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viernes, 22 de agosto de 2008

DISCURSION Nº 65 -- EL LIBRO NEGRO -- GIOVANNI PAPINI -- EL NEOCOSMO

Giovanni Papini El Libro Negro
Conversación 65
EL NEOCOSMOS
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En Turku, ciudad más conocida con el nombre sueco de Abo, hay una gran universidad, y según
se dice enseñan en ella profesores excelentes. El cónsul norteamericano me propuso hacerme
conocer al más original de esos profesores y, con esta finalidad, le invitó a comer.
El profesor Murmienni es un hombre de estatura mediana, andará por los sesenta años, está bien
constituido y se conserva robusto; tiene una cabeza de cónsul romano en la que brillan dos ojos
de vikingo. Ocupa la cátedra de Problemática General, ciencia enteramente nueva, según me lo
dijo él mismo, y que se enseña únicamente en la universidad de Turku.
Al principio se mostró reservado y hasta demasiado taciturno, pero al final de la comida, después
de beber vinos y licores de todas clases, comenzó a hablar con una desenvoltura que no hubiera
esperado de él pocos minutos antes:
- Usted quiere saber en qué consiste la ciencia que yo profeso. Le puedo decir que es la doctrina
de lo deseable contrapuesta al conocimiento de lo inevitable, pero para mayor claridad, prefiero
brindarle sucintamente una muestra de mis enseñanzas. »Todos aceptan el universo como es, con sus limitaciones, sus lagunas, sus cosas mal hechas, y los más, ya sea por inercia o por
resignación, lo consideran el mejor de los universos posibles. La Problemática, en cambio, no se
contenta con esa indiscriminada aceptación. Yo me he planteado este problema: ¿es nuestro
universo racional y perfecto en todas sus partes?, ¿es posible imaginar y concebir un universo
mucho mejor que éste en el que estamos obligados a vivir?
»Ese problema fue apenas esbozado o entrevisto, en plena Edad Media, por aquel docto Rey de
Castilla, renombrado precisamente con el nombre de Alfonso el Sabio. Un día tuvo la temeridad
de exclamar, que si Dios le hubiera pedido consejo en el momento de la creación, el mundo
hubiera sido bastante más digno de admiración.
»Aquel sabio rey no estaba equivocado. Mirad, por ejemplo, nuestro planeta, con sus montañas
demasiado altas que presentan solamente abismos y ventisqueros, con sus inmensos desiertos
estériles e inhabitables, con sus insoportables desequilibrios en la temperatura, tanto que nuestros
pobres lapones no conocen más que dos meses de pálida primavera mientras los negros
ecuatoriales viven en medio de un horrible horno desde el primero hasta el último día del año.
Todo es irregular e irracional en este pequeño globo terráqueo: las tierras emergidas, las únicas
donde podemos vivir, constituyen apenas una tercera parte de la superficie; tenemos que soportar un largo y oscuro invierno para ser quemados más tarde por los feroces veranos; durante algunos
meses y en determinadas tierras las noches son eternas y frías, los días brevísimos y gélidos;
algunos países, como el nuestro, están saturados de ríos y lagos, mientras que otros aguardan
sedientos un poco de agua del cielo después de pasar estaciones enteras azotados por la sequía.
Pienso que, con una variación alternada de la eclíptica, hubiera sido mejor hacer reinar siempre
una suave primavera, con perenne abundancia de flores y frutos, y hacer que las noches, si era
preciso que hubiera noches, fueran siempre más breves que los días.
»El hombre, por ejemplo, está condenado a consumir un tercio de su existencia en la inoperante
inconsciencia del sueño. ¿Por qué no haberlo constituido de modo que sus energías naturales se
renovaran continuamente sin necesidad de recurrir a una humillante semimuerte cotidiana?
»Si observa un momento el cuerpo humano verá que tiene una complejidad tan espantosa de
órganos y funciones, que la salud es un verdadero milagro y, como los milagros, es algo rarísimo.
Piense en la multiplicidad de vísceras y glándulas, en la red inextricable de venas, arterias, vasos, canalículos, en el continuo trabajo de los humores y secreciones, en sus delicadas y complicadas
relaciones a fin de que se pueda eliminar la bilis y la urea, el hidrógeno de los pulmones y la
materia de los intestinos, a fin de que la irrigación sanguínea sea total y regular, de que las
corrientes nerviosas lleguen a los músculos más lejanos, de que el cerebro pueda percibir,
imaginar, recordar, conectar. En cada cuerpo humano hay centenares de mecanismos, millares de ramificaciones, millones de choques y acuerdos, cuadrillones de células que cada día mueren y se renuevan.
»La complejidad de nuestra máquina corpórea es tan peligrosa y, maligna que algunos gnósticos
pensaron que el hombre fue obra de algún demiurgo satánico y no obra del verdadero Dios. Se
pregunta la Problemática: ¿no era acaso posible crear un cuerpo más simple, más racional, menos sujeto a los desgastes y averías?
»La mente humana se propone siempre lograr el efecto máximo con el esfuerzo mínimo. Por el
contrario, en nuestro organismo vemos efectos no por cierto admirables: piense en la eliminación
diaria de los desechos y en las innumerables enfermedades, efectos obtenidos con un esfuerzo y
una aparatosidad de medios en verdad sorprendentes.
»Y no hablo del increíble dispendio de formas y especies, en su mayor parte inútiles e infelices,
que vemos en el reino vegetal y en el animal. Hay miles y miles de criaturas vivientes,
frecuentemente hórridas y estúpidas, que no tienen otro objetivo visible más que matarse y
devorarse mutuamente.
»Podría añadir otros muchos argumentos y hechos a esta crítica apenas esbozada de nuestro
incómodo y absurdo universo, pero no me es posible repetir en la mesa todo el curso desarrollado este año en la universidad.
»Solamente le diré que la Problemática General no se agota en una requisitoria negativa. Mi
programa consiste en la construcción ideal de lo que yo llamo Neocosmos, o sea un universo más
ordenado, más lógico, más amable y deseable que éste en el que, por desgracia, nos hallamos,
pero requeriría demasiado tiempo esa exposición descriptiva de mi Neocosmos, aun cuando sólo
la hiciera a grandes rasgos. Quedará para otra oportunidad, si alguna noche acepta sentarse a
cenar en mi modesta mesa».
Agradecí al profesor Murmienni la lección dada y la invitación, pero, desgraciadamente debo
partir de Turku dentro de dos días, y creo que jamás sabré en qué consiste el Neocosmos ideado
por la Problemática General.

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