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viernes, 22 de agosto de 2008

DISCURSION Nº 63 -- EL LIBRO NEGRO -- GIOVANNI PAPINI -- LA SUBLEBACION DE LOS DIOSES

Giovanni Papini El Libro Negro
Conversación 63
LA SUBLEVACION DE LOS DIOSES
(DE GOETHE)
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Pagando una suma enorme logré fotografiar en el archivo secreto de la casa de Goethe las hojas
de apuntes de una obra incompleta escrita por el poeta del Fausto, obra a la que los herederos,
ignoro por qué razón, han querido tener oculta y que jamás fue impresa.
Hice transcribir y traducir para mí esas desconocidas cuartillas, tituladas La Sublevación de los
Dioses y que datan del año 1810. El viejo pagano, que comprendió poco o nada el Cristianismo,
imagina que los caídos dioses de las religiones antiguas no están muertos, sino que viven en una
especie de Olimpo que dista igualmente del infierno y del cielo. Númenes derribados, lo han
perdido todo: honores y culto, pero no han perdido la existencia. Viven en una especie de
melancólico apartamiento, algo similar a los Ades de los griegos, piensan y discurren entre sí
recordando con resignada nostalgia las glorias y gestos de los tiempos idos.
El venerable Zeus sostiene aún en su cansada mano los rayos apagados; Juno se ha convertido en
una harpía enfermiza; la belleza de Venus se ha marchitado; Apolo ya perdió su nimbo solar;
Minerva, triste y llena de achaques, se parece más y más a su mochuelo; Marte se muestra flojo y lento como un guerrero veterano reblandecido por la vida sedentaria; Neptuno, expulsado ya del océano, se parece a un monstruo marino abandonado e inerte en la playa.
«Los esplendorosos dioses de Grecia, escribe Goethe, parecen ser una tropa de sórdidos
mendigos a los que se ha desprovisto hasta la de la esperanza de obtener limosnas. Incluso las
Nueve blusas parecen decrépitas y trasquiladas ovejas que se apretujan para atenuar la frialdad de la vejez. »
Solamente Dionisio, dios de la ebriedad y de la resurrección, conserva algún reflejo de las
antiguas fuerzas. ¿No será acaso similar al nuevo Dios victorioso, que amó como él el fruto de la
vid y resucitó de la muerte? Y un buen día Dionisio se apresta a sacudir del torpor a sus
compañeros, los reúne en asamblea y con verbo alado les reprocha y anima
» ¿Fue en verdad justa nuestra condena? Han pasado ya dieciséis siglos desde que se abatieron
nuestros santuarios y se echaron por tierra nuestras estatuas, pero, ¿acaso los hombres llegaron a ser más virtuosos y felices? ¿No éramos nosotros más benignos para con la mísera vida de los
mortales? Zeus, el padre supremo, era llamado también Soter, el liberador; Heracles redimía a los hombres del terror de los monstruos; Prometeo les proporcionó los inestimables bienes de la
civilización; Orfeo dominaba a las fieras y consolaba a la tierra con su canto. Después de nuestra
derrota y abatimiento, ¿cuál ha sido la suerte de los hombres? Han llorado y orado ante la imagen
de un Dios ensangrentado y traspasado por la lanza, han invocado a su llorosa Madre sufriente,
han martirizado sus carnes y se han cubierto la cabeza de cenizas. Pero a pesar de todo no son
menos malvados que antes y según parece son aún más infelices. El pálido Galileo, a pesar de su
amor y de su sacrificio, no logró hacer que los hombres fueran más perfectos. Todavía hoy, al
cabo de tantos siglos, los hombres odian y sufren, se traicionan y matan, se dejan vencer por las
tentaciones y pasiones.
»¿No será llegada ya la hora de liberarlos otra vez?, ¿no es deber nuestro sublevarnos con la
injusta condena que nos envilece en la impotencia? Si aún queda en vuestra alma algún tenue
resplandor de vuestra divinidad, ¡os llamo a la sublevación y a la redención!»
El discurso del dios ebrio causó efectos varios: los Semidioses, los Héroes, los Sátiros y los
Faunos, rodearon a Dionisio gritando que lo seguirían, que estaban dispuestos a la lucha. Pero los
Dioses mayores permanecieron indiferentes y silenciosos. Dionisio, airado ante esa actitud, los
apostrofó con palabras punzantes. Entonces la sabia Atena se puso de pie, y habló diciendo
- Al cabo de tantos siglos aún tu cabeza está ofuscada por los vapores del vino. Si los hombres
nos abandonaron y renegaron de nosotros, ello fue señal clara de que no estaban satisfechos de
nosotros. Y en caso de que su traición para con nosotros hubiera sido, de su parte, error y culpa,
entonces es perfectamente justo que purguen esa culpa con el acrecentamiento de su angustia. He dicho.
Después de Minerva habló el venerable Zeus, padre de los dioses y de los hombres, diciendo así
- Tus palabras, Dionisio, son las propias de un tonto que jamás supo aprender nada del dolor. Si
recordaras los ejemplos que brindamos a los hombres, no te sentirías agitado ahora por alocados
pensamientos de hallar otra oportunidad para vencer. No siento ningún rencor contra el Dios
crucificado. Supo Él ser puro para enseñar la pureza, supo ser amante para enseñar el amor, supo sufrir para enseñar la resurrección. Los hombres precisaban un Dios que en realidad estuviera por encima de la humanidad, y nosotros fuimos humanos, demasiado humanos y hasta celosos de la felicidad humana. Así, pues, sabe que...
Ahí concluye el texto inédito de Goethe, y nadie podrá adivinar jamás cuál fue el final de la
singular Sublevación de los Dioses

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