le acusaba de tolerar a los Católicos, y tuvo que establecer el gobierno presbiteriano, aboliendo los obispados. Ocupó el trono de Inglaterra; pero tuvo por enemigos a los Puritanos, que en vano esperaban dominar; a los Católicos, que veían fallidas sus esperanzas puestas en el hijo de María Estuardo; y a los Anglicanos, que temían a un rey calvinista. Uno de ellos intentó hacerle volar con el parlamento; pero se descubrió la conjuración; se acusó a los Católicos, que fueron perseguidos, y obligados, con todos los súbditos, a jurar una profesión de fe. Entonces los Episcopales realistas y los Presbiterianos republicanos formaron dos sectas que se odiaban no menos que entre Católicos y Protestantes; de ahí nacieron los dos partidos de los whig y de los tory, progresistas y conservadores.
1625 Jacobo aborrecía las armas, era amante de intrigas, afectaba mucha erudición, y se abandonaba a los favoritos. No pudo unir la Escocia a la Inglaterra, a pesar de lo mucho que aquella decayó. Los reyes sucesivos trabajaron todos para la fusión. La Irlanda fue organizada con buenas leyes por Jacobo, quien para destruir el catolicismo mandó allí colonias que establecieron caseríos y pueblos en los terrenos confiscados. Jacobo, perfecto caballero pero rey inepto, y Carlos I, su sucesor en el trono de Inglaterra y de Escocia, habían de expiar las faltas de sus predecesores.

225.- Alemania. Guerra de los Treinta Años
Si la Reforma trastornó todos los países, mayormente produjo estragos en aquel donde había nacido. Fernando, hermano de Carlos V y rey de los Romanos, de Hungría y de Bohemia, procuró consolidar por todas partes la autoridad real; pero no aseguró la herencia de Hungría a familia, sino haciéndose tributario de la Turquía. Sujetó a la Bohemia con el terror, si bien tuvo que permitir a los Hussitas el uso del cáliz.
1564 De sus cinco hijos, sucediole como emperador Maximiliano II, que toleró a los Protestantes; pero aumentaban las pretensiones de éstos; los príncipes violentaban las conciencias de los súbditos; Luteranos y Calvinistas se lanzaban mutuas excomuniones; multiplicábanse las fórmulas de fe, y eran sostenidas con confederaciones.
1576 - 1618-1648 El nuevo emperador Rodolfo II, dedicado a la astronomía y a la alquimia, descuidaba los negocios; no tomaba suficientes medidas para rechazar a los Turcos de la Transilvania y de la Polonia; por lo cual su hermano Matías le obligó a cederle la Hungría, la Moravia y el Austria, y las apaciguó con la paz de religión. La Bohemia florecía por el producto de sus minas y nuevos cultivos; pero la debilitaban las contiendas entre Hussitas, Calixtinos y Utraguistas, y la nueva secta de los Hermanos Moravos. Las cuestiones políticas tomaban un carácter religioso. Tal fue la que se suscitó por la sucesión de los ducados de Juliers, Cléveris y Berg, por la cual hicieron armas Católicos y Protestantes. Matías, ya emperador, vio estallar la guerra que se llamó de los Treinta Años, y en la cual tomó parte casi toda Europa, puesto que abarcaba los intereses, las pasiones y las ambiciones de todos. El emperador quería consolidar su primacía política y religiosa; los electores luteranos invocaban la independencia del imperio y de la fe; los electores católicos querían la unidad de la fe, y no la del derecho político; todos temían la ambición de la Casa de Austria.
Periodo palatino Fernando II, sucesor de Matías, trató con firmeza de devolver a su Casa el lustre que perdía. La Bohemia se le insurreccionó proclamando por su rey a Federico V, elector palatino; Betlen Gabor, príncipe de Transilvania y árbitro de la Hungría, guió 60 mil Húngaros y Bohemios hasta Viena y obtuvo la mitad de las posesiones de Hungría. Pero mientras los enemigos andaban poco de acuerdo, Fernando recibía auxilios de España y del Papa, y domó la Bohemia, quitándole la libertad de cultos y el derecho electoral; desterró a muchos príncipes del imperio, y merced al valor de Espínola, de Tilly y de Wallenstein, sometió al país, venció a Gabor, disolvió la Unión evangélica, y se puso de acuerdo con España para aniquilar la libertad de Alemania y de la Holanda.
Periodo danés - Periodo sueco Para impedirlo, Cristian IV de Dinamarca se coaligó con la Suiza, Inglaterra y los príncipes descontentos. Alberto de Wallenstein, valeroso capitán bohemio, ofreció a Fernando un ejército de 50 mil hombres que había reunido, y que mantenía por medio del pillaje. Entonces Alemania estuvo a merced de 200 mil aventureros, entre amigos y enemigos; Wallenstein devastaba las riberas del Báltico, no menos que el Milanesado y Mantua; la Francia, que fue envuelta en el conflicto, combinó la liga con Gustavo Adolfo, rey de Suecia, que pasó a defender la constitución germánica y el protestantismo. Valiente y simpático, Gustavo Adolfo reformó la táctica; con rápidos movimientos evitó con frecuencia el enemigo, y parecía inminente una nueva irrupción de Escandinavos en Europa; pero Wallenstein, declarado «generalísimo de la España», devolvió la fortuna al ejército imperial, mayormente desde que Gustavo Adolfo hubo perecido en la batalla de Lützen. La causa protestante hubiera sucumbido entonces, a no haberla sostenido Oxenstiern, ministro de Francia. Wallenstein, orgulloso del éxito, quería dirigir los consejos y las empresas de Fernando, y quizá aspiraba a constituirse un reino; por lo cual Fernando lo hizo degollar.
Periodo francés Derrotados los Suecos en Nordlingen, y pacificado el duque de Sajonia, prevalecían los Austriacos, cuando la Francia, libre de la guerra civil, emprendió una campaña con siete ejércitos por Alemania, Holanda e Italia, teniendo a su favor la Suiza, Holanda, Sajonia, Mantua, Parma y el gran capitán Bernardo de Weimar, que tenía a sueldo 12 mil hombres y 6 mil caballos.
1648 Fernando III, menos devoto y más pacífico que su padre, estaba destinado a ver a toda Europa en guerra, hábilmente dirigida por grandes generales y astutos diplomáticos, los cuales con largas y complicadas negociaciones obtuvieron al fin la paz de Westfalia. Esta no resolvía las cuestiones radicales, ni restablecía el derecho y la justicia, sino que acallaba lo mejor posible las pretensiones en lucha. La Francia adquirió la Alsacia, con Metz, Toul y Verdún, y el Piñerol en el Piamonte. La Suecia tuvo la Pomerania, Rügen, Wismar, Bremen y Verden, y tres votos en la Dieta Alemana. Se regularizaron bienes eclesiásticos para recompensar a varios príncipes. España perdía la Holanda, cuya independencia se reconoció, como la de Suiza. En cuanto a las religiones, se toleraron la luterana y la calvinista, que tuvieron miembros en la cámara imperial y en el consejo áulico; las corporaciones religiosas conservaban los bienes que aún poseían, y cada príncipe tuvo el jus sacrorum, es decir el derecho de disponer de las cosas eclesiásticas en sus propios Estados.
El imperio se había convertido en una confederación de príncipes casi independientes, y como tal fue constituido; los Estados recibieron la soberanía territorial perpetua, formando una verdadera federación que mantuviese el equilibrio europeo y sirviese de barrera entre Francia y Austria, la cual perdía la esperanza de la monarquía universal de Europa. Decíase que al menos había perecido la tercera parte de la población en Alemania; quedaba destruida la industria, arruinado el comercio; de modo que el país se halló desposeído de su antigua importancia; fue imposible toda concentración de poder, por cuanto se hallaba dividido entre muchos señores, aplicados a engrandecerse entre el pueblo que ya no tuvo una patria común que amar y defender. Habiendo cesado la política cristiana de la Edad Media, el tratado de Westfalia fue la base del nuevo derecho de gentes, y el punto de partida de todos los tratados sucesivos.

226.- Suecia y Dinamarca
Reinando Cristian II, cuñado de Carlos V, las doctrinas luteranas se difundieron por la Suecia; y habiendo el arzobispo de Uppsala declarado rebeldes a los protestantes, el rey Gustavo Vasa los sostuvo, e hizo reconocer legalmente la religión reformada, antes que en Inglaterra; estableció, además, una liturgia particular, y él mismo ejerció el apostolado al frente del ejército. Más culto que su país, llamaba a sabios extranjeros, y aliándose con Francisco I, se puso en relación con el resto de Europa.
1560 – 1570 Hizo declarar hereditaria la corona, pero consignando a sus tres hijos la Finlandia, la Ostrogocia y la Sudermania. Enrique XIV se esforzó en restringir esta concesión y el poder con los nobles, creando condes, barones, caballeros y chambelanes, lo que lo hizo odiar de los nobles antiguos, y mucho más su matrimonio con la hija de un cabo, de que se enorgulleció él; enloqueció después, y su hermano Juan lo encarceló.
La Livonia, no pudiendo defenderse contra la Rusia y los Caballeros Porta-espadas, se había entregado a Enrique; de ahí se originó una guerra con todo el Norte, que duró hasta la paz de Stettin, en la cual Juan III convino en que Dinamarca desistiese de sus pretensiones a Suecia, así como la Suecia a la Noruega, Escania y Gothlandia. Juan III conservó la Livonia. Fracasaron las tentativas hechas para convertir la Suecia al catolicismo; la confesión de Augsburgo fue legalmente aceptada por Carlos, hermano de Juan, que logró quitar la corona a Segismundo so pretexto de religión; reinó con crueldad y falsía, y dejó, al morir. tres guerras: con la Polonia por la posesión de la Livonia; con la Rusia y con la Dinamarca por la Laponia.
Gustavo Adolfo – 1629 Gustavo Adolfo trató de reparar los anteriores daños, y pudo conservar el sello de las tres coronas, en memoria de la unión (cap. 176), lo que le era contestado por Dinamarca; renunció a la Laponia, pero conquistó la Ingria sobre la Rusia. Lo vemos en Alemania a favor de los protestantes, y muere en Lützen. Había reformado el ejército, acogido a gran número de Protestantes, organizado una gran compañía de comercio, enriquecido con los bienes de su familia la Universidad de Uppsala; devoto, estudioso, humano, aseguró a su pueblo un puesto sobre el Báltico en la Livonia, país riquísimo en granos; en la Prusia, llave de los grandes ríos; en la Pomerania, por la cual fue partícipe, de la Confederación Germánica, y pareció que pensaba ejercer su dominio sobre ésta y sobre Italia.
En Dinamarca, el Nerón del Norte (cap. 176) fue reemplazado por su tío Federico I, mientras la Reforma agitaba al país. Carlos V y los Católicos sostenían a Cristian II, al paso que Federico se unía a la Liga Esmalcáldica y a los enemigos del Austria. La nobleza, que conservaba el derecho de elegir al rey, trastornó el país; la República de Lübeck confió un ejército a Cristóbal, conde de Oldemburgo, y se enardeció la guerra, hasta que los nobles daneses se unieron a favor de Cristian III, que estableció el protestantismo según los consejos de Juan Bugenhagen, discípulo de Lutero; pero los nobles conservaron plenos poderes; la Islandia rechazó el protestantismo; la Noruega fue anexada, aunque conservando sus asambleas. El fondo de los litigios era el paso del Sund.
1588 Concluida la guerra con la Suecia, Federico III procuró dar prosperidad al reino, y favoreció al astrónomo Ticho Brahe. Cristian IV fue uno de los reyes más grandes de su tiempo; fundó muchas ciudades, concentró varios ducados, favoreció la industria, dio buenas leyes, ocupó a Tranguebar, único pero importante establecimiento danés en la India. En la paz de Westfalia procuró que la Suecia no aumentase en territorio; y cuando ésta se le declaró hostil con los veteranos de la guerra de los Treinta Años, él resistió hasta que en la paz de Brömsebro concedió a los Suecos, y no a los Holandeses, el paso del Sund y del Belt.

227.- Polonia. Lituania. Livonia
1452 – 1503 El movimiento monárquico del siglo no penetró en la Polonia, donde la aristocracia conservaba el derecho de elegir el rey. La gente de las ciudades como la de los campos era enteramente súbdita, de modo que carecían de libertad política las diez y nueve vigésimas partes de los habitantes. El rey no estaba a la cabeza del gobierno ni del ejército, no podía declarar la guerra ni concluir la paz, ni imponer contribuciones, ni promulgar leyes sin los nobles, ni disponía siquiera de los bienes de la corona. Casimiro IV hizo el primer tratado con los Turcos. Bajo Alejandro, la Lituania fue unida al reino, dejándole tribunales propios; pero la Rusia aspiraba siempre a recuperar la Rusia Blanca, la Ucrania y la Siberia, que obtuvo en parte, efectivamente, con la guerra y con la tregua de cincuenta años. Bajo sus sucesores se renovaron las guerras con los autócratas rusos, mientras la Polonia estaba amenazada por los Moldavos, los Turcos y los Tártaros de Crimea, contra los cuales organizaron a los Cosacos.
Cosacos Entre las inaccesibles islas del Dniéper habitaban los Cosacos, raza oriunda del Cáucaso, de fondo mogol y de lengua eslava. Fueron un lazo entre los nómadas del Asia y los ejércitos de Europa, y abrazaron el oficio de las armas.
1530 Segismundo dio buenas leyes a la Polonia, hizo la guerra contra la Orden Teutónica, a la cual quitó la Prusia, concediéndola al gran maestre Alberto de Brandeburgo, que había hecho traición a su religión y a su Orden (cap. 214), y bajo cuyos auspicios el luteranismo penetró en la Polonia y la Lituania, donde concluyeron por prevalecer los Unitarios Socinianos (cap. 217). El rey y sus sucesores permanecieron fieles al Catolicismo.
1571 La Livonia estaba en poder de los caballeros Porta-espadas, y Gualterio de Plettenberg la hizo prosperar; pero habiendo penetrado la Reforma, surgieron terribles luchas, hasta que el país fue sometido a la Polonia, y dejó de tener historia propia. Irritado Juan IV de Rusia, que ambicionaba la Estonia, la devastó bárbaramente. Segismundo Augusto tuvo por principal objeto la fusión de la Livonia con la Polonia, y lo consiguió.
Con él quedó extinguida la estirpe de los Jagellones, y se presentaron muchos pretendientes, entre los cuales prevaleció Enrique de Valois, que fue luego rey de Francia con el título de Enrique III. Los electores habían establecido el Pacta conventa que debía jurar el nuevo rey. Éste tuvo que hacer largas promesas a la Dieta de cien mil electores, y si titubeaba, el Gran Mariscal le decía: Si non jurabis, non regnabis. Reinó mal, y cuando huyó a Francia, fue sustituido por Esteban Bathori, príncipe de Transilvania, quien con su valor reprimió a los Tártaros en Crimea, y derrotó a los Rusos, que tuvieron que renunciar definitivamente a la Livonia, por medio de la cual se comunicaba con el Báltico y la Europa. Bathori organizó a los Cosacos bajo un hetman, y dejó que se propagase la Reforma. A su muerte, los votos se dividieron entre Segismundo, príncipe de Polonia, y Maximiliano de Austria, que fue vencido. Sin embargo, Segismundo no se captó las simpatías de los nobles, máxime porque favorecía a los católicos; por esto formaron aquéllos una liga (rokoss) para la defensa de sus propios derechos. Estalló la guerra civil, juntamente con la terrible lucha contra los Rusos, en la cual Segismundo sitió a Moscú, se apoderó de Smolensko y la conservó en la paz. También los Turcos hostigaron a la Polonia, como los Suecos de Gustavo Adolfo.
Vladislao, nuevo rey, pensó seriamente conquistar la Rusia, pero al fin se contentó con que ésta le cediese Smolensko, Chernikof y todas las regiones de la Estonia, Livonia y Curlandia. Los Cosacos, que al principio eran el apoyo de la Polonia, le sirvieron luego de obstáculo, recorriendo el mar Negro y haciendo estragos en la Rusia, en la Turquía y en la Polonia, donde pretendían tomar parte en la elección del rey. De modo que impidieron la nueva organización de la Polonia.

228.- Literatura jurídica. Teología moral
A la unidad de mando y de gobierno, impuesta por el siglo y por la escuela maquiavelista, se oponían los recuerdos de Roma y Grecia republicanas, y los de la Edad Media, que quebrantaban el poder monárquico, como también las ideas niveladoras de los Calvinistas, y las renovadas protestas de la Iglesia que no quería dejarse absorber por el Estado. En diferentes sentidos agitaron las cuestiones Hotman, La Boëtie, Althausen y Poynet, apreciando los acontecimientos contemporáneos, excusando el asesinato político y el tiranicidio; los italianos Juan Botero, Pablo Paruta y Trajano Boccalini; los franceses Gabriel Naudé y Bodin, y el inglés Sleidan, aplicaban sus doctrinas a los hechos contemporáneos, y al incremento y decadencia de los Estados. Muchos jesuitas abrogaban al Papa el derecho, no sólo de desposeer a los reyes infieles, sí que también el de infringirles penas temporales. Esto defendió principalmente Francisco Suárez, natural de Granada, y lo combatieron Edmundo Richer y fray Pablo Sarpi. Jorge Buchanan, escocés, sostuvo que pertenecía al pueblo elegir los reyes como deponerlos; algunos deducían su origen de la familia patriarcal. Otros, más positivos, reunían datos estadísticos, como Gianotti, Sansovino y Vida. Tomás Moro, en la Utopía, y Tomás Campanella en la Ciudad del Sol, divisaron una ciudad ideal. Antonio Serra, de Cosenza, dio importancia a la economía política, demostrando que la grandeza de un Estado no depende únicamente de su fuerza. En la práctica dominaban las ideas mercantiles y exclusivas, tornándose generalmente por modelo las repúblicas de Génova y Venecia. Hicieron estudios sobre la moneda Gaspar Scaruffi, de Reggio, Bernardo Davanzati, florentino, y Juan Donato Túrbolo.
Jurisprudencia La jurisprudencia se asoció a la filología para comprender mejor el sentido y el espíritu de las leyes romanas; y en ello adquirieron renombre el milanés Andrés Alciato, Cuyacio de Tolosa y Guillermo Budeo, los cuales ayudaron a los reyes en la empresa de abatir las pretensiones feudales. Llamose, siglo de oro de la jurisprudencia a la segunda mitad del XIV, cuando florecieron Duaren, Brisson, Govea, Julio Claro, Menochio, Vinnio, Farinaccio, Godofredo, Antonio Favre, Alejandro Turamini. Pío IV deseó hacer corregir el Decreto de Graciano, trabajo concluido bajo Gregorio XIII, en cuya época se formó el cuerpo del Derecho Canónico.
La jurisprudencia se amplió con el estudio del derecho internacional, que no se apoyó ya únicamente en casos teológicos y en extensiones del derecho positivo local, sino que también en una equidad amplia, reconociendo derechos al enemigo. Al principio lo estudiaron los teólogos como el dominico Vitoria, Domingo Soto y Baltasar Ayala; luego Alberico Gentile, y más que ninguno, Grocio, con su Derecho de la Guerra, que trató de aminorar los estragos de las luchas humanas, estableciendo ciertas cautelas que generalmente deducía de los clásicos y de las costumbres, y tuvo grandísima influencia en el mundo práctico y político, pues se quería constituir algún lazo, que sustituyera al religioso, roto ya. La innata inclinación del hombre hacia el estado social, contraria a las inhumanas doctrinas de Maquiavelo y Hobbes, fue adoptada por Puffendorf y por otros, aplicándose la jurisprudencia natural a la conducta de los individuos en sociedad, y extendiéndola a los Estados, considerados como entes morales, que viven en sociedad sin leyes positivas; de ahí la ciencia mixta del derecho natural e internacional.
Teología Al principio no se conoció la extensión y trascendencia de las grandes cuestiones suscitadas por la Reforma, de modo que no sobrevivió ninguna de las primeras refutaciones, que consistían en silogismos escolásticamente presentados a personas que negaban la mayor, es decir, la autoridad de la Iglesia. Los protestantes, impugnando esta autoridad, aducían otra en vez de ceñirse a la razón pura. Obrose con más acierto después de haber sido aclaradas las doctrinas en el Concilio de Trento; es insigne la obra de Roberto Bellarmino (1542-1621), conforme con el cual muchos otros fueron demostrando que el Catolicismo no se fundaba en un hecho especial, sino en la base misma de la certeza humana; se introdujo la verdadera crítica bíblica (Macdonaldo, Simon); se mezcló la teología dogmática (Petau) con la alta filosofía. La Filotea, de San Francisco de Sales, fue la obra maestra de la teología devota.
1633 Algunos procedían hasta negar la revelación, y aun entre los protestantes se creyó necesario demostrarla, como hizo Grocio con sus Anotaciones al Antiguo y Nuevo Testamento. Otros agitaban las cuestiones de la gracia y el origen del poder, y la autoridad del Estado sobre la Iglesia. Los más juiciosos procuraban conciliar las opiniones, y desviar la intolerancia que de un lado y de otro recrudecía a despecho de la caridad cristiana. Pero con esto se iba al indiferentismo.
Los Casuistas, estudiando los casos particulares que pueden ser sometidos al confesor, hacían distinciones y argucias sobre la conciencia, sobre la veracidad, sobre las obligaciones, exagerando unos en rigor y otros en indulgencia. Adquirieron fama entre los casuistas Tomás Sánchez de Córdoba. (1550-1610), Escobar y Suárez.
Moralistas Ocupáronse de moral Agustín Nifo, Baltasar Castiglione y Mucio. Este último escribió el Caballero, en el que sostiene que la nobleza, es personal. Jacobo Sadoleto trató de la educación de los hijos; Sperone Speroni, Alejandro y Francisco Piccolomini, monseñor de la Casa (el Galateo), Tasso, Varchi y otros muchos, trataron de puntos particulares de conducta, y especialmente del amor y de la ciencia caballeresca. Miguel Montaigne (1533-92), en sus Ensayos, discurre llanamente sobre varias materias, conforme al buen sentido y con mucha condescendencia, siempre pintoresco, con anécdotas y argucias, y deteniéndose en la duda. También la Sabiduría de Pedro Charron es la ciencia de vivir conforme con la razón. A la misma escuela pertenece La Mothe le Vayer, escéptico que no admitía la autoridad de la razón ni de la conciencia, sino la fuerza y la costumbre.

229.- Erudición e historia
Alemania prevaleció sobre Italia en la filología. No obstante, el veronés Flaminio, como el escocés Buchanan, versificó en latín de una manera admirable. Erasmo, Reuchlin, Melanchton, Grocio, Lambino, Fabricio, Roberto Stefano y Budeo, se perfeccionaron sobre las lenguas clásicas, sobre todo desde que se acudió a las fuentes para combatir o defender los textos sagrados, estudiando el hebreo y el árabe. Guillermo Postel colocó la filología en su verdadero terreno, comparando los diversos idiomas, trabajo intentado en el Mithridates de Gessner (1555), que da el Padre nuestro en veintidós lenguas.
Otros indagaban las antigüedades romanas (Lipsio, Sigonio, Panvinio); Scaligero y Petau ordenaron la cronología; apreciose la importancia de las medallas y de las inscripciones, de que se hicieron colecciones, como el Corpus inscriptionum de Gruter, completado por Grevio. Carlos Sigonio, además de distinguirse por sus trabajos de anticuario, describió el reino de Italia hasta el año 1286. Flacio Ilírico creyó ayudar a la Reforma completando las Centurias de Magdeburgo, vigoroso ataque contra la Iglesia. Para combatirlo, César Baronio escribió los Anales, en favor de la Iglesia, continuados luego por Rinaldi y Laderchi, y últimamente por Theiner.
Muchos escribieron historias particulares, y dieron preceptos sobre este género de literatura. Gerardo Vossio examinó los historiadores antiguos y de la Edad Media. Possevino, Faletti, Strada, Scioppio y Adriani escribieron historias, algunas de ellas contemporáneas, casi todas impregnadas de espíritu de partido. Guido Bentivoglio refirió las guerras de Flandes, como Mateo e Isaac Voss; Catalino Dávila describió las guerras civiles de Francia. Sleidan trató de la Liga Esmalcáldica, y Buchanan de la Escocia. Hugo Grocio les supera en conocimientos y claridad. Muchos franceses narraron las empresas en que habían tomado parte; Blas de Montluc, la guerra de Siena; Agripa de Aubigné, los hechos acontecidos desde 1550 hasta 1601; Brantôme, la historia secreta de las Cortes de Carlos IX, Enrique III y Enrique IV. De Thou redujo la historia a narración metódica, con arte y gusto, y reflexiones juiciosas y profundas.
En España, Juan de Mariana, con estilo a la antigua y grande amor patrio, expuso los acontecimientos hasta la expulsión de los Moriscos; Juan Sepúlveda escribió sobre Carlos V y Felipe II.
Entonces empezaron también las relaciones de embajadores y los escritos periódicos, a cuyo género pueden reducirse las Memorias íntimas de Victorio Siri.

230.- Filosofía especulativa
Venerábase todavía a Aristóteles, pero hacían guerra multiforme a la escolástica los humanistas, los platónicos, los místicos, los estoicos, los escépticos, y principalmente la Reforma, proclamando los derechos de la razón. Teniéndose mejores traducciones de los Griegos, se facilitaron los medios de distinguir las verdades de los errores; y entre los que negaban sobresalieron Pomponazzi, Cremonino y Cosalpino. Más extravagante que pensador, Lucinio Vannini se valía de la dialéctica para combatir al cristianismo. El culto de Platón había sido restaurado por los Griegos procedentes de Constantinopla, y por él lucharon Ramus, Nizzoli, Aconzio y Patrizi. Pero muchos neo-platónicos se inclinaban a las ciencias ocultas (Fludd y Tauler); Jacobo Böhme (1575-1625) es considerado por algunos como un genio sublime, y por otros como un visionario. Cornelio Agrippa, creía en las ciencias ocultas, y no obstante, en la Incertidumbre y vanidad de la ciencia lleva el escepticismo hasta el punto de asegurar que ni aún puede el hombre estar cierto de su propia ignorancia. El dogmatismo y la lógica silogística fueron combatidas por el portugués Sánchez.. Algo nuevo intentaron Bernardino Telesio, cosentino, y Jordán Bruno de Nola, cuyo panteísmo es el reproducido en parte por Schelling; no reconoce ideas sino en el Ser Divino, del cual el universo es efecto y expresión imperfecta. El calabrés Tomás Campanella (1568-1639) trató de fundar una filosofía de la naturaleza sobre la experiencia; conoció la necesidad del conocimiento racional y teológico, pero dejose desviar por la fantasía, exaltada con las persecuciones que él sufrió.
El aristotelismo estaba, pues, minado, y la necesidad de apoyarse en la experiencia había sido reconocida por los precitados, y por Pablo Sarpi y Leonardo de Vinci, cuando apareció Francisco Bacon (1561-1626), al cual se atribuyeron los méritos de los precedentes, porque en el Nuevo órgano estableció un método y un orden con que la inteligencia humana pueda buscar, aprobar y demostrar la verdad, y formó un árbol de las ciencias, dividiéndolas en ciencias de Dios, de la naturaleza y del hombre, proclamando la experiencia y rechazando las causas finales.

231.- Ciencias exactas
Muchos se dedicaron al estudio de las matemáticas, continuando unos los autores antiguos (Maurolico, Viviani, Benedetti), y otros perfeccionando el álgebra, proponiéndose problemas, que se explicaban públicamente y se envolvían en enigmas. Jerónimo Cardano halló la solución de la ecuación cúbica, y aplicaba el álgebra a la geometría. Nicolás Tartaglia aplicó la geometría a determinar el movimiento curvilíneo. Miguel Stifels, Francisco Vietta y Briggs perfeccionaron el lenguaje algebraico. Napier halló los logaritmos. Kepler examinó todos los sólidos originados por el desarrollo de un segmento de sección cónica al rededor de una línea que no sea su eje. Galileo trató de un cilindro cortado en un hemisferio. Buenaventura Cavalieri halló los infinitesimales, que abrieron la puerta a los grandes progresos de la geometría, la cual fue aplicada entonces muy comúnmente a arduas investigaciones, como el problema de la cicloide. Descartes explicó el poder de los signos algebraicos, y sentó por base que toda curva geométrica tiene su correspondiente ecuación fundamental, que indica la relación que existe entre la abscisa y la ordenada.
Galileo Las matemáticas aplicadas a la astronomía purgaron a esta ciencia de los antiguos errores, y se rechazó el sistema de Tolomeo, que colocaba la tierra como centro fijo de los movimientos celestes. Ya Nicolás de Cusa había anunciado el movimiento de la tierra, pero lo determinó mejor Copérnico (1473-1543), cuyo sistema, como todas las verdades, halló en seguida partidarios y detractores. Ticho Brahe, de Dinamarca, inventó un sistema medio; pero el verdadero sistema planetario fue demostrado por Kepler con las famosas leyes y las exactas nociones de la gravitación. A esto llegaba él con sabias hipótesis, al par que al mismo objeto aplicaba la observación y los instrumentos el pisano Galileo Galilei (1546-1642), verdadero fundador de la filosofía de las ciencias, sometiéndolas a la experiencia. Sirviéndose del descubrimiento del telescopio, hecho entonces en Holanda, notó las manchas del sol, la escabrosa superficie de la luna, vio los satélites de Júpiter, las faces de Venus y el anillo de Saturno. Su grandeza excitó la envidia y lo hizo acusar, so pretexto de que con su ciencia atacaba la verdad de los libros sagrados; encarcelado por orden del Papa, fue obligado a retractarse ante la Inquisición.
Otros ampliaban los conocimientos astronómicos, y se calculaba con exactitud la reproducción de fenómenos celestes. El gran filósofo Descartes imaginó que los movimientos planetarios eran producidos por los torbellinos de la fuerza centrífuga, y si bien esta teoría resultó errónea, destruyó las opiniones antiguas y ayudó a encontrar las verdaderas.
Las matemáticas se aplicaban también a la hidrostática y a la estática. Torricelli, discípulo de Galileo, explicó la razón del sifón y del barómetro. Manrólico, Porta y Sarpi explicaron los fenómenos de la visión, las leyes de la refracción y el iris. Se inventaron el telescopio, el microscopio y la cámara oscura; se redujo a leyes la perspectiva y se vislumbraron las hipótesis del magnetismo.
Historia natural A la historia natural se aplicaron la observación y la experiencia, repudiando las virtudes ocultas y taumatúrgicas, clasificando, describiendo las plantas y los animales nuevos. Conrado Gessner fundó la zoología sobre clasificaciones filológicas. Ulises Aldrovandi dio una historia natural en tres volúmenes, con tablas. Jerónimo Fabricio trató del lenguaje de los animales. Otros ilustraron algunas clases.
Antonio Michiel escribió la historia general de las plantas; y las nuevas especies obtenidas con los viajes, ocuparon a muchos. En Venecia se fundó un jardín botánico, y una cátedra en Padua. Andrés Cesalpino agrupó las especies según los órganos de la fructificación y distinguió el sexo de las plantas, como conoció la circulación de la sangre. Aprovechose de sus ideas Fabio Colonna para una distinción de los géneros.
Hiciéronse indagaciones mineralógicas, mayormente en Alemania. Sixto V colocó en el Vaticano una grandiosa colección de fósiles, que fueron descritos por Miguel Mercati, por orden de armarios; Cesalpino adoptó los sistemas fundados en la composición de los cuerpos. Jerónimo Fracastoro descubrió que las conchas fósiles habían sido enterradas en diferentes épocas.
La química no abandonaba la investigación de la piedra filosofal (cap. 140); merced a la aplicación de esta ciencia se regeneró la medicina, que dedujo explicaciones de la fisiología. A la anatomía de Mondino se iban añadiendo los descubrimientos posteriores, muchos de los cuales se deben a Berenguer de Carpi. Leonardo de Vinci la estudió para uso de la pintura. Benedetti de Legnago fundó el primer anfiteatro anatómico. Tagliacozzi enseñó el injerto animal. Jacobo Silvio señaló un nombre a cada músculo. Andrés Vesalio publicó tablas anatómicas y proclamó la necesidad de cimentar la medicina sobre la anatomía. Pero escaseaban las ocasiones de hacer esta clase de estudios, pues se consideraba como una impiedad el disecar los cadáveres. La cirugía era aún tenida por ejercicio innoble; las contusiones y luxaciones se curaban con productos farmacéuticos. Gabriel Falopio, de Módena, estudió más atentamente el cuerpo humano, descubrió muchos órganos y los describió exactamente. Adelantó la ciencia con los estudios de Ingrassia, Aselio, Varoli, Eustaquio y Aranzi. Fabricio estudió principalmente las venas, y tuvo por alumno al inglés Harvey, autor de la obra De motu sanguinis et cordis, que describió con mayor precisión que nadie el mecanismo de la circulación, descubrimiento que se le atribuye, no con entera justicia.
Medicina Dieron un gran paso la cirugía y la medicina. Ambrosio Paré estudió las heridas de armas de fuego. Juan B. del Monte introdujo en Padua el ejercicio clínico. Paracelso, aunque verdadero charlatán, curaba muchas enfermedades con el mercurio y con el opio. Otros abandonaban los específicos y las razones sofísticas, pedían la verdad a la naturaleza, y tenían el valor necesario para combatir errores seculares. Algunos describieron bien el tabardillo, la tos convulsiva, el escorbuto, el contagio venéreo y la peste bubónica; sin embargo aún se usaban remedios empíricos y supersticiosos, y era muy común unir a la medicina las observaciones astrológicas.

232.- Literatura neolatina
Francesa Los Franceses aprendieron de Italia el amor al saber y a los libros. Luis XII y Francisco I favorecieron a los literatos y artistas. Mucho ayudaron a la lengua Calvino adoptándola para sus controversias, y Amyot con la traducción de Plutarco. Marot compuso poesías alegres como su vida; de igual género las escribieron Francisco I y su hermana Margarita, hasta que una pléyade francesa quiso sustituir la poesía de sentimiento con la imitación de las odas, de la epopeya, de la tragedia clásicas. En este género sobresalía Ronsard (1524-85), sin genio ni conceptos, y con formas triviales. Jodelle compuso la tragedia Cleopatra, Malherbe (1555-1628) llevó a cabo una reacción hacia el buen sentido, comprendiendo mejor la índole de su propia lengua. Eran más originales los escritores satíricos, mayormente los siete autores de la Sátira Menippea, que pusieron en ridículo a la Liga. Regnier creó la sátira regular, y Agripa de Aubigné la política. Rabelais (1483-1553) dio nuevo giro a las novelas licenciosas; aparece lleno de originalidad y de gracejo en su Gigante Gargantúa y Pantagruel su hijo, cuyo objeto era ridiculizar las novelas caballerescas de la corte de Francisco I.
Española En España cobró gran impulso la prosa antes y mejor que en toda otra lengua neo-latina; empleada en la legislación y en los negocios, se vio que tenía viveza, claridad y flexibilidad, y al mismo tiempo que era regular. Juan Boscán quiso embellecerla; tomó por modelo a Petrarca, y suplió la escasez de inventiva con la tersura y elegancia del estilo. Garcilaso de la Vega, a imitación de Virgilio y Sannazaro, describió la vida campestre, e introdujo el endecasílabo, el soneto, la canción, la octava y el terceto. Diego Hurtado de Mendoza (1575), profundo conocedor de las lenguas orientales y eminente filósofo, sirvió en embajadas, hostilizó a Siena en unión de Cosme de Médicis, y contribuyó a destruir los restos de la pasada independencia italiana. Escribió las aventuras del Lazarillo de Tormes, primera novela del género picaresco, que tanto gusta a los Españoles. Escribió la historia del levantamiento de los Moros de las Alpujarras, a la manera antigua. Como poeta, por su dulzura puede colocársele al lado de Boscán y Garcilaso, pero les supera en la elección y elevación del asunto. Muchísimos imitaron a estos autores, hasta que se llegó al estilo culto y amanerado. Citemos al divino Fernando de Herrera, y a Jorge de Montemayor, portugués, que escribió en castellano la Diana. Les siguió Gil Polo. Fray Luis de León buscó espacio a su poderoso genio en la religión; tradujo a los clásicos, y con especialidad a Horacio, que era su ídolo. Es el poeta más correcto y menos afectado de España. Ginés Pérez de Hita pintó la corte de Boabdil en sus Guerras civiles de Granada. Mateo Alemán con su Guzmán de Alfarache ofreció un bello tipo del género picaresco y una amarga sátira de las costumbres de la época.
Ninguno comprendió toda la grandeza de su lengua patria como Miguel de Cervantes Saavedra. Escribió la primera parte de Don Quijote en la prisión que sufrió por deudas. Una sátira sin hiel, un libro que hace reír sin atacar a las costumbres, a la religión ni a las leyes; tal es Don Quijote, obra que a la sencillez de la fábula, reúne la verosimilitud de los sucesos, en que se ofrece una pintura exacta de las costumbres españolas. Propúsose Cervantes curar a su patria de la fanática afición a la lectura de libros de caballería. También compuso dramas, en cuyo género, de origen popular, España fue verdaderamente original. Proponerse un fin, un sentimiento, un hecho y desarrollarlos bajo todos los aspectos posibles, tal es el arte de los dramáticos españoles. Dividíanse las comedias en divinas y humanas y las primeras en vidas de santos y en autos sacramentales. Las humanas eran heroicas, históricas, mitológicas o comedias de capa y espada que describían la sociedad.
Lope de Rueda (1500-64) comprendió que el lenguaje de la comedia debía imitar al natural, y se sirvió de la prosa. Antes que él, habían compuesto obras escénicas el marqués de Villena, el marqués de Santillana, Juan de la Encina, Torres Naharro y algunos otros.
Gracias a Cervantes, dejaron la tragedia y la comedia de ser un tejido artificioso, convirtiéndose en una pintura, tomada del natural, de los padecimientos o de las ridiculeces humanas. La mayor parte de sus dramas son históricos y patrios.
Lope de Vega Carpio (1562-1635) compuso 1800 comedias, 400 autos sacramentales, poemas épicos y poesías varias, en número tan extraordinario, que apenas se concibe que tuviese tiempo para escribirlas. No se distingue por la corrección y delicadeza, ni por la pureza de arte y sentimientos; pero aquellas intrigas, aquellas situaciones terribles o extrañas, aquellas catástrofes inesperadas encantaban a sus contemporáneos.
Calderón de la Barca (1601-87), soldado como Cervantes, buscó tipos ideales, por lo cual dio a menudo en lo falso, sobre todo en materia de honor, que es el fondo de casi todos los dramas españoles, además del cristianismo. Muchos dramas produjo Tirso de Molina. Bajo el reinado de Felipe IV, había más de cuarenta compañías dramáticas. El esplendor de aquel arte concluyó con Antonio de Solís, cuya Historia de la conquista de Méjico fue admirada.
En el transcurso de medio siglo, aparecen más de 25 poetas épicos, la mayor parte de cuyas composiciones versan sobre recientes hazañas, mayormente de Carlos V. Es digna de figurar en primer término La Araucana de Alonso de Ercilla (1525-1600), que cantó su propia expedición contra los Araucanos. Es extraño que el espectáculo de las grandiosas empresas realizadas por la nación, no inspirase la idea de escribir verdaderas historias, mucho más interesantes y poéticas que todas las ficciones.
Portuguesa La lengua portuguesa propende a lo tierno y gentil, más que la castellana, y los autores compusieron con frecuencia poesías amorosas, como Macías el enamorado, Bernardino Ribeiro, Gil Vicente, Saa de Miranda y Antonio Ferreira. A todos aventajó Luis Camoes (1517-79), quien habiendo peleado contra los Marroquíes y los Indios, y siendo víctima de continuas desventuras, cantó los Lusiadas, es decir las glorias de los Portugueses en sus descubrimientos: primera epopeya regular moderna con unidad y pensamiento dominante. Es casi el único poema de aquella nación que se conoce en el extranjero. Sin embargo, brillaron en este género Rodrigo Lobo, llamado el Teócrito portugués; Jerónimo Cortereal, y Juan de Barros, que narró los descubrimientos de los suyos con calor y evidencia. Más tarde, el conde de Ericeyra (1614-99), trató de restablecer el buen gusto con su Enriqueida, cantando al fundador del reino de Portugal. Es más correcto y más puro que Camoes.

233.- Literatura del norte
Los furores de la Reforma distrajeron a los Alemanes de la literatura, pero se adoptó su lengua en las controversias y en las diatribas. Son verdaderas poesías los himnos de la Iglesia, de los cuales se cuentan hasta 50 mil. Sin embargo la Holanda produjo algo original, por más que la lengua fue ayudada por traducciones y por las Cámaras de retóricos, especie de academias, donde con la sátira, la canción y el epigrama ayudaban a la espada del soldado. El más ilustre de aquellos académicos fue Erasmo (1465-1536), sin que dejaran de serlo los eruditos Grocio, Heinsio y Barleo.
En Hungría fue una gran traba para la literatura la imperfección de la lengua, en la cual se escribieron algunas crónicas.
La Reforma fue de gran provecho para la lengua en Escandinavia, merced a las versiones y a las polémicas; reducíase casi todo a teología. Juan y Olao Magno escribieron en buen latín absurdas historias; las escribieron mejores Olao y Lorenzo de Pietro.
En Inglaterra dominó un frenesí mitológico que rayaba en extravagancia; se continuó imitando a los Italianos y a los Griegos, hasta que Eduardo Spenser (1553-98) desarrolló el genio nacional en la Virgen Una, composición escrita en elogio de Isabel, llena de alegorías y pintorescas imágenes. Fuese corrompiendo el gusto hasta que Lilly, con su Historia de Eufus, introdujo toda clase de antítesis, juegos de palabras, afectaciones, eufemismos y perífrasis.
Shakespeare Gloria inglesa es el teatro, de vivacidad cómica y fiereza trágica. El Fausto de Marlowe es el primero donde se poetiza la leyenda del Fausto, que personifica al hombre en busca de su destino por medio de la ciencia y de la magia. Eran pobres y ridículos los teatros, y vulgares los actores. Sin embargo, con tan pobres recursos produjo Inglaterra el mayor genio dramático, Shakespeare (1563-1616), a quien nadie iguala en fuerza creadora, en vigor y variedad de imaginación, rica pintura de todas edades, tiempos y condiciones. Sus graves defectos hacen resaltar sus incomparables bellezas. En sus obras hay una mezcolanza de sublimidad y rudeza, de ciencia y preocupaciones, de historia y fantasía, como conciencia viva de la humanidad y de las interiores luchas de las pasiones. El actor Garrik (1716-78), vistiendo con propiedad los personajes de Shakespeare, hizo comprender toda su grandeza.
Los Ingleses y los Españoles tuvieron, pues, un teatro romántico original, falto de las unidades académicas, con mezcla de lo trágico y lo cómico, dominando el espíritu moderno. Los imitadores de Shakespeare se distinguieron en el arte de caracterizar originalmente los personajes, y de producir efecto. Perfeccionáronse los teatros, y muchos gremios tenían cada uno su compañía cómica. Pero la severidad puritana lo ahogó todo en la austeridad.

Libro XVI
234.- Aspecto general
De la guerra de los Treinta Años surgió un nuevo sistema político. El catolicismo vio levantarse a su lado otro culto. Quedaron debilitadas las dos naciones católicas, España y Austria. Las ideas religiosas se vieron sacudidas por las mundanas, a pesar de no introducirse la tolerancia. Como contrapeso del Austria aparecía la Prusia. La unidad nacional, que se consolidaba en varios países, quedaba rota en Alemania, dividida entre muchos principados, aunque formando una confederación en la cual cada uno era soberano, había libertad de cultos e igualdad entre las diversas comuniones, una dieta y relaciones bien determinadas entre los miembros con el Estado y con el emperador. Era un modelo, aunque imperfecto, de lo que debiera ser la sociedad europea. La complicación produjo lentitud, y para contener al emperador se apeló a Suecia y a Francia.
La España, que había parecido aspirar a la monarquía universal, apenas podía domar a los Portugueses.
Las Provincias Unidas se reducían a una oligarquía federativa; en ellas florecía el comercio, al cual la paz de Westfalia había quitado muchos obstáculos.
Habiendo perdido los pontífices su primacía en las cosas temporales, la Italia contaba en poco y era dominada por las Potencias extranjeras.
Suiza y Suecia era partidarias de Francia, que pareció llegar entonces al colmo de su grandeza. Hiciéronse poderosos los reyes, con gran eficacia sobre la opinión.
En cambio, en Inglaterra el poder quedaba dividido entre el príncipe y la aristocracia, y fueron necesarias dos revoluciones para ponerlos en equilibrio.
La Escandinavia, que no tuvo feudalismo, ni la influencia del derecho romano, careció de las instituciones por ellos producidas, y las clases superiores llegaron a ser un orden del Estado, como en Rusia y en Polonia.
Los soberanos eran absolutos entre los Musulmanes, sin más freno que el código sagrado, siendo todos los súbditos iguales bajo la tiranía.
Las relaciones entre Estado y Estado, y entre el Estado y la Iglesia no se habían establecido en las luchas habidas entre la tiara y la espada, entre el catolicismo y la reforma. Se introdujo, pues, un derecho público sin simbolismo y de pura habilidad práctica, deduciendo la reforma política de la religiosa, sin unidad y sobre condiciones arbitrarias, donde se buscaba el equilibrio sin conceptos superiores, atendiendo al hecho y no a la razón; de tal modo que la católica Francia se consideró tutora de los Protestantes. Los usos tradicionales sucumbían a las nuevas convenciones. Los doctos se ingeniaban en buscar algún derivado del antiguo derecho, y solo podían proclamar algunos cánones que por vergüenza nadie se atrevía a violar.
El ponderado sistema de equilibrio vacilaba cada vez que aparecía algún gran personaje. La paz descansaba en las armas y en el miedo recíproco; los pueblos fueron equiparados a cosas, desde que el último lazo que hubo entre ellos fue el derecho hereditario de los príncipes. Algo lo remediaba la opinión, cuya autoridad crecía, e impedía que la fuerza fuese árbitra absoluta de los destinos de todos. Pero los impulsos venían de las Cortes, y no del pueblo, el cual buscaba los bienes materiales, que habían aumentado con los nuevos descubrimientos. Los Gobiernos procuraban aumentar las rentas, y equilibrar hasta el comercio. Aumentaban las pasiones, si bien se revestían de cultas formas; las ciudades prevalecían sobre el campo; el pobre contraía los vicios del rico, y se envilecía para alimentarse.

235.- Francia
1610 Asesinado Enrique IV, su mujer María de Médicis fue regente del reino durante la menor edad de Luis XIII, y quizá vio en la unidad católica el único apoyo de la unidad política. Se amistó con España; reprimió a los príncipes de la sangre y a los grandes feudatarios, y se confió a Concino Concini, florentino, que fue mariscal de Ancre. Este era odiado de los demás ambiciosos, mayormente del duque de Luynes, que logró hacerlo asesinar, relegar a María en un castillo, y hacerse poderoso. Mas no tardó María en recuperar el poder, con la ayuda del cardenal de Richelieu (1585-1642).
Richelieu – ilegible Este se opuso principalmente a la tendencia de los Comunes, que a ejemplo de los Holandeses, y fomentados por las guerras religiosas como por los privilegios obtenidos por los Hugonotes (cap. 223), tendían a descomponer la centralización parisiense y a formar una república federativa. Los Comunes del Norte estaban en inteligencia con Inglaterra, y los meridionales con España. Los Hugonotes se alzaron a favor de la independencia, dividiendo en ocho círculos sus 700 iglesias, y fue preciso dominarlos con las armas. Richelieu, aunque odiado de la regente y del rey, se hacía cada vez más necesario; venció a los Protestantes y se apoderó de La Rochela, su fortaleza, pero les concedió la paz. Llevó la guerra a Italia, por la Valtelina y por la sucesión de Mantua, y aseguró a la Francia el Piñerol, que le ofrecía una puerta por donde penetrar en Italia. Humilló a los grandes, prohibiendo los duelos y hasta mandando al suplicio a los rebeldes. Destruyó las causas de turbulencias y sediciones, dio impulso a las compañías comerciales; introdujo reglas y prontitud en la administración, y supo mantenerse en el poder entre incesantes amenazas e intrigas de innumerables adversarios. Fue el hombre más grande de su época, si no se tiene en cuenta la moralidad de los medios. También protegió las letras, y bajo su gobierno se fundó la Academia francesa, principalmente aplicada a la lengua.
1643 – Mazarino - La Fronda – 1652 Luis XIII murió a la edad de 42 años, dejando un hijo bajo la regencia de Ana de Austria, que fue ayudada por el cardenal Mazarino (1602-61), hábil en el manejo de las armas y en la intrigas palaciegas, disimulado y sagaz, perseverante y cauteloso. Reunía, en fin, todas las cualidades necesarias para continuar la obra de Richelieu. Los Franceses lo aborrecían, y quiso oponérsele el Parlamento, gran corte a la cual pertenecía resolver las apelaciones, y registrar los edictos reales, después de haber examinado si estaban conformes con las leyes. Pero los reyes podían llamar al Parlamento alredor de su trono (lit de justice) donde mandaban que se registrase el edicto en cuestión. Con esto el Parlamento hacía la misma oposición que antes habían hecho los feudatarios; incitábale el cardenal de Retz, que formó una fracción llamada La Fronda, a la cual dieron importancia, además de las intrigas de los políticos, las personas de talento y las mujeres. Fue combatida con libelos y epigramas sin pasiones fuertes; todo se tomaba por lo ridículo; pero el Parlamento hizo un tratado con España, cuyo gobierno intentó una invasión y Luis de Condé bloqueó a París. Mazarino fue aplaudido como restaurador de la paz; el desorden hizo desear el despotismo, y lo ejerció Luis XIV.
Luis XIV Este, de pronto, humilló al Parlamento, y destruyó las libertades políticas y municipales. En la paz de Westfalia apareció como conciliador de los intereses europeos, con lo cual tuvo un pretexto para intervenir en los negocios de Alemania. Continuó la guerra con la España, y en la batalla de Rocroy destrozó a la acreditada infantería española; pero durante la Fronda perdió a Barcelona, a Casal de Monferrato, y a Dunkerque. Recuperada esta última por los Franceses, fue entregada a Inglaterra. Las victorias se debían principalmente al mariscal de Turena, que compartió con el príncipe de Condé la gloria de realizar grandes hechos de armas con pequeños ejércitos. Finalmente se concluyó con España la paz de los Pirineos, que dio a la Francia una frontera de fácil defensa y el primer grado en Europa.
1661 El cardenal Mazarino, árbitro de los consejos de Luis XIV, demostró que las relaciones entre los Estados son independientes de la religión y de la forma de gobierno. Murió a los 59 años, habiendo acumulado más de cien millones. Dejó al Papa 70 mil liras para la guerra contra los Turcos, y al rey diez y ocho diamantes llamados los Mazarinos, cuadros, tapices y su magnífica biblioteca.
Colbert Luis lo lloró, y ya no tuvo ningún ministro general; se daba trazas de hacerlo todo por sí, y de hacerlo despóticamente hasta decir: «El Estado soy yo». Pudo gobernar fácilmente de este modo, porque el país estaba abatido por las guerras civiles; ejerció su despotismo sobre el parlamento, sobre la nobleza, sobre el clero, sobre la literatura, que llegó entonces a su apogeo, sin ningún mérito por parte del rey. La hacienda fue organizada por Juan Bautista Colbert (1619-82), que dio impulso a todos los elementos de la prosperidad nacional, exigió severa probidad en la administración, comprendió que el mejor medio de elevar la fortuna pública era aumentar la privada, y fue por esto contrario al gravamen de los impuestos. Dio nombre al Colbertismo, sistema de economía que favorece las manufacturas interiores excluyendo las exteriores, considerando el dinero como riqueza, y teniendo por útil exportar mucho e importar poco. Para esto se necesita el despotismo y una sobrada ingerencia del Gobierno. En tanto aumentó prodigiosamente la industria francesa; a la Academia fundada por Richelieu se añadió la de Bellas Artes, la de Inscripciones y la de Ciencias. Organizáronse los correos; se reformaron las leyes, dándoles el carácter de generalidad; se introdujo la Policía, y se prohibió severamente el duelo.
1679 Con sus miras económicas, Colbert se hallaba siempre en pugna con las espléndidas de Luis, magnífico en todo, y con los gastos de la guerra. A ésta era inclinado Luis por su ministro Louvois, que impulsaba la Francia a trocarse en conquistadora, diciendo que «Engrandecerse es la más digna y grata ocupación de un soberano». Había cambiado la táctica durante la guerra de los Treinta Años. Condé y Turena habían hecho creer en la superioridad de los Franceses; Vauban, excelente en la economía y en la estrategia, perfeccionó el sistema de las fortalezas, como hicieron con las escuadras Bernardo Renau y Juan Bart. Alentado por tales incrementos, Luis hizo muchísimas guerras, contra España, contra el Papa, contra Holanda y contra Génova. Dos naciones le hacían sombra, España que era su enemiga por herencia y parte de cuyo territorio quería usurpar, y Holanda a la que deseaba igualar en el mar. Cuando murió Felipe IV reclamó parte de los bienes de aquel a nombre de su mujer María Teresa. Viendo rechazadas sus pretensiones, se obstinó en conquistar los Países Bajos y humillar a Holanda. La guerra fue larga, inhumana, desastrosa para el comercio de esta activísima nación; los Franceses la hicieron con salvaje ferocidad por mar y por tierra; combatieron los grandes generales Turena, Montecuccoli, Bart y Duquesne, hasta que con la paz de Nimega la Francia cedió a la Holanda todas las conquistas hechas, tuvo de España el Franco Condado y muchas plazas de Flandes, y del emperador adquirió a Friburgo. Fueron mejor determinadas las fronteras del reino, provistas de colosales fortalezas, principalmente Estrasburgo. Para interponer el desierto entre la Francia y sus enemigos Luis XIV hizo devastar el Palatinado, entregando a las llamas floridos países y bellas ciudades a lo largo del Rin, y prohibiendo sembrar en un trecho de cuatro leguas a cada lado del Mosa.
1697 Muerto Colbert, que le contenía, Louvois impulsó a Luis XIV a nuevas pretensiones y usurpaciones. Aprontada una escuadra e inventadas las bombas, no solo se reprimió a los Berberiscos de Trípoli y Argel, sino que también se bombardeó a Génova. Catinat y Luxemburgo llevaban armas victoriosas por Italia y Alemania; la paz de Ryswick (1697) reconcilió a Francia, Inglaterra y Holanda, asegurando la independencia de los pequeños Estados, amenazados antes por las pretensiones de Luis XIV.
Este fue llamado el Grande porque él mismo tenía y sabía inspirar a los demás el concepto de la superioridad. Sus palabras y sus hechos eran repetidos con admiración por la Europa, celebrados por los poetas y gacetistas, con los cuales era en extremo dadivoso. Encontrose casualmente en el momento más espléndido de la literatura francesa, y los elogios tributados a ella se reflejaban en el rey, que en todas partes era objeto de encomios y apoteosis. Construyéronse magníficos edificios; floreció la industria; había frecuentes fiestas; la Corte era fastuosísima, y modelo de finura y buen tono. El rey entendía poco y se cuidaba menos de los negocios, pero tenía el arte de hacer ver que todo lo hacía él. Rodeado de insignes prelados, practicaba las devociones; sin embargo se abandonaba a voluptuosos amores (la Vallière, la Montespan, la Maintenon), y su regla de conducta obedecía en todo al egoísmo de quien se considera superior a los demás.
Admirole su siglo; los príncipes quisieron imitarlo; las costumbres se modelaron según las de su Corte, como los trajes, las grandes pelucas y los inmensos guardainfantes; pero en ninguna parte brilló aquel espíritu de conversación vivaz, agudo y culto que fue el carácter de los Franceses, y que aparece hasta en las cartas (la Sévigné), y en las memorias (Saint-Simon, la Motteville). Aquella cultura cubría vicios, como el juego, la disolución (la Longueville, la Ninon, la Mancini), la superstición, y el crimen (la Brinvillière, la Voisin).

236.- Controversias religiosas
Durante la Liga, el púlpito se había convertido en tribuna de declamaciones e invectivas, hasta el extremo de excitar a las armas. La oratoria sagrada conservó luego el mal gusto que se desfogaba en metáforas y chocarrerías. Mas surgieron pronto grandes oradores, que no tuvieron rivales en los demás países. Mascaron, Flechier, Massillon, Bourdaloue, Bossuet, Fénelon, además de predicar a la alta sociedad, tomaron parte en las grandes controversias y contendieron entre sí por el quietismo, doctrina según la cual creíase poder adquirir por intuición verdades inaccesibles a la razón y a la dogmática, y en una quietud pasiva permanecer superiores al pecado, aniquilando al hombre ante la Gracia. Combatida por Bossuet, esta doctrina fue condenada por Roma, y Fénelon se retractó públicamente de ella.
Declaración de 1652 La Iglesia francesa había hecho siempre alarde de independencia frente a la romana. Pero los reyes, soberanos absolutos, no querían ahora hallar limitado su poder por los privilegios del clero, sino que deseaban reducir la Iglesia a un ramo de la administración. Muchas obras se publicaron a propósito de esto (Dupin) y fueron confutadas por Roma, mayormente con ocasión de la regalía, es decir el derecho que pretendían los reyes de Francia, de administrar los obispados y disfrutar de sus rentas y derechos durante las vacantes. En 1652 se reunió el clero francés y firmó la Declaración de la libertad galicana, en la cual se sentaban los siguientes principios: 1º. La Iglesia recibió de Dios el poder sobre las cosas espirituales, mas no sobre las civiles; 2º. El poder de la Santa Sede sobre las cosas espirituales está limitado por los decretos del Concilio de Constanza (cap. 165), a pesar de no estar aprobados; 3º. El ejercicio de la autoridad apostólica debe estar siempre ajustado a las leyes y costumbres del reino; 4º. El juicio del Papa no es irreformable, sino cuando interviene el consentimiento de la Iglesia.
Dedúcense de esto el placet y el exequátur, es decir que las bulas papales no eran valederas sino después de ser aprobadas por el parlamento. Luis ordenó que aquella Declaración fuese ley del Estado, y no se pudiese enseñar lo contrario. Por último se pensó en la institución de un patriarca francés, con lo cual se hubiera introducido un nuevo cisma. Bossuet era campeón de la libertad galicana, pero distaba mucho de quererse separar de la unidad.
Revocación del edicto de Nantes Siendo Luis omnipotente en los asuntos religiosos, mal podía soportar que en su reino, y en virtud del edicto de Nantes, los Protestantes tuviesen su constitución propia, iglesias y fortalezas, y formasen un verdadero Estado dentro del Estado. Por lo mismo, ordenó que los Protestantes se convirtiesen, y con los misioneros mandó a sus dragones para que prendiesen a los reacios; como resistiesen, se les sometió con las armas, y por último fue revocado el edicto de Nantes. Los Hugonotes emigraron a bandadas, con gran perjuicio para Francia, y con provecho para Holanda e Inglaterra, pues los emigrantes eran laboriosos e industriosos. Algunos Protestantes se refugiaron en las Cevenas,[sic] donde se sostuvieron a mano armada, dando lugar a deplorables estragos.
Jansenistas Otra cuestión importante había quedado por ventilar en el Concilio de Trento, la de la naturaleza de la Gracia. El español Luis [de] Molina (1535-1601) y Cornelio Jansenio, holandés (1585-1638) dieron nombre a dos doctrinas diferentes sobre dicha materia. Intervinieron luego decisiones pontificias, y como los reprobados quisieron desviar el golpe, la cuestión recayó sobre la autoridad del Papa, si es infalible de por sí o solo con el Concilio, si éste le es superior; y además se discutió sobre lo que el príncipe y el Estado pueden en los asuntos religiosos.
1649 Cinco proposiciones del Augustinus de Jansenio fueron condenadas, pero los Jansenistas, entre los cuales había franceses ilustres (San-Cirano, Quesnel, Nicole, Sacy, Arnauld...) discutieron la sentencia. Luis XIV quiso mezclarse en la contienda, hasta perseguir a los disidentes. Estos atacaron con violentos escritos a los Jesuitas sus adversarios (las Provinciales de Pascal), tachándoles de sobrado indulgentes en absolver los pecados, y acusándoles de contribuir a las debilidades humanas. La sociedad culta tomó parte en estas polémicas, y, naturalmente, las embrolló. Se inventaron milagros; la bula Unigenitus especificó las proposiciones erróneas, pero la confusión duró largo tiempo. Puede decirse que fue éste el único campo abierto a la controversia bajo el absolutismo de Luis XIV.
Los Protestantes se reían al ver divididos a los Católicos, cuyo argumento principal consistía precisamente en su unidad de doctrina. En tanto aquellos llevaban la libre interpretación hasta el punto de negar la divinidad de Cristo, como Leclerc en Holanda, y los Socinianos en Polonia. En Inglaterra Presbiterianos y Anglicanos interpretaban de distinto modo la Escritura; discutíanse puntos supremos de creencia, y se llegaba a una religión natural (Tallotson, Wilkins) y a la negación del cristianismo (Locke, Hobbes, Spinoza). De igual manera procedían en Alemania, criticando las sagradas escrituras (Simon, Grocio); y algunos de los Franceses emigrados por la revocación del edicto de Nantes, mandaban a su patria escritos de atrevidísima crítica (Jurieu, Barnage, Bayle). Si la intolerancia había producido innumerables víctimas en los años anteriores, ahora a título de tolerancia se introducía la indiferencia, que llevaba a confesar que todas las religiones son igualmente buenas, no siendo más que diversos modos de expresar el sentimiento religioso.
Opusiéronse a la indiferencia los Católicos, con gran acierto, mayormente Pascal, Huet y Bossuet. También algunos Protestantes combatían por las verdades fundamentales, como hicieron Claude y el gran Leibniz. Son memorables las tentativas de conciliación que se hicieron, máxime por obra del genovés Cristóbal Spinola y de Bossuet obispo de Meaux (1627-1704).

237.- Literatura
Aquel fue el siglo de oro de la literatura francesa. Malherbe había empezado la reacción en la poesía, volviendo a la pureza y a la sencillez, como Balzac (1594-1655) hizo con la prosa, aligerándola de la ampulosidad española. Tanto Balzac como Voiture fueron los astros de la sociedad Rambouillet, de donde salía la reputación de los escritores; admirábase allí lo convencional, exagerado y gracioso, que marcó el tono de la sociedad elegante. Chapelain (1595-1674) compuso un poema sobre la Doncella de Orleans, el cual, después de haber sido largo tiempo aguardado, y ensalzado luego, cayó pronto en el olvido. El gusto se pronunció por las novelas, afectaciones de sentimientos y pedantesca galantería, tales como la Astrea de Urfé, novela pastoril de 5500 páginas; la Casandra, en doce volúmenes; y en diez cada una la Clelia y el Gran Ciro, de la Scudery. Perrault, autor de los Cuentos de las hadas, tuvo muchos secuaces. Bergerac sobresalió en el género fantástico como El viaje a la luna y la Historia cómica del imperio del sol. Llegó por último el Telémaco de Fénelon, verdadero poema en prosa.
La sociedad Rambouillet fue útil a la lengua con querer que se escribiese como en ella se hablaba. La Academia Francesa, fundada por Richelieu, se ocupó especialmente en perfeccionar el idioma haciendo su gramática y su diccionario, al estilo de la Crusca, pero sin ejemplos. De este modo el francés se purgó de la escoria, adquirió unidad, fue una lengua progresiva, clara y natural; tanto que se decía: lo que no es claro no es francés.
No por esto se habían descuidado las lenguas antiguas ni la crítica de los clásicos. En Alemania, particularmente, se señalaron Scioppio, Vossio y Lipsio. Los Jesuitas tuvieron muchos escritores latinos, tales como Famiano Strada, y el padre Maffei.
Periódicos Los periódicos eran el novísimo género de literatura. El 5 de enero de 1665, Dionisio de Sallo publicó el primer número del Journal des Savans, que vive todavía, y que daba cuenta de las obras que se imprimían. Siguiéronle, en Roma Il Giornale de' letterati (1668); en Alemania Las Actas de Leipzig, en latín (1682); y en breve aumentaron y adquirieron importancia las publicaciones periódicas. El culto que se rendía a los antiguos produjo una polémica acalorada sobre quiénes eran más dignos de encomio, los antiguos o los modernos; multiplicáronse escritos en ambos sentidos, limitándose con sobrada frecuencia a la forma y a las palabras.
Además de Salmasio, Gronovio y Lefèvre, obtuvieron nombradía los esposos Dacier, encomiadores y traductores de los clásicos. Luis XIV mandó hacer ediciones de los clásicos, expurgadas y anotadas ad usum Delphini. El culto a los antiguos contribuía a refinar la forma, si bien perjudicaba a la originalidad.
Sirviéronse del francés excelentes ingenios, favorecidos por la pasión con que la Corte y la buena sociedad se dedicaban a los estudios. Las fábulas de La Fontaine (1621-93) no tienen rival por su naturalidad maliciosa. Boileau (1636-1711) fue dictador del Parnaso y distribuidor de gloria o censura en las sátiras y en la didáctica de buen sentido, sin grandeza. Saint-Évremond, La Rochefoucauld, La Bruyère, son moralistas agudos y profundos. Las Memorias de Saint-Simon son un modelo de este género, en que la Francia abunda. Fontenelle (1656-1757) hizo los elogios de los académicos, escribió chispeantes diálogos, y pudo decir: -Nací francés, viví cien años, y muero con el consuelo de no haber ridiculizado en lo más mínimo la más pequeña virtud.
En otro capítulo hemos hablado de los grandes oradores y controversistas sagrados. Gran fortuna fue para Francia la coincidencia de que sus mejores escritores fuesen también sus mejores pensadores.
El teatro gustaba, pero no era común. Las compañías cómicas, aun en Francia, eran de italianos, y cada teatro se limitaba a un género particular, sin aparato escénico. Se preferían las farsas italianas, especie de comedias en que el autor no trazaba más que el argumento, y los actores improvisaban los parlamentos y los diálogos.
Algunos autores imitaron a los antiguos, con más o menos acierto, hasta que Pedro Corneille (1606-84) hizo dar un gran paso al teatro con el Cid y otras tragedias de más vigor y elevación de ideas que perfección. En cambio Racine (1639-99) las hizo graciosas, exquisitas, y trató con éxito los asuntos bíblicos (Ester, Atalia). Siguiéronles de lejos Rotrou y Crébillon.
La comedia fue llevada a la perfección por Molière (1622-73) que tomó mucho de las italianas, pero que dio a las obras unidad, interés, carácter, lenguaje familiar y culto, y situaciones oportunas. Siguieron Regnard, Quinault, y otros de mérito inferior.

238.- Inglaterra
Los barones ingleses obedecían al rey como jefe del ejército conquistador, y las leyes eran un acuerdo entre él y sus pares, sin contemplación alguna hacia los conquistados. La Magna Carta trataba de los nobles solamente. El pueblo era solo convocado para que dijese cuánto podía pagar; sin embargo, esto bastó para que poco a poco adquiriese representación y derechos; así se llegó a dar a Inglaterra una constitución histórica, donde están en acuerdo el rey, representante de la unidad; una aristocracia hábil en los negocios, y los Comunes industriosos y ricos. Del derecho divino impenetrable se pasaba, pues, a un derecho humano discutible, y pronto chocaron el rey y los Comunes. Pero Enrique VIII, uniendo el poder eclesiástico al poder real, mató como impíos a los que le negaban obediencia. Luego Isabel, con más tacto, consolidó la prerrogativa monárquica, exigiendo la misma obediencia que se debe a Dios.
Carlos I – 1641 De igual autoridad pretendieron hallarse investidos los Estuardos que le sucedieron en el trono. Jacobo I, hijo de María Estuardo, a ejemplo de Enrique e Isabel, proclamó dogmas absolutísimos. Repugnaba a los reyes la libertad introducida por la Reforma, que bajo el manto religioso realzaba la libertad política, mientras que los Comunes, cuya riqueza había aumentado por el comercio, prevalecían sobre los propietarios de las tierras. Conquistadores y conquistados venían a confundirse en la nueva división de Católicos y Reformados, de Realistas y Liberales. Jacobo I fue asesinado, y el trono pasó a Carlos I, que tenía los instintos despóticos de su casa, y era inclinado al catolicismo por su mujer Enriqueta de Francia. En tanto la Reforma se extendía, y de su seno nació la secta de los Puritanos o Santos, inflexibles consigo mismos y con los demás, que interpretaban la Escritura en el sentido más riguroso, aniquilándose en presencia de Dios para ser inexorables con los hombres; sumamente fanáticos, no reparaban en los medios para llegar al fin que creían inspirado por Dios. Este rigor de ideas y su odio al papado les hacía poderosos entre el pueblo y en el Parlamento, que entonces realizó actos de importancia; efectivamente, aunque concedió cinco subsidios, formuló antes una Petición de derechos de las garantías ofrecidas por la Constitución, y a las cuales quería que se sometiese la monarquía. El rey no estaba dispuesto a ceder, y se apoyaba en Buckingham, en Strafford, en Land y en la reina; pero las libertades religiosas servían de pretexto para la reclamación de las políticas. En Escocia los Presbiterianos luchaban con el rey, por igual motivo; se sublevaron contra los Episcopales y formaron una confederación (Covenant) obligándose a defender la religión, la libertad y las leyes, y se concluyó con la abolición del episcopado. Pronto estalló la guerra civil: fue procesado Strafford, y Carlos tuvo que firmar su sentencia de muerte, con la cual perdió toda su autoridad.
1643 La Irlanda se había mantenido católica, y entonces empezaron en ella terribles persecuciones; irritados de ellas, los Irlandeses se sublevaron y fueron víctimas de una espantosa matanza. Carlos se envilecía cada vez más. La Escocia se fundió con Inglaterra. Formose una nueva secta de los Independientes, cuya doctrina sentaba que todo cristiano reciba con el bautismo el sacerdocio; la libertad de conciencia era aplicada a todas las creencias, excepto a la católica, y de ahí se pasaba a querer la igualdad de grados y de fortuna; su única ley era la Biblia, interpretada según el criterio de cada cual.
Cromwell – 1648 Creció entre estos Oliverio Cromwell, que excitó el entusiasmo con la exageración; púsose al frente de un regimiento de Hermanos rojos, que rechazaban toda moderación, convencidos de que combatían por inspiración divina. Hicieron presentar un bill de abnegación, por el cual los miembros de las dos cámaras se declaraban excluidos de casi todas las funciones civiles y militares. Todo el poder pasaba de este modo, a los sectarios. El rey tomó las armas, fue derrotado y se refugió entre los Escoceses que lo tuvieron prisionero. Triunfan los Presbiterianos; y habiendo cesado la lucha entre el ejército y el Parlamento, Cromwell se hace dueño del Parlamento y del rey, el cual es procesado y condenado a muerte.
1649 - 20 de enero Entonces se proclama la república; se hace la guerra a los católicos de Irlanda con armas y procesos; se da la muerte a unos, y se confina a los demás a una sola provincia, matándoles si huyen, y su esclavitud se ha continuado hasta nuestros días. La Escocia es unida a la república inglesa. Cromwell, orgulloso del éxito, se titula protector de la república, elige el Parlamento, gobierna despóticamente con frases bíblicas, y se impone a la Europa con la grandeza marítima que da a Inglaterra.
1658 - Carlos II – Cuáqueros A su muerte le dan por sucesor a su hijo Ricardo, hombre retraído, sin experiencia en los negocios ni valor guerrero; trata de hacerse popular y se hace despreciable; de aquí que los soldados se abroguen el poder y le hagan abdicar. Monk, como defensor de las antiguas libertades, con el ejército se apodera de Londres, convoca al Parlamento y hace llamar a Carlos II, que es proclamado como restaurador del antiguo gobierno nacional. Pero éste quiere ser déspota como sus abuelos, sin tener bastante fuerza para ejercer la tiranía, y recurre a la arbitrariedad, en tanto que se abandona a los placeres y a los vicios. Se inclina hacia los católicos, pero sin vigor; en Irlanda toma parte en el despojo de ellos. A las muchas sectas ya existentes se añadió la de los Cuáqueros, o tembladores ante la palabra de Dios; fanáticos benévolos que no querían guerra, ni gastos de cultos, ni distinciones de grados, ni juramento; negaban acatamiento a los magistrados, llamando de tú a los dignatarios, y sin querer quitarse el sombrero delante de nadie. Jorge Fox fundó la secta, en la cual se hizo célebre Guillermo Penn (1644-1718), quien habiendo comprado el país americano del Delaware, fundó en él la Pensilvania, con un sabio Código basado en la ilimitada libertad religiosa y la seguridad contra todo poder arbitrario, sin juramentos, ni soldados, ni iglesia dominante.
1666 Entre tantos disturbios, mal podía gobernar con éxito el frívolo Carlos, que declaró la guerra a Holanda por ultrajes inferidos a los Ingleses en África y en las Indias. La victoria de Dunkerque inmortalizó a los almirantes Ruyter y Tromp.
Estalló en Londres un terrible incendio, que fue atribuido a los católicos, los cuales sufrieron muchos suplicios y una obstinada persecución; también se proyectó excluir de la sucesión al duque de York que los favorecía. Los oficiales y el mismo rey se obligaban a jurar el test, profesión de fe política y religiosa. Se proclamó el Habeas Corpus, tercera ley fundamental en virtud de la cual es castigado cualquier funcionario público que no presente al preso la orden y los motivos de la prisión, o no lo conduzca al juez dentro del término de veinticuatro horas. Entonces se principiaron a oír los nombres de Whig y Tory (innovadores y conservadores). Todo era exacerbado por la prensa libre.
1685 York subió al trono con el nombre de Jacobo II, aunque era católico, y se hizo amar. Pero luego, apoyado por Luis XIV, trató de ampliar la prerrogativa real.
Guillermo de Orange – 1688 Guillermo, príncipe de Orange, nacido de la familia de Carlos I, y yerno de Jacobo II, se había mezclado siempre en las contiendas inglesas. En aquella época se hizo abiertamente protector de los protestantes; se proveyó de dinero y de tropa, y se dirigió a Inglaterra para conseguir que hubiese un Parlamento libre y legítimo, para restablecer las leyes y los magistrados antiguos, y para asegurar la Religión. Jacobo fue declarado desposeído, y excluidos para siempre del trono los católicos. Al mismo tiempo fue proclamada la declaración de los derechos como ley fundamental.
Quedaba, pues, reformado el gobierno, sustraída la justicia al rey, establecida aquella Constitución que dura todavía a través de tantas revoluciones europeas.
Muchos fueron fieles al rey caído, y perseguidos con el nombre de Jacobitas. Se confirmaron las usurpaciones en Irlanda, donde Jacobo desembarcó, pero fue derrotado en la batalla de Boyne. Los Orangistas ejercieron en la isla una persecución pacífica contra los católicos, prohibiéndoles toda publicidad de cultos, obligándoles a trabajar en días festivos, poniendo la industria en manos de corporaciones protestantes privilegiadas. Los católicos tenían que ceder su mejor caballo por cinco libras esterlinas, no podían casarse con mujeres protestantes ni heredar bienes de protestantes; ninguno podía entrar en la Cámara sin haber abjurado de la Iglesia romana; no tenían más escuelas que las protestantes, y habían de sufrir las injurias de los más fuertes y de la prensa. De aquí la miseria y la agitación de la Irlanda.
Guillermo III resistió siempre a Luis XIV en Holanda y en Inglaterra; era hábil en la guerra y en los negocios, pero no sabía hacerse querer, lo cual redundó en beneficio de la libertad, pues el Parlamento se acostumbraba a negar al rey lo que le hubiera concedido en caso contrario. Los Whigs, que lo habían elevado al trono como un medio de pasar a la república, pretendían restringir cada vez más sus facultades, por lo cual tuvo que entregarse a los Tories, sus adversarios, e iba con frecuencia a consolarse de tantas contrariedades en medio de sus Holandeses.
1702 Ana, su cuñada y sucesora, nombró generalísimo y almirante a su marido Jorge de Dinamarca; pero el verdadero señor fue Marlborough, famoso por sus victorias sobre los Franceses y los Españoles en las batallas de Schellemberg y Höchstädt, y por la toma de Gibraltar. Gran protector de los Tories, halló medio de unirse a los Whigs y contrariar a la reina, la cual enviudó, vio reanudada la paz con la Francia, en virtud del tratado de Utrecht, y pudo emanciparse de Marlborough y de los Whigs.
Casa de Hannover – 1714 Guillermo no había dejado hijos varones; los diez y siete hijos de Ana murieron; la única descendiente de Jacobo I que quedaba, era Sofía, viuda del primer elector de Hannover, y el Parlamento la reconoció por heredera con sus descendientes no católicos, rodeando la prerrogativa real de nuevas restricciones. A la muerte de Ana, la buena reina, fue proclamado Jorge I de aquella casa. Bajo el reinado de Ana, la Inglaterra se había hecho señora de los mares y de la diplomacia; conquistó a Gibraltar y Menorca, adquirió el comercio exclusivo de Portugal y la trata de negros por treinta años. Entonces comenzó una deuda pública, con empréstitos no pagaderos, cuyos intereses pagaba el Estado. Empezaron los juegos de Bolsa; luego se fundó el Banco de Inglaterra, que recibe y paga las anualidades y rentas del Estado, y pone en circulación los bonos del Tesoro, garantizándolos. La compañía de las Indias Orientales dio principio a su grandeza. La Escocia se fundió con Inglaterra, formándose el Reino Unido de la Gran Bretaña, con un solo Parlamento, aunque con la condición de que el presbiterianismo seria el único gobierno de la Iglesia Escocesa.

239.- Literatura y filosofía inglesas
En medio de tan graves trastornos, prosperaron la filosofía y la literatura en Inglaterra. La sociedad real dio incremento a las ciencias experimentales. Boyle, Napier, Harvey, Wren, Wallis, Barrow y otros, cultivaron parcialmente el campo que por completo abarcó Newton. Milton (1608-74), después de haberse dedicado a varios géneros de poesía y a la prosa en sentido democrático, cantó el Paraíso Perdido, disponiendo admirablemente su asunto, y dándole colorido con lo mejor que le ofrecían sus predecesores y la Biblia; en el lenguaje, tratado con gran libertad, hizo prevalecer el elemento latino sobre el sajón, y supo sugerir al lector más de lo que él expresa. El mérito de este autor no fue conocido hasta muy tarde; por esto obtuvo menos aplausos que Waller, poeta de fácil elocuencia, y que las sátiras del conde de Rochester; Dryden (1631-1701), satírico, descriptivo, didáctico, lírico, narrador, crítico, traductor y dramático, se atuvo, según la moda, a las imitaciones francesas, sin dejar de ser original, con su expresión familiar y fluidez de estilo.
Compusieron buenas tragedias Johnson, Otway y Rowe. Congreve hacía comedias al estilo de Molière, y en general la corrección de forma suplía la falta de genio. Todos leyeron los Viajes de Gulliver de Swift (1667-1745), llenos de alusiones maliciosas, y el Robison Crusoe de Daniel De Foe (1663-1731), cuya sencillez contrastaba con la ampulosidad de las novelas francesas. Prevalecía la literatura política y periodística. El Espectador, de Addison, se convirtió en una potencia, y éste fue el primero que llegó a ministro por el periódico. Pope (1688-1744) fue considerado como el primer poeta inglés, por la perfección artística de sus obras.
La Oceana, de Jacobo Harrington, es una alegoría política en la que admira la república de Venecia, y sienta que «la bondad y duración de una Constitución dependen del equilibrio de las fortunas de los súbditos, cualquiera que sea el gobierno». Filmer contrarió a los republicanos, siendo refutado por Algernon Sidney. Tomás Hobbes de Malmesbury, (1588-1679), en el Leviathan supone que Dios, para probar a Job su poder, le hizo ver a Behemot y Leviatán, monstruos fantásticos; en el segundo personifica al Estado, animal enorme, creado por los ardides del arte, y que ha de quitar la libertad a cada uno en particular, ya que los hombres son naturalmente enemigos entre sí, lo mismo que las naciones; así es que se necesita fuerza y fiereza para conservar el orden material, y los gobiernos lo pueden todo, hasta cambiar la religión.
Locke El obispo Cumberland, en cambio, predicaba la ley moral, que consiste en buscar el bien común de todos los agentes racionales, en vista del bien de nosotros mismos; con la escuela utilitaria confutaba el egoísmo de Hobbes. La libertad, hollada por éste, tuvo por reparador a Locke, quien distingue la autoridad paterna del gobierno político, y supone un estado de naturalidad en que todos los seres son iguales; y la sumisión no puede proceder sino del consentimiento, al menos tácito, de todos, para gozar con seguridad de los bienes. Eran teorías imperfectas, pero basadas en el amor al hombre y a la humanidad. Predicó también la tolerancia, a la cual creyó llegar con una nueva secta (Cristianismo racional); reducía los dogmas a la mínima expresión, de modo que cada cual podía o no creer lo que halla en el Evangelio. Era un síntoma del deísmo que se introducía y que fue predicado por Herbert, por Blount, por Toland y por Bury, y preparó a los enciclopedistas de Francia.

240.- Alemania
La paz de Westfalia ponía término a una guerra que en treinta años había destruido dos terceras partes de la población; Alemania dejó de ser la primera nación de Europa y no progresó al mismo paso que los demás. El predominio de los emperadores cesaba ante la independencia de muchos tratados, garantizada por Francia y Suecia. El imperio comprendía más de 350 soberanías de distinta especie y grandeza, que podían aliarse entre sí y con el extranjero. Las ciudades imperiales perdían su antiguo esplendor. Los principados eclesiásticos hacían llamar al Rin la calle de los Clérigos. El ejército, de 40 mil hombres, había de tener un general católico y otro protestante. Los príncipes, orgullosos de su independencia, querían darse importancia e imitar al rey francés, abrumando con impuestos a sus súbditos.
El emperador se hallaba reducido a tenues prerrogativas, y no podía ejercer los verdaderos derechos soberanos sino de acuerdo con los Estados, que débiles o fuertes, tenían asiento en la Dieta, dividida en tres colegios: de electores, príncipes y ciudades, cada uno con asambleas distintas, pero las discusiones eternizaban las causas.
Muchas iglesias servían alternativamente para los dos cultos tolerados, entre los cuales surgieron otras sectas, como la de los Hermanos Moravos, los cuales, habiendo salido de Bohemia y permanecido largo tiempo ocultos, se alzaron con Zinzendorf, proclamando la fraternidad y la sencillez, teniendo por único dogma la redención.
1721 Alemania tuvo grandes pensadores, como Kepler, que determinó las leyes de la naturaleza; Otto de Guerrik, que halló el vacío, Hervetius y Stalh, matemáticos y químicos; los eruditos Goldast, Conring, Schilter y Moldof; los filósofos Grocio, Leibniz, Wolf y Tommasio. Faltaban poetas; pues la poesía, como la literatura ingenua, había perecido en las luchas religiosas. Únicamente se puede citar a Opitz (1597-1639), que fijó el estilo práctico y la prosodia.
1657 La casa de Austria no podía ya dominar, teniendo a su lado otras de igual poder, particularmente la de Brandeburgo. Muerto Fernando III, quince meses y medio estuvo vacante el imperio, pues lo pretendía Luis XIV. Por último fue elegido Leopoldo de Austria, rey de Hungría, con la obligación de restituir el Monferrato a la Saboya y no reconocer a los Españoles contra la Francia, la cual se alió con todos los príncipes, halagándoles con títulos, pensiones y embajadas, siempre en detrimento del Austria. Leopoldo, aunque débil, ayudó a Alemania a levantarse, y con el apoyo del príncipe Eugenio de Saboya y del modenés Montecuccoli, pudo hacer frente a Luis XIX.

241.- Los Turcos
1595 – 1795 Selim II, sucesor del gran Solimán, sufrió la derrota de Lepanto, con la cual cesó la preponderancia marítima de la Turquía y la opinión de que ésta era conquistadora irremediable. Los sucesores de Selim estuvieron encerrados en sus serrallos, más bien que al frente de sus ejércitos. De los 102 hijos de Amurates III, vivían 47 cuando él murió; y su sucesor Mahomet III hizo estrangular a 19 y echar al mar 10 mujeres encintas. El estandarte del profeta, que se había conservado en Damasco primero, y en Constantinopla después, fue desplegado contra la Hungría, aunque sin efecto; sin embargo continuaban las correrías, y para reprimirlas se fundó a Carlstadt.
Redundaban en provecho de Turquía las discordias civiles de la Hungría y la repugnancia de los príncipes alemanes a dar soldados y dinero al emperador. Pero en la paz de Situatorok, la Hungría trató de igual a igual con los Turcos, y su embajador entró en Constantinopla a son de música y con bandera desplegada, sobre la cual había un águila y un crucifijo. Las intrigas de serrallo y los trastornos de los jenízaros llenan la historia del Imperio Otomano, en la cual lo que más sobresale es la ferocidad de los sultanes. Dícese que Amurates IV hizo 100 mil víctimas.
De las provincias que poco a poco habían ido ocupando los Musulmanes, se refugiaron algunos prófugos en Clissa de Dalmacia, con el nombre de Uskoki, es decir desertores, y de allí infestaban las tierras de los Turcos, y también las de Cristianos.
1613 Los católicos del Líbano conservaban, con el nombre de Maronitas, la independencia civil y religiosa, bajo el mando de un patriarca, y de acuerdo con los Drusos, aunque de religión diferente. Fakr-eddyn, dueño de gran parte de la Siria, pudo hacer frente al gran señor; pasó a Italia y ofreció su Estado a los príncipes cristianos; ayudáronle a sostenerse Toscana y Nápoles, pero habiendo ido a Constantinopla para procurar un acuerdo, fue asesinado. Sus descendientes conservaron el dominio, como aún duran en Italia las colonias fundadas por ellos.
Koproli - Guerra de Candía – 1644 – 1664 – 1669 Bajo Mahomet II, el gran visir Mehmet Koproli sacó al imperio de aquel débil y cruel gobierno de mujeres, dio muerte a los jefes de facción, ahorcó al patriarca, y se dice que en cinco años hizo morir a 36 mil personas. Estas son las reformas de Turquía. Alcanzó sangrientas victorias sobre los Rusos y los Húngaros. Estalló con Venecia la guerra de Candía, cuyo sitio fue memorable por las brillantes acciones de las flotas venecianas y por las intrigas de las Cortes europeas, en las cuales apareció Luis XIV aliado con la Puerta. En San Gotardo, Montecuccoli obtuvo contra Koproli la más insigne victoria; pero no siendo sostenido, tuvo que hacer la paz. Koproli llevó entonces mayores fuerzas al tercer sitio de Candía, donde en el espacio de veintiocho meses los Venecianos perdieron 30905 hombres, y los Turcos 118754; a pesar del valor del intrépido Morosini, se tuvo que ceder la plaza.
1676 Koproli pasa el Danubio, impone vergonzosos pactos a la Polonia; Juan Sobieski anima a los suyos, y en la paz que se concierta queda suprimido el tributo que se pagaba a la Turquía.
Sobieski – 1683 – 1687 Muerto Koproli, su yerno Kara Mustafá llevó la guerra a los Rusos, no temidos aún, y de allí se volvió contra el Austria, instigado por los Húngaros; sitió a Viena, y seguramente la hubiera tomado si Sobieski no hubiese acudido con los Polacos. Luis XIV, que había fomentado aquella guerra, y esperaba que, vencida el Austria, podría ser nombrado emperador, sintió la liberación y los nuevos triunfos de Sobieski. Buda, que había permanecido ciento cuarenta y cinco años en poder de los Turcos, fue recuperada lo mismo que Belgrado. Los cristianos obtuvieron una nueva victoria en Mohacz, y tan desastrosos acontecimientos causaron la ruina de Kara Mustafá y de Mahomet.
1697 Su hermano Solimán II dio el sello a Mustafá Koproli, que restauró la disciplina y la hacienda, y después de haber reunido un formidable ejército, empezó la guerra de Morea. Aquí aparece Eugenio de Saboya, que alcanzó en Zante una victoria con la pérdida de 25 mil Turcos y 17 bajaes, y continuó venciendo a pesar de los obstáculos del Consejo áulico.
Morosini – 1688 – Carlowitz Los Venecianos, mal sostenidos por las potencias, habían tenido que usar de muchos miramientos con los Turcos; pero apenas se hallaron éstos en lucha con el Austria y la Polonia, atacaron ellos la Morea, y Morosini fue el Sobieski del Archipiélago; se apoderó de Nápoles, Navarino y Atenas, y fue aclamado Peloponesiaco. La paz de Carlowitz, firmada por los Turcos, el emperador, la Polonia, la Rusia y Venecia, puso fin al humillante tributo que pagaban la Transilvania y Zante. La Turquía, cediendo la Hungría, la Transilvania, la Ucrania, la Dalmacia y la Morea, quedó limitada por el Dniéper, el Saya y el Unna. El Austria adquirió la Esclavonia, la Transilvania y quince condados de la Hungría. La Polonia recibió el Kaminiech con la Podolia y la Ucrania del lado de acá del Dniéper. A la Rusia se cedió Azov. Venecia conservó la Morea, abandonando la tierra firme y las islas del Archipiélago.
Ragusa Ragusa, república que se había salvado poniéndose bajo la protección de Turquía, y gobernado con sus nobles, permaneciole adicta. La Turquía dejó de ser temible; aceptó y envió embajadores con los presentes de costumbre, y pronto tuvo que combatir con la Rusia, con la cual se alió después para repartirse la Persia.
Persia La Persia era gobernada por débiles emperadores; cada nuevo gobernante estrangulaba a sus hermanos, y luego se enervaba con el opio y las mujeres. Amurates III pensó someter a la Persia, pero la reanimó Abbas Mirza, el cual, enardecido por las ideas religiosas, extendió sus conquistas y las conservó en la paz; trasladó a Isfahan la sede del imperio; obligó a los Persas a venerar a los imanes y a no hablar mal de Aisha la Casta, y acrecentó la gloria de Alí. Alzó pirámides de cabezas de rebeldes; fue amigo del emperador de Delhi; protegió las factorías inglesas, francesas y holandesas; destruyó a Ormuz, y las embajadas que mandó a Europa propagaron la fama de las riquezas del país.

242.- Hungría y Transilvania
1664 – 1687 En la constitución húngara se unían los males del feudalismo a los de la monarquía electiva; añadíase la animosidad entre los Católicos y los Protestantes, sin contar las intrigas de la Turquía, la cual, deseosa de aquel país, incitaba a los príncipes de Transilvania. Estos, ricos por los minerales, eran acariciados por las potencias; pero habiendo vencido Ragotzki en la guerra, el Gran Turco pensó apoderarse de la Transilvania. El Austria se opuso; sin embargo, los celos de los Húngaros impidieron las empresas, y se concluyó con una tregua de 20 años. Esta dio campo al Austria para realizar el pensamiento, largo tiempo acariciado, de hacerse hereditaria la corona, lo que fue mas fácil después de haber fracasado la conjuración del conde Zrini, en la cual estaban complicados muchísimos nobles. Después de horribles ejecuciones, Leopoldo quiso cambiar la constitución, impuso un tributo y declaró absoluta la autoridad real. La sangre reclamó venganza, y los Descontentos publicaron Las cien quejas de los Húngaros contra los Alemanes, alentados por la Turquía y por Luis XIV; su jefe Tekeli fue saludado por la Puerta como señor de la Hungría media. Después de haber vencido a los Turcos, Leopoldo trató de someter a los Húngaros por medio del perdón; pero el gobernador Caraffa se entregaba a la crueldad, condenando por simples sospechas; fue abolida la elección real, como el derecho de insurrección; coronaron rey a José, hijo del emperador, y llamaron a muchos Griegos de la Bosnia y de la Croacia para la repoblación de Hungría.
La Transilvania fue también invadida por los Austriacos, y reducida a igual servidumbre por medio de la crueldad, servidumbre confirmada en la paz de Carlowitz; ambos países sirvieron después de barrera contra los Turcos.
1705 José II desplegó gran fuerza en la guerra de sucesión y contra los duques de Mantua y los Bávaros; mitigó en Hungría las persecuciones, pero tuvo que emplear las armas para reprimir a Ragotzki. Carlos VI, sucesor de José, confirmó los privilegios de los Húngaros, excepto el derecho de insurrección; devolvioles la corona de San Esteban, y los Magiares fueron terribles para los Turcos al par que fidelísimos al Austria.

243.- Península Ibérica
La España decaía de su amenazadora grandeza; se impuso silencio a las Cortes; la generosa nobleza se hizo cortesana; la intolerancia hizo expulsar a los Moros y a los Hebreos con su importantísima industria. La costumbre de hostigar a los Moriscos inclinó a usar de cierta ferocidad con los Italianos, los Flamencos, los Portugueses y los Americanos. Los reyes, encerrados en suntuosos palacios, no podían dar vida a tan extensa monarquía. Mientras los doblones españoles corrían por toda Europa, no se lograba reprimir a las bandas, ni dar bastante pan al pueblo. El fausto encubría la miseria.
Gongoristas La literatura se perdía también. Las sutilezas árabes, unidas al énfasis andaluz, originaron el estilo culto de los Gongoristas. El más ingenioso de esta escuela fue don Francisco de Quevedo (1580-1649) [sic], agudo en la sátira, que miró más al efecto que a la verdad del pensamiento. Francisco Moncada describió la expedición de los Almogávares. Bajo Felipe IV floreció la literatura dramática con Lope, Calderón, Solís, Moreto, Tirso de Molina, Rojas y otros. Fueron muchos los poetas; Lorenzo Gracián dictó los preceptos del gongorismo [sic], sosteniendo que no se debe ser vulgar en nada.
Felipe IV Felipe IV intentó restaurar la nación con su ministro el conde-duque de Olivares, el cual publicó reglamentos, mayormente para reprimir el lujo, dificultando la industria ajena, en vez de favorecer la nacional. Los galeones de América caían en poder de enemigos; los Países Bajos trataron de constituirse en república; Nápoles se sublevó con Masaniello; los Catalanes prorrumpieron en sangrienta rebelión, que fue ferozmente reprimida.
Portugal – 1641 Portugal, que hacía 60 años estaba bajo el yugo español, perdía sus posesiones en la India, de las cuales se apoderaban los Holandeses. Juan de Braganza, poseedor de la tercera parte del territorio del reino y descendiente de los antiguos reyes, se sublevó y le secundaron en seguida las colonias, de modo que con muy poca sangre se llevó a cabo la revolución. La Iglesia, los nobles y el pueblo en las Cortes declararon que les pertenecía la soberanía, y la confirieron a Juan de Braganza, que fue sostenido por Francia, Suecia, Holanda e Inglaterra. El rey se dedicó a restaurar el país y la hacienda y a recobrar las colonias. España reconoció la independencia de Portugal, que en la paz con los Estados de Holanda recuperó el Brasil, aunque perdiendo las Molucas, Ceilán y el Cabo. De modo que Portugal recobraba su independencia, pero no su antigua gloria. Otros pueblos le habían cerrado el campo de las empresas; los barones se reducían a gentileshombres, bajo reyes nada dignos de elogio.
1643 En España, la pérdida de Portugal y los desórdenes de la hacienda determinaron la caída de Olivares, a quien sustituyó su sobrino Luis de Haro, que mejoró la administración y dio pruebas de tacto político en las paces de Westfalia y de los Pirineos, verdadera declaración de la impotencia de España.
1665 Felipe, hombre piadoso pero rey inepto, tuvo por sucesor a Carlos II, de cuatro años, bajo la regencia de Ana de Austria, entre intrigas palaciegas, proyectos de negociantes, desordenadas devociones, especulaciones de los Hebreos, rigores de la Inquisición y ataques de los corsarios.
Guerra de Sucesión – 1701 – 1713 - Paz de Utrecht Luis XIV había hecho casar a Carlos II con su sobrina Luisa de Orleans, y como no tuvieran descendientes, triplicaron las intrigas de Francia, Austria y Saboya para la sucesión. Escribiose mucho sobre ello, en tanto que se preparaban armas para renovar el antiguo litigio entre Austria y Francia. Luis XIV, fundándose en un testamento de Carlos II, hizo proclamar rey a su hijo [sic] Felipe V, que entró triunfante, en Madrid, y se preparó a sostener sus pretensiones contra una liga de todas las potencias, celosas del incremento de Francia. En Italia primero, y luego en España y en el mar se combatió ferozmente. La Francia se halló reducida a estrechísimo partido; la España cambiaba a menudo de dueño y por mucho tiempo se negoció la paz que por fin se concluyó en Utrecht, donde Inglaterra apareció por primera vez árbitra de los destinos de Europa, favoreciendo a las potencias de segundo orden, a fin de que ninguna de las mayores prevaleciese. Francia reconoció la dinastía de Hannover, prometió no unir jamás su corona con la de España, desmanteló la fortificación y el puerto de Dunkerque, restituyó a Inglaterra la bahía de Hudson, la Nueva Escocia y Terranova, y a Portugal las tierras situadas al Norte del río de las Amazonas.
España cedió la Sicilia, Nápoles y Cerdeña; dejó a los Ingleses Menorca y Gibraltar y el derecho de transportar cada año 4800 Negros a América. A la Saboya, para que su poder se equilibrase con el de sus vecinos, se le asignaron mayores confines, restituyéndole la Saboya, Niza y toda la pendiente italiana de los Alpes Marítimos, cuya cumbre marcaba los límites de Francia; obteniendo el duque la Sicilia con el título de rey y la expectativa del trono de España.
Los Estados Generales mejoraban sus confines. El emperador no quería desistir de sus pretensiones sobre España, hasta que las victorias de Villars le obligaron a aceptar la paz de Rastadt, por la cual se le aseguraron Nápoles con el Estado de los Presidios, Milán, Mantua, Cerdeña y los Países Bajos, dejando a Francia Estrasburgo, Landau, Huninga, Neuf-Brisac y la soberanía de Alsacia. ¡Nada se estipuló en favor de los pueblos, que tanto habían sufrido!

244.- Muerte de Luis XIV
Aquella época está llena del nombre de Luis XIV, el cual había amenazado la independencia de toda Europa, y hasta puesto en peligro la de Francia. En la guerra de sucesión se halló sin dinero, sin ejército, sin aliados, y en último extremo pensaba armar a la nación y ponerse él mismo al frente. Vauban, tan hábil estadista como excelente general, sugería expedientes para aminorar la miseria. Fénelon, que había desaconsejado aquella guerra, deploraba sus consecuencias; pero la obstinación de los enemigos en querérselo quitar todo a Luis, les condujo a tenerle que restituir lo perdido.
Luis solo supo adornar el poder absoluto, preparando su ruina para cuando se desvaneciese el prestigio. Dejó pobre al pueblo, y rico el palacio en tesoros inútiles, un parlamento servil, muchos hijos naturales que hubiera querido legitimar para la sucesión, a falta de legítimos; pues había perdido al delfín, de quien solo quedaba un hijo.

245.- Escandinavia
1632 – Cristina – 1654 Muerto Gustavo Adolfo en el campo de Lützen, le sucedía en el trono de Suecia su hija Cristina, dirigida por Oxenstiern, al cual se opuso La Gardie. Fue espléndido el reinado de Cristina, pero sin ningún mérito por su parte, pues empleaba el tiempo en discusiones teológicas; parecía hombre en todas sus acciones; una de sus extravagancias fue la de abdicar en favor de Carlos Gustavo, aunque reservándose la soberanía sobre algunas tierras y sus propios siervos y comensales. Habiendo reunido dinero, se fue a Innsbruck donde se declaró católica, y luego a Roma, teniendo una fastuosa corte en el palacio Farnesio, donde acogía a los hombres más distinguidos de su época. Se mezclaba en todos los enredos políticos; iba de un punto a otro, y en Francia mandó matar a su caballerizo mayor Juan de Monaldeschi, queriendo ejercer el derecho que se había reservado. Murió en 1689.
1658 – 1660 Carlos X, durante su breve reinado, puso remedio a los males ocasionados por la ambición de Gustavo Adolfo y las disipaciones de Cristina; trató de enseñorearse del Báltico; en la guerra contra Dinamarca, pasó el Gran Belt por encima del hielo y con la paz adquirió la isla de Aland, la Escania y la Bleckengia. No contento con esto, ansiaba el reparto de la Polonia y desembarcar en Italia con 80 mil hombres y 40 mil caballos, para fundar allí una nueva monarquía de los Godos. Pero seis potencias se opusieron al ambicioso que dominaba el Norte y amenazaba con la servidumbre a los Eslavos, y se concluyó el tratado de Oliva, que aseguraba las relaciones entre Suecia, Dinamarca y Prusia.
Este ambicioso murió a la edad de 36 años, y su hijo Carlos XI no anheló más que la guerra, tanto que tuvieron que refrenarlo las potencias.
En Dinamarca, Federico III procuró dar tranquilidad al país; el clero y los Comunes quisieron que la corona fuese hereditaria y absoluta (ley regia, 14 de noviembre de 1665), pudiéndolo todo el rey, salvo tocar a la Confesión de Augsburgo. Siguió una serie de buenos príncipes que no dejaron desear las libertades perdidas. Copenhague fue capital del reino, en el cual se introdujeron artes y leyes.
Carlos XI procuró hacer otro tanto en Suecia, deprimiendo a la alta nobleza y al Senado, y apoyándose en los órdenes inferiores, que declararon que únicamente al rey pertenecía la autoridad legislativa. Carlos no abusó de ella; reprimió a los agiotistas, restauró la hacienda, e hizo afluir el dinero que había desaparecido ante la abundancia de los billetes de banco.

246.- Polonia
1668 Las potencias vecinas, viendo la defectuosa constitución de la Polonia, se proponían desmembrarla, y la perturbaban desde luego. Con motivo de una elección de rey, más de 300 mil Cosacos, en unión de 170 mil Tártaros, asolaron el país. Casimiro tuvo que prometerles un tributo, y ceder a la Rusia muchas provincias. Los Cosacos, ora favorables, ora contrarios, variaban siempre la extensión del país. En el interior, no se querían las reformas convenientes a la civilización; estaban corrompidos los administradores; se renovaban las guerras a cada elección de rey; y enardecían los ánimos las controversias religiosas entre católicos, luteranos, socinianos y griegos. Casimiro, que había sido fraile y cardenal, se hizo monje, y fue el último varón de los Vasa. La asamblea, que había andado a tiros, eligió a Miguel Wisniowiecki, de la estirpe de los Piasti; pero se vio asediado por enemigos interiores y exteriores. Juan Sobieski venció a unos y a otros, salvó a Viena y mereció ser elegido rey; pero perdió su prestigio aliándose con Rusia, a la cual fueron abandonadas la Ucrania y la Lituania, mientras los Cosacos devastaban hasta Lemberg.
Muerto él, su hijo ofreció por la corona 5 millones de florines, y 100 mil cada año. Federico Augusto de Sajonia, ofreció diez millones, y un grueso ejército para recuperar lo perdido. Naturalmente prevaleció éste último y se le ciñó la corona.

247.- Rusia
Juan III – 1462 – 1479 Rusia adquiría la superioridad en el Norte. Los grandes príncipes de Moscú se habían dedicado activamente a reconstituir la nacionalidad propia. Juan III pudo asegurar la independencia, y con fuerza y astucia se hizo respetar en Europa; durante los cuarenta años de su reinado, asumió los distintos señoríos, negó el humillante tributo que se pagaba a los Tártaros; quitó a Novogorod y a otras ciudades sus privilegios; conquistó el reino de Kasán; reformó arbitrariamente el clero y el culto; acogió a doctos griegos; confió al florentino Fioravante la construcción del Kremlin, y a otros italianos la de palacios e iglesias; publicó un código en virtud del cual él era árbitro de las sentencias; mandó embajadores a las cortes europeas, y tomó por escudo el águila de dos cabezas de los Paleólogos con el San Jorge de Rusia. Esperaba expulsar de la Grecia a los Turros, y de la Moscovia a los Tártaros; sin embargo se veía obligado a soportar el predominio de la Puerta.
1505 - Juan IV Otro tanto hizo su sucesor Basilio IV, astuto y firme y bárbaramente déspota. Juan IV completó el código, dio algunos derechos políticos a los súbditos, abrió escuelas y una imprenta en Moscú, e hizo abolir ciertos ritos supersticiosos; sustituyó la milicia feudal con los Strelitz, armados de fusiles; constituyó en una especie de república a los Cosacos del Don, con cuyo auxilio combatió a los Tártaros y destruyó enteramente al Kan de Crimea. Habiéndosele alterado el juicio, le entró tal frenesí de sangre y desolación, que degolló a millares de víctimas y a su propio hijo; y mientras le traían desventaja las guerras de Europa, conquistaba la Siberia, donde las tropas construyeron a Tobolsk.
Teodoro – 1585 – Romanof Teodoro, débil e inerte, fue gobernado por el Tártaro Boris Godunov, despiadado, pero hábil y valeroso; éste hizo nombrar un patriarca de la Rusia, emancipándola de este modo del griego de Constantinopla. Concluida con Teodoro la estirpe de Rurik, Boris supo hacerse elevar al trono, cuya posesión le disputaron varios pretendientes, entre ellos un falso Demetrio, supuesto hermano de Teodoro, que consiguió ser proclamado zar. Acudió una serie de falsos parientes, hasta que fue elegido Miguel Romanov, cabeza de la dinastía aún reinante. Este devolvió la paz a la Rusia, sacrificando países a la Suecia y a la Polonia; trató con la Francia, con la Persia y con la China.
A su hijo Alejo se sometieron los Cosacos de la Ucrania hasta el Dniéster; tuvo la primera guerra con la Puerta; procuró introducir las costumbres europeas e hizo revisar el código de Juan III. El patriarca, ya del todo independiente, fue la primera autoridad después del zar; unificó el rito, y se abolió el uso de excomulgar cada cuaresma al Papa y a los católicos.
Las arrogantes pretensiones de los nobles eran cansa de desorden en el ejército y en el gobierno, y se fundaban en la antigüedad de las familias. Teodoro, hijo de Alejo, se hizo presentar los títulos de cada familia y los quemó, sin abolir por esto la superioridad de los nobles o boyardos.
Pedro el Grande – 1682 Habiendo muerto sin hijos, tuvo por sucesor a su hermano Pedro, de nueve años de edad, bajo la regencia de su madre, al principio, y de su hermana después. Reprimió ferozmente la sublevación de los Strelitzes y pretendientes; salió vencedor de la prueba de los vicios a que se le expuso, y librándose de su hermano y su tutora, se encontró, a los 17 años de edad, al frente de la monarquía más vasta de Europa, cuyo territorio se extendía desde Arcángel hasta el mar de Azov, con un pueblo tosco, pero unido, con grandes que eran esclavos, y donde podía mandar que a centenares se presentasen a hacerse ahorcar o decapitar, llevando ellos mismos el palo o el hacha. Pedro se propuso instruir de pronto al pueblo en las costumbres europeas; él mismo fue a Holanda a trabajar confundido con los obreros en los arsenales; fue de corte en corte estudiando lo que podía ser útil a los suyos. Sintiendo sobre todo la necesidad de dominio en el mar, fortificó a Azov y hostigó a la Suecia.
Carlos XII – 1700 – 1703 – 1709 En Suecia reinaba Carlos XII, excelente militar, espíritu aventurero, aficionado a las matemáticas a la caza, a los peligros; austero de costumbres y deseoso de imitar a Gustavo Adolfo. Federico Augusto, rey de Polonia, anhelaba recuperar los países que ésta había cedido a la Suecia, como Pedro ansiaba el acceso al Báltico; ambos, pues, ambicionaban la guerra, que estalló con motivo del Schleswig y del Holstein. Carlos XII rechazó a los Rusos de Narva, con grandes destrozos; Pedro se aplicó a mejorar sus tropas, mientras que Carlos invadió la Polonia, entró en Varsovia, y se negó a toda concesión, mientras no fuese depuesto Augusto. Fue, en efecto, sustituido por Estanislao Lesczynski, que se alió con Carlos, el cual persiguió a Augusto en la Sajonia hasta que le hubo obligado a deponer las armas. Entonces le agasajaron los reyes; se declaró protector de los Protestantes, aunque dejó que tomase alientos el Moscovita, que adquirió un puerto en el Báltico y alcanzó la primera victoria naval de aquella nación, fundó a San Petersburgo a orillas del Neva y la eligió por capital. Tarde acudió Carlos, empeñado siempre en dar los reyes a la Polonia; pasó el Vístula por encima del hielo, y el Beresina, amenazando a Moscú. Confiado en los Tártaros capitaneados por Mazeppa, Carlos adelantaba impróvidamente, pero resultando derrotado y herido en Poltava, huyó a los Turcos, de entre los cuales no pudo salir. Prisionero y todo, quería mandar; gozaba de simpatías entre el pueblo y los grandes, y después de extrañas aventuras, volvió a Estocolmo; rotas de nuevo las hostilidades, vio tomado a Stralsund por los Prusianos, y queriendo rehacerse sobre la Noruega de las pérdidas sufridas en el Báltico, quedó muerto en Frederikshald, a la edad de 36 años.
1718 – 1721 No queriendo más guerras, el país eligió por reina a la hermana de Carlos, Ulrica Leonor, bajo la cual prevaleció el partido patriótico, o aristocrático. El zar Pedro desembarcó devastando las provincias suecas, hasta que con la mediación inglesa se hizo la paz, extendida a las demás potencias del Norte, deseosas de poner un límite a las ambiciones de Pedro. Suecia cedía a Rusia la Livonia, la Estonia, la Ingria, parte de la Carelia con las islas de aquellas costas; al mismo tiempo perdía casi todas sus posesiones de la Germania y el paso por los estrechos, mientras que la Rusia, transformada en potencia europea, con ejércitos victoriosos, veía a millares de prisioneros suecos fundando manufacturas. Pedro se tituló emperador de todas las Rusias, y aplicó todos sus cuidados a constituir y civilizar la nación; aumentó los armamentos, la navegación, los herramentales, la cultura literaria y científica, adoptando un despotismo sin dignidad y sin nobleza, y tratando a los súbditos como si fueran un pueblo bárbaro. Abolió el patriarcado, para organizar la Iglesia a su antojo, enriqueciendo el erario con los bienes de ésta. Suponiendo un bien universal, sacrificaba el bien y los sentimientos de cada uno, y quería ajustarlo todo a una civilización convencional, jactándose de haber vestido de hombres a un rebaño de osos.
1725 Igualmente despótico en el seno de la familia, repudió a Eudoxia porque era aficionada a los usos del país; tiranizó a su hijo Alejo hasta que lo hizo condenar a muerte. Catalina, mujer vulgar con la cual se casó Pedro, dio con él un viaje por Europa, y los esposos imperiales asombraron por sus extravagancias y su grandeza. Las infidelidades de Catalina turbaron los últimos días de Pedro, que merece más el título de extraordinario que el de grande.

248.- Italia. Dominación española
A las antiguas libertades sucedieron en Italia las dominaciones de hecho. En todas partes no se contemplaban más que necesidades en los príncipes y miseria en los pueblos; el principal interés de aquellos era exigir grandes contribuciones; estos se sentían afligidos principalmente por el temor de morir de hambre.
El gobierno, que oprimía a la plebe, permitía el renacimiento del feudalismo; y los barones daban rienda suelta a sus antojos, resguardados por sus castillos; la campiña era molestada por bandidos, mientras que en el recinto de la ciudad los príncipes y los embajadores fomentaban el delito. La hipocresía dominó a una sociedad artificial, mala, decrépita. Hasta la literatura revestía el oropel ridículo de las vanidosas costumbres.
1552 – 1616 De las antiguas repúblicas continúan existiendo Luca y San Marino, además de Venecia y Génova. La casa de Este domina a Módena, los Farnesio a Placencia, los Cibo a Massa y Carrara; los Appiani y los Ludovisi a Piombino; las Pico poseían la Mirándola; los Gonzaga reunían a Mantua el Monferrato; los pequeños príncipes de la Romania desaparecieron. Cuatro sistemas de política dividían la Italia; el de España, el de Saboya, el de Roma y el de Venecia. España dominaba el Milanesado, dejando una sombra de la antigua independencia en el senado y en las magistraturas urbanas, pero con un gobernador civil y militar, que si no correspondía directamente con las Potencias extranjeras, podía hacer la guerra por cuenta propia. Mayor era el poder de los virreyes de Nápoles, aunque contenidos par los barones que ejercían el mero y mixto imperio. Entre estos virreyes fueron notables el historiador Hugo de Moncada; don Pedro de Toledo, que dejó magníficos edificios e instituciones; el conde de Olivares, que confió a Domingo Fontana la fabricación de graneros y acueductos; el duque de Osuna, que administraba la justicia a su antojo, reprimía a los nobles, y pensaba abatir a Venecia y proclamarse rey.
1647 – Masaniello El lujo y un grueso ejército obligaban a aumentar las contribuciones; cansado de las cuales el pueblo de Nápoles se sublevó tomando por jefe al pescador Masaniello, el cual se encontró por algún tiempo dueño de la ciudad, pero no tardó en ser degradado y muerto. Sin embargo, duró la sublevación, y don Juan de Austria acudió para reprimirla. Pero el pueblo, guiado por Jenaro Anesio, resistió y acudió a Francia, siempre dispuesta a perjudicar a los Españoles. Acudió, efectivamente, Enrique de Guisa y se hizo proclamar duque de Nápoles; pero pronto fue preso, degollado Anesio, y rechazado Tomás de Saboya que quería sacar partido de las turbulencias.
Conjuración de Bedmar – 1618 También habían pasado los hermosos días de Venecia, que se veía obligada a mantener el apoyo de Turquía por medio de tributos, y a guardarse del Austria, deseosa de unir sus países eslavos e italianos con los alemanes. Ya dijimos sus controversias con el Papa. Pero éste no la molestaba tanto corno los Uscoques que desde Clissa y Zengh infestaban el Adriático. Los Diez habían quedado siendo tribunal supremo, que velaba sobre todos los actos, principalmente de los nobles, castigándoles con tremenda justicia secreta. De improviso el consejo mandó prender y dar muerte a algunos extranjeros, y se dijo que Bedmar, embajador de España, había tramado con el duque de Osuna una conjuración para incendiar a Venecia y dar muerte a los jefes.

249.- Saboya
1416 - Manuel Filiberto – 1555 Al paso que unas decaían, se alzaba una nueva potencia; la Casa de Saboya. Esta dependía del emperador de Alemania, y aprovechaba las circunstancias para engrandecerse a expensas de sus vecinos. Amadeo VIII obtuvo el título de Duque y estableció la sucesión en el primogénito, a fin de que el Estado no fuese ya dividido entre los hermanos. Los sucesores fueron a menudo expoliados por los Suizos y los Franceses; pero Manuel Filiberto, valeroso guerrero, recobró con la paz de Cateau-Cambrésis las posesiones antiguas; fortificó las ciudades, instituyó una milicia, y pudo intervenir en las cuestiones de entonces, mientras que en el interior consolidaba la monarquía, y restauraba la población y la industria.
Carlos Manuel – 1584 Su hijo Carlos Manuel, llamado el Grande, obtuvo de Enrique IV a Saluzzo; favoreció a los literatos, a los sabios y a los prelados, y con astuta política sacó partido de las rivalidades entre España y Francia, volviéndose la casaca según le convenía; asumió el título de rey de Chipre, trató de prevalecer en Francia, aspiró a la corona de Italia, intentó recuperar a Ginebra con un famoso asalto, que se malogró, y ansiaba la posesión de Génova para tener un pie en el mar.
1602 – Valtelina La Valtelina fue causa de nuevas agitaciones en Italia; dominada por los Grisones, fue el refugio de muchos Protestantes. Cansados de la opresión, los Católicos los degollaron; y entonces Austriacos, Franceses y Españoles trataron de ocupar aquel valle; Carlos Manuel aconsejaba a la Francia que invadiera el Milanesado y ocupase a Génova.
1627 Esta había sido reorganizada por Doria después de la conjuración de los Fiesco, y excitaba la codicia de España, de la Toscana y principalmente de Carlos Manuel, el cual, además de suscitarle enemigos, armó con César Vachero una conjuración que costó a éste la cabeza.
Los Gonzaga, señores de Mantua y de Guastalla, habían adquirido también el Monferrato. Cuando Francisco IV murió dejando una sola hija de cuatro años, Carlos Manuel su suegro, deseoso de poseer el Monferrato, lo invadió a despecho de los Españoles, que lo consideraban peligroso para el Milanesado. De aquí nació una larga guerra, en la cual Carlos Manuel se proclamaba libertador de Italia; pidió auxilio a Venecia y a Francia, pero no obtuvo otra cosa más que una gran reputación militar.
1628 – 1630 Muertos después Fernando y Vicente de Mantua, se presentó para sucederles otra rama de los Gonzagas, señores de Nevers. Entonces Carlos Manuel volvió a alegar sus pretensiones; opusiéronse al de Nevers los Españoles y los Imperiales; Luis XIII fue en persona a combatirlos y ocupó a Susa, fortificó el Piñerol, y ardió en guerra encarnizada todo el país. Empeoraron la situación las bandas alemanas, aguerridas en la guerra de los Treinta años, que devastaron la Lombardía, saquearon a Mantua y difundieron una de las pestes más mortíferas.
1639 Víctor Amadeo, nuevo duque de Saboya, moderado y leal, tuvo que firmar el tratado de Cherusco por el cual se cedía a los Franceses el Piñerol y los valles Valdeses; Víctor Amadeo obtuvo a Turín y parte del Monferrato, y luego se vio obligado a aliarse con aquellos para conquistar el Milanesado y el paso de la Valtelina. Corrió, pues, nuevamente la sangre, hasta que la Valtelina fue restituida a los Grisones.
Muerto Víctor Amadeo, le sucedió Carlos Manuel II, de edad de cuatro años; España y Austria se empeñaron en dar la tutela a los tíos del niño, al paso que los Franceses sostuvieron a Madama Real, hija de Enrique IV. Los Franco-Piamonteses combatieron con los Hispano-Piamonteses; Turín fue tomada y vuelta a tomar; y se repartió el dominio bajo la humillante tutela francesa. El Monferrato era todavía campo de discordias y batallas, con paces efímeras.
Carlos III, que heredó el ducado de Mantua siendo aún niño, murió sin hijos, y Luis XIV, desplegando fuerza y engaños, obtuvo a Casale, que conservó hasta 1695.

250.- Estado Pontificio
La paz de Westfalia constituyó legalmente protestante a la mitad de la Europa, de modo que el poder de los papas dejó de ser universal. Estos habían aumentado sus dominios con Ferrara, Urbino y Castro; pero aumentaba la deuda a causa de lo que se gastaba en edificios, obras de beneficencia, sostenimiento de partidarios, y en enriquecer a sobrinos desde que no era posible conferirles feudos. Se alzaron poderosas las casas de los Peretti, Aldobrandini, Borghesi, Barberini, Ludovisi y Farnesio. Por hostigar a estos últimos, se hicieron odiosos los Barberini. A éstos pidió severa cuenta Inocencio X, bajo el cual regían la cosa pública doña Olimpia Maldachina, su cuñada, y la Aldobrandini. Alejandro VII (Chigi), Clemente IX (Rospigliosi) y Clemente X (Altieri), ocuparon la silla apostólica con buenas intenciones, pero sin poder vencer los vicios de aquel gobierno y en aquella sociedad, cuya administración se hallaba enteramente en manos del clero. La nobleza antigua y la moderna se unían para eludir las leyes; los empleos se vendían a los ricos que de ellos sacaban gran provecho; la justicia era lenta y no imparcial; el comercio escaso; y el arte de la hacienda estaba reducido a contraer deudas (Monti), que enriquecían a los banqueros. Cada Papa quería marcar su paso con edificios, instituciones, bibliotecas y galerías.
1679 Los príncipes católicos, a ejemplo de los protestantes, procuraban sacudir toda dependencia de la Iglesia, Luis XIV, particularmente, luchó con Inocencio XI (Odescalchi) por la regalía y las franquicias, y por las declaraciones de las libertades galicanas.
Después de Alejandro VIII (Ottoboni) ocupó la Sede apostólica Inocencio XII (Pignatelli), que hizo firmar a los cardenales una Bula en que se condenaba el nepotismo. Clemente XI (Albani) continuó en el trono los estudios y la sobriedad a que estaba acostumbrado, construyó hospitales, graneros públicos, acueductos, el puerto de Anzio y fortalezas, una cárcel de corrección, y obtuvo mejores condiciones para los cristianos en Persia, en Abisinia y en Turquía.

251.- Mesina y Génova. Influencia de Luis XIV
1669 – 1676 La Sicilia sufría no menos que Nápoles. Poco antes de la insurrección de Masaniello, habían estallado otras en Mesina y Palermo. El batidor de oro José Alessi fue elegido jefe del pueblo para arrojar a los Españoles, pero no tardó en ser muerto. Sin embargo renacían las insurrecciones, principalmente por falta de pan en el granero de Italia, y también por celos entre Catania, Palermo y Mesina, y los virreyes creían dominar mejor fomentando estas rivalidades. A las malas provisiones se unían terribles erupciones del Etna, que destruyeron a Catania, y las correrías de los Turcos. Se supone que Luis del Hoyo excitó un levantamiento en Mesina con el oculto intento de quitarle los privilegios. Efectivamente la ciudad se sublevó y pidió auxilio a Luis XIV, dispuesto siempre a perjudicar a España. Este mandó la flota y venció en Lípari a la holandesa, capitaneada por el famoso Ruyter; luego, necesitando tropas, se llevó a las suyas de Mesina, cuya ciudad se halló abandonada a los Españoles, vio reducidos sus 60 mil habitantes a 11 mil, y perdió los privilegios.
Luis XIV también se inmiscuía en los asuntos de Génova, y fingiendo protegerla contra la ambición de Carlos Manuel de Saboya, armó enredos y mandó su flota a bombardear aquella ciudad, que fue perjudicada en 100 millones, y tuvo que aceptar pactos humillantes y mandar el dux a Versalles a implorar la real clemencia.
1686 Cuando Luis revocó el edicto de Nantes, muchos protestantes franceses se refugiaron en los valles piamonteses, donde vivían tranquilos los Valdenses. Luis pretendió que fuesen arrojados de allí los protestantes, y Víctor Amadeo II tuvo que prohibirles el culto y dictar órdenes severísimas; luego las tropas francesas penetraron en el país con el general Catinat, y habiendo hallado una vigorosa resistencia, hicieron estragos. Muchos de los perseguidos se refugiaron en Suiza.
Los Italianos tenían, pues, sobrados motivos para desconfiar de Luis XIV; sin embargo se dejaron deslumbrar por su esplendor, por las alabanzas de los periodistas de entonces, y por el aplomo con que él mismo se titulaba grande. Quien velaba por la independencia italiana era Inocencio XII, que reprobaba al emperador y al rey. Clemente XI pensó servir de mediador entre ellos e inducirlos a volverse contra el Turco. Pero uno y otro se armaban para disputarse la sucesión española, y estalló una guerra en que fue trastornada Italia, que no tenía en ella ningún interés.
1698 – 1702 – 1706 Luis XIV y el emperador Leopoldo hicieron vanos esfuerzos para conseguir de Clemente XI que les confiriese la investidura del reino de Sicilia; el Papa quiso permanecer neutral, como padre de la Cristiandad. Los príncipes italianos se dividieron; Víctor Amadeo II, declarado generalísimo de los imperiales, venció en Staffarda, pero en el Piñerol fue vencido por Catinat, a quien escribía el ministro Louvois: «¿Me preguntáis qué haréis? Quemar, y después quemar». El Piamonte fue devastado, y Casale desmantelado y restituido al duque de Mantua. Víctor Amadeo prefirió desertar a los Franceses; recobró a Piñerol y Casale, y pudo lanzarse a mayores tentativas; se colocó entre los aspirantes al trono de España, y en una división que se propuso, se trató de darle todo el Milanesado, con tal que cediese la Saboya y Niza. Los Franceses se habían apoderado de la Lombardía y de Nápoles, merced al valor de Catinat, Villeroi, Vaudemont y Vendôme; pero el príncipe Eugenio de Saboya condujo a los imperiales a vencer en Chiari y en Cremona, sobre todo desde que Víctor se separó de Francia. Turín fue asediada por los Franceses y libertada por los imperiales, que proscribieron al duque de Mantua como traidor, y ocuparon su país, repusieron al duque de Módena, conquistaron a Nápoles y ocuparon la Cerdeña. Estos engrandecimientos inspiraron celos; la Inglaterra obtuvo para Víctor la Sicilia con el título de rey, la restitución de Niza y de los valles alpinos; dejaron al emperador el reino de Nápoles, el ducado de Milán, la isla de Cerdeña y los presidios de Toscana; la España fue excluida de la Italia, a pesar de haber parecido que iba a conquistarla toda.
Los Sicilianos se cansaron pronto de un rey extranjero, y éste tuvo que cambiar la isla con la Cerdeña, aunque conservando el ambicionado título de rey.
Venecia, que aún había mostrado valor y buen sentido en la guerra de Candía, se halló miserablemente envuelta en aquellas ambiciones reales.

252.- La Toscana
1571 Cosme I procuró dar prosperidad y riqueza a su país; pagó las deudas públicas; mantuvo sujetos a los Berberiscos; fomentó Academias y Universidades; hizo trabajar a los artistas, pero su política tejió una red de intrigas y violencias, y reprimió duramente los sentimientos republicanos. La malevolencia hizo decir que Don García, hijo de Cosme, en una disputa mató a su hermano Juan, cardenal, y que su padre enfurecido dio muerte al asesino, muriendo de pesar la madre Leonor. Añadíase también que Cosme amaba más que como padre a su hija Isabel.
1609 Francisco María se sometió a la voluntad del Austria y a la de Blanca Capello. Su hermano y sucesor Fernando mejoró la hacienda, el comercio y las sederías; alcanzó victorias sobre los Berberiscos y favoreció a sabios, poetas y músicos.
Cosme II estuvo en relaciones con Fakr-eddyn, emir del Líbano, y pensaba mover guerra a la Turquía, con cuyo objeto fortaleció la marina, con ayuda de los caballeros de San Esteban.
Fernando II procuró reparar los males de una regencia ruinosa; dio pruebas de caridad y valor en la peste de 1630; dio esplendor a la corte y a las escuelas con italianos y extranjeros de mérito; construyó jardines, casas de fieras, acueductos y fundiciones, y dio prosperidad al país. Liorna, de pueblecillo oscuro, se convirtió en puerto de primera clase, a donde acudían, con franca entrada, naves de todas naciones y gentes de toda comunión religiosa.
1723 Cosme III, en treinta y ocho años de dominio, dejó decaer el Estado y se hizo despreciable por sus aventuras domésticas. El último de los duques fue Juan Gastón, el cual, careciendo de hijos, se vio rodeado de pretendientes intrigantes, y en vano procuró que los Florentinos, al extinguirse la dinastía a que se habían obligado a servir, recobrasen la libertad.

253.- Literatura italiana. Bellas artes
Tasso Tránsito entre la edad precedente y la nueva es Torcuato Tasso (1544-95), que en la Jerusalén libertada escogió un asunto épico de los más grandes, aunque en la ejecución no rayó a toda la altura posible. Su Aminta es uno de los dramas más correctos.
Marini Ya se notan en él los defectos de estilo que más sobresalieron en el napolitano Marini (el Adonis, 1596-1622), poeta sin dignidad, que introdujo la exageración española, las metáforas extravagantes, el prurito de querer causar asombro. Detrás de él se formó la escuela que fue designada con el nombre de Secentistas, con frases ampulosas, insípida afectación y trivialidades, con la manía de acumular ideas disparatadísimas, como llamar a las estrellas cequíes ardientes de la banca de Dios, a la luna tortilla de la sartén celestial. La elocuencia del púlpito se engolfaba en estas repugnantes bellezas. Sin embargo floreció entonces el más ilustre de los predicadores, Pablo Segneri (1624-94).
Pareciendo inspirada la naturalidad, se puso mayor cuidado en la frase, el periodo, el estilo afectado, en decir todas las cosas del mejor modo; si algunos abusaron de esto, otros dieron sabias reglas (Corticelli, Nisieli, Cinonio, Salviati, Gigli, Salvini); Trajano Boccalini hizo agudas sátiras en los Cuentos del Parnaso y en la Piedra de toque de la política. Alejandro Tassoni, con su Cubo robado, y Francisco Bracciolini, con la Burla de los Dioses, dieron ejemplo de los poemas heroico-cómicos. Nicolás Fortiguerri quiso desacreditar a los poemas románticos componiendo cada día un canto de su Ricardito.
Cristina de Suecia reunía a los hombres de talento en el palacio Farnesio de Roma, donde nació la Arcadia, academia en la cual revestía un carácter campestre y pastoril; vanidad ridícula que, sin embargo, corregía la ampulosidad y el énfasis. Versificaron bien Gabriel Chiabrera, Virente Filicaja, Alejandro Giudi, y con ellos Menzini, Zappi, Maggi y Marchetti. Ensayó la tragedia Vicente Gravina, que escribió además la Razón poética. Luis Sergardi, con el nombre de Quinto Settaro, compuso sátiras latinas muy mordaces. En general, los literatos italianos permanecían ajenos al gran movimiento de ideas que sacudía a la Europa.
En las Bellas artes, más que en la originalidad, se prefería la imitación y el eclecticismo; parecían sublimes los artistas que reuniesen la gracia de Rafael, el dibujo de Leonardo, el colorido de Tiziano, el movimiento de Tintoretto, la magnificencia de Paolo, la fuerza de Correggio, la inventiva de Miguel Ángel, con lo cual en vez de grandes artistas se tenían caricaturas de los grandes genios. Con tales artes adquirieron renombre Federico Baroccio de Urbino y los Garacci de Bolonia. De la numerosa escuela de estos salió el Dominiquino (1581-1641), que meditando mucho los asuntos, llegó a una verdadera originalidad, lo que le valió la saña de sus contemporáneos. Francisco Albano (1578-1660), pareció incomparable en la reproducción de la gracia infantil Miguel Ángel de Caravaggio pretendía copiar la naturaleza en lo que tiene de más enérgico y caprichoso; todo lo contrario era el caballero de Arpino, amanerado y pulcro, lo mismo que Guido Reni (1575-1642), sin conceptos originales, pero límpido y variadísimo en los trajes, en las fisonomías y en las actitudes. Guercino fue aficionado a los gallardos contrastes de luz y sombra. Lafranco de Parma, Pedro de Cortona, el Españoleto y el Calabrés, guerrearon no menos con el pincel que con los puñales. Maratta adquirió el nombre de Carlos delle Madonne, y Jordán el de Lucas Fapresto por la rapidez con que ejecutaba. Salvador Rosa pareció original, siendo extraño e improvisador. Entre los Florentinos merecen citarse Cigoli, Allori, Carlin Dolce, Sassoferrato y Lorenzo Lippi. Casi todos supieron, además, la escultura y la arquitectura, y entonces más que nunca se comprendió la perspectiva.
La escuela de Cremona produjo artistas como los Campi y la Anguissola, la de Bolonia a los Procaccini, padre e hijo, a quienes siguieron Salmeggia y los Milaneses, entre los cuales sobresalieron Cerano y Daniel Crespi. Mucho hacían trabajar los patricios de Génova, donde se distinguieron los Calvi, los Semini, Cambiaso, Carloni y Strozzi. Moncalvo es el único citado entre los Piamonteses. El ejemplo de Tintoretto perjudicó a los Venecianos, entre los cuales se distinguieron Jacobo Palma, los Varotari, más tarde Tiépolo y el famoso perspectivista Antonio Canale.
Generalmente, en pintura y en escultura, se hacía lo mismo que en la poesía; no se veían más que actitudes amaneradas, composiciones vulgares, exagerados contrastes de claro-oscuro, trivialidad universal. En arquitectura, las nuevas fantasías no se contentaban con los órdenes clásicos, y se retorcieron las columnas, que se envolvieron con pámpanos de bronce y se variaron de un modo extravagante; en unos puntos parecen divididas en dos; en otros figuran estar próximas a caer, pero un ángel las sostiene. Este extravagante estilo domina en los palacios y en las muchísimas iglesias de aquel tiempo.
Bernini Gran imaginación tenía Lorenzo Bernini (1598-1680), pero aspiró a la novedad; era pintor, escultor y arquitecto; su género de escultura era pintoresco, con conceptos sin estudio ni conveniencia. Sabia adaptar a los lugares sus creaciones arquitectónicas, como en las fuentes de Roma; hay de él magníficas escaleras, el altar mayor del Vaticano, la cátedra de San Pedro y la sorprendente columnata de la plaza. En Francia fue llamado a terminar el palacio del Louvre y alcanzó allí señalados triunfos; trabajó sin descanso hasta los ochenta y dos años de edad.
No llegaron a su altura sus secuaces; Carlos Fontana y Borromini llenaron a Roma de construcciones, donde aparece lo difícil sin belleza, lo exagerado sin vigor, lo caprichoso sin novedad. Más correctos fueron los escultores Algardi, Maderno y Fiammingo. Fansaga en Nápoles, y Longhena en Venecia, dejaron pomposas monstruosidades, como hicieron otros en otras partes, en un tiempo en que tanto se construyó.
Las academias de extranjeros, instituidas en Roma, difundían aquel gusto entre las naciones. La España dejó las tradiciones góticas y moriscas, y confió la erección de grandes edificios a Pellegrini, Juvara, Sacchetti, Bonavia y Ribera. El naturalismo de los italianos prevaleció hasta en la pintura, pero fue grande Velázquez en la imitación de lo verdadero y en el claro-oscuro. Murillo (1618-82) se conservó puro de los defectos dominantes, con alegre colorido y estudio de la naturaleza. Subleyras pasó de España a Italia y alcanzó gran reputación. Rubens de Colonia (1577-1640) atendió más al colorido que a las formas y al dibujo; se cuentan 1310 obras suyas. Los retratos de Van Dyck (1599-1641) ceden apenas a los de Tiziano. Rembrandt conoció los efectos de la oscuridad. Bamboccio trató escenas de la vida cuotidiana, animando vigorosamente pequeñas figuras.
Entre los Alemanes también se difundió el estilo abigarrado, que se extendió hasta Rusia. Yñigo Jones hizo sus estudios en Italia, se ejerció en Dinamarca e introdujo en Londres, su país, la manera de Palladio. Cuando el incendio de 1666 destruyó las casas de madera de Londres, Cristóbal Wren dio el plano de la nueva ciudad, pero no fue aplicado, por economía; este artista alzó la iglesia de San Pablo, que vio concluida al cabo de treinta y cinco años.
Los Italianos llamados a la Corte francesa, fueron los legisladores del gusto, que pronto se amaneró. Freminet y Vouet empuñaron el cetro artístico hasta que se amparó de él Nicolás Poussin (1594-1665), el cual estudió en Roma con el paisajista Claudio Lorenés (1600-82), y se formó un estilo propio, en disidencia con los académicos.
Callot (1593-1635) reproducía en vivaces cuadritos la vida del soldado, del gitano, y otras fantasías, y compuso en un solo día algunos de sus 1900 cuadros. Le Sueur, a pesar de estudiar a los italianos, conservó sus propias inspiraciones, y son admirados sus veintidós cuadros de la historia de San Bruno. Claudio Lebrun fue árbitro de la Academia real de pintura y escultura de París, pintor de Corte, dispensador de las comisiones a quien siguiera su gusto, que desplegó principalmente en la galería de Versalles pintando de una manera fastuosa los fastos del gran rey. Como director de la Academia le sucedió Mignard (1608-96), ensalzado por los literatos a quienes halagaba, y fue melindroso, como en general el arte de entonces. A Puget le llaman el Miguel Ángel francés, porque brillaba en la escultura, en la pintura y en la arquitectura. Uno de los talentos más universales fue Perrault, que completó el palacio del Louvre y parte del de Versalles, donde Luis XIV quiso tiranizar a la naturaleza y someterla a fuerza de arte y dinero. Andrés Le Nôtre no tuvo rival en el arte de trazar jardines a la francesa.

254.- Filosofía y ciencias sociales
Las Universidades, que en la Edad Media habían sido centros del saber, se convirtieron en lugares de preparación para profesiones lucrativas. La decadencia de la escolástica dejó un vacío, que se quería llenar con artificiales combinaciones de sistemas antiguos, o tentativas de novedades, separando la indagación filosófica de la teológica. Pedro Gassendi (1592-1655), repudiando definitivamente a los Aristotélicos y las ciencias anteriores, dio un nuevo sistema (Syntagma philosophicum), fundado en la evidencia. Descartes (1596-1650) matemático insigne, fundó su sistema no sobre lo antiguo, sino siguiendo un método enteramente nuevo. Estableció como fundamento la duda metódica, no aceptando por verdadero sino aquello que tenga razón suficiente, una evidencia íntima en la conciencia; con lo cual se formaban dos series de hechos distintos: el pensamiento y la extensión; y de ahí las ciencias espirituales y las físicas. Rechazaba la experiencia de todos los siglos, pretendiendo que cada uno debe verificar las cosas por sí mismo, y no aceptaba sino lo que es razón individual y evidencia geométrica.
Malebranche Aquella duda se convirtió en norma de toda la filosofía moderna, y se conocieron sus defectos cuando se declararon discípulos suyos el impío Hobbes, el panteísta Spinoza y el epicúreo Gassendi; nacieron clamorosas oposiciones, pero mientras tanto la autoridad era sacudida y supeditada a la razón. Huet demostró que no había alternativa entre el dogmatismo y el escepticismo. El Arte de pensar, publicado por los Jansenistas de Port-Royal, da excelentes reglas de lógica. El parisiense Malebranche (1638-1715) distingue las ideas no solo de las sensaciones sino que también de los sentimientos; y donde Descartes recurría a la existencia de Dios para explicar la unión entre el alma y el cuerpo, él unió los cuerpos y los espíritus como causas ocasionales, produciendo a Dios, o movimientos en el cuerpo cuando el alma quiere, o impresiones en el alma cuando los cuerpos están presentes; de modo que la inteligencia es una revelación incesante. Es admirable la unidad a que reduce la variadísima materia, con estilo claro, preciso, elegante, y ha tenido mayor influencia que Descartes.
Spinoza Baruch Spinoza (1632-77), hebreo cristianizado, afirmó la absoluta identidad de la materia y del pensamiento, y queriendo probar que las diversas realidades no pueden conocerse sino como atributos de una sustancia única, vino a investigar si su naturaleza era material o espiritual. Sin escrúpulos ni prudencia dedujo el panteísmo de las doctrinas cartesianas.
Locke – Leibniz Locke (1632-1704) hizo popular, o más bien vulgarizó la metafísica, limitándola al sensualismo, y sin embargo no comprendió las graves dificultades de explicar la formación de las ideas; niega que existan las que el sentido no puede dar y examina solo el hombre exterior. Al estudio del hombre interno se dedicó también Leibniz (1646-1716), ilustre jurisconsulto, diplomático, matemático, historiador, que no pretendió fundar una nueva filosofía, sino que combatió el sensualismo para dar a las verdades cristianas sólidos fundamentos y ancha aplicación, corrigiendo el cartesianismo, no admitiendo más que las sustancias simples (Mónadas), cada una de las cuales tiene cualidades que la distinguen de las demás, y cuyos cambios provienen de causas internas. La mónada de las mónadas es Dios, ente necesario, y cuando el espíritu humano llega a él, puede establecer la teoría del universo. De este modo creó Leibniz una escuela alemana propensa al idealismo, ya místico, ya racional (Tomasio, Wolf); pero se extendió la escuela negativa, que destruía la razón humana, declarándola incapaz de conocer nada concluyente.
Moral Se puede decir que todos dedujeron de su metafísica sistemas morales. Bossuet, en su Historia de las variaciones, acusa a los Protestantes de haber santificado la insurrección armada contra los soberanos, mediante doctrinas que siempre cambiaban. Como Jurieu sostuviese el derecho de rebelarse por razón religiosa, y la doctrina de que no es necesario que el pueblo tenga razón para que sean válidos sus actos, Bossuet le refutó en la Quinta advertencia a los Protestantes, verdadero tratado de política, y en su Política sagrada, donde coloca en altísimo lugar a los reyes, pero los somete a la ley divina. Con mayor liberalidad escribió Fénelon su Examen de conciencia sobre los deberes de los reyes.
Grocio se había esforzado en extender entre los Estados independientes las leyes de justicia y de humanidad, reconocidas universalmente entre los individuos; Hobbes y Spinoza fueron el tipo de la moral egoísta. Puffendorf (1632-94), examinó los derechos y los deberes públicos independientemente de la revelación, y no reconoce otro derecho de gentes que los pactos formados por los hombres, los cuales, viendo la universal tendencia al daño, se constituyeron en sociedad; de las familias primitivas nace el gobierno civil; el poder supremo no es responsable; el príncipe puede apreciar las ventajas públicas mejor que el pueblo; y se le debe obedecer.
Leibniz por el contrario funda el derecho en Dios como fuente de toda justicia. Tomasio trató de discernir el derecho de la moral que no puede tener coacción. Zouch introdujo la denominación del jus inter gentes, que hoy llamamos internacional.
Educación Mediante la educación se adquirieron ideas más amplias y precisas, como se ven en los escritos de Milton, de Locke, de Fénelon.
Economía política En economía política dominaba el sistema mercantil (colbertismo), según el cual se creía fija la suma de las riquezas, y por consiguiente una nación no podía adquirirlas sin detrimento de las demás; de ahí el equilibrio del comercio y el considerar al dinero como riqueza única. Los grandes capitales empleados en las especulaciones del Nuevo Mundo, y la lentitud con que volvían, obligaron a recurrir al crédito, y se extendieron los bancos, no solo para uso del gobierno, como los de Venecia y Génova, sino que también para los comerciantes, como el de Amsterdam, que comprendió la utilidad de sustituir con billetes de circulación el capital que yace muerto; después se emitieron billetes por un valor superior al que había en depósito; Inglaterra creó la deuda pública; Holanda hizo la primera amortización en 1655; e Inocencio XI redujo el interés del 4 al 3 en 1685.
Jurisprudencia Godofredo trabajó treinta años en la edición del código Teodosiano (1665). Van Espen (Jus ecclesiasticum universum) perjudicó a la Santa Sede en provecho de los príncipes. En Italia eran famosas las decisiones de la sagrada Rota romana y de las Cortes de Santa Clara de Nápoles. El Doctor vulgar del cardenal de Luca, ponía la ciencia al alcance de los más rudos, y apelaba al buen sentido. Vicente Gravina en el Origen y proceso del derecho trazó la historia civil externa del derecho romano. Leibniz, a la edad de veintidós años, publicó su Nova methodus docendæ discendæque jurisprudentiæ, uniendo esta ciencia con la filosofía moral, la historia y la filología. Domat dispuso las leyes civiles de Justiniano en su orden natural, conociendo la importancia del cristianismo aun en esta parte, pues no cree suficiente el abstenerse de ofender, sino que quiere que los hombres se ayuden mutuamente.

255.- Ciencias históricas
Los resultados de los viajes no correspondieron a las necesidades de las ciencias geográfica y antropológica. La Vuelta al mundo del napolitano Gemelli Carreri (1651) fue considerada más fabulosa de lo que era en realidad. La China y demás países orientales eran descritos por misioneros y diplomáticos; Guillermo Delisle, de París, creó la ciencia de los mapas.
La literatura oriental fue cultivada para los estudios bíblicos; Brian, Walton, Bochart, Hottinger, Pocok, Marracci, Galland, Hyde, dieron a conocer libros árabes y persas.
La anticuaria fue más circunspecta en el estudio de las lápidas, de las monedas, de la geografía, de la vida de los antiguos. En este ramo se distinguieron Fabretti de Urbino, Ciampini y Pignoria. Ayudada por esos trabajos, la cronología llegó a ser una ciencia.
Bianchini quiso escribir una Historia universal mediante los monumentos. Magliabecchi, extravagante personaje, era una biblioteca ambulante. Singular fue también Teófilo Rainaud, de Niza, que llenó noventa y tres obras de una erudición indigesta. El jesuita Hardouin quiso sostener que la historia antigua fue refundida enteramente en el siglo XIII, que los autores clásicos son obra de frailes, excepto las Geórgicas de Virgilio, las sátiras y epístolas de Horacio, las obras de Plinio y las de Cicerón; y que los Concilios anteriores al de Trento son quiméricos.
La cuestión de la superioridad de los antiguos o de los modernos dictó trabajos más curiosos que profundos. Tassoni estuvo por los modernos; Lancillotti se propuso probar que el mundo no había empeorado moralmente; otros atacaron el continuo progreso.
La congregación francesa de San Mauro se aplicó a trabajos de erudición y de historia; de ella salió el Arte de comprobar las fechas. Mabillon escribió De re diplomatica, Montfaucon reveló muchas riquezas italianas en su Iter italicum.
Bollandistas Ughelli ordenó la serie de todos los obispos de Italia. Fleury escribió la Historia de la Iglesia, clara y elegantemente, pero sin afecto a Roma, como no lo encierra la de Natal Alejandro. Omitimos otros trabajos parciales para recordar al jesuita Bollando, que con varios compañeros empezó a escribir los Hechos de los Santos, purgándolos de muchas fábulas y leyendas.
Sobre los tiempos de la Reforma y hechos sucesivos escribieron Burnet, Bentivoglio, Strada, Dávila; muchos narraron las historias municipales o los acontecimientos contemporáneos. La parte anecdótica y escandalosa fue tratada por Ferrante Pallaviccino, Gregorio Leti, Víctor Siri, y por las gacetas, que entonces empezaban a circular. Las historias de los pueblos antiguos o de los orígenes de los modernos decayeron después de los recientes adelantos. Leibniz, grande en todo, reunió infinitos materiales que le pusieron en el caso de publicar, bajo el título de Codex jurisgentium diplomaticus, un riquísimo repertorio, no solo respecto de la política, sino también de la índole, lengua y conocimiento de los pueblos.
Filosofía de la Historia La historia se elevaba de arte a ciencia para observar a los hombres como una sola familia, sometida a ciertas leyes providenciales. Tal era el Discurso sobre la Historia universal de Bossuet, donde el autor considera las vicisitudes del género humano como una preparación a la redención, y después como un complemento de ella. Al napolitano Juan Bautista Vico (1668-1743) le pareció que la humanidad se movía en un círculo fatal, de modo que recorría siempre, las mismas formas sociales. Halló en la filología importantes revelaciones, buscando en la raíz de los vocablos la raíz de los pensamientos; llenó de criaturas suyas los tiempos prehistóricos, y reconstituyó la historia antigua sobre fragmentos, especialmente la romana, que considera como una progresiva conquista de la equidad; asocia el derecho ideal de Platón con el político de Maquiavelo, sirviéndose de la etimología, del mito, de las tradiciones, y de la erudición para crear una historia ideal eterna, en la cual se realiza el derecho.

256.- Ciencias naturales y exactas
En Roma, bajo los auspicios del marqués Federico Cesi, se fundó en 1603 la academia de los Lincei; y en Florencia la del Cimento, ambas consagradas al fomento de las ciencias naturales. En esta última, principalmente, que tenía por divisa Probando y reprobando, adoptaron el método de Galileo y multiplicaron los experimentos Nardi, Bieci, Cavatieri, Castelli, Magiotti, Torricelli, el cual dejó tantos descubrimientos y entre ellos el barómetro. El gran duque Fernando y su hermano Leopoldo favorecían las investigaciones científicas, cooperando con dinero y con su propia experiencia. Viviani, Borelli, Redi, enriquecían la ciencia con descubrimientos, y Magalotti los expuso en lenguaje castizo y estilo literario,
Los imitó la Sociedad Real de Londres, investigadora de novedades físicas, expuestas en los Philosophical transactions. También en París nació la Academia real de ciencias, con miembros pensionados. Otras de menor importancia contribuyeron, con las dichas, a mejorar las ciencias por medio del cálculo y el experimento.
La química, desprendiéndose cada día más de las aberraciones de la alquimia, trabajaba ya las materias orgánicas, como la leche y la sangre, y se aplicaba a las sales; adquirió carácter científico merced al alemán Becher y al inglés Boyle que refutó los cuatro elementos, suponiendo en su lugar átomos, de forma y dimensiones varias. Otto de Guerick inventó la máquina neumática, con la cual se determinaron la naturaleza y el peso del aire.
Historia natural Cada viaje enriquecía con nuevos objetos la historia natural. Juan Ray dio la historia y clasificación de las aves, de los peces y de las serpientes. Perrault y Duverney crearon la anatomía zoológica; la generación equívoca fue sostenida por Bonanni y refutada por Redi; sirviéronse del microscopio Malpighi y Leuwenhoek; Swammerdam escribió la historia general de los insectos; Vallisnieri estudió el ovario y la generación.
El microscopio ayudó al análisis de los vegetales también; se distinguió el sexo, y se clasificaron las plantas según los órganos de la fructificación y la modificación de la corola; se debe un sistema uniforme a Tournefort (1656-1708).
Nació entonces la geología, examinando los cuerpos fósiles, y estableciendo diversos sistemas para explicar la conformación de la corteza del globo.
En la anatomía adquiría crédito la circulación explicada por Harvey, y con el microscopio se la observó aun en los vasos más pequeños. Malpighi, Valsalva, Santorino, Casserio examinaron las vísceras y los órganos de los sentidos, y Mayow la respiración, para la cual declaró necesario el oxígeno. Santorio (?-1696) vivió treinta años sobre la balanza, para apreciar la transpiración cutánea.
Anatomía comparada Igualmente se empezaron a notar las relaciones que existen entre la estructura del cuerpo y la fuerza de las funciones vitales, variando según las especies; de esto se pasó a la teoría del movimiento en los animales (Borelli). De todo se servía la medicina. La escuela empírica de Sydenham no atendía a las teorías, sino a las operaciones inmediatas y a las historias de las enfermedades. Baglivi (1668-1707) adivinó una fuerza vital en las enfermedades y en la salud, y los mejores consideraban los males no ya como entes abstractos, sino como modos de ser del organismo. Introdujéronse preciosos medicamentos, como el mercurio y la quinina; se continuó el uso de las aguas minerales; se atendió a la salud de los marinos y de los soldados, y el siciliano Fortunato Fedeli compuso el primer libro de medicina legal.
Matemáticas Facilitó grandemente el cálculo el descubrimiento de los logaritmos hecho por Napier (1550-1617). Descartes aplicó el análisis a la geometría, que se lanzó al infinito, abrazando clases enteras de curvas ordenadas según el grado de las ecuaciones. La cicloide ocupó a muchos matemáticos insignes; Wallis dio la aritmética de los infinitos. Grimaldi, Barberi y otros italianos dieron a conocer los fenómenos de la óptica y de los colores, anticipándose a los descubrimientos de Newton.
Newton Descartes había supuesto que de algunos axiomas se podía deducir el sistema del mundo y la filosofía de la mecánica; dadas las ideas del movimiento y de la materia con sus atributos, distribuye la materia en una infinidad de torbellinos que se limitan y circunscriben alternativamente. Esta hipótesis, que seducía a la imaginación, fue considerada como oportuna para sustituir al caduco sistema aristotélico. Pero los sabios más profundos daban crédito a las leyes de Kepler. Gassendi, Huygens, Picard, Mercatore, Hevelio, Flamsteed y Galley hacían adelantar la astronomía. Completó los progresos precedentes Isaac Newton (1643-1727), que introdujo muchas innovaciones en la mecánica, en la óptica y en la astronomía, y reformó cuantas ciencias saludó; dio un punto fijo al termómetro, formó la escala de los colores, estableció las tres grandes leyes del movimiento, explicando hasta los movimientos celestes por la sencilla ley de que cada partícula de materia atrae todas las de su clase con una fuerza proporcional al producto de sus masas e inversa del cuadrado de las distancias. Así llegó al descubrimiento de la gravedad, que es la ley más general del mundo. Newton empleó su larga vida en el cálculo y la reflexión.
Los italianos Cassini se sirvieron de los descubrimientos astronómicos, ópticos y geológicos para hacer magníficos mapas y determinar la situación de los países.
El espíritu filosófico maduraba con la observación; difundíase la cultura; se usaban las lenguas vivas; la experiencia del mundo material se aventuraba en el metafísico; la guerra, obedecía a ciertas reglas, en teoría al menos, y los ejércitos dejaban de ser azote de amigos y enemigos; el derecho feudal y el canónico eran limitados por el moderno; desarollábase el comercio, a pesar de los muchos reglamentos que le servían de obstáculo, y por él Inglaterra adquiría en Europa un predominio que mantuvo durante todo el siglo siguiente; el esfuerzo de los reyes en hacerse pomposamente despóticos al estilo de Luis XIV, concluyó por minar los tronos, mientras la democracia se disponía a reclamar sus derechos.

Libro XVII
257.- Consecuencias de la paz de Utrecht. Felipe V
El conservar la paz de Utrecht interesaba a todos los que habían sido aventajados en ella, como Inglaterra que vio reconocida su dinastía protestante, consolidado su acuerdo con el Austria y asegurado su dominio en el mar, y en efecto, aquella nación fue árbitra del siglo inmediato. El emperador le debía estar unido como señor de los Países Bajos. Portugal le había cedido todo su comercio con el tratado de Methuan; y ella ganó con subsidios la Saboya y los príncipes de Alemania. La Holanda, que podía rivalizar con ella en el comercio, se reducía a defenderse. La Alemania colocaba a sus príncipes en muchos tronos, pero no aumentaba en importancia. El Austria rompía su unión con España, y la política le elevaba en contra la Prusia y la Rusia. Era también causa de recelo para Austria el Holstein concedido a la Rusia, la cual creció en poder y en influencia. La Francia era reducida a segundo rango, pero defendía las doctrinas filosóficas. En Italia solo quedaba en poder de extranjeros la Lombardía, y cuarenta y ocho años de paz le procuraron bienestar, doctrina y progreso.
Esta tendencia al positivismo más que al idealismo, a la riqueza más que a la moral, a la fuerza más que a la justicia, redondeando los Estados no según la historia y las conveniencias, sino según los habitantes y las millas de extensión, y disminuyendo los privilegios del clero, de la nobleza y de los cuerpos industriales y judiciales, hacía más absolutos a los Gobiernos, pero los ponía directamente en frente de los pueblos que aprendían sus derechos propios.
El comercio adquiría suma importancia en la política; las deudas públicas introducían el papel-moneda y los juegos de bolsa. La intolerancia religiosa se perdía en el indiferentismo y en el desarrollo de la literatura filosófica, que se aventuraba a todas las afirmaciones, a todas las utopías sin vacilación, con inmensa fe en sí misma por cuanto aún no había llegado a la época de los desengaños.
En cuanto al pueblo, la paz no le había atendido, y la ciencia lo tenía en poco; sin embargo, maduraban sus destinos.
Alberoni – 1720 Habiendo dejado de ser satélite de la Francia, Felipe V no sabía resignarse a ver desmembrada la monarquía española, y encadenada además por los Ingleses al peñón de Gibraltar. Favorecía al pretendiente de Inglaterra y aspiraba a la regencia del joven rey de Francia, pero no tenía el valor de las grandes resoluciones. Isabel [de] Farnesio, su segunda esposa, instigada por Julio Alberoni, audaz aventurero de Placencia, se propuso regenerar a España, y dar alta colocación a sus hijos. Provisto de armas, dinero y naves, el cardenal Alberoni meditaba hacer a Italia independiente de los Austriacos; conquistada la Sicilia, intrigó con todas las Cortes, aun con la Suecia y la Turquía, hasta que las Potencias amenazadas lo hicieron destituir. Con la paz de Cambray, Felipe renunció a sus pretensiones, pero obtuvo para Carlos, hijo de la Farnesio, los ducados de Parma, Placencia y Toscana; se reconcilió con Carlos VI que se obstinaba en llamarse rey de España, y por último también con Inglaterra, que renunció al comercio de esclavos.

258.- Francia. La regencia. Luis XV
1716 – 1720 Luis XIV dejaba un solo sobrino [sic] de cinco años y medio, bajo la tutela de Felipe de Orleans, el cual dejó que el Parlamento deshiciese gran parte de lo hecho por el rey difunto. Hombre de bellísimas dotes y de enormes vicios, el de Orleans se rodeaba de gente disoluta y espíritus fuertes que se hicieron de moda; lo secundaba el ministro Dubois, cínico, y disoluto, lo cual no le impidió ser nombrado cardenal. La hacienda, que había hallado su ruina en las últimas desventuras del gran rey, iba de mal en peor. Presumió realzarla el escocés Law fundando un banco, que exageró sus operaciones suponiendo que podía sustituirse el dinero con papel y que era ilimitado el poder del crédito. La Francia se embriagó un momento con tales ilusiones, y todo el mundo llevaba su dinero a aquel banco y a una Compañía para el cultivo de los territorios del Misisipí; luego todo concluyó con la más desastrosa quiebra, pero después de haber cambiado las fortunas, revuelto las clases en la fiebre del agio, demostrado que puede haber riquezas fuera de las estables, excitado el espíritu de las empresas, y formado buenos hacendistas y banqueros. Pero la situación de la Francia había empeorado; el pueblo estaba más descontento, y había duplicado la deuda, a cuya calamidad se unió la peste de Marsella.
1723 – 1738 Luis XV se había casado con María Lesczynski, hija de Estanislao, rey depuesto de Polonia. Este, a la muerte de Augusto de Sajonia, trató de recuperar su perdida corona mientras las potencias pretendían disponer de ella. Con tal motivo estalló la guerra en la Lorena, en Italia y en el mar; don Carlos de Parma se apoderó de Nápoles y se hizo proclamar rey de las Dos Sicilias; finalmente en la paz se resolvió que Estanislao abdicase el reino de Polonia, recibiendo en compensación la Lorena; el rey de Cerdeña adquirió los territorios de Novara y Tortona; el emperador recibió a Parma y Placencia, que poco tiempo después fueron entregadas a los Borbones, como la Toscana al duque de Lorena.
1769 El ministro cardenal Fleury, que llegó después de una serie de ministros dilapidadores, buscó la economía hasta la avaricia; adquirió crédito en la diplomacia; aseguró a Francia la Lorena, necesaria desde que poseía la Alsacia y adquirió la Córcega. Esta, mal gobernada por los Genoveses, era infeliz (rey Tedoro) y la asolaron largas guerras, hasta que Génova la cedió a la Francia, que a fuerza de sangre y dinero domó su patriótica resistencia (Pascual Paoli), y se hizo obedecer a fuerza de suplicios.
Luis XV, al llegar a ser mayor de edad, con una esmerada educación y una santa mujer, se abandonó a la corrupción, de amorío en amorío, y sus escándalos dieron el ejemplo de un desenfreno sin rebozo. Mientras tanto cundía la incredulidad; y sin embargo aún se pretendía ser intolerante, persiguiendo a los Jansenistas, y el Parlamento quería dar la norma de la creencias. Sangrientas sátiras mordían al rey y a sus concubinas; y con todo, cuando Damiens atentó a la vida del monarca, la Francia asistió con júbilo al ferocísimo suplicio del regicida, y dio a Luis el título de bien amado.
La necesidad de dinero desarrolló las doctrinas económicas, de las cuales se formaron dos escuelas: una que consideraba como única riqueza la que procede de la agricultura (Quesnay), y por esto aplicaba a ésta todos los cuidados, si bien le hacía sostener todas las cargas; y otra que favorecía a la industria (Gournay), queriendo que el Gobierno no hiciese más que quitar obstáculos.
El espléndido ministro Choiseul procuró restaurar la hacienda, pero como no se doblegase a todos los caprichos del rey, fue rechazado y sustituido por Aiguillon. Habiendo el Parlamento procurado adquirir su ambicionada importancia política, Luis declaró que no era más que un tribunal, órgano de la real voluntad. Origináronse protestas, y el rey lo destituyó, sustituyéndolo con el gran consejo que tomó el nombre del gran canciller Meaupon, y contra el cual protestaban los grandes y los abogados, si bien en el fondo se destruyó con esto la venalidad de las magistraturas, y pudieron ocuparlas personas de mérito. Luis murió de viruelas, dejando arruinada la monarquía bajo el cetro de un niño, hijo del difunto Delfín.

259.- El imperio. La Prusia. Federico II. María Teresa
Trescientos setenta y seis Estados diferentes constituían el que antes se llamaba Sacro Romano Imperio; 296 participaban de la soberanía. Desde que en 1662 la dieta se había hecho permanente en Ratisbona, no volvieron a presentarse en ella personalmente el jefe ni los príncipes, sino que enviaron sus delegados; por lo demás, los diferentes Estados se regían a su arbitrio, sin código, ni aduanas, ni moneda comunes; tenían pequeños ejércitos con los cuales se comerciaba; y el predominio del Austria los envolvía en guerras extrañas al interés general.
Carlos VI no atendió más que a hacer reconocer la pragmática sanción, por la cual, muriendo él sin hijos varones, pudiese sucederle su hija María Teresa. Piadoso, culto, amante de la poesía, de la música, de la caza, se perdía en minuciosas exploraciones, en porfías, en tráficos particulares, desconfiando de todo el mundo, hasta de Eugenio de Saboya (1663-1736) que fue su mejor general y ministro, perdió la Lorena, parte del Milanesado y el resto de Italia, combatió con desventaja a los Turcos; y todo lo soportaba con tal de que pasase la pragmática sanción.
Guerra de Sucesión Apenas hubo muerto, cuando todos los que se la habían garantizado salieron a disputarse la sucesión de María Teresa: los electores de Baviera y de Sajonia como descendientes por línea femenina; la España, en virtud de un convenio de Federico II, pretendía la Hungría y la Bohemia; el rey de Cerdeña quería el Milanesado. Entonces hubo guerra universal; el elector de Baviera fue elegido emperador con el título de Carlos VII; Francia, España, Polonia, Cerdeña, el elector de Colonia, el Palatino, se disputaban algún despojo de la herencia austriaca; los Franceses invadieron la alta Austria; el elector de Sajonia se hizo declarar rey de Bohemia; y con más resolución que nadie procedió Federico II de Prusia.
Prusia – 1688 Este reino, sin confines naturales, ni unidad de raza y de lengua, se había formado con la política y la guerra. Sujeto al principio a la Polonia y a los Caballeros Teutónicos, pasó como feudo polaco a Alberto de Brandeburgo, el cual habiéndose secularizado en tiempo de la Reforma, introdujo la confesión de Augsburgo, excluyendo rigurosamente de ella a los Calvinistas. El verdadero fundador de la monarquía fue el gran elector Guillermo, quien de la guerra de los Treinta Años supo sacar ventajas sobre los Suecos y los Polacos, y habiéndose hecho reconocer independiente, pretendió ejercer el despotismo en su país, quitando toda autoridad a los Estados y armando un buen ejército, con el cual derrotó a los Suecos en Fehrbelling; dio asilo a los Franceses que se habían expatriado a causa de la revocación del edicto de Nantes; favoreció las obras públicas y las bellas letras, y dejó un millón de súbditos a su hijo Federico.
Este trabajó para la fusión de Luteranos y Calvinistas; halagó a los expatriados de Francia; embelleció a Berlín; fundó una academia de Bellas artes, la universidad de Halle y la Sociedad Real de Berlín; en tanto la elegancia era introducida por su mujer Sofía Carlota, discípula de Leibniz y protectora de los poetas. Federico aspiraba ardientemente al título de rey, y a pesar de las protestas de los Potentados, le fue reconocido en la paz de Utrecht.
1713 Federico Guillermo corrigió el fausto paterno, tuvo la manía de los soldados, queriéndolos altos, hermosos y bien equipados. De esta suerte Berlín, la Atenas de Alemania, se convirtió en Esparta, donde el rey dominaba sin delicadeza, y sin miramientos ni justicia.
Sucediole su hijo Federico II, de veintiocho años de edad, a quien el padre había mirado siempre con ceño porque era estudioso y le repugnaba la brutal obediencia; hasta había querido fusilarlo; pero Carlos VI lo reclamó como príncipe del imperio. Federico se había dedicado a la Filosofía, importada por los prófugos de Francia, halagó a los libre-pensadores y se declaró discípulo de Voltaire; y apreciaba o adulaba tanto a los Franceses, árbitros de la opinión, como despreciaba a los Alemanes. Vio en la sucesión austriaca una ocasión oportuna para engrandecerse, y pretendiendo parte de lo usurpado por el Austria, entró en la Silesia.
1748 María Teresa excita la compasión y el valor de los Húngaros; cuerpos francos de Croatas y Pandaros ejercen la desastrosa guerra de bandas; se suceden batallas y convenios, hasta que se llega la paz de Aquisgrán, en la cual la Francia cede a Don Felipe, de España el ducado de Parma y Placencia, el rey de Cerdeña adquiere otros países lombardos hasta el Tesino. Carlos VII muere oscuro, y queda elegido Francisco de Lorena, esposo de María Teresa.
Federico II conservaba la Silesia, y adquiría nombre en Europa como filósofo original, de afectada sencillez, insaciable ambición y despótica autoridad. Contando con los votos de los filósofos, redujo la Prusia a monarquía militar, con tal número de soldados, que ninguna Potencia había tenido tantos; combinó la estrategia con la táctica, y estaba empeñado en servirse de ellas en las cuestiones que habían sido acalladas pero no resueltas en la paz de Aquisgrán.
Guerra de los siete años – 1757 – 1763 Por la posesión de La Luisiana rompieron las hostilidades Inglaterra y Francia, y las alianzas que éstas buscaron, destruyeron el equilibrio europeo. Federico II supo hacerse importante y se alió con Inglaterra; María Teresa se acercó a la Francia y de ello nació la guerra, de los siete años. Toda Europa pareció querer reprimir la arrogancia de Federico, que se complacía en encender el fuego, por todas partes; pero él venció en la batalla de Rosbach; se hizo proclamar protector de la libertad germánica contra los bárbaros franceses, austriacos y rusos; movió a la Turquía a molestar a la Rusia. Entre Inglaterra y Francia se concluyó la paz de París, y luego de Hubertsburg entre la emperatriz y el rey de Prusia, renunciando aquella a todas las pretensiones acerca de los Estados de éste; de modo que siete años de estragos dejaron a Europa en el mismo estado que antes.
La gloria de Federico II estaba en su apogeo; en el interior reunió éste tremendas fuerzas, introdujo manufacturas y artes, dio el Código Federico con la obra de Samuel Cocceyo y de Cramer y Suárez, que sin embargo no abolía las leyes consuetudinarias de los diversos países. Político sin conciencia, aunque había escrito el Antimaquiavelo, se reía de la religión como de la filosofía, y hablaba de libertad entendiendo la que tiene el rey de hacer lo que le cuadre.

260.- Costumbres. Opiniones. Literatura. Filosofía
Los ejemplos del regente de Luis XV corrompieron las costumbres en Francia: se extendieron los juegos ruinosos, los caballeros de industria, la obscenidad en el teatro, en las artes y en la literatura. La cortesanía se degradaba cada vez más con los príncipes y con las damas que hacían ostentación de libertinaje, y en cuyos salones se distribuían la gloria y la infamia; el esprit prevalecía sobre la verdad y la virtud.
Francmasonería Propusiéronse sostener la dignidad humana y la libertad política los Francmasones, sociedad que se había fundado en Inglaterra durante la revolución, y de allí se extendió a Francia, donde las logias se hicieron pronto independientes de las inglesas, y donde, habiendo dejado su carácter serio, se aplicaron a las galanterías, a las reuniones de pasatiempo y diversión, al mutuo apoyo para obtener empleos a otras ventajas sociales. Quedaban siempre fines secretos, confiados únicamente a grandes personajes; y como la Francmasonería trabajaba para cambios radicales de la sociedad, la temieron los príncipes y prohibieron las logias, pero con la blandura que se usaba entonces, y contenidos por consejeros que pertenecían a ellas.
La literatura reflejaba el estado de la sociedad, dada al escepticismo, a la inmoralidad, a la idolatría del ingenio sutil y al afán del triunfo del momento. El esplendor que había adquirido bajo Luis XIV, degeneró en pedantería y fría elegancia. Distinguiéronse Vauvenargues, pensador profundo, y Le Sage, autor del Gil Blas y del Diablo Cojuelo, uno de los últimos que pintaron en vez de describir. Prévost y Marivaux compusieron novelas de mérito; y Pluche fue el distinguido autor del Espectáculo de la naturaleza.
La persecución hecha a los Protestantes excitoles a escribir libremente acerca de religión y de política, sobre todo en Holanda. Durante la revolución inglesa, muchos habían franqueado los confines de la crítica, hasta impugnar al cristianismo y los dogmas más universales, sustrayendo el pensamiento y la acción a las creencias comunes y a la autoridad ya de los sacerdotes, ya de los reyes, ya del sentido común.
Filosofistas Enrique Bolingbroke, nutrido de esta incrédula erudición, sostenía que la superstición (con cuyo nombre se designaban todas las religiones) solo había de dejarse al vulgo, librando de ella a las clases elevadas; sostenía que todo era empirismo, y que hasta el espíritu es un objeto físico. Esta ligereza se divulgó en Francia, y halló crédito y secuaces, por cuanto parecía fácil rehacer el corazón y el entendimiento humanos partiendo de datos arbitrarios, afirmando que el hombre se elevó poco a poco del estado salvaje por sus propias fuerzas, y que con éstas puede llegar a un progreso infinito; que le sirven de obstáculo las creencias religiosas; que es inmenso el poder de la palabra, y que con ésta se pueden determinar los sucesos, cambiar las situaciones, y dictar leyes generales.
Montesquieu El presidente Montesquieu (1689-1755), después de sus Cartas persas, redactó el Espíritu de las leyes, donde quiere hallar la razón y el puesto de las leyes de todos los tiempos, buenas o malas, recogiendo hechos sin crítica, y no viendo más que los accidentes, donde Vico veía generalidades independientes de los casos particulares; suponiendo formadas las civilizaciones por los grandes hombres, mientras que Vico no ve en los grandes hombres más que tipos de la civilización.
El abate de Saint-Pierre proponía reformas de hombre de bien, pero quiméricas, y soñaba en la paz perpetua.
Voltaire Voltaire (1694-1778) fue literato de primer orden en sus tragedias, en el poema La Henriada y en sus muchísimas poesías. Uniendo al escepticismo inglés su espíritu agudo y burlón, movió guerra a todas las creencias filosóficas, religiosas y morales, sin fundar ninguna, introduciendo la costumbre de deslizarse sobre todo y no profundizar nada, afirmar francamente sin examen y sin temor de incurrir en errores, reírse de todo y de todos, de amigos y enemigos, de antiguos y contemporáneos. No se dirá que destruyó la moral, por cuanto ya vemos antes corrompidas las costumbres y sacudidas las creencias; siguiendo la corriente, Voltaire quiso agradar; creyó que las generaciones se emanciparían con la relajación de costumbres y la decadencia de las convicciones. Sus novelas tienden a la reforma por vía de la licencia. Sus historias son un conjunto de anécdotas no expurgadas, y dirigidas principalmente contra la autoridad eclesiástica, con erudición que parece vasta por su desfachatez. En el gran proceso de la humanidad, tal como era presentado por Bossuet y por Vico, no vio más que un cúmulo de accidentes, lo que hacía superfluo el estudio de la historia. Otros también la hacen inútil a fuerza de escepticismo, para la cual ya había abierto la brecha Bayle, que en el Diccionario aduce para todas las opiniones igual abundancia de pruebas. Volney llegó a afirmar que no hay certidumbre histórica sino desde que empezaron las Gacetas en Venecia. No se comprendían los tiempos, pues se pretendía parangonarlos siempre con el nuestro, encontrando ridículo o bárbaro todo lo que difería de una civilización convencional.
No faltaron, sin embargo, historiadores serios, como Rollin, que todo le admira en los Romanos y en los Griegos; como los Padres Maurinos, que coleccionaron las obras de los antiguos historiadores de Francia. Anquetil (Espíritu de la liga) no se eleva, pero se atreve a usar las expresiones de los antiguos cronistas. Boulanger, habiendo estudiado hasta los Orientales, delineó una historia universal. Hénault explicó la historia de Francia por medio de las leyes y las costumbres, y recomendó que se evitase el anacronismo de describir el siglo presente narrando otro. A imitación de su Compendio cronológico se hicieron cuadros, compendios e historias universales, entre ellas las de Mably y de Millot. Reynal se valió de la Historia de las dos Indias, para censurar todas las instituciones y razonar acerca de todo, declamando continuamente contra la perversidad de los hombres y de las cosas. Fréret llevó el examen negativo sobre los Evangelios.
De todo se servía Voltaire con su asombroso arte de hacerlo todo fácil y comprensible, para mover cuotidiana guerra a la sociedad y a la Providencia, valiéndose hasta de las ciencias, que entonces progresaban en Inglaterra, acumulando los errores más colosales, que no obstante son aceptados todavía como verdades por algún falso erudito. El ábate Guenée (Cartas de los Hebreos) le descubrió una infinidad de errores, y le señalaron otros Nonnotte y Larchos, a quienes él contestó poniéndoles en ridículo.
Difundíase, pues, la pretensión de saber de todo sin haber estudiado nada. Maupertuis sostiene que la materia es capaz de pensar, pero que existe Dios, y afirma que la naturaleza emplea siempre la menor parte posible de sus fuerzas. Buffon no niega a Dios, pero quiere explicarlo todo por las leyes físicas, generales, necesarias. Bailly adoptó sus hipótesis acerca de la formación del mundo, y deducía la civilización de una Atlántida destruida. Volney registró las ruinas de los pueblos para pedirles testimonio de una antigüedad opuesta a las tradiciones bíblicas. Dupuys buscó el origen de los cultos en las fases de los astros. Cabanis, ilustre médico, pretendió demostrar que el temperamento, las enfermedades, los alimentos dan o quitan virtud y genio.
Con estas fáciles teorías, negábase el culto a los grandes pensadores, que eran calificados de insípidos o pedantes; reconstituíase la antigüedad, y se vilipendiaba a la Edad Media por dispensarse de estudiarla. Condillac, siguiendo las huellas de Locke, reducía toda la filosofía a sensación, y explicaba el origen de las ideas con la hipótesis de una estatua, a la cual atribuía un sentido después de otro; y esto se llamaba análisis. El barón de Holbac, que reunía a su mesa a los pobres pensadores que querían burlarse de Dios, en el Cristianismo revelado y en el Sistema de la naturaleza redújolo todo con intolerante fanatismo a materia y sensación, no dejando nada inviolado ni en el cielo, ni en la tierra, ni en el corazón del hombre. A estas obras se añadían las Cartas chinas, judaicas y cabalísticas del marqués de Argens; los Vicios particulares en beneficio público de Mandeville; el Espíritu de Helvecio, que sostiene como única moral posible, la moral del interés. Más osado que los otros, Lamettrie celebró al hombre máquina, haciendo de él un reloj movido por las pasiones, una planta que el clima y la digestión convierten en héroe o asesino. Condorcet bosquejó un cuadro de los Progresos del espíritu humano, suponiéndolos ilimitados y augurando un espléndido porvenir. Era infinito el número de los que, con el título de análisis y de experiencia, establecían las hipótesis más vanas sobre el origen del hombre, del mundo, de la desigualdad y del lenguaje. Se pretendía poner remedio al fatalismo de las acciones y al egoísmo, con la ostentación de una filantropía inmodesta y la religión de los hombres honrados.
1750 Voltaire distribuía a todos reputación y gloria, como árbitro de una y otra. Federico II quiso tener de su parte a aquel rey de la opinión, y acogió triunfalmente a su persona y sus adulaciones; pero pronto las dos ambiciones chocaron y se separaron con trueque de ultrajes. Habiéndose retirado a Ferney, junto al lago de Ginebra, Voltaire recibía allí los homenajes de todo el mundo, y de allí mandaba a todo el mundo sus oráculos.
Enciclopedia Con la Enciclopedia (1759-82) se quiso ordenar las fuerzas divididas, para una batalla campal. Tomaron la dirección Diderot, dramaturgo exagerado, novelista obsceno, moralista ateo; y D'Alembert, ilustre matemático, que empleaba ciencia y lógica en sostener el materialismo. Este escribió el discurso preliminar de la Enciclopedia presentando el cuadro de los conocimientos humanos, cuasi para enorgullecer a la humanidad por lo que había obtenido y añadirle lo que le faltaba realizar. Establecido el árbol de los conocimientos humanos según Bacon, los trabajos eran distribuidos entre muchos escritores, y para obtener cierta uniformidad entre la indisciplinada variedad de talentos secundarios Diderot, y D'Alembert revisaban los artículos; y cuando Diderot quedó solo en la dirección, no vacilaba en alterarlos, a fin de que estuviesen en consonancia con el intento general, que era la guerra al pasado, principalmente al cristianismo, que calificaban de infame.
La Enciclopedia fue prohibida, con lo cual fue más buscada, y más creída sin examen; obras y opúsculos repetían sus máximas, y la impiedad se difundía con la ligereza. Hasta en Inglaterra se adhirieron a ella genios ilustres, como el historiador Gibbon; en Alemania, periódicos y Universidades seguían su corriente; los que les combatían no se apoyaban más que en una religión natural, en el derecho natural, como Bonnet, Mendelssohn y Jacobi.
Rousseau A la renegación [sic] del sentimiento quiso oponerse el ginebrino Juan Jacobo Rousseau (1712-78), el cual, mientras Voltaire llevó una vida triunfal, se halló siempre en angustias, descontento de sí mismo y de los demás, receloso de todos, principalmente de los amigos. Después de haberse hecho católico, se volvió incrédulo, filósofo y enemigo de los filósofos, arrostrando la opinión pública, a la cual se sometía. A menudo se halló en la miseria, y por último fue suicida. Su primera disertación tendió a demostrar que el progreso de la cultura corrompe las costumbres. En el Origen de la desigualdad entre los hombres hostiga las instituciones sociales. En el Contrato social supone a los hombres pasando del estado salvaje a la vida civil mediante un contrato cuyas condiciones designa; pero rechazando el craso sensualismo, quiere difundir el sentimiento religioso, el amor a la humanidad, el cuidado de la educación, a la cual tenía por omnipotente. De esta se ocupa de un modo especial en el Emilio. Con su elocuencia y su sentimiento, se granjeó el favor de las mujeres, y conmovió con la novela de la Nueva Eloísa. Espíritu falso y de medianos conocimientos, es un tanto enfático y rebuscado; pero agradaba su modo de moralizar, y hablar de familia y de amor, cuando los escritores no daban muestras de tener corazón; gustaba aquella democrática franqueza en una época de tanta cortesanía, aquel afrontar a los filósofos como cobardes e impostores, cuando todo el mundo se postraba ante ellos, y tratar magníficamente los grandes asuntos para los cuales Voltaire no tenía más que una sonrisa sardónica.
Su discípulo Bernardino de Saint-Pierre (1737-1814), imaginaba reformas, y al mismo tiempo describía situaciones y afectos sencillos, como en Pablo y Virginia.
Aquella literatura era toda de polémica y pereció en gran parte, pero quedaron sus efectos: la ambición de creerse superior al pasado y capaz de todo gran mejoramiento; la ligereza en el tratar las cosas más serias; el desprecio del pasado y de la historia, considerada solo como un arsenal, donde cada uno toma las armas que más le convienen. Pocos cultivaban el arte con desinterés y la crítica sin pasión. Celebráronse los Elogios de Thomas, demasiado artificiosos. Marmontel mostró alguna independencia en los juicios literarios; al par que aparece elegantemente tímido La Harpe en su Curso de Literatura, con todas las preocupaciones filosofísticas. Barthélemy estudió la Antigüedad, que desconocían casi todos sus contemporáneos, en su Viaje de Anacarsis, aunque desfigura la fisonomía griega dándole la expresión francesa. Jacobo Delille cantó los Jardines con elegancia, aunque sin fuerza.
En la tragedia, Ducis fue inferior a Voltaire, pero procuró dar a conocer a Shakespeare. Las comedias de Gresset, de Piron, de D'Harville, y las lacrimosas de Diderot desaparecieron ante las Bodas de Fígaro de Beaumarchais. Rousseau desaprobaba la manera de ser de los teatros, sin exceptuar las obras de Molière, a quienes prefería las morales.

261.- Filantropía. Ciencias sociales. Mejoras
Derecho Pretendiendo dar con abstracciones una moral a los hombres y a las naciones, esta filosofía conducía al error y a la nada. El derecho internacional, en la Edad Media, se había apoyado en las doctrinas evangélicas, y los papas cuidaban de que no fuese violado. Después de la Reforma, se pensó en darle otra base, que en suma era el equilibrio de las naciones. Después de la paz de Utrecht, se quiso que hasta el derecho fuese filosófico, con las ideas de la solidaridad universal y de la perfectibilidad; Burlamachi epilogó, refundió y expuso claramente en lengua vulgar las doctrinas de Grocio, Puffendorf y Barbeyrac, sentando la obligación de la felicidad del hombre y de la voluntad de cada individuo, y que siendo imposible este acuerdo, no debe intentarse innovación alguna. Wolf trató el derecho distintamente de la ética, y como consecuencia necesaria de la sociabilidad. Lo popularizó Vattel (1714-67) con el Derecho de gentes, considerando el derecho natural aplicado a las naciones, aunque modificado por la diferencia que existe entre estas y el individuo. No siendo posible a una nación el ejercicio inmediato de la soberanía, es preciso delegar los poderes a representantes.
Rousseau identifica el derecho con la soberanía, y sostiene que no puede haber ninguna ley obligatoria para el cuerpo popular, el cual nunca puede alienar su soberanía, y si quiere hacerse daño a sí mismo, no puede impedírselo nadie. De este modo niega la razón, el derecho y al mismo Dios.
Mably difundió y exageró estos conceptos, apoyándolos en la historia, repudiando la propiedad, queriendo la educación en común y la pobreza espartana. Rousseau (1712-78) modificaba el plan de paz perpetua del abate de Saint-Pierre (cap. 260), queriendo que las naciones contrajesen entre ellas un pacto social que evitase las guerras, mediante una confederación que sometiese las cuestiones a un arbitraje. En los demás autores, el derecho va siempre unido a la moral, a la política, a las leyes positivas, hasta que lo aislaron los filósofos kantistas. Desde entonces ha sido observado por el lado práctico, es decir, en los tratados y los documentos, como hicieron Hénault, Moser y Martens.
Paz perpetua Bentham proclamó como única medida del derecho la utilidad, y sobre tal base concibió una paz perpetua con un tribunal arbitral. También la ideó Kant con un congreso permanente, y ya estallaban las guerras que ensangrentaron el siglo.
Economistas El desorden de la Hacienda y las crecientes necesidades de los gobiernos o de los príncipes, indujeron a estudiar el origen y la distribución de las riquezas. Los Economistas fueron los primeros que sugirieron doctrinales sistemas sobre los impuestos, el lujo y la agricultura. Quesnay (1694-1774) no veía más riqueza positiva que la procedente de la tierra y el producto neto que queda después de pagado el trabajo. Por el contrario, los fisiócratas sostenían con Gournay que, además de la tierra, producen valor nuevo las manufacturas; cada cual conoce su propio interés, mejor que un indiferente, de modo que los reglamentos y las trabas son perjudiciales para la producción. Turgot dividía los operarios en productivos, los agrícolas, y estériles, que sólo producen tanto como consumen.
Smith El verdadero creador de la ciencia económica fue el inglés Adam Smith (1723-90), el cual proclamó como verdadera riqueza el trabajo, puesto que sin él la tierra no daría fruto. Es rico el que produce o posee cosas que por medio del trabajo son reducidas a utilidades. El valor permutable con el cual puede uno procurarse muchas cosas (un diamante, por ejemplo), es distinto del valor útil, que no puede darse en cambio (el agua). La relación entre dos valores permutables, expresado por moneda, se llama precio, establecido por la renta, por el estipendio del trabajo y por la ganancia del empresario. La riqueza puede crearse, aumentarse, conservarse, acumularse, destruirse, y las clases manufactureras quedan emancipadas del predominio de las agrícolas. Tales doctrinas prevalecieron poco a poco en todas partes.
Economistas y fisiócratas habían logrado que se fijase la atención en las clases más numerosas y se buscase su mejora. Por tanto, se reformaron leyes y disposiciones; se constituyeron sociedades económicas; se mejoraron los hospitales; Parmentier difundió el cultivo de la patata, se estudiaron las manufacturas y todo lo que contribuía a la salud de las clases productoras; Chaptal aplicó la química a los usos ordinarios; Argan inventó las lámparas de doble corriente; se introdujeron aguas potables y bombas de incendios; se extendió la vacuna para aminorar los estragos de las viruelas, que tantas vidas quitaban (Montagu, Jenner); se educó a los sordo-mudos (De l'Epée) y a los ciegos. Hovard recorrió toda Europa para mejorar las cárceles; Arkwright (1731-92) enseñó el hilado a la máquina; Jacobo Watt (1736-1819) perfeccionó la máquina de vapor, y con Bulton la aplicó a las manufacturas.
Desplegándose así una bandera con el lema razón y filantropía, se movía guerra al pasado, se quería abolir la pena de muerte; atacábanse los usos particulares en nombre de los progresos abstractos; destruíanse los privilegios; las libertades individuales eran concentradas en un solo punto, y sobre todo se hostigaba a la Iglesia, o a su eterna organización, como un resto de la Edad Media.
Abolición de los Jesuitas Fue un golpe maestro la abolición de los Jesuitas, que habían sido creados en oposición a la Reforma con reglas menos rigurosas, con la doctrina y la educación, y que al difundirse de una manera prodigiosa, habían dado insignes personajes y gran fruto en ciencias y misiones. Vimos cómo fueron combatidos por los Jansenistas (cap. 236) y en las colonias (cap. 199); el siglo negociante los acusaba de extraer de allí cuantiosas riquezas. Primeramente Portugal les hizo perder sus reducciones del Paraguay; los escritores les hicieron encarnizada guerra con la pluma; las Cortes borbónicas, no contentas con haberlos expulsado de sus Estados, se unieron para pedir y hasta imponer al Papa que los aboliese. Clemente XIV les dio satisfacción.

262.- Rusia
A pesar de la perversidad de la corte, la Rusia progresó hasta llegar a ser una de las principales potencias de Europa, que poco antes la consideraba como bárbara.
1727 – 1730 – Isabel – 1741 La Rusia ocupaba la octava parte de Europa, sobre la cual no contaba más que 20 millones de habitantes, aglomeraciones de gentes muy diversas. Catalina supo suceder a su marido Pedro, guiada por Menzikoff, de quien se cree que dio muerte a Pedro para sucederle, y que luego asesinó a Catalina en cuanto la vio buscar en nuevos amantes un apoyo para sustraerse a su dominio. Quería casar a su hija con el niño Pedro, pero éste murió, y Menzikoff fue suplantado por los Dolgoruki, los cuales hicieron coronar a Ana, imponiéndole pactos que ella aceptó con la intención de violarlos. En efecto, Ana arrojó a los Dolgoruki, y se dejó aconsejar por alemanes, sobre todo por Biren. Isabel, hija de Pedro el Grande, consiguió destronarla, haciendo degollar o arrojar a los extranjeros y restablecer los usos patrios. Venerada hasta como cabeza de la Iglesia, no perdonaba suplicios ni relegaciones, y 80 mil personas llenaron de gemidos la Siberia. Voluble en sus liviandades, a medida que cambiaba de amantes variaba de conducta y de política; en tanto, introducía artes, universidades y teatros; adquiría territorio con la guerra; domó a la Turquía; atemorizó a la Suecia; hizo temblar a Federico II, y sujetó a los Cosacos.
1762 Destinábase como sucesor a Pedro duque de Holstein, hijo de la primogénita de Pedro el Grande, y le dio por mujer a Catalina, la cual tomó en odio a su joven marido por lo vicioso que era, y secundada por sus amantes, quería truncarle el porvenir.
Al morir Isabel, le sucedió Pedro III, hombre tosco pero de buen corazón. Dio libertad a millares de contrabandistas y deudores, llamó a los desterrados y se lanzó a reformas importantes, militares y civiles, tomando por modelo a Federico II, y asumiendo el poder secular y el eclesiástico. Excitaba, pues, el descontento que fomentaba Catalina declarándose partidaria de los usos patrios. Estalló una insurrección, en la cual él fue muerto y Catalina proclamada autócrata. La reconoció Europa; ella se deshizo de los Orlof, sus cómplices; se captó las simpatías del pueblo y de los soldados; se hizo amiga de los filósofos de Francia, desposeyendo al clero y dictando gran número de leyes y ordenanzas que no se cuidó luego de hacer observar. Pero, ¿qué importa? Voltaire la elogiaba diciendo que, en adelante, la luz vendría del Norte.
Atenta a aumentar el imperio, conservaba la amistad de Inglaterra favoreciendo su comercio; minaba a la Francia y al Austria; intimidaba a la Prusia, batía a la Turquía y anudaba relaciones con la China y el Japón.
Polonia – 1736 – 1763 – 1772 Su víctima fue la Polonia. Ésta había sido la mayor potencia del Norte; pero el incremento de los vecinos y su viciosa constitución interna, unida a las disensiones religiosas, la arruinaron. Cada vacante del trono era ocasión de disturbios y aun de guerras; Rusia, Prusia, Austria y Francia sostenían, ora a uno, ora a otro pretendiente. Después de Estanislao Lesczynski reinó el espléndido Augusto III, que tuvo 344 hijos naturales. En el interregno siguiente, Catalina intrigó a favor de los Czartoriski, e hizo elegir a Estanislao II Poniatowski. Entonces se encarnizaron más que nunca las discordias; intervinieron Rusos y Turcos, hasta que Austria, Prusia y Rusia acordaron repartirse la Polonia. Tocaron a la Rusia los gobiernos de Polozk y Mohileff con 1300000 almas; al Austria la Rusia Roja (Galitzia y Lodomiria) con 3300000 habitantes y las salinas; a la Prusia la Pomerania con 490 mil habitantes, que la ponía en comunicación con el Brandeburgo. Era el primer acto de oficial violación del derecho de gentes, el cual excitó entonces una viva reprobación que no ha olvidado la posteridad.
Las demás potencias no hicieron más que protestar débilmente; el Gran Turco Mustafá hizo armas, pero Catalina supo excitarle inquietudes en Asia; los Polacos temblaron; muchos emigraron, y otros se dieron muerte; Estanislao proclamó la Constitución en la desmembrada Polonia, emancipando a las ciudades, introduciendo una ley única, instituyendo el poder legislativo en los Estados, y el judicial en los tribunales, y además fijó la herencia. Pero Catalina lo desconcertó todo, y se propuso borrar del mapa el nombre de Polonia. Entonces se sublevaron los Polacos, y el valiente Kosciusco se puso al frente del movimiento, en tanto que bullía la Revolución francesa. Catalina manda decir que se ha puesto de acuerdo con el Austria y la Prusia para restringir el territorio de la república polaca, para que ésta sea más sabia y pacífica, y no fomente las ideas revolucionarias; Estanislao abdica: la Polonia es nuevamente desmembrada, reducida apenas a 3 millones de habitantes, aunque con la facultad de constituirse a su antojo, y con el libre culto para los católicos. Pero cuando quiere organizarse, se oponen los invasores; Kosciusco, vencido y prisionero, exclama: Finis Polonix. Se hace un tercer reparto, en el cual el Austria obtiene la Cracovia, y la Rusia toma la Curlandia, la Semigalia, Vilna y la Volinia con 1176000 cabezas; la Prusia obtiene 940000.
Estados musulmanes La Turquía proporcionaba a Catalina otras empresas. Acmet III había perdido muchos países de Europa; sin embargo quitó la Morea a los Venecianos, y Azov a los Rusos. En Persia, con un gobierno despótico sobre poblaciones diversas, los gobernantes se abandonaban a la pereza y a los placeres de los serrallos; sólo Abbas el Grande tuvo cuarenta y dos años de glorioso reinado. Sus sucesores eran manejados por mujeres y por eunucos; entre las discordias, Rusia y Turquía trataban de apoderarse de porciones de territorio persa, y la implacable enemistad entre Sumnitas y Siítas prorrumpía en sangrientos conflictos.
1757 Los Turcos no supieron aprovecharse de las discordias europeas, y sucesivamente hicieron paces y guerras con Rusia y Austria. Reinaba entonces Mustafá III, rígido observador de las leyes, cuidadoso de la literatura, y de buen fondo, aunque hacía ahorcar y descuartizar a los súbditos culpables, como lo permitía la Constitución.
1770 – 1774 En los Griegos vivía aún la memoria de la antigua grandeza y el afán de la independencia. En Constantinopla se habían hecho necesarios para la enseñanza y la administración con el título de Fanariotas; otros recorrían mares y puertos como agentes de los Turcos; algunos estudiaban en las Universidades de Italia, y siempre cifraban su esperanza en la humillación de la Turquía. Catalina fomentaba sus disidencias; mandó traidoramente una flotilla a Corona, que tomó a Navarino y alcanzó en Gesmé la primera victoria naval de los Rusos, los cuales penetraron en la Valaquia y en la Crimea, mientras los Griegos se sublevaban en todas partes; los Tártaros de la Crimea quisieron hacerse independientes, y Catalina los confirió como principado a su Orlof. En efecto, fueron reconocidos como tales en la paz de Kainargi, concluida entre la Rusia y la Turquía; la Rusia restituyó las islas, la Valaquia y la Moldavia; pero se quedó con Azov y las dos Cabardias y no disimulaba sus intenciones de conquistar el mar Negro, desde el cual podía rendir por hambre a Constantinopla.
1787 Abd-ul-Hamid, sucesor de su hermano Mustafá, encontró vacío el Tesoro, tanto que no pudo hacer a las tropas el donativo acostumbrado. Ya Catalina le preparaba nueva guerra con usurpaciones, con intrigas diplomáticas, y excitando a los Griegos y a los Tártaros de Crimea, en la cual entraron e hicieron estragos los ejércitos rusos, uniéndola luego a la Rusia, que tanto tiempo le había estado humillada. Se dio el título de Táurico a Potemkin, nuevo favorito de Catalina. Este quiso ofrecer a su señora un espectáculo de magnificencia y de mentira. Reunió a orillas del Borístenes un fuerte ejército, y con el arte de los pintores de teatro, hizo representar al país en un estado extraordinario de prosperidad, improvisó casas e iglesias, pintadas en lienzo, a orillas del río que parecían pobladas con los Tártaros traídos a latigazos. De este modo se ofrecía un engañoso espectáculo a la zarina y a los reyes que la acompañaban.
1789 – 1791 Abdul-Hamid se sentía incapaz de resistir a la usurpadora; sin embargo, confiando en la Francia y escuchando las sugestiones de Federico III y de la Inglaterra, rompió las hostilidades para recuperar la Crimea. Catalina se alió con José II de Austria, que guió en persona el ejército, pero fue derrotado perdiendo 100 mil hombres y 300 millones, mientras que prosperaban los Rusos, guiados por el fanático Suwarof. Mas no era fácil abatir a un imperio, a favor del cual se aliaban Prusia, Polonia, Suecia, Inglaterra y Holanda. El Austria hizo la paz de Szistowe, restituyendo cuanto había tomado; después la misma Rusia firmó la paz de Jassy, que señaló por confines de los dos imperios el Dniéster.
1792 Selim III sufrió las consecuencias de la Revolución francesa, que hasta en Turquía dejaba sentir su influencia poderosa.
Catalina dio organización interior a la Rusia, concedió privilegios a la nobleza; convocaba cada año a los ministros de los diferentes cultos a un banquete de tolerancia; introducía las modas y los libros franceses, ambicionando sobre todo los votos de la Francia, y mostrándose inclinada a las ideas de los enciclopedistas. Según éstos, mandó hacer ella un Código uniforme para las cien razas de su imperio; los filósofos la elogiaron, pero ella dejó sin aplicación el Código. En su reinado de cuarenta años, lleno de acontecimientos, hizo adelantar a los Rusos en saber y cultura más de lo que habían adelantado en un siglo. A las expediciones científicas por ella ordenadas, debemos los importantes trabajos etnográficos de Pallas, Gmelin y Adelung; tuvo comunicaciones con la China; no podía suprimir la esclavitud, pero la moderó según las ideas filantrópicas dominantes.

263.- Escandinavia
1751 A medida que se levantaba la Rusia, decaía la Suecia, que había perdido todas sus posesiones del golfo de Finlandia, y se hallaba pobre de hombres y de dinero desde las novelescas empresas de Carlos XII. Para evitar la vuelta de estos males, los nobles quisieron establecer una Constitución oligárquica, que acabó de desquiciar al país quitando autoridad y dignidad al rey, y dando alas a dos facciones, la de los Sombreros y la de los Gorros, los unos partidarios de los Franceses y los otros de los Rusos. Despechado y reducido a la nulidad, el rey Federico de Hesse-Cassel se entregaba al lujo y a los amores. Su cuñado y sucesor Adolfo Federico de Holstein supo conciliarse la amistad de la zarina, y viéndose esclavo de las dietas, abdicó. Sucediole Gustavo III, uno de los reyes más ilustres de su siglo, que parecía ocupado en letras y versos, mientras se preparaba el favor de los soldados y del pueblo, con el cual echó abajo la Constitución para dar otra nueva; tuvo a raya a los nobles; eximió a los campesinos de los servicios personales; introdujo las mejoras de la época; prohibió la destilación del aguardiente, de que se hacía gran abuso; permitió, en fin, la libertad de cultos. La Academia, fundada por él, tuvo insignes maestros; entre ellos Olao Rudbeck sostuvo que la Suecia fue el primer país habitado y cuna de la civilización. Las quimeras de Olao Magno sobre la antigüedad escandinava fueron disipados por Jacobo Wilde, recurriendo a las brujas. Olof de Dalin y Andrés Botin escribieron la historia patria; Shjöldebrand, Celsio y Gyllemborg, ensayaron la epopeya; Carlos Linneo se inmortalizó como botanista, y Swedenborg como visionario.
1792 Catalina de Rusia halagó a Gustavo, pero él no abandonaba la idea de devolver a la Suecia su antiguo esplendor; y cuando supo que la zarina estaba complicada en la guerra con la Turquía, invadió la Finlandia, y hubiera ocupado a San Petersburgo si no se hubiesen opuesto los nobles suecos, siempre ávidos de prevalecer sobre el rey. Domados éstos, Gustavo acumuló todos los poderes sobre el trono. Uniose a los demás reyes pasa reprimir la Revolución francesa, pero el coronel Ankarström lo asesinó en un baile. Había depositado un cofre lleno de escritos, que no debía abrirse sino cincuenta años después de su muerte; abriose y no se encontraron en él más que frivolidades.
1699 – 1730 – 1716 De larga paz gozaba todavía Dinamarca bajo Federico IV, que procuró dar nueva vida al comercio, colonizar la Groenlandia y establecer Compañías en las Antillas. Más se debió aún a Federico V, quien, ayudado del ministro Bernstorf, no gran político, pero sí excelente administrador, hizo prosperar las fuentes de riqueza, señaló una pensión al poeta Klopstoch, llamó a literatos alemanes y franceses que excitaron la emulación, mandó a la Arabia al filólogo Michaelis, al naturalista Forskal, al anticuario Niebuhr y a otros, para que estudiaran aquellos países y aquellas costumbres. Una sociedad de sabios investigó las antigüedades prehistóricas y favoreció la cultura en Islandia.
Cristian VII volvió vicioso y exaltado de su viaje por Europa, y puso toda su confianza en Struensee, prusiano instruido y ambicioso, el cual, imbuido en las ideas filosóficas, quería de un golpe todas las reformas, sin tener en cuenta las costumbres del país. Luego el rey, celoso, hizo prender a su mujer y a su ministro, quien fue condenado a muerte en un vergonzoso proceso. Confiose el gobierno al príncipe heredero Federico, quien mandó llamar al ministro Bernstorf; dio nuevo impulso a la emancipación de los colonos, y sucedió a su padre en 1808. Por transacción de 1773, el Holstein había pasado a la casa real en cambio del Oldemburgo.

264.- Inglaterra. Era de los Jorges
1727 La Inglaterra se hallaba al frente de toda la política, del comercio y de la industria, fomentada por el lujo, que aumentaba en toda Europa. Los Tory y los Whig, lejos de despedazar al país, eran el alma que los alentaba, los unos impulsando a las mejoras, los otros conteniendo en aplicarlas. La nueva dinastía arraigó, merced al temor que se tenía a los católicos y a la convicción de que era necesario optar entre el protestantismo y la servidumbre. Jorge, acostumbrado a la pequeña corte de Hannover, fastidiaba a la de un país cuyas artes, Constitución y lengua ignoraba; castigó atrozmente a los Jacobitas, después de un malogrado proyecto de desembarco de Jacobo III en Escocia, y se estableció que cada año se quemara en efigie al Papa y al pretendiente.
Consolidar la casa de Hannover: tal fue el intento del gran ministro Walpole (1676-1745), mediante la paz de Europa y la alianza francesa; prudente a veces y temerario otras, hábil en rehuir compromisos amistosos, excitando a la nación al lucro, comprando descaradamente los votos y llegando con tal motivo a despreciar a los hombres y a la opinión, supo afianzar la dinastía y aumentar la influencia de la clase media cuyas riquezas se habían acrecentado.
1727 – 1745 Jorge II, pésimamente educado, egoísta y mujeriego, fue sostenido por su excelente mujer Sofía de Zelt y por Walpole. Adoptó contra éste toda clase de oposiciones, hasta que consiguió destituirlo, después de veinticinco años de ministerio. El pretendiente Jacobo Eduardo Estuardo intentó un nuevo desembarco con subsidios de la Francia, y mediante las inteligencias esperaba pasar de Escocia a conquistar la Inglaterra, pero fue vencido en la jornada de Culloden, y murió en Florencia en 1788.
Entonces cesó toda idea de restauración, y todos se aplicaron a mejorar las instituciones internas; en esta obra aparecen los inmortales nombres de Chatham, Grenville, North, Camden, Erskine, Mansfeld, Pitt, Fox, Burke, Wilberforce, Sheridan y otros. Pitt se alzó oponiéndose a la corrupción de Walpole; a fuerza de elocuencia, de persuasión y de probidad llegó a ministro, con carácter inflexible, dispuesto a sacrificarlo todo al bien de su nación, a fin de hacerla señora del mar y árbitra de la política. Si la guerra de los Siete Años hubiese durado, Inglaterra se hubiera hecho dueña de todas las colonias; sin embargo tuvo tiempo para quitar a la Francia el Canadá, la Luisiana y los bancos de la India.
1760 – 1761 Hicieron jefe al príncipe de Gales los oposicionistas, los literatos, los adversarios de Walpole, pero él murió a la edad de cuarenta y cinco años, dejando un niño que a los veintidós subió al trono con el nombre de Jorge III; no era éste un hombre de genio, pero no carecía de habilidad, y ya no podía echársele en cara la usurpación del trono ni el degüello de los Jacobitas. Disgustados por la corrupción introducida, algunos querían ampliar la prerrogativa real a fin de que prevaleciese sobre la Cámara de los Comunes (Bolingbroke, Bute), pero Pitt prefería que Inglaterra creciese por sus conquistas; y no pudiendo llevar la guerra contra España, cayó del ministerio y le sucedió el conde de Bute. No consiguió éste extirpar la corrupción, que había tomado carta de naturaleza; los periodistas lo atacaron cruelmente, y fueron famosas las anónimas Cartas de Junio, de inexorable ironía contra los ministros.
Fox había sido perpetuo adversario de Pitt y defensor de las ideas populares; acostumbrado al juego y a los placeres, y querido del pueblo, fue comprado por Bute. Entonces se alcanzó una reforma importantísima, que consistió en hacer inamovibles a los jueces.
Entre los Whig sobresalía el irlandés Burke, adversario del filosofismo, y deseoso de consolidar la Constitución patria, antes que invocarla, como quería Fox.
Al mismo tiempo que se empeñaban estas útiles luchas del patriciado de los propietarios con la plebe de los industriales, se realizaban grandes acontecimientos en América y en Asia.

265.- Estados Unidos
La Inglaterra había tomado pequeñísima parte en los descubrimientos de América, y sin embargo adquirió en ella preponderancia. Walter Raleigh organizó una compañía mercantil que fundó colonias denominadas la Virginia en honra de Isabel, las cuales conservaron sus libres instituciones aun durante la revolución inglesa. Allí se refugiaban principalmente los perseguidos por cuestiones religiosas; sobre todo los católicos, que fundaron el Maryland, primer país donde se establecieron legalmente la libertad de conciencia y la paridad de todos los cultos. Los Puritanos se fijaron en la Nueva Inglaterra y en el Massachusetts; y su intolerancia hizo que otros fundaran las colonias que se llamaron Isla de Rodas, Nueva Hampshire y Connecticut. De este modo, entre los parciales tumultos de aquel siglo, crecía inobservada una fundación que fue su acontecimiento más importante.
Pensilvania Las luchas de los reyes Estuardos con el Parlamento dejaron que las colonias obrasen como independientes y se coaligaron para defenderse. La casa de Orange quiso amistarse con ellos por medio de ventajas comerciales. La Virginia fue el primer Estado del mundo que se formó de comunidades independientes, esparcidas por un vastísimo territorio y con el sufragio universal; esta y el Maryland estaban ya bien constituidos, y resistieron cuando Carlos II quiso obligar a las colonias a no llevar sus productos más que a Inglaterra y a recibir a los condenados. Del nombre de aquel rey tomó el suyo la Carolina, para la cual dictó Locke una pobre Constitución. Este rey cedió un vasto territorio a Guillermo Penn, fervoroso cuáquero, que estableció en él una colonia tranquila, laboriosa, modesta como su secta, y fundó a Filadelfia sobre el Delaware. Otras colonias se fundaron con los pobres de Inglaterra y con los Suizos (Georgia).
1763 Pronto las colonias inglesas se batieron con los franceses del Canadá, uniendo a la guerra la ferocidad de los salvajes. La paz de París aseguró a los Ingleses el Canadá y la Luisiana, además de las dos Floridas arrebatadas a España.
Como las colonias inglesas no habían sido fundadas por gobierno alguno, sino por particulares ansiosos de seguridad y libertad de conciencia, se conservaban libres al estilo feudal inglés; no se mezclaron con los indígenas como los Españoles, pero trabajaron fríamente para su destrucción, y nunca vencieron su preocupación contra la raza negra. Eran insignificantes los impuestos que se pagaban a Inglaterra, la cual sólo quería todas las ventajas del comercio. Mas como Inglaterra se esforzase en establecer allí el monopolio, los colonos pretendían que con emigrar no habían perdido ninguno de los derechos ingleses; habían prosperado mucho con el espíritu democrático, y se ejercitaban en el gobierno organizando la administración y la justicia.
1764 Pero cuando después de la guerra de los Siete Años, los Ingleses se sintieron árbitros de la Europa, aunque faltos de dinero, quisieron imponer una tarifa sobre las mercancías que las colonias importaban directamente, como las muselinas de la India y el té de la China. Negáronse a propagarla los colonos, y como se obstinase el Parlamento, no quisieron recibir manufacturas inglesas, terrible modo de arruinar a un país que de ellas vive. Ponderando los derechos, se pensó en la independencia, se formó una confederación entre las colonias para compensarse recíprocamente de los daños que sufrieran; el impresor Benjamín Franklin sostenía la razón del país con artículos y opúsculos, y siéndole adeptos los filósofos de Francia, conquistaba las simpatías de Europa para la causa americana.
1774 – Washington -1776 Por último, rechazadas las manufacturas inglesas, prohibido el uso del té y del papel sellado, difundidos los periódicos, plantados muchos árboles de la libertad, las colonias se juntaron en un Congreso y extendieron una declaración de sus propios derechos, que veían amenazados por las nuevas leyes. De nuevo era ministro Pitt (lord Chatham), cuyos consejos hicieron prosperar a Inglaterra más que las victorias de Marlborough; aconsejaba que se accediese a la demanda, que se renovasen las leyes humillantes y que se retirase el ejército de Boston para realizar la reconciliación. Pero lord North hizo prohibir todo comercio con las colonias rebeldes y mandó a Gago a combatirlas. Los americanos le opusieron a Jorge Washington, gran patriota y capitán prudente, que con dilaciones y pequeños hechos de armas salvó a la patria y la libertad. En un nuevo Congreso fue declarada la independencia de los Estados Unidos de América.
1781 Aquella causa se debatía diplomáticamente y en el parlamento, más que en los campos de batalla; fue vana toda tentativa de conciliación; y la Francia, deseosa de resarcirse de las humillaciones recibidas de Inglaterra en la guerra de los Siete Años, reconoció a los Estados Unidos, siendo la primera en dejar que fuesen voluntarios a batirse allí, como La Fayette; luego se alió con la nueva república. España unió su flota a la francesa; se ensangrentaron los mares; el ejército inglés fue hecho prisionero en Yorktown, y en la paz de Versalles fue reconocida la independencia de los Estados Unidos.
En éstos no tardaron en formarse partidos; pero la prudencia de Washington, Franklin, Jefferson y otros excelentes patriotas prevaleció, y se dio una Constitución republicana, en la cual los diferentes Estados conservan la soberanía interna con gobernadores respectivos; hay un parlamento común, al cual cada Estado envía un diputado bienal por cada 48 mil almas y dos senadores sexenales; a la cabeza de todo se halla un presidente cuaternal [sic]. Así, pues, se tomó de la Constitución inglesa lo mejor, excluyendo al rey. Así organizados, los Estados Unidos prosperaron de una manera prodigiosa, sin que en un siglo tuviesen necesidad de cambiar su constitución, ni siquiera a través de la única guerra habida entre ellos, guerra desmedida como su prosperidad.
1789 Su primer presidente fue Washington, héroe más grande que los antiguos y modernos cuya gloria procede de batallas ganadas, de pueblos sojuzgados y de libertades conculcadas.

266.- La India
La India se conservó hasta nuestros días casi tal como la había encontrado Alejandro Magno, dividida en muchos principados, uno de los cuales predominaba. Cuando la invadieron los Árabes fanatizados por Mahoma, se formaron allí muchas soberanías, que prestaban acatamiento alcalifa de Bagdad; pero la mayor parte de la India se conservaba libre, con el panteísmo brahmánico y budista, las castas, las minuciosas prescripciones. Ni siquiera en los países conquistados se mezclaba el Indio con el execrado Musulmán.
El puesto más eminente estaba ocupado por el Gran Mogol, descendiente de Tamerlán, depositario nominal de una autoridad ilimitada. Las provincias eran administradas en su nombre por gobernadores (Subab) que a menudo se enseñoreaban de ellas, y después de su autoridad seguía la de los muchos Príncipes indígenas de antiguo dominio. Pero bajo esta jerarquía feudal y administrativa subsistía el Común, presidido por un postel.
1535 – 1636 Akbar el Grande, que derrotó a los Afganos, invadió a Bengala, Cachemira y el Sind, y conquistó el Decán, fue el verdadero fundador del imperio del Mogol, al cual dictó las Instituciones, queriendo además fundir las diferentes religiones del país en una sola. Abul Geanguir hizo un camino de 400 millas con árboles, pozos y posadas, y trasladó la capital a Delhi. Aurengzeb realzó el imperio, con fabulosas riquezas; trató de deprimir a los Indios con el objeto de favorecer a los Musulmanes, y gobernó sobre cuarenta provincias que se extendían desde el 35º al 10º de latitud. Muerto él, se debilitó el imperio, y los rajaes se hicieron casi independientes.
Los Seikas, que dominaban entre el Indo y el Jumna, los Afganos, los Maratas, los Persas con Shah Nadir que había restaurado su imperio, hacían sucesivamente la guerra al Gran Mogol; pero resultaban más peligrosos los Portugueses, Holandeses y Franceses que se habían implantado alrededor. Los primeros habían sucumbido a los Holandeses, que fundaron establecimientos desde las islas de la Sonda hasta las costas del Malabar. Diferentes compañías francesas se extendieron también por aquellos puntos, y principalmente en las islas de Francia y de Bourbon. El gobernador Dupleix, no contento con que los Franceses fueran simplemente comerciantes, quiso que fuesen también dominadores, lo que consiguió sometiendo a 35 millones de habitantes en el Carnate y el Decán.
1761 Celosos los Ingleses, se aprovecharon de las disidencias surgidas entre Dupleix y Labourdonnais, y ocuparon varios países. Después de memorables y dramáticas vicisitudes (Lally), con la pérdida de Pondichery termina la dominación francesa en la India, mientras que Inglaterra se engrandece con el Coromandel y Bengala. Lord Clive, osado y fuerte, disipó con pocos batallones europeos a los ejércitos indígenas, y obtuvo del Gran Mogol la investidura de Bengala, Behao y Orixa con 10 millones de habitantes, que gobernó a su antojo, aparentando que las órdenes procedían del Gran Mogol.
1760 Los Maratas, tribu del Decán, originaria de las montañas de Maharat en el reino del Visapur, eran de la casta de los Vaisías o mercaderes, suministraban una excelente caballería a los príncipes de la península, y habían molestado siempre al Gran Mogol. Haider Alí encumbrose entre ellos a la soberanía; dirigía la guerra con arte y buen éxito; se hizo príncipe de Misore y Seru y rey de las doce mil islas (las Maldivas).
Compañía de las Indias Los Ingleses tuvieron entonces que combatir no ya contra Europeos, sino contra indígenas, y ensoberbecidos ya no disimularon la conquista; pusieron jueces y administradores ingleses, pensando explotar el país. Esto, unido a la inmoralidad y corrupción de los vencedores, disgustó a los indígenas, y todo empeoraba las condiciones de la Compañía, la cual, a pesar de tantas adquisiciones, no tenía siquiera con qué pagar los intereses. Esta se componía de accionistas, siendo necesario tener acciones por valor de 500 libras esterlinas para poder asistir a las sesiones, y por valor de 2000 para poder entrar en la Junta, la cual constaba de un presidente, un vice-presidente, directores y vocales. Había un gobernador con plenos poderes en las tres presidencias de Bombay, Madrás y Calcuta; los empleos eran lucrosísimos, y por tanto en extremo codiciados. Su principal comerció consistía en telas (calicut, indiana, madrás, etc.), y la Compañía obtuvo que fuese expulsado todo el que traficase sin su permiso.
1774 Aunque parezca extraño que el ser capitalista de una sociedad confiera el derecho de conquistador y legislador, el Parlamento disimuló, mientras la Compañía proporcionó grandes réditos; pero cuando ésta se halló en los indicados desórdenes, con una deuda de 220 millones de pesetas, mientras que el capital no pasaba de 120, el parlamento redujo el dividendo y el tributo, cambió la organización interior de la Compañía, la cual prosperó de nuevo; 100 comerciantes regresaban con inmensas fortunas de la India, país que reducían a la pobreza. Aquel latrocinio no podía ser reprimido por un representante plenipotenciario que el gobierno tenía allí. Trató de reformarla el gobernador Hastings, y limitar al mismo tiempo la conquista; pero pronto tuvo que permitir de nuevo los abusos. Estos fueron denunciados a la Cámara por Carlos Fox; luego el joven ministro Pitt hizo adoptar el bill de las Indias, concediendo al rey la elección de los directores, bajo un secretario de Estado; declarábanse contrarios al honor y a la política toda conquista y engrandecimiento; las súbditos ingleses podían ser procesados en Inglaterra por delitos cometidos en la India.
1783 Fue acusado Hastings, y su proceso es de los más famosos; Sheridan desplegó suma habilidad y elocuencia acusándolo; toda Europa tembló a la descripción de aquellos abusos; pero habiendo durado el proceso del 86 al 96, Hastings fue absuelto.
1802 Fox, Burke, Sheridan, secundando la filantropía a la moda, impugnaron a Inglaterra el derecho de conquista en la India, y sin embargo no podía obrarse de otro modo, pues cada país agregado ponía en contacto con otros, de los cuales había que asegurarse por medio de la sumisión. Cornwallis, que fue allí de gobernador con el firme propósito de permanecer en paz, estuvo en continua guerra, con enormes gastos.
Era espléndida la situación del gobierno inglés en la India, pero la administración era espantosa. Todo se encaminaba a explotar a las clases trabajadoras, mientras permanecían en la inmunidad los Brahmanes, los mercaderes de la ciudad, las grandes familias musulmanas y los restos de los nobles indígenas, constituyendo otras tantas clases diferentes, cuyas costumbres, indolencia y doctrinas no han podido ser modificadas por británicos odiados o despreciados; de modo que ni la conquista moral ni la religiosa han empezado todavía, Cornwallis procuró mejorar la condición de los arrendadores y el sistema judicial, pero no consiguió su objeto.
1783 – 1799 Hasta sobre la costa del Malabar, Haider-Alí buscaba en todas partes enemigos a los Ingleses y aún más a los Franceses. A este implacable enemigo sucedió Tippo Saíb, que se creyó destinado por el Profeta a exterminar a los Nazarenos de la India. Residía en Seringapatnam, protegiendo las artes y las ciencias, y acogiendo a los Franceses durante la revolución; pero los Ingleses lo asediaron después con decisión; y él cayó combatiendo heroicamente. Con la toma del Misore, quedó destruida la única potencia de que Francia podía esperar cooperación. Quedaban aún Birmanos, Maratas y Afganos, que durante todo un siglo han molestado a los Ingleses.
Semejantes acontecimientos excitaron a estudiar aquella antiquísima civilización, con sus monumentos y sus libros, con sus doctrinas que precedieron de varios siglos a las europeas y con su lengua de la cual las europeas son oriundas. A este fin fundó Jones, en 1784, la Sociedad Asiática de Calcuta, donde se establecieron imprentas, periódicos, jardín Botánico y academia de medicina.

267.- Interior de Inglaterra. Doctrinas
Derecho marítimo La Inglaterra se engrandecía, pues, en la India; hizo con los Estados Unidos tratados mucho más provechosos que el dominio. Las guerras obligaron a estudiar mejor el derecho marítimo; se acordó que la bandera cubriese la mercancía, y se prohibió apresar buques neutrales, aun cuando fuesen de un puerto enemigo hacia su puerto propio, exceptuando siempre el contrabando de guerra; entiéndese por puerto bloqueado aquel que lo esté en realidad y no por simple declaración.
La Inglaterra aumentó entonces su deuda de un modo espantoso (257 millones de libras esterlinas); los ingresos eran absorbidos por los intereses; pero Pitt supo convertirlo en lazo de los gobernados con el gobierno, y estableció que a cada nuevo empréstito se crease un fondo de amortización. Bajo este ministro, Inglaterra «había llegado al apogeo de la prosperidad y de la gloria», como dice su epitafio. Su hijo Guillermo subió a la jefatura del ministerio a la caída de Fox, y en vez de debilitar fuerza alguna de las nacionales, pensó fortalecerlas a todas, llamando al Poder a las clases nuevas, como la industrial, y salvando de este modo a su patria de la revolución que trastornaba la Francia. Aquellas sólidas instituciones hicieron que Inglaterra prosperase bajo miserables reyes y con una Corte corrompida, y a pesar de que Jorge había sido declarado loco.
Irlanda – 1782 Introdujéronse entonces los Metodistas (Wesley), secta de riguroso calvinismo, generosa para los pobres, y que con los Cuáqueros pedía la abolición de la trata y de la esclavitud de los Negros (Wilberforce). Sin embargo persistía la intolerancia con los Católicos, excluidos siempre no solo de los empleos, sí que también de los derechos civiles. Si el Gobierno daba pruebas de disminuir los rigores, surgían tumultos y asociaciones, sobre todo en Escocia (Gordon Asociación protestante). A todo esto, sufría mucho la Irlanda, siempre fiel al culto antiguo, y por esto despojada de las propiedades que pertenecían a los ministros anglicanos y a los señores que vivían fuera del país (ausentismo). Con la miseria hubo conmociones, asesinatos, incendios, y la necesidad de apelar a represiones, mayormente desde que se temió el ejemplo de América. En ocasión en que, para precaverse de un desembarco de los Americanos, se tuvo que permitir a los Irlandeses que se armasen, estos pidieron la libertad de comercio y de cultos y un parlamento independiente (Grattan); el Parlamento inglés tuvo que acceder a estas pretensiones; pero el temor de la revolución francesa detuvo esta justicia, y después de una violenta reacción la Irlanda fue reunida a Inglaterra, la cual tomó entonces el nombre de Reino Unido de la Gran Bretaña.
La libertad de pensar y decir cualquier cosa, en política como en religión, daba ardimiento en el examen, inteligencia en materia de intereses públicos, franqueza en abordar cualquier asunto, y atemperaba al mismo tiempo los arrebatos utopistas, pues no faltaban temibles adversarios para las opiniones exageradas. Si no pocos atacaron las creencias fundamentales, las defendieron otros tantos (Littleton, Beattie, Wollaston, Warburton, Whiston). Richardson (1689-1761) pasa por el primer novelista del mundo (Pamela, Clarisa Harlow, Grandison) y después de él viene Fielding (Tom Jones). En el teatro, a la originalidad de Shakespeare se prefería la regularidad francesa. El análisis crítico de Johnson, de Addison, de Jones, de Lowth y de Blair tendía a la corrección más que a la inspiración. El Viaje sentimental y el Tristam Shandy de Sterne, el Vicario de Wakefield de Goldsmith, las Estaciones de Thomson, las Noches de Young, el Cementerio campestre de Gray, el Gentil pastor de Ramsay, los Amores de las plantas de Darwin, unían a la delicadeza del sentimiento la sencillez de la forma. Parecieron una novedad las poseías de Ossian, poeta caledonio del tiempo de Caracalla, publicadas por el escocés Macpherson, y tan admiradas como Homero y la Biblia, cuando era quizá una invención, o una refundición de cantos tradicionales.
La Escocia produjo escritores suaves y profundos, de gran talento si no de genio, muchos de los cuales se dedicaron a la historia, como Fergusson y Middleton a la romana, Robertson a la de Carlos V, Hume a la inglesa, y Gibbon a la decadencia del imperio romano. Una sociedad de literatos colaboró en una Historia Universal que fue traducida a todos los idiomas con variaciones y adiciones.
En el parlamento, la oratoria se distinguía por su afectación; como estaba prohibida la estenografía, no quedan más que extractos de aquellos discursos, con los cuales agitaban los destinos del mundo Fox, Sheridan, Burke, Pulteney, los dos Pitt y Erskine. A la confusión producida por una infinidad de leyes, bills y decisiones sobre que se rige la jurisprudencia, Blackson creyó ponerle remedio con los comentarios Sobre las leyes de Inglaterra (1765), aceptando lo recomendable sin alterarlo; mérito singular, cuando el filosofismo francés quería destruirlo todo para sus innovaciones.

268.- El Imperio Germánico
María Teresa En el trono y en medio de tan siniestros ejemplos, María Teresa conservó la dignidad de mujer. Dejaba que su marido Francisco se ocupase en acaparar dinero, mientras ella lo dirigía todo con el ministro Kaunitz. Además de haber adquirido gran parte de la Polonia, y quitado la Bukovina a la Turquía, puso a sus hijas en los tronos de Francia, Nápoles y Parma; aseguró a uno de sus hijos el ducado de Módena por medio del matrimonio, y a otro el gran ducado de Toscana.
José II – 1780 Le amargaba ver a su hijo José entregado a las ideas antirreligiosas y subversivas de los filósofos. Cuando, después de esperar largo tiempo, empuñó el cetro imperial, José no hizo más que introducir innovaciones, próvidas o impróvidas, queriendo reducir a una administración uniforme países tan distintos, según las abstracciones dominantes. Sus códigos civil y criminal no podían aplicarse, por más que decretaban excelentes principios. Quiso reprimir a los eclesiásticos, no abrazando la reforma religiosa, sino disminuyendo y ridiculizando a la libertad de la Iglesia, aboliendo conventos, asumiendo el nombramiento de párrocos y obispos, y la dirección de la enseñanza en los seminarios (Febronio); tanto que Pío VI (el peregrino apostólico) hizo un viaje a Viena para ablandar al emperador, pero no consiguió más que la celebración de un concordato para la Lombardía.
También en política arrojose el emperador a vagas ambiciones; agasajó a Catalina II, y a pesar de los antiguos tratados abrió la navegación del Escalda, por lo cual tuvo guerra con los Estados Generales de Holanda. Salió mal librado de la guerra con los Turcos; la Transilvania y la Hungría se opusieron resueltamente a sus innovaciones, y aún más la Bélgica, sobre todo en la cuestión de ordenanzas religiosas. El filosofista José proclamó que «la rebelión no se sofoca sino con sangre». También pretendía introducir novedades en el Imperio; ansiaba la adquisición de la Baviera, después de haberse extinguido la casa electoral de Wittelsbach; pero mientras que con esto deseaba ceñir a la Prusia, se formó una liga de príncipes germánicos contra el Austria, siendo la primera vez que la Prusia se vio al frente de la unidad germánica. Con sus innovaciones en Prusia, Federico II fue bendecido, al paso que se conocieron mal las intenciones del emperador de Austria, quien dictó por sí mismo su epitafio: «Aquí yace José II, desgraciado en todas sus empresas».
1790 – 1792 Su hermano Leopoldo II, gran duque de Toscana, le sucedió en el trono, y atendió a los súbditos que de todas partes le pedían que aboliese las innovaciones de su antecesor; firmó la paz con la Prusia y con la Puerta; en Bélgica, el temor a los revolucionarios franceses inducía a establecer acuerdos, pero antes de concluirlos murió Leopoldo, sucediéndole Francisco II, el mayor de sus quince hijos.
La Alemania seguía siendo débil, aunque, además de la casa reinante de Austria, vio en este siglo ascender a tronos extranjeros cuatro familias alemanas, a saber: la de Brandeburgo, la de Sajonia, la de Hannover y de Hesse-Cassel. La preponderancia de la Prusia se dejaba sentir en el aire militar que dominaba en Alemania, en el gran número de oficiales, en la afición a las paradas. Los príncipes vendían sus soldados a causas extranjeras. Federico II fue el ídolo de la nación, aunque despreciaba a los Tudescos y no le gustaban más que las cosas francesas, tanto que se consideraban como bárbaras las costumbres y la literatura nacionales. Gottsched, Tomás, Wieland, Edelmann y Nicolai afrancesaban el pensamiento y el estilo; la poesía era sin vigor, y pedante la filosofía; se olvidó, a Leibniz para seguir a Locke, Voltaire y Rousseau. Contemporáneamente estuvieron en boga algunos pietistas (Spener, Böhme, Arnold) y sociedades de iluminados (Rosa-Cruz, Swedenborg y San Martín). Weishaupt transformó la masonería encaminándola completamente a la política y a la abolición de toda superioridad.
En defensa de las creencias sociales y religiosas pugnaban Euler, Lamberti, Hamann, Novalis, Stolberg y Basedow. Bodmer, que hostigó a la escuela de Gottsched e hizo honrar a los Minnesinger, fue tenido por maestro de los mejores, sin exceptuar a Klopstock (1724-1803), autor de La Mesiada. Detrás de él los nuevos bardos se valían de ideas germánicas y cristianas, o cantaban los campos, como Gessner, o excitaban a la guerra como Klëist y Gleim.
Poco brillaba la historia, acentuándose apenas Gatterer y Schrok; pero nació allí la filosofía de la historia, la que señala la marcha de la humanidad entera bajo un concepto, confirmado por los acontecimientos. Schlozer, Remer y Spittler estudiaron otra cosa que las guerras y los gobiernos. Herder (1744-1803) buscó la historia de la humanidad en las intenciones de Dios. Juan Müller de Schaffhausen (1752-1809), entre otras muchas escribió la historia de la Confederación Helvética, con entusiasmo patrio y sentimiento de las bellezas naturales.
Crítica Lessing quiso ampliar la crítica no fijándose en tal o cual particularidad de las composiciones, sino en los caracteres y sentimientos. Winckelmann observó con inusitado ingenio los monumentos romanos. Baumgarten dio forma sistemática a las teorías del gusto que tituló Estética, en cuyo campo le siguieron Mendelssohn, Eberhard, Sulzer, Tieck y Herder. Guillermo Schlegel dio un curso de literatura dramática; su hermano Federico, en su Historia de la literatura antigua y moderna dio pruebas de entender cuanto de grande y bello ofrecen las diferentes naciones, dirigiéndose a la unión de la fe con el saber.
Literatura De este modo se introducía una crítica nueva, inspiradora, y la literatura recobraba su vuelo en la libertad (Bürger, Holty). En el teatro dio buen ejemplo Lessing; Iflan y Kotzebue escribieron comedias buscando más bien el efecto que la verdad y la moral. Federico Schiller (1756-1805) se dedicó a la tragedia con sentimientos liberales y robustos, aunque atribuye a sus personajes ideas y afectos de su tiempo, dogmatizando en vez de describir y conmover (Guillermo Tell, los Bandoleros, María Estuardo, Don Carlos). Goethe (1749-1832) fue poeta lírico, épico y dramático, novelista, crítico, naturalista y grande en todos los géneros (Werther, Götz de Berlichingen, Fausto, Noviciado de Guillermo Meister). Sabía encarnarse en los tiempos y en los personajes; pero en un siglo de crítica audaz e incrédula, no inspiró más que befa, orgullo y desesperación; cultivaba el arte por el arte; dejaba decir y hacer sin inmutarse; y su egoísmo fue tan refinado, que presenció los grandes actos de su nación sin tomar parte en ellos.
La flor de los literatos embellecía la Corte de Weimar, con Seckendorf`, Knebel, Voigt, Museus, Herder, Ifland, Wieland, educando a los príncipes, haciendo representar dramas, recitando poesías en aquella Atenas de Turingia.
Filosofía La principal gloria de Alemania procede de la filosofía. La de Locke se había popularizado, mayormente después de haber sido expuesta por Condillac, que reduce las facultades del hombre al desarrollo de una primera sensación, es decir las potencias más activas a un solo principió pasivo. Hume llevó el sensualismo a las últimas consecuencias, negando la idea de causa, precisamente porque esta no puede derivarse de los sentidos, y quitando la necesidad de una causa primordial. Al paso que Locke afirmaba que no existía más que la sensación, Berkeley no aceptaba más que la idea, con la cual aniquilaba a la materia. Tomás Reid atacó el escepticismo y el idealismo mediante el sentido común, aceptando como axiomáticas algunas máximas generales, independientes de la educación; mas no por esto desvaneció la duda ni salvó del materialismo.
1724 – 1804 Manuel Kant quiso llegar a la certidumbre por un nuevo camino y con un método eminentemente psicológico. Volvió a tornar el problema del conocimiento en el punto en que Berkeley lo había dejado, y buscó una ciencia que explicase la posibilidad de la experiencia externa. Profesó la doctrina de que todos nuestros conocimientos provienen de la experiencia; aseguró que el conocimiento a priori es necesario y universal; que los objetos son un agregado no solo de sensaciones (materia) sí que también de cualidades que corresponden al espíritu, como el tiempo y el espacio; que en suma la conciencia humana consta de un elemento derivado de los sentidos y de otro derivado de la inteligencia, de ahí que distinga perfectamente la sensibilidad de la inteligencia, la intuición de las ideas. Con esta filosofía trascendental, que estudia al hombre en el sentimiento, en la intuición, en las ideas metafísicas, en el razonamiento después de los juicios, examinó Kant la moral, pero dio a la exposición de su doctrina una forma extravagante, plagada de neologismos y de fórmulas que hablan solo a la fría razón. También ejerció en la historia la agudeza de su ingenio, que aplicó igualmente a la jurisprudencia. Como Sócrates en Grecia, Kant dio origen a diferentes filosofías: el idealismo trascendental de Fichte que unifica la existencia y el conocimiento, el pensar y el crear; el objetivo de Schelling, la identidad de los contrarios de Hegel; teorías todas que en Alemania se debaten hace un siglo, en pos de sólidas verdades y sanos principios.

269.- Península Ibérica
El ministerio del cardenal Alberoni había demostrado que España, a pesar de su decadencia, podía valer mucho en Europa. Isabel, esposa de Felipe V, la turbó con el empeño de colocar a sus hijos en los tronos de Parma y de Nápoles. A la muerte de Fernando VI, subió al trono de España Carlos III, que ya reinaba en Nápoles desde los veinticuatro años. Este abandonó los negocios a Grimaldi, al conde de Aranda, a Campomanes, a Olavide, a Floridablanca y a otros ministros, imbuidos en las ideas francesas, y por ellos entró en el pacto borbónico, deseoso de la abolición de los Jesuitas. De siete millones y medio de habitantes, España subió a once millones, y vio triplicado el producto de su industria y de su agricultura. Se procuró utilizar las colonias, concediendo ciertas libertades al comercio, y estableciendo un servicio regular de buques para la exportación y la importación de productos. Inglaterra se aplicó continuamente a destruir la marina y las colonias españoles; le quitó las Filipinas y las dos Floridas, que restituyó en la paz de Versalles. A fines del siglo, sus dominios en el Nuevo Mundo ocupaban setenta y nueve grados de latitud; eran tan largos como el África, vastos como dos veces los Estados Unidos, mucho más extensos que el imperio británico en la India, y en pocos años había de perderlos casi todos.
Con Felipe V se había introducido la literatura francesa, a la cual se oponían unos pocos conservadores y las costumbres populares, sobre todo en el teatro, donde adquirió aprecio y renombre el delicado Moratín. El jesuita Isla renovó los intentos del Quijote, ridiculizando en el Fray Gerundio el estilo culterano y a los malos predicadores. Las artes se hallaban en completa decadencia. Las costumbres oscilaban entre la depravación y el formalismo.
Portugal se había separado de España lo bastante para no verse obligado a mezclarse en los frívolos asesinatos con que los reyes ensangrentaban la Europa. Juan V, imitador de Luis XIV, gastaba más de lo que le permitían los medios disponibles, e invirtió sumas inmensas en la obtención del título de Majestad Fidelísima. Aunque rústico, fundó la Academia, presidida por Francisco Meneses, conde de Ericeyra, autor del poema Henriqueida.
1750 – Pombal Su sucesor José tomó por ministro al marqués de Pombal, imbuido en las ideas filosofísticas de la época, con las cuales se propuso regenerar al país. Su principal intento fue la expulsión de los Jesuitas; atribuyéndoles toda suerte de delitos, y hasta una tentativa de asesinato en la persona del rey, los hizo expulsar; luego quiso restaurar la hacienda con la supresión de órdenes religiosas e incautación de bienes, y reparó los desastres causados por el terremoto que sufrió Lisboa en 1755, el día de Todos los Santos.
1669 El Brasil se había regenerado con la industria. La partida de rebeldes que se había establecido allí con el nombre de Mamelucos (cap. 193), turbaba al país y a los vecinos, al paso que se ingeniaba buscando oro, y penetrando para ello en montañas inascendidas y en comarcas de salvajes. El rey quiso su parte y mandó en calidad de gobernador del distrito minero a D. Antonio de Albuquerque, que fundó la ciudad de Río [de] Janeiro. En las guerras sucesivas, fue ésta sitiada por los Franceses y bombardeada, pero se rehízo después y vino a ser el depósito de los productos minerales; los Mamelucos fueron reprimidos y obligados a dar la quinta parte del oro extraído, cuyo producto subió hasta 25 millones de pesetas anuales; allí se encontró también la más rica de las minas de diamantes. Pero todo esto no enriquecía precisamente a Portugal, sino a Inglaterra, pues que el tratado de Methuen prescribía que esta nación fuese la que suministrase a los Portugueses las manufacturas, los granos, los pescados salados y otros productos.
En vano pensó Pombal poner remedio a aquella ruina, fundando compañías para el comercio de vinos, para el tráfico con la China y para la trata de Negros. Sus procedimientos lo hicieron odioso al país, que le hizo destituir tan pronto como subió al trono María con Pedro III; 800 prisioneros de Estado, entonces libertados y absueltos, le armaron un proceso y lo hicieron declarar digno de ejemplar castigo; pero le quedaba siempre la excusa de decir que había obedecido al rey; ensalzado por los filósofos, en realidad parece más entusiasta que inteligente, guiado por pasiones, incoherente, y despótico hasta en el obrar bien.

270.- Repúblicas de Holanda y Suiza
1747 Enriquecida por el comercio, la Holanda conservaba modestas costumbres y economía, y pudo con su oro ayudar al Austria en la guerra de la sucesión española, a despecho de su gran enemigo Luis XIV. Guillermo IV, de la Casa de Orange, fue proclamado estatúder general, cargo hereditario aun para las mujeres, y gobernador de las Indias; tuvo gran poder porque era amado. Su viuda Ana, como tutora de su hijo Guillermo V, continuó las reformas empezadas por su marido; pero la república decaía; escaseaba la pesca de los arenques; Jansenistas y filosofistas alteraban la tranquilidad en el interior; los antiguos Patriotas volvieron a levantarse para combatir la casa de Orange, y en la guerra de la independencia americana se enemistaron con Inglaterra, lo cual fue un golpe terrible para los Orangistas, que siempre habían deseado la paz. Los Holandeses se batieron heroicamente en tierra y en el mar; pero los Ingleses ocuparon sus posesiones de la India, que luego restituyeron en la paz, pero después de haberlas arruinado, y obligando a los Holandeses a dejarles allí el comercio libre.
Los Holandeses estuvieron a punto de sucumbir a un desastre natural. En los diques que defienden la existencia de sus ciudades, se advirtió que un gusano desconocido que había venido con las naves de Oriente, roía los pies derechos de las estacadas. Este y otros desastres exacerbaban al pueblo contra el gobierno; Guillermo V pedía justificándose que el estatúder no fuera el único que pudiese ser impunemente insultado; pero los cuerpos francos, instigados por la Francia, prestaban apoyo a los patriotas y restringían cada vez más la autoridad de Guillermo, quien por último fue destituido de los cargos de estatúder y almirante. Los Prusianos acudieron para restablecerlo, y ocuparon en tres semanas el territorio que los Españoles no habían podido ocupar en 80 años. Guillermo fue repuesto sin venganzas ni reacción.
1786 La Suiza continuaba tranquila, pero débil, como todas las confederaciones, mayormente a causa de las diversidades religiosas. A duras penas se llegó a firmar la formula consensus ecclesiarum helveticum reformæ. Las Constituciones internas se modificaban y ofrecían todas las variedades de gobierno; democracia en Schwitz, Uri y Unterwalden; aristocracia en Berna; oligarquía en Lucerna; principado constitucional en Neuchâtel; teocracia en Parentruy, Einsiedeln y Disentis; combinaciones municipales en Basilea, Zúrich, Ginebra y Saint-Gall: en fin 150 democracias rurales en los Grisones. No era ya el poético país de la libertad; se ambicionaba el oro, como las condecoraciones y títulos ganados al servicio de extranjeros; pocos hombres de influencia dominaban al vulgo; se procuraba el interés de cada cantón y no el de toda la Suiza.
En Berna la aristocracia era poderosa e intrigaba por levantar a tal o cual familia; favorecía los incrementos materiales, pero reprimía el pensamiento y la imprenta, y se mostraba celosa de Haller y Bonstetten. Entre los Grisones rivalizaban las familias Planta y Sanlis. En Ginebra formaban clases distintas los habitantes, los naturales, los villanos y los ciudadanos, sin contar los súbditos; la ciudad llegó a ser una de las más industriosas; en ella adquirieron renombre Bonnot, Burlamachi y Rousseau. En Ferney recibía Voltaire los homenajes de toda Europa. Algunos escritos demagógicos de Rousseau sublevaron a la plebe contra los privilegiados; Francia, Saboya y Suiza intervinieron, y los derechos legislativos fueron tan restringidos que apenas 500 ciudadanos tuvieron voto.
Súbditos Algunos cantones dominaban sobre varios países, como Uri sobre la Levantina; Uri, Schwitz y Unterwalden sobre la Ribera y Bellinzona, y los doce cantones juntos sobre Lugano, Locarno y Valmaggia. Los Grisones dominaban en la Valtelina. En los países dominantes se subastaban los empleos de gobernador, baile o juez, y de que resultaba la venalidad de la justicia, la tolerada insolencia de los poderosos y hasta la venta de cédulas de impunidad por delitos futuros.
Con tales elementos, a la Suiza no le quedaba siguiera su antiguo prestigio militar; los refugiados habían introducido en ella la francmasonería, la incredulidad, los vicios del lujo y el desprecio a la autoridad.

271.- Italia
1737 Cuando Víctor Amadeo de Saboya hubo obtenido el título de rey, disgustó pronto a la Sicilia, de modo que muchos emigraron. Habiendo intervenido las Potencias, combinaron que Víctor recibiese la Cerdeña y cediese la Sicilia al emperador Carlos VI, que así quedaba en posesión del Milanesado y de las Dos Sicilias. Pero Isabel [de] Farnesio y Alberoni (cap. 257), contaban mucho con los ducados de Parma y Placencia y con la Toscana. En esta concluía con Juan Gastón la estirpe de los Médicis, y los potentados disponían de su herencia como cosa propia. La Toscana fue invadida por los Españoles primero y por los Austriacos después; finalmente fue asignada a Francisco, esposo de María Teresa, en compensación de la perdida Lorena, formando una segundogenitura que nunca pudiese ser unida al imperio.
1738 – 1746 Tratábase en tanto de la sucesión austriaca, y la Farnesio hizo todo lo imaginable para hacer casar a la heredera con su hijo Don Carlos, o al menos hacer que le tocaran el Milanesado y las Dos Sicilias. Pero Carlos Manuel de Cerdeña ambicionaba la Lombardía, y después que ésta, la Toscana y Nápoles hubieron sido maltratados por los diferentes ejércitos, se acordó en la paz de Viena que Don Carlos tuviese las Dos Sicilias y los Presidios; el rey de Cerdeña los territorios de Novara y Tortona; el emperador el ducado de Parma, de donde los Farnesio se llevaron las riquezas artísticas a Nápoles. Habiendo estallado la guerra por la sucesión austriaca, Carlos Manuel se alzó pretendiente del Milanesado, tan pronto de parte como contra María Teresa, de este modo obtuvo el marquesado del Finale. Génova reclama contra la usurpación, por cuyo motivo la ocupan los Austriacos; pero el pueblo se subleva (Balilla, Rotta) y redime a la patria..
Al fin la paz de Aquisgrán arregló la Italia: María Teresa, como heredera de su padre, se quedaba con la Lombardía, aunque cediendo a Carlos Manuel el Novarés, el Vigevanasco y el otro lado del Po; Don Felipe, hijo de la Farnesio, se quedaba con los ducados de Parma y Placencia; su otro hijo Carlos con las Dos Sicilias; Módena permanecía en poder del antiguo duque; y María Beatriz, en la cual se concentraban la herencia de este ducado y la de Massa y Carrara, fue casada con Fernando, hijo de María Teresa.
La Lombardía conservaba instituciones propias. Las Dos Sicilias prosperaron bajo el poder de Carlos III. Pero muerto Fernando VI de España, Carlos III fue llamado a sucederle, y dejó el trono de las Dos Sicilias a Fernando IV, casado con Carolina, de Austria. La Sicilia continuaba siendo gobernada como una provincia, molestada por los bandidos, sin que la hicieran prosperar las filosóficas innovaciones del virrey Caracciolo. En 1743 la peste había dejado desierta a Mesina, y en febrero de 1783 la Calabria fue sacudida por horribles terremotos.

272.- Reformas en Italia
1748-96 Al tratado de Aquisgrán siguieron cuarenta y ocho años de paz, durante los cuales el país adquirió las mejoras y las ideas que en el exterior se desarrollaban. Las costumbres españolas cedieron el paso a las francesas. Desaparecieron en gran parte las trabas que habían entorpecido el incremento del comercio, de la industria, de la agricultura y de la enseñanza, a cuyos ramos se aplicaron las teorías económicas difundidas por muchos hombres de ciencia. Las academias se dedicaban al estudio de altas cuestiones prácticas.
La Lombardía Austriaca vio mejorada la administración, simplificadas las aduanas y abiertos caminos y canales; Milán se embelleció; la Universidad de Pavía se ilustraba con sabios eminentes; la prensa difundía oportunas verdades; y se fundaban la biblioteca y el observatorio de Brera. Concentrado el gobierno en Viena, los gobernadores perdieron su exuberante poder.
Piamonte Víctor Amadeo II introdujo muchas mejoras en el Piamonte con las Reales Constituciones; reformó el sistema económico y restauró la Universidad. Abdicó de pronto, y se retiró a vivir como simple particular con Carlota de Cumiana; pero habiendo querido recobrar el poder, se le opuso Carlos Manuel, quien hizo adelantar al país merced a los atinados consejos del marqués de Ormea. Aumentó su territorio en perjuicio de la Lombardía; dictó el Codex carolinus: tuvo buen ejército y excelentes fortalezas; su ministro Bogino mejoró la administración y redimió a Saboya de los lazos feudales; procuró en Cerdeña aumentar la cultura y la población, y fundó las Universidades de Sassari y Cagliari; pero las innovaciones intimidaban, y los ilustres piamonteses tuvieron que dejar la patria.
Toscana La dinastía de Lorena se aprovechó de la prosperidad y corrigió los abusos introducidos por los Médicis, sobre todo desde que fue gran duque Pedro Leopoldo, quien con buenos consejeros organizó los tribunales, dio uniformidad a las leyes, abolió la pena de muerte, sustituyó las múltiples aduanas con una gabela única, dio libertad a las artes, saneó los pantanos y dio publicidad a sus actos. Pero a menudo echaba a perder sus buenas intenciones con la doblez y el espionaje.
En cuanto a las innovaciones religiosas, los gobiernos querían hacer a los Jansenistas y a los Cesaristas independientes de toda tutela, mayormente de la eclesiástica, ansiosos de deprimir a los pontífices.
Papas La situación de los papas empeoraba cada vez más, a causa de las pretensiones de los príncipes; y además de que eran heréticas las Potencias principales, como Rusia, Prusia, Inglaterra y media Alemania, hasta en los países católicos se extendía una orgullosa incredulidad.
1700 Clemente XI (Albani) condenó las doctrinas de Jansenio sobre la Gracia, favoreció los estudios orientales y procuró unir a la Cristiandad contra los Turcos.
1721 Inocencio XIII (Conti) apagó la guerra encendida por su antecesor contra Víctor Amadeo y Carlos VI.
Benedicto XIII (Orsini) recibió a Comacchio del emperador y consintió en que el rey de Cerdeña pusiese el visto bueno en las bulas papales.
1730 - 174 Clemente XII (Corsini) atendió a la concordia entre los príncipes, y aumentó los museos del Vaticano y del Capitolio. Sucediole Próspero Lambertini con el nombre de Benedicto XIV, hombre pacífico, escritor ilustrado, que fundó en Roma cuatro academias, organizó la congregación del Índice y la canonización de los santos, accedió a las pretensiones de los monarcas respecto a la colación de los obispados y abadías y a la imposición de tasas sobre los bienes eclesiásticos.
Clemente XIII (Rezzonico) rehuyó estas concesiones, por lo cual quisieron castigarlo los reyes borbónicos. La Francia ocupó a Aviñón, y los Napolitanos a Benevento y Pontecorvo; todos convinieron en pedir la abolición de los Jesuitas. Otras pretensiones armaron a Venecia, Génova y Nápoles. Este reino se había encontrado siempre en lucha con la Santa Sede, y sus escritores la combatían. Carlos III obtuvo por concordato muchas concesiones que aumentaban la fuerza de la monarquía. El ministro Bernardo Tanucci abolió los diezmos eclesiásticos, privó a las manos muertas de la facultad de adquirir, restringió la jurisdicción eclesiástica, redujo el número de clérigos, definió el matrimonio contrato civil, declaró guerra a los Jesuitas y negó el tributo que los reyes de Sicilia ofrecían al Papa en prueba de vasallaje.
Don Felipe de Parma había anhelado para su país una edad de oro llamando a ilustres personajes y dando a su hijo Fernando maestros tan insignes como Millot, Condillac y Mably. Habiendo llegado al poder, Fernando se entregó al arbitrio de Dutillot, partidario de las modernas ideas filosóficas, quien pronto enemistó al príncipe con el Papa, invadiendo la jurisdicción pontificia, sostenido por los demás Borbones.
1769 Clemente XIV (Ganganelli), literato perspicaz, creyó salvar a la Iglesia condescendiendo con el mundo, y por último expidió la bula que suprimía a los Jesuitas. Mas no por esto desistieron los príncipes de sus pretensiones, inspirados sobre todo en el ejemplo de José II.
1775 Para moderar a este emperador, Pío VI pasó a Viena, pero sin conseguir su objeto.
Hasta en la Toscana los príncipes habían procurado siempre librarse de la intervención romana. Pedro Leopoldo, imitando a su hermano José II, y a instigación del obispo jansenista Escipión Ricci, rompió con la Iglesia; convocó un Concilio, al cual se adhirieron todos los Cesaristas de Italia y en el cual se tomaron deliberaciones conformes con la declaración del clero galicano de 1682 (cap. 236). Pío VI anatematizó aquel conciliábulo.
Este mismo Papa protegió las letras y las bellas artes, pero desatendía a las artes útiles. Excitaba a los príncipes italianos a confederarse contra la revolución francesa, de la cual él e Italia fueron víctimas.

273.- Últimos sucesos italianos. Literatura
Aunque durante sus cuarenta años de paz la Italia no progresase tanto como otros pueblos de Europa, la prolongación de aquella próspera calma ayudó muchísimo a la secularización de los gobiernos, al incremento de las ideas filantrópicas y a la marcha de las reformas empezadas.
Leopoldo de Toscana restableció el patíbulo y dejó que su hermano Fernando pusiese nuevamente en vigor muchas de las antiguas leyes. Ni la prudencia ni la habilidad salvaron a Dutillot, y a pesar de que Luis XV impuso al duque de Parma que lo conservase, fue sacrificado al odio de la duquesa.
Víctor Amadeo III quería imitar a Federico II sosteniendo un gran ejército; a él se deben muchos caminos y palacios.
En Venecia, la corrupción de costumbres había aumentado tanto como disminuido el poder. Como en todas las oligarquías, eran innumerables los abusos. Los Barnabitas, nobles pobres y excluidos de la soberanía, eran un semillero de intrigantes, promovedores de pleitos, jugadores y traficantes de votos en las reuniones electorales. La plebe vivía a expensas de los ricos, alegre, servil e ignorante. El arsenal no trabajaba ya; sin embargo el almirante Emo pudo dirigir una gloriosa expedición contra los Berberiscos.
Procuraban hacerse olvidar las repúblicas de Génova, Lucca y San Marino.
En general faltaba fuerza de voluntad y firmeza de carácter, condiciones indispensables para hacer frente al turbión que se aproximaba.
La literatura era lánguida y académica con Zanotti, Cotta, Vittorelli, Pignotti, Varano, Savioli, o satírica y obscena con Casti. Inocencio Frugoni fue jefe de una escuela de malos sonetistas y copleros, mal parados por la crítica de Baretti.
La elocuencia del púlpito se reducía a laboriosas amplificaciones de sentimientos triviales. En la comedia, el veneciano Carlos Goldoni (1707-93) copia a la naturaleza con una fidelidad que raya a veces en exceso, y pinta los defectos de una sociedad más frívola que viciosa. Gaspar Gozzi supo apreciar e imitar a los clásicos y brilló en el periodismo.
El drama musical fue perfeccionado por Apóstol Zeno, y más aún por Pedro Metastasio, de inimitable naturalidad y espontánea fluidez. El erudito Maffei compuso la mejor tragedia (Merope), y en el mismo género dramático se inmortalizó Vittorio Alfieri, despojando a la tragedia de los personajes inútiles, y aunque interpretó la historia antigua a la moderna, acostumbró a odiar la tiranía y hablar de Italia.
Cesarotti, abate afrancesado, desvió el gusto de la mitología y de los conceptos amanerados con la traducción de Osian.
La importancia de dar carácter cívico a la poesía fue sentida por Parini, quien describe irónicamente la vida de un señor elegante en la composición que lleva por título El Día.
Historiadores Muchos se aplicaron a la erudición histórica (Maffei, Fumagalli, Patuzzi, Zaccaria, etc.), y al frente de todos ellos aparece Luis Muratori, autor de los Anales de Italia. Denina escribió la historia de las Revoluciones de Italia, y Bettinelli el Risorgimento.
Apenas hubo ciudad que no tuviese sus historiadores particulares. El controversista papal Justo Fontanini escribió la Historia de la elocuencia italiana; Javier Quadrio la de toda poesía; Martini la de la música; Jerónimo Tiraboschi la de la literatura italiana, con más diligencia que gusto. Juan Maria Mazzucchelli empezó un diccionario de los literatos de Italia. Bonamici expuso en buen latín la guerra entre los Austriacos y Carlos III, y Ángel Fabroni escribió vidas de Italianos ilustres.
Erudición Guarnacci pretende que Italia fue la cuna de la civilización. Muchos escritores estudiaron las antigüedades austriacas e itálicas. Los maravillosos descubrimientos hechos en Herculano, Pompeya, Pesto, Velleya y Cortona, avivaron el estudio de las antigüedades, que empezaban a ser intérpretes de religiones y civilizaciones pasadas.
Brillaron muchos latinistas, y sobre todos descolló Julio César Cordara, que dejó sátiras famosas.
Los estudios orientales salieron de los límites de la especulación religiosa, y progresó la filosofía comparada. Pallas publicó el vocabulario de todas las lenguas del mundo. Anquetil dio a conocer los libros sagrados de la Persia. Además del árabe y el siriaco, se estudiaba el chino. La academia oriental de Calcuta reproducía la flor de la literatura y de la filosofía indias.
Otros cultivaron la numismática, que abarcó Eckhel en su Doctrina nummorum veterum.
Algunos jesuitas prófugos de España escribieron en italiano, como Andrés, autor del Origen y progreso de todas las literaturas, y Arteaga, autor de las Revoluciones del teatro.
En el campo filosófico, muchos siguieron las huellas de los sensualistas franceses. El cardenal Gerdil combatió a los enciclopedistas, como hizo lánguidamente Nicolás Spedalieri.
Entre los juristas se señalaron Lampredi, Pagano, Azuni y Barbacovi.

274.- Bellas artes
Las bellas artes, como la literatura, pasaban del estilo barroco al ecléctico. Los pintores Mengs y Pompeyo Battori honraron a Roma. El mesinés Juvara dejó en Turín y Lisboa construcciones originales e incorrectas. Los Salvi y los Servandoni buscaron el efecto escénico. Falconet modeló la estatua de Pedro el Grande; y fueron escultores de forma los franceses Couston, Lemoine, Bouchardon y Pigalle. Watteau, Boucher y Vanloo pintaron con amanerada voluptuosidad. Vernet es famoso por sus marinas, como Greuze por los cuadros de género. Para corregir el gusto, algunos adoptaron la manera antigua, principalmente David, que fue el ídolo de la revolución y del imperio.
En Inglaterra se distinguió West por sus marinas. Josué Reynolds pasa por el mejor retratista, y dio buenos consejos en sus discursos acerca de las artes.
También escribieron sobre bellas artes el boloñés Zanotti, Lessing, Sulzer, Diderot y Mengs. Lanzi hizo la historia de la pintura, y Milizia un diccionario. Angicourt escribió sobre las artes de la Edad Media. Las obras maestras eran reproducidas por el grabado, que rayó a gran altura.
Príncipes, embajadores y prelados daban generosas comisiones y formaban museos.
En la escultura, Antonio Canova fue considerado como príncipe de los escultores modernos.
En el teatro se daban a veces representaciones sin más objeto que el de presentar decoraciones, y hubo excelentes pintores escenógrafos.
El baile se convirtió en composición histórica, con trajes rigurosamente apropiados a la época de la acción. La música imperó en la sociedad moderna. La ópera italiana era aplaudida en el extranjero. Los reyes mantenían compañías líricas o dramáticas. Considerábase incompleta la educación de quien no sabía cantar o tocar algún instrumento; los caballeros y las damas se presentaban a bailar en el teatro.
Prosperó la música religiosa, y sus adelantos pasaron a la dramática. Las teorías musicales fueron refinadas por Rameau, Rousseau, D'Alembert y Martin (Historia de la música). Gretry y Gluck hicieron olvidar la pesada música francesa. Nicolás Piccini dio lugar a que se formaran en Francia la facción de los Piccinistas, quienes querían la melodía pura y no la verdad dramática. Händel, Mozart y Haydn alcanzaron imperecedera fama, y aunque nadie les aventajó en unidad ni en naturalidad, quizá les superó en sublimidad Beethoven.

275.- Ciencias
Los Ingleses y los continentales estaban en litigio sobre si el sistema infinitesimal era debido a Leibniz o a Newton; con tal motivo cesaron de cambiarse conocimientos y experiencias; sin embargo progresaron las matemáticas y las ciencias que en ellas se apoyan. Lagrange dio la Teoría de las funciones analíticas, el Método de las variaciones y la Mecánica analítica, obras inmortales. Euler abarcó las investigaciones analíticas hasta entonces conocidas. Montucla escribió la historia de las matemáticas, y Cossali la del álgebra. Belidor, Robins, Hutton y Bordé afrontaron los problemas de la balística. Vaucanson fabricó admirables autómatas y máquinas. La arquitectura naval fue perfeccionada por Duhamel, Olivier y Bouguer. Guglielmini escribió sobre la naturaleza de los ríos, y Jiménez, Riccati, Frisi y otros muchos trabajaron en ríos y canales.
Astronomía Medido un arco del meridiano y mejor determinada la figura de la tierra, se extendieron las redes trigonométricas para hacer mapas particulares, y se perfeccionaron los instrumentos de precisión. Cradley descubrió la aberración de las estrellas; Stewart determinó el verdadero movimiento de la línea de los ábsides; Clairant resolvió el problema de los tres cuerpos, confirmando cada vez más la suprema ley de la gravedad, y conquistando plenamente el campo abierto por Newton. La observación del paso de Venus sobre el disco del sol, sirvió para determinar la distancia media de la tierra al sol, fijándola 15313980'9710 miriámetros. Lacaille dio nombre a las estrellas del hemisferio austral; Halley calculó el movimiento de los cometas; Laplace desvaneció las dudas que se tenían acerca de las perturbaciones de los planetas mayores (Exposición del sistema del mundo). Lagrange determinó la teoría de la ecuación secular de la luna y la invariabilidad de las distancias medias de los planetas. José Lalande completó el sistema perfectamente matemático del mecanismo celeste, y facilitó y reunió todos los descubrimientos de entonces. Bailly escribió la historia de la astronomía.
En óptica se inventaron y perfeccionaron instrumentos; se hicieron lentes acromáticas; se midieron con exactitud la refracción y difracción; Herschel construyó telescopios de inusitada fuerza; pudo ver el sexto y sétimo satélite de Saturno, y más tarde (1781) el planeta Urano con seis satélites.
También se extendía el conocimiento de nuestro planeta, merced a viajes científicos, seguidos de exactas descripciones, sin aventuras novelescas. Hiciéronse mapas de los países antiguos y modernos.
Historia natural Estos viajes eran de gran provecho para la historia natural, cuyo cuadro presentó Buffon con más galanura de estilo que exactitud. El sueco Linneo dio un sistema botánico fundado en el sexo de las plantas, con un lenguaje tan preciso como exento de elegancia. Adanson, autor de la Historia natural del Senegal, dispuso con otro sistema las Familias de las plantas. En la Contemplación de la naturaleza, supone Bonnet un encadenamiento entre los reinos de la naturaleza. La botánica, la zoología, la mineralogía y la geología, eran separadamente objeto de profundos estudios. Vallisnieri y Spallanzani indagaron los misterios de la generación. Werner trató de los caracteres de los minerales, proponiendo su metódica descripción. Romé de l'Isle, Bergmann y Haüy indicaron las formas de los cristales. Carburi, Arduino, Marzari y Moro investigaron la estratificación de los terrenos, deduciendo de ahí la edad de los fósiles que contienen. Fijose mucho la atención en los fósiles y en las producciones volcánicas.
Química Con Stahl la química había abandonado las extravagancias, y cambiado de aspecto con su teoría del flogisto. Scheele hizo conocer muchos ácidos y el cloro; luego se estudiaron los gases. Lavoisier combatió el flogisto, descompuso el aire inflamable y respirable, halló como elemento principal el oxígeno y dio una nomenclatura regular. Mayor, Berthollet y Brugnatelli perfeccionaron las teorías. Los estudios químicos se divulgaron por medio de la prensa, y entre los verdaderos sabios adquirieron renombre charlatanes como Cagliostro.
Electricidad La electricidad adelantó mucho después del descubrimiento de la botella de Leyden, y Franklin ideó el medio de descargarla de las nubes con el para-rayos. Después de Beccaria, Volta y otros perfeccionaron instrumentos para condensarla y medirla. Galvani se persuadió de que existía una electricidad animal. Volta inventó su pila, que es el instrumento más poderoso para el análisis químico, y el principal agente de los inventos y aplicaciones más notables de nuestro siglo.
Medicina La medicina cesó de ser química con Silvio, para ser mecánica con Boerhave, y luego espiritualista con Stahl. Éste creía oportuna la observación de las causas finales y sostenía que el alma es la directora suprema de los fenómenos. Hoffmann, Cullen, Barthez y otros muchos variaban las teorías, ora materializando, ora espiritualizando la medicina. Contra el sistema de los humoristas, la acción vital se reponía, según otros, en las partes sólidas. El escocés Brown consideró la electricidad como fundamento de la economía animal, estimulada aquélla por los agentes exteriores (estímulo y contra-estímulo). Mejorábanse los instrumentos y las operaciones quirúrgicas; estudiábanse las aguas minerales y los productos farmacéuticos, principalmente el opio, con ayuda de la química. Se introdujo la anatomía patológica y se publicaron obras de gran valía.

276.- Luis XVI. Preliminares de la revolución
El Delfín, virtuoso hijo del torpe Luis XV, dejó al morir varios hijos, que se llamaron Luis XVI, Luis XVIII y Carlos X, destinados a expiar las culpas de sus predecesores. Luis XVI era honrado y amante del bien, pero tímido, indeciso y desgraciado. Casose con María Antonieta, hija de María Teresa, y mucho más inteligente que él; sin embargo le faltaba experiencia, y era mal vista por ser austriaca y por carecer de la corrupción de las meretrices que hasta entonces habían dirigido la corte. Esta fue reformada, desterrándose de ella las cenas disolutas y los libros obscenos. Siendo inepto el rey, prevalecían los ministros, ora Turgot, ora Maurepas, ora Choiseul, todos imbuidos en las ideas filosofistas, ansiosos de mejorar la condición del pueblo y todas las instituciones sin saber cómo, y disgustando a todo el mundo. Más hábil y más resuelto fue Necker, buen hacendista, que veía los peligros.
En tanto se extendían la incredulidad, la burla, el desconocimiento de la autoridad, lo mismo en la plebe que entre los nobles; no se hablaba más que de felicidades posibles, sin conocer las dificultades que había que vencer para alcanzarlas; querían imitar las modas y las instituciones inglesas. La corte estaba llena de intrigas por obra de los dos hermanos del rey y del duque de Orleans; era víctima de estos la reina que, con su vivacidad y ligereza, daba pábulo a la maledicencia. Se calumnió su conducta, envolviose su nombre en un escandaloso proceso contra unos truhanes que habían robado un collar, suponiendo que se lo había regalado el cardenal de Rohan, y el público aplaudía a los detractores de la austriaca.
Aquella invasión de ideas nuevas, divulgadas por la prensa y el teatro, había hecho aborrecer el absolutismo en que había caído el reino y las prerrogativas que aún se abrogaba la nobleza, la cual, después de haber perdido su verdadero poderío, se envilecía, ya en la servidumbre cortesana, ya en los bajos medios a que recurría para reparar sus deudas y su ruina. Y sin embargo, seguía creyéndose una institución social y una raza superior. Hasta el clero era esclavo del poder, so pretexto de las libertades galicanas. La lucha entre jesuitas y jansenistas desacreditaba a ambas partes, al paso que se hacían despreciables aquellos clérigos elegantes y perfumados que eran una especie de servidores en todas las casas señoriales.
Los Parlamentos no eran más que Cortes judiciales, siendo únicamente consultados en las cuestiones de Estado cuando al rey le convenía pedir su concurso. Ejercitaban su poder en frivolidades, en ordenanzas contra los jansenistas, en quemar el Emilio, en proscribir las doctrinas de Aristóteles. Los puestos en el Parlamento se compraban, lo cual, por absurdo que parezca, daba la independencia a los magistrados, que no podían ser destituidos. Cuando Maupas (?) lo reformó, halláse invadido de personas corrompidas e inexpertas.
La plebe no tenía puesto en el Estado; tenía que pagar crecientes impuestos, tanto más gravosos cuanto que el clero y la nobleza estaban exentos de contribuciones; ni siquiera en el ejército podía aspirar a los grados reservados para los ricos; en el campo estaba obligada a prestaciones personales, y en las ciudades a las maestranzas de las artes. Pero de aquel pueblo salían Rousseau, D'Alembert, Beaumarchais, Laharpe y Diderot, proclamadores de los derechos abstractos. Los literatos, los pequeños propietarios, los industriales y los artesanos, atentos a las declamaciones de aquellos, ambicionaban un orden de cosas en que el mérito no hallase obstáculos para su elevación.
Entre la frivolidad filosófica y la despreciativa impiedad de los Volterianos, había algunos espíritus serios que meditaban acerca de la cosa pública, conociendo los males y buscando los remedios, criticando al gobierno en las juntas, en los tribunales y en las escuelas. Cada cuestión particular se convertía en cuestión general. Cuando el Estado se hallaba sin leyes, las armas sin esplendor, las Cortes sin dignidad, y sin pudor las costumbres, era fácil dejarse arrastrar por la filosofía de hombres que conculcaban creencias, opiniones e historia, proclamando respetables ideas iniciadoras.
Todo se revolvía, pues, entre el afán de innovar y el temor de hacerlo. Luis XVI, como todos, concebía fáciles esperanzas, creyendo que todo bien podía realizarse sin peligros y curarse toda llaga con agua de rosas. En tanto los filósofos socavaban toda autoridad. Los comerciantes no querían ser inferiores a una nobleza pobre y corrompida. Las ideas de igualdad se difundían hasta en la plebe. En vano la censura procuraba excluir los libros más subversivos, y que más minaban los fundamentos de la familia y de la sociedad. Voltaire, que dirigía la opinión desde Ferney, fue acogido triunfalmente en París, a despecho del rey.
Muchos nobles fueron a combatir por los Estados Unidos, y al volver hacían alarde de republicanos, desafiando a la Corte y al Gobierno. Aquella independencia fue una nueva sacudida para la política de entonces, tan cavilosa como exenta de generosidad, y que había hollado el derecho público con la destrucción de la Polonia y con el atentado de José II a la nacionalidad de Baviera. Poco edificantes podían ser para los pueblos las costumbres de las otras Cortes, donde con ruinosas puerilidades se quería imitar el fausto, la depravación y el despotismo de la francesa.
Habiendo reforzado los ejércitos, a imitación de la Prusia, los Príncipes violaron las leyes consuetudinarias, que eran las constituciones más estables. El equilibrio quedó roto desde que Inglaterra se imponía con su riqueza; la Rusia avanzaba hacia el corazón de Europa; la Alemania se había medio separado del Imperio; el Austria renegó del principio conservador para invadir territorio ajeno; la Italia estaba abierta a todos.
Luis XVI abolió los parlamentos, y José II los cuerpos provinciales de Lombardía y Bélgica. El clero no podía querer a quien se imponía en las cuestiones eclesiásticas.
Las doctrinas agitadas por los economistas inducía a examinar y criticar a los Gobiernos, y las prácticas de la administración ya no eran la ciencia de unos pocos. Los Francmasones y los Iluminados proclamaban a la razón como único código. La soberanía del pueblo, enunciada en los libros, fue sancionada por la guerra de América; parecieron reconocerla los reyes; hubo tumultos en Bélgica, Holanda, Aquisgrán y Ginebra, todos en sentido democrático.
1787 Todo esto se hacía sentir con más fuerza en Francia, donde para contenerlo o dirigirlo era impotente el débil Luis, rodeado de una Corte impróvida, con ministros incapaces y la hacienda, arruinada. Calonne indujo a convocar la Asamblea de los notables, donde se puso de manifiesto lo inmenso de la deuda. A los remedios propuestos se opuso Felipe de Orleans, filosofista pródigo, perpetuo detractor de la Corte y adulador de la plebe. Toda providencia era interpretada de la peor manera, calumniadas las intenciones del rey, atacados los ministros y acogido Necker con entusiasmo. Se decretó la convocación de los Estados Generales, que no se habían reunido desde 1614. Las elecciones comunicaron la fiebre a toda la Francia, y como si hubiese sido servil el dejar a los diputados su libertad de decisión, en todas partes se publicaron folletos en los cuales se les imponía lo que habían de pedir y obtener. En todas partes se hablaba de derechos y de reformas. Mientras los intrigantes agitaban las olas en que esperaban pescar, los más se figuraban que todo iría viento en popa, con un rey bueno y condescendiente, con las doctrinas difundidas por los filósofos, con la filantropía puesta en moda, con la disposición de los nobles y del clero a renunciar a sus privilegios, con el arte de los políticos en dirigir a las asambleas; con todo lo cual se regeneraría la Francia dando un gran ejemplo a Europa.

Libro XVIII
277.- Revolución francesa
Día 5 de mayo de 1789 se inauguró en Versalles la apertura de los Estados Generales con la invocación del Espíritu Santo y aplausos al rey y a los 608 diputados: benévolos exordios de una revolución que había de concluir por negar a Dios y dar muerte al rey, a diputados y sacerdotes.
Se discutió si habían de votar distintamente el clero, la nobleza y el tercer estado que hasta entonces no había sido nada y quería serlo todo. Los nobles renunciaron a sus privilegios. De pronto descuellan algunas figuras entusiastas, como Mirabeau, La Fayette y Bailly. Los Estados asumen el título de Asamblea Nacional; no quieren aceptar los concesiones del rey, pretendiendo tenerlas por derecho; y se preparan a hacer una Constitución, adoptando la escarapela tricolor. Se quiere imponer una constitution civil al clero; obligan a los curas a jurarla, por cuyo motivo se enemistan con ellos; se hacen necesarias persecuciones y no tardan en verse los primeros suplicios.
En provincias, los comités electorales no se habían disuelto, y se convirtieron en clubs donde se discutía y deliberaba. El fuego de París comunicaba el incendio a todo el reino. Los parisienses toman la fortaleza de la Bastilla y la destruyen; estalla una insurrección, general contra palacios, castillos y bienes señoriales; las exigencias y las esperanzas son cada vez más exageradas, y se publica una declaración de los derechos del hombre y del ciudadano. La Asamblea, que había jurado no disolverse hasta haber dado una Constitución a Francia, se trasladó a París, quedando expuesta a los clubs y a los insurrectos.
Al paso que fuera se enfurecía la plebe, en la Asamblea prevalecía el partido monárquico constitucional, a cuyo frente se hallaban Mirabeau y Barnave, adversarios entre sí, vicioso aquel y despreciador de los hombres, pero de incomparable elocuencia para arrastrar voluntades; irreprochable el último, aunque imbuido en las ideas filosóficas. La Corte, escasa de consejos, pagó a Mirabeau a fin de que moderase la oposición y diese pareceres; pero estos eran ineficaces. Murió Mirabeau inaugurando el Panteón de los grandes hombres, de donde fue sacado su cuerpo cuando se descubrió su connivencia con la Corte. Luis trató de huir del país donde él y su familia eran ultrajados; pero fue detenido y guardado prisionero, en tanto que crecía el partido republicano.
La Asamblea completó una primera Constitución con tendencias radicales; habiendo establecido que ninguno de los diputados podía ser reelegido, llegó a la Asamblea Legislativa gente nueva, tan inexperta como apasionada, donde prevalecían los discípulos de los filosofistas y las máximas de Rousseau, que iban hasta la abolición de la propiedad. En su filosofía se sentaba que el hombre es naturalmente bueno, y que lo pervierten las instituciones sociales; por consiguiente era preciso reformarlas, y quitando de en medio a la décima parte corrompida de los hombres, serían felices los demás. Emprendieron intrépidamente la tarea de derribarlo todo y matar a unos cuantos millones de personas. Los clubes eran más poderosos que la Asamblea, sobre todo el de los Jacobinos, en cuyo seno adquirían preponderancia y fuerza Marat, Robespierre, Desmoulins y Danton, que se hacían populares proponiendo deliberaciones y, actos terribles.
1793 - 21 de enero - El Terror Los emigrados excitaban desde fuera a las Potencias para que salvaran al rey y a la Francia. En efecto, los reyes de Europa, viendo que la amenaza era general, se coaligaron en Pillnitz para poner freno a la Francia; pero en vez de abrigar miras desinteresadas, ocultaban ambiciones particulares, y nada realizaron. Los revolucionarios acusaron a Luis de llamar al extranjero y lo condenaron al suplicio. Igual suerte cupo a su mujer y a su hermana. Su hijo fue confiado a un vil artesano. Se proclama la República, se suprime el culto cristiano y hasta se reforma el calendario. La Convención, árbitra de todo, empieza a decapitar a todos los que declara traidores, y concluye por mandar al patíbulo a los moderados, a los ricos, a los comerciantes, a todo el que tiene un enemigo; y se dispone a sostener la guerra contra todo el mundo, armando a todos los Franceses. Los primeros ejércitos contaban aún con buenos oficiales, pero también estos fueron desterrados. Se decreta la leva en masa armando a un millón doscientos mil hombres. El Comité de salvación pública tiene ilimitada autoridad para acelerar la acción del poder ejecutivo. Los Jacobinos, después de haber condenado a muerte a los Girondinos, perdieron también la cabeza. La Francia se dejaba gobernar por un puñado de asesinos. Solamente el Vandeado se pronuncia en defensa de la religión y de la monarquía, pero los republicanos vencen su resistencia con estragos y devastaciones. Son castigadas Lyon, Aviñón, Marsella y otras ciudades que se inclinaban al federalismo propuesto por los Girondinos. Se levantaron guillotinas en todas las ciudades, en todos los pueblos, y cada día pasaban de las repletas cárceles al patíbulo jóvenes y ancianos, meretrices y doncellas, campesinos y literatos, curas y generales; la envidia era omnipotente; se querían hombres nuevos y cosas nuevas, confiriéndose los empleos a personas inexpertas e indignas.
Directorio Durante un momento prevalecieron los moderados, los cuales condenaron a muerte a los sanguinarios, sin exceptuar a Robespierre y Saint-Just. Francia respiró; se empezó a perdonar; formose una nueva Constitución con un consejo trienal de 500, y uno de ancianos de 250, con ministros responsables y un Directorio al frente.
Los más resueltos Jacobinos aborrecían este orden de cosas; les favorecía la plebe, y Babeuf predicaba la comunidad de bienes y familias. Pero la mayoría de la población sentía la necesidad de restablecer el orden y los negocios, y deseaba una restauración. Esta era preparada por los emigrados, que en todas partes buscaban enemigos contra los opresores de su patria; pero cuantas veces fue atacada por ejércitos extranjeros, venció la República.

278.- Sucesos de Italia
Los príncipes de Italia se sintieron amenazados por la revolución. Pío VI insistía para que constituyesen una liga defensiva; pero los de Nápoles y Turín estaban furiosos contra la Francia que había dado muerte a sus cuñados. El gran duque de Toscana, aunque austriaco, fue uno de los primeros que reconocieron la República francesa. Venecia creyó salvarse declarándose neutral; el duque de Módena puso en salvo un tesoro, previendo la ruina. Los pueblos aguardaban entre la esperanza y el temor.
Víctor Amadeo III, impulsado por los emigrados, rompió el primero las hostilidades con la Francia, en inteligencia con los federalistas; pero en breve fue ocupada la Saboya, tomada Niza e incendiada Onella. La Córcega se sublevó llamando del destierro a Paoli; la Cerdeña rechazó a los Franceses. Habiendo cesado el Terror, la República se reconcilió con la Prusia y la España, y mandó a Schérer, Masséna y Serrurier a los Alpes. Igualmente fue enviado a Italia Napoleón Bonaparte, hijo segundo de una familia de Córcega (nació en 1769), imbuido en las máximas republicanas, pero que, apenas tomó el cargo de comandante general, exigió orden, respeto y obediencia. Pasó los Alpes venciendo la débil resistencia de los Piamonteses unidos con los Austriacos; vencedor en Montenotte y Millessimo, declaró en Cherasco que iba a librar a Italia de sus tiranos, y que respetaría bienes, costumbres y religión. Concedió un armisticio al rey del Piamonte, ocupando sus fortalezas, y al duque de Módena exigiéndole dinero y cuadros. Llega a Milán y desde allí propaga el incendio democrático. El Austria hace esfuerzos inmensos por conservar y recuperar el país; al fin se ve reducida a aceptar la paz de Campoformio, reconociendo a las repúblicas cisalpina y cispadana.
Los demócratas de Venecia habían abatido a la aristocracia antigua, y los favorecía Bonaparte; pero habiéndose apoderado del país, de sus arsenales y de sus museos, cedió la ciudad al Austria en compensación de los Países Bajos.
Estos triunfos dieron fuerza al Directorio, que organizaba a la Francia y a la Italia, extendiendo su Constitución, conquistando a Génova, invadiendo a Roma so pretexto de vengar el asesinato de Basville y Duphot, y trayendo a Pío VI prisionero a Valence, donde murió. La Suiza fue también sacudida, y la Francia la hizo organizar unitariamente, apoderándose de sus tesoros.

279.- Progresos de Bonaparte
Bonaparte se sentía bastante fuerte para desobedecer al Directorio cuando le pareciese útil; era proclamado salvador, libertador, semi-Dios, todo lo cual excitaba su ambición. Para satisfacerla, propuso una expedición a Egipto, a fin de amenazar desde allí a las posesiones inglesas. Embarcose en efecto con buenas tropas, con el dinero tomado a la Suiza y con una partida de sabios, que descubrieron y describieron las maravillas de aquel país. Sus victorias alternaron con graves desastres. Atravesando Bonaparte, a bordo de un pequeño buque, la escuadra inglesa que lo vigilaba, llegó a Francia.
Hallola desordenada, a causa de la debilidad del Directorio, y con sus adeptos dio un golpe de Estado, arrojó al Directorio e hizo establecer tres cónsules con poder absoluto para reorganizar el país. Él prevaleció sobre los otros dos, obtuvo el consulado por diez años, luego por toda su vida y se preparó el trono.
Para hacerse coronar, necesitaba victorias. La Italia, por él conquistada, cayó en el desorden; después de tres años de república, los Alemanes y los Rusos ocuparon la Alta Italia, durante trece meses de reacción. Esta se dejó sentir principalmente en Nápoles. Championnet se había dirigido contra este reino; los reyes huyeron a Sicilia; la plebe dejose engañar con buenas promesas, y se proclamó la República Partenopea. Pero luego que sucumbieron los Franceses y que el ruso Suvarof volvió a ocupar el Piamonte y la Lombardía, los partidarios de los Borbones volvieron a levantar cabeza, secundados por la flota inglesa mandada por Nelson. Los patriotas fueron rechazados y perseguidos; refugiados en Castel San Telmo, admitieron pactos, a pesar de los cuales fueron mandados al suplicio los principales jefes. A los Franceses no les quedaba más que Génova, defendida con tenacidad por Masséna.
Bonaparte apronta varios ejércitos, con los cuales invade la Italia por diferentes puntos; afronta la segunda coalición de todas las potencias hostiles a la Francia; pocos días después de la rendición de Génova, derrota en Marengo a los Austriacos; es aún dueño de Italia, mientras Moreau vence en Alemania. Al fin se concluye la paz de Lunéville con arreglo a la de Campoformio, asegurando a la Francia la Bélgica; al Austria los dominios de Venecia; al duque de Módena el territorio de Brisgau, y al duque de Parma la Toscana; el emperador cedía la orilla izquierda del Rin, y reconocía las repúblicas Helvética, Bátava y Liguriana. También se pactó con Nápoles, obligándose ésta a cerrar sus puertos a los Ingleses, renunciando a la isla de Elba y a los Presidios. De este modo se restablecía el derecho público, maltratado por la revolución.

280.- Bonaparte cónsul y emperador
Bonaparte sabía eclipsarse oportunamente, dándose importancia y organizando a su país. Su acto principal fue la formación del Código, que consagraba todas las conquistas de la civilización, aunque se resentía demasiado del espíritu de la revolución. El sentimiento religioso, avivado por los sufrimientos, fue satisfecho mediante un Concordato con el nuevo Papa Pío VII; se restablecía en Francia el culto; volvían a abrirse las iglesias y se reponían los ritos que acompañan y consagran los actos más solemnes de la vida. Secundó esta obra Chateaubriand con el Genio del Cristianismo, demostrando cuanto de bello hay en aquellas creencias y ritos en que los Enciclopedistas no habían visto más que ignorancia y vulgaridad.
La liga entre las potencias del Norte había quedado rota con la muerte de Pablo de Rusia. La Inglaterra sufría a causa de la interrupción del comercio y a causa de la revolución de Irlanda que reclamaba su independencia; sin embargo el genio de Pitt lo suplía todo; recuperó el Egipto, que restituyó a la Puerta, y por fin concluyó con la Francia la paz de Amiens, en virtud de la cual se dejaba al enemigo en el Piamonte, Génova, Liorna y Malta. Pero la Francia perdió la isla de Santo Domingo, donde los Negros sublevados proclamaron emperador a Toussaint-Louverture, y cedió la Luisiana a los Ingleses.
La Suiza se había dado una Constitución unitaria. En Alemania, los príncipes desposeídos se indemnizaban con los dominios quitados a los eclesiásticos. Austria y Prusia se miraban con recelo, si bien hacían causa común contra la Francia. Todo hacía presumir que la paz no sería duradera. Bonaparte aprontó efectivamente un ejército en Bolonia, con la intención de hacer un desembarco en Inglaterra; y si bien sus pequeños buques nada valían contra los grandes navíos de Inglaterra, pudo aguerrir las tropas y prepararlas para futuras empresas.
Bonaparte demostraba ser superior a todos y capaz de establecer el orden, por lo cual no le costó gran trabajo hacerse proclamar emperador con el nombre de Napoleón I. Espléndidas solemnidades acompañaron la coronación, para la cual hizo venir a Pío VII a París. Los diputados de la República Cisalpina, que en los comicios de Lyon habían obtenido Constitución y nombre de República Italiana, pidieron que Napoleón se hiciese también rey de Italia. Las demás repúblicas habían de sucumbir. Génova fue agregada a la Francia, como el Piamonte a Parma.
Todo esto desagradó a las Potencias, las cuales dieron al Austria los medios de poner en campo de batalla a un grueso ejército; pero la acción de Austerlitz descompuso a la liga y motivó la paz de Presburgo, en virtud de la cual el Austria cedía Venecia, la Dalmacia y la Albania al reino de Italia; y a la Baviera el Tirol y 140 millones por gastos de guerra.
De este modo la Italia quedaba libre de Austriacos. No tardó Napoleón en hallar pretextos para conquistar a Nápoles, cuya corona dio a su hermano José, que estaba lleno de buenas intenciones, pero que era contrariado por la nobleza, que no podía sufrir a un extranjero, y por los bandidos que eran una verdadera plaga. Habiendo pedido Inglaterra una compensación para el rey de Sicilia, Napoleón le dio las Baleares, sin hacer caso de España a quien pertenecían.
El tratado de Lunéville había descompuesto la confederación germánica, quitando la autonomía a la mitad de los príncipes, y repartiendo entre los otros los bienes de los príncipes eclesiásticos.
Las cincuenta y una ciudades libres habían quedado reducidas a seis. Uniéronse a los electores el duque de Würtemberg, hecho rey, el landgrave de Hesse-Cassel, el margrave de Baden y el gran duque de Toscana por el arzobispado de Salzburgo. Napoleón se hizo protector de la Confederación del Rin: de modo que el imperio quedaba destruido, y no a favor de la libertad popular. Francisco II renunció, pues, al título de emperador de Alemania y se hizo emperador de Austria.
Tantas violaciones y las intrigas napoleónicas disgustaron a los Ingleses. Hasta la Prusia se veía arruinada, cuando Napoleón debía haberla halagado como contraposición al Austria; uniose con la Rusia y declaró la guerra a la Francia; pero quedó vencida en la batalla de Jena; Napoleón entró en Berlín como conquistador, insultó a la patriótica reina e intimó el bloqueo de las Islas Británicas.
Entonces se formó la cuarta coalición contra la Francia; pero los Rusos fueron batidos en Eylau y Friedland; el zar Alejandro se avistó con Napoleón en Tilsit y se puso de acuerdo con él para dividirse la primacía de Europa, con perjuicio de Inglaterra.

281.- Despotismo imperial
Entonces Napoleón no conoció límites para su poder, ni en Francia ni en el extranjero. Creó una nobleza nueva, confiriendo principados y ducados en los países vencidos; puso a sus hermanos y a sus cuñados en diferentes tronos; decretó el bloqueo continental, es decir que en Europa no se admitiesen buques ni mercancías procedentes de Inglaterra; con lo cual condenaba a los pueblos a inmensas privaciones.
Aprovechándose de las discordias de la familia real de España, la desposeyó arteramente, colocando en el trono a su hermano José, y sustituyéndolo en el de Nápoles con su cuñado Murat. Pero se levantó la España contra el extranjero, apoyada por Inglaterra, y demostró a Europa que, si ante Napoleón se envilecían los reyes, aún podían hacerle frente los pueblos. Y en efecto, el pueblo alemán se preparaba a la resistencia, y las sociedades secretas, como la literatura, excitaban al patriotismo, al paso que Inglaterra desplegaba fuerzas colosales y hacía sublevar a los países vencidos y a la Italia. Formose una quinta coalición; pero Napoleón venció todavía en Eckmühl, tomó a Viena, hizo una verdadera matanza en la batalla de Wagram, domó con sangre al insurrecto Tirol y dictó la paz.
Pero las paces no eran más que preparativos para otras guerras, con cuyo objeto pedía Napoleón continuamente dinero y hombres al Imperio y a Italia, sin atender a los sufrimientos ni a la opinión pública. Seguro de la victoria, creyendo infalibles sus propias decisiones, concluyó por disgustar hasta a sus parientes que había colocado en los tronos de España (José), Holanda (Luis), Nápoles (Murat) y Etruria (Elisa). Repudió a su mujer Josefina Beauharnais, a quien debía su primer encumbramiento, para casarse con María Luisa, hija del emperador de Austria, de la cual tuvo un hijo a quien dio el título de rey de Roma.
Después de haber hecho el Concordato con el pontífice, y reconocido la superioridad de éste haciéndose coronar por él, invadió sus atribuciones hasta en asuntos eclesiásticos; y como Pío VII no quisiese condescender como los reyes, Napoleón ocupó los Estados pontificios y trajo prisionero al Papa. Entonces convocó en París un Concilio, esperando que los prelados resolverían contra su jefe. Pero halló en estos una noble resistencia. Todo hacía aumentar a los descontentos, que aparecían a pesar de la feroz severidad de la policía imperial.
Soñando con el imperio de Occidente, deseaba dominar a Rusia y con tal propósito alistó el ejército más poderoso que se hubiese visto. Con 500 mil soldados franceses, sajones, bávaros, prusianos, westfalienses, wurtembergueses, badeses, españoles, portugueses e italianos, avanzó hasta el corazón del imperio, hallando en todas partes la desolación y el despoblado. Entró en Moscú creyendo invernar en ella, pero fue incendiada la ciudad; en la retirada, durante lo más crudo de un riguroso invierno, sin provisiones y continuamente hostigado por los guerrilleros Cosacos, pereció todo aquel ejército. Pronto Alemania se subleva contra su opresor; la misma Austria se coaliga con los patriotas; a pesar de la magnífica campaña de Sajonia, de las parciales victorias y portentosos esfuerzos por reconstituir un ejército, Napoleón es vencido en Leipzig; los Aliados entran en Francia, ocupan a París, y Napoleón es obligado a abdicar, reservándose la soberanía de la isla de Elba, donde se retira bajo el peso de la execración popular.
El reino de Italia había sido su bella creación; diole una buena administración, fomentó las obras públicas y organizó la hacienda bajo el virrey Beauharnais, su hijastro. Este fue inducido a aprovecharse de los desastres de Napoleón para hacerse rey independiente, pero ni la nación le era favorable, ni él bastante resuelto. La idea favoreció mas a Murat, quien con un buen ejército que había hecho la campaña de Rusia, fluctuó entre los Aliados y Napoleón, esperando que éste o aquellos le harían conservar su hermoso reino. Estas vacilaciones perjudicaron a la causa italiana; los Aliados se acercaron a la capital del reino, la cual se sublevó dando muerte al ministro Prina y llamando a los Aliados, si bien esperaba conservarse independiente. Génova, que estaba unida al imperio francés, creyó también recuperar su independencia; pero los Aliados la dieron al repuesto rey del Piamonte, a fin de crear una robusta barrera contra Francia.
Napoleón, fiado en las conspiraciones de sus partidarios, huye de la isla de Elba; de regreso a Francia, sostenido por el ejército y aplaudido por el pueblo que antes lo había maldecido, vuelve a París y promete libertad. Murat cree oportuno el momento, y proclama la independencia y la unidad de Italia; pero los Austriacos lo derrotan y colocan en el trono de Nápoles a Fernando de Sicilia. Murat intenta un nuevo desembarco a imitación de Napoleón, pero es preso y fusilado. Todas las potencias se habían coaligado de nuevo contra el turbador de la paz, y en Waterloo derrotaron a Napoleón, quien fue confinado a la isla de Santa Elena, donde murió día 5 de mayo de 1821.

282.- Tratado de Viena
Los príncipes vencedores se habían reunido primero en París, y luego en Viena para arreglar la Europa y consolidar la paz, estableciendo el equilibrio en los negocios de toda Europa, desde la Grecia hasta el polo. Graves dificultades encontraron sus intentos, cuando el derecho público había sido hollado, las libertades históricas sustituidas por libertades ideales, aniquilado el prestigio de los reyes y la fe de los pueblos. Durante la guerra habían hecho promesas o alentado ambiciones; querían castigar o premiar, resarcirse de los sacrificios hechos; todo lo cual dio pronto origen entre ellos a discordias que fueron aplacadas por el advenimiento de Napoleón.
El más liberal de aquellos príncipes era Alejandro de Rusia, el cual, animado por conceptos místicos, inventó la Santa Alianza, en virtud de la cual él, Austria y Prusia, en nombre de Dios y del Evangelio, formaban una liga de fraternal amistad y mutuo auxilio para gobernar a los pueblos como padres, considerarse como una sola nación con Jesucristo por único soberano, y procurar la conservación de la paz y el orden establecido. Eran padres que querían gobernar a sus hijos como les diera la gana.
Talleyrand, ministro de Francia, introdujo la palabra legitimidad, pretendiendo que los diferentes Estados fuesen reconstituidos tal como eran antes de la Revolución; con esto evitó el desmembramiento de la Francia, que se intentaba para abatirla y disipar el miedo que inspiraba. Se robustecieron los Estados antiguos, principalmente el Piamonte, que adquirió a Génova. Ya las grandes potencias habían tomado cada una su parte; Austria la Lombardía y el país veneciano; Rusia la Polonia como reino distinto; Prusia la Sajonia; Inglaterra el Cabo, Malta y Helgoland. La Noruega fue dada a la Suecia, que tuvo así una barrera contra la Dinamarca. La Suiza fue declarada neutral. La Alemania formó una Confederación de príncipes independientes bajo la presidencia honoraria del Austria, con ejército común, dieta en Francfort y prohibición de hacerse la guerra. Los Países Bajos fueron añadidos a la Holanda. Las posesiones del Austria en Italia se habían engrandecido y mejorado, desde que, con la adquisición de Venecia y la Valtelina, se unían con las posesiones transalpinas, sin contar que el de Austria tenía parientes en los ducados de Parma, Módena y Toscana. El Papa fue considerado como si no hubiese tomado parte en la guerra, y reintegrado. Los Borbones recibieron el reino de Nápoles, a excepción del Piombino, la isla de Elba y los Presidios que fueron dados a la Toscana.
No se habían tenido en cuenta nacionalidades, religión ni opiniones. De la Turquía no se trató; se la dejó tiranizar a las tierras cristianas. Los diferentes Estados no dependían ya los unos de los otros, sino que todos eran soberanos. El equilibrio estaba roto desde el momento en que las cuatro provincias preponderaban.
Se reprobó la esclavitud de los Negros, pero no era fácil destruirla; desde luego se prohibió la trata, y la Inglaterra se encargaba de registrar los buques negreros.
Eran una calamidad para Europa los Estados berberiscos, que pirateaban por el Mediterráneo y sus costas, secuestrando personas por las cuales exigían enormes rescates. Entonces una flota inglesa impuso a Argel la libertad de los esclavos, que resultaron ser 49 mil en los diferentes Estados berberiscos; pero éstos no fueron abolidos todavía.
Las obras maestras que los Franceses habían quitado a los países conquistados, con destino al Museo Napoleón, fueron restituidas.

283.- Cuestiones religiosas
La religión había sido tan sacudida, que era difícil hacerle recobrar su dominio en los espíritus y en el orden social. Pío VII, a instancias de los príncipes, repuso a los Jesuitas. No pudiendo pretender el derecho eclesiástico antiguo, hizo Concordatos con las diferentes naciones, adecuadamente a las circunstancias.
León XII, Pío VIII y Gregorio XVI, atendieron a la pureza de las creencias y a la restauración de prácticas religiosas, como el jubileo.
Muchos escritores secundaron el realce del sentimiento religioso, tales como Stolberg, De Maistre y Lamennais, mientras que hacían la guerra al Catolicismo con la ciencia, y el entusiasmo las sociedades bíblicas, los metodistas, los pietistas y los sensualistas. Se trató de fundir en la Iglesia evangélica todas las sectas cristianas, rechazando los libros simbólicos y las confesiones, dejando que cada cual interpretase a su manera la Escritura. Para esto trabajaba especialmente la Prusia; y porque el obispo de Colonia negó obediencia a las órdenes de Federico Guillermo en materias sacramentales, éste lo mandó encarcelar. Conmoviose la Europa, no acostumbrada todavía a tales violencias; el Papa levantó el grito y el nuevo rey dejó en libertad a los perseguidos.
En las iglesias protestantes, cada cual forjaba creencias según su capacidad y conciencia propias. Los racionalistas rechazaban todo lo que no puede explicarse con la razón, o que es superior a la inteligencia. Otros atacaban a la Iglesia con estudios bíblicos, haciendo extrañas interpretaciones, corrigiendo pasajes, cambiando el texto sagrado hasta convertir a Cristo en un mito (Strauss) o en héroe de una novela (Renan). Las ciencias, principalmente la geología, ayudaban a desmentir el Génesis y a sostener que era inconmensurable la antigüedad del hombre y primitiva la trasformación de las especies.

284.- El liberalismo
Esta libertad de pensar se aplicaba también a las cosas políticas. La revolución había introducido la costumbre de que cada cual quería tomar parte, o al menos formular su juicio en los actos públicos; se creía a los gobiernos obligados a atender a la opinión, a dar cuenta de sus actos, a dividir con el pueblo la facultad de dar leyes e imponer gravámenes. La Inglaterra daba el mejor ejemplo de semejantes Constituciones, que los Borbones imitaron en su Carta, si bien ésta no era el resultado de hechos históricos y transacciones entre la corona, la nobleza y el pueblo, sino de la simple voluntad del rey. Durante la guerra, los príncipes habían hecho grandes promesas a Alemania, pero se limitaron a crear estados provinciales, y cuerpos consultivos, siempre en beneficio de la nobleza. Se había arraigado la pasión de la guerra y la necesidad de los grandes ejércitos, que se decían indispensables para mantener la paz. Esto ocasionaba enormes gastos, y por consiguiente grandes impuestos. La revolución había concentrado toda la actividad en el gobierno, haciendo que la administración entrara de lleno en el dominio de la vida civil y privada, lo cual requería otro ejército de empleados, clase parásita que sólo sirve para aplicar reglamentos. De ahí el predominio de la burocracia.
De aquel Napoleón que se había hecho odioso porque conculcaba la libertad y el derecho, se hizo un ideal de libertad para oponerlo a los nuevos príncipes, desprovistos de aquella aureola de gloria y del prestigio de la autoridad, desde que se habían visto expulsados, vilipendiados y restablecidos; ahora les movía a despecho el no encontrar en los pueblos la antigua docilidad, sin contar que ellos habían perdido su carácter patriarcal.
Había crecido la influencia de los periódicos, y si los déspotas los tenían amordazados en sus propios países, no podían impedir que penetrasen los de los países libres, en cuyas Cámaras se discutían las razones de los que no los poseían y los reclamaban. Gran poder ejercían las sociedades secretas, procedentes de la francmasonería, a una de las cuales se habían afiliado los Tudescos para rechazar a Napoleón. Obra de ellas fueron los asesinatos de Kotzebue y del duque de Berry.
Los reyes aliados, que se habían propuesto garantizar la paz teniendo a los pueblos contentos, se acordaron del peligro, y habiéndose reunido en Aquisgrán, renovaron su fraternidad cristiana y su propósito de intervenir con las armas doquiera estallasen revoluciones. La primera revolución que hubo luego fue en España, cuyo pueblo pedía la Constitución que las Cortes habían elaborado en 1812 y que Fernando VII había violado después de jurarla. El ejército se pronunció con Riego, Quiroga, Mina y Ballesteros, quienes pronto fueron sobrepujados por los Comuneros. Portugal ansiaba desprenderse del Brasil, elevado a imperio; una revolución militar proclama la Constitución, y Juan VI la jura, mientras el Brasil se declara imperio independiente.
En el Piamonte, Víctor Manuel creía haber hecho bastante con no castigar a los que habían favorecido o servido al imperio, y restableció las leyes, las costumbres y a las personas como antes del 95; pero añadió la policía, la centralización y otras calamidades modernas. Además de los Genoveses, siempre aborrecidos de los Piamonteses, como conquistadores, habían penetrado las ideas constitucionales y el concepto de emancipar a Italia arrojando a los Austriacos. Varios oficiales obtuvieron la Constitución española y la proclamaron en Alejandría; previendo el rey que aquello daría motivo a los Austriacos para invadir el Piamonte, abdicó. Carlos Alberto, príncipe de Cariñán, se había puesto al frente de la revolución; pero cuando Carlos Félix, que se ceñía la corona por abdicación de su hermano, repudió la revolución, y huyó aquel a Lombardía, donde un pequeño ejército restableció la antigua convención.
En todas partes empezaron procesos y castigos.
La Francia, deseosa de adquirir nuevamente importancia en las cuestiones europeas, fue a domar a España. Riego fue fusilado con muchos otros, y restablecido Fernando VII en el trono. Igual suerte le cupo a Portugal, donde Don Miguel no tardó en proclamar el gobierno absoluto. El Congreso de Verona puso en orden al mundo; dictó providencias contra la trata de negros y la piratería de América, sobre las cuestiones pendientes entre la Rusia y la Puerta, y acerca de la navegación del Rin.

285.- Turquía y Grecia
Otro aspecto presentaba el liberalismo en Grecia. Ésta no se había resignado nunca a la servidumbre del imperio turco, el cual debe considerarse verdaderamente como fuera del derecho común. La poligamia descompone la familia; el despotismo del gran señor es tal, que se considera dueño de vidas y haciendas; puede hacer ministro a su palafrenero o mandar al gran visir la soga para que se ahorque; quita el peligro de los competidores haciendo matar a sus propios hermanos, y el de tener demasiados hijos de sus numerosas mujeres mandando que no se ate el cordón umbilical a los recién nacidos. Sin embargo, no es déspota más que en su capital, donde tiene tropas, esclavos y artillería. Fuera de allí, los bajaes que se crean con fuerzas bastantes, pueden desobedecerle, negar el tributo y hacerle guerra. La población no es personalmente esclava, sino que está obligada a servicios personales, expuesta a las arbitrariedades de los oficiales, de los soldados y de los tiranuelos que pululan en los gobiernos absolutos.
La debilidad del imperio se revelaba en frecuentes insurrecciones. Mientras Franceses, Ingleses y Rusos le hacían guerra, Bonaparte trató de salvarlo para oponerlo a Inglaterra; pero no impidió que la Rusia atacase a la Puerta, como aliada de los Franceses. Selim III ensayó algunas reformas de civilización, lo cual indignó tanto a los genízaros, que se sublevaron con incendios y estragos; fue muerto Selim; su sucesor Mahmud procedió a la venganza y pensó librarse de la preponderancia militar. Reprimió a los rebeldes; domó a los Wahabitas, entusiastas que ocupaban la Siria y la Arabia, como la Albania y las islas Jónicas eran invadidas por Alí, bajá de Jamna. Los Mamelucos quedaron dueños del Egipto, apenas hubo partido Bonaparte; Mehemet Alí se hizo virrey, decapitó a 470 Mamelucos, exterminó a los Wahabitas, tiranizó a la Arabia y empezó a gobernar el Egipto como cosa propia. Constantinopla tenía que tolerarlo y hasta aplaudirlo.
Estas debilidades daban esperanzas de regeneración a la estirpe heleno-eslava de la península oriental, en que la Puerta había instituido cuatro bajalatos; el de Salónica (Macedonia), el de Janina (Albania), el de Livadia (Hélade), y el de Trípoli (Peloponeso), además de las islas de Candía, Negroponte, Cícladas y Espóradas, sometidas al capitán bajá. Los Turcos habían tenido que valerse de los Griegos para la administración; algunas familias griegas dirigían en Constantinopla la diplomacia y la Hacienda. El pueblo no dobló nunca su frente cristiana ante la media luna. Los más resueltos conservaron las armas en las alturas, en los valles y en las islas con el nombre de cleftas, parecidos a los brigantes de la Calabria; otros pirateaban en el archipiélago.
Entre ellos había crecido Alí Tebelen, el cual con la astucia y la fuerza llegó a ser bajá de Janina; exterminó a todo el que le opuso obstáculos; sucesivamente halagó a Bonaparte, a los Ingleses y a los Rusos; limpió de partidas insurgentes la Macedonia y la Tracia, y ejerció una de las tiranías más brutales.
Durante y después de las guerras, los Griegos se habían esparcido por mares y ciudades, constituidos en sociedades secretas, y habían aumentado sus esperanzas de redención. Capodistria e Ipsilanti habían procurado adquirir para la Grecia el apoyo del zar Alejandro; por último, estalló en Jassy la insurrección que se propagó por toda la Acaya; acudieron los Griegos esparcidos por todo el mundo, y el clero se puso al frente del movimiento. La Puerta, unida con el Egipto, cometió atrocidades; los Griegos les opusieron un valor y una generosidad que asombraron a Europa, y rayaron a la altura de los antiguos héroes Botzaris, Zavellos, Canaris, Melidonio, Miaulis y Colocotrini. Ensalzáronse las empresas. Ipsilanti, Maurocordato, Capodistria y Conduriotis ordenaron el país y concluyeron tratados; en Europa, todo el que tenía corazón era partidario de los Griegos; pero los aliados ven allí la obra de los revolucionarios y se niegan a intervenir; inesperadamente los Ingleses destruyen en Navarino la escuadra turca; la Francia manda soldados a arrojar a los Egipcios de la Morea; la Rusia pasa los Balcanes amenazando ocupar la codiciada Constantinopla; por último se firma la paz de Andrinópolis, por la cual se concede la emancipación de la Grecia; se deja a la Rusia la libre navegación del mar Negro y buenas fronteras hacia la Persia; quedan para Turquía las fortalezas de la Rumelia y de la Turquía Asiática, y se declara libre para todas las potencias en paz el paso de los Dardanelos. La Grecia, bajo la influencia del emperador Nicolás, fue reconocida, pero limitada a la Morea y a la Livadia, mientras se separaban de su territorio el Epiro, la Tesalia y la Macedonia y las islas mayores. La energía que el presidente Capodistria desplegó para establecer el orden, lo hizo odioso para los revolucionarios, que le dieron muerte. Entonces los aliados enviaron como rey a Otón de Baviera, bajo el cual creció el reino en habitantes y en cultura, aunque no en paz y estabilidad. Al principio pareció que prevalecían los Bávaros llegados con el rey; pero habiendo partido éstos, tuvo el país todas las libertades, de las cuales se valió para suscitar discordias. Los Patriotas querían que el reino se extendiese hasta los confines naturales, pero se opusieron a ello los príncipes de Europa. Durante la revolución italiana, los mismos patriotas, alentados por Garibaldi, arrojaron a Otón, mas para aceptar a otro rey tudesco, Jorge de Schleswig y Holstein; la Inglaterra cedió a la Grecia las islas Jónicas, de las cuales se llamaba protectora.
El idioma griego no era empleado ya en literatura, cuando el docto Coray lo adoptó en varias traducciones, en una biblioteca y en diccionarios; lo siguieron otros discutiendo si habían de restablecer el griego antiguo o aceptar el que se había formado con la mezcla de lenguas eslavas.
Los Rusos favorecían a los Valacos, lo mismo que a los Griegos; en virtud del trato de Andrinópolis hicieron reconstituir la Valaquia y la Moldavia como principados tributarios, los cuales adquirieron su completa emancipación por la paz de San Esteban de 1879.
En la Servia, Jorge el Negro comenzó en 1806 una lucha que concluyó en 1833. Milosc Obrenovic, que destruyó las servidumbres feudales, limpió el país de bandidos y acordó una Constitución, poco simpática a la Rusia, a quien desagrada todo incremento. Milosc fue expulsado y reclamado después; su hijo Miguel tuvo que sostener la guerra contra los Turcos, que bombardearon a Belgrado, pero tuvieron que renunciar a las fortalezas que ocupaban y reducir la Servia a la condición de Principado Danubiano, hasta que en 1879 quedó completamente libre.

286.- América. Colonias
La República prosperaba en los Estados Unidos de América, cuyos buques surcaban todos los mares; compraron a Napoleón la Luisiana, que les daba la posesión del golfo de Méjico con el Misisipí y el Misuri, extendiéndose así hasta donde el Columbia se precipita en el grande Océano. Adquirieron de España las dos Floridas; los Estados, de 17 que eran, aumentaron hasta 22, y la población de 6 a 11 millones; conservaron la primitiva Constitución a través de las vivas contiendas entre demócratas y federalistas, los cuales se unieron para combatir a Inglaterra cuando ésta quiso castigarlos por el favor que habían prestado a Napoleón. El peligro común estrecha, pues, la unión entre los Estados, al paso que la libertad estimula la actividad de cada uno.
La presidencia del demócrata Jackson fue señalada por espléndidos progresos; se vio difundida la instrucción, aumentados en número infinito los periódicos, reprimidos los corsarios, multiplicadas las manufacturas y la exportación, extinguida la deuda pública, creadas deudas particulares para grandiosas obras públicas, como ferro-carriles y telégrafos, y por último una marina mercante de 221 buques de vapor y 1708 de vela.
Durante las guerras napoleónicas, Pitt consolidó el dominio de Inglaterra sobre el Canadá, concediendo a los colonos muchas de las libertades inglesas.
Haití, donde se había formado un imperio, se constituyó en república unitaria, para dividirse luego, agitada continuamente por los partidos.
Vimos ya el detestable sistema colonial de España y Portugal en la América del Sur (cap. 191). El ejemplo de los Estados Unidos infundió en los colonos el deseo de la independencia; precipitó los hechos la invasión de Napoleón en la península Ibérica, donde el liberalismo tomó aires de fidelidad a los antiguos reyes. Quito fue el primero en sublevarse; la Nueva Granada se declaró independiente, cuyo ejemplo siguió pronto Venezuela; resistieron a los Españoles enviados a someterlas. Simón Bolívar imitó a Washington en el vencer y organizar, sin más ambición que la de libertador. El rey de España repuesto, hizo nuevos esfuerzos para sofocar la insurrección, pero ésta se propagó a Buenos Aires, al Paraguay y al Tucumán. Por último, hasta el Alto Perú y Chile fueron libertados. Una asamblea general de las trece poblaciones Argentinas decretó la unión en la cual cada una conservaba su independencia particular, y todas la religión católica y el gobierno republicano con dos Cámaras y un presidente quinquenal. Merecen atención los largos y nobles esfuerzos de Bolívar por redimir aquellos vastísimos países.
La Inglaterra, contenta de ver debilitada a España, reconoció en seguida la independencia de las colonias. Bolívar hubiera deseado unir en una sola familia a las poblaciones emancipadas; por esto hizo reunir en el istmo de Panamá a los diputados para asentar la alianza en una sólida base; pero eran demasiado inexpertos y apasionados, y el mismo Bolívar carecía del genio organizador necesario, aunque conservó hasta la muerte el de libertador.
En Méjico, Agustín Itúrbide obtuvo la independencia, proclamándose luego emperador. Pero Santana proclamó la república y lo hizo fusilar. Mucho tiempo después fue como emperador Maximiliano de Austria, quien concluyó también por ser fusilado (1867).
En el Brasil, vastísimo y rico país, unido al pequeño Portugal, el regente D. Juan, refugiado allí a causa de la invasión napoleónica, introdujo libertades, educación y manufacturas. Después de la caída de Napoleón, declaró reino al Brasil, igual a Portugal y a los Algarbes. En 1821, D. Juan se embarcó para Europa, dejando a D. Pedro como regente del Brasil. Pronto las provincias se sublevaron contra las Cortes portuguesas, se proclamó la independencia y D. Pedro fue declarado emperador constitucional. Con tal Constitución, y bajo un excelente soberano, el imperio prosperó muchísimo.
Con una población en que entraban blancos, negros, mulatos, mestizos, libres y esclavos, con tanta diversidad de intereses, era difícil establecer el orden y la paz en las antiguas colonias americanas; los primeros momentos fueron tormentosísimos en todas partes y en muchos puntos no se ha obtenido hasta nuestros días cierta organización estable. Todo el resto de la América meridional sufre irreconciliables conmociones. Entre una larga y no feliz serie de Constituciones, tentativas, guerras y cambios, han alternado repúblicas y monarquías, o más bien anarquías y despotismos.
Los Estados Unidos, en guerra contra Méjico, le quitaron el Nuevo Méjico, gracias al cual y a la Vieja y Nueva California, tuvieron en el mar Pacífico el puerto de Montrey y la bahía de San Francisco; quedaron, pues, bien compensados los 254 millones que costó la guerra, mucho más desde que se descubrió en California tal cantidad de oro, que alteró las proporciones de la moneda y el precio de los géneros en todo el mundo. En menos de un siglo, los Estados Unidos veían quintuplicada su población, triplicado su territorio, y duplicada su fuerza productiva; todo sin ejército.
Era cuestión fundamental la de los esclavos, y para impedir que la emancipación fuese decretada, muchos procuraban la anexión de nuevos Estados, en los cuales existía la esclavitud. Esta violación de las leyes de la humanidad fue la causa de las conquistas intentadas o realizadas en el Nuevo Méjico, en la California y en Cuba, y por último de la gigantesca guerra de insubordinación, la más terrible de los tiempos modernos.
Sin embargo la Constitución no fue alterada; renació la prosperidad, a pesar de que el rescate de tantos millones de esclavos desbarató las fortunas y llevó a la representación a personas ignorantes y ávidas de reacción.
El origen constituye por sí solo una enorme diferencia entre los anglo-americanos del Norte y las poblaciones latinas del Mediodía. En aquellos, ya antes de la emancipación, era costumbre organizar los intereses propios y ejercitar la actividad personal venciendo las dificultades de terrenos no siempre gratos. En el Mediodía todo estribaba en la obediencia; todo era arreglado por magistrados forasteros; un número reducido de señores vivían en la holganza a expensas de los esclavos, en quienes recaía todo el trabajo. De ahí la facilidad de las dictaduras y de incesantes revoluciones para obrar contra ellas. Los centralistas desean conservar la mayor parte posible del antiguo sistema colonial; los liberales o demócratas precipitan las innovaciones, sobre todo en materia religiosa. El Brasil, el Paraguay, la Banda Oriental, Venezuela y Chile proclaman la libertad para todos y la necesidad de multiplicar las relaciones con Europa; al paso que los retrógrados reclaman privilegios, derechos proteccionistas, monopolio y aislamiento. Los del interior procuran alcanzar el Océano por medio de sus grandes ríos, mientras los rechazan los del litoral; de ahí se originan luchas entre Estado y Estado. Con frecuencia los molestan las naciones europeas con pretensiones de toda especie. Los Indios, ya sean bravos o humanizados, hacen a veces más feroces las luchas interiores. Se siente, sin embargo, necesidad de paz y de orden para excavar las minas, concluir el camino que une el Atlántico con el Pacífico, franquear la cordillera de los Andes, abrir el istmo de Panamá acortando el camino a las 600 mil toneladas de mercancías que hoy doblan el cabo de Hornos y dando vida a las inmensas islas de la Polinesia y de la Melanesia, como a las fértiles regiones del litoral oriental y meridional del gran continente asiático.

287.- Francia. Nueva revolución
La revolución había dado el triunfo a la clase media (tercer estado),que obtuvo una carta, en la cual quedaban abolidos todos los privilegios. Todo francés era apto para todos los empleos y grados civiles y militares; había libertad de imprenta, de cultos y de asociación; la propiedad era intangible; inviolable el rey; responsables los ministros; había dos Cámaras legislativas, una electiva y otra hereditaria y nombrada por el rey; conservábanse los Códigos del imperio y quedaban abolidos el divorcio y la confiscación.
No faltaron realistas exagerados que impulsaban a la reacción y a la venganza; pero Luis XVIII no se dejó desviar de la moderación, ni violó la carta que había dado. Con un millar distribuido a aquellos cuyos bienes habían sido confiscados por la revolución consolidó la inviolabilidad de la propiedad y desvaneció el miedo de los compradores de bienes nacionales. Pero los contrarios, bonapartistas o liberales, mal se avenían con un trono y una bandera no realzados por las victorias, con una dinastía impuesta por el extranjero, con una carta concedida; decían que el reino era agitado por una congregación de ultrarrealistas, partidarios del despotismo y por la voluntad de la Santa Alianza. En la Cámara se había formado la oposición, en parte radical, es decir, encaminada a la revolución, y en parte doctrinaria, de personas que se proponían ciertos teoremas, según los cuales querían regular el derecho interno y externo (Benjamín Constant, Royer-Collard). Las sociedades secretas se difundían y pareció obra de ellas el asesinato del duque de Berry, presunto heredero; pero la viuda de éste estaba encinta y parió al que fue después duque de Chambord.
La Francia trató de recobrar importancia en el concierto europeo yendo a reprimir la revolución española; pero esto dio fuerza a la oposición que atacaba al gobierno como fautor del despotismo. Hasta en los asuntos religiosos, cada acto a favor de los católicos era señalado como un paso hacia la reacción, como una deferencia a la Santa Alianza, como un retorno a la Edad Media, y parecía amenazada la libertad de los jesuitas, de los hermanos de la doctrina cristiana, de las conferencias de San Vicente de Paúl.
La literatura obedeció a diferentes sentimientos. De Maistre, Bonald, Ballanche y Chateaubriand, embellecían el cristianismo; Royer-Collard, Cousin y Maine de Biran, sustraían la filosofía del nuevo sensualismo; Guizol, Barante, Thiers y Thierry, buscaban en la historia las huellas de la libertad.
Carlos X era indicado como jefe de los congreganistas y autor de los consejos reaccionarios, lo cual aumentó la oposición, que se manifestaba en la Cámara, en los funerales, en las revistas, y sobre todo en la prensa, con cuyo desenfreno era imposible gobernar.
Por lo que toca al exterior, la Francia ayudó a la emancipación de la Grecia; protegió a la colonia de Madagascar de los Ingleses, y con la expedición de Argelia acabó con la piratería de los Berberiscos y adquirió una importante colonia en la costa septentrional del África.
Este triunfo pareció oportuno a Carlos X para dictar ordenanzas que restringían el derecho electoral y la libertad de imprenta. Los periodistas declaran violada la carta, cierran las imprentas, comienzan una resistencia tenaz, y al cabo de tres días de sangre el rey es vencido y expulsado; pero en vez de la república se proclama rey de los franceses a Luis Felipe de Orleans. y la Constitución es apenas modificada.
Entonces hubo todas las vacilaciones de un gobierno a quien le falta la fuerza de reprimir a sus propios creadores. Pero la Francia no puede moverse sin que se resienta toda la Europa. La Bélgica se subleva para emanciparse de Holanda, que le atacaba la industria y la religión. Se insurrecciona la Polonia para librarse de la Rusia; se pronuncia la España para restablecer su antigua Constitución, y se subleva Italia para librarse de los Austriacos.
Los potentados habían previsto estas consecuencias, por cuyo motivo habían resuelto combatir a la nueva revolución. Pero los 100 mil hombres que el zar Alejandro mandaba, tuvieron que limitarse a sofocar la insurrección de Polonia; el Austria tuvo que atender a Italia, sublevada también, y una y otra potencia tuvieron que reconocer la nueva dinastía francesa. Como la base de la Santa Alianza consistía en socorrerse mutuamente para impedir toda innovación, se estipuló que ningún potentado interviniese en la Constitución interna de los demás países. Es la famosa no intervención, que repugna a la caridad y al derecho público, y que fue violada cuantas veces plugo a los príncipes.
En Bélgica fueron principalmente los católicos los que pidieron la independencia, y como Holanda reconociese las rebeladas provincias, las potencias interpusieron larguísimas negociaciones, que llenaron 80 protocolos. Por último, la Francia mandó allí un ejército que derrotó a Amberes, donde Bélgica se dio una Constitución de las más liberales; tomó por rey a Leopoldo, príncipe de Coburgo, y alcanzó maravillosa prosperidad.
En Polonia la vanguardia misma del ejército de los Rusos se volvió contra éstos, a instancias de los señores; quienes desde muy antiguo pedían que se considerase a su país como reino independiente, conforme había sido proclamado en asamblea solemne en Varsovia el año 1815 y prometido por el zar Alejandro. Pero éste se había espantado del liberalismo y de la francmasonería, y buscó la unificación hasta oprimiendo el culto católico. La guerra que hizo a Francia su sucesor Nicolás repugnaba a los señores, por lo cual se sublevaron, y como eran expertos en las armas, aprontaron un buen ejército y vencieron las resistencias; pero de fuera no pudieron recibir más auxilios que buenas palabras; azotados por el cólera y por disensiones interiores, después de rudas batallas sucumbieron ante el ejército regular mandado por Paskewic; el reino fue incorporado al imperio y agobiado de suplicios, deportaciones y destierros.
Por aquellos días murieron en Italia Carlos Félix del Piamonte, Francisco de Nápoles y León XII, a quienes sucedieron respectivamente Carlos Alberto, Fernando II y Gregorio XVI. La ocasión pareció propicia a los revoltosos, que no desperdiciaban ninguna. Durante el cónclave, los hijos de Luis Bonaparte intentaron un sacudimiento en Roma, que fue calmado en seguida; pero pronto se sublevaron Módena, Parma y las Legaciones.
El Austria se mostró dispuesta a extinguir aquel fuego que amenazaba a sus Estados. Luis Felipe, atento a consolidar su propia dinastía, no opuso más que protestas al Austria, cuando ésta envió un ejército a reponer a los duques de Parma y de Módena sin resistencia. En la Romania se había formado un pequeño ejército que opuso alguna resistencia en Rímini; los jefes de la insurrección huyeron a Ancona; unos se embarcaron, siendo luego cogidos por una corbeta austriaca y llevados prisioneros a Venecia; otros se refugiaron en Francia, adonde acudían los vencidos de todas partes. En el Piamonte los primeros motines fueron sofocados con ejecuciones militares; el Austria dio libertad a los forasteros que había cogido; sometió sus súbditos a procesos y hallose más fuerte que nunca sobre Italia.
Temblaron por ello los liberales de Francia; la oposición se manifestaba no solamente en los periódicos, sino que también en incesantes trastornos y en atentados contra el rey. Pero prevalecía la clase media, atenta a los intereses materiales y al poder del dinero; los ministros se sucedían, sin que hubiese gran diferencia entre unos y otros; frente a los gobiernos representativos surgían los Republicanos, representados por las sociedades secretas, y los Socialistas por las escuelas de Fourier y de Saint-Simon.

288.- Las penínsulas meridionales
En Italia, la Romania tardó en apaciguarse; cuando los Austriacos fueron a reprimirla, el ministro francés Périer mandó una flotilla que sorprendió y ocupó a Ancona. De este modo hubo dos extranjeros en vez de uno; sin embargo muchos se consolaban viendo otra bandera distinta de la Austriaca; por fin se acordó que Austriacos y Franceses se retirarían simultáneamente; pero antes los Potentados, a pesar de la no intervención, habían presentado una nota al Santo Padre, pidiendo que diese instituciones a su país; con lo cual se entremetían en el gobierno de un príncipe independiente, y daban a los descontentos una especie de apoyo, del cual se valieron para molestarlo, hasta lograr desposeerlo.
El territorio Lombardo-Véneto había prosperado, gracias a la fertilidad de su suelo, a la actividad de los habitantes y al sistema comunal, la administración era excelente, exacta la justicia, moderados los impuestos, numerosas las obras públicas; pero todo lo echaba a perder una embarazosa policía y la aversión al dominio extranjero, que daban lugar a conjuraciones y castigos. Fernando I sucedió a Francisco I, se hizo coronar y fue aplaudido porque concedió una amplia amnistía, introdujo mejoras y mostró buenas intenciones.
El ducado de Parma, dado como vitalicio a la viuda del vivo Napoleón; Módena, dominada por un duque severo y prudente; Lucca, regida por un duque descuidado; la dócil y floreciente Toscana, parecían satélites del Austria.
Nápoles gozaba de mayor independencia, pero se veía perjudicada por frecuentes revoluciones y la inmoralidad que subía desde la plebe hasta las gradas del trono. Fernando II supo impedir la revolución en su país, cuando estalló esta en toda Europa. La Sicilia no se resignaba nunca a estar sujeta a la tierra firme, y lo demostraba con frecuentes resistencias.
Gregorio XVI no creyó oportuno seguir las indicaciones hechas por las Potencias, y parecieron pocas las mejoras que introdujo en su país. Sin embargo crecía en toda Italia la prosperidad material, y la importancia que adquiría el Mediterráneo hacía esperar un gran adelanto siempre que los Estados se pusiesen de acuerdo para el bien común. Todas las esperanzas parecieron avivarse cuando fue elegido Papa Pío IX.
En Portugal, el rey se había vuelto absoluto, y reconoció la independencia del Brasil; a su muerte, el emperador Don Pedro heredó a Portugal, le dio una Constitución a la moderna, opuesta a las constituciones históricas, y renunció esta corona en favor de su hija María de la Gloria. Esto dio lugar a insurrecciones; Don Miguel, hermano de Don Pedro, pretendió el cetro absoluto y ocasionó la guerra civil; Don Pedro fue a combatirlo; a la muerte de éste, Doña María poseyó el agitado reino; Don Miguel fue desterrado, y el país tardó mucho en reponerse. Entre tanto los Ingleses amenazaban las posesiones de Goa y Macao, y continuaron ejerciendo el privilegio de los vinos de Oporto.
Fernando VII reprimió con el terror a los constitucionales españoles, complaciéndose en oír a la plebe gritando: Viva el rey absoluto. La revolución de 1830 no halló eco en España. Cuando Fernando se casó con María Cristina de Nápoles, parecieron aceptadas por la Corte las ideas liberales. Habiendo nacido de su matrimonio una niña, Fernando hizo abolir la ley sálica que excluye a las mujeres del trono, y restablecer la nacional que las admite. Recibieron mal esta providencia Don Carlos, hermano del rey, Francia y Nápoles, de quienes se alejaba la posibilidad de una sucesión. A la muerte del rey, María Cristina fue regente en nombre de su hija Isabel, tropezó con mil dificultades, cambió de ministerios (Cea Bermúdez, Martínez de la Rosa), y dio una constitución a la inglesa. Conspiraron Apostólicos, Constitucionales, Realistas, Carlistas, Carbonarios y Comuneros; combatieron Mina, Espartero y Zumalacárregui; las provincias Vascongadas reclamaron sus privilegios; el matrimonio de Isabel se convirtió en una cuestión de Estado; Luis Felipe la deseaba para su hijo; Inglaterra se ofendió de ello y juró la ruina del francés.

289.- Rusia
La Rusia va extendiéndose desmesuradamente, a despecho de la geografía y de la diplomacia; ya abarca 261000 leguas en Europa, 684000 en Asia, y 72400 en América, todo territorio unido; se acerca a Constantinopla y a la Persia, como a la Alemania y al Adriático, y tiende a reunir en un solo imperio todas las razas eslavas (Rusia, Polonia, Bohemia, Moravia, Dalmacia, Hungría, Transilvania, Valaquia, Moldavia y Servia).
Alejandro fue dos veces saludado como redentor de Europa; educado por filósofos e inspirado por místicos, representó las ideas más liberales y humanas, y trató de unir a todas las sectas religiosas.
Los 800 mil nobles no pagan impuestos, ni pueden ser juzgados más que por sus iguales, y entre ellos son repartidos todos los grados y empleos. Los monarcas procuran mermar el poder de estos elevando al clero y al tercer estado, y creando una nobleza de méritos. En los campos, parte de los habitantes están sujetos al terrón y parte son cultivadores libres; unos y otros suman ocho millones de almas, e igual número los esclavos. La riqueza se evalúa por el número de esclavos, y hay señores que los tienen a millares.
Hasta allí penetraron las sociedades secretas, pero en la clase alta, y varias veces deliberaron matar a Alejandro, enemigo de las ideas liberales. Este parecía que verdaderamente deseaba procurar la independencia de la Grecia, cuando habiendo caído enfermo yendo de viaje, murió, no sin que hubiese sospechas de envenenamiento.
Los conspiradores reclaman la Constitución, y el pueblo los aplaude sin saber de qué se trata. Nicolás hace frente a las tropas sublevadas, y con la firmeza primero y después con las horcas, destruye toda resistencia.
En la Persia, Feth Alí había estado en guerra con la Rusia a causa de la Georgia, y Alejandro obtuvo de él muchas provincias del Cáucaso, el Daguestán y la Mingrelia, sin contar la Georgia. A la muerte del zar, Feth Alí declaró la guerra, pero Paskewic batió a los Persas, obligándoles a una paz gravosa y a dejar libre la navegación del Caspio. Desde las fortalezas edificadas en las fronteras, la Rusia puede arrojarse sobre la Persia, la Armenia turca y la India inglesa; por esto los Ingleses hicieron todo lo posible a fin de que el nuevo shah Mohamed Mirza se separase de la alianza rusa.
El tratado de Unkiar-Schelessi permitió que la Rusia ocupara el triángulo de la desembocadura del Danubio, dominando este río y diciéndose tutora de la Turquía y de los cristianos súbditos de la misma. Después de haber concluido la guerra con la Turquía, los Rusos se encontraron también dueños del Cáucaso y de la costa oriental del mar Negro, penetrando hasta el corazón de la Turquía Asiática. Los Circasianos, habitantes casi independientes del montañoso istmo que separa el mar Negro del Caspio, no se consideraron obligados a los convenios de la Puerta, y dirigidos por el héroe y profeta Chamil, se negaron a someterse y obedecer a la Rusia. Aún después de este jefe, ha durado la resistencia, y es en extremo difícil la organización del país.
En el inmenso territorio ruso habitan los restos de todos los pueblos que emigraron del Asia, y que, puestos en contacto, se modifican bajo la impresión de la Rusia. Ésta sujeta la población nómada de la gran Tartaria al terrón, a los tributos, al trabajo, ya con la persuasión ya con la fuerza. Los Kirguises y los Calmucos experimentan su influencia civilizadora. Los Cosacos van asimilándose y prestan una excelente vanguardia a los ejércitos, con los cuales la Rusia domina poco a poco a Europa. Puebla de colonias, villas y ciudades el istmo Táurico (Crimea) y las heladas regiones de la Siberia.
A las ricas producciones de aquel imperio, que puede exportar la cuarta parte de los granos que cosecha, se unen las minas de oro de los Urales y las de oro y plata de la Siberia. Aumentan las manufacturas; ríos y canales facilitan el comercio interior, pudiendo los géneros recorrer 1434 millas desde el Caspio hasta San Petersburgo. Esta ciudad se halla situada sobre el Báltico, pero los hielos impiden la navegación, por cuyo motivo la Rusia tiene siempre puestos los ojos en el mar Negro, cuya libre navegación obtuvo con la paz de Kainargi. Hay Universidades, academias y observatorios. Falta la unidad política, nacional y religiosa. El cisma divide a la Rusia de las razas latinas, y el emperador quiere reducir a su obediencia a los obispos católicos; se hace enseñar en las iglesias que se debe obedecer a la voluntad del zar como a la de Dios. Algunos consideran al zar como legítimo descendiente de los emperadores romanos, y por tanto como verdadero jefe de la Iglesia cristiana, de la cual se separó la católica; esperan, pues, que ambas iglesias se reunirán y que el zar será señor espiritual y temporal del mundo.

290.- Confederación germánica
Antiguamente eran germánicas ambas orillas del Rin, pero Francia no solo ocupó la izquierda, sino que pasó el río; quitó al imperio Metz, Verdún y Toul en 1552; Sundgau y Brisac en 1648, y toda la Alsacia en 1672; el Franco-Condado en 1679; Estrasburgo en 1681; la Lorena en 1796; en 1801 poseía toda la izquierda; si los tratados de 1815 le quitaron posteriores conquistas, conservó a la orilla izquierda un gran trecho entre Huninga y Lanteburgo. A cada instante, la Francia amenazaba con querer apoderarse de toda la línea del Rin, y la Alemania con querer ocupar los países quitados al imperio, lo que consiguió en 1870.
Los treinta príncipes que habían recuperado su dominio querían reinar en absoluto; pero la unidad nacional había alcanzado tan poco terreno, que ni siquiera se estableció la comunidad de comercio y navegación, y mucho menos la unidad de código y constituciones. Como el espíritu liberal, avivado en la guerra de los pueblos, había sobrevivido al triunfo, los príncipes, sobre todo los dos más importantes, se esforzaron en reprimirlo, e instituyeron en Maguncia una comisión para investigar y condenar las agitaciones demagógicas, como igualmente para contener a la prensa. El rey de Würtemberg fue desaprobado cuando liberalizó la constitución.
La revolución de 1830 suscitó otras en Alemania; en todas partes se pidieron instituciones más amplias, y en un convenio de Hansbach se desplegó la bandera roja-negra y oro, pidiéndose la libertad de imprenta y la unidad germánica. Pero se opusieron los reyes, reprimiendo todo espíritu de rebelión contra el predominio de la Prusia y del Austria.
El Austria, aunque constituida en imperio, no pudo reducir a unidad administrativa sus Estados. La Hungría conservaba, más que ningún otro país, constituciones y leyes consuetudinarias muy distintas, con pueblos superpuestos. Sobre todos ellos estaban los Magiares, exentos de cargas y de toda jurisdicción, fuera de la real, sin más obligación que el servicio de las armas y con bienes feudales reversibles a la corona. La dieta húngara debía ser convocada cada tres años, pero desde 1812 Francisco I no la convocó hasta 1825, exigiendo en este intervalo hombres y dinero. Entonces los Húngaros reclamaron sus derechos, diciendo que no proporcionarían más tropas; pero habiendo estallado la revolución de julio, dieron hombres para sofocarla. En 1840 renovaron sus peticiones, y por último propusieron no recibir en adelante mercancías del Austria; en tanto reformaron sus propias leyes, aboliendo las urbariales, opresivas para los agricultores, e introduciendo legistas en los juicios. Pero los Eslavos, en situación inferior, y principalmente los Croatas, querían sacudir la servidumbre y reclamaban igualdad de derechos. Esto dio lugar a sangrientas reacciones y a una abierta revolución, de la cual nació por fin el cambio absoluto del imperio austriaco, que se denominó después Austria-Hungría.
La Bohemia, rica por su industria, reclamaba también su nacionalidad y el uso de su lengua propia. Del mismo modo, los demás países austriacos pedían la publicidad de actos y su parte correspondiente en la deliberación de los negocios públicos.
Prusia La Prusia, aniquilada por Napoleón, quería elevar al protestantismo a despecho del Austria; ella fue la que representó al partido germánico en la obra de resistir y abatir al conquistador. Federico Guillermo no hizo caso de los liberales, pero sí a sus aliados, con los cuales estableció el gobierno personal, favoreciendo la instrucción, y patrocinando los intereses y las ideas generales de tal modo que Berlín fuese considerado como centro de la Alemania. Contribuyó a estrechar los lazos la Liga Aduanera, en virtud de la cual se suprimieron las aduanas entre muchos Estados, con reciprocidad de productos y de industria. En 1846 el Zollverein abarcaba 8307 millas cuadradas alemanas (de ocho kilómetros) con 29 ½ millones de habitantes. El Austria no pudo acercársele a causa de sus posesiones de Italia. Los países coaligados crecieron en industria, en tráfico, en obras de toda especie y en economía. La Prusia aumentó en importancia política. A la coronación de Federico Guillermo IV, los diputados de las provincias le recordaron las promesas hechas por su padre acerca de un sistema representativo; pero el nuevo monarca no concedió más que algunas reformas, que hicieron pedir otras.
El Austria y la Prusia ponían obstáculos a la libertad y al desarrollo de los demás Estados; sin embargo ambas podían marchar al mismo paso; la una siendo católica y conservadora, con pueblos de razas diferentes; y siendo la otra protestante, con cinco sextas partes de los súbditos tudescos, y con el arte de hacer recaer sobre las demás lo odioso de sus propios rigores. El espíritu democrático agitaba secretamente a ambas; obedeciendo al mismo, activaron ellas la emancipación de los campesinos.

291.- Suiza
La Suiza, de diversas razas unificadas por la libertad, tiene gran importancia por su posición geográfica, a pesar de sus pequeña extensión. La Constitución unitaria que Napoleón le había impuesto, fue rota en 1815, restableciéndose la federación, en la cual quedaban comprendidos Ginebra y los antiguos bailiazgos italianos, con dieta anual, alternando entre Zúrich, Berna y Lucerna. Cada cantón tiene sus estatutos particulares, que han ido mejorando, como las leyes y la economía, y extendiendo la igualdad. La francmasonería era allí muy eficaz; abundaban mucho los emigrados de todos países; y la imprenta, del todo libre, trabajaba mucho. El Cantón de Tesino reformó sus propios estatutos; después de la revolución de Julio, todos proclamaron los derechos del pueblo, lo cual pareció a los Cantones primitivos, democráticos y católicos, una amenaza hecha por los revolucionarios a las antiguas libertades.
Hubo, con tal motivo, trastornos en que prevalecieron los grandes Cantones y que se agriaron al mezclarse las cuestiones religiosas. La católica Lucerna y la protestante Berna se hallaron al frente de dos partidos hostiles. Esta última invadió con las armas el bailiazgo de Muri, de donde arrojó a los frailes, a pesar de que el pacto federal garantizaba la existencia de los conventos y de sus propiedades. No se quiso que Lucerna y Friburgo tuviesen jesuitas. Formose una conspiración para matar a los magistrados de Lucerna; se asesinó a Leu, jefe del partido católico; hubo una invasión de cuerpos francos conducidos por Ochsenbein; quedó destruido el Gobierno de Ginebra y se formó otro que participó de las violencias. Los Cantones católicos de Lucerna, Friburgo, el Valais, Schwytz, Uri, Zug y Unterwalden formaron para su defensa una Liga Separada; mas fueron vencidos.
1848 Entonces se formó una nueva Constitución unitaria, con asamblea federal residente en Berna, y dividida en Consejo nacional, consejo de los Estados y Tribunal federal.

292.- Escandinavia
Bernadotte fue el único de los generales de Napoleón que conservó un trono; estableció una dinastía en el de Suecia, a la cual fue unida la Noruega con Constitución diferente y bastante democrática, al paso que en la misma Suecia quedaron restos del feudalismo. La Carta de 1809 difería poco de la antigua de Oxenstiern, como antiguas eran las leyes hasta cuando se publicó el Código de 1833. Bernadotte, que vivió hasta 1841, conservó la paz, favoreció la industria y la agricultura, y por medio de un costosísimo camino al través de los Dofrines, unió a los dos reinos, que a pesar de todo no andan muy acordes.
La principal renta del reducido reino de Dinamarca consiste en el derecho de peaje del Sund; vendió a Inglaterra sus posesiones del África, y a los Estados Unidos sus tres Antillas. La Islandia adquirió gran importancia. El rey era absoluto, pero Federico VI se vio obligado a dar una Constitución muy limitada a consecuencia de la revolución de 1830. Tuvo que ampliarla Federico VII, quien reconoció la libertad hasta para los Católicos.
Se hallan unidos a Dinamarca el ducado de Schleswig, es decir la Jutlandia meridional, y el ducado de Holstein, Estado del imperio germánico. Surgieron muchas pretensiones sobre estos. Al dividirse la casa de Oldemburgo en dos ramas, varió el modo de sucesión; la casa imperial de Rusia, que pretende tener preferencia sobre los Holstein-Sondeburgo, consideraría de suma importancia la adquisición del Holstein que le daría entrada en la confederación germánica y un derecho a la corona danesa. El zar favoreció a la Casa Sunderburg-Glüksburg, de la cual es presunto heredero.
Pareció que los ducados querían ser dueños de sí mismos, pero la Prusia tomó partido por los insurrectos como ejecutora de las órdenes de la Dieta germánica, y entonces hubo una serie de batallas y de armisticios que han dejado casi arruinados a aquellos países. Por último la Dieta alemana ordenó la ocupación de los países tudescos. La Prusia se preparó para la ejecución de esta orden, y esto fue la chispa que encendió la enemistad, largo tiempo sofocada, y que acabó con la ruina del Austria y con dar a la Prusia excelentes puertos en el mar del Norte.

293.- Imperio británico
La perseverancia con que los tories se opusieron a la Revolución francesa y a Napoleón fue asombrosa. En vez de quedar sofocada, la Isla se aseguró el dominio de los mares; extinguió pronto su enorme deuda, retiró el papel moneda, y si dejó de suministrar armas a la feroz Europa, proporcionó manufacturas que, merced al inmenso desarrollo de las máquinas, vencían toda competencia, a pesar de que hasta los amigos procuraban excluirlas en beneficio de las propias. Allí fue donde se conoció verdaderamente el poder de las máquinas y del vapor, que centuplicaron la fuerza industrial. Los señores, dueños de todo el terreno, habían procurado que se mantuviesen altos los precios de los granos. Esto dio lugar a sublevaciones y fue causa de que se pidieran reformas, a veces de un modo tan violento que obligó a suspender el habeas corpus y a establecer derechos de timbre para las publicaciones políticas.
Jorge IV, príncipe disoluto, formó un proceso a su disoluta mujer Carolina para privarla del título de reina, y el pueblo se puso de parte de la delincuente. Se acusa al ministro Castlereagh de haberse hecho instrumento de la Santa Alianza en los trastornos de 1821, y a su sucesor Canning, de haber permanecido neutral entre los príncipes, favoreciendo tan pronto a los oprimidos como a los opresores. Bajo su gobierno, Inglaterra vio aumentar sus vías férreas, su comercio con las colonias emancipadas y sus conquistas en la India. Se extendía el sistema de los empréstitos, tanto que el Banco vino a ser un establecimiento anejo al Gobierno, a quien prestaba. Durante la guerra napoleónica, el Banco fue autorizado para emitir billetes de circulación forzosa, echando mano el Gobierno de toda la reserva metálica. Se multiplicaron entonces los bancos particulares, ya para los enormes capitales empleados en el comercio, ya para los empréstitos que se hacían a las nuevas Repúblicas Americanas. El abuso acarreó el descrédito, desastrosas crisis y enormes quiebras, de que se resintió todo el mundo, hasta que se dio nueva organización al Banco y se prohibió la creación de otros nuevos.
En tanto se oían las quejas de la Irlanda, reducida a la miseria después de las persecuciones religiosas. Los terrenos todos pertenecen a los señores (landlords) que viven fuera del país y solo van a él para veraneos y cacerías. Los beneficios eclesiásticos son prebenda de los ministros anglicanos, que nada tienen que hacer allí, por cuanto la población es católica; ésta se halla cada año y durante tres o cuatro meses expuesta a morirse de hambre. Se evitó en parte el inconveniente de la escasez de granos con la introducción de la patata, alimento muy poco nutritivo, y cuando apareció la enfermedad de este tubérculo, el hambre y las enfermedades consiguientes desolaron la isla.
Fue depositario de sus quejas el popularísimo abogado O'Connell, que consagró su existencia a la causa de la emancipación de la isla, pidiendo que los Irlandeses Católicos pudiesen poseer terrenos, que no pagasen el diezmo a la Iglesia anglicana, que entrasen en el parlamento y en los empleos sin el juramento de odio al catolicismo, que tuviesen, en fin, un parlamento distinto. Larga fue la lucha, hasta que en 1830 se obtuvo la emancipación de los Católicos, con gran espanto de los que veían de este modo amenazada la Iglesia alta y la Constitución de 1688.
En la revolución del año 30, los Whigs prevalecieron en Inglaterra y empezaron la reforma parlamentaria. La conmoción no quedó circunscrita en las Cámaras, sino que prorrumpió en grandiosos meetings y sublevaciones. Al fin se abolieron los burgos podridos que implicaba títulos electorales a pesar de hallarse despoblados, al paso que carecían de ellos muchas ciudades populosas. Entonces tuvieron voto los colonos y otras clases, aunque la Cámara seguía siendo aristocrática. Modificáronse al mismo tiempo las leyes penales y de policía, aunque sin atreverse a modificar las antiguas leyes consuetudinarias, ni a sacrificar el individuo a la centralización. Los ministros asumieron toda la responsabilidad del poder, sin que, como antes, les cubriera la autoridad real. La aristocracia es dueña de casi todo el terreno, de las grandes manufacturas y de los beneficios, pero atiende al bien del país, cuyas principales cargas sostiene. Las leyes y los magistrados respetan grandemente la libertad individual, de modo que el más ínfimo villano, como el más opulento duque, puede decir: «Soy súbdito del rey y soy rey en mi casa».
Parece fabuloso el incremento de la riqueza de aquel imperio; pero es aflictiva la plaga del pauperismo y de sus consecuencias, que no logra atenuar la tasa de los pobres, con la cual se socorre legalmente a 900 mil personas en Inglaterra, a 121 mil en Escocia, y a 91 mil en Irlanda. La gran dificultad consiste en dar pan y trabajo a una infinidad de obreros, sobre todo desde que las máquinas sustituyen a los brazos. Esta es la causa de las iras populares contra las maquinarias; iras que estallan en frecuentes insurrecciones y destrozos. Para mantener elevado el precio de los granos, los propietarios habían conseguido que no se permitiese la importación sino cuando el precio excediese de treinta y seis pesetas el hectolitro. Se formaron ligas para obtener la libertad de comercio, al principio para los cereales, y luego para todas las mercancías. Tal fue el objeto de Cobben, que al fin lo consiguió con la cooperación del ministro Peel que modificó todas las tarifas, eximiendo de impuestos la importación de las materias primeras y de los comestibles, y disminuyendo las cargas industriales, hasta en las colonias.
Fue otra innovación notable la de la tarifa uniforme para las cartas, a cualquier distancia que fuesen. Fundáronse bibliotecas económicas que difundieron a millares los libros útiles, y establecimientos de enseñanza teórica y práctica. Los dos partidos culminantes tienden igualmente al progreso; la mayor parte de las veces son los whigs los que proponen y luchan largos años por las reformas, y por último son las tories los que las realizan. Pero los socialistas aspiran a innovaciones radicales, al cambio completo de la Constitución, a fin de que hasta la plebe participe de los derechos políticos con el sufragio universal. En el fondo hay la cuestión obrera; parece una tiranía que los empresarios posean capitales y se apropien las ganancias, en vez de compartirlas con los operarios; se quiere que estos dejen de estar asalariados para ser copartícipes.
En cuanto a la religión, la anglicana se halla amenazada por el incremento de los Católicos y de los Disidentes de Escocia. No por esto la plebe cesa de maldecir al Papa, ni de creer que el catolicismo equivale a tiranía. Después de haber sido emancipados, los Católicos tardaron mucho en saber ejercer sus derechos; y fue un triunfo cuando O'Connell, nombrado síndico de Dublín, asistió con gran pompa a una misa católica. Más tarde, en Irlanda la Iglesia católica, fue también equiparada a la legal. Varios hombres serios estudiaron las tradiciones eclesiásticas, para comparar las creencias y ritos de la época con los de los primeros siglos. En tales investigaciones se halló que los ritos de la Iglesia católica concuerdan con los de la antigüedad. Muchos se pasaron al catolicismo; otros introdujeron ritos, cruces, estolas, cirios, la confesión auricular y el breviario romano, porque los encontraban ya en la Iglesia antigua, y porque no se hallaban en contradicción con los 39 artículos de la reina Isabel ni con su libro de oraciones. Pusey creyó poder conciliar la Iglesia anglicana con la católica. En 1850 se restableció la jerarquía y se instituyó un arzobispado católico en Westminster.

294.- Colonias inglesas. La India
La grandeza de Inglaterra se manifestó en el descubrimiento de países, debido en gran parte a viajeros suyos, y en las colonias que fundó extendiendo la industria y la civilización con sus ventajas y sus vicios. El Madagascar, cuya gente parecía incapaz de toda cultura, tiene hoy su culto, sus leyes y su organización. La Australia es enteramente civilizada. Durante las guerras napoleónicas, la Inglaterra ocupó casi todas las posesiones de los demás Estados en Asia. En la paz de 1815 los Holandeses se quedaron con poquísimas posesiones en África y en América, aunque con muchas en la Oceanía. Java, Sumatra, las Molucas y otras fueron prosperando rápidamente con el sistema de Van der Bosch.
En la India, Inglaterra no tenía en frente más que a los indígenas. Después de haber conquistado el Misore en 1799, cambió de política, hizo inmediata su dominación y convirtió en súbditos a los aliados. Extendiose el dominio de la Compañía de las Indias. En el Indostán, Wellington debilitó las fuerzas de los Maratas. Las Cámaras desaprobaban las conquistas; pero los gobernadores tenían que hacerlas siempre a fin de asegurar las precedentes con otras nuevas; tanto que en 1815 la Compañía extendía su dominio directo sobre una tercera parte de la península gangética, y su influencia sobre lo restante. En poco tiempo fue sometido el imperio de los Birmanos. Lord Bentink organizó aquellas extensas posesiones, introduciendo en ellas regularidad de gobierno, navegación al vapor y libertad de imprenta. Pero las familias inglesas allí trasladadas no procuran adaptarse a las costumbres de un pueblo eminentemente tradicional, y escandalizan con usanzas allí aborrecidas, como el comer carne, y el cruzamiento de razas, al paso que dejan subsistir la esclavitud, actos de fanatismo religioso tan sangrientos como el carro de Jagrenat, el sacrificio de las viudas, la desnudez y la separación de las Castas.
En la guerra contra Haider Alí, la Compañía tuvo que pedir al gobierno un empréstito de 900 mil libras esterlinas, y cuanto más extendía sus conquistas, más aumentaba su deuda. Habiendo terminado el privilegio de la Compañía en 1814, se concedió el libre tráfico, dejando sin embargo a la misma el dominio de la India y el comercio con la China hasta 1831. En 1833 le fue prolongada la patente, no ya como sociedad comercial, sino como asociación gubernativa, con facultad de recaudar hasta 1854 los impuestos y arreglar los ingresos de su antigua conquista. Aquí acaba la historia de la Compañía, pero no la de las calamidades que sus conquistas atrajeron a Inglaterra. El dominio de aquellos países pasó enteramente al Gobierno, y la reina fue titulada emperatriz de las Indias.
Tuvieron que completarse las conquistas empezadas, para asegurarlas de los ataques de los vecinos. Deseaban que el Indo marcase el límite de las posesiones inglesas; pero Runget-Sing, con un ejército adiestrado por oficiales napoleónicos, se hizo fuerte entre los Siki y se empeñó en las cuestiones de los Afganos. Luego el temor de los avances de la Rusia en el Cáucaso le indujo a pasar el Indo para combatir a Dost Mohamed, a quien los Rusos mandaban oficiales y refuerzos. Burnes conquistó el Sind y se plantó en el Kabul, punto de intersección de los grandes caminos entre la India y la Persia. Rebelose el Kabul, que dio muerte a Burnes, y fue preciso ir a vengarlo. Lord Hardinge, gobernador que había hecho las mayores protestas de paz, tuvo que pasar el Indo, someter al Punjab, que tiene tres millones de habitantes, hacerse entregar todos los cañones y abolir la soberanía de los Siki. De esta manera el reino Indo-inglés llegó a ocupar una superficie igual a media Europa, con 200 millones de súbditos inmediatos y 47 millones de súbditos protegidos.
Después de haber ocupado la península táurica (Crimea), la Rusia se plantó en la Persia, dominando desde el Caspio hasta el Indo.

295.- China
Con motivo de la India, Inglaterra rompió las hostilidades con la China. Esta no sintió las conmociones europeas del principio de este siglo; pero en el interior se formaban sociedades secretas para arrojar a los Tártaros, lo que obligaba a serios castigos. La dinastía debió concebir celos de la Compañías europeas, máxime de las inglesas que de conquista en conquista llegaron a lindar con la Tartaria China, y colonizaron a Singapur en el estrecho de Malaca, atrayendo buques de todo el mundo. Con la China (exceptuando a Rusia que se comunica por tierra) no se traficaba más que por mar y por el puerto de Cantón, con humillantes restricciones, a las cuales se resignaban Europeos y Americanos; pero los Ingleses se avenían mal con ellas. La Gran Bretaña, en vez de extraer en oro los seis millones y medio de libras esterlinas que saca anualmente de las Indias, las toma en opio obligando a los naturales a plantar adormideras en vez de trigo y haciéndoles recibir este grano en cambio. El opio se cambia en la China por el té, y este en Europa por dinero. Los Chinos se procuran con el opio una embriaguez de las más repugnantes, por cuyo motivo lo prohibió el emperador; pero los Ingleses se ingeniaron para introducirlo de contrabando, y por consiguiente al contado. El emperador quiso emplear la fuerza para hacer observar su prohibición, destruyendo 20283 cajas de opio; pero la escuadra inglesa sostuvo el comercio británico y hasta se apoderó de la capital, Pekín, a pesar de que los Chinos se defendieron con inesperado valor, hasta el extremo de degollar a las mujeres y a los niños, y envenenar las aguas de los pozos en los países que perdían. Por fin se hizo la paz, en virtud de la cual se hallan abiertos a todos los Europeos los puertos de Cantón, Emoy, Fo-cheu-fu, Ning-po y Shanghai, se cedió a Inglaterra la isla de Hong-Kong; no se habló del opio, y la Compañía, en 1844, mandó a China 800 cajas de este producto, por valor de unos veintisiete millones.
En el interior, la China es débilmente gobernada, y comprometida por bandas de aventureros. Una de estas, que afectaba ideas religiosas semejantes al cristianismo y combatía las doctrinas de Confucio y ciertas supersticiones, parecía a punto de abatir el imperio cuando los Ingleses, guerreando nuevamente con la China, se apoderaron de Cantón, y el celeste imperio quedó abierto a los extranjeros.
La enfermedad de los gusanos de seda sirvió para generalizar el conocimiento de la China y de las mil islas del Japón. Cuando la semilla se hubo contaminado en todos los países de Europa y del Asia Anterior, el comercio fue a buscarla a dichos reinos, que de este modo vinieron a ser término de anuales viajes mercantiles. Chinos y Japoneses se familiarizaron con los usos europeos; muchos de ellos vinieron a Europa; se transmitieron los procedimientos industriales, y adoptaron los nuestros. Los géneros y manufacturas de aquellos remotos países son del todo comunes en Occidente; como lo son los frutos, las semillas, las plantas y un conocimiento asaz completo y exacto de aquella extraña civilización.

296.- Turquía. Negocios de Oriente
Los países cristianos que hemos visto constituirse (cap. 285) junto a la Turquía se hacían peligrosos para ésta. Mahmud II continuó allí las reformas; pero en vez de civilizar a un país en que faltan la familia y las propiedades, estas reformas desquiciaban un poder fundado en el despotismo y hacían desaparecer las cualidades originales sin proporcionar las ajenas. De este modo dejó debilitado el reino a Abdul-Medjid, quien con el hati-sherif de Gulhané dio una especie de constitución humanitaria, que quitaba a los Turcos los privilegios de conquistadores y concedía la tolerancia a los Cristianos.
Egipto Este escandalizaba a los creyentes y a los patriotas, los cuales esperaban una regeneración musulmana de Mehemet Alí, virrey de Egipto. Sin embargo, la civilización que este introdujo era toda exótica, aunque aplicada a la turca, es decir por medio de la violencia. Ocupando los bienes de los Mamelucos, de las mezquitas, de los establecimientos públicos, llegó a ser casi el único propietario del país; introdujo la cultura en grande, dio impulso a la industria, difundió la instrucción, mejoró el ejército y la armada, montó un arsenal en Alejandría, tuvo todas las instituciones de los países adelantados, aunque tendían a organizar la tiranía, por cuanto el pueblo permanecía esclavo. Fueron siete veces mayores los ingresos del erario y disminuyó en un tercio la población, oprimida y servil. Seis mil fellahs, huyeron con Abdallah, bajá de Acre, y como éste se negase a restituirlos, se suscitó una guerra.
Mehemet ambicionaba la Siria, país de asombrosa fertilidad, provisto de puertos y bosques de que el suyo carecía; así, pues, tomó aquel pretexto para atacar a Abdallah, y se apoderó de Acre. El gran señor, creyéndose amenazado, movilizó un ejército turco contra el ejército de Mehemet, el cual siendo vencedor en Konya, hubiera podido marchar sobre Constantinopla y suplantar al gran turco, pero lo detuvo la escuadra rusa y le obligó a declararse vasallo de la Puerta, conservando su dignidad de bajá de Siria. Mehemet expoliaba a ésta para hacer nuevas armas, por cuyo motivo se sublevó y se prolongaron las devastaciones. Vencedor en Nizib, Mehemet llevó la escuadra turca al puerto de Alejandría.
Desagradaba a todos que el imperio turco se rejuveneciese con el elemento árabe, por cuyo motivo los príncipes de Europa convinieron en conservarlo débil y formaron una cuádruple alianza, con exclusión de la Francia, con la cual disentían en las cuestiones de Grecia, España y Portugal. Pareció inevitable una guerra europea, pero la Francia permaneció inactiva cuando las potencias intimaron al de Egipto que abandonase la Siria y se contentase con el Egipto como gobierno hereditario, aunque tributario y dependiente de la Puerta. Entonces también se estipuló que los Dardanelos, en tiempo de paz, estarían cerrados a toda nave extranjera.
1853 Ni el imperio era rejuvenecido ni quedaba tranquilo el Levante, y las provincias quitadas a Mehemet no volvían a la Puerta, sino que entraban en la anarquía. En todas partes estallaban sublevaciones, que eran ferozmente reprimidas. Los Maronitas y los Drusos (cap. 241) del Líbano, disgustados de la nueva tiranía de Mehemet, se habían vuelto contra él, y oprimidos ahora de nuevo, se degollaban entre sí. Lo mismo hacían los pueblos greco-eslavos y los Búlgaros y Montenegrinos, destrozándase con bárbara fiereza, en tanto que los monarcas europeos miraban indiferentes aquellos estragos, creyendo tal vez que vendría de Oriente la solución de las grandes inquietudes de Europa. Pero la división de aquel imperio y la posesión de Constantinopla implican tantas dificultades y tantas ambiciones, que el momento de la solución se va alejando cada vez más, y los Cristianos con las armas obligan a la cruz a estar sometida a la media luna.

297.- Literatura. Romanticismo
La literatura del siglo anterior se había propuesto demoler y consiguió su objeto. En la Revolución, a que tanto contribuyó aquella, fue preciso pelear y no escribir. El talento solo podía aplicarse al examen de los negocios públicos, y las tribunas de Inglaterra y Francia resonaron con los acentos de una elocuencia sin ejemplo, porque jamás se habían agitado en ellas tan grandes intereses. Al advenimiento de Napoleón, todo hubo de inclinarse ante el héroe del momento; las Musas vistieron el uniforme del soldado y presentaron las armas; no se escribió una historia en una época tan llena de acontecimientos; Napoleón tenía miedo a la filosofía, llamándola ideología. En cambio Alemania poseía dos grandes poetas: Schiller y Goethe; el hombre de corazón y el hombre de cabeza. Muchos escribieron en verso y prosa en aquel país, en defensa de la nacionalidad y de la libertad, al par que otros buscaban las razones de lo bello y lo aplicaban con amplia crítica a las obras de todos los tiempos y de todas las naciones, trascendiendo a veces hasta confundir el arte con la filosofía y la religión, y caer en abstracciones sentimentales y místicas. La baronesa de Staël (1766-1817) propagó en Francia la admiración por Alemania, con vigor de hombre y gracia de mujer; hostigó a Napoleón; proclamó la independencia como elemento del genio, y fue partidaria de la originalidad hasta el último extremo. Sobre semejantes conceptos se fundó el romanticismo, literatura que buscaba la novedad más bien que la imitación, la verdad de sentimiento en el fondo y la sencillez en la forma, no aspiraba solo a deleitar, sino que también a enseñar al pueblo, a recelar los afectos y las aspiraciones de la humanidad en un tiempo dado. Por esto proscribe la mitología, las generalidades triviales, los tipos vulgares, las bellezas de convención. Se estudian los clásicos, no para copiarlos, sino para comprender el arte con que se engrandecieron; y se estudian en todos los pueblos, a fin de identificarse con ellos y con la sociedad que representan.
Las unidades de tiempo y lugar, prescritas por los académicos en el drama, habían de ceder a la unidad de interés. Es tiranía ignorante el sentar reglas con que expresar la inspiración, la cual solo es eficaz cuando es personal revelación de afectos e ideas.
Los sentimientos habían de ser cristianos, como nuestra sociedad, y la vida se tenía que considerar no como un juego, sino como una seria preparación para la póstuma. Chateaubriand (Genio del Cristianismo) había empezado ya a revelar las bellezas que existen en las creencias y en el culto cristiano; con las novelas Atala y Chactas, Renato y Los Mártires ponía en juego pasiones verdaderas. Por el contrario, el inglés Byron (1788-1824) quiso interesar con viciosos y malvados, odiando a su propia nación y a la humanidad, y se embriagó en voluptuosos deleites, hasta que fue a prodigar sus bienes y su vida en defensa de los Griegos. El escocés Walter Scott deleitó a toda una generación con novelas históricas, que ayudaron poco a los sentimientos sociales y nada a la verdad.
La Italia poseía en Vicente Monti un poeta que con exquisito arte y elegantísimo verso cantó todos los acontecimientos de la época, ensalzando sucesivamente al Papa, la revolución, la libertad, a Napoleón y a los Austriacos. Redimió a la tragedia de la aridez de Alfieri, pero cuando vio las innovaciones románticas, las combatió.
Con mucha más severidad Alejandro Manzoni (1785-1873) cantó la religión, la virtud y la patria; escudriñó seriamente la verdad en los dogmas, en la historia y en los sentimientos y en los Prometidos esposos creó caracteres de insuperable naturaleza y vida.
Las dos escuelas de los Románticos y de los Clásicos no siempre combatieron con buenas armas. Estos perfeccionaban la forma, obstinándose en la belleza exterior; aquellos huían de lo falso y estudiaban la naturaleza; pero así como en los unos había escritores clásicamente admirables (Leopardi), los hubo entre los otros que deliraron con nuevas mitologías y formas convencionales.
En Francia, Lamartine indujo a meditar sobre el concepto de Dios, el misterio del alma y el de la sociedad. Víctor Hugo quiso ser original, y cuando no encuentra la originalidad en las formas ni en la tortura del estilo, la busca en la extravagancia, en la violencia, en la embriaguez del egoísmo. En sus dramas (Cromwell, Hernani, El rey se divierte, Marion Delorme), no solo presenta personajes excepcionales y situaciones extravagantes como en sus novelas (Nuestra Señora de París, Los Miserables, El hombre que ríe, Han de Islandia, etc.), sino que sigue además la libertad de Shakespeare, aunque atendiendo siempre a la exterioridad, a los efectos teatrales, antes que al sentimiento íntimo de los tiempos y del hombre.
Vigny, Delavigne, Ponsard... compusieron celebradas tragedias; Scribe, Dumas, padre e hijo, Sardou, escribieron muchísimas comedias; y son innumerables las novelas de Balzac, Paul de Kock, Jorge Sand, Didier, Dumas, Sue, About..., los cuales, si bien ocuparon los ocios de los aburridos, difundieron la corrupción, el sofisma y el descontento, sobre todo cuando empezaron a invadir el folletín de los periódicos.
Y los periódicos vinieron a ser la principal literatura. En número extraordinario, contaban con la colaboración de ilustres autores, pero se hicieron cada vez mas vulgares, a medida que fueron buscando el mayor número de lectores en el bajo pueblo. Sin embargo, no faltaban críticos que juzgaron aún con sano criterio, como Sismondi, Villemain, Schoel, Saint-Marc Girardin, Pomartin, Sainte-Beuve.
Después de Byron y Scott, la Inglaterra se aficionó a los asuntos domésticos, al análisis de los afectos (Bulwer, Godwin, Israeli, D'Arblay, Dickens, Elliot), a la descripción de costumbres y de viajes. ¡En 1830, el diccionario de los diez mil autores ingleses contenía 1907 poetas! Entre estos sobresalen Coleridge, Rogers, Canning, Wordworth, Shelley, Soothey, Moore, Tennyson y la Barret Browning. No descuella ningún autor dramático; abundan los escritores de enseñanza; son innumerables los periódicos y hay revistas de crítica austera y amplios conocimientos; pero donde brilla realmente la literatura es en los discursos parlamentarios.
Los Norte-americanos, ocupados en conquistar y civilizar a su país, pueden atender poco a la literatura, y se limitan a leer y escribir periódicos. Sin embargo han tenido buenos historiadores (Prescott, Baukroft, Wheaton, Irving), excelentes escritores de geografía, muchos teólogos (Dwight, Ware, Robinson), buenos juristas y novelistas ilustres, entre ellos la Beecher Stowe, que hizo estremecer al mundo presentando en la Cabaña de Tom los sufrimientos de los Negros esclavos.
Schiller y Goethe implantaron la forma clásica en Alemania, donde otros llegaron a un sentimiento más profundo y a mayor originalidad, como Tieck, agudísimo en la observación y en el epigrama, en la sátira contra el espíritu calculador y la prudencia egoísta. La poesía liberal de 1814 adquirió nuevo vigor en 1830, y con frecuencia tendió a demoler la religión y la sociedad (Heyne). Kotzebue e Iffland llenaron el teatro de débiles personajes. Son dignas de elogio las tragedias de Grillparzer, Bauenfeld, Rampach y Anersperg. Juan Pablo Richter fue muy extraño en la vida como en las composiciones suyas, lo mismo que Hoffmann, que unía lo sublime con lo rastrero. Siguieron sus huellas muchos novelistas, que a menudo hacen alusión a los sucesos contemporáneos.
En la Escandinavia la mayor parte de los literatos usan la lengua alemana, y los pocos que adoptan el idioma patrio quedan desconocidos para Europa, la cual apenas sabe el nombre del trágico Oelenschleger. En Hungría se procuró también fijarla lengua, no solo en la administración y en la enseñanza, sino que también en la literatura. Telek, Szabó, Szala cultivaron un idioma patrio en que se escribieron muchas novelas.
La lengua bohemia, que fue la docta y diplomática de Alemania en tiempo de Carlos IV, fue rejuvenecida por Schaffarik, Palacky y Kollár. La rusa solo aparece como lengua literaria bajo Pedro el Grande; al principio de este siglo fue adoptada por, Karamsin para la prosa y por Joukofi para el verso; cultiváronla luego Desjavine y Krilof. Hoy es hábilmente desarrollada. En 1845, Nicolás I ordenó que no se confiriesen grados académicos sin un riguroso examen de lengua rusa. Empleáronla con éxito Grybojedof, Pushkin, Lermontov, Gogol', y es excelente el Diccionario de la Academia de San Petersburgo, por orden de raíces.
En 1801, se fundó en Varsovia una academia para cultivar la lengua polaca, en cuyo uso brillaron excelentes escritores y el poeta Michiewicz.
Los ingenios españoles, estimulados por los sucesos y por las emigraciones a que se habían visto obligados varias veces, regeneraron la literatura nacional. Argüelles, Quintana, Gallego, Frías, Gallardo, Martínez de la Rosa, Ángel Saavedra, Trueba, Toreno... escribieron en momentos de desgracia y de proscripción; y muchísimos desplegaron elocuencia en la tribuna y energía en los escritos. Al contemplar su amado país, se avergüenzan de los tiempos monárquicos y se lamentan de los feudales. El poeta cómico Moratín natural de Madrid (1760-1828) aunque vio surgir en Europa la escuela romántica, y aunque era compatriota de Lope y Calderón, compuso en estilo clásico y escribió acerca de los orígenes del teatro español, juzgando las primeras obras según su escuela. Continuó esta colección Eugenio de Ochoa con opuesto espíritu, reuniendo lo mejor de aquel teatro. Prescindiendo de aquellos que, como Burgos, Martínez de la Rosa y Lista, se han atenido a la escuela clásica, también los románticos siguieron las huellas de Walter Scott, de Goethe y hasta de los Franceses; muchos cultivaron el género satírico y el picaresco especialmente Larra, Miñano y Mesonero. Menos afortunada que la española, la literatura portuguesa tiene sin embargo, como aquella, excelentes escritores que la cultivan con éxito en la América latina.
Todas las cuestiones literarias se revisten de política, como en otro tiempo de religión. Proclámase la emancipación de toda teoría y el principio del arte por el arte. En general se divulgan las compilaciones, las enciclopedias y los periódicos, que dan con facilidad cierta apariencia de doctrina. De ahí los métodos mecánicos, las musas puestas a precio, el frenesí de la novedad, a costa del sentido común, y la presunción de saberlo todo sin haber estudiado. La melancolía domina algún tiempo en la literatura, luego se introducen la ironía y el sarcasmo, que con frecuencia se vuelven contra el entusiasmo y las convicciones, y hasta contra el pudor y la urbanidad.

298.- Ciencias históricas
El espectáculo de tantos acontecimientos indujeron a conocer y a apreciar los hechos pasados, y a interpretar el mundo en vez de explicarlo por medio de quiméricas ilusiones. La historia descubrió que la libertad es cosa antigua, que solo el absolutismo es nuevo, y que únicamente son duraderas aquellas instituciones que se fundan en las antiguas, esto es, que nacen espontáneamente de la índole de los pueblos y por medio de evoluciones progresivas. Durante la Revolución y el Imperio, la libertad era demasiado escasa para que la historia floreciese. Agradecidos debemos estar a Sismondi, quien, hostil a la Iglesia y a los príncipes, buscó la historia de las repúblicas italianas en los cronistas, como hizo Michaud para las Cruzadas. Ginguené empezó la historia de la literatura de Italia, y Daru la de Venecia. Restablecida la paz y vuelta a su antiguo brillo la literatura con la restauración, se estudiaron con ahínco las crónicas para indicar la posición de los vencidos con respecto a los vencedores, y deducir de frases originales e ingenuas la verdad falseada por la retórica (Bréquigny, Lézardière, Montlosier). Agustín Thierry en la historia de la conquista de los Normandos, Guizot en la de la Civilización, Barante en la de los duques de Borgoña, Vaulabelle y Martin en la de Francia aportaron innovaciones, aunque no precisión de miras. Mignet y Thiers escribieron la historia de la revolución, explicando los delitos que hallaron luego apologistas en Luis Blanc y en Michelet.
Muchos escribieron sobre Napoleón y sus generales, aparte de lo que escribió él mismo (Thiers, Lanfrey, etc.).
Carlos Botta escribió la historia de la independencia de América y la de Italia desde el punto en que la concluyó Guicciardini hasta 1814, trabajo más literario que histórico. Algunos narraron los tiempos y las revoluciones de la Italia contemporánea con las pasiones inevitables. Se indagaron archivos y se reconstituyeron las historias municipales. Cantú emprendió y llevó a feliz término su Historia Universal y una de los Italianos demostrando el progreso continuo de la humanidad, y esperando que servirían de enseñanza en los acontecimientos que se presentían y que él ha descrito luego en la crónico-historia de la Independencia italiana.
En Inglaterra no se llegó a la altura de los grandes historiadores del siglo anterior. Es en extremo original y extraña la historia de la Revolución francesa por Carlisle.
Toreno, Quintana, Lista se dedicaron a la historia de España, donde Balmes la adoptó para la defensa del cristianismo, como Montalembert en Francia.
Los trabajos históricos fueron menos considerables en Rusia y Escandinavia que en Alemania, donde una osada crítica disipó los mitos de la historia de Roma, de Grecia y hasta de Cristo (Strauss, Niebhur, Mommsen, etc.). Las antigüedades patrias ofrecieron ancho campo a Eichorn, a los hermanos Grimm, a Schmidt, a Menzel; otros compilaron la historia del mundo y de los Estados europeos (Gatterer, Rotteck; Heeren, Leo, Schroch, Gervinus...) y sobre todo la historia de parte o de toda la Alemania o de alguna de sus épocas.
Los estudios orientales tomaron incremento al ser introducida la filología comparada, la cual dedujo las más inesperadas conclusiones filosóficas e históricas del análisis de las lenguas y dialectos; y se generalizaron el árabe, el sánscrito y el chino, ayudados del examen de los monumentos y de las monedas.
La geografía dejó de ser un repertorio de nombres y de cifras, para examinar todos los elementos de civilización de los diferentes pueblos, y se sirvió de las ciencias mineralógicas y etnográficas (Maltebrun, Humboldt, Ritter, etc).

299.- Bellas artes
El artista del Imperio fue David, cuya escuela se formaba sobre la estatuaria antigua, con actitudes, colores y asuntos convencionales. Siguiéronlo Gérard, Gros, Girodet, y los artistas de todos los países donde cundió aquel estilo. El italiano Canova, al desprenderse de los modelos usuales para ceñirse a la verdad en la forma y al sentimiento en el concepto, produjo obras sublimes. El arquitecto Cagnola imitó o copió a los antiguos en el arco del Sempoine de Milán. Los pintores Appini y Bossi cedieron el campo a Hayez, Palagi, Demin y otros. Con el romanticismo se quisieron asuntos nuevos, y por tanto nuevas actitudes y más sentidas pasiones; pero como ya no se encargaban grandes cuadros de iglesia y se estrechaban las habitaciones, la pintura tuvo que atenerse a pequeñas dimensiones y prefirió el paisaje y los cuadros de género.
En cambio tomó gran vuelo la escultura, en cuyo arte Bartolini dio el ejemplo de abandonar lo convencional para adoptar lo verdadero, a riesgo de caer a veces en un feo realismo.
El grabado de gran género fue derrocado al principio por la litografía, y luego por la fotografía, que ha reproducido las obras maestras de todos los países.
El danés Thorwaldsen sostuvo la rivalidad con Canova. El ruso Brulof causó la admiración un momento. Fuseli de Zúrich hizo la galería de Milton y de Shakespeare. Los ingleses se distinguieron en la acuarela; elógianse los retratos de Lawrence y las grandiosas escenas de Martin y Turner. En América adquirió gran popularidad el pintor Trumbull; la mayor parte de las estatuas que adornan el capitolio de Washington fueron labradas en Roma. En Francia adquieren renombre por sus escenas históricas Ingres, Delacroix y Delaroche, y por sus paisajes y escenas campestres los Vernet y Robert. Ary Scheffer y Flandin brillaron por el sentimiento.
Los alemanes se cansaron pronto de la escuela de Mengs y David y de la mitología académica, queriendo asociar el arte con la religión y la historia, conforme a su genio filosófico. Entregándose al arcaísmo, sacrifican la forma y el colorido al pensamiento. Se restablece la pintura religiosa en las escuelas de Dusseldorf y de Mónaco. Owerbeck la implanta en Roma. Klenze, Cornelius, Schadow, Rotman, Schwanthaler, Hess, Hemsel, Kolback llenan Alemania de obras sumamente estudiadas. El suizo Calame figura entre los buenos paisajistas.
Aún obtiene mayor culto la música, a medida que el teatro se generaliza hasta llegar a ser un elemento de la vida moderna. Cherubini le dio inusitada extensión. Beethoven, silbado al principio, fue pronto admirado. Mozart, Weber, Gluck se disputaron la primacía, hasta que llegó Rossini, cuya larga vida fue una serie de trabajos y triunfos; su música, como la de sus secuaces Mercadante, Pacini, Donizetti, hizo enmudecer a toda la demás; posteriormente, bajo la influencia de Weber, el mismo Rossini modificó su estilo en el Guillermo Tell. Bellini atendió sobre todo a la melodía. Verdi llegó a triunfar con la orquesta, donde sucumbían los italianos. Estos deleitaron al mundo, hasta la aparición de Wagner, quien parece destinado a vencer con la música del porvenir.

300.- Ciencias exactas. Aplicaciones
En ninguna otra época remontaron las ciencias su vuelo a mayor altura. Preciosos instrumentos de precisión, tales como el goniómetro reflector, los cronómetros, el esferómetro, la palanca de contacto, la balanza de torsión facilitaron la exactitud de los experimentos. Las matemáticas sometieron a cálculo la probabilidad; hallaron las relaciones posibles entre los seis elementos de cualquier triángulo esférico (Herschel, Cauchy, Carnot, Poisson, Bordoni, Plana, Oriani); determinaron las integrales definidas; y Monge inventó la geometría descriptiva.
En cuanto a la luz, a la idea de la emisión se sustituyó la de vibración, lo mismo que en el sonido, y se vio su polarización e interferencia (Arago, Fresnel, Malus).
El calórico se difunde también por medio de vibraciones, y tiene su polarización y su interferencia propias. Puede además desarrollar una corriente eléctrica. Los supuestos fluidos imponderables quedaron reducidos a una sola actividad de la materia.
Después de Volta, la electricidad adquirió mayor importancia, y mucha más cuando Oersted descubrió el electromagnetismo. Así la electricidad se combinó con todas las ciencias, habiendo termo-electricidad y termo-magnetismo, y fenómenos acústicos, fisiológicos y hasta cósmicos producidos por ella. Aplicada a la química, la pila descompone el agua, las sales y los gases, aniquilando las mayores afinidades químicas. Davy superó a Lavoisier, a quien amplió Berzelius. Haüy estableció la conexión entre la composición química y la forma cristalina; se conocieron después los equivalentes, probándose que los cuerpos se combinan todos en proporciones invariables, y que en las reacciones químicas todo cuerpo es exactamente reemplazado por un equivalente. Después de haberse descubierto el dimorfismo, se aplicó el análisis a la fotosfera solar, por medio de cuyas estrías coloreadas se aplicó la naturaleza de los componentes del sol.
Dumas sentó por principio que los vegetales producen los principios inmediatos, que los animales se sirven de ellos descomponiéndolos, y que las plantas y los animales son en cierto modo aire condensado.
La historia natural fue estudiada como ciencia aparte, y no ya con el solo objeto de ayudar a las demás ciencias. La fisiología vegetal se aplicó especialmente a las criptógamas, y Goethe aseguró que la hoja es el único órgano fundamental, y que el cáliz, la corola, los estambres, el pistilo no son sino modificaciones suyas. De Candolle añadió las leyes de la simetría, la cual se realiza a pesar de los abortos, las degeneraciones y las adherencias.
Del examen de los minerales se llegó a la geología, distinguiendo los terrenos y las estratificaciones y deduciendo su edad de los fósiles que contienen. Se explicaron igualmente las revoluciones y las seculares pero continuas evoluciones del globo. Se fundan y discuten diferentes teorías acerca de cómo nacieron sobre la materia los seres organizados y los animales, y en averiguación de si éstos se fueron transformando o si persisten las especies. Cuvier creó la anatomía comparada determinando la correlación de todas las partes y el fin determinado de cada una, de suerte que un fragmento le bastaba para reconstituir un animal entero. Lamark sostuvo con la filosofía zoológica la variabilidad de la especie por grados determinados. La misma ley descubría Fries en los vegetales. Darwin vio en todo una selección. Se quiso dirigir estas doctrinas contra el Génesis, partiendo de una célula primitiva, que se desarrolla sucesivamente en el transcurso de millones de siglos, y no se vio en el hombre más que un mono perfeccionado.
En la medicina, considerando los fenómenos en su generalidad, se quiso hallar también una unidad de acción casi mecánica, una libra única elemental (Schelling, Ocken). Bichat creó la anatomía general y la histología, estudiando no el organismo sino los tejidos, y vino a formarse la anatomía patológica. El escocés Brown consideró las enfermedades como derivantes de exceso o deficiencia de excitación (estímulo y contraestímulo). Muchos médicos se inclinaron al materialismo, como Cabanis y Broussais; éste sostenía que las afecciones del alma son excitaciones del sistema nervioso, y que las virtudes y los vicios son modificaciones del encéfalo. Él mismo introdujo la doctrina de la irritación, que a menudo hay que corregir con debilitantes.
Del mismo modo que éste localizaba las enfermedades generalmente en el tubo gastroentérico, Gall indicó principalmente en el cráneo tantos órganos cuantas son las afecciones del hombre, cada uno de los cuales tiene la facultad de percibir, juzgar e imaginar. La homeopatía precisó los síntomas patogenéticos y aplicó a cada uno un específico. El magnetismo animal volvió a parecer como teoría fisiológica, bastando la voluntad del hombre para excitar o adormecer la inteligencia y la voluntad.
Los sabios atendieron, más que a las teorías, a la observación práctica, a las exactas diagnosis, y se sirvieron de los instrumentos perfeccionados, de la anatomía, de los nuevos y simplificados productos farmacéuticos. Más parece que la naturaleza quiere burlarse de la ciencia con terribles epidemias, tales como el cólera, el tifus, las viruelas, el crup, la fiebre amarilla, con las cuales renacen los delirios del vulgo y de la ciencia.
Sprengel, Renzi y Puccinotti escribieron la historia de la medicina.
El perfeccionamiento de los aparatos y de las matemáticas hizo progresar la astronomía. Los observadores rivalizaron en cálculos y descubrimientos. Herschel descubrió un nuevo planeta, Urano, y Piazzi un asteroide entre Marte y Júpiter. Posteriormente se han ido descubriendo muchos. Se siguió el curso de los cometas; se estudió la naturaleza del sol (análisis espectral), como la naturaleza y los periodos de las estrellas fugaces. Con el simple cálculo se halló el más lejano de los planetas, Neptuno. Se penetró en las nebulosas, y también en los cielos se quiso encontrar un génesis, es decir, el lumínico, primera materia de que se formaron y se van formando los planetas y los innumerables soles.
Nuestro siglo es admirable por haber aplicado a los usos de la vida los grandes descubrimientos. La química abrió nuevos senderos a la industria. Chaptal popularizó la química aplicada a las artes. Berzelio, Le Blanc, Dartigues dieron nuevos métodos para las tintas, para hacer la sosa, para extraer el azufre de las piritas, para la fabricación de la pólvora. Chevreul introdujo las velas esteáricas. Carcel y Carreau construyeron lámparas más cómodas que las de Argant, hasta que el aceite fue sustituido por los carburos y el gas hidrógeno, con los cuales trata hoy de competir la electricidad. Se aplicaron máquinas a toda clase de industrias, hasta para coser. La electricidad fue utilizada por la medicina desde luego, y aplicada a la telegrafía después.
El vapor llegó a ser el motor más común y más poderoso de buques y vehículos (Watt, Fulton, Stephenson), y el mundo fue pronto surcado de vías férreas que atraviesan montañas, ríos y desiertos, aproximando remotísimos países y poniendo al alcance de todos ellos los productos de cada uno. También es aplicado el vapor a maquinarias de todo género; a la imprenta, al desecamiento de pantanos, a la extracción de minerales, a muchos trabajos agrícolas, a la extinción de incendios, a la distribución de aguas, a la excavación de canales e istmos, y contribuye a que los hombres aumenten sus mutuas relaciones y venzan la superficie de nuestro planeta.

301.- Ciencias filosóficas y sociales
El trascendentalismo de Kant dio origen a muy diferentes escuelas en Alemania, país de la filosofía. Fichte sentó por principio supremo de la ciencia el yo pensador que se realiza a sí propio, que se crea afirmándose, al paso que el no yo solo existe porque es conocido por el yo (idealismo subjetivo). Schelling, al contrario, ve en el yo una forma típica del no yo, de modo que son absolutamente idénticos el mundo real y el ideal (idealismo objetivo absoluto), de donde resulta un constante paralelismo entre las leyes de la inteligencia y las del mundo, desapareciendo la religión y la moral. Hegel reduce la ciencia a dialéctica, de modo que el saber absoluto resulta de la identidad de lo subjetivo con lo objetivo, y consiste en creer que el ser no es sino el mero concepto en sí mismo. De este idealismo se hicieron grandes aplicaciones a la filosofía práctica, a la del derecho y a la historia, la cual es el desenvolvimiento del espíritu universal en el tiempo, el progreso de la conciencia de la libertad. Tanto si se elegía la parte intelectual con Hegel o la material con Oken, se iba a parar siempre al panteísmo, a la negación de lo supersensible; y a esto se opuso la escuela espiritualista que tuvo por jefes a Jacobi, Wronski y Baader.
La escuela escocesa se atuvo al sentido común, observando lo que es, en vez de describir lo que debe ser. En Francia, al sensualismo que había introducido la revolución (Cabanis, Volney, Tracy, Lamark) empezaron a oponerse Maine de Biran, Royer-Collard, Cousin, sin crear nada, pero suponiendo que en todo sistema hay algo de verdad, y que esto es lo que debe tomar el filósofo (eclecticismo); ¿pero puede escogerse lo verdadero sin tener de él un tipo fijo, a que recurrir directamente? Algunos filósofos se atuvieron a la revelación (teósofos), tales como De Maistre, Bonald, Gerbet, Ekstein, La Mennais, Lourdoix, Saint-Martin, Ballanche, Buchez, al par que otros sostenían la libre interpretación según las luces particulares.
Suponiendo que los conocimientos se derivan de los sentidos, no habría más que hacer lo que nos favorece o nos place. Bentham sentó la teoría del egoísmo, considerando las acciones sólo bajo el punto de vista social. Legitimidad, justicia, bondad, moralidad de una acción, son únicamente términos sinónimos de utilidad social.
En la revolución, a pesar de las teorías filantrópicas, el derecho internacional no pudo fundarse sino en convenciones y en la fuerza de hacerlo observar. La Santa Alianza no hizo otra cosa. De vez en cuando se alzaron algunos proclamando la paz universal, sin que faltaran leyes y congresos encaminados a este fin, generalmente en vísperas de terribles guerras (Brougham, Mackintosh, Stahl, Hauterive). Pero la legitimidad, la no intervención y el sufragio universal, fueron adoptados según las conveniencias de los fuertes y de los astutos.
La ciencia de la legislación se aplicó al estudio del derecho penal, debatiéndose sobre todo la cuestión de si la sociedad puede o debe aplicar la pena de muerte. Cada día se fueron adoptando procedimientos más humanos, y se quitó a la pena el carácter de venganza para darle el de expiación y de enmienda. La escuela histórica no quiere que se hagan Códigos, porque estos coartan el derecho, cuando éste es continuamente progresivo (Hugo Savigny); en cambio otros consideran como gran signo de civilización la formación de Códigos. Estos se extendieron a las ordenanzas militares, comerciales y marítimas, y se intentó formar uno internacional que evitase los casos de guerra.
Schlosser dio a la estadística el carácter de ciencia. Aplicola Gioja, y la quisieron luego todos los Estados, aunque se vio aplicada a veces como un juego de prestidigitación.
Las doctrinas concernientes al orden social de las riquezas, se fundan en la filosofía aplicada a la vida de las naciones. Economistas y fisiocráticos se disputaban el dominio durante la revolución, la cual había de tomar las medidas más repugnantes a la ciencia, como la circulación forzosa, las tarifas del mínimum y los asignados. Estos errores económicos, aunque perjudicaron más que los de la ambición, indujeron a estudiar las doctrinas de las riquezas. En Inglaterra prevalecieron las doctrinas de Smith, según las cuales el trabajo forma el capital, y el crédito une estos dos elementos. Malthus y otros ampliaron y aplicaron estas doctrinas que popularizó Say. No les faltaron herejías ni aplicaciones opuestas, como el libre cambio proclamado en Inglaterra por Cobden, y la ley aduanera sostenida por List en Alemania. Otros pensaron menos en la creación de las riquezas que en su distribución para destruir la enorme desigualdad entre los que mueren de plétora y los que desfallecen de hambre (Sismondi, Villeneuve, Droz). Se llegó en este terreno a las utópicas de Owen, de Fourier y de Saint-Simon (socialistas). El pauperismo es en suma la plaga para la cual Inglaterra no halla remedio, y que se extiende a otros países donde la industria prevalece sobre la agricultura.
La clase más numerosa lanza más vivos lamentos, quizá porque es más llevadera su vida y porque su educación le abulta los males haciéndole ambicionar una situación mejor. La riqueza territorial es igualada a la de las industrias y del crédito. Son mejor distribuidos los gravámenes. Se establece cierta proporción entre los salarios y la habilidad. Se facilitan al pobre los medios de utilizar sus pequeños ahorros. Las fuerzas gratuitas de la naturaleza suplen a muchas fatigas del hombre. La educación penetra en las ínfimas capas sociales. Se mejoran las cárceles y los hospicios. Y como ni los cuidados de la ciencia ni las declamaciones de los utopistas alcanzan a destruir los males de la humanidad y de la vida social, la caridad multiplica sus ingeniosos recursos, oponiendo a la teoría del Cada cual para sí, la del Amor a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a nosotros mismos.

Apéndice
De los últimos acontecimientos.
1846 La elección de Pío IX pareció iniciar un fausto movimiento después do la calma de treinta y tres años. El entusiasmo inexplicable con que fue aclamado por todo el mundo, expresaba las desmedidas esperanzas de mejoras, doquiera acariciadas, y nutridas por el incremento de la industria, de los estudios, de las comodidades, de la cultura, de la filantropía y del espíritu de igualdad. Los pueblos conmovidos reclamaban la libertad en nombre de la religión, y acariciaba le mente de todos la idea de adquirir la plenitud de los derechos, sin efusión de sangre. Mas pronto el céfiro se convirtió on huracán. Las aspiraciones se dirigían principalmente a la nacionalidad, cuya voz hicieron resonar de pronto los Polacos y los Croatas. La Galitzia convirtiola después en furor comunista, degollando a los ricos; el Austria tuvo para este pueblo una sangrienta represión, que aumentó el odio contra ella. Los Croatas, guiados por el poeta y guerrero Jellacie, querían que los Húngaros cesasen de ser sus tiranos, por cuyo motivo favorecían al Austria, deseosos de someter a los Magiares mismos a la uniformidad administrativa.
1848 febrero En Italia, se repetían las explosiones del odio nacional contra el Austria, de la cual esperaba emanciparse obteniendo de los príncipes las franquicias a que no se resignaba ésta. En efecto, los príncipes tuvieron de pronto que conceder reformas, y prometer después la Constitución. Créese que el impulso fue dado por los Franceses, que languidecían al cabo de los diez y ocho años del tranquilo reinado de Luis Felipe y del largo ministerio Guizot. Después de haber atentado varias veces contra la vida del rey, y clamado contra los Jesuitas, los Franceses pidieron reformas en el sistema electoral, celebraron ruidosos banquetes, y por último se sublevaron en París. Huyó Luis Felipe y se proclamó la república.
Esta cayó en manos de personas exageradas, que proclamaban doctrinas comunistas. Sentado el principio de que todos tenían derecho al trabajo, tuvo que proporcionarlo el Gobierno, abriendo talleres donde laboriosos y holgazanes eran igualmente retribuidos. Estos talleres fueron nidos de facciosos y focos de incesantes tumultos. Hasta en provincias cada cual se veía obligado a proveerse de armas para la defensa de sus intereses.
1848 marzo Este acontecimiento alteró el desarrollo de las revoluciones en todo el resto de Europa. El Austria se veía agitada, porque los mismos Bohemios pedían la igualdad de todas las razas eslavas y de todos los credos religiosos. En Croacia, las estirpes supeditadas querían usar su propia lengua y tener magistrados propios. Los Húngaros, guiados por Kossut, querían tener sujetos a estos Croatas, al paso que pedían la independencia para sí. Para calmar estos desórdenes, convocó el Austria los estados en Viena; mas los estudiantes se insurreccionaron, formando barricadas; obligaron al emperador Fernando a prometer una asamblea constituyente, y mientras tanto exigieron una guardia nacional y libertad de imprenta en todo el imperio.
¿Debían los Lombardo-Venecianos aprovecharse de aquellas circunstancias para alcanzar la libertad? Esto aconsejaban unos, mientras que otros consideraron la ocasión oportuna para conquistar la independencia. Subleváronse (las cinco jornadas) y arrojaron de cada ciudad a las guarniciones austriacas, las cuales se retiraron al cuadrilátero formado por las fortalezas de Peschiera, Mantua, Verona y Legnago.
Se dio entonces principio a la Cruzada, sostenida por fuerzas procedentes de toda Italia; pero los Austriacos recuperaron el territorio veneciano, la Lombardía y los ducados de Toscana.
1849 El rey de Sicilia había reprimido la revolución en Nápoles. El Papa, idolatrado al principio y vilipendiado después, tuvo que huir de Roma, donde los Mazzinianos proclamaron la república. Pero la Francia repuso al Papa con sus fuerzas. Venecia resistió largo tiempo, mas tuvo que capitular al fin.
1849 La llama no estaba extinguida; el gobierno militar fue necesario en todas partes para contener la oposición a los príncipes restablecidos. Contra los Austriacos se sublevaron la Bohemia y la misma capital. En los demás Estados europeos se había sentido la sacudida, ya con violentas sublevaciones como en los principados de Alemania, ya con la petición de reformas como en Bélgica y en Holanda. En Alemania se reconstituyó el imperio, con el archiduque D. Juan de Austria a la cabeza. Fue disuelta la asamblea de Francfort y quedó el país más dividido que antes. El Austria recuperó a costa de mucha sangre su capital, la Bohemia y la Hungría, luego el Lombardo-Véneto, y reconstituyó la monarquía. El nuevo emperador Francisco José dio una Constitución, que nunca pudo aplicarse, dada la diversidad de razas, leyes, historia y costumbres. La Hungría vio atacados sus derechos históricos, por cuyo motivo proclamó la independencia y la república. El Austria tuvo que acudir a la Rusia, que ayudó a someterla. Pero se había realizado la emancipación de los campesinos en vez de los señores, y se había proclamado la igualdad de títulos de propiedad y la abolición de la servidumbre.
1851 - 10 de diciembre – 1852 - 2 de diciembre La Francia había tenido buenos jefes, como Lamartine y Cavaignac, pero siempre prevalecía el tumulto popular o la charla de los periódicos y de la Asamblea. En ésta se había introducido Luis Napoleón, hijo del ex-rey de Holanda, y supo hacerse declarar presidente de la misma, por 6048872 votos. De pronto, mandó prender en una noche a todos los prohombres de los partidos liberales, y se hizo proclamar emperador. Declaró concluido el reino de los sofistas parlamentarios y subrogada la autoridad al libre examen. La Europa lo aceptó como presagio de represión y de paz. Bajo Napoleón III adquirió la Francia una portentosa prosperidad material, siendo enérgicamente reprimidos los excesos de las masas y de la imprenta. Había proclamado que el imperio era la paz, y sin embargo, después de 33 años de paz europea, fue el espíritu de las conquistas, de los ensanchamientos y de las subversiones. Se proponía aniquilar los tratados de 1815 (cap. 282), y habiendo adquirido preponderancia en los consejos europeos, se entrometía en todas las cuestiones políticas interiores y exteriores, sin saber resolver ninguna.
1855 - 8 de setiembre Con el pretexto de que la Rusia sola quería proteger la Tierra Santa y sobrepujaba a la Turquía, Napoleón movió contra aquella a los monarcas para sostener la integridad de la Puerta otomana. La Crimea fue el campo de batalla. Ingleses, Franceses y Sardos desplegaron los medios más mortíferos, hasta expugnar a Sebastopópolis. Perdiéronse 245000 hombres y 7000 millones en treinta y cinco meses, y se formó una paz que de ningún provecho era para los vencedores; imponía al vencido el no salir del mar Negro, y se declaraba libre el Danubio.
1849 marzo - 1856 marzo Escocía a Napoleón que el Austria no le hubiese secundado, y pensó trastornarla en Italia. El Piamonte había intentado una reconquista, pero derrotado en Novara, Carlos Alberto abdicó, y Víctor Manuel, que le sucedió en el trono, concluyó con el Austria la paz de Milán. Él conservó la Constitución que los demás países quebrantaron. En el Piamonte se habían refugiado los prófugos, dándole inusitada vida y prosperidad, y consejos perjudiciales a los dominadores de sus respectivos países. Lograron que se enviase un ejército a Crimea, con lo cual consiguieron que un representante del Piamonte tuviese su puesto con los de las grandes potencias en el congreso de París. El emperador permitió que se hablase allí de los males de Italia, y principalmente del detestable gobierno de los Estados pontificios.
Esto fue en seguida motivo de discusiones en toda Europa, sobre todo en la prensa; se pintó con sombríos colores la situación de Italia; se invocó la intervención extranjera; se excitó a los Lombardos contra el Austria; hubo conatos de insurrecciones; se abrieron suscriciones para armar a los insurrectos; a tal extremo se llevaron las provocaciones, que el Austria intimó al Piamonte que disminuyera sus armamentos y que no volviese a promover las deserciones de soldados; si no, guerra.
1859 junio Semejante anuncio regocijó a los jefes, que estaban en inteligencia con Napoleón. Este atacó con 200 mil hombres, y después de las victorias de Magenta y Solferino, ofreció la paz al Austria, que le cedió la Lombardía hasta el Mincio, cuyo territorio entregó Napoleón al rey del Piamonte.
La guerra había sacudido toda la Italia. Los ducados de Parma y Placencia y de Módena pidieron ser agregados al Piamonte; y lo mismo hicieron las Legaciones pontificia y la Toscana. El armisticio de Villafranca y la paz de Zúrich parecían reconocer los derechos de los príncipes antiguos y sobre todo los del Papa; pero se redujo la cuestión a invocar el sufragio universal, mediante el cual todos aquellos países fueron anexados al Piamonte. Las tropas sardas invadieron las Marcas y la Umbría, y al Papa no le quedó más que el Patrimonio de San Pedro. La Francia quiso, en cambio, la Saboya y Niza. A vuelta de algunas protestas, todos los gobiernos acabaron por reconocer los hechos consumados.
1860 mayo - 1861 marzo Los cuerpos francos de Garibaldi invadieron la Sicilia, y habiéndola tomado, ocuparon a Nápoles. El rey Francisco II tenía buen ejército y podía resistir, a pesar de las traiciones; pero se le echó encima el ejército sardo y lo asedió en Gaeta, donde después de larga resistencia tuvo que rendirse. Entonces las Dos Sicilias fueron también agregadas al Piamonte, cuyo rey tomó el título de rey de Italia. Para completar la unidad, solo faltaban la Venecia y el Patrimonio de San Pedro.
La Francia indujo al nuevo reino a una Convención, en virtud de la cual la capital se trasladaba de Turín a Florencia, y se adquiría el compromiso de no aspirar a Roma sino por medios morales.
En Alemania se había difundido el deseo de la unidad, aunque solo subsistían 38 Estados de los 350 de antes. Entre ellos crecía la Rusia, creada por las armas, y que sin embargo aumentó más en la paz que en la guerra, y mejoró su forma con la agregación de varios países. Además, agrupó los intereses comerciales de la Alemania con la ley aduanera (cap. 290), los religiosos y los intelectuales con su Iglesia y sus Universidades. La unidad parecía indispensable para resistir a la Rusia y a la Francia, codiciosas, la una del Oder y la otra del Rin. Temíase sobre todo que Dinamarca fuese absorbida por el coloso ruso por herencia, con lo cual se hubiese hecho dueña del Sund al Norte y de los Dardanelos al Sur. Habiéndose sublevado los ducados de Schleswig y Holstein, la dieta germánica encargó a la Prusia que fuera a sostenerlos, y el rey de Dinamarca tuvo que renunciar a ellos en favor del Austria y Prusia. Estas se disputaron el predominio, y la Prusia lo conquistó al fin para sí. De este modo tuvo excelentes puertos en el mar del Norte.
1866 Tal engrandecimiento no podía ser tolerado por el Austria. El nuevo rey de Prusia propuso una nueva forma para el imperio germánico, concluyendo la Confederación. La Prusia se agregó el Hannover, el Hesse Electoral, el ducado de Nassau y el Lauenburgo. Formose luego una Confederación del Norte, con exclusión del Austria.
Esta se opuso a ella, naturalmente, y las dos rivales se armaron de una manera formidable. Pero la Prusia, que durante cuarenta años de paz se había provisto de dinero, de armas y de oficiales, rompió las hostilidades, invadió el Hesse, la Sajonia y el Hannover, y el ejercito austríaco fue desastrosamente derrotado en la batalla de Sadowa. La Prusia estaba de acuerdo con Italia, la cual amenazó a la Venecia; de modo que parte del ejército austriaco, que hubiera podido aminorar o evitar el desastre, tuvo que permanecer en la defensiva. Por último la Venecia fue agregada al reino.
La batalla de Sadowa destruyó el equilibrio europeo; la Prusia absorbió a muchos de los Estados alemanes que habían sido partidarios del Austria, y reconstituyó por fin el imperio germánico, poniendo a su rey en el solio imperial. En el tratado de Praga, el Austria abandonó sus pretensiones sobre el Schleswig, y dejó de formar parte de la Germania, lo mismo que el rey de los Países bajos. Baviera, Würtemberg, Baden y Hesse quedaron aislados.
1870 - 8 de mayo La Francia parecía haber llegado al colmo de la prosperidad y la riqueza, a pesar de sus 8000 millones de deuda y su presupuesto de gastos de 2060 millones; los partidos liberales eran reprimidos, mas no extirpados; bullían las sociedades secretas; se pedía que el emperador coronase el edificio, es decir que restituyese las libertades que había quitado so pretexto de orden. Viose obligado a condescender en parte, mas quiso que la Francia aprobase sus actos con un nuevo plebiscito. La aprobación fue inmensa, y el imperio pareció consolidado precisamente en vísperas de su hundimiento.
4 de setiembre - 1873 setiembre El emperador, de inciertas miras y falto de resolución, comprendió demasiado tarde que la Francia se hallaba amenazada por el engrandecimiento de la Prusia. Preparose para la guerra, con la esperanza de conquistar la línea del Rin y dictar la paz en la capital de Prusia. Declaró la guerra, en efecto, pero la Prusia invadió la Francia, destruyó al ejército francés en la batalla de Sedán, e hizo prisionero al emperador. Estrasburgo fue bombardeado; Metz se rindió con 150 mil hombres. Proclamose entonces la República en Francia; los comunalistas encendieron la guerra civil; París fue sitiado y tomado por los Prusianos. Impuesta la paz, la Francia tuvo que ceder al enemigo la Alsacia y la Lorena y una indemnización de cinco mil millones de francos, que pagó en pocos meses, librándose de la ocupación extranjera.
A pesar de tan grave desastre, que le costó once o doce mil millones; a pesar de haber perdido las Antillas, el Canadá, la Luisiana y cuanto poseía en la India, y por último las provincias rinianas y las fortalezas con que Luis XIV había protegido la frontera; a pesar de hallarse al lado de dos Potencias robustas y de haber aumentado en 600 millones sus impuestos, la Francia cambia el oro a la par, mantiene elevada su renta y fácil el servicio de la deuda pública, aumentada en 8 millones, lo cual demuestra una gran actividad y un crédito extraordinario. Por otra parte, conserva una gran fuerza moral; es universal su literatura, que propaga las ideas modernas; su espíritu generoso obedece más al sentimiento que al cálculo; admiró al mundo entero con su maravillosa Exposición de 1876, y servirá de ejemplo tanto si conserva la República como si restaura la monarquía.
1870 - 20 de setiembre La Italia aprovechó esta otra ocasión, y en tanto que la Francia no se hallaba en situación de exigirle que observase el convenio del 63, ocupó a Roma, destruyendo el poder temporal del Papa. Partiendo de estos dos hechos se desarrollarán los acontecimientos futuros.
El rey Guillermo de Prusia fue proclamado emperador de Alemania, y el sacro romano imperio fue a manos de un protestante. El día 14 de Noviembre de 1868 se cambió el nombre de imperio de Austria por el de austro-húngaro, y cuesta gran trabajo conciliar las diferentes naciones de que se compone. Libre, afortunadamente, de las provincias italianas, se ve todavía amenazado en el Trentino y en el Triestino; y la Bohemia quiere ser autónoma como la Hungría. Esta última, en la dieta de 1873, igualó a los Croatas con los Magiares, de que antes eran siervos.
Los Estados Unidos de América han aumentado hasta cincuenta y dos, con una población de más de veintitrés millones, fabulosa prosperidad y portentosos progresos. Basta indicar la ciudad de Chicago, cuasi improvisada, la California, poblada ya, el ferro-carril del Atlántico al Pacífico, desde Nueva York hasta San Francisco en un trayecto de 6000 kilómetros. El telégrafo eléctrico mantiene en continua correspondencia aquellos dos puntos entre sí, y con el continente europeo a través del Atlántico.
Según declaración de Monroe, la América es de los Americanos y no de los colonos. Así los Americanos amenazan continuamente a Cuba y otros países centrales, y se envalentonan con Inglaterra, que les tolera muchas cosas por evitar una guerra.
En la cuestión de los esclavos, los Norteamericanos se hallan desunidos; los Demócratas se niegan rotundamente a redimirlos, como quisieran los Republicanos, so pretexto de que con ello cesaría el cultivo del algodón y de los productos coloniales. La disensión estalló en una guerra de las más terribles, donde toda la fuerza y el genio de la civilización se aplicaron a la destrucción recíproca. Allí se vieron buques acorazados, arietes marinos que los perforaban y torpedos que los hacían volar. Los Federados armaron 437 buques de 840086 toneladas, con 8026 cañones. Se gastaron 2250 millones de dólares e innumerables vidas. Los Estados del Sur, que se habían sublevado, quedaron vencidos y agregados de nuevo. El 14 de abril de 1865 fue asesinado el presidente Lincoln, que había dirigido de un modo estupendo aquella horrorosa guerra.
Toda Europa había sufrido por la falta del rey algodón, que es el alimento de las manufacturas. Este se cultiva en los Estados Unidos en una extensión de 450000 millas cuadradas, y da ocupación a 800000 toneladas de buques nacionales y 140000 de extranjeros, con 40000 hombres de mar.
En los Estados Unidos se cuentan hoy 33 millones y medio de blancos, 5 millones de negros, 25000 indios y 100000 chinos y japoneses,
La América meridional experimenta las sacudidas propias de un terreno volcánico. Méjico y el Perú han sacudido el yugo de España, y el Brasil se ha trocado en un floreciente imperio. Las colonias españolas no han sabido evitar los trastornos de la revolución, y en las ciudades aparecen las ruinas de la antigua prosperidad. La Francia, enemistada con Méjico, le impuso por emperador a Maximiliano de Austria, que no tardó en ser fusilado. Las incesantes guerras entre Estado y Estado, impiden la prosperidad que les darían un suelo fértil, abundantes minas y frecuentes inmigraciones. Se concluye el ferro-carril a través de los Andes, y están en proyecto la apertura del istmo de Panamá y la navegación del Misisipí.
La España se vio agitada por los partidos nacionales y por la ingerencia extranjera. Expulsada Isabel II, el elemento militar que había hecho la revolución no supo constituir en seguida un gobierno firme; anduvo mendigando un rey por toda Europa, y por fin halló uno en la casa de Saboya. Pero Amadeo se vio pronto obligado a abandonar el trono, y se proclamó la República. Mal podía ésta afianzarse teniendo en contra los excesos de los Cantonales, la insurrección de Cuba, la guerra carlista y el desacuerdo y la confusión en el seno mismo del partido republicano. El pronunciamiento de Sagunto, en 1874, puso al joven Alfonso XII en el trono. Los Estados Unidos siguen codiciando la isla de Cuba, el más rico florón de la corona de España. En el sitio más oportuno para el gran comercio, conserva las Filipinas, pero su escasa marina no basta a protegerlas de la codicia inglesa y los piratas filipinos. No se ha extinguido el deseo de rescatar a Gibraltar, aunque sea cediendo a los Ingleses las fortalezas africanas. No falta quien aspira a la unión ibérica.
Después de la guerra de Crimea, la Rusia permaneció aislada, construyendo ferro-carriles, y preparando, además de un buen ejército, una nueva flota con que burlarse de las restricciones que le fueron impuestas por la paz de París; aspira a ejercer cierto dominio sobre la Europa y el Imperio turco, y amenaza a las posesiones inglesas de la India. Alejandro II realizó el grande acto de la emancipación de los siervos, y varias mejoras, interrumpidas por una nueva sublevación de la Polonia, que reclamaba la independencia; mas fue de nuevo arrollada en 1867. Por siete millones de dólares vendió la Rusia sus posesiones de América a los Estados Unidos. Al advenimiento de Pedro el Grande, el imperio del Norte contaba 16 millones de habitantes; hoy pasan de 66 millones. Cuando haya unido Moscú a Oremburgo, y éste a Tashkent, en las fronteras de Bokara, por medio de ferro-carriles, habrá asegurado su dominio sobre el centro y la parte occidental del Asia, y está destinada a poblar de ciudades y caminos el istmo Táurico y la Siberia. Ya aspira al Mediterráneo, ella que hace un siglo limitaba sus ambiciones al mar Blanco. Pensose renovar la unión de Kalmar, es decir, la fusión de la Escandinavia. La Prusia, que también aspira al mar del Norte, tratará de oponerse a este proyecto, aunque sea reconstituyendo la Polonia, a lo cual podría oponerse la Rusia realzando al Austria. Ésta adquirió, con la paz de Berlín, la Bosnia y la Herzegovina, y sirve de obstáculo a la extensión de la Rusia.
El centro del Asia, cuyas alturas separan el imperio anglo-indio del ruso siberiano, está ocupado por los pacíficos budistas del Tíbet. Bokara, metrópoli de los Samánidas; Samarcanda, una de las ciudades santas del islamismo y sede de Tamerlán; Balk, patria de Zoroastro, ejercen todavía un comercio muy activo con los países circunvecinos, y podrán volver a su antiguo estado floreciente, ahora que empieza una nueva era para las regiones comprendidas entre el Caspio y la China, la Siberia y la Persia. La Rusia, que con lenta perseverancia se había corrido en el Cáucaso hacia el Asia central, adquirió en 1868, con la guerra de Bokara, las provincias más bellas de aquel imperio, incluso Samarcanda. Después de haber asegurado aquel dominio, renovó el orden, regularizó el comercio, favoreció las inmigraciones de países menos afortunados, y prepara una vía a las comunicaciones con la China, la India y la Persia. So pretexto de dar nuevas salidas a su comercio, somete al kanato de Kiva, y penetrando en el Oxo hasta cerca de Bulk, llega por un lado a la frontera China y por otro al imperio indo-inglés; explora con un carácter científico el centro del Asia, y vence en Oriente a los que se le oponen en el Báltico y en el Danubio.
La Turquía trata de regenerarse con la civilización cristiana, pero le falta el fundamento de toda buena constitución, que es la familia. Sale perdiendo de la guerra con la Rusia en 1878, y tiene que ceder la isla de Chipre a Inglaterra. Sus 369700 kilómetros cuadrados de territorio europeo quedan reducidos a 178430. La Besarabia es declarada independiente, y se engrandecen la Rumelia, la Serbia y el Montenegro (Paz de Berlín, 1878). Crecen los Griegos mayormente en la Anatolia, y los Armenios, que prevalecerán tal vez. Candía se subleva varias veces. El Egipto se reforma a la europea, y la navegación del istmo de Suez atrae a los buques que se dirigen a la India.
La Inglaterra, país donde todo el mundo es libre y obediente, cada cual obra sin aguardar la iniciativa del gobierno. Se gastan centenares de millones en puentes, vías férreas, puertos y demás obras públicas, hasta el punto de unirse a Irlanda con un viaducto sobre un brazo de mar, y a Francia por medio del túnel submarino que está en construcción. La Gran Bretaña ha alcanzado cuatro grandes victorias legales: la emancipación de los católicos en 1829; la reforma parlamentaria en 1830; la abolición de la esclavitud en 1833, y el libre comercio de granos en 1836. Abre siempre nuevos mercados-en el Indo, y tiene que emprender conquistas para conservar la tranquilidad interior. Tiene colonias que hablan todas las lenguas, al paso que ninguna nación las tiene que hablen inglés. Ha hecho sondar minuciosamente todos los mares y ríos navegables; abre caminos y canales a través de los Andes y Ceilán. Sin embargo ha perdido algo de su anterior importancia a causa de la política vacilante de Palmerston y a causa de la formación de los grandes imperios continentales. En el interior se ve siempre atormentada por el pauperismo, por los obreros, por los comunistas, y por los Fenianos, que no sólo quieren reformas en la antigua Constitución, sino que piden la subversión social y la comunidad de bienes. Ocúpase, pues, en dar salida a sus manufacturas a fin de ocupar a los obreros. Hizo la guerra a la Abisinia, al Zanzíbar, a los Acantos, y a los Maoríes de la Nueva Zelanda en 1873. Renunció espontáneamente a la soberanía de las islas Jónicas, que fueron agregadas al reino de Grecia. En la guerra del 78 defendió a Turquía y adquirió a Chipre, y compró casi todas las acciones del canal de Suez. En 1833 hizo la prueba de la redención de los esclavos en sus colonias americanas. Continuó sus conquistas en la India, donde adquirió territorios por la fuerza de las armas, por deudas, por compra y por herencia. Por todas partes construye canales de riego y vías de comunicación. La India ocupa 500 mil leguas cuadradas, es decir, más que la Europa, quitando la Rusia, con una población numerosa, inteligente, fuerte y activa.
La admiración que los filosofistas por espíritu de oposición y los misioneros por interés evangélico demostraban por la China, cedió a un examen más concienzudo de aquella tiranía patriarcal que invade los actos más personales, de aquella legislación religiosa sin espiritualismo en los Letrados y llena de superstición en los budistas. La Rusia se dirige al centro y la Inglaterra al extremo de la China; por esto la una favorece a los rebeldes y la otra al gobierno del país.
La civilización y el comercio tienen abiertas las barreras de la China y del Japón. Ya todo el mundo tiende a cambiar sus productos y sus ideas. Las razas europeas adquieren predominio en todas partes sobre las indígenas, y penetran en los países más recónditos. Los Anglo-Americanos van ocupando el territorio del Oregón a razón de medio grado de longitud cada año, y cada año emigra un millón de europeos a América.
Continuaron los viajes de exploración. En Asia, Brewalsky llegó a la meseta de Juldus, y Gill remontó el Yang-tse. En África, Ladislao Magyar penetró en 1847 entre los salvajes, y Livingston reconoció en 1857 las tan buscadas fuentes del Nilo, que nacen del lago Nianza, y fue ella travesía del Atlántico al Océano Indio. El Sahara, ya no pasa por un nido de leones y serpientes; es un archipiélago de oasis, que se piensa enlazar por medio de una vía férrea.
Continúan las expediciones a los mares de la zona glacial y se establece la diferencia que existe entre el polo terrestre, el magnético y el filológico. En 1878, el capitán Schavenenberg realizó en cien días el viaje del Jennisey a San Petersburgo, andando 11700 kilómetros casi siempre sobre el hielo. En 1879 un buque sueco pasó los hielos y llegó al Japón.
En la Oceanía se agitan más de 25 millones de hombres en una superficie de 600 mil leguas cuadradas. Sidney y Melbourne son ciudades que viven a la europea. La colonia de Victoria, que en 1838 tenía 177 habitantes, cuenta ahora 729 mil.
Continúan los progresos de la industria; canales marítimos, vías fluviales, ferro-carriles y telégrafos, ponen en comunicación todos los pueblos del globo. La naturaleza prodiga el oro y la plata, cada vez más necesarios para las transacciones.
La piscicultura, el daguerrotipo, la fotografía, el estereóscopo [sic] y el estereoscopio, el teléfono y el fonógrafo, la anestesia por medio del éter, la dinamita y el aluminio, son inventos de estos últimos años. Maury, Dove y Piddington han encontrado un orden hasta en los vientos y en los meteoros. Se procura unificar los pesos, las medidas y la moneda; y la humanidad hace ostentación de sus progresos en las Exposiciones universales de Londres, París, Viena y Filadelfia.
Se ha proclamado un nuevo derecho, que empieza con la insurrección y concluye por reconocer los hechos consumados.
El libro sucumbe al periódico, y el periódico se convierte en arma de partido. El positivismo predomina en el campo filosófico. Los delirios deducidos del magnetismo animal turban las creencias y el progreso moral del hombre.
Iníciase un gran movimiento de concentración según las afinidades de lengua o de raza, y los pequeños Estados se disuelven para formar gigantescas agregaciones, que se hacen árbitras del mundo, aboliendo las franquicias locales en provecho del despotismo administrativo y de la omnipotencia del Estado.
Esto, que al parecer había de contribuir a la paz, ha hecho más frecuentes y desastrosas las guerras.
La Europa mantiene cuatro millones de soldados que cuestan 2811 millones anuales. En vano se buscan medios para destruir el predominio absoluto de la fuerza. Cunden las ideas republicanas y no faltan exaltados que predican la liquidación social.
La instrucción no ha logrado suprimir los delitos; la ambición de popularidad no perjudica menos que la del dinero y del poder. Parece que los intereses materiales desvían de la contemplación de la verdad pura y de la virtud generosa. La misma ciencia no es más que la aplicación de las facultades humanas y la conquista del mundo físico.
Pero el adelanto material realiza mejoras y procura comodidades, aumenta la actividad y saca partido de los descubrimientos de la ciencia. La igualdad se extiende; todo se vulgariza, y las innovaciones todas favorecen al pueblo. El mundo aspira a una restauración moral, y sobre mil encontradas pasiones se cierne el amor a la libertad y al progreso.

Fin.

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