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EL ARTE OSCURO

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sábado, 17 de mayo de 2008

LOS DOCE TRABAJOS DE HERCULES- TRABAJO 8

Trabajo 8

Destruyendo la Hidra de Lerna

(Escorpio, 23 Octubre ‑ 22 Noviembre)

El Mito*

El Gran Presidente, vestido de radiante calma, dijo solamente una palabra. El Maestro oyó la orden de oro, y convocó a Hércules, el hijo de Dios que era también el hijo del hombre.

"La luz brilla ahora en el octavo Portal”, dijo el Maestro. "En el antiguo Argos hubo una sequía. Amimona suplicó la ayuda de Neptuno. Éste le ordenó que golpeara una roca, y cuando ella lo hizo, brotaron tres corrientes cristalinas; pero prontamente una hidra hizo allí su morada.

"Junto al Río Amimona, está el infesto pantano de Lerna. Dentro de esta fétida ciénaga yace la monstruosa hidra, una calamidad en la comarca. Esta criatura tiene nueve cabezas, y una de ellas es inmortal. Prepárate a combatir con esta repugnante bestia. No pienses que pueden servirte, medios ordina­rios; destruyes una cabeza, dos crecen aceleradamente". Hércules esperaba con expectación.

“Yo sólo puedo dar una palabra de consejo”, dijo el Maestro. "Ascende­mos arrodillándonos; vencemos cediendo; ganamos renunciando. Ve. ¡Oh, hijo de Dios e hijo del hombre, y vence!" Entonces, Hércules pasó a través del octavo Portal.

El estancado pantano de Lerna era una mancha que desalentaba a todos los que llegaban a sus confines. Su hedor contaminaba toda la atmósfera en un espacio de siete millas. Cuando Hércules se aproximó, tuvo que detenerse, pues sólo el olor casi lo venció. La cenagosa arena movediza era un peligro, y más de una vez Hércules rápidamente retiró su pie temiendo que fuera succionado por la tierra floja.

Finalmente encontró la guarida donde moraba la monstruosa bestia. Dentro de una caverna donde reinaba perpetua noche, la hidra estaba oculta. De día y de noche Hércules rondaba el traicionero pantano, esperando el momento propicio en que la bestia saliera. Vigilaba en vano. El monstruo permanecía dentro de su fétida ciénaga.

Recurriendo a una estratagema, Hércules sumergió sus flechas en brea ardiendo y las hizo llover directamente dentro de la bostezante caverna donde moraba la horrible bestia. Una agitación y conmoción sobrevino al punto.

La hidra emergió, con sus nueve encolerizadas cabezas exhalando llamaradas. Su escamosa cola azotaba furiosamente el agua y el barro salpicando a Hércules. A tres brazas de altura se levantó el monstruo, una cosa de tal fealdad que parecía como si hubiera sido hecha con los más impuros pensa­mientos concebidos desde que empezó el tiempo. La hidra se abalanzó sobre Hércules y buscó enrollarse alrededor de sus pies. El se apartó y le asestó un golpe tan demoledor que una de sus cabezas fue inmediatamente separada. Apenas había esta horrible cabeza caído dentro del pantano, dos crecieron en su lugar. Una y otra vez Hércules atacó al furioso monstruo, pero con cada asalto se volvía más fuerte, no más débil.

Entonces Hércules se acordó que su Maestro había dicho, “nos elevamos arrodillándonos”. Arrojando a un lado su garrote, Hércules se arrodilló, agarró a la hidra con sus manos desnudas y la levantó en el aire. Suspendida en medio del aire, su fuerza disminuyó. De rodillas entonces, él sostuvo a la hidra alto por encima suyo para que el aire y la luz purificadoras pudieran tener su esperado efecto. El monstruo, fuerte en la oscuridad y el pantanoso barro, pronto perdió su poder cuando los rayos del sol y el contacto del viento cayeron sobre él.

Se esforzó convulsivamente, pasando un estremecimiento a través de su repugnante figura. Más y más desfallecida se hizo su lucha hasta que fue vencida. Las nueve cabezas se inclinaron, luego con jadeantes bocas y vidriosos ojos cayeron flojamente hacia adelante. Pero sólo cuando ellas yacían sin vida, Hércules percibió la mística cabeza que era inmortal.

Entonces Hércules cortó la cabeza inmortal de la hidra y la enterró, silbando todavía ferozmente, debajo de una roca.
Retornando, Hércules se paró delante de su Maestro. "La victoria ha sido lograda”, dijo el Maestro. "La luz que brilla en el octavo Portal está ahora mezclada con tu propia luz".
Luchando con la Hidra, Moderna Versión

Una consideración de los nueve problemas que confronta la persona que busca matar a la hidra en este tiempo y época, deberá arrojar luz en las fuerzas extrañas que trabajan en ese barril de explosivo, la mente humana.

1. El sexo. La gazmoñería victoriana y el prurito psicoanalítico, son ambos indeseables. El sexo es una energía. Puede ser inhibido, desenfrenadamente ejercitado, o sublimado. La represión o la inhibición no son verdaderamente soluciones; la promiscuidad hace la vida vulgar, y hace de un hombre el esclavo de una pasión dominadora. La sublimación implica el uso de la energía del sexo en esfuerzo creador.

La transmutación de las energías humanas abre un campo de especulación y experimento. En la ciencia física, la energía del movimiento puede ser transformada en electricidad, y la del calor, en movimiento. ¿Hasta qué punto, entonces, pueden las energías humanas ser reorientadas? En primer lugar, la energía de la materia, representada por el alimento, es obviamente usada para producir la del movimiento. ¿Puede la energía impulsora de las emociones ser análogamente reencauzada en la actividad del pensamiento? ¿Puede la energía de las pasiones agitadas encontrar expresión como aspira­ción? ¿Pueden las tendencias y las compulsiones de la naturaleza humana ser transmutadas en forma tal, que se vuelven poderes benéficos? ¿Puede la energía que produce el pensamiento ser utilizada como el poder de síntesis que resulta en un sentimiento de identificación con todas las cosas vivientes?

La experiencia de Hércules indica que tales posibilidades existen, y que el que someta a la hidra de las pasiones y de la mente separatista debe resolver problemas de esta naturaleza.

2. La comodidad. Un eterno sentimiento de insatisfacción, aguijonea al hombre a buscar siempre más grandes alturas de realización. El confort es a menudo un freno sobre tales esfuerzos. Cargado con posesiones y embotado por la seductora sensación del confort, el espíritu se marchita y se debilita. El prisionero de la comodidad se sume en la apatía, olvidando las luchas y pruebas que templan la afilada hoja del esfuerzo espiritual. La voluntad de buscar, la tendencia impulsora de resolver el misterio en la bellota de la vida, es ajena a la inclinación narcisista de hacer del confort un motivo central de la vida.

3. El dinero. La acumulación de dinero es una pasión dominante que yace detrás de las actividades de los pueblos y las naciones. Se hace caso omiso de los valores éticos y morales, en el loco esfuerzo por reunir el poder que confiere el oro. Inevitablemente, las elecciones están determinadas por las consideraciones del dinero, antes que por las convicciones espirituales o los principios éticos. El impulso de acumular riqueza es insaciable. No importa cuánta tenga una persona, ávidamente aún desea más.

Un deformado efecto de esta forma de distorsión mental es el egocentris­mo. El individuo que sufre de esta aflicción, desea muy a menudo recibir todo y no dar nada. El estado del Universo está determinado para él por lo que él logra adquirir. Se mira a sí mismo como un punto terminal, y no se reconoce la responsabilidad de otorgar a otros los beneficios que él mismo ha recibido. ¿No son los bienes intelectuales y el tesoro espiritual aspectos de la riqueza que deberían pretender nuestros esfuerzos? Ellos pueden ser compartidos con todos, y el que da todo lo que tiene, se encuentra a sí mismo más rico de lo que era antes. El impulso de adquirir bienes materiales puede algún día ser transmutado en el deseo de acumular conocimiento y la voluntad de adquirir las joyas de espíritu.

4. El miedo. En innumerables formas los fantasmas del miedo atormentan a los hijos de los hombres. Estas formas ilusorias los confunden y los amedrentan, actuando como grilletes en sus pies y como una piedra de molino alrededor de su cuello. Muchas personas se agachan cobardemente, cuando son obsesionadas por los agudos miedos al ridículo, al fracaso, a lo desconocido, a la vejez, al peligro o a la muerte.

¿Pueden estos miedos ser eliminados? La experiencia de Hércules sugiere que ellos pueden ser vencidos elevando la conciencia a un punto más alto de integración. Cuando la vida de una persona es reenfocada alrededor de un propósito superior, a las sombras amenazadoras del miedo, se las hace retroceder a la periferia del pensamiento. Mientras los monstruos indeterminados del miedo acechen en el crepúsculo del subconsciente, tendrán el poder de hacer palidecer las mejillas y helar el corazón.

Un soldado, intentando derrotar al enemigo, arriesga la vida misma. Una madre, arrebatando su hijo al peligro, olvida sus propios temores. El automovilista, lanzándose autopista abajo a gran velocidad, arriesga su vida y sus miembros por amor a la aventura. Estas personas han enfocado su atención por encima del punto donde se encuentra el miedo. El individuo espiritual­mente orientado, ha centrado su pensamiento a un nivel demasiado purifica­do para que el miedo llegue hasta allí.

5. El odio. El odio tiene sus raíces en la negación. Es lo opuesto al deseo de la unión. Elevado a una dimensión superior, el odio se transmuta en el repudio de todo lo que es irreal. Cuando el odio es despojado de todo contenido emocional, se puede transformar en una energía que causa que un hombre regenere la forma, por el amor de vida que en ella vierte. Sobre el arco inferior, es con toda seguridad, destructivo; sobre el superior, cuando es completamente purificado, se le puede ver como el lado positivo del amor.

6. El deseo de poder. Durante los últimos cien años el hombre ha liberado la energía de poder mucho más que la del amor. El resultado es la inestabi­lidad y el desequilibrio. El poder, cuando no está relacionado con el amor, es una fuerza corruptora. Muchas tragedias en las relaciones humanas, resultan del incontrolado deseo de dominar la verdad de los otros, de dictar y regular su conducta. El que substituye los principios éticos por consideraciones de poder, engendra perpetua lucha. Los altos ideales que han servido como faros a través de los siglos, la hermandad, la cooperación, el idealismo, brillan oscuramente mientras el poder es el factor determinante en la sociedad.

Cuando es transmutada, sin embargo, la voluntad de poder se convierte en la voluntad de realizar y la voluntad de sacrificio. La rigurosa, egocéntrica voluntad, se transforma en un agente dispensador de dones benéficos. En­tonces, realmente, el poder sirve al amor y el amor glorifica al poder.

7. El orgullo. Los muros construidos por el orgullo encarcelan al hombre más seguramente que los barrotes de una prisión. Sujeto por las pesadas cadenas de pensamientos autoenaltecedores, él mira a los otros seres huma­nos con condescendecia. Así debilita el vínculo que unifica a todos los hombres en indisoluble hermandad. Colocándose aparte, él se aleja progre­sivamente, más allá del círculo de las simpatías humanas.

Hércules cae de rodillas mientras lucha con la hidra, simbolizando con esta postura el espíritu de humildad que se debe lograr. La exaltación de las inclinaciones personales debe ser reemplazada por la expresión de las tendencias al autosacrificio.

8. La separatividad. La mente analítica divide y subdivide, apreciando la parte por encima de todo. Se coloca mayor énfasis sobre las indicaciones de la diversidad que en el hecho sobresaliente de la unidad. Tal pensamiento fragmentado se opone al impulso hacia la síntesis.

La actitud separatista es más consciente de las diferencias entre los hombres que de las similitudes; concibe a la religión como una serie de unidades antagónicas antes, que como una simple expresión del impulso espiritual; considera la oposición de las clases en la sociedad como más importante que la sencilla humanidad que hace hermanos a los hombres; ve a la tierra como una serie de naciones diferentes antes que como un mundo.

Hércules tenía que ver a la hidra como a un monstruo, no como una bestia con nueve cabezas diferentes. Mientras él buscó separar las cabezas una por una, no tuvo éxito. Cuando finalmente se ocupó de ella como de una unidad, logró la victoria.

9. La crueldad. La satisfacción que experimentan los hombres en herir a los otros, es un testimonio de la existencia de tendencias perversas que corroen la mente. El deleite en causar sufrimiento a nuestros semejantes es una enfermedad. Esta repugnante cabeza de la hidra debe ser destruida de una vez por todas antes de que un hombre pueda proclamarse como humanizado. La vida moderna ofrece muchos ejemplos de brutalidad y desenfre­nada crueldad. En muchas familias los niños sensibles son reprendidos, ridiculizados y menospreciados por aquellos que rehusan tomarse la molestia de comprenderlos; los esposos y las esposas están diariamente proclamando al mundo en instancias de divorcio, que ellos son víctimas de tortura mental; las cortes judiciales y los hospitales muestran evidencias acumuladas del placer irracional que los seres humanos tienen en atormentarse mutuamente. “Lo hacemos por entretenernos”, dijo un gangster juvenil recientemente, "no por dinero".

Cuando este monstruo de la crueldad es elevado en el aire a la luz de la razón y la compasión, pierde su poder. La tarea de transformar la energía de la crueldad en la de una activa compasión, aún permanece. En dos pruebas Hércules "mató" cuando debería haber amado, pero en Escorpio él realizó esta transformación, extirpando de su propia naturaleza una tendencia que lo habría perjudicado en toda empresa futura.

Tal es el logro de Hércules, psicológicamente hablando, en este trabajo. Ha dado entrada a la luz dentro del oscuro retiro del subconsciente, ha luchado con las fuerzas monstruosas que se revuelcan en el fango subliminal, y ha vencido a los enemigos de su propia casa. Un proceso purificador ha tenido lugar, y Hércules está ahora listo para aventurarse en el próximo trabajo, en el que tendrá que demostrar su habilidad para controlar los poderes y potencias de la mente.

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