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viernes, 22 de agosto de 2008

DISCURSION Nº 60 -- EL LIBRO NEGRO -- GIOVANNI PAPINI -- ANCIANOS Y NIÑOS

Giovanni Papini El Libro Negro
Conversación 60
ANCIANOS Y NIÑOS
(DE LEÓN TOLSTOI)

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El profesor Fedor Kuzmaniof, docente de lengua rusa en una escuela de Praga, me hizo la
traducción literal de un cuento breve, inédito, de León Tolstoi, que había hallado entre los
autógrafos de la colección Everett. Lo copio aquí:
»Se cuenta que una vez el zar Alejandro, horrorizado ante la maldad de los hombres adultos y
maduros que lo rodeaban, aprovechando de su poder quiso hacer una singular experiencia. Había

observado que los malos instintos y las feas pasiones que reinan en las almas humanas son menos
fuertes y prepotentes en las edades extremas: en la niñez y en la ancianidad. Los niños están
todavía cerca de la inocencia primitiva, pues aún son débiles en ellos los estímulos de la lujuria y
de la ambición; los viejos, perdida ya gran parte de sus fuerzas y habiendo adquirido con la
experiencia el sentido de la vanidad definitiva de los frenesíes humanos, se hallan como
purificados por la proximidad de la muerte, y al cabo de un largo y doloroso camino vuelven a la
inocencia de su infancia. Cuando el hombre llega a la edad adulta se corrompe y se deprava, y
permanece en ese estado desde la audacia de la juventud sensual y pendenciera hasta la
decadencia de la madurez viciosa y ambiciosa. El hombre no es puro más que al comienzo y al
fin de la vida; en la edad mediana, la más prolongada, todo es tinieblas y corrupción.
»Inspirado Alejandro por este descubrimiento ordenó que en una isla del Alar Negro, poblada
hasta entonces sólo por árboles y pájaros, se levantara una ciudad de madera y de mármol: un
centenar de casitas de sólo planta baja, diseminadas en medio de prados florecidos y de bosques
jóvenes. Cuando las moradas estuvieron listas hizo transportar a tan amena isla, acariciada y
favorecida por un clima suave a cien viejos y cien niños, seleccionados de un modo muy riguroso
en todas las regiones del imperio; allí habrían de vivir juntamente en un mundo de paz y de
alegría. Los niños no tenían más de doce años y los ancianos no menos de setenta. A cada
anciano se asignaba un niño para que le acompañara y ayudara, y cada niño tenia como padre y
maestro a un anciano. En aquella isla de seres inocentes el trabajo era desconocido. Todas las
mañanas, por orden y cuenta del zar, tocaba la isla una nave cargada de pan, frutas y leche, a fin
de que aquellos doscientos seres felices tuvieran alimento sano, apropiado a su edad. Los niños
debían servir a los viejos, cuidar la limpieza de la casa común y preparar la comida. Los viejos,
por su parte, debían enseñar a los niños las verdades de la fe, adiestrarlos en la sabiduría de la
vida, precaverles de las alternativas y malas costumbres de los adultos corrompidos en medio de
los cuales habrían de pasar su existencia cuando fueran mayores. En la isla no había escuelas en
el sentido habitual de la palabra; cada maestro tenia un solo discípulo, cada escolar tenia un único
docente. La enseñanza se impartía en forma de conversaciones amables y familiares, se hacían
por lo común al aire libre, a la sombra de un plátano, a la orilla cubierta de hierbas de algún
torrente o sentados alumno y maestro en rústicos bancos de haya. Cuando el sol proyectaba sus
últimos rayos sobre las olas del mar, todos aquellos seres de cabellos rizados o canosos debían
volver a sus casas para comer una sobria cena y dormir el buen sueño de la noche.
»Días y años felices pasaron los cien niños y los cien ancianos en aquella isla serena y asoleada.
Pero, falleció inesperadamente el zar Alejandro, y su sucesor, a quien el padre siempre había
prohibido ir a la isla bendita, quiso ir a visitarla. Como de costumbre, se hizo acompañar por
varios dignatarios de la corte. Una vez recorrida la pequeña isla y después de interrogar a varios
ancianos y niños, un ministro habló al nuevo emperador diciéndole
»La gran sabiduría de vuestro venerado padre hizo mucho en pro de la felicidad de estos niños y
ancianos. Pero, si Vuestra Majestad me permite darle un consejo, aún hay mucho por hacer. Estas
doscientas almas no cuentan con un sacerdote que celebre los divinos oficios, no tienen a nadie
que pueda rehacer sus sandalias rotas y sus ropas deshechas; es cosa que va contra la naturaleza
que tantos niños hayan de vivir sin la asistencia materna de alguna mujer. Quiera Vuestra
Majestad impartir las órdenes necesarias para ello, y entonces la felicidad de estas inocentes
criaturas será aún más perfecta.
»El joven emperador, inexperto todavía en las cosas del mundo, secundó tan desacertado consejo.
Fue a la isla un pope acompañado por su esposa, llegaron varios artesanos: zapateros, sastres,
carpinteros y albañiles, jóvenes criados Y cocineras.
»Al cabo de poco tiempo aquella plácida vida se cambió enteramente: se construyeron casas
nuevas, se derribaron añosos árboles para fabricar muebles y para alimentar el fuego, los
artesanos tuvieron pendencias y luchas entre sí a causa de las jóvenes criadas, éstas tentaron a los
niños más crecidos y a los viejos más robustos, las conversaciones de antaño fueron perturbadas
por las exclamaciones y las carcajadas de los nuevos moradores. Algunos viejos murieron por
enfermedad o tristeza o se quitaron voluntariamente la vida; sus alumnos, abandonados,
convivieron con los artesanos y aprendieron sus vicios. Al cabo de pocos años habían muerto
todos los viejos y los niños habían llegado a la edad adulta, o sea estaban corrompidos y eran
malvados como lo son casi siempre los adultos.
»De ese modo miserable concluyó el experimento del emperador Alejandro; a eso vino a parar,
por la estupidez de falsos sabios, la inocente comunidad de ancianos y niños, la felicidad de la
isla bienaventurada.»

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