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EL ARTE OSCURO

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sábado, 17 de mayo de 2008

LOS DOCE TRABAJOS DE HERCULES- TRABAJO 5


Trabajo 5

Matando al León de Nemea

(Leo, 22 julio ‑ 21 Agosto)


El Mito

El Gran Presidente se sentó dentro de la Cámara del Concilio del Señor y allí discutió el plan de Dios para todos los hijos de los hombres, que son los hijos de Dios. El Maestro permanecía a su derecha y escuchaba sus palabras. Y Hércules descansaba de sus trabajos.

Y el Gran Presidente, dentro de la Cámara del Concilio del Señor, obser­vaba el reposo del cansado guerrero y vigilaba sus pensamientos. Él le dijo entonces al Maestro que se mantenía a su lado dentro de la Cámara del Concilio del Señor: "El tiempo para un terrible trabajo se acerca ahora. Este hombre, que es un hijo de hombre y no obstante un hijo de Dios, debe ser preparado. Que mire las armas que posee y que pula brillante su escudo, y que sumerja sus flechas en una mezcla letal, pues horrible y espantoso es el trabajo que tiene por delante. Que se prepare".

Pero Hércules, descansando de sus trabajos, no tenía noticia de la prueba que estaba por delante. Sentía fuerte su coraje. Descansaba de sus trabajos, y una y otra vez más allá del cuarto Portal perseguía la gama sagrada claramente hasta el templo del Señor. Llegó el tiempo en que la tímida cierva conoció bien al cazador que la perseguía, y gentilmente acudió a una orden suya. Así una y otra vez, él colocaba a la gama sobre su corazón y buscaba el templo del Señor. Así descansaba.

Delante del quinto gran Portal se erguía Hércules, armado hasta los dientes con todos los obsequios de guerra y de guerreros, y mientras él se erguía los vigilantes dioses observaban su firme paso, su ojo ansioso, su mano pronta. Pero en lo profundo de su corazón se preguntaba:

"¿Qué hago yo aquí?”, "¿Cuál es la prueba y por qué busco pasar este Portal?”, y hablando así escuchaba, esperando oír una voz. “¡Qué hago aquí, Oh, Maestro de mi vida, armado, como tú vez, con todos los pertrechos de guerra? ¿Qué hago yo aquí?"

"Una llamada ha sonado, Hércules, una llamada de profundo dolor, tus oídos exteriores no han respondido a esa llamada, y no obstante el oído interior conoce bien la necesidad, pues él ha oído una voz, sí, muchas voces, diciéndote la necesidad, el apremio de que tú te arriesgues. La gente de Nemea busca tu ayuda. Ellos están en profunda angustia. La noticia de tus proezas se ha hecho pública. Piden que tú mates al León que devasta su región, tomando sus víctimas entre los hombres".

"¿Es ése el salvaje ruido que oigo?”, preguntó Hércules. "¿Es el rugido de un león lo que oigo, en el aire vespertino?”. El Maestro dijo: "Ve, busca al león que asola la región situada en la parte más distante del quinto Portal. La gente de esta asolada comarca vive silenciosamente detrás de sus puertas con cerrojo, no se aventura a salir a sus tareas, ni cultivan su tierra, ni siembran. De norte a sur, de este a oeste el león merodea, y acechando captura a todo aquél que cruza su camino. Su espantoso rugido se oye a lo largo de la noche y todos están temblando detrás de sus puertas atrancadas. ¿Qué harás, Oh Hércules? ¿Qué harás?”.

Y Hércules, prestando oídos, respondió a la necesidad. En el lado más cercano del gran Portal que custodia firme la región de Nemea, dejó caer las armas de guerra, reteniendo el garrote, cortado por sus manos de un árbol joven y primaveral. "¿Qué haces ahora, oh hijo del hombre, que eres asimismo un hijo de Dios? ¿Dónde están tus armas y dónde tu fuerte protección?” "Este admirable conjunto de armas sólo me oprime, demora mi velocidad y obstru­ye mi marcha en el camino. No necesitaré nada sino mi fornida maza, y con esta clava y mi intrépido corazón, iré por mi camino a buscar al león. Envía a decir a la gente de Nemea que voy por el Camino, y diles que desechen su temor".

* * *

De un lugar a otro pasó Hércules, buscando al león. Encontró a las gentes de Nemea, escondidas detrás de sus puertas con cerrojo, excepto unos pocos afuera que se aventuraban a causa de la necesidad o la desesperación. Ellos andaban por el camino a la luz del día, aunque llenos de temor.

Dieron la bienvenida a Hércules con alegría al principio, después con preguntas, cuando vieron su manera de viajar; sin armas, con escasos conocimientos de las costumbres del león, y nada, excepto un quebradizo garrote de madera. "¿Dónde están tus armas, Oh, Hércules? ¿No tienes miedo? ¿Por qué buscas al león sin protección? Ve a procurar tus armas y tu escudo. El león es feroz y fuerte, y a gran multitud ha devorado. ¿Por qué correr este riesgo? Ve a buscar tus armas y panoplia de poder". Pero silenciosamente, sin responder, el hijo del hombre, que era el hijo de Dios, siguió por el Camino, buscando las huellas del león y siguiendo su voz.

"¿Dónde está el león?”, preguntaba Hércules. "El león está aquí”, llegaba la respuesta. "No, allí", se imponía una voz de miedo. "No es verdad" replicaba una tercera, "Yo escuché su rugido cerca de la desierta montaña esta semana". "Y yo, también, cerca de este valle donde estamos". Y todavía otra decía: "Yo vi sus huellas sobre el sendero por el que caminé, de modo que, Hércules, escucha mi voz y síguele la pista hasta su guarida".

* * *

Así prosiguió Hércules su camino, ansioso pero sin miedo; solo, no obs­tante acompañado, pues en la huella él seguía a otros y era seguido, con esperanza y tembloroso espanto. Durante días y muchas noches exploró el Camino y prestó oídos al rugido del león mientras la gente de Nemea se agazapaba tras las puertas cerradas.

De repente vio al león. Estaba parado a la orilla de un espeso matorral. Viendo a un enemigo que se acercaba y que parecía completamente sin temor, el león rugió, y con su rugido los arbustos se sacudieron, las gentes de Nemea huyeron y Hércules permaneció inmóvil.

Hércules empuñó su arco y su estuche de flechas y con mano segura y ojo experto apuntó una flecha al lomo del león. La flecha se dirigió directo al blanco. La flecha cayó sobre la tierra y falló, no atravesó el lomo del león. De nuevo, y aún otra vez disparó sus flechas sobre el león hasta que no quedó ni una flecha en su carcaj. Entonces el león vino hacia él ileso y enfurecido de rabia, completamente sin temor. Arrojando su arco sobre la tierra, el hijo del hombre, que es un hijo de Dios, se abalanzó con un alarido salvaje hacia el león que estaba en la Senda, bloqueando su camino, asombrado de la proeza con la cual hasta entonces no se había enfrentado. Pues Hércules avanzaba. Repentinamente el león se volvió y se precipitó dentro de un matorral, en las laderas rocosas del camino de la abrupta montaña.

Y así continuaron los dos. Y repentinamente mientras iba por el Camino, el león desapareció y no se lo vio ni oyó más.

Hércules se detuvo en el Camino y permaneció silencioso. Buscaba por todos lados, empuñando su firme garrote, el arma que él mismo había hecho, el obsequio que se había dado en días ya pasados, su confiable clava. Por todos lados buscaba; pasaba por todos los caminos, yendo de un punto a otro sobre la angosta senda que corría por el costado de la montaña. De repente se acercó a una cueva y desde la cueva llegó un fuerte rugido, una voz salvaje, sorda y retumbante que parecía decirle que se detuviera o perdería su vida. Y Hércules permaneció quieto, gritando a las gentes de la región: "El león está aquí, observen la hazaña que haré". Y Hércules, que es un hijo de hombre y sin embargo un hijo de Dios, entró a esa cueva y atravesó toda su extensión oscura hacia la luz del día y no encontró al león, sólo otra abertura que conducía a la luz del día. Y mientras estaba en suspenso, oyó al león detrás suyo, no delante.

"¿Qué haré?”, se preguntó Hércules, "esta cueva tiene dos aberturas y mientras yo entro por una el león sale y entra por la que he dejado atrás. ¿Qué haré? Las armas no me sirven. ¿Cómo matar este león y salvar a la gente de sus dientes, ¿Qué haré?”.

Y mientras buscaba el medio de hacer algo y escuchaba el rugido del león, vio haces de leña y palos tirados en gran profusión al alcance de su mano. Tirando de ellos hacia sí, arrastrándolos con todas sus fuerzas, colocó el montón de palos y haces de pequeñas ramas dentro de la abertura que estaba cerca y las amontonó allí, bloqueando el camino a la luz del día, para entrar y salir, y encerrándose él y encerrando al feroz león dentro de la cueva. Entonces se volvió y enfrentó al león.

Con sus manos lo apresó, estrechándolo apretadamente y ahogándolo. Cerca de su rostro tenía el resuello y resoplido del león. Pero sin embargo sostuvo su garganta y lo estranguló. Más y más débiles se volvían los rugidos de odio y temor; más y más débil se volvía el enemigo del hombre; cada vez más se abatía el león, pero Hércules lo sostenía. Y así lo mató con sus dos manos, sin sus armas y con su propia admirable fuerza.

Mató al león y lo despojó de su piel, mostrándola a las gentes que no podían entrar en la cueva. "El león está muerto” gritaban, "el león está muerto. Ahora podemos vivir y labrar nuestras tierras y sembrar las semillas que necesitamos y vivir en paz. El león está muerto y grande es nuestro liberador, el hijo del hombre, que es un hijo de Dios, llamado Hércules".

* * *

Así Hércules retornó triunfante a Aquel que lo envió para probar su fuerza, para servir y satisfacer la necesidad de aquellos que se encontraban en horrible angustia. Colocó la piel del león bajo los pies del que era el Maestro de su vida, y obtuvo permiso para usar la piel en lugar de la ya gastada y usada.

"La hazaña está hecha. La gente ahora está libre. No hay temor. El león ha muerto. Con mis propias manos yo estrangulé al león y lo maté".

"De nuevo, Oh Hércules, mataste un león. Otra vez lo estrangulaste. El león y las serpientes deben ser matados repetidas veces. Bien hecho, hijo mío, ve y descansa en paz con aquéllos que has liberado del temor.

El quinto trabajo ha terminado y voy a decírselo al Gran Presidente, que está sentado esperando en la Cámara del Concilio del Señor. Descansa en paz".
Y de la Cámara del Concilio llegó la voz: Yo Se.

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